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jueves, 17 de julio de 2014

Verdades innegociables

Verdades innegociables en una cultura relativista
       Aceprensa     JUAN MESEGUER
            7.JUL.2014

¿Qué tienen en común la lucha por la abolición de la esclavitud, el movimiento por los derechos civiles de los negros, la defensa del no nacido y del matrimonio, y la libertad religiosa? La convicción de que existen unas verdades intocables, pues de ellas depende la calidad ética de la sociedad. Así lo explica en un libro Sheila Liaugminas, periodista de Chicago, ganadora de un premio Emmy y colaboradora de MercatorNet (1).
¿De dónde le vino a Abraham Lincoln la autoridad para decir que el derecho a elegir tener esclavos es inmoral? Al fin y al cabo, las leyes del país lo permitían. ¿Y de dónde le vino a Martin Luther King la autoridad para liderar un movimiento que reclamaba nuevos derechos civiles para los negros? Al fin y al cabo, la segregación era legal. ¿Y de dónde le vino a Naciones Unidas la autoridad moral para pedir el reconocimiento de unos derechos humanos en una declaración internacional, a pesar de que algunos Estados miembros los estaban vulnerando?
De los primeros principios, contesta Liaugminas. Principios que están enraizados en la naturaleza humana y que, a través de la razón, permiten descubrir una serie de derechos que son intrínsecos a toda persona pues derivan de la dignidad humana.
El problema es que la cultura actual, marcada por el relativismo, está perdiendo la coherencia intelectual. Y así, no es extraño encontrarse con activistas a los “que les gusta subirse a hombros de Martin Luther King”, pero que “no están dispuestos a llevar hasta las últimas consecuencias sus enseñanzas sobre la justicia y la verdad de los derechos humanos”.
El movimiento civil de nuestros días
Liaugminas explica cómo la retórica de Luther King sobre las leyes injustas y la igual dignidad de todos los seres humanos encontró continuidad en el movimiento provida que surgió en Estados Unidos tras la legalización del aborto, con la sentencia Roe v. Wade de 1973.
Este mensaje ha ido calando en las generaciones más jóvenes, que hoy tienden a ver el debate sobre el aborto en términos de justicia antes que de liberación: dado que el feto es un ser humano vivo (independientemente de que sea deseado o no), el aborto es una injusticia radical que nos afecta a todos y a la que hemos de poner fin (cfr. Aceprensa, 22-01-2013).
Alveda King, sobrina de Luther King, lleva años insistiendo en que el sueño de su tío abarca también a los concebidos no nacidos. Y denuncia el doble rasero con que se juzga ahora la discriminación: “Muchos de nosotros hablamos de tolerancia y de inclusión, pero después nos negamos a ser tolerantes e inclusivos con los más débiles e inocentes de la familia humana”.
El fallecido Richard John Neuhaus, un referente intelectual del catolicismo norteamericano, también sostuvo que la lucha contra el aborto es el movimiento civil de nuestros días. Como recuerda Liaugminas, el propio Neuhaus participó el 28 de agosto de 1963 en la gran Marcha a Washington para reclamar el fin de la discriminación contra los negros, lo que le permitió hacer de puente entre los dos movimientos.
La Declaración de Manhattan proclama como “verdades innegociables” la sacralidad de la vida humana; el matrimonio entre hombre y mujer; y los derechos de conciencia y de libertad religiosa
Precisamente a Neuhaus, que fue pastor luterano y activista político de izquierdas antes de convertirse al catolicismo y ordenarse sacerdote, se le considera el artífice de la alianza que poco a poco han ido creando los evangélicos y los católicos estadounidenses en los debates públicos sobre cuestiones éticas y sociales (cfr. Aceprensa, 12-01-2009).
Un núcleo de principios intocables
A finales de 2009, unos meses después de la muerte de Neuhaus, unos 150 líderes religiosos de las principales confesiones cristianas de EE.UU. presentaron la Declaración de Manhattan para explicar que hay un núcleo de principios intocables que están por encima de la división izquierda-derecha (cfr. Aceprensa, 3-12-2009).
El manifiesto proclama como “verdades innegociables” –no solo como convicciones de los creyentes– la sacralidad de la vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte natural; el reconocimiento del matrimonio como unión entre hombre y mujer; y los derechos de conciencia y de libertad religiosa.
También Benedicto XVI había animado a los católicos a ser consecuentes a la hora de defender en la vida pública unos “principios innegociables”, que en buena parte coinciden con los de la Declaración de Manhattan (cfr. Discurso del 30-06-2006). No era esta una postura confesional, pues son principios que “están inscritos en la misma naturaleza humana y, por tanto, son comunes a toda la humanidad”, decía entonces el papa.
Son precisamente las decisiones sobre estas cuestiones las que configuran la calidad ética de una sociedad. Aquí no valen las etiquetas políticas “izquierda”, “derecha”, “progresista”, “conservador”… “En el centro de estos principios está la dignidad humana”, explica Liaugminas. “Así que, puestos a buscar etiquetas, tendríamos que ponernos la de ‘defensores de la dignidad’”.
Cuando el lenguaje distorsiona la realidad
El desacuerdo en torno a ese núcleo de principios innegociables puede explicarse, a juicio de Liaugminas, por la “dictadura del relativismo” denunciada por Benedicto XVI. Si negamos la posibilidad de una verdad objetiva y universal, entramos en el terreno de la pura arbitrariedad donde cualquier cosa puede ser justificada.
Liaugminas explica, con palabras de Josef Pieper, que en una cultura relativista la gente no solo es incapaz de encontrar la verdad sino que además no se preocupa de buscarla. “Ya no se busca lo real, porque la ficción satisface y basta la perfecta ficción de la realidad, creada mediante un abuso deliberado del lenguaje”.
Hoy se ha impuesto un lenguaje sobre los derechos, basado en la autonomía individual, que enmascara con eufemismos los verdaderos derechos y deberes derivados de la dignidad humana. Así, se habla del “derecho a elegir” y de la “compasión” para encubrir el aborto y la eutanasia, que son dos decisiones destinadas a acabar con una vida humana vulnerable; se apela a la ‘igualdad’ para redefinir el matrimonio; y se invoca la separación entre Iglesia y Estado para restringir los derechos de conciencia.
De ahí que el empeño de Liaugminas en este libro sea reproponer un lenguaje común sobre la dignidad humana, que de hecho comparten los líderes sociales más carismáticos y las confesiones religiosas más importantes de EE.UU. “Un lenguaje que mira a los primeros principios que dan forma a una sociedad libre, justa y moral. Que huye de las etiquetas políticas (…); y de los muchos eslóganes y prejuicios colgados sobre los oponentes para bloquear el diálogo”.
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Notas
(1) Sheila Liaugminas, Non-Negotiable: Essential Principle of a Just Society and Human Culture. Ignatius Press, San Francisco (2014).

viernes, 25 de octubre de 2013

Comunicar las propias convicciones

Comunicar las propias convicciones

Ensayo de D. Ángel Rodríguez Luño

06 de febrero de 2009
D. Ángel Rodríguez Luño

En un Encuentro para comunicadores que la Conferencia Episcopal Italiana promovió en noviembre de 2002, Juan Pablo II mencionaba el hecho de que “las rápidas transformaciones tecnológicas están determinando, sobre todo en el campo de la comunicación social, una nueva condición para la transmisión del saber, para la convivencia entre los pueblos, para la formación de los estilos de vida y de las mentalidades. La comunicación genera cultura y la cultura se transmite mediante la comunicación”. Ese nexo entre comunicación y cultura es una de las principales razones por las que el mundo de la comunicación suscita gran atractivo entre los que nos interesamos por la ética.

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«Las rápidas transformaciones tecnológicas están determinando, sobre todo en el campo de la comunicación social, una nueva condición para la transmisión del saber, para la convivencia entre los pueblos y para la formación de los estilos de vida y las mentalidades»


1. La adecuada maduración moral personal no es independiente de la comunicación y de la cultura, que se expresa en los fines y estilos de vida socialmente aceptados, en las leyes, en la celebración de los acontecimientos y personajes del pasado que mejor corresponden a la identidad moral de una sociedad.

La cultura posee unas leyes propias, por lo que las ideas –y los sentimientos que éstas fomentan– tienen una consistencia y un desarrollo bastante autónomo. Es como si las ideas, cuando pasan al plano de la cultura y la comunicación, se separasen de las inteligencias que las han producido y comenzasen a vivir una vida propia, desarrollándose con una fuerza que depende sólo de sí mismas. Una fuerza que depende de su consistencia objetiva y de su dinamismo intrínseco, quizá distintos de la intención que tenían las personas que las pusieron en circulación.

Por eso, cuantos desean contribuir a informar la vida social con el espíritu del Evangelio deben estar atentos a la íntima relación entre comunicación y cultura; si se aspira a intervenir positivamente en la creación y transmisión de modos de vida y de visiones del hombre, es preciso atender a la consistencia y al previsible desarrollo de las ideas, más que a la presunta intención de las personas. Una actitud polémica, una respuesta “brillante” o hiriente pueden hacer callar a un adversario, pero si no se ha entendido qué planteaba, ni se ha apreciado la consistencia de sus ideas y las posibles líneas de desarrollo que éstas tenían, probablemente no se ha colaborado en el crecimiento cultural ni se ha ofrecido una alternativa cultural adecuada; y así, las ideas que se han rechazado, reduciendo al silencio a quien las promovió, seguirán teniendo una larga vida. Sólo si se consigue hacer una propuesta que conserve y supere lo que de bueno y verdadero había en las ideas que se considera justo combatir, cabe ejercer un influjo cultural real.


Verdad y libertad

En más de una ocasión Juan Pablo II señaló que el conflicto entre verdad y libertad está presente en buena parte de los problemas que aquejan a la cultura de nuestro tiempo 2. A ese mismo asunto se ha referido Benedicto XVI con el concepto de relativismo 3. Ante las posiciones relativistas se tiene la tentación de responder mostrando su contradicción interna: quien considera que toda verdad es relativa hace en realidad una afirmación absoluta, y por ello se contradice a sí mismo. Se trata de una crítica verdadera, pero culturalmente poco eficaz, porque no busca entender los puntos de fuerza que sostienen a los planteamientos relativistas, ni parece comprender la cuestión que intentan solucionar.

Desde una perspectiva ético-social, las posiciones relativistas tienen su punto de partida en que en la sociedad actual existe una pluralidad de proyectos de vida y de concepciones del bien, lo cual parece plantear una disyuntiva: o se renuncia a la idea de juzgar los diferentes proyectos de vida, o hay que abandonar el ideal o el modus vivendi caracterizado por la tolerancia. Con otras palabras, un modo de vida tolerante requeriría admitir que cualquier concepción de la vida vale lo mismo, o por lo menos tiene el mismo derecho a existir que cada una de las demás; si esto no se admitiera, se caería en un fundamentalismo ético y social.

El razonamiento es bastante engañoso, pero se presenta con apariencia de verdad a causa de un hecho innegable, que constituye su punto de fuerza: a lo largo de la historia, e incluso en la actualidad, no han faltado quienes han oprimido violentamente la libertad de las personas y de los pueblos en nombre de la verdad. Por eso, para que el mensaje evangélico sea rectamente entendido se hace necesario evitar cualquier palabra, razonamiento o actitud que pueda hacer pensar que un cristiano coherente sacrifica la libertad en nombre de la verdad. Si se diera esta impresión, aunque fuera involuntariamente, se contribuiría a consolidar el presupuesto fundamental del relativismo: la idea de que el amor a la verdad y el amor a la libertad son incompatibles, por lo menos en la práctica.

La comunicación de convicciones cristianas y de contenidos éticos necesita demostrar con los hechos, y no sólo con las palabras, que entre verdad y libertad existe una verdadera armonía; esto requiere, de un lado, estar profundamente convencidos del valor y del significado de la libertad personal. Pero, por otra parte, obliga a distinguir cuidadosamente el terreno ético del terreno político y jurídico. En el primero, toda llamada de la autoridad se dirige a la libertad; en el segundo, el recurso a la coacción puede ser legítimo.


Ética y política

En las cuestiones éticas la conciencia se abre a la verdad, que tiene un evidente poder normativo sobre las propias decisiones; está en juego la relación de la conciencia personal con la concepción que se tiene del bien humano, a veces relacionado con principios religiosos; por su parte, el ámbito jurídico y político se refiere a las relaciones entre personas o entre personas e instituciones, que –en cuanto reguladas por las leyes– están sometidas al poder coactivo que el Estado y sus representantes pueden usar legítimamente.

Estos dos ámbitos –ético y político– están muy relacionados, y muchas veces tienen un desarrollo paralelo. El homicidio intencional, por ejemplo, es al mismo tiempo una grave culpa moral y un delito que el Estado tiene el deber de perseguir y castigar. Pero aun en este caso, los dos ámbitos presentan significativas diferencias. Baste pensar, por ejemplo, en el perdón. Una cosa es el perdón de la culpa moral y otra bien distinta el perdón del delito: es deseable que los parientes de la víctima de un homicidio perdonen cristianamente al culpable, pero no sería admisible que el Estado siguiese sistemáticamente una política de impunidad del homicidio intencional. Afirmar lo contrario sería un abuso ideológico o una grave ofensa contra el bien común.

Este tipo de diferencias hace necesario distinguir el plano ético del político en lo que se refiere a los principios morales del Evangelio. Para evitar malas interpretaciones, se ha de ofrecer un fundamento ético a los mensajes de tipo moral, explicitando que tal verdad no pretende imponerse mediante el uso del poder político de coacción; esto es compatible con que, en otro tipo de verdades éticas, exista una dimensión ético-política o ético-jurídica. En estos casos, se deberá ofrecer además una específica justificación política o jurídica, es decir, se deberá demostrar no sólo que el comportamiento en cuestión es moralmente equivocado, sino también que existen razones específicas por las que el Estado ha de prohibirlo y castigarlo. Razones que no son idénticas a las razones éticas, porque no es misión del Estado perseguir la culpa moral, sino promover y tutelar el bien común, previniendo y castigando aquellas conductas que lo lesionan (que dañan la seguridad pública, la libertad y los derechos de los demás, las instituciones de interés social como la familia, etc.).


Ética y Estado

Ciertamente, el Estado promulga algunas veces leyes injustas. En esos casos, el ciudadano de recta conciencia debería poder criticarlas con libertad. El Concilio Vaticano II afirmó con claridad el derecho y el deber de la Iglesia de «dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas» 4.

En estos casos, es importante saber dar a la disposición legislativa equivocada una respuesta culturalmente eficaz. No es una tarea fácil, porque se precisa ir más allá de las contraposiciones polémicas, sabiendo asumir la parte de verdad de la posición contraria. Cuando en conciencia se debe criticar una actuación del Estado, se requiere mostrar una fina sensibilidad hacia los valores de las instituciones democráticas, sensibilidad que no debería quedar desdibujada por el hecho, ciertamente muy doloroso, de que en una acción determinada una institución concreta se haya comportado de modo injusto.

La firmeza en los principios éticos debe ser –y parecer– compatible con la conciencia de que la realización de bienes personales y sociales en un contexto histórico, geográfico y cultural determinado, se caracteriza por una contingencia parcialmente insuperable. En cuestiones prácticas, es frecuente que no exista una única solución posible. Incluso las decisiones de la Iglesia relativas a cosas no necesarias deben ser contingentes, precisamente porque se refieren a una realidad que depende mucho de las circunstancias, que cambian con el paso del tiempo; por eso, es necesario aprender a reconocer que, en ese tipo de decisiones, sólo los principios irrenunciables expresan el aspecto duradero 5. Nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dogmas, que no existen6. Con esto no se quiere decir que todo en este mundo es contingente o accidental u opinable; más bien se trata de percibir con claridad que en los asuntos humanos, también los otros pueden tener razón: ven la misma cuestión que tú, pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno. –Sólo en la fe y en la moral hay un criterio indiscutible: el de nuestra Madre la Iglesia7.


La autonomía de las realidades temporales

Sin embargo, podría suceder que la doctrina cristiana sobre una determinada materia ético-social coincida con la que sostienen todos o una buena parte de los ciudadanos que legítimamente militan en un determinado partido político. En estos casos se podría originar –involuntariamente– una situación delicada, porque podría parecer que los cristianos o incluso la Iglesia, al proponer sus enseñanzas, están apoyando a una determinada parte política y no presentando únicamente el mensaje del Evangelio.

Esa confusión podría motivar acusaciones de intromisión o de falta de respeto hacia el Estado; acusaciones que tal vez serán un simple pretexto político, o incluso mal intencionadas; pero que hay que tener en cuenta cuando se busca informar la cultura con el espíritu del Evangelio, aclarando serenamente lo que pueda dar a estos reproches apariencia de verdad. Dos tipos de consideraciones son oportunas.

La primera es que todos los ciudadanos, también los que forman parte de un órgano legislativo o de un partido político, tienen el derecho y el deber de sostener las soluciones que en conciencia consideran útiles para el bien del propio país, alegando –si es posible– las razones que justifican su convicción. Cada uno es libre de consultar los libros especializados que considera fiables, o de hablar con quien desee; si un ciudadano puede inspirarse en una teoría política o económica determinadas, también puede hacerlo en la Doctrina Social de la Iglesia. Las soluciones políticas se miden por su valor intrínseco y por las razones que las justifican. Cuestionar las fuentes utilizadas por cada ciudadano para formar sus convicciones sería una falta de respeto a la autonomía de la conciencia de los demás. Es fácil ver que la radicalización de tal actitud llevaría a planteamientos absurdos: por ejemplo, afirmar que el Estado, para subrayar su aconfesionalidad, debería favorecer lo que la Iglesia condena, como la esclavitud.

La segunda consideración oportuna es la necesidad de tener una idea clara acerca de la distinción existente entre la misión del Estado y la de la Iglesia. A este propósito Benedicto XVI ha ofrecido indicaciones muy útiles. La distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios, con la consiguiente autonomía de las realidades temporales, pertenece a la estructura esencial del cristianismo 8. Es tarea del Estado interrogarse sobre el modo de realizar la justicia concretamente aquí y ahora; en este campo, la Doctrina Social de la Iglesia se ofrece como una ayuda, que «no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento» 9.

Tal doctrina argumenta a partir de la razón y del derecho natural, y reconoce que la construcción de un justo ordenamiento de la vida social es una tarea política, que «no puede ser un cometido inmediato de la Iglesia. Pero, como al mismo tiempo es una tarea humana primaria, la Iglesia tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean compren­ sibles y políticamente realizables. La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar» 10.

La realización de la justicia es un punto en el que la fe y la política se acercan. Por eso se requiere una atención cuidadosa para que nadie con buena voluntad pueda pensar que la fe cristiana se identifica con una de las partes políticas existentes en la sociedad. Ciertamente, la fe cristiana tiene algo que decir a las diversas culturas políticas de los hombres y de los pueblos; pero la fe presupone la libertad y se ofrece a la libertad, que por ello se debe amar con las palabras y con los hechos. 

 

1. Juan Pablo II, Discurso al Congreso nacional italiano de agentes de la cultura y de la comunicación, 9-XI-2002, n. 2.

2. Cfr. por ejemplo: Litt. enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, n. 12; Litt. enc.Centesimus annus, 1-V-1991, nn. 4, 17 y 46; Litt. enc. Veritatis splendor, 6-VIII-1993, nn. 34, 84, 87 y 88; Litt. enc. Fides et ratio, 14-IX-1998, n. 90.

3. Cfr. por ejemplo: Discurso al Convenio diocesano promovido por la diócesis de Roma sobre el tema “Familia y comunidad cristiana: formación de la persona y transmisión de la fe”, 7-VI-2005; Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 8-I-2007; Discurso a una Delegación de la “Académie des Sciences Morales et Politiques” de París, 10-II-2007; Discurso inaugural de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, 13-V-2007.

4. Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 76.

5. Cfr. Benedicto XVIDiscurso a los Cardenales, Arzobispos, Obispos y Prelados superiores de la Curia Romana, 22-XII-2005.

6. Conversaciones, n. 77.

7. Surco, n. 275.

8. Cfr. Benedicto XVI, Litt. enc. Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 28.

9. Ibid.

10. Ibid. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

Educar para la interioridad

Francisco Vendrell nos facilita esta interesante reflexión sobre la educación para la interioridad:


Es frecuente que en muchas ocasiones se eduque para la eficacia y se olvide el poner mayor atención a lo más profundo, al alma, al pensamiento. De la inteligencia y los sentimientos ha de salir la fuerza de la voluntad para la acción. Ese mismo planteamiento de búsqueda predominantemente del hacer se manifiesta en la vida cristiana, se piden obras externas olvidando la santidad profunda de la que nacerán y saldrán sin duda todas los frutos, todas las tareas.

Faltan hoy gentes preocupadas por formar integralmente, esto es gente equilibrada y armoniosa. Equilibrados en la unidad de cuerpo y espíritu. Equilibrados en la inteligencia que busca la verdad, en los afectos que gozan de la belleza, en la voluntad que ama el bien. Estos son gentes armoniosas que buscan, poseen y gozan de la verdad por si misma. El buen educador debe ser un buscador de la verdad y un transmisor a sus alumnos de esa búsqueda recta de la verdad. La verdad encontrada y querida como bien por la voluntad. La verdad admirada y sentida como belleza por la afectividad

Hoy vivimos dispersos. La escuela no fomenta la interioridad que produce la armonía personal y como resultado la social. La dispersión está presente no sólo en la escuela, sino en la familia, en la vida cultural, etc. Convivimos con la dispersión, con la exterioridad ruidosa sin sentido, convivimos con un ruido que impide entrar en sí mismo. Contemplamos unas vidas desparramadas que no son simples y que nunca son y serán camino para el conocimiento propio y por lo tanto para nuestro reconocimiento como personas.

Es preciso, es necesario, amar y descubrir la necesidad de recogimiento que trabaje en fortalecer el hombre interior de modo que se robustezca la vida para adentro. San Pablo nos habla de fortalecer ese hombre interior porque el exterior se desmorona a ojos vista; por la edad, por las costumbres contra la naturaleza, por la violencia engendrada en la convivencia egoísta cuando cada cual quiere mantener su territorio que no permite que sea rozado siquiera por otro que no sea él mismo...

Cuando hablamos de cultivo de la interioridad no hablamos de una introspección, de un monólogo interior, que siempre conduce a la complicación. Hablamos de volver a “entrar en sí”. Hay que enseñar a reaccionar como aquel hijo rebelde, pero sincero: “volviéndose en sí se dijo…” El pródigo no afirma al volverse en sí que se gozó de “haberse conocido”, como algunos fatuos que nada pueden enseñar más que su propia inmadurez, sino que reconoció su mal y se arrepintió de él y se puso en camino de obrar con coherencia.

El hombre interior sabe de la verdad. Allá en el fondo de sí encuentra a Aquel que nunca deja al hombre, incluso cuando el hombre le ha negado. El espera siempre allá en lo más hondo. El hombre exterior vive de los sentidos: me gusta o me apetece. Pero no es esa la autentica postura humana ante la vida, ante toda realidad.
La razón profunda de este encuentro del hombre en su interior está en que el hombre fue hecho a imagen de Dios, esa es su realidad y a esa realización ha de inclinarse. Y sólo encuentra en Él su realización. Por eso lo natural que mantiene el hombre en su humanidad, es querer alimentar el hombre interior en el que mora Él.

Dios está dentro de nosotros como nuestro alimento y vida. El hombre debe volverse a sí mismo “para tener vida y vida abundante”. Podría decirse: contémplate, sondéate, examínate. Vuélvete a tu interior y quizá encontraras tu conciencia maltrecha. Debes examinarla y llevarla por caminos de acción de gracias, por lo que eres, y de arrepentimiento por las obras que niegan esa verdad intima del hombre como amigo e hijo de Dios. Hay que arrepentirse como ejercicio diario y arrepentirse de esas negaciones – muy fáciles cuando se vive desparramado y no recogido - que nos apartan de nuestra verdad de ser hechos a imagen de Dios. La imagen esta en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en nuestra afectividad. El hombre busca la verdad, quiere el bien, contempla la belleza.

Por eso no conviene al hombre ocultarse a sí mismo. No ha de salir de sí de espaldas al propio ser. Cada hombre debe tenerse en cuenta. Tenemos que vernos. Vernos como somos. Qué somos. Y qué deseamos ser. Vernos así prepara un camino de felicidad. Debo ponerme delante de mí y verme feo, deforme, sucio, enfermo... No huir de sí. Entrar en nuestro interior. Mirarnos por dentro. En la carrera de la vida hay que encontrarse a si mismo. Y esto es tan importante porque en nuestro interior, en nuestro corazón, está uno solo con Dios. La interioridad no es pues pura evasión de la realidad, ni vacía búsqueda de la soledad.

El hombre tiene un tesoro dentro de sí, a Dios. “Dios está donde se gusta la verdad” dice San Agustín. La verdad es la misma y verdadera aspiración del alma humana. Toda actividad del hombre ha de perseguir la verdad. Ese es el alimento del hombre interior. Ese es el alimento del alma. La verdad cambia al hombre sin disminuirlo en su humanidad, sino desarrollándolo en toda la gran potencialidad de su persona hecha a imagen y semejanza de Dios. El que la come - la verdad - se identifica con ella, dirá bellamente San Agustín.

La verdad está por encima del hombre. Abracémosla y gocemos de ella. Busquemos la verdad de Dios y la nuestra. Busquémosla no sólo con la inteligencia, sino con todas nuestras fuerzas y afectos. Y cuando la alcanzamos, entonces, nos alcanzamos y nos poseemos. El amor arrastra al hombre hacia la verdad, si la verdad se busca no se retira, no se hace esquiva. La verdad es pues la gran pasión del hombre. Así ha de ser. Nada se ama más. Nada ha de amarse más.

martes, 12 de octubre de 2010

Al servicio de la verdad y del bien

En el Hyde Park de Londres, durante la vigilia de la beatificación de John Henry Newman, dijo Benedicto XVI: “La vida de Newman nos enseña que la pasión por la verdad, la honestidad intelectual y la auténtica conversión son costosas”. La verdad, que nos hace libres, pide ser testimoniada y escuchada; “y al final su poder de convicción proviene de sí misma y no de la elocuencia humana o de los argumentos que la expongan”. Eso implica que, en nuestro mundo, hay que estar dispuestos en ocasiones a ser “excluido, ridiculizado o parodiado”. En todo caso “no puede haber separación entre lo que creemos y lo que vivimos”. Más aún, “cada uno de nuestros pensamientos, palabras y obras deben buscar la gloria de Dios y la extensión de su Reino”. Lo que importa es descubrir y realizar la “misión concreta” que cada cristiano tiene y que sólo Jesús conoce.

A los jóvenes, y con referencia al lema de su visita al Reino Unido –la divisa newmaniana cor ad cor loquitur–, les indicaba: “Su corazón está hablando a vuestro corazón”. Y llamaba a la generosidad: “Cristo necesita familias para recordar al mundo la dignidad del amor humano y la belleza de la vida familiar. Necesita hombres y mujeres que dediquen su vida a la noble labor de educar, atendiendo a los jóvenes y formándolos en el camino del Evangelio”; como también necesita de la vida religiosa y de los sacerdotes. “Preguntadle al Señor lo que desea de vosotros. Pedidle la generosidad de decir sí. No tengáis miedo a entregaros completamente a Jesús. Él os dará la gracia que necesitáis para acoger su llamada”.

En definitiva, se trata de responder que sí a Dios, de modo coherente y no a la defensiva, con autenticidad, venciendo las dificultades con la fe. El Papa lo había dicho ya con referencia a la Iglesia, en el avión que le llevaba al Reino Unido. Los periodistas le preguntaron, teniendo en cuenta el movimiento actual de ateísmo y a la vez los signos de fe religiosa a nivel personal: “¿Es posible hacer algo para que la Iglesia sea una institución más creíble y atractiva para todos?”
Sorprendió que Benedicto XVI respondiera con lo que podríamos llamar una enmienda a la totalidad, por el procedimiento de negar la premisa mayor: “Diría que una Iglesia que busca sobre todo ser atractiva, estaría ya en un camino equivocado. Porque la Iglesia no trabaja para sí, no trabaja para aumentar los propios números, el propio poder”.

Efectivamente. Por un lado, ¿no es la tendencia de cada uno y de cada una el buscar atraer hacia sí, ser centro de admiración o prestigio, poseer al otro o a los otros? ¿No es el afán por aumentar el número de seguidores y la influencia sobre la sociedad, una tendencia típica de los grupos y de las instituciones humanas? Claro que, tratándose de la Iglesia, ¿acaso no debe buscar la adhesión al Evangelio del mayor número posible de personas? ¿Qué hay de malo en ello? Y se podría, responder: nada malo, pero el Papa no se refiere a eso. El problema está en ese buscar “sobre todo” o ante todo la atracción; ponerla en primer lugar, por delante del servicio de la verdad y del amor, que son la razón de ser del servicio evangelizador: ése sería el error.
Lo exponía Benedicto XVI con claridad: “La Iglesia está al servicio de Otro, no está al propio servicio, no está para ser un cuerpo fuerte, sino para hacer accesible el anuncio de Jesucristo, las grandes verdades, las grandes fuerzas de amor y de reconciliación, que han aparecido en esta figura y que vienen siempre de la presencia de Jesucristo”.

Jesucristo, su persona, su mensaje y su obra. Esto es lo que explica el servicio de la Iglesia al mundo y a cada persona. Y en eso consiste la trasparencia de la Iglesia: en actuar según lo que es, según su naturaleza. Así ella es auténtica, eficaz y, como consecuencia no buscada en primer lugar, resulta atractiva, porque la santidad nunca deja de atraer.
En palabras del Papa, “la Iglesia no busca ser atractiva, sino que debe ser trasparente para que aparezca Jesucristo. Y en la medida en que no está para sí misma, como cuerpo fuerte y poderoso en el mundo, sino que se hace sencillamente voz de Otro, se convierte realmente en transparencia de la gran figura de Cristo y de las grandes verdades que ha traído a la humanidad, de la fuerza del amor. Si es así, es escuchada y aceptada”. En definitiva, “la Iglesia no debería considerarse a sí misma sino ayudar a considerar a Otro, y ella misma debe ver y hablar de Otro y por Otro”.

Es esta una luz poderosa para el ecumenismo, pues cuando los cristianos –católicos, anglicanos, etc.– buscan “ante todo” ese servicio, “es entonces cuando la prioridad de Cristo los une y dejan de ser competidores, cada uno buscando el número, sino que están unidos en el compromiso por la verdad de Cristo, que entra en este mundo, y de este modo se encuentran también recíprocamente en un verdadero y fecundo ecumenismo”. Toda una lección de humildad, realismo y profundidad cristiana y teológica, útil también para cada persona y grupo humano. ¿Qué sucedería si buscáramos por encima de todo servir a los demás en nuestro trabajo y realizando nuestro deber?


Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra

martes, 23 de febrero de 2010

La pregunta por el mal

José María Riera Munné traduce libremente, pero fiel a las ideas, el artículo de Bruno Forte
"Il Livello Bruno Forte", Verità e libertà tra teologia e filosofia

Jn 8, 31-32: Decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.»

Le gustaba repetir a Kierkegaard que el teólogo (el cristiano que quiere serlo, podemos decir también) es tal porque otro ha muerto crucificado por él. Por tanto, es en la escuela del Crucificado donde nosotros deberemos entender qué es la verdad y en que sentido se nos dice que esta verdad nos hace libres.

Es una verdadera afrenta el razonamiento de Dostoevskij: Si Dios existe, es insoportable el infinito dolor del mundo. Ya que el infinito dolor del mundo es insoportable, Dios existe. Por otra parte, si realmente existe Dios, este infinito dolor del mundo prueba la imposibilidad de que se trate de un Dios bueno. Si existe el mal, ¿cómo puede existir un Dios? Pero el mal existe y cada día hiere el alma de quien solamente quiere pensar: por tanto no puede haber Dios. Ante esta lógica sólo cabe cambiar de registro, ya que sino quedaremos prisioneros de un Dios euclídeo, del Dios que coloca en su lugar todas las cosas, que responde a todas las preguntas, y no curaremos de la herida del alma, del alma herida por el mal. Todo verdadero conocimiento de Dios, nace de la obediencia, de escuchar lo que hay en el silencio abisal, aquel dolor inmenso, aquel obedecer insoportable.

"Ti esti aletheia?" (¿Qués es la verdad?). A esta pregunta de Pilato, el prisionero responde sólo con el silencio. Debemos leer esta pregunta a la luz de lo que inmediatamente precede. Jesús acaba de decir a Pilato: "Tu dices que yo soy Rey, y para esto yo he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. O sea, para ser el mártir de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz". Jesús nos recuerda que todos somos pobres e indigentes ante la verdad. Nos encontramos en la pobreza de no ser poseedores, comprehensores, sino viatores y peregrinos hacia la verdad, destinados a la verdad.
Otra vez la enseñanza de Dostoevskij. Aquella página extraordinaria de "El Idiota", como mostró Romano Guardini, es la cristología de este autor. Myskin, el príncipe, el inocente, el de corazón puro, que lo excusa todo, que todo lo perdona y soporta, que sufre por todos porque a todos ama, es la figura de Cristo. Está aquella escena en que el joven nihilista, el ateo Hipólito, está muriendo con el rostro rojo por estar tísico. En estas Hipólito pregunta al príncipe Myskin: Tu has dicho más de una vez que la belleza salvará al mundo. ¿Qué belleza es la que lo salvará?. Myskin permanece en silencio, al lado de la cama donde Hipólito muere. El sentido es claro: es la transcripción del versículo de Juan (18, 38). Pilato pregunta: ¿Y qué es la verdad?; Hipólito dice: ¿qué belleza salvará el mundo?. Jesús calla, ama, sufre, va al encuentro del abandono infinito de la Cruz. Myskin ama, sufre, lleva la cruz. ¡Ahí está el lugar de la verdad!

Permitid que aquí intente entender el sentido a la luz del versículo anterior. Jesús dice: "si permanecéis en mi palabra, verdaderamente seréis mis discípulos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres". Tres afirmaciones breves. La primera: "Si permanecéis en mi palabra". La verdad no es aquella que tu un día gritas, en un momento, en situación extrema, o clamas o recitas con otros. La verdad es aquella que tu sufres y padeces en la fidelidad de las obras de los días de tu vida. La verdad se dice en la elocuencia de los gestos, en la perseverancia para ser fiel.

La impresión profunda que he sentido leyendo en estos últimos días el libro de mi sincero amigo Gianni Vattimo, se debe a que, si ciertamente es admirable el coraje de su testimonio –él, el pensador del pensamiento débil, que anuncia su vuelta a la fe, su vuelta a Dios-, lo que realmente me deja desconcertado y perplejo es que esta vuelta no tiene nada de dramático, nada de trágico; y es que esta vuelta no cambia nada de todo aquello que él dice haber pensado hasta el momento. Más bien parece fundamentar de manera nueva. Cre que con Dios no se debe ni patalear ni perder. Con Dios es preciso recapitular. La verdad me hará libre para ser perdidamente del otro, perdidamente a Él abandonado.

"Seréis mis discípulos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres"… Ser su discípulo, significa llevar con Él la cruz. Bonhoeffer en la cárcel de Tegel escribe una bellísima poesía, "Cristianos y paganos", en la que dice: "Todos van a Dios para ser consolados en sus dolores; los cristianos van a Dios para hacerle compañía en su dolor". Ser liberado por la verdad significa salir de sí mismo para pertenecerle incondicional y perdidamente. La libertad que la verdad te da es la libertad de ti mismo, para ser suyo hasta el fondo, para pertenecerle, para ir allí donde no habrías querido o pensado, para ir allí donde el querrá para ti, para vivir este éxodo, este abandono, este dejar todo apasionamiento y caminar sobre el largo mar, donde es posible que naufragues, donde al vivir del soplo del espíritu, inflara las velas de tu barca hacia el puerto de la eternidad. Ahí tienes la verdad que hace libres.

La pregunta que se me hace, me recuerda y reclama aquella que Holderlin hizo: "¿Por qué los poetas en el tiempo de la indigencia?" Esta pregunta que Heidegger hace suya, interrogándose sobre cuál sería el tiempo de la pobreza, la noche del mundo, que no lo es por la falta de Dios, sino por que los hombres ya no sufren por esta falta de su presencia. Por tanto, poeta en el tiempo de la pobreza e indigencia es todo el que suscita la nostalgia de la patria perdida, que vuelve a encender este deseo. Poeta en el tiempo y en la pobreza es todo el que habla interrogándose sobre si l transgresión en el cumplimiento respecto de aquella verdad total, totalitaria, violenta, que es la verdad de la tradición metafísica occidental, debe ser tenida por transgresión decadente o del "pensamiento débil" como la que algunos han procurado; o bien debe ser, puede ser, aquella de reconocer otra verdad que no es la aletheia, sino la hemet bíblica. Mi siguiente discurso versará sobre esto.

Del testimonio del médico que asiste a la ejecución, quiero leer tan sólo este texto: "En la mañana de aquel día –era el 9 de abril de 1945, entre las 5 y las 6– los prisioneros fueron conducidos fuera de las celdas. Fueron leídas las condenas. Por entre una puerta medio abierta vi al pastor Bonhoeffer que estaba arrodillado en íntima oración con su Dios. El abandono y la certeza de una oración que había sido oída, en este hombre extraordinariamente simpático, me afectaron profundamente. Cerca del lugar mismo de la ejecución elevó una corta oración, luego se irguió con firmeza en el patíbulo. La muerte llegó en pocos segundos. En mi actividad de médico después de cerca de 50 años no he visto nunca morir a un hambre abandonado así a Dios."

No dice nada, reza, se confía, se abandona en Dios. He leído este testimonio porque nos hace entender la crítica profundísima que Bonhoeffer hace al concepto occidental de verdad, de ideología, en un texto de su Ética, una obra a la que aún deberemos volver más veces. Bonhoeffer escribe así: "El patrón de la maquina pasa a ser su esclavo, la máquina pasa a ser el patrón, la máquina se vuelve enemiga del hombre. La criatura se revela contra quien la ha creado, cómo réplica singular del pecado de Adam. La emancipación de las masas explotó en el terror de la guillotina. El racionalismo lleva inevitablemente a la guerra, el ideal absoluto de la liberación lleva al hombre a la autodestrucción". Y concluye con este juicio duro sobre la obra de la modernidad: "Al final del camino por el cual se han encaminado por la Revolución francesa se encuentra el nihilismo". ¿Qué nos ha querido decir Bonhoeffer con esta terrible frase?

Sigo leyendo un pasaje de la Ética: "No existiendo nada permanente y durable, porque concluye la certeza ideológica, los totalitarismos de la verdad, o sea, llevada acabo la operación de la destrucción del totalitarismo de la verdad, perdida la confianza en la justicia, es declarado como justo aquello que conviene. Esta es la singular situación de nuestro tiempo, que es un tiempo de verdadera y propia decadencia". Parece que Bonhoeffer esté describiendo nuestro presente: esta vulgaridad de los medios de comunicación que, de manera particular, nuestra clase política tanto prefiere y quiere; o sea, esta especie de falta absoluta de pasión por la verdad, de confianza en la verdad, y este sustituir la verdad por los sofismas de la propaganda. Y lo más trágico es que la gente se lo cree. Este es hoy nuestro drama.

Por eso tenemos necesidad de una conversión, de una metanoia, no sólo los teólogos. Si seguimos pensando en la verdad como aletheia, llegaremos a la ideología, al nihilismo, a la decadencia, como carta que cubre la falta de pasión por la verdad y al triunfo de la soledad y del vacío. La careta es de infidelidad: la fidelidad exige lealtad y transparencia. El primer empeño que la verdad (hemet) pide es quitarse la careta, bajar la máscara y cerrar este gran carnaval en que hemos convertido nuestro vivir social y civil, de hombres y mujeres libres, que se dicen las cosas con la verdad de quien las vive y las padece.

Esta vez nosotros no jugamos con las ideas: nos estamos preguntando porqué vale la pena vivir, nos estamos preguntando, como hacía Camus, si no es verdad que la única verdadera cuestión filosófica es el suicidio, y que es preciso saber responder a esta pregunta: ¿por qué no hacerlo? El porque no hacerlo exige esa conversión, de dar testimonio de la verdad, de vivir la pasión por la verdad. Por tanto, fidelidad para quitarse la careta, fidelidad como testimonio de la verdad, como marturia, ser mártires en todo dependientes del otro.

Acabo con una anécdota, que lejos de bajar el tono especulativo de nuestras reflexiones, lo enaltece en la verdad de la vida: aquella escena que cuenta Dominique Lapierre del día vivido con la Madre Teresa de Calcuta, cuando esa mujer se acerca a un montón de basuras y comienza a escarbar, saca un brazo, una pierna, un cuerpo, toma entre sus brazos el cuerpo de este anciano abandonado a morir entre los desperdicios, y lo lleva a su casa, la casa de las misioneras de la caridad, lo coloca sobre una cama donde este anciano, antes de expirar, sonríe porque por primera vez ha sido tratado como un ser humano. Y Dominique Lapierre removido dirá por la tarde a la madre Teresa: "Esto que usted ha hecho hoy yo no lo hubiera hecho por todo el oro del mundo". La madre Teresa le respondió: "Ni yo tampoco". Esta es la verdad que nos hace libres.
(Traducción libre, pero fiel, del italiano, de "Il Livello Bruno Forte", Verità e libertà tra teologia e filosofia, por Josep Maria Riera M.; setiembre 2000).

sábado, 9 de enero de 2010

Buscar la verdad

De pequeña me decían: ¿Por qué no vas a jugar en vez de hacer preguntas más grandes que tú? Pero yo quería la verdad. Quería la verdad de mi vida y en mi vida. Quería una verdad que me hiciese comprender también la verdad de todas las demás vidas. Después, cuando crecí, me dijeron que la verdad no existía o, mejor dicho, que existían tantas como hombres hay en el mundo, y que buscar la verdad era una pretensión infantil, ingenua e inútil (Susanna Tamaro).


José Ramón Ayllón nos ofrece estas reflexiones sobre la búsqueda de la verdad:

La duda, la opinión y la certeza

¿Qué hace bueno el diagnóstico de un médico? ¿Qué hace buenas la decisión de un árbitro y la sentencia de un juez? Sólo esto: la verdad. Por eso, una vida digna sólo se puede sostener sobre el respeto a la verdad. Pero conocer la verdad no es fácil. De hecho, la credibilidad que otorgamos a nuestros propios conocimientos admite tres grados: la duda, la opinión y la certeza. En la duda fluctuamos entre la afirmación y la negación de una determinada proposición. Por encima de la duda está la opinión: adhesión a una proposición sin excluir la posibilidad de que sea falsa. El hombre se ve obligado a opinar porque la limitación de su conocimiento le impide alcanzar a menudo la certeza: puede llover o no llover, puedo morir antes o después de cumplir setenta años. La libertad humana es otro claro factor de incertidumbre: hablar sobre la configuración futura de la sociedad o de nuestra propia vida, es entrar de lleno en el terreno de lo opinable. Lo cual no significa que todas las opiniones valgan lo mismo. Si así fuera, se ha dicho maliciosamente que habría que tener muy en cuenta la opinión de los tontos, pues son mayoría. Séneca aconsejaba que las opiniones no debían ser contadas sino pesadas.

Llamamos escéptico al que niega toda posibilidad de ir más allá de la opinión. Por tanto, el escepticismo es la postura que niega la capacidad humana para alcanzar la verdad. La palabra procede del griego sképtomai, que significa examinar, observar detenidamente, indagar. En sentido filosófico, escepticismo es la actitud del que reflexiona y concluye que nada se puede afirmar con certeza, por lo que más vale refugiarse en la abstención de todo juicio. Por fortuna, no todo es opinable. Lo que se conoce de forma inequívoca no es opinable sino cierto. Y no se debe tomar lo cierto como opinable, ni viceversa: no puedes opinar que la Tierra es mayor que la Luna, ni asegurar con certeza que la república es la mejor forma de gobierno.

La certeza se fundamenta en la evidencia, y la evidencia no es otra cosa que la presencia patente de la realidad. La evidencia es mediata cuando no se da en la conclusión sino en los pasos que conducen a ella: no conozco a los padres de Antonio, pero la existencia de Antonio evidencia la de sus padres, la hace necesaria. La existencia de Antonio, al que veo todos los días, es para mí una certeza inmediata; la existencia actual o pasada de sus padres, a los que nunca he visto, también me resulta evidente, pero con una evidencia no directa sino mediata, que me viene por medio de su hijo.

La condición limitada del hombre hace que la mayoría de sus conocimientos no se realicen de forma inmediata. Son pocos los hombres que han visto las moléculas, los fondos marinos, la estratosfera o Madagascar. La mayoría de los hombres tampoco han visto jamás, ni verán nunca, a Julio César o a Carlomagno. Sin embargo, conocen con certeza la existencia de esas y otras muchas personas y realidades. Su certeza se apoya en un tipo de evidencia mediata: la proporcionada por un conjunto unánime de testigos. En un caso, la comunidad científica; en otro, las imágenes de todos los medios de comunicación; y si se trata de hechos o personajes del pasado, los testimonios elocuentes de la historia y de la arqueología.

Estas evidencias mediatas se apoyan no en propios razonamientos sino en segundas o terceras personas. Si no admitiéramos su valor, si no creyéramos a nadie, nuestros padres no podrían educarnos, la ciencia no progresaría, no existiría la enseñanza, leer no tendría sentido... Es decir, si sólo concediésemos valor a lo conocido por uno mismo, la vida social, además de estar integrada por individuos ignorantes, sería imposible. Por tanto, es necesario y razonable dar crédito, creer.

¿Puede tener certeza quien cree? Sabemos que la certeza nace de la evidencia. ¿Qué evidencia se le ofrece al que cree? Sólo una: la de la credibilidad del testigo. El que no ha estado en América cree en los que sí han estado y atestiguan su existencia. El que nunca ha visto a Hitler cree a los que sí lo vieron. Y antes que Hitler, Napoleón, el Cid o Nerón. En todos estos casos es evidente la credibilidad de los testigos. Y entre esos casos debemos incluir los que dan origen a algunas creencias religiosas. Por eso, la fe -creer el testimonio de alguien- es una exigencia racional, y su exclusión es una reducción arbitraria de las posibilidades humanas.

La inclinación subjetiva

Si la verdad es la adecuación entre el entendimiento y la realidad, depende más de lo que son las cosas que del sujeto que las conoce. Ese sentido tienen los versos de Antonio Machado:

¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.


Es el sujeto quien debe adaptarse a la realidad, reconociéndola como es, de forma parecida a como el guante se adapta a la mano. Pero no siempre sucede así. El subjetivismo surge precisamente cuando la inteligencia prefiere colorear la realidad según sus propios gustos: entonces la verdad ya no se descubre en las cosas sino que se inventa a partir de ellas.

La causa más frecuente del subjetivismo son los intereses personales. Con frecuencia, la atracción de la comodidad, de la riqueza, del poder, de la fama, del éxito, del placer o del amor, pueden tener más peso que la propia verdad. Por eso, si suspendo un examen, nunca será por no haberlo estudiado sino por mala suerte o por exigencia excesiva del profesor. Y si el suspendido es un niño, mamá jamás dudará de la capacidad de la criatura: antes pondrá en duda la idoneidad del profesor o del libro de texto, o asegurará que su hijo es listísimo aunque "algo" vago y despistado.

El subjetivismo, además de afectar a lo más trivial, también deforma las cuestiones más graves: el terrorista está convencido de que su causa es justa; la mujer que aborta quiere creer que sólo interrumpe el embarazo; el suicida se quita la vida bajo el peso de problemas no exactamente reales, agigantados por su enfermiza subjetividad; al antiguo defensor de la esclavitud y al moderno racista les conviene pensar que los hombres somos esencialmente desiguales.

Para que la verdad sea aceptada es preciso que encuentre una persona habituada a reconocer las cosas como son, y el que vive según sus exclusivos intereses suele carecer de la fortaleza necesaria para afrontar las consecuencias de la verdad. Pero al hombre no le resulta fácil hacer o pensar lo que no debe. Por eso, para evitar esa violencia interna, si se vive de espaldas a la verdad se acaba en la autojustificación. La historia humana es una historia plagada de autojustificaciones más o menos pobres. Ya decía Hegel que todo lo malo que ha ocurrido en el mundo, desde Adán, puede justificarse con buenas razones. Al menos, puede intentarse.

El peso de la mayoría

Por su identificación con la realidad, la verdad no consiste en la opinión de la mayoría, ni el el común denominador de las diferentes opiniones. Por eso, elegir como criterio de conducta lo que hace o piensa la mayoría de la gente constituye una pobre elección, y suele ser la coartada de la propia falta de personalidad o del propio interés. Además, invocar la mayoría como criterio de verdad equivale a despreciar la inteligencia. En este sentido, E. Fromm piensa que el hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes; el hecho de que compartan muchos errores no convierte éstos en verdades; y el hecho de que millones de personas padezcan las mismas formas de patología mental no hace de estas personas gente equilibrada.

Es un gran error confundir la verdad con el hecho puro y simple de que un determinado número de personas acepten o no una proposición. Si se acepta esa identificación entre verdad y consenso social, cerramos el camino a la inteligencia y la sometemos a quienes pueden crear artificialmente ese consenso con los medios que tienen a su alcance. Es como decir que ya no existe la verdad, y que se debe considerar como tal aquello que decide quien tiene poder para imponer mayoritariamente su opinión. "Por suerte, la opinión pública todavía no se ha dado cuenta de que opina lo que quiere la opinión privada", decía el director de una importante empresa de comunicación.

La mentira se puede imponer de muchas maneras, y no sólo con la complicidad de los grandes medios de comunicación. Sin ellos, Sócrates fue calumniado hace más de dos mil años: "Sí, atenienses, hay que defenderse y tratar de arrancaros del ánimo, en tan corto espacio de tiempo, una calumnia que habéis estado escuchando tantos años de mis acusadores. Y bien quisiera conseguirlo, mas la cosa me parece difícil y no me hago ilusiones. Intrigantes, activos, numerosos, hablando de mí con un plan concertado de antemano y de manera persuasiva, os han llenado los oídos de falsedades desde hace ya mucho tiempo, y prosiguen violentamente su campaña de calumnias" (Platón, Apología de Sócrates).

Sócrates representa la situación del hombre aislado por defender verdades éticas fundamentales. Pertenece a esa clase de hombres apasionados por la verdad e indiferentes a las opiniones cambiantes de la mayoría. Hombres que comprometieron su vida en la solución a este problema radical: ¿es preferible equivocarse con la mayoría o tener razón contra ella?

La pregunta de Pilatos

¿Qué es la verdad? La famosa pregunta de Pilatos es el gran interrogante de toda la humanidad, porque la vida humana es un laberinto que sólo puede recorrer con seguridad quien conoce sus caminos. Con metáfora parecida al laberinto, se nos sugiere que lo que vemos de la realidad podría ser solamente la primera planta de un enorme edificio con innumerables pisos por encima y bajo tierra. No es mala imagen, pero nos gustaría un poco más de rigor y acudimos a Stephen Hawking, uno de los astrofísicos sucesores de Einstein, tristemente famoso por su condena a silla de ruedas por esclerosis múltiple. Al final de su ensayo Breve historia del tiempo, se atreve a decir que la ciencia jamás será capaz de responder a la última de las preguntas científicas: por qué el universo se ha tomado la molestia de existir.

¿Eso significa que moriremos en nuestra ignorancia? Pascal reconoce que apenas sabemos lo que es un cuerpo vivo; menos aún lo que es un espíritu; y no tenemos la menor idea de cómo pueden unirse ambas incógnitas formando un sólo ser, aunque eso somos los hombres. Otro matemático y filósofo como Pascal, Edmund Husserl, afirma que la ciencia nada tiene que decir sobre la angustia de nuestra vida, pues excluye por principio las cuestiones más candentes para los hombres de nuestra desdichada época: las cuestiones sobre el sentido o sinsentido de la existencia humana.

No sabemos muy bien quiénes somos ni quién ha diseñado un mundo a la medida del hombre, pero sospechamos que detrás de esa ignorancia se esconde el fundamento de lo real. Los grandes pensadores de todos los tiempos han sido personas obsesionadas por esa curiosidad. Todas sus soluciones han sido siempre provisio-nales, pero han nacido de la experiencia dolorosa de la gran ausencia. Pues al salir al mundo y contemplarlo, se les ha hecho patente lo que Descartes llamaba el sello del Artista.

La ciencia nació para explicar racionalmente el mundo, pero descubrió con sorpresa que la explicación racional del mundo conduce muy lejos. Así surgió la filosofía, para explicar lo que hay más allá de lo que vemos. Con otras palabras: cuando la ciencia se asomó a las profundidades de la realidad material, descubrió que la realidad material no era toda la realidad: había algo más. Ese algo más se esconde dentro y fuera de la materia. Dentro de todos los seres aparecen dos cualidades inmateriales: el orden y la finalidad. Pero es el ser humano quien acapara en su interioridad el mayor número de aspectos inmateriales: sensaciones y sentimientos, razonamientos y elecciones libres, responsabilidad y autoconciencia. El cuerpo humano es estudiado por la Medicina y la Biología, pero la interioridad humana exige una ciencia diferente. Fueron los griegos quienes se plantearon por primera vez estas cuestiones de alcance metafísico.

Fuera de la materia también hay algo más, como una tercera realidad. Lo mismo que el arqueólogo sabe que las ruinas son huellas de espléndidas civilizaciones, cualquier hombre puede interpretar toda la realidad como una huella: la de un artista anterior y exterior a su obra. En ese momento empieza a filosofar. El historiador puede preguntarse quién pulió el sílex o escribió la Odisea. El que filosofa se pregunta algo mucho más decisivo: quién ha diseñado el universo.

Así, el intento de comprensión del laberinto nos lleva a Dios. El tema de Dios quizá no esté de moda, y quizá no sea políticamente correcto. Pero es que Dios tampoco es un tema, y está muy por encima de las trivialidades de la espuma política. La razón humana llega a Dios en la medida en que pregunta por el fundamento último de lo real. En esa misma medida podemos afirmar, como Kant, que Dios es el ser más difícil de conocer, pero también el más inevitable. De hecho, aunque está claro que Dios no entra por los ojos, tenemos de Él la misma evidencia racional que nos permite ver detrás de una vasija al alfarero, detrás de un edificio al constructor, detrás de una acuarela al pintor, detrás de una página escrita al escritor. Esto lo expresa de forma magnífica San Agustín:

Pregunta a la hermosura de la tierra, del mar, del aire dilatado y difuso. Pregunta a la magnificencia del cielo, al ritmo acelerado de los astros, al sol -dueño fulgurante del día- y a la luna -señora esplendente y temperante de la noche-. Pregunta a los animales que se mueven en el agua, a los que moran en la tierra y a los que vuelan en el aire. Pregunta a los espíritus, que no ves, y a los cuerpos, que te entran por los ojos. Pregunta al mundo visible, que necesita de gobierno, y al invisible, que es quien gobierna. Pregúntales a todos, y todos te responderán: "míranos; somos hermosos". Su hermosura es una confesión. ¿Quién hizo, en efecto, estas hermosuras mudables sino el que es la hermosura sin mudanza?

La pregunta de Pilatos era retórica y no esperaba respuesta. Por eso no la recibió. Pero si el gobernador romano se hubiera tomado la molestia de informarse un poco más sobre el acusado, quizá hubiera temblado al saber que aquel judío ya se había pronunciado al respecto con una afirmación jamás oída a ningún hombre: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida".

miércoles, 21 de octubre de 2009

Benedicto XVI en la República Checa

La idea de que la búsqueda de la verdad hace posible un consenso sobre los valores comunes ha estado en el centro de las palabras de Benedicto XVI durante su visita a la República Checa. En un país con pocos creyentes, el Papa ha expuesto un mensaje de ideales anclados en la verdad y presentados de un modo positivo. Aceprensa (30 Septiembre 2009).

Brno. Cuándo llegó la noticia de que el Papa Benedicto XVI visitaría la República Checa, las reacciones más comunes, dependiendo de la importancia que la gente daba a la figura del Papa y, por supuesto, de la extensión de su fe, eran curiosidad y esperanza. Y fue la segunda reacción la que constituyó uno de los principales mensajes de su visita.

El Papa tuvo poco tiempo y muchas cosas a hacer. Pero encontró tiempo para todos. Desde el aeropuerto de Ruzyne fue a la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria. Aquí se reunió con las familias y los niños, junto a la milagrosa imagen del Niño Jesús de Praga, al que regaló una corona de oro. En ese trayecto a la barroca iglesia praguense fue escoltado por miles de personas. Entre los extranjeros destacaban sobre todo los omnipresentes polacos y eslovacos. Las pequeñas calles de la vieja ciudad estaban llenas de banderas, pañuelos, carteles e imágenes del Papa, la Virgen y el Niño Jesús de Praga. Enfrente del templo los alcaldes de todos los distritos de la capital saludaron al Papa y le entregaron las llaves de la ciudad.

Más interés del que se esperaba
Después del discurso dentro de la iglesia y un tiempo de oración, el Papa se encontró de nuevo con una gran muchedumbre, que le aguardaba impaciente fuera. Le demostraban de tal manera su cariño que Benedicto XVI, en vez de subir al ”papamóvil”, comenzó a saludar a la gente. Tras emprender la marcha, los simpatizantes y turistas le escoltaron durante todo el recorrido hasta el puente de la Legión. Cuando llegó a la Nunciatura, pocos minutos después, por fin pudo descansar un poco.

Así fueron todos los encuentros y todo su programa. Daba igual si tenía una cita con autoridades eclesiásticas, elite política, representantes intelectuales o jóvenes. En cada momento fue recibido con exquisito respeto y afecto. En el encuentro con los académicos en la Sala Vladislao del Castillo de Praga, el aplauso después de su discurso duró varios minutos. Los asistentes mostraban así su sintonía con las palabras del Papa, quién habló de la importancia de la verdad, la educación, y las tareas y obligaciones del mundo académico.

La verdad vence
Después de su visita al Niño de Praga, Benedicto XVI tuvo un breve encuentro privado con el presidente Klaus y su familia, y luego otro oficial con las autoridades políticas del país. Aquí habló sobre todo de la verdad, de su importancia y necesidad, que nunca será conseguida sólo con intereses particulares. Y es que la verdad posibilita el consenso y un diálogo lógico y claro, y facilita la unión a la cual no se puede llegar con medios oscuros.

El Papa comentó que la historia muestra que una verdad manipulada puede ser la base de ideologías peligrosas e injusticias. Tomó las palabras “Veritas vincit” de la bandera presidencial, con las que instó a luchar contra el relativismo y a tener fe en el espíritu del hombre y en su capacidad de buscar la verdad.

Invitación a la esperanza
El Papa celebró dos misas multitudinarias durante su visita. Una en el aeropuerto de Tuřany, cerca de Brno, y la otra en Stará Boleslav, una pequeña ciudad al norte de Praga, que tiene una importancia histórica porque allí fue asesinado San Wenceslao, el patrono de la República checa.

La multitud que acudió a la misa en Tuřany superó las expectativas. Muchos llegaron la noche anterior y durmieron en el sitio. Los primeros peregrinos empezaron a llegar a las cuatro de la mañana. Al comienzo de a misa, estaban presentes unas ciento cincuenta mil personas. Cuando llegó el avión del Papa, y Benedicto XVI apareció en las puertas, los aplausos, cantos y gritos no pararon. Pero todo esto acabó cuando el Papa subió al podio, después de dar una vuelta en “papamóvil” en medio del gentío, y el moderador anunció que el Papa pide que todos se concentren durante la misa y no griten, aplaudan ni ondeen sus banderitas. Todos se tranquilizaron. La misa duró dos horas y acabó con el Ángelus.

La segunda misa, la de Stará Boleslav, también superó las expectativas. Vinieron cincuenta mil personas y dado que el encuentro estaba destinado a los jóvenes, la edad media era bastante baja. Al igual que el día anterior, muchos estaban ya presentes desde la noche. Por la mañana hubo un programa consistente en canciones, teatro, discursos y proyecciones, sobre todo del Papa y su vida. Cuando apareció en el “papamóvil”, las reacciones fueron las mismas que en Tuřany, pero aún más intensas.

Las homilías en Tuřany y Stará Boleslav tuvieron el mismo lema, que fue la esperanza. El Papa habló de la necesidad que sienten las personas de contar con una sólida base en cual fundar su futuro. En la situación actual del mundo parece que la fe en Dios ha sido sustituida por la fe y la esperanza en la ciencia y progreso económico. Sin embargo, los medios técnicos son buenos pero ambiguos, y la única esperanza segura es Cristo.

La homilía en Stará Boleslav tenía la misma base, pero fue completada con una llamada a los jóvenes para no dejarse atrapar por una sociedad consumista, y para entregarse a Dios. El Papa instó a los jóvenes a no tener miedo a aceptar la voluntad de Dios, sobre todo si sienten la vocación sacerdotal o religiosa. El Papa invitó a la juventud a seguir a Cristo y no tener miedo de ir a contracorriente. Las palabras tuvieron un gran impacto. Hasta el punto de que los jóvenes, con todos los asistentes de la misa, empezaron a aplaudir.

Abiertos a la belleza
En su despedida el Papa expresó su agradecimiento, de un modo especial al presidente Klaus, quien le ha seguido en todos sus desplazamientos, y que recibió la felicitación papal el día de su santo. También agradeció el esfuerzo de los organizadores por hacer su visita agradable; mencionó expresamente al cardenal Miloslav Vlk, al arzobispo Jan Graubner y al obispo Vaclav Malý.
En el epílogo del viaje también aludió a una frase de Franz Kafka: “Quien conserva la capacidad de ver la belleza, nunca envejecerá”. Esto le sirvió para decir que, si nuestros ojos permanecen abiertos a la belleza de la creación de Dios y nuestras mentes a la belleza de su verdad, podemos esperar permanecer jóvenes y tratar de construir un mundo que refleje algo de la belleza divina y así inspirar a las generaciones futuras.

El Papa ha contagiado entusiasmo a los cristianos, y ha obtenido comentarios muy positivos en muchos medios de comunicación. Benedicto XVI se ganó el afecto no sólo con sus palabras, sino también con detalles que han impactado mucho. Casi siempre ha empezado y concluido sus discursos con palabras en checo. Ha demostrado un profundo conocimiento de la historia checa, la de la iglesia y la secular también. Pero sobre todo se ha hecho patente, como comentó el jefe de Estado, que el Papa entiende a la gente de la República checa. Que su visita no era una mera visita de cortesía o formal. Se ha presentado como un verdadero padre y pastor y eso resultó llamativo.
Un buen resumen ha sido el ofrecido por el presidente del país en su mensaje al despedirse de Benedicto XVI: “Su fe fuerte, su audacia para expresar opiniones que no son políticamente correctas y que no se aplauden, su firme compromiso con las ideas y principios básicos que sustentan nuestra civilización y el cristianismo en sí, es nuestro ejemplo y estímulo”.

lunes, 9 de junio de 2008

Realizar un proyecto de vida

Me convence el concepto que utiliza Gonzalo Beneytez al entender la libertad como una experiencia de poder. El poder que se nos ha dado, en primer lugar para configurar nuestra propia vida. El gran reto consiste en saber invertir bien el tiempo, las energías, las capacidades personales que uno dispone. El problema consiste en elegir bien los objetivos que deseamos alcanzar y definir correctamente el estilo de vida que nos gustaría cultivar. ¿Qué hago con mi libertad? ¿A dónde voy? De esto trata este artículo del citado autor.

Todo hombre se pregunta en un determinado momento de la vida: ¿qué quiero hacer con mi vida?, ¿qué espero recibir y qué pretendo aportar al mundo, a la sociedad, a los demás?, ¿qué rastro quiero dejar con mi existencia?, ¿qué clase de persona quiero ser?

En la película "La fortuna de vivir" aparece una escena en la que una madre de familia cuida a su hija enferma. Esta mujer no cesa de quejarse y protestar, está siempre malhumorada y maltratando a los demás. En una ocasión una hija de seis años le pregunta:
—"mamá: ¿por qué te empeñas en ser mala?
La madre se queda pensativa y le responde:
—"no lo sé, hija mía".

A veces nos sucede que no sabemos por qué nos comportamos de una determinada manera. No hemos acabado de plantearnos seriamente qué tipo de persona deseamos ser. Nos falta determinar mejor el propio proyecto de vida.

¿Qué quieres ser de mayor? Este es el gran interrogante que todos nos hemos hecho desde pequeños. Es la pregunta por el contenido fundamental de nuestro proyecto de vida.

Un ejemplo simplificado de proyecto de vida podría enunciarse de la siguiente manera: «Seré arquitecto, me casaré con una chica muy guapa, viviremos en una casa con jardín a las afueras de la ciudad. Tendremos un coche todoterreno para ir toda la familia de pesca los fines de semana. Viajaremos con frecuencia, procuraremos estar muy unidos, tendré muchos amigos y haré mucha vida social. No me perderé ningún partido de liga de mi equipo preferido y además...». Todos soñamos con un determinado estilo de vida, y procuramos poco a poco definirlo y realizarlo en la medida de nuestras posibilidades.

El problema del sentido de la vida

El proyecto de vida está relacionado con el problema del sentido de la vida. El proyecto de vida debe dar una respuesta satisfactoria al problema del sentido de la vida. Tarde o temprano todos hemos de enfrentarnos con el problema más importante y profundo de la vida: la búsqueda del sentido de la existencia. Necesitamos dilucidar las razones últimas, los motivos determinantes por los que trabajar, luchar y sufrir.

Me decía un amigo: «yo necesito saber por qué me levanto cada mañana». Es verdad, necesitamos saber a dónde vamos y en definitiva el tipo de persona que queremos ser. Y es que en esta vida uno persevera en la lucha por conseguir objetivos ambiciosos sólo cuanto tenemos unas convicciones fuertes por lograr aquello que nos hemos planteado.

El proyecto de vida no se limita a la determinación de un conjunto de actividades que me auto-impongo realizar: ser médico, casarme, formar una familia, viajar, divertirme con amigos... Es eso; pero es mucho más. Es además el modo de vivir, el modo de relacionarme con los demás, es la ética que deseo inspire mi conducta, es el estilo de vida, la clase de persona que deseo llegar a ser. El problema del sentido de la vida remite al problema de la verdad. La grandeza de la existencia humana estriba en la capacidad de conocer la verdad y de obrar y vivir según la verdad conocida.

El estilo de vida refleja de alguna manera las convicciones personales de cada hombre. Quien tiene una idea pobre de sí mismo en cuanto persona, llevará a cabo un proyecto humano pobre. Una concepción acertada sobre el hombre conduce a un estilo de vida capaz de alcanzar una verdadera realización humana. Cada biografía pone de manifiesto las convicciones de fondo de una determinada persona. La vida es al fin y al cabo el "campo de prueba" de las ideas de cada persona.

Factores fundamentales del proyecto de vida

a) Los gustos y aficiones personales. A la hora de atisbar el proyecto de vida se han de valorar, como es natural, las propias capacidades, gustos o aficiones personales hacia los que uno se siente más inclinado: el arte, la producción industrial, el comercio, la gestión empresarial, las relaciones sociales... Todo eso va definiendo un tipo de actividad, una profesión, un estilo de vida.
La orientación profesional de los padres, la influencia de los profesores, las experiencias de amigos... va alumbrando un conjunto de posibilidades más o menos atractivas e interesantes. Algunas se ven lejanas o demasiado ambiciosas. Poco a poco las nieblas del futuro se van disipando y aparecen proyectos cada vez más asequibles, atinados, adecuados a las propias capacidades.

b) La coyuntura social. Junto a los gustos personales juega un papel importante la coyuntura social. Determinadas circunstancias familiares —invalidez de algún familiar, una crisis económica, por citar unos ejemplos— pueden obligar a iniciar una determinada actividad profesional antes de lo deseado para mantener económicamente a la familia, dejando de lado la formación profesional.

La coyuntura social puede condicionar mucho el tipo de vida de las personas. Piénsese por ejemplo en aquellos que viven en países en guerra, con recursos económicos escasísimos, en penuria, con hambre, sin libertad, en una dictadura, con un gobierno corrupto, con un sistema educativo, académico o universitario muy deficiente.

Otras veces la coyuntura socio-económica propicia la dedicación profesional a una determinada área: pensemos en quienes viven en zonas donde prima una actividad industrial determinada: fábricas de textiles por ejemplo. No hay duda que la demanda social propicia que muchos trabajadores se dediquen a aquello que les ofrece con más facilidad medios de subsistencia independientemente de sus preferencias.
Las circunstancias sociales pueden repercutir decisivamente en el tipo de actividad profesional que tomemos. El ambiente cultural donde vivimos suele influir notablemente en nuestro estilo de vida —en las aficiones, modos de divertirse, en la vida familiar—, y en nuestras ideas: principios cívicos, valores morales, creencias religiosas... En la actualidad la vida social se ha diversificado notablemente: la sociedad se ha hecho pluricultural. En un mismo hábitat social conviven personas de credos, culturas, lenguas, razas y estilos de vida diversísimos.

Con todo se tiende a imponer modas o estilos de vida predominantes. Tenemos el peligro de que el individuo quede sumergido en un tipo de vida estandarizado y la existencia se diluya en una corriente dominante en la que todo parece estar pensado y organizado desde instancias superiores.

Ante la globalización hemos de salvaguardar la libertad del individuo, de la persona humana entendida como sujeto autónomo de decisiones, capaz de protagonizar su propia vida con una actitud crítica ante la coyuntura social presente y el patrimonio cultural heredado, capaz de discernir los valores y advertir las deficiencias morales.

Es preciso que cada hombre adopte una postura personal ante la coyuntura social y cultural en la que vive. Esto es precisamente el proyecto de vida personal. Es la determinación de los principales objetivos que se desean alcanzar en la vida, del estilo de vida y el modo de conseguir la propia realización personal.