La prisa es un elemento característico de los tiempos que nos ha tocado vivir. La prisa y el consumo marcan en gran medida la pauta de nuestro acontecer diario. Si uno necesita un traje, nada de ir al sastre, tomar medidas, etc. se va a unos grandes almacenes, elige un traje "prêt a porter" y ya está. Si se trata de comer, nada de guisos complicados, en cualquier supermercado pueden encontrarse alimentos precocinados y listo; o más fácil aún, unas hamburguesas con "ketchup" y todos contentos. Cuando se trata de tener opiniones sobre temas de actualidad, nada de leer libros gordos, que es aburridísimo, uno pincha la "tele" o abre el periódico y encuentra toda una gama de ideas "prêt a porter", unas cuantas frases hechas que quedan bastante bien y ahorran el esfuerzo de pensar. De no haber un mínimo control de calidad, nos arriesgamos a tragarnos hamburguesas con carne de canguro canceroso o argumentos elaborados con tópicos de la más baja calidad.
Quisiera advertir aquí del peligro que supone la actual puesta en circulación -en el mercado de las ideas- de algunos razonamientos adulterados. Veamos una muestra tomada del pensamiento laicista; se dice una y otra vez: "en una sociedad pluralista como la nuestra es inadmisible y antidemocrático pretender imponer las propias convicciones a los demás, por lo tanto no se puede legislar según las normas de la moral católica". Ciertamente, estamos en una sociedad plural y democrática, y es lógico que puedan surgir discrepancias: unos sostienen normas o principios éticos relacionados con sus creencias religiosas mientras, que otros, por no compartir esas convicciones, pueden defender lo contrario. Hasta aquí todos de acuerdo, ahora bien ¿cómo solventar esta discrepancia? En un sistema democrático es evidente que hemos de descartar la imposición violenta de un bando, pero atención, porque aquí es donde se descubre el fraude de esta argumentación.
"Como no se puede imponer a nadie -dirán los laicistas- una creencia religiosa, busquemos una solución neutral, legislemos abstrayendo de toda posición religiosa". He aquí el truco: curiosamente, la solución "neutral" viene a coincidir con la opinión de uno de los bandos en litigio. Es como si dijéramos: usted propone que ciertos principios acordes con su fe han de inspirar la vida social, y yo sostengo unos principios contrarios a los suyos. Como no podemos ponernos de acuerdo, prescindamos de sus principios y no nos peleemos más.
Evidentemente, los creyentes no tienen por qué aceptar semejante "pluralismo trucado" en virtud del cual se les da por perdedores antes de empezar a jugar. ¿Acaso es menos ciudadano alguien por el hecho de tener convicciones cristianas? Y si no es menos ciudadano ¿Por qué ha de tener menos derecho a influir en la configuración de la sociedad en la que vive? Tienen razón quienes sospechan de un planteamiento que sólo funciona para negar a los cristianos el derecho de afirmar sus propios valores o sus propias tradiciones, mientras que permite al no creyente conservar arbitrariamente y sin necesidad de justificación alguna su propia postura, en una especie de "cara, yo gano; cruz, usted pierde".
La confusión engendra confusión, y así, partiendo de este sofisma, se llega a afirmaciones tan sorprendentes como las de aquellos que dicen: "personalmente estoy en contra del aborto, pero me parece antidemocrático imponer mis convicciones a quienes no piensan así". Resulta tan sorprendente como afirmar “personalmente estoy en contra de la injusticia pero no haré nada por implantar la justicia en el mundo” ¿Puede uno considerarse más demócrata al pensar de este modo? Semejante actitud no es muestra de talante democrático, lo que evidencia es debilidad de las propias convicciones. Siempre que emplee medios lícitos puedo y debo luchar por implantar la justicia a mi alrededor ¿acaso se puede tachar de antidemocrática la actitud de los ecologistas que luchan por lograr una legislación severa contra aquellas industrias altamente contaminantes? ¿sería más acorde con la sociedad democrática no querer imponer esas ideas a los demás y aceptar pacíficamente el hecho de que muchas y poderosas industrias contaminen?
Un precedente significativo lo tenemos en el siglo pasado con respecto a la polémica sobre la esclavitud. Estados Unidos, 1857, el juez Roger B. Taney firmaba una sentencia con la que se ratificó y extendió la esclavitud. Sin embargo se daba la circunstancia curiosa de que el propio Taney estaba en contra de la esclavitud y de hecho había liberado años antes a sus propios esclavos. Personalmente estaba en contra de la esclavitud, pero no quería imponer sus puntos de vista a otras personas. Su decisión pasó a la historia como una de las más desafortunadas del siglo XIX. Las convicciones firmes y los valores verdaderos nunca serán un peligro para la sociedad democrática, sino la garantía de un auténtico progreso.
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sábado, 2 de febrero de 2008
jueves, 17 de enero de 2008
Diez puntos sobre la laicidad
1. La laicidad se entiende hoy como ámbito público de la razón neutra de absolutos
Hoy se tiende a concebir la laicidad como el ámbito de la sola razón, o sea, de la razón que considera la fe religiosa como irracional y por lo tanto no digna de entrar en el debate público. La consecuencia es la reducción de la religión a secta y una tolerancia que equipara entre sí a todos los dioses. La laicidad como neutralidad de los absolutos acepta la religión sólo según tres modalidades: como hecho privado, como secta en el mercado de los sentimientos religiosos, como vaga y genérica mística. Las tres modalidades niegan a la religión una dimensión pública.
2. Esta laicidad neutra de los absolutos es a su vez un absoluto
Esta concepción de la realidad rigurosamente racional tiene su propia absolutidad, la absolutidad del conocimiento racional, la tesis de la exclusiva validez del conocimiento científico y, como consecuencia, se convierte en contestación de la absolutidad religiosa. La laicidad que pretende ser neutra de los absolutos es a su vez una opción absoluta, un dogma.
3. Pero una razón absoluta es imposible
La razón que quiera permanecer fiel a sí misma, o sea, auténtica razón, no puede renunciar a la propia relación con la fe. Si la razón no se abre a la fe, absolutizándose así ella misma, no es por motivos racionales, sino o por una forma de “fideísmo” de la razón o por una forma de racionalismo de la fe, esto es, una razón que se convierte en religión laica y una religión que se convierte únicamente en gris ética social.
4. El rechazo político del cristianismo es también rechazo de la razón
Rechazando el cristianismo, el Estado occidental rechaza también la razón que el cristianismo llevaba consigo y se entrega así a los dioses. El cristianismo no se remite a las divinidades del mito, sino al Dios como único ser y verdad del “Logos” griego. El Dios cristiano no es, sin embargo, sólo verdad; es también amor. Pero el hecho de que sea amor no suprime su ser verdad. «Subsiste una primordial identidad entre verdad y amor». De este modo el cristianismo unifica la verdad y la vida. No puede prescindir de la verdad, y en esto asume las exigencias racionales, pero no acepta la separación entre verdad y vida que la razón, sola, querría proponer.
5. La «autolimitación» de la razón absoluta
La laicidad como razón pública que quiere eliminar la propia relación con la fe se somete a un inevitable proceso. Tiende a ser absoluta, pero para ser absoluta debe limitar el sentido y el ámbito de la propia verdad. Si se mantuviera abierta a lo trascendente, no podría decirse absoluta. Para hacerlo debe reducir su propia pretensión de verdad, a fin de poderse jactar en sí misma de un saber absoluto. La conclusión es la reducción de la verdad a los mínimos términos de cuanto se puede probar con los experimentos.
6. De la razón absoluta a la «dictadura del relativismo»He aquí la transición de una razón absoluta, así entendida, a la «dictadura del relativismo». De cualquier verdad que no sea fruto de cálculo o experimento, la laicidad positivista asume una actitud de duda dogmática. Su única certeza es la duda; duda de todo, excepto de la propia dubitación. De este modo proclama el relativismo, pero lo proclama dogmáticamente, como el último dogma que queda tras la desconstrucción de la verdad, por lo tanto como última y definitiva verdad. El hombre ya no admite instancia moral alguna fuera de sus cálculos y así los deseos se transforman en derechos.
7. La «auto-autorización» del actuar humano, o sea, el nihilismo de la técnica
Si la medida del hombre es su capacidad estamos en el nihilismo de la técnica y el hombre puede «auto-autorizarse» a hacer todo lo que sea capaz de hacer. La constatación de que la dictadura del relativismo lleva al nihilismo de la técnica decreta la insostenibilidad de una laicidad desgajada de la trascendencia. Se dice que la verdadera laicidad es la que no sólo admite o tolera la trascendencia, sino que también siente su necesidad y la promueve. En el plano de la praxis política concreta, la verdadera laicidad asume dos actitudes fundamentales: a) no pide a los creyentes que se despojen de su fe cuando participan en el debate público para asumir las únicas vestiduras de la razón; b) no concede liberad de palabra sólo a los individuos creyentes, sino también a las comunidades religiosas como tales. Esto, desde el punto de vista de la política, significa reconocer a la comunidad religiosa el derecho de ser sujeto de cultura social y política.
8. La laicidad tiene necesidad de trascendencia
Si sólo una laicidad que no excluya la trascendencia puede ser verdaderamente laica, entonces, al menos, la laicidad debe razonar «como si Dios existiera».
9. No todas las religiones garantizan por igual la apertura a la trascendencia
No todas las religiones son adecuadas por igual para garantizar a la política la necesaria trascendencia. Una religión como el budismo, por ejemplo, que propone la disolución de la persona en el “uno-todo”, es menos capaz de garantizar en sentido trascendente los derechos de la persona que una religión como la cristiana, para la cual el encuentro con Dios será un encuentro personal. Es interés de la laicidad no caer en el «lo mismo da» [en el ámbito religioso].
10. La laicidad, el cristianismo y Occidente
Este concepto de laicidad existe sólo en Occidente. Pero precisamente aquí, en Occidente, la laicidad ha asumido los caracteres de la dictadura del relativismo. Sólo aquí en Occidente, por lo tanto, puede ocurrir que la laicidad supere los rasgos de la dictadura del relativismo y se reabra a la trascendencia. Dado que, sin embargo, no todas las religiones son capaces de permitir a Occidente realizar esto en armonía con sus mejores conquistas, sino sólo el cristianismo, es evidente que Occidente no puede permitirse cortar los puentes con el cristianismo. La laicidad no es posible sin el cristianismo. Ciertamente el cristianismo no coincide con Occidente, pero si Occidente corta sus vínculos con el cristianismo, se pierde también de vista a sí mismo. Abriéndose indiscriminadamente a todo cuanto es externo, ya sin confianza en sí mismo y sin contar con el vínculo con el cristianismo, Occidente ya no logra integrar nada, tampoco en sí mismo.
Hoy se tiende a concebir la laicidad como el ámbito de la sola razón, o sea, de la razón que considera la fe religiosa como irracional y por lo tanto no digna de entrar en el debate público. La consecuencia es la reducción de la religión a secta y una tolerancia que equipara entre sí a todos los dioses. La laicidad como neutralidad de los absolutos acepta la religión sólo según tres modalidades: como hecho privado, como secta en el mercado de los sentimientos religiosos, como vaga y genérica mística. Las tres modalidades niegan a la religión una dimensión pública.
2. Esta laicidad neutra de los absolutos es a su vez un absoluto
Esta concepción de la realidad rigurosamente racional tiene su propia absolutidad, la absolutidad del conocimiento racional, la tesis de la exclusiva validez del conocimiento científico y, como consecuencia, se convierte en contestación de la absolutidad religiosa. La laicidad que pretende ser neutra de los absolutos es a su vez una opción absoluta, un dogma.
3. Pero una razón absoluta es imposible
La razón que quiera permanecer fiel a sí misma, o sea, auténtica razón, no puede renunciar a la propia relación con la fe. Si la razón no se abre a la fe, absolutizándose así ella misma, no es por motivos racionales, sino o por una forma de “fideísmo” de la razón o por una forma de racionalismo de la fe, esto es, una razón que se convierte en religión laica y una religión que se convierte únicamente en gris ética social.
4. El rechazo político del cristianismo es también rechazo de la razón
Rechazando el cristianismo, el Estado occidental rechaza también la razón que el cristianismo llevaba consigo y se entrega así a los dioses. El cristianismo no se remite a las divinidades del mito, sino al Dios como único ser y verdad del “Logos” griego. El Dios cristiano no es, sin embargo, sólo verdad; es también amor. Pero el hecho de que sea amor no suprime su ser verdad. «Subsiste una primordial identidad entre verdad y amor». De este modo el cristianismo unifica la verdad y la vida. No puede prescindir de la verdad, y en esto asume las exigencias racionales, pero no acepta la separación entre verdad y vida que la razón, sola, querría proponer.
5. La «autolimitación» de la razón absoluta
La laicidad como razón pública que quiere eliminar la propia relación con la fe se somete a un inevitable proceso. Tiende a ser absoluta, pero para ser absoluta debe limitar el sentido y el ámbito de la propia verdad. Si se mantuviera abierta a lo trascendente, no podría decirse absoluta. Para hacerlo debe reducir su propia pretensión de verdad, a fin de poderse jactar en sí misma de un saber absoluto. La conclusión es la reducción de la verdad a los mínimos términos de cuanto se puede probar con los experimentos.
6. De la razón absoluta a la «dictadura del relativismo»He aquí la transición de una razón absoluta, así entendida, a la «dictadura del relativismo». De cualquier verdad que no sea fruto de cálculo o experimento, la laicidad positivista asume una actitud de duda dogmática. Su única certeza es la duda; duda de todo, excepto de la propia dubitación. De este modo proclama el relativismo, pero lo proclama dogmáticamente, como el último dogma que queda tras la desconstrucción de la verdad, por lo tanto como última y definitiva verdad. El hombre ya no admite instancia moral alguna fuera de sus cálculos y así los deseos se transforman en derechos.
7. La «auto-autorización» del actuar humano, o sea, el nihilismo de la técnica
Si la medida del hombre es su capacidad estamos en el nihilismo de la técnica y el hombre puede «auto-autorizarse» a hacer todo lo que sea capaz de hacer. La constatación de que la dictadura del relativismo lleva al nihilismo de la técnica decreta la insostenibilidad de una laicidad desgajada de la trascendencia. Se dice que la verdadera laicidad es la que no sólo admite o tolera la trascendencia, sino que también siente su necesidad y la promueve. En el plano de la praxis política concreta, la verdadera laicidad asume dos actitudes fundamentales: a) no pide a los creyentes que se despojen de su fe cuando participan en el debate público para asumir las únicas vestiduras de la razón; b) no concede liberad de palabra sólo a los individuos creyentes, sino también a las comunidades religiosas como tales. Esto, desde el punto de vista de la política, significa reconocer a la comunidad religiosa el derecho de ser sujeto de cultura social y política.
8. La laicidad tiene necesidad de trascendencia
Si sólo una laicidad que no excluya la trascendencia puede ser verdaderamente laica, entonces, al menos, la laicidad debe razonar «como si Dios existiera».
9. No todas las religiones garantizan por igual la apertura a la trascendencia
No todas las religiones son adecuadas por igual para garantizar a la política la necesaria trascendencia. Una religión como el budismo, por ejemplo, que propone la disolución de la persona en el “uno-todo”, es menos capaz de garantizar en sentido trascendente los derechos de la persona que una religión como la cristiana, para la cual el encuentro con Dios será un encuentro personal. Es interés de la laicidad no caer en el «lo mismo da» [en el ámbito religioso].
10. La laicidad, el cristianismo y Occidente
Este concepto de laicidad existe sólo en Occidente. Pero precisamente aquí, en Occidente, la laicidad ha asumido los caracteres de la dictadura del relativismo. Sólo aquí en Occidente, por lo tanto, puede ocurrir que la laicidad supere los rasgos de la dictadura del relativismo y se reabra a la trascendencia. Dado que, sin embargo, no todas las religiones son capaces de permitir a Occidente realizar esto en armonía con sus mejores conquistas, sino sólo el cristianismo, es evidente que Occidente no puede permitirse cortar los puentes con el cristianismo. La laicidad no es posible sin el cristianismo. Ciertamente el cristianismo no coincide con Occidente, pero si Occidente corta sus vínculos con el cristianismo, se pierde también de vista a sí mismo. Abriéndose indiscriminadamente a todo cuanto es externo, ya sin confianza en sí mismo y sin contar con el vínculo con el cristianismo, Occidente ya no logra integrar nada, tampoco en sí mismo.
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