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domingo, 15 de febrero de 2009

Sobre el sentido del dolor

Reproducimos en artículo de José Luis Martín Descalzo titulada “Reflexiones de un enfermo en torno al dolor". Fue publicado en “Alfa y Omega” el 11 de mayo de 1996

El dolor es un misterio. Hay que acercarse a él de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tenemos que acercarnos con delicadeza, como un cirujano ante una herida. Y con realismo, sin que bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad.

La primera consideración que yo haría es la de la «cantidad» de dolor que hay en el mundo. Después de tantos siglos de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Y en muchos aspectos la cantidad del dolor aumenta. Se preguntaba Péguy: ¿Creemos acaso que la Humanidad esta sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la Humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?

la montaña del dolor

Los medios de comunicación nos hacen comprender mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del siglo XIV conocía el dolor de sus doscientos o de sus diez mil convecinos, pero no tenía ni idea de lo que se sufría en la nación vecina o en otros continentes. Hoy, afortunada o desgraciadamente, nos han abierto los ojos y sabemos el número de muertos o asesinados que hubo ayer. Sabemos que 40 millones de personas mueren de hambre al año. Y hoy se lucha más que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Cuando hemos derrotado una enfermedad, aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el SIDA?) que toman el puesto de las derrotadas. En la España de hoy, y a esta misma hora, hay tres millones de españoles enfermos. Y diez millones pasan cada año por dolencias más o menos graves. Pero el resto de sus compatriotas (y de sus familiares) prefiere vivir como si estos enfermos no existieran. Se dedican a vivir sus vidas y piensan que ya se plantearán el problema cuando «les toque» a ellos.

Sabemos muy poco del dolor y menos aún de su porqué. ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate la víspera de su boda, dejando destruidos a los suyos? ¿Por qué sufren los niños inocentes? Nosotros, cristianos, debemos ser prudentes al responder a estas preguntas que destrozan el alma de media Humanidad. ¿Quién ignora que muchas crisis de fe se producen al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido?

Dar explicaciones a medias es contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: El sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Algunas respuestas pueden aclarar algo el problema y debemos usarlas, pero sabiendo siempre que nunca explicaremos el dolor de los inocentes.

teorías, no

Una de esas respuestas parciales podía ser la que afirma que dedicarse a combatir el dolor es más importante y urgente que dedicarse a hacer teorías y responder porqués. Hemos gastado más tiempo en preguntarnos por qué sufrimos que en combatir el sufrimiento. Por eso, ¡benditos los médicos, las enfermeras, cuantos se dedican a curar cuerpos o almas, cuantos luchan por disminuir el dolor en nuestro mundo!

El dolor es una herencia de todos los humanos, sin excepción. Un gran peligro del sufrimiento es que empieza convenciéndonos de que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo o los que más sufrimos. Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un dolor de muelas nos hace creemos la víctima número uno del mundo. Si en un telediario nos muestran miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos; si nos duele el dedo meñique gastamos un día en autocompadecemos. Tendríamos que empezar por el descubrimiento del dolor de los demás para medir y situar el nuestro.

Es la humilde aceptación de que el hombre, todo hombre, es un ser incompleto y mutilado. Es el descubrimiento de que se puede ser feliz a pesar del dolor, pero es imposible vivir toda una vida sin él. El mayor descubrimiento, el que más me ha tranquilizado como hombre ha sido precisamente este sano realismo. Tratar de no mitificar mi enfermedad, no volverme contra Dios y contra la vida, como si yo fuera una víctima excepcional. Desde el primer momento me planteé la obligación de pensar que «yo no era un enfermo», sino «un señor que tiene un problema» como «todos» tienen sus problemas.

Cuando vas conociendo a los hombres, descubres que «todos» son mutilados de algo. Así pensé que a mí me faltaban los riñones o me sobraba un cáncer, pero que a los demás o les faltaba un brazo, o no tenían trabajo, o tenían un amor no correspondido, o un hijo muerto. Todos. ¿Qué derecho tenía yo, entonces, a quejarme de mis carencias, como si fueran las únicas del mundo? Sentirme especialmente desgraciado me parecía ingenuo y, sobre todo, indigno.

demasiada retórica

La tercera gran respuesta es ver los aspectos positivos de la enfermedad. Quiero prevenir contra un gran error muy difundido entre personas de buena voluntad: la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo objetivamente bueno. Creo que se ha hecho, especialmente entre los cristianos, mucha retórica sobre la bondad del dolor, con la que se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose, con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos.

Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no fue hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó a combatir el dolor en los demás, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y lo asumió porque era la voluntad de su Padre. Y entonces acabó convirtiendo el dolor en redención. Es mejor no echarle almíbar piadoso al dolor. Pero hay que decir sin ningún rodeo que en la mano del hombre está conseguir que ese dolor sea ruina o parto. El hombre no puede impedir su dolor, pero puede conseguir que no lo aniquile, e incluso lograr que ese dolor lo levante en vilo.

En lo humano y mucho más en lo sobrenatural, el dolor puede llegar a ser uno de los grandes motores del hombre. Luis Rosales afirmaba que «los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir». El dolor es parte de nuestra condición humana; deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad. No hay hombre sin dolor. Y no es que Dios «tolere» los dolores, es, simplemente, que Dios respeta la condición temporal del hombre, lo mismo que respeta que un círculo no pueda ser cuadrado. Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.


vinagre, o vino generoso

El hombre tiene en sus manos esa opción de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso. Yo he comprobado aquella frase de León Bloy que aseguraba que en el corazón del hombre hay muchas cavidades que desconocemos hasta que viene el dolor a descubrírnoslas. Así puedo afirmar que el dolor es, probablemente, lo mejor que me ha dado la vida y que, siendo en sí una experiencia peligrosa, se ha convertido más en un acicate que en un freno.

Pase lo que pase, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo, tienes ya una disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean. Debes considerar la enfermedad como un handicap, como un «reto», como una nueva forma para testimoniar tu fe y realizar tu vida. Has de buscar todos los modos para sacar todo lo positivo que haya en la enfermedad y así rentabilizar más tu vida. Lo verdaderamente grave de la enfermedad es cuando ésta se alarga y se alarga. Un dolor corto, por intenso que sea, no es difícil de sobrellevar. Lo verdaderamente difícil es cuando ese camino de la cruz dura años, y peor aún si se vive con poca o ninguna esperanza de curación en lo humano.

Sólo la gracia de Dios ha podido mantenerme alegre en estos años. Y confieso haberla experimentado casi como una mano que me acariciase. Dios no me ha fallado en momento alguno. Yo llamaría milagro al hecho de que en casi todas las horas oscuras siempre llegaba una carta, una llamada telefónica, un encuentro casual en una calle, que me ayudaba a recuperar la calma. Confieso con gozo que nunca me sentí tan querido como en estos años. Y subrayo esto porque sé muy bien que muchos otros enfermos no han tenido ni tienen en esto la suerte que yo tengo.

La verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano comprensiva y amiga! Es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la que nos descubra que hay que quererse deprisa, precisamente porque tenemos poco tiempo, porque la vida es corta ¡Ojalá no tengáis nunca que arrepentiros del amor que no habéis dado y que perdisteis!

La enfermedad es una gran bendición: cuando te sacude ya no puedes seguirte engañando a ti mismo, ves con claridad quién eras, quién eres. Descubrí a su luz que en mi escala de valores real había un gran barullo y que no siempre coincidía con la escala que yo tenía en mis propósitos y deseos. ¡Cuántas veces el trabajo se montó por encima de la amistad! ¡Cuántos más espacios de mi tiempo dediqué al éxito profesional que a ver y charlar pausadamente con los míos! Aprendí también a aceptarme a mí mismo, a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría absolutamente nada, entendí incluso que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como nos dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía.

Entre estos descubrimientos estuvo el de los médicos, las enfermeras y los otros enfermos. Hasta hace algunos años apenas había tenido contactos con el mundo de los hospitales y tenía de sus habitantes ese barato concepto por el que, con tanta frecuencia acostumbramos a medir a los seres más por sus defectos que por sus virtudes. La enfermedad, al vivir horas y horas en los hospitales, me descubrió qué engañado estaba.

un abuso de confianza

La idea de que la enfermedad es «redentora» no es un tópico teológico, sino algo radicalmente verdadero. Dios espera de nosotros, no nuestro dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es uniéndonos apasionadamente a su Cruz y a su labor redentora. ¿Qué otras cosas tenemos, en definitiva, los hombres para aportar a su tarea?

Os confieso que jamás pido a Dios que me cure mi enfermedad. Me parecería un abuso de confianza; temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con él más íntimamente, más realmente. Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Cine y Antropología: Azul

El problema de la libertad

“Hablar del planteamiento político de los tres valores: libertad, igualdad y fraternidad, ya no tiene razón de ser. El mundo occidental es libre (...) Pero sí está planteado el problema de la libertad personal, el problema de saber hasta qué punto somos libres frente a nuestros odios y nuestros amores”
KRZYSZTOF KIESLOWSKI
 
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Tres colores: Azul
Krzysztof Kieslowski. (Francia, 1993)

El cineasta polaco Krzysztof Kieslowski (1941-1996) culminó su producción artística con la trilogía titulada Tres colores, basada en los colores de la bandera francesa (azul, blanco y rojo), símbolo de los valores de la Europa occidental (libertad, igualdad y fraternidad). Se ha dicho que con esta trilogía, y especialmente con Azul, el cine de autor ha llegado al gran público en Europa. Este autor polaco fue descubierto por la crítica en el Festival Internacional de Cannes de 1988 con “No matarás”, otra pieza de un conjunto más amplio como es en este caso el Decálogo. Esto nos sitúa ante uno de los aspectos más interesantes de la obra de este autor: cada obra singular se puede considerar como parte de un texto único, orgánico. El cine de Kieslowski, desde el Decálogo en adelante, ha cuestionado siempre el concepto de “duración” del film. Cada film se inserta en la relación con otras películas, con otros personajes, con otras historias. Kieslowski nunca concluye una historia, la pone siempre en relación con otras historias, mostrando la importancia de las infinitas ligaduras. Este planteamiento llega a su culminación con Tres colores, donde todas las historias parecen confluir en un mismo punto, como se verá, al final en Rojo.

Como en el resto de sus películas nos encontramos aquí con una reflexión sobre los valores que han contribuido a construir Europa. La visión de Kieslowski, muy próxima al existencialismo, tiene luces y sombras, pero no se le puede negar una afirmación de fondo esperanzadora: el individualismo puede ser superado, la solidaridad es posible; en definitiva, la afirmación de que en esta sociedad cabe la esperanza de "no estar solos en el mundo". En la trilogía lo que permite a los hombres hacer frente al conflicto entre el individuo y el mundo, lo que permite superar la coraza del individualismo es la fuerza irrefrenable del amor.

SINOPSIS DE “AZUL”:

En un accidente, Julie pierde a su marido, famoso compositor, y a su única hija. Tras el inicial abatimiento, intentará cortar con el pasado: trata de empezar de nuevo de otro modo y en otro lugar, pero le será difícil olvidar la vida que dejó atrás. Con notable generosidad atiende a las necesidades de sus criados y de su madre. Los acontecimientos le llevan a descubrir que va a nacer un hijo natural de su marido, y dispone todo como para el heredero... Y, contra su inicial deseo, continúa una inacabada partitura de su marido, infiel y mentiroso, quizá menos autor que ella de su música... se trata de un "Concierto para la unificación europea" cuya parte coral recoge el texto, en versión griega, del himno a la caridad de San Pablo (capítulo 13 de la 1ª carta a los Corintios), donde se afirma que el amor (la caridad) sobrevivirá al tiempo: "Si no tengo caridad, no soy nada (...) La caridad nunca acaba. Las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada".


La libertad como problema

En Azul Kieslowski nos invita a reflexionar sobre la libertad. No sobre la libertad en abstracto, sino sobre la libertad individual de las personas concretas. Julie (Juliette Binoche), la protagonista, es una mujer que, debido al tremendo golpe emocional que ha supuesto la muerte en accidente de su marido y su hija, decide cortar con todas las ataduras afectivas del su vida pasada, ya que el amor no es para ella más que un motivo de sufrimiento. Es una mujer que quiere “liberarse” de toda atadura, de todo compromiso, que intenta recomenzar su vida desde ese punto de partida, y para ello vende la casa y se traslada a un apartamento en un barrio donde nadie la conozca. Lo que realmente busca es una libertad personal que se plantea en conflicto con los lazos afectivos.
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Kieslowski, quizá influido por su confesada afinidad con el existencialismo, nos presenta una libertad problemática, en conflicto con el amor: “Decimos constantemente que queremos ser libres, – afirmará en una entrevista – pero casi todo lo que hacemos conduce a la negación de nuestra propia libertad: cada cosa que compramos nos somete a nuevas servidumbres, nos libera de una esclavitud y nos mete en otra. Lo paradójico es que la libertad es un concepto contradictorio con la naturaleza humana (...) el amor entra en contradicción con la libertad. Cuando uno ama se hace dependiente y empieza a perder una parte de su libertad”.


Contexto filosófico

No es raro entre los pensadores contemporáneos presentar un concepto problemático de la libertad. Y esto cuando no es negada abiertamente. No vamos a extendernos aquí sobre este punto. Baste con recordar que para Spinoza, como para los marxistas posteriormente, la libertad es “tomar conciencia de la necesidad”. En los voluntaristas la libertad está mermada. El parecer de Schopenhauer respecto de ella es reductivo si no negador de la misma. Sostiene que todo hombre depende de una voluntad única y ciega de la que no podemos saber nada porque es arbitraria y al margen del conocimiento. Nietzsche tampoco admite la libertad, porque acepta el destino, el eterno retorno. Ser libre para él es aceptar que todo lo que sucede es necesario, con la necesidad del eterno retorno.

Otros autores no niegan que podamos conocer la libertad; de hecho nos sabemos libres, dicen, pero para ellos -es el caso de los existencialistas-, la libertad es un absurdo, un sin sentido. Niegan por tanto el sentido de la libertad. Estamos “condenados a ser libres”, -añadirá Jean Paul Sartre-, a realizar acciones que van fraguando nuestra esencia, porque de entrada existimos pero no tenemos esencia alguna. La libertad, es pues un peso, una condena. Pensar en ella produce angustia. Nuestra existencia, por tanto, es absurda.
Desde la teología el mayor ataque moderno a la libertad proviene de Lutero y el protestantismo, porque, según él, la libertad humana es enteramente corrupta y sólo se dirige al mal. Queda pues instaurada una concepción negativa de la libertad, entendida sólo como “liberación” de fuerzas o condicionamientos opresores. Desde la teología contemporánea el descrédito de la libertad lo protagoniza la llamada Teología de la Liberación, porque no entiende la libertad en sentido positivo, como “libertad para”, sino en sentido negativo, como “libertad de”. La pérdida de sentido positivo en la concepción de la libertad humana en estos movimientos teológicos es llamativa.


Libertad para amar

Tratemos de analizar el concepto de libertad que nos propone Azul con sus aciertos y también sus carencias. Julie ha perdido a sus seres más queridos, y esa pérdida la sitúa en un estado de hipotética libertad. Pero poco a poco descubre que es una libertad sin sentido a la vez que irá descubriendo la importancia del amor. En realidad es el amor lo que da sentido a cada vida personal. Tocamos aquí el nervio filosófico de la cuestión: el hombre por esencia es un ser necesitado de sentido. El problema de la libertad es, en Kieslowski el problema de una libertad sin sentido.
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Una vez conseguida esa “libertad”, la protagonista se percata de que una libertad sin amor no es nada, como dice el himno a la caridad de San Pablo (1 Cor 13), cantado al final de la película. Pero no esperemos de Kieslowski un discurso cerrado, con unas conclusiones acabadas. Su obra pretende más bien proponer interrogantes al espectador, o compartirlos, más que dar soluciones: “Lo que verdaderamente me interesa – llega a afirmar – es crear un contacto con el espectador, con cada espectador singular, un contacto por medio del cual cada individuo sienta que sus propias dudas, sus propios miedos, sus propios interrogantes son compartidos”. Parece que existe una contradicción entre la libertad y el amor, pero quizá seamos nosotros, los espectadores, quienes hemos de resolverla.

Aparece claro en el film que el amor es necesario para poder vivir, pero ese amor es consecuencia de la libertad. Digamos que hay una “libertad primera” que nos lleva a elegir y una “libertad segunda” que nos lleva a comprometernos con lo elegido, es decir, a amar lo elegido. Azul nos muestra claramente que es imposible vivir sin compromisos. Julie lo intenta y fracasa, pretende romper con todo (intento de suicidio, recuerdos de su marido, etc.) pero siempre queda algo (la música que componía con su marido viene a su memoria una otra vez, en un magistral recurso de Kieslowski). Es imposible vivir sin que nada importe, al final siempre nos quedamos con algo. En el caso de la protagonista está esa lámpara azul de la que no quiere desprenderse... y la música, que no la abandona, por más que ella quiera deshacerse de las partituras.

Por otro lado, está claro que son actos libres los que le permitirán ir reconstruyendo su vida. Consciente de que no puede liberarse plenamente del pasado (“libertad de”), va tomando, casi sin darse cuenta, decisiones (“libertad para”) que le permiten establecer encuentros y compromisos amorosos con el pasado y con nuevas relaciones: relación con Olivier, que siempre estuvo enamorado de ella, con la amante de su marido, que espera un hijo del compositor fallecido, etc.


Itinerario espiritual

En Azul domina la perspectiva psicológica. Kieslowski nos introduce en el mundo interior de los personajes, no le interesa tanto la libertad exterior o política (lo que me es permitido hacer) como la interna, esa que emana del núcleo personal irreductible. En este sentido acompañamos a Julie en su peculiar viaje interior desde ese estado oscuro y angustioso en el que se encuentra tras el accidente hasta encontrar el camino que le conduce a la plenitud y al amor. Es, sin duda un itinerario doloroso, un calvario que Julie recorre doliente y desconcertada al principio, confiada y segura después. Poco a poco va superando temores y angustias a la vez que su carácter se va fortaleciendo, asumiendo el reto de una nueva vida, que será creativa y fecunda en la medida en que asume también su pasado.

Pero, sobre todo, lo que vemos es la valentía y la generosidad de una mujer que es capaz de rectificar. Vemos un ascenso desde los infiernos para aprender el verdadero significado de la libertad. Libremente –con una libertad superior y creativa– perdona a la amante de su marido y se muestra espléndidamente generosa con ella. Libremente asume la tarea de terminar el inacabado “Concierto para la unificación europea”. Libremente, aunque de un modo tan natural que parece lo más normal, como si no pudiera actuar de otra manera. Misteriosa “solidaridad” la que liga libertad y necesidad: “¡no puedo hacer otra cosa!” es a la vez el lamento del esclavo y el gozoso postulado del amante.

Esto nos conduce inevitablemente a preguntarnos por el concepto de libertad que triunfa en Europa. La “idea europea de libertad” como diría Hegel es una libertad entendida fundamentalmente como autonomía. Pero la autonomía, en las personas, puede entenderse en clave de independencia o en clave de autoposesión, en un sentido negativo (“libertad de”) o en un sentido positivo: “libertad para” coger las riendas de mi vida y conducirla hacia algo que valga la pena. Sería de desear que todos sepamos trascender la primera fase de la libertad, como hace la protagonista de este film, y miremos más allá de la libertad misma: hacia lo que esa libertad apunta.

La libertad interesa porque hay algo más allá de la libertad misma que la supera y marca su sentido: el bien, todo aquello que, por ser bueno, merece la pena que nos comprometamos. Así, entendemos que la libertad de una persona se mide por la calidad de sus vínculos: es más libre quien dispone de sí mismo de una manera más intensa. Quien no se siente tan dueño de sí mismo como para decidir darse del todo porque le da la gana, en el fondo no es muy libre: está encadenado a lo pasajero, a lo trivial, al instante presente. Libertad y compromiso no se oponen, sino que se potencian.