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lunes, 25 de noviembre de 2013

UNA TAREA CONTRADICTORIA: EDUCAR PARA LOS VALORES Y EDUCAR PARA LA VIDA

M. A. Santos Guerra

Departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga

El estilo de vida que desde distintos medios se transmite a los individuos de nuestra sociedad están en contradicción con una escuela comprometida en unos valores, una ética y unas actitudes basadas en el respeto, la justicia, la igualdad, la solidaridad,...para una sociedad auténticamente democrática.

1. LAS CONTRADICCIONES

La sociedad encomienda a la escuela, y por ende a los educadores, una misión contradictoria. Por una parte se pide a la escuela que prepare a los alumnos para los valores. Los valores son: pacifismo, solidaridad, tolerancia, justicia, autenticidad . ... La vida es, en buena medida, violenta, insolidaria, intolerante, injusta, falsa... Cuando me refiero a la vida, hablo de los ejes de valores que priman en la cultura.
Una persona que respete esos valores, que los asuma y que los inte­gre en su forma de pensar y de ser, es una víctima en esta sociedad. Si la escuela acepta esta orientación en su quehacer, conseguirá poner en la jun­gla de asfalto a individuos indefensos, inermes, pacíficos... La sociedad aca­bará con ellos con facilidad y rapidez. Los alumnos nacidos de esta escuela estarían en excelentes condiciones de ser perdedores en la sociedad. No llegarán fácilmente a la riqueza, al poder, al prestigio, al triunfo...
Pero la escuela no puede aceptar el planteamiento inverso, la tesis de que ha de cultivar contravalores Nadie se imagina un Proyecto Educativo en el que se pretenda formar a los alumnos en la insolidaridad, en la intolerancia, en la injusticia, en la fal­sedad...
La contradicción se halla también en el corazón de la misión reproduc­tora que la sociedad encomienda a la escuela (Femández Enguita, 1990). Es difícil que la escuela asuma el papel de transformadora y de revolucionaria en una sociedad que exige de ella el papel de transmisora de los patrones culturales.
No sólo sucede esto con los fines encomendados a la escuela sino que la demanda que hacen de ella muchas familias está también llena de contradicciones fundamentales. Así, vemos a padres/madres que no llevan a su hijo a un Centro escolar porque tendría que convivir en él con gitanos, o que se niegan a llevar a su hija a un aula donde se encuentra una compa­ñera afectada de sida. Llevan allí a sus hijos para que se “eduquen”...
Este doble, complejo y contradic­torio discurso se anula bajo la preten­dida neutralidad de la escuela. Es una trampa peligrosa, porque la neutrali­dad no es ni deseable ni posible. Los que tienen una opción formada y una actitud beneficiaria en la sociedad suelen‑ proclamar y exigir la neutrali­dad. No se dan cuenta de que desear y promover la inmovilidad opera en beneficio de quienes están en posicio­nes ventajosas. Eso no es neutralidad. Eso es jugar con ventaja. Es una tram­pa burda. Rehuir el compromiso polí­tico bajo la excusa de la neutralidad, de la asepsia es, cuando menos, una ingenuidad.
 “La cultura dominante de la escuela, lejos de ser neutral, se caracterizaba por una ordenación selectiva y legitimación de formas de lenguaje privilegiadas, modos de razonamiento, relaciones sociales y experiencias vividas. En este sentido, la cultura se asociaba con el poder y la imposición de un conjunto especifico de códigos y experiencias de la clase dirigente. Pero la cultura escolar ‑argumentaban‑ no sólo servía para con firmar y privilegiar a los alumnos de las clases dominantes, sino que también permitía, a través de la exclusión y el insulto, desacreditar las historias, expe­riencias y sueños de los grupos subordi­nados. Finalmente, en oposición a lo que afirmaban los educadores tradicionales ‑que las escuelas eran instituciones apolíticas‑ los educadores radicales aclararon cómo el estado, a través de sus concepciones selectivas, políticas de certi­ficación y poderes legales influían en la práctica escolar paro beneficiar a deter­minados ideologías dominantes” (Giroux, 1992).
Este problema que se centra en la institución tiene una especial com­plicación en la formación y actuación de los profesionales que trabajan en ella. A los profesores se les prepara para impartir conocimientos, pero no tanto para la formación de actitudes. Muchos de ellos se consideran espe­cialistas en su disciplina, pero no se sienten educadores de los alumnos. Se establece aquí otro doble discurso: lo importante es aprender/enseñar las materias frente al más complejo deber de preparar a los alumnos para el compromiso ético, político y social.
Exclusivizar la tarea de la escuela en la transmisión de un cuerpo de conocimientos pretendidamente neu­trales por ser científicos es una vulgar engañifa. Aunque los profesionales no lo deseasen, la escuela cumple una función reproductora en la sociedad (Lerena, 1983).

2. LOS COMPETIDORES DE LA ESCUELA

Esta compleja y contradictoria tarea de la escuela se encuentra complicada por la fuerte influencia de otros factores, en especial la televisión y el mundo de la publicidad.
Es más fácil filmar, y me refiero ahora exclusivamente a los aspectos técnicos):
la guerra que la paz
el tener que el ser
la mentira que la verdad
lo aparente que lo esencial
el éxito que el fracaso
la traición que la lealtad

Desde la filosofía de los medios se puede elaborar una jerarquía de valores que tiene los siguientes ejes:

Filosofía del éxito: El éxito se presenta como un sinónimo de la feli­cidad. Sólo el que triunfa, “triunfa”. El prestigio en las diversas áreas (econó­mica, intelectual, política, social, etc.) consiste en llegar al éxito. El nivel de aspiraciones se fija, por consiguiente, en la consecución del triunfo. Y son las personas que llegan al éxito (los héroes, los premiados, “los grandes”, etc.) las que acaparan la atención de los medios de comunicación.
Filosofía de la competencia: “El ser más que...”, “tener más que...” son claves del comportamiento humano que presentan los medios. Escalafones, concursos, oposiciones, galardones, campeonatos, competiciones... Se trata de medirse con los demás.
Filosofía de la cuantificación: Es insistente la referencia a los aspectos cuantitativos de la realidad: el número de muertos en el fin de semana, la cantidad de petróleo importado, el número de coches vendidos, el número de viviendas desocupadas... Todo se baraja a través de las cifras. La persona está bajo el signo de la cantidad.
Filosofía de la utilidad: Personas, actividades y cosas son interrogadas automáticamente: ¿Para qué sirve? Se valoran los comportamientos desde el plano del rendimiento y la eficacia. ¿,Qué ventajas tiene? ¿Cuánto produce? ¿Para qué vale?

Filosofía del individualismo: Cada individuo afronta su vida y su historia desde su exclusiva identidad. Cada uno se encuentra en la vida luchando frente a los demás. Los héroes individuales, los francotiradores, encuentran un eco fácil en los medios de comunicación social.
Filosofía del consumo: La escalada frustrante de las necesidades insatisfechas nunca llega a su techo. Alimentos, vestidos, bebidas, obje­tos... Se inventan necesidades que luego habrá que satisfacer para que den paso a nuevas necesidades que favorezcan el consumo. Incluso se hacen objeto de consumo las perso­nas a través de una erotización inten­sa...
Filosofía de la apariencia: La apariencia es frecuentemente presen­tada como la realidad misma. Sin nin­guna invitación a penetrar más allá de la simple fachada de las cosas, de las situaciones, de las personas. Piénsese en la “vida” que se presenta al espec­tador a través de los anuncios televi­sivos. Casas perfectas, aparatos mara­villosos, gentes encantadoras, bellezas sin sombras, eficacia absoluta...
Filosofía de la prisa: Todo está puntualmente milimetrado. Todo está medido con una precisión obsesi­va. No es justo desperdiciar un segundo si se puede llenar con un anuncio que cuesta cerca de un millón de pesetas. Hay que hacer muchas cosas, hay que perseguir muchas metas, hay que realizar muchos encuentros...
Filosofía de la provisionali­dad: El presentismo es cotizado como un valor de alto grado en la jerarquía axiológica. “Esto me intere­sa ahora”, “esto va muy bien por ahora”, “aquí se está muy bien en este momento”...
Filosofía del sentimiento: El comportamiento se apoya más en sensaciones que en razonamientos. La pregunta fundamental no es tanto ¿Qué debemos hacer?, cuanto ¿,Qué nos apetece hacer, qué nos gusta hacer? El área de la sensibilidad se desarrolla más que el de la razón. Tiene más fuerza lo que se siente que lo que se piensa.
Filosofía de la posesividad: “No renunciaré” se convierte en una tesis, en un estilo de vida. Incluso aquello que los imperativos naturales nos vetan es considerado por el indi­viduo como una “castración” de aspi­raciones. No renunciar a nada es una actitud generalizada, que echa sus raí­ces con profundidad y esparce la fronda en extensión.
Filosofía de la violencia: Las cosas se arreglan por la fuerza, los conflictos se solucionan a través del poder. La vida de las personas se somete a la fuerza de quien no tiene escrúpulos. En la televisión se contemplan miles de golpes, de asesina­tos, de extorsiones. Dostoievski empleó quinientas páginas para des­cribir un crimen. En la televisión se pueden ver cientos en pocos minutos.

Los medios tienen una fuerte capacidad de persuasión. La técnica se pone al servicio del convencimiento. Música, imagen, palabra y acción dra­mática son manejados por algunos expertos ante públicos analfabetos en el lenguaje icónico. La magia de la imagen en movimiento se utiliza sin contemplaciones para la captación de espectadores, para la promoción de intereses comerciales, para la indoctrinación utilitaria. (Santos Guerra, 1984).
La frontera entre lo real y lo ficticio genera unas complejas reacciones intelectuales y emocionales. Si alguien entra en la casa y encuentra el televisor encendido en el que se contem­plan unos disparos, necesitará contex­tualizar el programa para saber si se trata de una película o de una filma­ción en directo.

3. LAS SOLUCIONES DEL DILEMA

Lo que importa es tener una concepción de escuela comprometida que ayude a los alumnos a diagnosticar las reali­dades sociales, a comprender las causas que determi­nan su natu­raleza y evolución, a buscar las solu­ciones a los proble­mas que en ella se instalan. Porque la realidad no viene dada de forma definitiva y absoluta por poderes incontrolables. La realidad está, en buena medida, en las manos de las personas.
El conocimiento fragmentario y poco riguroso que los alumnos adquieren en su experiencia cotidiana, debe ser sometido en la escuela al fil­tro de la ciencia. En la escuela debe brindarse a los alumnos criterios para descifrar el significado de ese conoci­miento y para ponerlo al servicio de los auténticos valores humanos.

3.1. Preparar para entender

La tarea de la escuela consistirá, desde esta perspectiva, en facilitar a los alumnos los criterios y los instru­mentos necesarios para entender qué es lo que sucede en la sociedad, quién maneja los hilos del acontecer huma­no y por qué.
El pensa­miento crítico faci­litará una comprensión orientada y llena de significado. Ni la ciencia ni su uso por los individuos o los grupos humanos tiene un carácter neutro. El mismo conocimiento que selecciona, organiza y presenta la escuela tiene un eje axioló­gico estructurador.

3.2. Preparar para actuar
        
La comprensión de la realidad ha de conducir al compromiso efectivo.

“La autoridad emancipadora tam­bién proporciona el entramado teórico necesario para que los educadores pue­dan definirse a si mismos, no sólo como simples intelectuales, sino también de un modo más comprometido y como intelec­tuales transformadores. Esto significa que tales educadores no sólo están interesa­dos en las formas de capacitación que fomentan la consecución de logros perso­nales y en las formas tradicionales del éxito académico, sino que a la hora de enseñar también están interesados en vincular la capacitación ‑la habilidad para pensar y actuar críticamente‑ con el concepto de compromiso y de trasn for­mación social” (Giroux, 1992).

La auténtica educación genera un compromiso con la acción. No se limita a la esfera del conocimiento y de la comprensión.

“En el sentido más amplio, la educa­ción ‑la aportación de conocimiento a la vida social‑ es lo más importante para un proyecto capaz de convertir las posibilidades en realidades El error de los profesores radicales no es haber sido demasiado radicales, sino no haber sido lo bastante radicales. La labor de los pro­fesores es iniciar juntamente con otros­un proyecto en el que se consideren y tran formen las formas de las instituciones sociales y de trabajo, de modo que el concepto de cultura empiece a incluir el desarrollo de las estructuras sociales”. (White, 1985).

3.3 Preparar para ser

Ese conocimiento y ese compro­miso configurarán un modo de ser y de estar en el mundo.
La auténtica identidad del indivi­duo que se ha educado en los valores no se fundamenta en la apariencia y en la falsedad, sino en la fidelidad a uno mismo y a los valores.
Cuando se acepta uno a sí mismo, cuando se tiene una jerarquía de valores asentada, cuando se rela­ciona uno auténticamente con los otros desde la propia identidad se está en condiciones de vivir un com­promiso social.

4. LOS CAMINOS DE LA ACCIÓN

¿Cómo realiza la escuela esta compleja y difícil tarea frente a otros agentes sociales, en instituciones con pocos medios y con profesionales que han recibido una formación alejada de estos presupuestos, de estos com­promisos y de las estrategias necesa­rias para llevarlos a cabo?

4.1. Analizar el curriculum oculto

La escuela tiene un curriculum explícito, oportunamente regulado, sobre el que se articula toda la vida de la institución. La finalidad de la escuela será desarrollar ese conjunto de conocimientos, actitudes y destre­zas que se presentan como objetivos de su actividad. Pero tiene también un curriculum oculto, “no pretendido que actúa sutilmente sobre los participan­tes.

‑ El curriculum oculto se halla en la construcción de los escenarios. Un aula, por ejemplo, tiene un diseño que está transido de significados: Una tari­ma, una mesa grande, un encerado muy a mano del profesor, los pupitres alineados frente a la pizarra y a la mesa del profesor. Esta distribución espacial genera y mantiene la filosofía de que uno sabe y los demás apren­den, de que uno manda y los demás obedecen, de que uno es autoridad y los demás son súbditos, de que uno tiene algo que decir y los demás deben estar callados...
‑ El curriculum oculto está en la distribución del espacio de la escuela. Los profesores tienen una sala de uso exclusivo. A ella no pueden acceder los alumnos, los despachos de direc­ción son más grandes que los de los profesores. La distribución del espa­cio tiene mucho que ver con el juego de papeles, con el uso del poder ....
‑ El curriculum oculto está el uso de los servicios: aparcamiento, teléfo­no, fax.,, fotocopiadora. A medida que se aumenta el poder, aumenta tam­bién la facilidad para el uso de los ser­vicios.
‑ El curriculum oculto está en los libros de texto: En los ejemplos que se ponen, en las imágenes que se pre­sentan, en el lenguaje en el que se expresan.
‑ El curriculum oculto está en la movilidad por el territorio, tanto del aula como del Centro. En el aula, el alumno tiene que estar inmóvil mien­tras que el profesor tiene libertad de movimientos. En el Centro, el alumno tiene circunscritos los movimientos mientras que los profesores pueden desplazarse por todas las dependen­cias.
‑ El curriculum oculto está en las formas de tratamiento. Las formas de tratarse en la escuela vienen determi­nadas por la decisión del profesorado. “Puedes tratarme de tú”, dicen algu­nos. “Debes dirigirte a mí llamándo­me de usted”, dicen otros. Algunos dicen: “Puedes tratarme como quie­ras, de tú o de usted”. Pero siempre decide el profesor.
‑ El curriculum oculto está en el acceso a lugares. El manejo de llaves está en razón del poder que se tiene. A veces se tienen cerrados los servi­cios de profesores, de tal manera que sólo ellos pueden acceder a los mis­mos. En los servicios de profesores hay toalla y papel higiénico, cosa que no sucede en los de los alumnos.

En los rituales del Centro se esconden unos valores que cargan de significado el comportamiento y las prácticas de la escuela.
La famosa película de Peter Weir “El Club de los poetas muertos” comienza con unas secuencias alta­mente significativas. La sintaxis del Centro está llena de elementos de aprendizaje. La ceremonia del comienzo de curso está llena de rituales que constituyen parte del curriculum oculto de la institución:

• La ceremonia de la luz nos muestra al director de la institución con una vela encendida mientras todos los demás asistentes la tienen apagada. Este hecho muestra el senti­do jerárquico de la transmisión del saber. El conocimiento está en la jerarquía de la institución. De él reci­birán luz quienes se acerquen a encender su vela. No trae cada uno su luz encendida. No. La luz del saber se transmite ‑de arriba hacia abajo. Quien posee el saber valioso es la ins­titución.
• El escenario está construido conforme a los cánones del saber jerárquico. El director y los profeso­res están en un plano más elevado. El director dispone de un atril para hablar. Todos los alumnos se encuen­tran alineados en filas de bancos, mirando hacia adelante. En silencio y dispuestos a la escucha.
‑ En el discurso, el director pregunta por los cuatro pilares de la ins­titución. Los alumnos, de pie, juntos, a coro y con tono de recitado, dicen: Disciplina, honor, trabajo y grandeza. Son los pilares oficiales.

• Todos, alumnos y profesores, se hallan uniformados. Los profesores con un atuendo especial que los dis­tingue de los que todavía son aprendi­ces. Los alumnos llevan en sus cha­quetas el escudo de la institución, como signo de identidad.
• La entrada se hace de forma ritual, ordenada, presidida por estan­dartes, al son del himno del Centro, con riguroso orden ceremonial en el que las personas tienen grados de importancia según el cargo que ocu­pan.
• Quien habla en la ceremonia de apertura es el jefe de la institución. No existe el mismo tiempo para todos los que tienen algo que decir o, sencillamente, para quienes quieren hablar.


Como puede verse no hemos mencionado el contenido explícito del discurso. Todos los elementos que aquí hemos reseñado tienen que ver con el curriculum oculto.
La escuela, para educar en los valores, debe analizar su curriculum oculto y desmontar aquellos elemen­tos a través de los cuales los alumnos estén adquiriendo actitudes y apren­diendo modos de comportamiento poco relevantes y significativos.
Lo primero que tiene que hacer la escuela es constituirse ella misma en un mundo de justicia, de armonía, de igualdad, de respeto, de tolerancia. Difícilmente puede educarse a los alumnos en los valores en el marco de una institución que no los practica.
Una institución altamente jerar­quizada,.donde todo está establecido, cargada de normas opresoras, que sólo evalúa de forma jerárquica, des­cendente e inapelable no está en las mejores condiciones de pregonar y de educar en los valores. Porque se educa no tanto como se dice sino como se es.
Una institución discriminadora, que selecciona a los alumnos según su clase social o su nivel de inteligencia, que se desprende de los más torpes o de los más revoltosos, que trata con distinto rasero a los niños y alas niñas, no puede constituirse en una palestra de entrenamiento en los valores.
Cuando hablo de discriminación por el sexo en la escuela no lo estoy haciendo de memoria (Santos Guerra, 1984). Todavía se dan en las escuelas actitudes discriminatorias con las niñas. En el lenguaje, en las relaciones, en las expectativas, en las tareas. (Subirats y Brullet, 1988; Apple, 1989). Las discriminaciones son cada día más sutiles, de ahí la necesidad de que los mecanismos de detección y de superación de las mismas deban ser más afinados. Se equivocan quie­nes piensan que se trata de cuestio­nes ya pasadas, una vez que la ley exige que no se admite la discrimina­ción por el sexo.
La presencia de la mujer en el mundo de la enseñanza (Apple, 1991) nos muestra esa flagrante discrimina­ción de facto. Son muy pocas las mujeres que se encuentran en la enseñanza universitaria y muy pocos los hombres que se hallan al frente de clases de educación infantil. Son muchos los hombres que están en cargos de dirección en el sistema educativo y muy pocas las mujeres que tienen puestos de responsabili­dad. Sin embargo, son las mujeres las que en las casas y en la relación con los centros educativos, se preocupan más intensamente de la educación de los hijos.

4.2. La acción colegiada e intencional

Está desarrollándose ampliamen­te en nuestros días lo que ha dado en llamarse el paradigma de la colegiali­dad. Los profesores han tenido una formación, tienen una práctica y reali­zan un perfeccionamiento asentados en un modelo de corte individualista. Cada uno era examinado, trabaja ahora en el aula y busca el modo de perfeccionarse de una forma marca­damente individual.
No es fácil romper esos patrones de comportamiento y las actitudes que generan y en las que, a su vez, descansan. Ahora bien, es necesario emprender una acción colegiada para conseguir una eficacia mayor en la educación para los valores. No es fácil convencer a los alumnos de la impor­tancia de la solidaridad, de la toleran­cia, de la cooperación..., si ven en los modos de comportarse los profeso­res una permanente acción individua­lista.
Para cambiar esos modos de acción es preciso modificar simultá­neamente tres cosas:

a. Los discursos: No basta cambiar los nombres para cambiar y mejorar la práctica. Es importante
subrayar esto en tiempos de reforma. No basta decir que no hay exámenes, que se hacen controles. Si las prácti­cas siguen siendo las mismas, nada importante ha cambiado. No basta decir que ahora se hace evaluación cualitativa, si se sigue haciendo lo mismo. No basta decir que se da par­ticipación a los alumnos. si no cam­bian las prácticas y las actitudes.
b. Las actitudes: Cambiar las actitudes es una difícil tarea. No se puede obligar a nadie a conjugar el verbo quiero. Ni la escuela ni la sociedad cambian por decreto (Cro­zier, 1989). Pero si no se transforman las actitudes, poco importará cambiar los nombres ni las prácticas. Si un profesor sienta ahora a sus alumnos en círculo porque hay que cambiar la práctica, pero no modifica su actitud, seguirá siendo un déspota sentado en la silla más pequeña del fondo del aula. Si bajan los alumnos al laborato­rio porque las disposiciones así lo mandan, el profesor podrá explicar allí la lección y dictar los apuntes como si eso fuera lo importante.
c. Las prácticas: Todo ha de estar encaminado a mejorar la acción. Si solamente cambian las actitudes y los discursos, pero no se llega a modi­ficar en profundidad la naturaleza y la intención de las prácticas educativas, poco habrá cambiado en realidad. Algunos profesores llegan a pensar que es mejor una relación de igualdad con los alumnos, pero que éstos todavía no están preparados o que es positivo que los alumnos se autoeva­lúen, pero les detiene la suposición de que llegan a sus manos ya deformados por prácticas adulteradas.

La acción colegiada de los profe­sores multiplica la eficacia de la acción ya que impide que se den contradic­ciones perjuciales, potencia los aspec­tos fundamentales y, sobre todo, ofrece un ejemplo convincente a los alumnos de acción coordinada, com­partida y coherente.
Los desajustes que se producen entre los distintos niveles del sistema (EGB y BUP, por ejemplo), entre los diferentes cursos (un 1° y un 2° de BUP), entre asignaturas de un mismo curso (Matemáticas y Literatura, pon­gamos por caso) se evitarían desde una acción compartida de los profe­sionales. Lo cual no quiere decir que todos tengan que pensar, sentir y hacer las mismas cosas, pero sí que tengan en cuenta lo que los otros piensan, sienten y hacen.

4.3. Los efectos secundarios

La escuela no debe preocuparse solamente por los efectos pretendi­dos en su enseñanza. La llamada peda­gogía por objetivos (Gimeno, 1982) ha resultado altamente perjudicial para la escuela. Simplificar los proce­sos educativos a una simple compro­bación de la presencia de los datos relativos a los conocimientos que se ha pretendido que los alumnos adquieran es un grave error. Si sola­mente nos ocupamos de los objetivos propuestos, nos olvidamos de otras preguntas importantes:

• ¿Podrían hacer otras cosas mejores?
• ¿Disfrutan cuando hacen éstas que les proponemos?
• ¿Olvidan pronto lo que apren­den?
• ¿Les sirve para algo?
• ¿Qué precio pagan por ello?
• ¿Qué aprenden mientras apren­den?
• ¿Lo aprenderían si no les obligá­semos?
• ¿Es relevante para ellos el cono­cimiento?
• ¿Es significativo?

No basta, pues, medir los resulta­dos de la escuela por el éxito o fraca­so académico de los alumnos. En pri­mer lugar, porque en esos suspensos o fracasos existe una parte del siste­ma (de los profesores, de los padres, de los medios, de los compañeros...), en segundo lugar, porque existen más aspectos que es preciso tener en cuenta. No es suficiente evaluar los resultados a través de las calificacio­nes.
• ¿Y si se les ha machacado para conseguir buenas notas?
• ¿Y si han acabado odiando la sabiduría?
• ¿Y si han aprendido a despre­ciarse?
• ¿Y si van a utilizar ese conoci­miento para la opresión?
• ¿Y si se hubiera podido adquirir lo mismo de otro modo más fácil, más rápido y más eficaz?

La patología de la evaluación que se realiza en la escuela (Santos Gue­rra, 1988) debería ponernos al acecho respecto a todos estos peligros. Eva­luar sólo a los alumnos, sólo sus conocimientos adquiridos, sólo de manera cuantificable, sólo de forma descendente...es en sí mismo una limi­tación censurable. En esta forma de evaluar están instalados muchos males de la institución. Porque la evaluación está impregnada de poder. Un poder elocuente que reduce a los evaluados al silencio.
Cuando hablo de efectos secun­darios del sistema me refiero a aque­llas consecuencias de una forma de actuar que no estaban previstas y que, por su carácter subrepticio, encierran un especial riesgo educativo. En otro lugar (Santos Guerra, 1991) he hecho referencia a estos efectos, comparán­dolos a los que tienen los medica­mentos. La escuela produce algunos efectos sobre los que se debería reflexionar. El alumno, a través de muchos años de escolaridad, acaba por pensar que:

• Sólo se estudia cuando hay exá­menes
• Sólo se estudia lo que es objeto de examen
• El conocimiento válido es el que imparte el profesor
• Es conveniente callarse
• Hay que acatar las normas
• No se debe protestar de forma inconveniente
• El que manda es el profesor
• Es aburrido estudiar
• Hay que conseguir la mejor nota con el menor esfuerzo
• Una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace
• Lo ideal es copiar en los exáme­nes

Si se logra que los alumnos alcan­cen sobresalientes en las disciplinas pero acaban odiando el aprendizaje y la sabiduría, se habrá conseguido un efecto secundario quizás más impor­tante, aunque negativo, que el preten­dido. Si se consiguen unas excelentes calificaciones en las materias, pero se aprenden actitudes de insolidaridad, de desprecio al compañero, de intole­rancia ante el pensamiento de los otros, habrá que cuestionar el efecto de la práctica educativa, aunque no se hubiera pretendido alcanzarlo.

4.4. La reflexión sistemática

Una forma de convertir a la escuela en una plataforma de entrena­miento en los valores es someter su práctica a una constante revisión. Poner en tela de juicio aquello que se programa y se hace, conduce a la comprensión de la naturaleza de esas prácticas y a desentrañar su valor real.
La complejidad de la tarea educa­tiva, sobre todo cuando se entiende como un camino de transformación de las actitudes y como un compro­miso con la acción para el cambio, obliga a la observación atenta, a la reflexión compartida y a la toma de decisiones inmediatas con el fin de mejorar la racionalidad y la justicia de la misma. (Carr y Kemmis, 1988; Kemmis y McTaggart,1988; Elliott, 1991). No se trata solamente de mejorar el rendimiento sino de inte­rrogarse por los valores de esa prác­tica.
La comprensión de la práctica es el medio más eficaz para transformarla adecuadamente (Gimeno Sacristán y Pérez Gómez, 1992). Otras formas de transformación de la escuela tie­nen una eficacia más discutible, ya que se pueden cambiar las estructuras e incluso las prácticas, pero es difícil conseguir un cambio de actitud a tra­vés de las prescripciones legales.

4.5. La apertura al medio

Para que la escuela tenga posibili­dad de realizar una educación en los valores, ha de estar abierta al medio. Sus fronteras con la sociedad han de ser permeables. Hasta ella han de lle­gar los problemas, las realidades sociales. Y ella debe salir al encuentro de la realidad inmediata del barrio y de la ciudad donde se halla enclavada.
La contextualización impide que se mueva en las nubes de la teoría y que sólo hable y se entretenga en cuestiones meramente nominales.
Si la escuela es un islote separado de los problemas, si es una campana de cristal aislada de la realidad, si su curriculum solamente está referido a cuestiones que nada tienen que ver con la vida, no es posible la auténtica educación del ciudadano.
Si sus estructuras y funciones permanecen de espaldas a la situación política, económica y social, la escuela será un reducto del intelectualismo y de la mera elucubración teórica.
Todo esto exige una autonomía real de las escuelas para elaborar su propio curriculum. Si la heteronomía es tan fuerte que no le queda un mar­gen de libertad para la adaptación, para la diversificación, para la respon­sabilidad, la escuela será una institu­ción paralítica, dependiente de las ins­tituciones externas y jerárquicamente domesticada.

5. LAS CONDICIONES

¿Cómo es posible tener una escuela que eduque para los valores? No basta una disposición legal que así lo determine. Porque hacen falta pro­fesionales preparados, un curriculum racional que lo haga viable, unas con­diciones organizativas que lo faciliten y una concepción de la profesión docente acorde con ese planteamien­to.
Si consideramos la escuela como un ámbito en el que se transmite un caudal de conocimientos y de pautas culturales sin sometimiento a la críti­ca y al compromiso de la mejora, será imposible hacer en ella una tarea auténticamente educativa.
Cuando se establece, desde las prescripciones curriculares que el objetivo prioritario es la transmisión del conocimiento y cuando se piensa que existen modos rigurosos y estan­darizados de comprobarlos a través de pruebas homologadas externas, se está empobreciendo la concepción de la escuela. Esta idea es válida para cualquier tipo de conocimiento y de ciencia. Lo explica en un excelente artículo John Elliott (1992)  refiriéndo­se al curriculum nacional británico:

“Schawb, al citar los factores afecti­vos además de los racionales inherentes a las situaciones reales, alude a su dimensión como valores. Por ejemplo, jui­cios sobre la conveniencia de una opera­ción aritmética podrían muy bien estar ligados a dar a otra persona ayuda y apoyo, o a explotarla. En otras palabras, los juicios de los que están en el contex­to, sobre la conveniencia de una opera­ción artimética en situaciones reales, y que implican las valoraciones de los que están fuera, sobre sus capacidades, no son simplemente cuestiones técnicas. Pueden tener una dimensión moral, reli­giosa, o incluso política. Y esto supone que la competencia matemática en la vida real no es simplemente una compe­tencia técnica. Cuando uno reconoce que la adquisición de conocimeintos ni es separable, como proceso, de su utiliza­ción, también reconoce que no se puede divorciar la adquisición de conocimientos de los temas de valor”.

De ahí que las leyes que se pro­mulgan para cambiar la escuela no sean en sí suficientes para conseguir el cambio que enuncian, promueven y pretenden imponer. Muchas reformas educativas, nacidas del deseo de mejorar a los más desfavorecidos han sido convertidas por el sistema en reformas que han beneficiado a los más favorecidos (Papagiannis y otros, 1986).
Si consideramos al profesor como un simple técnico, como un ejecutor de las prescripciones exter­nas, como un transmisor de conoci­mientos inertes, será difícil que pueda ejercer una tarea de carácter político y social. Si, por el contrario, conside­ramos al profesor como un profesio­nal competente, capaz de diagnosti­car, comprender y tomar decisiones, autónomo en su práctica profesional y responsable de sus acciones, estare­mos en el camino de una mejora auténtica.

5.1 La formación inicial

La formación inicial de los profe­sores es una exigencia fundamental para una escuela renovada. No se puede pretender que cambie la escue­la porque, en un momento determi­nado, se diga a los profesionales que trabajan en ella que han de realizar una acción educativa asentada en los valores, que ahora deben trabajar temas transversales como la coeduca­ción, la educación para la paz, la edu­cación sexual...
Los profesionales que acceden a la docencia deberían ser las personas con mayor capacidad de comunica­ción, con la mejor preparación posi­ble y con las mejores condiciones de trabajo. Sólo así se haría creíble el discurso que sitúa a la educación como tarea extremadamente impor­tante en esta sociedad. Ahora bien, si los profesionales que acceden a la docencia son los que no han podido, sabido o querido llegar a otras profe­siones más valoradas, partiremos de una situación negativa.
Pero, lo más importante, es que el profesional de la educación tenga una preparación eficaz, en tiempo y calidad, para practicar su profesión. En el caso de los profesores de Pri­maria se ha mantenido su formación como una profesión de titulación media, de sólo tres años. En el caso de los profesores de Enseñanza Media, se perpetúa una preparación de varios meses, a todas luces insufi­ciente en el tiempo.
Pero más importante aún es el tipo de formación recibida. El proce­so de socialización del profesor se arraiga en los modelos que ha visto en acción. Una formación de carácter individualista, memorístico, basada en conocimientos, no es el mejor camino para conseguir luego un compromiso intelectual y social en la acción.
Se forma al profesor, equivocada­mente, como se formaría a un nada­dor al que se le hiciera seguir el siguiente curriculum de preparación para aprender a nadar:

TEORIA:
Química del agua
Historia de la navegación
Geografía de la distribución de las aguas
Biografía de los campeones olím­picos de natación
Marcas de los campeones olímpi­cos
Tipología de las piscinas
Socorrismo para nadadores
Estilos de natación

PRÁCTICA:
Proyección de vídeos de nadado­res famosos
Visita a piscinas olímpicas

Superado este curriculum con excelentes calificaciones se somete al nadador a la prueba suprema de la práctica en una piscina de diez metros de fondo...
La metáfora puede ser útil para comprender las dificultades que encontraría en la práctica una perso­na formada con estos criterios.

5.2 El contexto organizativo

“Los profesores son personas encan­tadoras que trabajan en lugares horri­bles”, dice Thomas Popkewitz. Esta afirmación nos lleva a la consideración de las escuelas como contextos de la acción educativa asentada en los valo­res.

Se ha olvidado con frecuencia la importancia de la vertiente organizati­va en la búsqueda de una enseñanza de calidad. (Santos Guerra, 1989; 1992). Muchas reformas de la educación parten de diseños sociológicos, psicológicos y didácticos aceptables, pero no cuentan con el contexto organizativo en el que han de llevarse a cabo. Es como si se diseñase un coche de potente motor, línea aero­dinámica y excelente carrocería, pero al que se pusiese a funcionar en la cresta de una montaña.
El contexto organizativo exige:

• La configuración de unas planti­llas aglutinadas en torno a proyectos educativos que tengan fuerza, y cohe­rencia. No es fácil realizar un proyec­to educativo entre personas que han llegado al centro por motivos respe­tables, pero ajenos al tipo de educa­ción que se pretende.
• Un tamaño que haga viable el diálogo y la coordinación de los pro­fesionales. No es posible realizar un proyecto educativo en un claustro de doscientos profesores. Las relaciones interpersonales, el nivel de discusión y de participación, el grado de auto­nomía se pierde en ese incontrolable entramado organizativo.
• Unas construcciones habitables en las que sea posible la convivencia armoniosa y agradable. Llama podero­samente la atención cómo otras insti­tuciones sociales (bancos, empresas, comercios...) tienen una infraestructu­ra espacial más acogedora, funcional y estética que las escuelas.
• Espacios flexibles que puedan ser reconvertidos para la práctica de una enseñanza adaptable a los grupos, a las actividades y a las finalidades educativas.
• Espacios adecuados a la natura­leza de las actividades que se van a realizar: laboratorios, bibliotecas, salas de reunión... La creatividad en el diseño y estructuración del espacio facilitará una acción especializada.
• Medios adecuados para el desa­rrollo de la acción educativa. Libros en las bibliotecas, productos en los laboratorios, materiales didácticos actualizados...

5.3 El tiempo disponible

No se puede realizar una acción pedagógica de auténtico valor sin que los profesionales dispongan de tiem­pos para pensarla, diseñarla, llevarla a cabo de forma coordinada y com­partida y para analizarla rigurosamen­te.
Los profesionales que deseen realizar una tarea educativa de calidad no han de buscar tiempos comple­mentarios en sus horas libres o en el tiempo destinado a la familia o a la vida privada. No se podría pedir a un médico que operase de forma conti­nua. ¿Cómo podría saber lo que suce­de con los enfermos una vez opera­dos? ¿Cuándo podría discutir con sus colegas los resultados? ¿Cuándo podría ponerse al tanto de los nuevos avances de la medicina en su especia­lidad?
La condición que todo profesor ha de tener de investigador de su práctica, le obliga a disponer de tiem­pos para llevarla a cabo de una forma rigurosa. No se puede plantear unas exigencias teóricas que no sean via­bles por falta de condiciones.
La investigación que realmente ayuda a mejorar la práctica es aquella que realizan los profesionales sobre la tarea que realizan. No es la investiga­ción de los teóricos sobre los profeso­res la que hace cambiar a los profe­sionales. Es la investigación de los profesionales la que les permite entender y cambiar su práctica.
En este sentido, es de subrayar la excelente obra de Lawrence Stenhou­se (1984, 1988) que plantea la investi­gación como la base de la enseñanza. No sólo en lo que respecta a los con­tenidos de las enseñanza sino también a la forma de transmitirla. Es la incer­tidumbre respecto al conocimiento y al modo de transmitirlo, es la interro­gación sobre la auténtica enseñanza de valores lo que obliga a la indaga­ción, a la comprensión y al cambio.
En el campus de la Universidad de Norwich, cuando murió Stenhouse en el año 1982, sus alumnos planta­ron un árbol en su memoria a cuyo pie fijaron una pequeña lápida con la inscripción siguiente: Son los profesores los que, al fin, cambiarán el mundo de la escuela, comprendiéndolo.
Esa comprensión sólo puede lle­varse a cabo en un tiempo dedicado a la investigación compartida, a la discu­sión, a la comprensión de la compleji­dad de los fenómenos sociales y al cambio orientado hacia la mejora. Digo esto porque no todo cambio, en sí mismo, es positivo. Desde la pers­pectiva de una educación para los valores, habrá que preguntarse muchas cosas:
¿Qué es la mejora?
¿Desde qué punto de vista?
¿A juicio de quiénes?
¿Quiénes salen beneficiados? A qué precio se consigue?
¿Qué pasa con los demás?

Uno de los mayores peligros que acechan a la educación es la simplifica­ción. Porque en ella no sólo se encuentra la imprecisión sino la tergi­versación de lo que ha de considerar­se esencial.

5.4 La autonomía profesional

Esta autonomía no significa inde­pendencia para una actuación arbitra­ria. Todo lo contrario. Sólo desde la libertad de acción se puede exigir responsabilidad. El profesor tiene la misma libertad que la de un conduc­tor que, en un impresionante atasco, puede elegir la cinta que quiera poner en su radiocasette.
Esta ironía hace referencia a la fuerte carga de pres­cripciones que el docente recibe en su tarea. Prescripciones que proceden de la legislación y de los libros de texto, de las autoridades académicas (inspectores y directores) y de las presiones institucionales y sociales. Los padres, por ejemplo, obsesiona­dos por el éxito académico, pondrán un énfasis excesivo en los aprendiza­jes de tipo intelectual.
La autonomía profesional se corresponde con una exigencia social sobre la acción del profesor y de la escuela. Sólo desde la autonomía pro­fesional es concebible la responsabili­dad social. Responsabilidad que ha de ir más allá de la exclusiva conciencia profesional. Esta se sustenta sobre el presupuesto siguiente:

No importa que el alumno aprenda con tal de que el profe­sor enseñe.

De hecho hoy se paga al profesor por el simple hecho de dar clase. Se le paga por las horas de clase que imparte. Cuando el alumno suspende es porque no ha trabajado lo suficien­te o porque es torpe o viene mal pre­parado de etapas inferiores. No se evalúa la acción de la escuela (Santos Guerra, 1990). La escuela es una insti­tución que pervive independiente­mente de su éxito. Es más, sin necesi­dad de definir en qué consiste real­mente su éxito.
La responsabilidad social cambia el enfoque para exigir desde otros parámetros una acción efectiva. El presupuesto sobre el que se basa sería justamente el contrario:

No importa que el profesor enseñe con tal de que el alumno aprenda.

Lo importante es lo que sucede con los alumnos en la escuela. Qué es lo que aprenden y cómo. Qué es lo que dejan de aprender por estar allí. Y qué valores practican y en qué valo­res se educan.

Referencias bibliográficas:

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sábado, 26 de octubre de 2013

Hacia una cultura de diálogo


¿Somos capaces a transmitir pacíficamente nuestra visión del mundo, y escuchar con atención lo que dicen los demás? La teóloga Jutta Burggraf propone el diálogo para evitar el choque entre las culturas y mentalidades.

15 de junio de 2009

Un nuevo reto
En la sociedad actual, convivimos con personas diferentes a nosotros. Este es un hecho concreto y fácilmente perceptible frente al cual no podemos cerrar los ojos. Se trata generalmente de gente proveniente de otros países, con una cultura y religión diferentes a las nuestras; tienen otras costumbres y un estilo de vida que nos resulta extraño y hasta curioso o pintoresco. Tal vez vivan en el mismo pueblo o incluso pertenezcan a nuestra familia. Son "nuestros vecinos de siempre"; pero no piensan ni sienten como yo, o —dicho desde otra perspectiva— yo no pienso ni siento como ellos. Cada persona tiene su propio punto de vista, su mentalidad, su proyecto vital y su modo de juzgar los acontecimientos políticos y sociales.

Lamentablemente, las diferencias originan no pocas veces antipatías o sospechas; pueden llevar a malentendidos e incomprensiones e incluso despertar reacciones violentas. Pueden ser también la causa de múltiples formas de rechazo que hieren el corazón humano.

Muchos sufren injusticias y humillaciones por el mero hecho de no ser "como los demás"; algunos tienen que soportar diariamente torturas, no sólo en una cárcel, sino también en un puesto de trabajo o en el entorno familiar. Es cierto que nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. "El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares," dicen los árabes. Es una pena gastar las energías en enfados, recelos, rencores o desesperación; y quizá es más triste aún cuando una persona se endurece para no sufrir más.

¿Cómo podemos evitar este choque entre las culturas y mentalidades que parece caracterizar cada vez más claramente nuestra vida? En los últimos años —y especialmente a partir del 11 de septiembre de 2001— se han dado muchas respuestas muy variadas a este interrogante. De especial importancia es, ciertamente, el diálogo. Pero, ¿somos capaces a transmitir pacíficamente nuestra visión del mundo, y escuchar con atención lo que dicen los demás? O, preguntando de modo más radical: ¿tenemos realmente convicciones propias? ¿Hemos encontrado nuestra identidad? Es un hecho conocido que nadie puede dar (a conocer) lo que no tiene.


I. Dificultades para el diálogo
Somos libres para pensar por cuenta propia. Pero apenas tenemos el valor de hacerlo de verdad. Estamos más bien acostumbrados a repetir lo que dicen los periódicos y revistas, la televisión, la radio, lo que leemos en internet o lo aseverado por alguna persona, más o menos interesante, con la que nos cruzamos por la calle. Hoy en día, en muchos países parece que ha desaparecido la autoridad que dicta los pensamientos, la censura. Pero lo que hallamos en realidad, es que aquella autoridad ha cambiado su modo de obrar: no se vale de la coerción sino tan sólo de una blanda persuasión. Se ha hecho invisible, anónima, y se disfraza de normalidad, sentido común u opinión pública. No pide otra cosa que hacer lo que todos hacen.

¿Resistimos a los tiroteos constantes de este "enemigo invisible"? ¿Hemos aprendido a ejercer nuestra facultad para discurrir y discernir? Pensar no sólo es un juego divertido; es ante todo una exigencia de nuestra naturaleza. No deberíamos cerrar voluntariamente los ojos a la luz, sino todo lo contrario: tendríamos que entusiasmarnos con la realidad que nos rodea, y buscar respuestas a las cuestiones grandes y pequeñas que nos plantea la propia existencia.

Sufrir un ajetreo continuo
Sin embargo, nuestra vida se ha convertido, en muchos sentidos, en un ajetreo continuo. Muchas personas sufren las consecuencias del estrés o de un cansancio crónico. La dureza de la vida profesional, y también las exigencias exageradas de la industria del ocio, traen consigo unas obligaciones excesivas, así que lo único que se desea por la noche es descansar, distraerse de los problemas cotidianos, y no esforzarse nada más. Todo esto puede llevar a una cierta "enajenación" psicológica y espiritual, a la superficialidad de una persona que vive sólo en el momento, para las cosas inmediatas. En nuestra sociedad de bienestar tan saciada, con frecuencia, resulta muy difícil detenernos a reflexionar. Y resulta todavía más difícil hablar en serio con otra persona. ¿Cómo se puede transmitir las propias convicciones si no se tiene ningunas?

Huir en el mundo virtual
Con frecuencia, conocemos mejor a los protagonistas de una determinada serie televisiva que a nuestros vecinos más cercanos; escribimos mails a nuestros colegas de las oficinas al lado, en vez de mirarlos en la cara. Aparte del internet, la televisión es actualmente, sin duda, la fuente principal de información y deformación. Consumimos noticias de todo el mundo, talkshows y películas sin parar. No son pocas las casas en las que la televisión está encendida todo el día, incluso durante las comidas. Esto, obviamente, dificulta la conversación. Hay estudios que dicen, en sus conclusiones, que los niños europeos ven una media de cuatro horas diarias de televisión. En Estados Unidos, parece que ven todavía más, hasta seis horas al día, según las investigaciones del especialista Milton Chen, de San Francisco. Así cuando un chico empieza la enseñanza media, ha visto 18.000 horas de televisión y ha pasado 13.000 horas en la escuela. Su cabeza está llena de imágenes.


Pero incluso el más ávido telespectador se ve apartado, de vez en cuando, de su pantalla, y tiene que enfrentarse con la realidad de la vida cotidiana. Entonces se encuentra inmerso en un mundo inevitablemente menos emocionante que aquél de las imágenes. La vida diaria puede resultar lenta y aburrida; normalmente no es tan dinámica como una película. Es comprensible que se pueda tener ganas de huir, volver cuanto antes al mundo fantástico de la televisión, y no se quiera salir de él. Así, la televisión puede llegar a ser una droga. Somos nosotros los que hacemos de ella una de las múltiples "drogas electrónicas". Hace pensar que exista también la televisión tamaño-casete que se puede llevar en un transporte público, para no estar solo consigo mismo, ni quince minutos.


Tener un exceso de información
Un exceso de información puede ser otro gran impedimento para pensar. Vivimos en la era de los medios de comunicación de masas. Recibimos una inmensa cantidad de información. Quien intenta acceder inmediatamente a toda la información de los cinco continentes, quien no se pierde ninguna tertulia televisiva, ningún chat ni comentario político, o suele ver una película tras otra, puede convertirse en una especie de robot. Con frecuencia no tenemos ni tiempo, ni fuerzas suficientes para asimilar toda la información recibida. Además, absorbemos inconscientemente muchos miles de datos, cuando, por ejemplo, nos paseamos por el centro de una ciudad.


II. En busca de soluciones prudentes
¿Cómo actuar en esta situación? Hay una pequeña anécdota ilustrativa que se cuenta de la escritora alemana Ida Friederike Görres. Una vez, en los años cincuenta del siglo pasado, le preguntaron qué hacía para tener siempre ideas tan originales y saber juzgar con tanta claridad la situación de la sociedad. Respondió: "No leo ningún periódico. Así puedo concentrar mis fuerzas. De lo importante ya me enteraré de todas maneras" Naturalmente, esta postura es muy discutible y, en principio, no es digna de imitación. Pero sí puede invitarnos a reflexionar. Hoy, varias décadas más tarde, se ha multiplicado enormemente el volumen de la información que recibimos cada día, a la vez que se ha especializado. Los conocimientos de la humanidad se duplican cada cuatro años [1]. Será difícil para una persona llegar a tener convicciones propias sin una cierta "actitud distante" con respecto a los medios de información. El escritor ruso Dostoievski afirma: "Estar solo de vez en cuando, es más necesario para una persona normal que comer y beber" [2].

Opus Dei - Evitar posturas defensivasEs comprensible que algunas personas adopten una postura defensiva: prohíben a sus hijos ver la televisión, o ni siquiera quieren tener un aparato en su propia casa. Este planteamiento radical puede ser enriquecedor para la vida de familia y la propia cultura [3]. Sin embargo, no parece que sea el más apropiado para los retos de nuestro tiempo: el proyecto cultural no puede prescindir de la aportación del cine ya que éste asume un papel de primer plano, porque constituye el punto de encuentro entre el mundo de las comunicaciones sociales y otras formas culturales. Con controles y censuras, hoy en día, prácticamente no se consigue nada. Un alumno puede acceder por cable o satélite a todas las informaciones que quiera; puede ver los programas más nocivos en los bares, autobuses o tiendas, en las casas de los amigos o en la propia casa, cuando los padres están fuera (aparte de que casi la mitad de los adolescentes en Occidente tiene su televisión propia). Cuentan de una buena señora que había discutido mucho con sus hijos acerca de una determinada película, llena de escenas de brutalidad y violencia: los hijos querían verla, los padres lo prohibieron. El día en que salió esta película en la televisión, la señora tenía que acompañar a su marido a una cita importante. Como no estaba segura de si los hijos iban a obedecer o no, llevó la televisión consigo en el coche. Y los hijos vieron la película en casa de los vecinos.

No se consigue nada con prohibiciones. La meta no puede ser una simple renuncia. Esto es utópico y poco atractivo. Hace falta un esfuerzo más grande, que consiste en ayudar a los hijos, con argumentos sólidos, a utilizar bien la televisión: a tomar una actitud crítica positiva ante ella y descubrir sus ventajas y desventajas.

La televisión no es un enemigo; no es necesariamente una "caja tonta". Puede ser un buen amigo, un instrumento eficaz al servicio de la cultura y de la educación. Uno de los directores de la televisión alemana suele decir: "La televisión hace a los listos más listos y a los tontos más tontos" [4]. Conviene aprovecharla bien. Para lograrlo, es aconsejable ver junto con los educandos la televisión, y conversar después sobre lo que se ha visto. Así el aparato tan temido por algunos puede convertirse realmente en un "co-educador", en el sentido más pleno de la palabra.

Puede abrir nuevos horizontes y transmitir auténticos valores. Se puede descubrir también la propia responsabilidad por los programas, escribiendo cartas al director, haciendo sesiones de trabajo. De este modo cada uno puede salir del anonimato y de la pasividad, tan propios a la sociedad de consumo. Cada uno puede contribuir a buscar "una televisión con rostro humano": es decir, una televisión a la medida del hombre, y no un hombre a la medida de la televisión.

Adaptarse a la situación actual
En efecto, hace falta dar no sólo a los medios electrónicos, sino a toda la sociedad "un rostro humano". El primer paso para conseguirlo consiste en ser nosotros mismos verdaderamente "humanos", es decir, en vivir a la altura de nuestras posibilidades, esforzarnos por "ser quienes somos" —ni autómatas, ni marionetas— y abrirnos a los demás.

La globalización ha conducido a un gran cambio cultural en muchos ambientes tradicionalmente homogéneos. Pero esto no debe llevarnos al desconcierto. No puede ser que, en algunos círculos conservadores se vean personas preocupadas y agobiadas que añoran tiempos pasados. Pues una de las características fundamentales del mundo es su constante hacerse. Vivimos hoy de un modo distinto al que se vivía hace veinte, cincuenta o quinientos años. Nuestro tiempo no es un camino exterior por el que corremos, nuestro tiempo somos nosotros: es nuestro modo de ser y de ver la realidad, es nuestra mentalidad, son las experiencias que hemos tenido y la formación que hemos recibido, son nuestras sensibilidades y nuestros gustos y todas nuestras relaciones humanas.

Quien quiere influir en el presente, tiene que tener una actitud positiva hacia el mundo en que vive. No debe mirar al pasado, con nostalgia y resignación, sino que ha de adoptar una actitud positiva ante el momento histórico concreto: debería estar a la altura de los nuevos acontecimientos, que marcan sus alegrías y preocupaciones, sus ilusiones y decepciones, y todo su estilo de vida. "En toda la historia del mundo hay una única hora importante, que es la presente," dice Dietrich Bonhoeffer [5]. Los cambios de mentalidad invitan a exponer las propias convicciones de un modo distinto que antes, para que puedan comprenderlas también aquellos que no los comparten. A este respecto comenta un escritor español: "Naturalmente, yo no estoy dispuesto a modificar mis ideas por mucho que los tiempos cambien. Pero estoy dispuesto a poner todas las formulaciones externas a la altura de mis tiempos, por simple amor a mis ideas y a mis hermanos, ya que si hablo con un lenguaje muerto o un enfoque superado, estaré enterrando mis ideas y sin comunicarme con nadie" [6].

Abrirse al mundo
Cualquier persona, por erróneos que nos parezcan sus planteamientos, participa de alguna manera de la verdad: lo bueno puede existir sin mezcla de lo malo; pero no existe lo malo sin mezcla de lo bueno [7]. Por tanto, podemos aprender de todos. Si queremos comprender nuestro mundo, hemos de ampliar continuamente nuestro horizonte, profundizar en la verdad que hemos alcanzado, y buscarla allí donde puede encontrarse, esto es, en todas partes. En otras palabras, debemos estar dispuestos al diálogo, especialmente con aquellos que son distintos a nosotros.

Esta actitud —aparte de contribuir al bienestar de los demás (que se sienten apreciados)— facilita también el propio crecimiento. La situación es comparable a la de una persona que vive algún tiempo en el extranjero. Cuando vuelve al propio país, se da cuenta de que ha aprendido mucho: ve lo mismo de siempre, pero lo ve con otros ojos; puede distinguir ahora mejor entre lo esencial y lo accidental y ha adquirido cierta flexibilidad para adaptarse a nuevas situaciones. Por esta razón, en muchas empresas se prefiere dar el empleo a personas que tengan "experiencia en el exterior"; e incluso, muchas veces da lo mismo en qué país han vivido. Lo importante es que hayan estado fuera de su patria y hayan regresado.


III. Características del diálogo
Un diálogo no es una simple conversación, sino que es un encuentro entre dos (o varias) personas en un clima de amistad. Es una conversación hecha con un espíritu de apertura, comprensión y "benevolencia", en la que cada uno se muestra al otro tal como es y acepta al otro tal como es. Así, cada uno se enriquece con la parte de la verdad que viene del otro, y sabe integrarla armónicamente en su propia visión del mundo.

Un clima de amistad
En ocasiones, nos comportamos de un modo poco natural: nos cerramos ante los demás. En nuestra cultura aprendemos pronto a ser "fuertes" y a "defendernos" en la selva de la vida. La vulnerabilidad es peligrosa y por tanto prohibida. Tendemos a esconder sutilmente nuestras sombras y nuestros miedos, nuestras necesidades y debilidades. Algunos consiguen con este comportamiento un determinado reconocimiento social, pero pagan por ello un gran precio: niegan su propia humanidad, y renuncian a una vida en libertad.

Si una persona se esconde detrás de una muralla gruesa, no está ni en contacto consigo misma, ni tampoco le será posible entrar en contacto con otros. Para lograrlo, es indispensable "desarmarse", aceptar que soy vulnerable, reconocer los propios bloqueos, fisuras y deficiencias.

Quien ha encontrado su identidad, es una persona fuerte. No necesita ofender al otro para mostrar la propia superioridad. Es sereno, pacífico y generoso. Y cuanto más firmes son las propias convicciones, más flexible y acogedora puede ser la persona. Es como un árbol con raíces profundas, que da sombra, apoyo y alivio a quien lo busque.

Cuando se empieza a dialogar, cada uno debe ver lo bueno en el otro, según aconseja la sabiduría popular: "Si quieres que los otros sean buenos, trátales como si ya lo fuesen." Donde reina el amor, no hace falta cerrarse por miedo de ser herido. Por esto, es tan importante mostrar simpatía y cariño, si queremos entrar en contacto con los demás. Amar no consiste simplemente en hacer cosas para alguien, sino en confiar en la vida que hay en él. Consiste en comprender al otro con sus reacciones más o menos oportunas, sus miedos y sus esperanzas. Es hacerle descubrir que es único y es digno de atención, es ayudarle a aceptar su propio valor, su propia belleza, la luz oculta en él, el sentido de su existencia. Y consiste en manifestar al otro la alegría de estar a su lado.

Si una persona experimenta que es amada por lo que es, sin necesidad alguna de mostrarse competente o interesante, se siente segura en presencia del otro; desaparecen las máscaras y las barreras tras las que se ha escondido. Ya no hace falta ni demostrar ni retener nada; ya no hace falta protegerse. Cuando alguien adquiere la libertad de ser él mismo, se vuelve amable. Surge en él una vida nueva que le da una sana autonomía.
Conocer al otro
Para poder amar, hay que conocer. A veces, tenemos ideas bastante desfiguradas acerca de las tradiciones y costumbres de los ciudadanos extranjeros, y hacemos juicios injustos sobre sus planes e intenciones. En ocasiones, ignoramos completamente las razones que los mueven. Así, podemos inconscientemente y por falta de conocimientos contristar e incluso herirlos. Por ejemplo, la abstención de ciertos alimentos —en el caso de los musulmanes o judíos— puede parecernos caprichosa, si no consideramos la motivación religiosa que está en el fondo de este comportamiento.

Conviene tener en cuenta la disposición de ánimo de los demás, saber lo que quieren y lo que rechazan. Por eso es preciso estudiar su historia y cultura, su religión y vida espiritual, y hasta la psicología de su pueblo. ¿Conocemos todo lo que hay de bello y precioso en las otras culturas?

Pero para comprender a otra persona, necesitamos más que un conocimiento meramente libresco. Hace falta un conocimiento por simpatía, que llega más lejos que cualquier teoría, por muy acertada que sea: una madre conoce, ordinariamente, mejor a su hijo que un grupo de pedagogos.

El conocimiento por simpatía se logra en la convivencia, en el trato directo, en la mutua colaboración. En Alemania, durante varios siglos, los cristianos católicos y los evangélicos solían vivir en regiones distintas, frecuentar colegios diversos, eran muy pocos los matrimonios entre personas de distinta confesión y, en general, evitaban cualquier contacto personal. Así, unos construían de otros una imagen cada vez más falsa y menos acorde con las exigencias mínimas de la justicia. Pero cuando, durante la Segunda Guerra Mundial, los "hermanos separados" se encontraban de repente juntos en los campos de concentración del "Tercer Reich", luchando por la misma causa y dispuestos a morir —conjuntamente- por su fe en Jesucristo, entonces "comenzó el ecumenismo en Alemania" [8]. Los católicos y los evangélicos descubrieron que tenían mucho en común, empezaron a apreciarse mutuamente y, favorecidos por los grandes desplazamientos de población después de esta horrible guerra —las expatriaciones y traslados forzados-, se pusieron a trabajar juntos. El encuentro existencial entre ellos les había revelado la falsedad de muchos de sus esquemas mentales.

Respetar al otroEl hecho de ser distintos constituye una gran riqueza y es, en principio, una fuente de aprendizaje continuo. Las diferencias no pueden ser negadas; no necesitan ser niveladas. Cada hombre es original y tiene el pleno derecho a serlo. Se ha llegado a decir que la capacidad de reconocer diferencias es por antonomasia la regla que indica el grado de cultura e inteligencia del ser humano. En este contexto podemos recordar un antiguo proverbio chino, según el cual "la sabiduría comienza perdonándole al prójimo el ser diferente." No es una armonía uniforme, sino una tensión sana entre los respectivos polos la que hace la vida interesante, le da profundidad y anchura, le da color y relieve.

Actualmente, tenemos un convencimiento más firme que en otras épocas de que cada hombre tiene el derecho de ser él mismo el protagonista de su vida; goza de una honda libertad para decidir su destino (que puede considerarse el núcleo de su intimidad). No podemos, bajo ningún pretexto, destruir ese espacio íntimo. Es esto lo que se intenta cuando se impide a alguien vivir según sus convicciones más profundas. Puede ser que esta persona realice objetivamente un mal, pero si lo hace "libremente" y siguiendo su luz interior, es mejor que cuando hace un bien de un modo forzado [9].

Esta actitud de profundo respeto lo manifestó, por ejemplo, el último rey polaco de la estirpe de los Jajhelloni. En los tiempos en que en Occidente tenían lugar los procesos de la Inquisición y se encendían hogueras para los herejes, este rey dio pruebas de la tolerancia cuando aseguró a sus súbditos: "No soy rey de vuestras conciencias" [10].


Opus Dei -
Por otro lado, hay que tener en cuenta que la actitud de respeto es más que mera tolerancia. Mientras la tolerancia proporciona solamente el margen (necesario) para una convivencia posible entre los hombres, el respeto apunta a la relación misma entre ellos y al desafío que supone la vida de uno para los demás. El hecho de que "la verdad se conoce por la fuerza de la misma verdad", no significa sólo la descalificación de todos los actos contrarios a la libertad y al aprecio de las decisiones del otro. Implica igualmente la responsabilidad, para todas las personas, de buscar el sentido completo de la existencia, cada una en la medida de sus posibilidades individuales.

Pero en lo relativo a los demás, el primer deber consiste en respetar las decisiones que ellos toman acerca de su vida. No debemos reprocharnos mutuamente estrechez de ánimo, hipocresía o una intencionalidad poco noble. No debemos poner etiquetas ni clasificar a nadie.

Sólo cuando uno trata de comprender al otro, se puede crear un clima de confianza. Y sólo cuando uno se muestra abierto hacia las personas que piensan de modo distinto, que hablan otras lenguas, que creen, piensan y actúan de modo diferente, se puede preparar un acercamiento mutuo. La delicadeza se refleja, no en último lugar, en el vocabulario. Lleva a eliminar palabras, juicios y actos que no sean conformes, según justicia y verdad, a la condición de los demás, y que, por tanto, pueden hacer más difíciles las mutuas relaciones con ellos.

Es conocido el extraordinario respeto que mostraba Tomás de Aquino hacia sus adversarios. Incluso cuando este gran filósofo de la Edad Media estaba completamente en desacuerdo con alguien, explicaba la idea contraria con los términos más favorables, claros y objetivos que le fuera posible, procurando no distorsionar el argumento con el fin de facilitar la prevalencia de su propia posición. En ocasiones demostraba tal imparcialidad a la hora de formular las posturas de los demás que las hacía parecer razonables y posibles; incluso, a veces, exponía las teorías con más convicción que sus instigadores [11].

Dar a conocer la propia identidadUna persona que actúa según esta espiritualidad de diálogo, intenta dar a conocer todo lo que piensa, con claridad y suavidad, y adaptado a las circunstancias de cada caso. No busca compromisos baratos, sabiendo que no hay nada tan ajeno a la paz como una actitud relativista o indiferente ante la verdad. Por lo contrario, quiere hacer participar a los demás de las soluciones que ha encontrado.

Asimismo, para ganar en sinceridad en cualquier relación humana, es conveniente y necesario, dar a conocer la propia identidad. El otro quiere saber quién soy yo, y yo quiero saber quién es él. Si hacemos amistad con una persona de otra raza o nación, otro partido político o confesión religiosa, nos interesa realmente lo que piensa y cree. Si reprimimos las diferencias y nos acostumbramos a callarlo todo, previa conformidad tácita, tal vez podamos gozar durante algún tiempo de una armonía aparente. Pero en el fondo, nos moveríamos en un ambiente de confusión. No nos aceptaríamos mutuamente tal como somos en realidad, y nuestra relación se tornaría cada vez más superficial, más decepcionante, hasta que, antes o después, se rompería. En cambio, cuando seguimos cada uno fielmente nuestras propias convicciones, puede parecer, en ciertas circunstancias, que tenemos poco en común, que estamos bastante alejados los unos de los otros. Pero interiormente nos parecemos mucho más que cuando nos juntamos en acuerdos superficiales y dejamos de lado la pregunta por la verdad. Si cada uno sigue su propia luz interior, nos encontramos unidos en lo más hondo de nuestro ser. Tenemos la misma actitud fundamental que es la fidelidad a la propia conciencia. Existe entre nosotros una unidad no plenamente visible, pero sumamente real. Es tan real como la amistad que nos une.

Enriquecerse mutuamente
El diálogo consiste en dar y recibir; significa que ambas partes se escuchan atentamente, con ánimos de aprender, ya que "en todo comentario serio de un oponente se expresa una de las muchas facetas de la realidad" [12].

Es preciso distinguir entre lo fundamental (en lo que no podemos ceder sin cambiar nuestra identidad) y lo accidental (en lo que caben muchas opiniones distintas). El tener una sola postura, en cosas accidentales, es propio de ideologías. John Henry Newman comenta al respecto: "Siempre ha habido posturas diferentes... (en la vida intelectual y espiritual), y siempre las habrá. Si se terminaran para siempre, sería porque habría cesado toda vida espiritual e intelectual" [13]. Y Kierkegaard afirma que una persona se convierte en aburguesada, si absolutiza las cosas relativas [14].

Es enriquecedor conocer los pensamientos de los otros. Así se pueden corregir algunas posturas propias que tal vez se han vuelto exageradamente rígidas. En este sentido advierte San Agustín: "Que ninguno de nosotros diga que ya ha encontrado la verdad. Vamos a buscarla de tal manera, como si fuera desconocida para los dos. Entonces podemos buscarla con suma diligencia y caridad. Para ello es necesario que nadie piense arrogantemente que ya ha encontrado la verdad" [15].

Así, al final de un diálogo, nunca habrá un vencido y un vencedor; en el mejor de los casos encontraremos a dos (convencidos por la verdad).

Nota final
El diálogo nos exige buscar la propia identidad y superar aversiones y polémicas. Es un camino hacia la madurez y la paz. No siempre es fácil, pero nos ayuda a abrir las puertas (en vez de cerrar las fronteras) y a ver lo bueno en los demás (en vez de reprocharles su modo de ser diferentes). Aunque se producirán malentendidos y sufriremos decepciones, mientras los hombres vivan sobre la tierra, a través del diálogo podemos acercarnos, siempre de nuevo, al otro. Por esto es tan importante educar en el arte de practicarlo.

Jutta Burggraf, profesora de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Notas
[1] Cf. P. HAHNE, Schluss mit lustig. Das Ende der Spassgesellschaft, Lahr/Schwarzwald 2005, p.119.
[2] F. M. DOSTOIEVSKI, cit. en Anselm GRÜN, 50 Engel für das Jahr, Freiburg-Basel-Wien 2000, p.53.
[3] Así, por ejemplo, Tonino GUERRA, el "poeta" que inspiraba al gran director de cine Federico Fellini, lanzó hace algún tiempo una provocación atrevida: "Apaguemos todos los televisores durante un año, verán cómo los valores, la fantasía y la espiritualidad renacerán en el corazón de todos." Cf. Las sanas provocaciones del Festival del Cine Espiritual, Agencia internacional "Zenit", 19-XI-1998.
[4] H. GIESECKE, Wozu ist die Schule da? Die neue Rolle von Eltern und Lehrern, 2ª ed. Stuttgart 1997, p.38.
[5] D. BONHOEFFER, Predigten, Auslegungen, Meditationen I, 1984, pp.196-202.
[6] J.L. MARTÍN DESCALZO, Razones para la alegría, 8ª ed., Madrid 1988, p.42.
[7] TOMÁS DE AQUINO, Summa theologiae I-IIae q.109, a.1, ad 1.
[8] W. KASPER, Ein Herr, ein Glaube, eine Taufe, en "Stimmen der Zeit" (2002/2), p.75.
[9] Cf. R. BUTTIGLIONE: Zur Philosophie von Karol Wojtyla, en Johannes Paul II., Zeuge des Evangeliums, ed. por St. HORN y A. RIEBEL, Würzburg 1999, pp.36 y39.
[10] JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la Esperanza, Barcelona 1994, p.160.
[11] Cf. J.PIEPER, Guide to Thomas Aquinas, Notre Dame/Indiana 1987, p.77.
[12] Ibid., pp. 83s.
[13] J. H. NEWMAN, cit. por J. L. MARTÍN DESCALZO, Razones para el amor, Madrid 1991, p.47.
[14] S. KIERKEGAARD, cit. en P. HAHNE, Schluss mit lustig. Das Ende der Spassgesellschaft, cit., p.73. 
[15] SAN AGUSTÍN, Contra epistolam quam vocant fundamenti, Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum 25, 195.