La actitud contemporánea ante la imagen del cuerpo humano pone de manifiesto una curiosa paradoja: en el mundo real estamos obsesionados por la búsqueda del cuerpo 10, el pánico a lo imperfecto, la eterna juventud, la belleza corporal, aunque sea al precio de la cirugía estética; mientras, en el mundo del arte se compite para ver quién muestra el cuerpo humano de forma más degradada o repulsiva. María Molina es Directora de la Galería ArteVeintiuno. Nos lo cuenta en Aceprensa – (24-10-09)
Uno se pregunta por qué buena parte del arte contemporáneo da una visión tan degradada del cuerpo humano, con un posicionamiento “maldito” anti-yo, en contraste con la obsesión social por la búsqueda de la perfección corporal. Si al ver el arte de otras épocas creemos detectar cuál era el ideal de belleza corporal del momento, en el caso actual resultaría totalmente equívoco. Calvo Serraller, en Los géneros de la pintura, advierte que la concepción del desnudo en el arte contemporáneo refleja sobre todo “la idea de la imperfección, de la antielección, el antiideal”, la vida como es.
Un icono como el recién fallecido Michael Jackson nos mostró su mejor música, francamente genial, y su aspecto físico transformado, una renuncia a su color de piel y a sus rasgos de raza, en búsqueda de una perfección corporal imaginada en el País de Neverland.
Un género artístico polémico
Nuestro amor por la belleza, según el crítico Kennedy Fraser, “tiene algo de desesperado, heroico, humano”. Amamos nuestra imagen y la reflejamos en el arte. Aceptada la perfección y la belleza de la forma humana, los artistas se apoderan de ella para describirla y explicarla.
Existe la creencia de que el cuerpo humano desnudo es en sí un objeto en el que la vista se detiene con agrado y que nos complace ver representado. Desde la época clásica el cuerpo humano ha constituido una materia prima que ha suscitado el interés de todas las disciplinas –pintura, escultura y hoy también fotografía–, pero las trabas para representarlo han sido innumerables. El desnudo tal vez sea el género más polémico de la Historia del Arte.
El crítico Kenneth Clark afirma: “un desnudo es una forma de arte inventada por los griegos en el siglo V (a.C.), del mismo modo que la ópera es una forma de arte inventada en Italia en el siglo XVII. El desnudo no es un tema de Arte sino una forma de Arte” (El desnudo, Alianza, Madrid, 2002, p.34).
Tanto por las constantes prohibiciones como por la atracción que ejercen los cuerpos desnudos, resulta un tema artístico sumamente interesante. En la segunda década del siglo XX, cuando las costumbres se vuelven aparentemente más naturales y la mentalidad más abierta, la fotografía se beneficia de los influjos de ese cambio postulándose como un género artístico autónomo. Se abren así nuevas vías de experimentación creativa en las que el desnudo se desliga de la censura moral y de la clandestinidad, hasta llegar en los últimos años a una situación de normalidad.
Tan normal que incluso se ha llegado a utilizar cadáveres como materia prima artística. La exposición itinerante “Body World” ha sido visitada por más de 20 millones de personas. Su creador, Gunther von Hagen, ha plastificado cadáveres, mostrándolos articulados en posturas jocosas, toda una manifestación de cómo la muerte imita el arte que imita la vida. Un epígono del propósito de las vanguardias llevado al extremo. Algunos de los cadáveres usados son presuntamente de ejecutados en China.
Francis Bacon: El cuerpo carne
El desnudo, y la representación del cuerpo en general en el arte contemporáneo, muestra más bien un desprecio por la belleza corporal, una recreación en la representación más sórdida.
Este tratamiento del cuerpo humano refleja en algunos artistas contemporáneos una actitud cultural acerca de su condición, que fundamentalmente está impregnada de perversión y autodestrucción, y que excluye la dignidad que cada cuerpo humano tiene, por ser un cuerpo personal. Así ocurre en la obra de un artista tan representativo como Francis Bacon (1909-1992). Los ejes del trabajo pictórico de Bacon son, por un lado y como postura vital e intelectual, la consideración del cuerpo humano como mera carne comestible, la representación de una cruda sexualidad sin precedentes, la pintura al servicio de la violencia expresiva, la energía irreflexiva, su visión de lo aberrante. Y por otro lado, la manifestación de los absurdos, las indignidades, el aislamiento y el patetismo de la existencia humana a través de su obra.
Es en la década de 1940 cuando por primera vez aparece en el arte de Francis Bacon una actitud filosófica hacia la naturaleza humana, reflejo de su convicción de que, sin Dios, el ser humano está sujeto a las mismas pulsiones naturales de violencia, lascivia y miedo que cualquier otro animal. La representación bestial de la figura humana se combinaba con alusiones concretas a la historia reciente, y en particular a los sucesos devastadores de la Segunda Guerra Mundial. Bacon, que se inspiraba a menudo en reproducciones, reunió una extensa colección de libros, catálogos y revistas, y estudió reiteradamente algunas imágenes clave para profundizar más allá de la apariencia superficial que captaba la fotografía.
La fragilidad de la figura humana
Entre los motivos tempranos que perdurarían a lo largo de toda su pintura están el desnudo masculino, revelador de la fragilidad de la figura humana, y el grito que expresa angustias reprimidas y violentas. Estas obras se cuentan entre las primeras donde quiso equilibrar la penetración psicológica con la materialidad de la carne y del pigmento.
En la producción de Bacon a mediados de los años cincuenta se adivina una sensación de temor que impregna la brutalidad de la vida cotidiana. No es un mero resultado de las zozobras de la Guerra Fría; parece reflejar una conciencia de amenaza a nivel personal, fruto de su caótica relación con Peter Lacy, un hombre proclive a la borrachera violenta, y las presiones externas que engendraba la consideración de la homosexualidad como delito en el Reino Unido.
Bacon hizo pinturas relacionadas con la Crucifixión en momentos cruciales de su carrera, y ésa es la razón de que esas obras clave aparecieran reunidas en la exposición que estuvo recientemente en el Museo del Prado y en el Metropolitan Museum of Art. Él mismo era consciente de la paradoja de que un ateo elija un tema cargado de significado cristiano, pero afirmaba que para él, “como no creyente, era sólo un acto de comportamiento del hombre”. Aquí los instintos de brutalidad y miedo se combinan con una profunda fascinación por el ritual del sacrificio.
Esos seres monstruosos suplantan a los santos tradicionales, y más tarde Bacon los relacionó con las Euménides, las Furias vengadoras de la mitología griega. Al retomar el asunto en los años sesenta, especialmente en 1962 como colofón de su primera exposición en la Tate, utilizó referencias al Crucifijo de Cimabue (1272-1274) para introducir una visión más explícitamente violenta. Después de acabar el tercer tríptico en 1965 se limitaría a decir: “Efectivamente, somos carne comestible, somos canales en potencia”.
Distorsionar la apariencia
En la década de 1960 la mayor parte del trabajo de Bacon se volcó en retratos y pinturas de sus amigos íntimos. Esas obras giran en torno a dos preocupaciones básicas: la representación de la condición humana y el empeño de reinventar el retrato. Su sistema era distorsionar la apariencia para alcanzar una verdad del modelo más profunda, pero también se podría decir que cada uno de sus modelos encarna un determinado papel.
Esa cruda sexualidad sin precedentes refuerza la idea de Bacon del cuerpo humano como mera carne comestible. Bacon retrata a George Dyer, su amante y su modelo más frecuente, como un hombre frágil y patético. Un ejemplo obvio es su primera aparición en la pintura de Bacon, “Tres figuras en una habitación”, donde encarna los absurdos, las indignidades y el patetismo de la existencia humana.
Dyer se suicidó el 24 de octubre de 1971, dos días antes de la apertura de una magna exposición de Bacon en el Grand Palais de París. Movido por la pérdida y el sentimiento de culpa, el pintor hizo muchas obras en memoria de Dyer. Una de ellas es el Tríptico 1971 que, a juicio del profesor Jan Thompson, es “un comentario perturbador sobre la sexualidad humana, en gran medida sobre el deseo homosexual que, en palabras de Bacon, ‘recorre el camino que va de la lujuria al odio por uno mismo’” (Cómo leer la pintura moderna, Electa, 2006, p. 326).
En estas obras la aplicación densa y enérgica de la pintura se limita a las figuras; los vanos oscuros evocan conscientemente el abismo de la mortalidad, una preocupación recurrente en la última etapa del pintor.
Lucian Freud: excesos e imperfecciones
Lucian Freud, pintor inglés de origen alemán, es otra figura del arte contemporáneo conocida por su extraordinaria maestría en la representación de las figuras humanas, en obras precisas y realistas. Nieto de Sigmund Freud, nació en Berlín el 8 de diciembre de 1922 y emigró a Inglaterra con su familia en 1933. Entre 1938 y 1943 estudió arte en Londres y en Dedham. Alcanzó fama internacional durante la década de 1950 y desde ese año se han llevado a cabo numerosas exposiciones de su obra por todo el mundo.
Aunque en su primera etapa experimentó dentro del surrealismo y el neorromanticismo, encontró su estilo personal en obras de un realismo muy detallado como, por ejemplo, en el sombrío cuadro “Interior en Paddington” (1951). Entre sus últimas pinturas, caracterizadas por una pincelada más expresiva y un mayor contraste de color, destacan una serie de retratos de su madre de gran penetración psicológica. Freud es uno de las artistas más representativos de su generación, y ha desempeñado un papel vital en la continuación de la tradición figurativa en la pintura británica del siglo XX.
Carne: de eso está hecha básicamente la retrospectiva del pintor Lucian Freud organizada por la Tate Britain de Londres en 2001 y las obras que se exponen actualmente en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Cuerpos humanos desparramados, entregados sin vergüenza al ojo y al pincel de un artista que, lejos de temerle a las varices o los kilos de más, ama los excesos y las imperfecciones y es capaz de convertirlos en perturbadoras obras de arte.
Las obras de Freud están hechas de abismos y tensiones, de melancolia y desamparo, de ternura y comprensión. Tienen sabor a crudeza y decadencia y al mismo tiempo hay en ellas una humanidad desbordante y conmovedora. Él mismo lo dijo en alguna de las pocas entrevistas que ha concedido en sus seis décadas de carrera: “Todo es autobiográfico y todo es un retrato, incluso si se trata de una silla”.
Retratos sin pudor
En las obras de Lucian Freud no hay vanidad, pero sí una extraña belleza. Para algunos sus descarnadas figuras son una muestra de crueldad. Él se defiende a su manera: “Yo pinto a la gente no como es, sino como la veo”. Posar para él parece algo natural. Al hacerlo la gente se olvida del pudor y simple y llanamente pone a su disposición todo lo que tiene. Con ropa o sin ella, siempre ha pintado a quienes le son cercanos, sus padres, sus mujeres, sus hijos, sus amigos del Soho y el East End londinenses, otros artistas.
Es una opción con fundamento: “No uso modelos profesionales porque están tan acostumbrados a ser mirados que les ha crecido otra piel y cuando se quitan la ropa no quedan desnudos: su piel se ha convertido en otra forma de vestido”, dice. También se expone a sí mismo sin miramientos. Como Rembrandt, Freud se ha autorretratado con obsesión a lo largo de su vida. En 1993, cuando entraba en sus 70 pintó su propia desnudez encorvada, parada sobre unos zapatones roñosos, hecha de decadencia, dignidad y un poco de locura.
La serie de retratos de su madre, Lucie, como musa silenciosa, son especialmente interesantes. Tras la profunda depresión en la que ella cayó al morir su esposo, el arquitecto Ernst Freud, en abril de 1970, la convirtió en modelo. Aparece cubierta con vestidos bordados con sutileza, siempre en actitud silenciosa, casi siempre recostada, a punto de dormirse... O de morir. A fin de no perderla de vista, su hijo comenzó a pintarla, transformándola en su musa particular, la protagonista de unos trabajos llenos de comprensión, dolor, apoyo y vigilancia.
También son especialmente atractivos los desnudos del desafiante Leigh Bowery, un enorme australiano que durante los 90 se ganó el título del rey de la noche bohemia y borracha de la capital inglesa y que durante cinco años fue una especie de modelo crónico de Freud. O la “Gran Sue”, 45 años, y más de 140 kilos que trabaja en un centro de empleo temporal en Londres, y que ha posado para Freud varias veces, mostrándole toda su grandeza.
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miércoles, 4 de noviembre de 2009
La imperfección, al desnudo
miércoles, 21 de octubre de 2009
Benedicto XVI en la República Checa
La idea de que la búsqueda de la verdad hace posible un consenso sobre los valores comunes ha estado en el centro de las palabras de Benedicto XVI durante su visita a la República Checa. En un país con pocos creyentes, el Papa ha expuesto un mensaje de ideales anclados en la verdad y presentados de un modo positivo. Aceprensa (30 Septiembre 2009).
Brno. Cuándo llegó la noticia de que el Papa Benedicto XVI visitaría la República Checa, las reacciones más comunes, dependiendo de la importancia que la gente daba a la figura del Papa y, por supuesto, de la extensión de su fe, eran curiosidad y esperanza. Y fue la segunda reacción la que constituyó uno de los principales mensajes de su visita.
El Papa tuvo poco tiempo y muchas cosas a hacer. Pero encontró tiempo para todos. Desde el aeropuerto de Ruzyne fue a la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria. Aquí se reunió con las familias y los niños, junto a la milagrosa imagen del Niño Jesús de Praga, al que regaló una corona de oro. En ese trayecto a la barroca iglesia praguense fue escoltado por miles de personas. Entre los extranjeros destacaban sobre todo los omnipresentes polacos y eslovacos. Las pequeñas calles de la vieja ciudad estaban llenas de banderas, pañuelos, carteles e imágenes del Papa, la Virgen y el Niño Jesús de Praga. Enfrente del templo los alcaldes de todos los distritos de la capital saludaron al Papa y le entregaron las llaves de la ciudad.
Más interés del que se esperaba
Después del discurso dentro de la iglesia y un tiempo de oración, el Papa se encontró de nuevo con una gran muchedumbre, que le aguardaba impaciente fuera. Le demostraban de tal manera su cariño que Benedicto XVI, en vez de subir al ”papamóvil”, comenzó a saludar a la gente. Tras emprender la marcha, los simpatizantes y turistas le escoltaron durante todo el recorrido hasta el puente de la Legión. Cuando llegó a la Nunciatura, pocos minutos después, por fin pudo descansar un poco.
Así fueron todos los encuentros y todo su programa. Daba igual si tenía una cita con autoridades eclesiásticas, elite política, representantes intelectuales o jóvenes. En cada momento fue recibido con exquisito respeto y afecto. En el encuentro con los académicos en la Sala Vladislao del Castillo de Praga, el aplauso después de su discurso duró varios minutos. Los asistentes mostraban así su sintonía con las palabras del Papa, quién habló de la importancia de la verdad, la educación, y las tareas y obligaciones del mundo académico.
La verdad vence
Después de su visita al Niño de Praga, Benedicto XVI tuvo un breve encuentro privado con el presidente Klaus y su familia, y luego otro oficial con las autoridades políticas del país. Aquí habló sobre todo de la verdad, de su importancia y necesidad, que nunca será conseguida sólo con intereses particulares. Y es que la verdad posibilita el consenso y un diálogo lógico y claro, y facilita la unión a la cual no se puede llegar con medios oscuros.
El Papa comentó que la historia muestra que una verdad manipulada puede ser la base de ideologías peligrosas e injusticias. Tomó las palabras “Veritas vincit” de la bandera presidencial, con las que instó a luchar contra el relativismo y a tener fe en el espíritu del hombre y en su capacidad de buscar la verdad.
Invitación a la esperanza
El Papa celebró dos misas multitudinarias durante su visita. Una en el aeropuerto de Tuřany, cerca de Brno, y la otra en Stará Boleslav, una pequeña ciudad al norte de Praga, que tiene una importancia histórica porque allí fue asesinado San Wenceslao, el patrono de la República checa.
La multitud que acudió a la misa en Tuřany superó las expectativas. Muchos llegaron la noche anterior y durmieron en el sitio. Los primeros peregrinos empezaron a llegar a las cuatro de la mañana. Al comienzo de a misa, estaban presentes unas ciento cincuenta mil personas. Cuando llegó el avión del Papa, y Benedicto XVI apareció en las puertas, los aplausos, cantos y gritos no pararon. Pero todo esto acabó cuando el Papa subió al podio, después de dar una vuelta en “papamóvil” en medio del gentío, y el moderador anunció que el Papa pide que todos se concentren durante la misa y no griten, aplaudan ni ondeen sus banderitas. Todos se tranquilizaron. La misa duró dos horas y acabó con el Ángelus.
La segunda misa, la de Stará Boleslav, también superó las expectativas. Vinieron cincuenta mil personas y dado que el encuentro estaba destinado a los jóvenes, la edad media era bastante baja. Al igual que el día anterior, muchos estaban ya presentes desde la noche. Por la mañana hubo un programa consistente en canciones, teatro, discursos y proyecciones, sobre todo del Papa y su vida. Cuando apareció en el “papamóvil”, las reacciones fueron las mismas que en Tuřany, pero aún más intensas.
Las homilías en Tuřany y Stará Boleslav tuvieron el mismo lema, que fue la esperanza. El Papa habló de la necesidad que sienten las personas de contar con una sólida base en cual fundar su futuro. En la situación actual del mundo parece que la fe en Dios ha sido sustituida por la fe y la esperanza en la ciencia y progreso económico. Sin embargo, los medios técnicos son buenos pero ambiguos, y la única esperanza segura es Cristo.
La homilía en Stará Boleslav tenía la misma base, pero fue completada con una llamada a los jóvenes para no dejarse atrapar por una sociedad consumista, y para entregarse a Dios. El Papa instó a los jóvenes a no tener miedo a aceptar la voluntad de Dios, sobre todo si sienten la vocación sacerdotal o religiosa. El Papa invitó a la juventud a seguir a Cristo y no tener miedo de ir a contracorriente. Las palabras tuvieron un gran impacto. Hasta el punto de que los jóvenes, con todos los asistentes de la misa, empezaron a aplaudir.
Abiertos a la belleza
En su despedida el Papa expresó su agradecimiento, de un modo especial al presidente Klaus, quien le ha seguido en todos sus desplazamientos, y que recibió la felicitación papal el día de su santo. También agradeció el esfuerzo de los organizadores por hacer su visita agradable; mencionó expresamente al cardenal Miloslav Vlk, al arzobispo Jan Graubner y al obispo Vaclav Malý.
En el epílogo del viaje también aludió a una frase de Franz Kafka: “Quien conserva la capacidad de ver la belleza, nunca envejecerá”. Esto le sirvió para decir que, si nuestros ojos permanecen abiertos a la belleza de la creación de Dios y nuestras mentes a la belleza de su verdad, podemos esperar permanecer jóvenes y tratar de construir un mundo que refleje algo de la belleza divina y así inspirar a las generaciones futuras.
El Papa ha contagiado entusiasmo a los cristianos, y ha obtenido comentarios muy positivos en muchos medios de comunicación. Benedicto XVI se ganó el afecto no sólo con sus palabras, sino también con detalles que han impactado mucho. Casi siempre ha empezado y concluido sus discursos con palabras en checo. Ha demostrado un profundo conocimiento de la historia checa, la de la iglesia y la secular también. Pero sobre todo se ha hecho patente, como comentó el jefe de Estado, que el Papa entiende a la gente de la República checa. Que su visita no era una mera visita de cortesía o formal. Se ha presentado como un verdadero padre y pastor y eso resultó llamativo.
Un buen resumen ha sido el ofrecido por el presidente del país en su mensaje al despedirse de Benedicto XVI: “Su fe fuerte, su audacia para expresar opiniones que no son políticamente correctas y que no se aplauden, su firme compromiso con las ideas y principios básicos que sustentan nuestra civilización y el cristianismo en sí, es nuestro ejemplo y estímulo”.
Brno. Cuándo llegó la noticia de que el Papa Benedicto XVI visitaría la República Checa, las reacciones más comunes, dependiendo de la importancia que la gente daba a la figura del Papa y, por supuesto, de la extensión de su fe, eran curiosidad y esperanza. Y fue la segunda reacción la que constituyó uno de los principales mensajes de su visita.
El Papa tuvo poco tiempo y muchas cosas a hacer. Pero encontró tiempo para todos. Desde el aeropuerto de Ruzyne fue a la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria. Aquí se reunió con las familias y los niños, junto a la milagrosa imagen del Niño Jesús de Praga, al que regaló una corona de oro. En ese trayecto a la barroca iglesia praguense fue escoltado por miles de personas. Entre los extranjeros destacaban sobre todo los omnipresentes polacos y eslovacos. Las pequeñas calles de la vieja ciudad estaban llenas de banderas, pañuelos, carteles e imágenes del Papa, la Virgen y el Niño Jesús de Praga. Enfrente del templo los alcaldes de todos los distritos de la capital saludaron al Papa y le entregaron las llaves de la ciudad.
Más interés del que se esperaba
Después del discurso dentro de la iglesia y un tiempo de oración, el Papa se encontró de nuevo con una gran muchedumbre, que le aguardaba impaciente fuera. Le demostraban de tal manera su cariño que Benedicto XVI, en vez de subir al ”papamóvil”, comenzó a saludar a la gente. Tras emprender la marcha, los simpatizantes y turistas le escoltaron durante todo el recorrido hasta el puente de la Legión. Cuando llegó a la Nunciatura, pocos minutos después, por fin pudo descansar un poco.
Así fueron todos los encuentros y todo su programa. Daba igual si tenía una cita con autoridades eclesiásticas, elite política, representantes intelectuales o jóvenes. En cada momento fue recibido con exquisito respeto y afecto. En el encuentro con los académicos en la Sala Vladislao del Castillo de Praga, el aplauso después de su discurso duró varios minutos. Los asistentes mostraban así su sintonía con las palabras del Papa, quién habló de la importancia de la verdad, la educación, y las tareas y obligaciones del mundo académico.
La verdad vence
Después de su visita al Niño de Praga, Benedicto XVI tuvo un breve encuentro privado con el presidente Klaus y su familia, y luego otro oficial con las autoridades políticas del país. Aquí habló sobre todo de la verdad, de su importancia y necesidad, que nunca será conseguida sólo con intereses particulares. Y es que la verdad posibilita el consenso y un diálogo lógico y claro, y facilita la unión a la cual no se puede llegar con medios oscuros.
El Papa comentó que la historia muestra que una verdad manipulada puede ser la base de ideologías peligrosas e injusticias. Tomó las palabras “Veritas vincit” de la bandera presidencial, con las que instó a luchar contra el relativismo y a tener fe en el espíritu del hombre y en su capacidad de buscar la verdad.
Invitación a la esperanza
El Papa celebró dos misas multitudinarias durante su visita. Una en el aeropuerto de Tuřany, cerca de Brno, y la otra en Stará Boleslav, una pequeña ciudad al norte de Praga, que tiene una importancia histórica porque allí fue asesinado San Wenceslao, el patrono de la República checa.
La multitud que acudió a la misa en Tuřany superó las expectativas. Muchos llegaron la noche anterior y durmieron en el sitio. Los primeros peregrinos empezaron a llegar a las cuatro de la mañana. Al comienzo de a misa, estaban presentes unas ciento cincuenta mil personas. Cuando llegó el avión del Papa, y Benedicto XVI apareció en las puertas, los aplausos, cantos y gritos no pararon. Pero todo esto acabó cuando el Papa subió al podio, después de dar una vuelta en “papamóvil” en medio del gentío, y el moderador anunció que el Papa pide que todos se concentren durante la misa y no griten, aplaudan ni ondeen sus banderitas. Todos se tranquilizaron. La misa duró dos horas y acabó con el Ángelus.
La segunda misa, la de Stará Boleslav, también superó las expectativas. Vinieron cincuenta mil personas y dado que el encuentro estaba destinado a los jóvenes, la edad media era bastante baja. Al igual que el día anterior, muchos estaban ya presentes desde la noche. Por la mañana hubo un programa consistente en canciones, teatro, discursos y proyecciones, sobre todo del Papa y su vida. Cuando apareció en el “papamóvil”, las reacciones fueron las mismas que en Tuřany, pero aún más intensas.
Las homilías en Tuřany y Stará Boleslav tuvieron el mismo lema, que fue la esperanza. El Papa habló de la necesidad que sienten las personas de contar con una sólida base en cual fundar su futuro. En la situación actual del mundo parece que la fe en Dios ha sido sustituida por la fe y la esperanza en la ciencia y progreso económico. Sin embargo, los medios técnicos son buenos pero ambiguos, y la única esperanza segura es Cristo.
La homilía en Stará Boleslav tenía la misma base, pero fue completada con una llamada a los jóvenes para no dejarse atrapar por una sociedad consumista, y para entregarse a Dios. El Papa instó a los jóvenes a no tener miedo a aceptar la voluntad de Dios, sobre todo si sienten la vocación sacerdotal o religiosa. El Papa invitó a la juventud a seguir a Cristo y no tener miedo de ir a contracorriente. Las palabras tuvieron un gran impacto. Hasta el punto de que los jóvenes, con todos los asistentes de la misa, empezaron a aplaudir.
Abiertos a la belleza
En su despedida el Papa expresó su agradecimiento, de un modo especial al presidente Klaus, quien le ha seguido en todos sus desplazamientos, y que recibió la felicitación papal el día de su santo. También agradeció el esfuerzo de los organizadores por hacer su visita agradable; mencionó expresamente al cardenal Miloslav Vlk, al arzobispo Jan Graubner y al obispo Vaclav Malý.
En el epílogo del viaje también aludió a una frase de Franz Kafka: “Quien conserva la capacidad de ver la belleza, nunca envejecerá”. Esto le sirvió para decir que, si nuestros ojos permanecen abiertos a la belleza de la creación de Dios y nuestras mentes a la belleza de su verdad, podemos esperar permanecer jóvenes y tratar de construir un mundo que refleje algo de la belleza divina y así inspirar a las generaciones futuras.
El Papa ha contagiado entusiasmo a los cristianos, y ha obtenido comentarios muy positivos en muchos medios de comunicación. Benedicto XVI se ganó el afecto no sólo con sus palabras, sino también con detalles que han impactado mucho. Casi siempre ha empezado y concluido sus discursos con palabras en checo. Ha demostrado un profundo conocimiento de la historia checa, la de la iglesia y la secular también. Pero sobre todo se ha hecho patente, como comentó el jefe de Estado, que el Papa entiende a la gente de la República checa. Que su visita no era una mera visita de cortesía o formal. Se ha presentado como un verdadero padre y pastor y eso resultó llamativo.
Un buen resumen ha sido el ofrecido por el presidente del país en su mensaje al despedirse de Benedicto XVI: “Su fe fuerte, su audacia para expresar opiniones que no son políticamente correctas y que no se aplauden, su firme compromiso con las ideas y principios básicos que sustentan nuestra civilización y el cristianismo en sí, es nuestro ejemplo y estímulo”.
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martes, 20 de octubre de 2009
Autenticidad
Ramiro Pellitero nos habla de uno de esos valores que pocos se atreven a cuestionar:
Lo auténtico tiene que ver con lo verdadero, lo genuino, lo certificable. Se opone a lo auténtico lo que no es sino una copia, algo parecido pero no igual; quizá a efectos prácticos un sucedáneo, pero en el fondo algo falso, si no fraudulento. Aplicado a las personas, auténtico es quien se comporta según lo que es y debe ser.
Dejemos aparte el falso sentido de lo "auténtico" como meramente espontáneo. Según el diccionario, es auténtico el honrado, fiel a sus orígenes y convicciones; fiel, se entiende, en la vida de cada día; de modo que su vida tenga sentido –primero ante sí mismo–, dé frutos, sea útil. Alguien lo formuló así: "El precio de las palabras son los hechos". La autenticidad tiene que ver con la verdad y con el bien, que viene a ser la verdad en la acción. Y en cristiano, tiene que ver con el amor. ¿Cuáles pueden ser las causas de la falta de autenticidad en el amor? Si tomamos como "mapa" una visión del hombre compatible con la fe cristiana, diríamos que la autenticidad, sobre todo en el amor, requiere de la reflexión, de la experiencia y de la comunión con los demás.
"Inauténtico" se puede ser por una insuficiente reflexión, por un déficit de racionalidad. Para ser auténtico es necesario que uno sea libre interiormente, y a continuación consecuente consigo mismo. Si se participa de la idea cristiana del amor, entonces la autenticidad consiste en vivir el amor sin confundirlo con sucedáneos o falsificaciones (la codicia, la posesión o el poder). No es cristiano pensar que cada uno debe creer en lo que le parezca, y dejarlo estar en su "autenticidad". Si realmente pensamos que tenemos lo mejor (la fe en Cristo, la familia de Dios en la Iglesia), lo lógico será darlo a los demás a manos llenas, para que disfruten de nuestra alegría. El amor cristiano supone entrega a Dios y a los otros, en lo concreto de cada día, olvidándose de uno mismo; en lo que gusta y en lo que gusta menos, y por tanto implica sacrificio. "Un hombre que sea privado de toda fatiga y trasportado a la tierra prometida de sus sueños –decía Joseph Ratzinger en 1971– pierde su autenticidad y su mismidad".
Hay que resaltar que el amor tiene que "salir del pensamiento": de la idea ilusoria de que uno es bueno porque no mata, ni roba ni violenta a nadie; o del espejismo de que se es suficientemente bueno porque se realiza un cierto número de tareas a favor de los parientes, amigos y conocidos (que nos pueden pagar con la misma moneda). La autenticidad del amor pide llegar a todos –comenzando lógicamente por los que están más cerca–; no excluir a nadie, ni siquiera a los enemigos. Se dice que el mayor desamor es la indiferencia. "No pases indiferente ante el dolor ajeno. Esa persona, un pariente, un amigo, un colega..., ése que no conoces es tu hermano" (Surco, 251). La autenticidad cristiana es realmente exigente. No basta "estar seguro" o "convencido" de que el amor es importante, sino que hay que servir realmente a los demás, y preferentemente a los más pobres y desfavorecidos. Lo demás no es coherencia, no es autenticidad. Al menos no es la autenticidad del Evangelio, porque esa, y no otra, es la "lógica" cristiana: dar gratis y dar primero, dar sin esperar recompensa ni agradecimientos. "Dar hasta que duela", según Teresa de Calculta.
"Inauténtico" se puede ser también por falta de experiencia, tanto en el sentido de tener experiencia como el de "hacer experiencia" de algo. A quien no ha encontrado amor (en sus padres, educadores, etc.) o quien no ha amado nunca de verdad, no se le puede pedir autenticidad en el amor, hasta que encuentre la oportunidad que a nadie falta en la vida. Si no se ha experimentado el amor como entrega, no cabe autenticidad: cabría decir en la línea de Lope, "quién lo probó, lo sabe". El amor, y menos el amor cristiano, no se reduce a racionalidad. "El amor –dice una antigua canción italiana– no se explica: cuando se ama, se explica por sí mismo".
"Inauténtico" se puede ser, en fin, si se rehúye a los demás. Si uno no se interesa por lo que les pasa, por sus costumbres y tradiciones, por lo que les alegra o les apena, por lo que necesitan. Porque, en esa medida, uno va dejando de ser humano.
Dicho brevemente, se es auténtico si se vive aquello que se proclama. Y para ello, lo primero es pensar adecuadamente (lo que requiere un tiempo de reflexión y aprendizaje). Y lo segundo, procurar vivir en coherencia con lo que se piensa, sin darlo por supuesto. Bien se dice que cuando uno no vive como piensa –con autenticidad–, acaba pensando como vive; es decir, adecuando su pensamiento (de modo inconsciente) a su vida real pero irreflexiva. Y entonces se engaña miserablemente a sí mismo y hace sufrir inútilmente a los demás.
En concreto, si un cristiano no se preocupara por formar su criterio en los temas importantes (lo que implica el estudio de los "contenidos" de la fe, que no es un puro asentimiento), le pasaría lo mismo que a un padre o madre de familia, o un profesional que no procurase estar al día: mantener su identidad con una "fidelidad dinámica" a sus planteamientos y tareas. En cuanto a la experiencia de la vida cristiana, no cabe autenticidad cristiana sin una experiencia frecuente de oración –diálogo con Dios– y unión con Él por medio de los sacramentos. Y por lo que respecta a los demás, alguien que no se preocupa con hechos por los otros, por su situación material y espiritual –sobre todo por los más pobres y necesitados–, no puede considerarse auténtico como persona, menos como cristiano. Resumiendo, la autenticidad cristiana pasa por los Mandamientos, que se encierran en dos y casi en uno: amor a Dios y al prójimo. En octubre de 2006, en su visita pastoral a Verona, dijo Benedicto XVI ante la asamblea de la Iglesia en Italia: "La autenticidad de nuestra adhesión a Cristo se certifica especialmente con el amor y la solicitud concreta por los más débiles y pobres, por los que se encuentran en mayor peligro y en dificultades más graves".
Lo auténtico tiene que ver con lo verdadero, lo genuino, lo certificable. Se opone a lo auténtico lo que no es sino una copia, algo parecido pero no igual; quizá a efectos prácticos un sucedáneo, pero en el fondo algo falso, si no fraudulento. Aplicado a las personas, auténtico es quien se comporta según lo que es y debe ser.
Dejemos aparte el falso sentido de lo "auténtico" como meramente espontáneo. Según el diccionario, es auténtico el honrado, fiel a sus orígenes y convicciones; fiel, se entiende, en la vida de cada día; de modo que su vida tenga sentido –primero ante sí mismo–, dé frutos, sea útil. Alguien lo formuló así: "El precio de las palabras son los hechos". La autenticidad tiene que ver con la verdad y con el bien, que viene a ser la verdad en la acción. Y en cristiano, tiene que ver con el amor. ¿Cuáles pueden ser las causas de la falta de autenticidad en el amor? Si tomamos como "mapa" una visión del hombre compatible con la fe cristiana, diríamos que la autenticidad, sobre todo en el amor, requiere de la reflexión, de la experiencia y de la comunión con los demás.
"Inauténtico" se puede ser por una insuficiente reflexión, por un déficit de racionalidad. Para ser auténtico es necesario que uno sea libre interiormente, y a continuación consecuente consigo mismo. Si se participa de la idea cristiana del amor, entonces la autenticidad consiste en vivir el amor sin confundirlo con sucedáneos o falsificaciones (la codicia, la posesión o el poder). No es cristiano pensar que cada uno debe creer en lo que le parezca, y dejarlo estar en su "autenticidad". Si realmente pensamos que tenemos lo mejor (la fe en Cristo, la familia de Dios en la Iglesia), lo lógico será darlo a los demás a manos llenas, para que disfruten de nuestra alegría. El amor cristiano supone entrega a Dios y a los otros, en lo concreto de cada día, olvidándose de uno mismo; en lo que gusta y en lo que gusta menos, y por tanto implica sacrificio. "Un hombre que sea privado de toda fatiga y trasportado a la tierra prometida de sus sueños –decía Joseph Ratzinger en 1971– pierde su autenticidad y su mismidad".
Hay que resaltar que el amor tiene que "salir del pensamiento": de la idea ilusoria de que uno es bueno porque no mata, ni roba ni violenta a nadie; o del espejismo de que se es suficientemente bueno porque se realiza un cierto número de tareas a favor de los parientes, amigos y conocidos (que nos pueden pagar con la misma moneda). La autenticidad del amor pide llegar a todos –comenzando lógicamente por los que están más cerca–; no excluir a nadie, ni siquiera a los enemigos. Se dice que el mayor desamor es la indiferencia. "No pases indiferente ante el dolor ajeno. Esa persona, un pariente, un amigo, un colega..., ése que no conoces es tu hermano" (Surco, 251). La autenticidad cristiana es realmente exigente. No basta "estar seguro" o "convencido" de que el amor es importante, sino que hay que servir realmente a los demás, y preferentemente a los más pobres y desfavorecidos. Lo demás no es coherencia, no es autenticidad. Al menos no es la autenticidad del Evangelio, porque esa, y no otra, es la "lógica" cristiana: dar gratis y dar primero, dar sin esperar recompensa ni agradecimientos. "Dar hasta que duela", según Teresa de Calculta.
"Inauténtico" se puede ser también por falta de experiencia, tanto en el sentido de tener experiencia como el de "hacer experiencia" de algo. A quien no ha encontrado amor (en sus padres, educadores, etc.) o quien no ha amado nunca de verdad, no se le puede pedir autenticidad en el amor, hasta que encuentre la oportunidad que a nadie falta en la vida. Si no se ha experimentado el amor como entrega, no cabe autenticidad: cabría decir en la línea de Lope, "quién lo probó, lo sabe". El amor, y menos el amor cristiano, no se reduce a racionalidad. "El amor –dice una antigua canción italiana– no se explica: cuando se ama, se explica por sí mismo".
"Inauténtico" se puede ser, en fin, si se rehúye a los demás. Si uno no se interesa por lo que les pasa, por sus costumbres y tradiciones, por lo que les alegra o les apena, por lo que necesitan. Porque, en esa medida, uno va dejando de ser humano.
Dicho brevemente, se es auténtico si se vive aquello que se proclama. Y para ello, lo primero es pensar adecuadamente (lo que requiere un tiempo de reflexión y aprendizaje). Y lo segundo, procurar vivir en coherencia con lo que se piensa, sin darlo por supuesto. Bien se dice que cuando uno no vive como piensa –con autenticidad–, acaba pensando como vive; es decir, adecuando su pensamiento (de modo inconsciente) a su vida real pero irreflexiva. Y entonces se engaña miserablemente a sí mismo y hace sufrir inútilmente a los demás.
En concreto, si un cristiano no se preocupara por formar su criterio en los temas importantes (lo que implica el estudio de los "contenidos" de la fe, que no es un puro asentimiento), le pasaría lo mismo que a un padre o madre de familia, o un profesional que no procurase estar al día: mantener su identidad con una "fidelidad dinámica" a sus planteamientos y tareas. En cuanto a la experiencia de la vida cristiana, no cabe autenticidad cristiana sin una experiencia frecuente de oración –diálogo con Dios– y unión con Él por medio de los sacramentos. Y por lo que respecta a los demás, alguien que no se preocupa con hechos por los otros, por su situación material y espiritual –sobre todo por los más pobres y necesitados–, no puede considerarse auténtico como persona, menos como cristiano. Resumiendo, la autenticidad cristiana pasa por los Mandamientos, que se encierran en dos y casi en uno: amor a Dios y al prójimo. En octubre de 2006, en su visita pastoral a Verona, dijo Benedicto XVI ante la asamblea de la Iglesia en Italia: "La autenticidad de nuestra adhesión a Cristo se certifica especialmente con el amor y la solicitud concreta por los más débiles y pobres, por los que se encuentran en mayor peligro y en dificultades más graves".
miércoles, 7 de octubre de 2009
El valor de la fidelidad
Entrevista al Dr. D. Alfonso López Quintás publicada originariamente en ElPeriódicoDeMexico.com donde clarifica la idea de fidelidad matrimonial, la deslealtad y las crisis que sufren actualmente las instituciones a las que se debería tener fidelidad.
D. Alfonso López Quintás, catedrático emérito de filosofía en la Universidad Complutense (Madrid) y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas, ha resaltado en varias de sus obras el carácter creativo de la fidelidad. Queremos rogarle que clarifique un poco la idea de fidelidad, que juega un papel decisivo en nuestra vida de interrelación.
¿Es la fidelidad actualmente un valor en crisis? ¿A qué se debe el declive actual de la actitud fiel?
A juzgar por el número de separaciones matrimoniales que se producen, la fidelidad conyugal es un valor que se halla actualmente cuestionado. Entre las múltiples causas de tal fenómeno, deben subrayarse diversos malentendidos y confusiones:
Se confunde, a menudo, la fidelidad y el aguante. Aguantar significa resistir el peso de una carga, y es condición propia de muros y columnas. La fidelidad supone algo mucho más elevado: crear en cada momento de la vida lo que uno, un día, prometió crear. Para cumplir la promesa de crear un hogar con una persona, se requiere soberanía de espíritu, capacidad de ser fiel a lo prometido aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que uno pueda tener en una situación determinada. Para una persona fiel, lo importante no es cambiar, sino realizar en la vida el ideal de la unidad en virtud del cual decidió casarse con una persona. Pero hoy se glorifica el cambio, término que adquirió últimamente condición de talismán: parece albergar tal riqueza que nadie osa ponerlo en tela de juicio. Frente a esta glorificación del cambio, debemos grabar a fuego en la mente que la fidelidad es una actitud creativa y presenta, por ello, una alta excelencia.
Si uno adopta una actitud hedonista y vive para acumular sensaciones placenteras, debe cambiar incesantemente para mantener cierto nivel de excitación, ya que la sensibilidad se embota gradualmente. Esta actitud lleva a confundir el amor personal –que pide de por sí estabilidad y firmeza– con la mera pasión, que presenta una condición efímera.
De ahí el temor a comprometerse de por vida, pues tal compromiso impide el cambio. Se olvida que, al hablar de un matrimonio indisoluble, se alude ante todo a la calidad de la unión. El matrimonio que es auténtico perdura por su interna calidad y valor. La fidelidad es nutrida por el amor a lo valioso, a la riqueza interna de la unidad conyugal. Obligarse a dicho valor significa renunciar en parte a la libertad de maniobra –libertad de decisión arbitraria– a fin de promover la auténtica libertad humana, que es la libertad para ser creativo. La psicóloga norteamericana Maggie Gallagher indica, en su libro Enemies of Eros, que millones de jóvenes compatriotas rehuyen casarse por pensar que no hay garantía alguna de que el amor perdure. Dentro de los reducidos límites de seguridad que admite la vida humana, podemos decir que el amor tiene altas probabilidades de perdurar si presenta la debida calidad. El buen paño perdura. El amor que no se reduce a mera pasión o mera apetencia, antes implica la fundación constante de un auténtico estado de encuentro, supera, en buena medida, los riesgos de ruptura provocados por los vaivenes del sentimiento.
Si la fidelidad se halla por encima del afán hedonista de acumular gratificaciones, ¿qué secreto impulso nos lleva a ser fieles?
La fidelidad, bien entendida, brota del amor a lo valioso, lo que se hace valer por su interna riqueza y se nos aparece como fiable, como algo en lo que tenemos fe y a lo que nos podemos confiar. Recordemos que las palabras fiable, fe, confiar en alguien, confiarse a alguien... están emparentadas entre sí, por derivarse de una misma raíz latina: fid. El que descubre el elevado valor del amor conyugal, visto en toda su riqueza, cobra confianza en él, adivina que puede apostar fuerte por él, poner la vida a esa carta y prometer a otra persona crear una vida de hogar. Prometer llevar a cabo este tipo de actividad es una acción tan excelsa que parece en principio insensata. Prometo hoy para cumplir en días y años sucesivos, incluso cuando mis sentimientos sean distintos de los que hoy me inspiran tal promesa. Prometer crear un hogar en todas las circunstancias, favorables o adversas, implica elevación de espíritu, capacidad de asumir las riendas de la propia vida y estar dispuestos a regirla no por sentimientos cambiantes sino por el valor de la unidad, que consideramos supremo en nuestra vida y ejerce para nosotros la función de ideal.
Según lo dicho, no parece tener sentido confundir la fidelidad con la intransigencia...
Ciertamente. El que es fiel a una promesa no debe ser considerado como terco, sino como tenaz, es decir, perseverante en la vinculación a lo valioso, lo que nos ofrece posibilidades para vivir plenamente, creando relaciones relevantes. Ser fiel no significa sólo mantener una relación a lo largo del tiempo, pues no es únicamente cuestión de tiempo sino de calidad. Lo decisivo en la fidelidad no es conseguir que un amor se alargue indefinidamente, sino que sea auténtico merced a su valor interno.
Por eso la actitud de fidelidad se nutre de la admiración ante lo valioso. El que malentiende el amor conyugal, que es generoso y oblativo, y lo confunde con una atracción interesada no recibe la fuerza que nos otorga lo valioso y no es capaz de mantenerse por encima de las oscilaciones y avatares del sentimiento. Será esclavo de los apetitos que lo acucian en cada momento. No tendrá la libertad interior necesaria para ser auténticamente fiel, es decir, creativo, capaz de cumplir la promesa de crear en todo instante una relación estable de encuentro.
Así entendida, la fidelidad nos otorga identidad personal, energía interior, autoestima, dignidad, honorabilidad, armonía y, por tanto, belleza. Recordemos la indefinible belleza de la historia bíblica de Ruth, la moabita, que dice estas bellísimas palabras a Noemí, la madre de su marido difunto: “No insistas en que te deje y me vuelva. A dónde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos, y, si no, que el Señor me castigue”.
En Iberoamérica y en España parece concederse todavía bastante importancia a la fidelidad conyugal. ¿Cómo se conjuga esto con la crisis del valor de la fidelidad?
En estos países todavía se conserva en alguna medida la concepción del matrimonio como un tipo de unidad valiosa que debe crearse incesantemente entre los cónyuges. De ahí el sentimiento de frustración que produce la deslealtad de uno de ellos. Esto no impide que muchas personas se dejen arrastrar por el prestigio del término cambio, utilizado profusamente de forma manipuladora en el momento actual.
¿Puede decirse que lo que está en crisis actualmente son las instituciones a las que se debiera tener fidelidad?
Exige menos esfuerzo entender el matrimonio como una forma de unión que podemos disolver en un momento determinado que como un modo de unidad que merece un respeto incondicional por parte de los mismos que han contribuido a crearla. Este tipo de realidades pertenecen a un nivel de realidad muy superior al de los objetos. Hoy día vivimos en una sociedad utilitarista, afanosa de dominar y poseer, y tendemos a pensar que podemos disponer arbitrariamente de todos los seres que tratamos, como si fueran meros objetos. Esta actitud nos impide dar a los distintos aspectos de nuestra vida el valor que les corresponde. Nos hallamos ante un proceso de empobrecimiento alarmante de nuestra existencia.
Por eso urge realizar una labor de análisis serio de los modos de realidad que, debido a su alto rango, no deben ser objeto de posesión y dominio sino de participación, que es una actividad creadora. Participar en el reparto de una tarta podemos hacerlo con una actitud pasiva. Estamos en el nivel 1 de conducta. Participar en la interpretación de una obra musical compromete nuestra capacidad creativa. Este compromiso activo se da en el nivel 2. Para ser fieles a una persona o a una institución, debemos participar activamente en su vida, crear con ella una relación fecunda de encuentro –nivel 2–. Esta participación nos permite descubrir su riqueza interior y comprender, así, que nuestra vida se enriquece cuando nos encontramos con tales realidades y se empobrece cuando queremos dominarlas y servirnos de ellas, rebajándolas a condición de medios para un fin.
Al analizar la cuestión de la fidelidad, volvemos a advertir que la corrupción de la sociedad suele comenzar por la corrupción de la mente...
Sin duda. Es muy conveniente leer la Historia entre líneas y descubrir que el deseo de dominar a los pueblos suele llevar a no pocos dirigentes sociales a adueñarse de las mentes a través de los recursos tácticos de la manipulación. Si queremos ser libres y vivir con la debida dignidad, debemos clarificar a fondo los conceptos, aprender a pensar con rigor, conocer de cerca los valores y descubrir cuál de ellos ocupa el lugar supremo y constituye el ideal auténtico de nuestra vida.
D. Alfonso López Quintás, catedrático emérito de filosofía en la Universidad Complutense (Madrid) y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas, ha resaltado en varias de sus obras el carácter creativo de la fidelidad. Queremos rogarle que clarifique un poco la idea de fidelidad, que juega un papel decisivo en nuestra vida de interrelación.
¿Es la fidelidad actualmente un valor en crisis? ¿A qué se debe el declive actual de la actitud fiel?
A juzgar por el número de separaciones matrimoniales que se producen, la fidelidad conyugal es un valor que se halla actualmente cuestionado. Entre las múltiples causas de tal fenómeno, deben subrayarse diversos malentendidos y confusiones:
Se confunde, a menudo, la fidelidad y el aguante. Aguantar significa resistir el peso de una carga, y es condición propia de muros y columnas. La fidelidad supone algo mucho más elevado: crear en cada momento de la vida lo que uno, un día, prometió crear. Para cumplir la promesa de crear un hogar con una persona, se requiere soberanía de espíritu, capacidad de ser fiel a lo prometido aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que uno pueda tener en una situación determinada. Para una persona fiel, lo importante no es cambiar, sino realizar en la vida el ideal de la unidad en virtud del cual decidió casarse con una persona. Pero hoy se glorifica el cambio, término que adquirió últimamente condición de talismán: parece albergar tal riqueza que nadie osa ponerlo en tela de juicio. Frente a esta glorificación del cambio, debemos grabar a fuego en la mente que la fidelidad es una actitud creativa y presenta, por ello, una alta excelencia.
Si uno adopta una actitud hedonista y vive para acumular sensaciones placenteras, debe cambiar incesantemente para mantener cierto nivel de excitación, ya que la sensibilidad se embota gradualmente. Esta actitud lleva a confundir el amor personal –que pide de por sí estabilidad y firmeza– con la mera pasión, que presenta una condición efímera.
De ahí el temor a comprometerse de por vida, pues tal compromiso impide el cambio. Se olvida que, al hablar de un matrimonio indisoluble, se alude ante todo a la calidad de la unión. El matrimonio que es auténtico perdura por su interna calidad y valor. La fidelidad es nutrida por el amor a lo valioso, a la riqueza interna de la unidad conyugal. Obligarse a dicho valor significa renunciar en parte a la libertad de maniobra –libertad de decisión arbitraria– a fin de promover la auténtica libertad humana, que es la libertad para ser creativo. La psicóloga norteamericana Maggie Gallagher indica, en su libro Enemies of Eros, que millones de jóvenes compatriotas rehuyen casarse por pensar que no hay garantía alguna de que el amor perdure. Dentro de los reducidos límites de seguridad que admite la vida humana, podemos decir que el amor tiene altas probabilidades de perdurar si presenta la debida calidad. El buen paño perdura. El amor que no se reduce a mera pasión o mera apetencia, antes implica la fundación constante de un auténtico estado de encuentro, supera, en buena medida, los riesgos de ruptura provocados por los vaivenes del sentimiento.
Si la fidelidad se halla por encima del afán hedonista de acumular gratificaciones, ¿qué secreto impulso nos lleva a ser fieles?
La fidelidad, bien entendida, brota del amor a lo valioso, lo que se hace valer por su interna riqueza y se nos aparece como fiable, como algo en lo que tenemos fe y a lo que nos podemos confiar. Recordemos que las palabras fiable, fe, confiar en alguien, confiarse a alguien... están emparentadas entre sí, por derivarse de una misma raíz latina: fid. El que descubre el elevado valor del amor conyugal, visto en toda su riqueza, cobra confianza en él, adivina que puede apostar fuerte por él, poner la vida a esa carta y prometer a otra persona crear una vida de hogar. Prometer llevar a cabo este tipo de actividad es una acción tan excelsa que parece en principio insensata. Prometo hoy para cumplir en días y años sucesivos, incluso cuando mis sentimientos sean distintos de los que hoy me inspiran tal promesa. Prometer crear un hogar en todas las circunstancias, favorables o adversas, implica elevación de espíritu, capacidad de asumir las riendas de la propia vida y estar dispuestos a regirla no por sentimientos cambiantes sino por el valor de la unidad, que consideramos supremo en nuestra vida y ejerce para nosotros la función de ideal.
Según lo dicho, no parece tener sentido confundir la fidelidad con la intransigencia...
Ciertamente. El que es fiel a una promesa no debe ser considerado como terco, sino como tenaz, es decir, perseverante en la vinculación a lo valioso, lo que nos ofrece posibilidades para vivir plenamente, creando relaciones relevantes. Ser fiel no significa sólo mantener una relación a lo largo del tiempo, pues no es únicamente cuestión de tiempo sino de calidad. Lo decisivo en la fidelidad no es conseguir que un amor se alargue indefinidamente, sino que sea auténtico merced a su valor interno.
Por eso la actitud de fidelidad se nutre de la admiración ante lo valioso. El que malentiende el amor conyugal, que es generoso y oblativo, y lo confunde con una atracción interesada no recibe la fuerza que nos otorga lo valioso y no es capaz de mantenerse por encima de las oscilaciones y avatares del sentimiento. Será esclavo de los apetitos que lo acucian en cada momento. No tendrá la libertad interior necesaria para ser auténticamente fiel, es decir, creativo, capaz de cumplir la promesa de crear en todo instante una relación estable de encuentro.
Así entendida, la fidelidad nos otorga identidad personal, energía interior, autoestima, dignidad, honorabilidad, armonía y, por tanto, belleza. Recordemos la indefinible belleza de la historia bíblica de Ruth, la moabita, que dice estas bellísimas palabras a Noemí, la madre de su marido difunto: “No insistas en que te deje y me vuelva. A dónde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos, y, si no, que el Señor me castigue”.
En Iberoamérica y en España parece concederse todavía bastante importancia a la fidelidad conyugal. ¿Cómo se conjuga esto con la crisis del valor de la fidelidad?
En estos países todavía se conserva en alguna medida la concepción del matrimonio como un tipo de unidad valiosa que debe crearse incesantemente entre los cónyuges. De ahí el sentimiento de frustración que produce la deslealtad de uno de ellos. Esto no impide que muchas personas se dejen arrastrar por el prestigio del término cambio, utilizado profusamente de forma manipuladora en el momento actual.
¿Puede decirse que lo que está en crisis actualmente son las instituciones a las que se debiera tener fidelidad?
Exige menos esfuerzo entender el matrimonio como una forma de unión que podemos disolver en un momento determinado que como un modo de unidad que merece un respeto incondicional por parte de los mismos que han contribuido a crearla. Este tipo de realidades pertenecen a un nivel de realidad muy superior al de los objetos. Hoy día vivimos en una sociedad utilitarista, afanosa de dominar y poseer, y tendemos a pensar que podemos disponer arbitrariamente de todos los seres que tratamos, como si fueran meros objetos. Esta actitud nos impide dar a los distintos aspectos de nuestra vida el valor que les corresponde. Nos hallamos ante un proceso de empobrecimiento alarmante de nuestra existencia.
Por eso urge realizar una labor de análisis serio de los modos de realidad que, debido a su alto rango, no deben ser objeto de posesión y dominio sino de participación, que es una actividad creadora. Participar en el reparto de una tarta podemos hacerlo con una actitud pasiva. Estamos en el nivel 1 de conducta. Participar en la interpretación de una obra musical compromete nuestra capacidad creativa. Este compromiso activo se da en el nivel 2. Para ser fieles a una persona o a una institución, debemos participar activamente en su vida, crear con ella una relación fecunda de encuentro –nivel 2–. Esta participación nos permite descubrir su riqueza interior y comprender, así, que nuestra vida se enriquece cuando nos encontramos con tales realidades y se empobrece cuando queremos dominarlas y servirnos de ellas, rebajándolas a condición de medios para un fin.
Al analizar la cuestión de la fidelidad, volvemos a advertir que la corrupción de la sociedad suele comenzar por la corrupción de la mente...
Sin duda. Es muy conveniente leer la Historia entre líneas y descubrir que el deseo de dominar a los pueblos suele llevar a no pocos dirigentes sociales a adueñarse de las mentes a través de los recursos tácticos de la manipulación. Si queremos ser libres y vivir con la debida dignidad, debemos clarificar a fondo los conceptos, aprender a pensar con rigor, conocer de cerca los valores y descubrir cuál de ellos ocupa el lugar supremo y constituye el ideal auténtico de nuestra vida.
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martes, 22 de septiembre de 2009
Desarrollo imposible sin ética
Encontramos en la web AGEA.net este interesante comentario a la última Encíclica del Papa:
La tercera encíclica de Benedicto XVI, ‘Caritas in veritate’, propone la virtud de la caridad como eje del futuro desarrollo económico en plena recesión mundial. Todas las encíclicas del Papa levantan expectación, pero esta lo ha hecho de forma especial. Se ha señalado el origen moral de la crisis económica que azota al mundo desarrollado —porque los pobres siempre están en crisis—, y muchos esperaban de Benedicto XVI el ejercicio de su magisterio clarificador. Lo que ha fallado no es tanto el mercado en sí mismo sino las "referencias egoístas" que lo han regido durante demasiado tiempo. "La globalización no es ni buena ni mala, será lo que la gente haga de ella". Considera erróneo, afrontar el problema del desarrollo imponiendo a la población políticas de control de la natalidad.
El Papa ha respondido con el documento Caritas in veritate, una encíclica (la tercera desde que ocupa la Silla de Pedro) dividida en seis partes, que ostenta un marcado carácter social. Algunos medios se han apresurado a tildar al Pontífice de socialista, o poco menos. Ya se sabe que los medios elogian o atacan al Papa en función de la coincidencia de sus manifestaciones con la línea editorial que defienda la empresa mediática en cuestión. Pero el Papa siempre defiende los mismos valores, y su mensaje no es susceptible de adaptaciones a los tiempos porque el tiempo de la Iglesia se mide en la eternidad.
La encíclica la presentó el cardenal Renato Martino en el Aula Pablo VI de El Vaticano, un día antes del comienzo de la reunión del G-8 en Italia. De hecho, Benedicto XVI ha enviado el texto a la cumbre, un acto muy pertinente habida cuenta de que en él aboga por un nuevo orden financiero que busque el bien común, y afirma la necesidad de ética que tiene la economía, pues el mercado “no es el lugar de atropello del fuerte sobre el débil”. La Librería Editorial Vaticana ha tirado medio millón de ejemplares en italiano y prepara ya una segunda edición.
Déficit ético
En Caritas in veritate, el Pontífice asegura que la crisis muestra que los tradicionales principios de la ética social, como son la transparencia, la honestidad y la responsabilidad “no pueden ser descuidados”. “La crisis nace de un déficit de ética en las estructuras económicas”, insiste. El Obispo de Roma señala que la economía no elimina el papel de los Estados y tiene necesidad de “leyes justas”, y denuncia la mentalidad de la economía globalizada de lograr beneficios a cualquier precio. Lamenta que esa codicia haya conducido a la peor crisis económica desde la Gran Depresión, por lo que exige “nuevas normas” y controles. Benedicto XVI ha trabajado durante dos años en el documento, y su publicación mundial un día antes del G-8 reviste una clara intencionalidad de coordinar esfuerzos frente a la crisis, aportando directrices útiles desde la autoridad moral e intelectual que asiste al vicario de Cristo.
“El desarrollo es imposible sin hombre rectos, sin operadores económicos y hombre políticos que sientan profundamente en sus consciencias la llamada del bien común”, afirma Benedicto XVI. Su llamamiento a una regeneración de las actitudes empresariales y políticas ha sido muy comentada. Pero sobre todo, el Papa incide en la reforma espiritual del hombre como causa necesaria de la mejoría del mundo: “Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social”.
El nuevo documento del Papa Ratzinger retoma los temas sociales contenidos en las encíclicas Populorum progressio, de 1967, escrita por Pablo VI, y Sollicitudo rei socialis, sobre la misma temática, escrita por Juan Pablo II en 1988.
El Papa critica duramente el “capitalismo salvaje”
El Pontífice propone proyectar una nueva economía de mercado basada en los principios de "solidaridad" y "confianza recíproca" al tiempo que acusa de la crisis y de las crecientes desigualdades entre ricos y pobres a una "cierta ideología" egoísta que ha predominado hasta ahora.
En esta su tercera encíclica el Papa aborda temas económicos y sociales. Las dos encíclicas anteriores se centraron en cuestiones teológicas, tales como la caridad ('Dios es Amor') y la esperanza cristiana ('Salvados en la esperanza'). En la carta, dirigida a los obispos y fieles católicos del mundo, pide una "urgente" reforma de la ONU y de la arquitectura económica y financiera internacional. Aborda los temas del desarrollo y de las desigualdades sociales en el marco de la actual crisis económica internacional, al tiempo que propone soluciones, basadas, sobre todo, en un cambio de mentalidad para afrontar el futuro y lograr un mundo más justo.
El Papa señala que los desequilibrios y la falta de justicia social que se dan hoy en día son el producto de la falta de ética y la instauración de una mentalidad egoísta que, durante años, ha incitado a las personas a buscar el propio provecho y autonomía.
"La exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a 'injerencias' de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva", asegura el Pontífice. Además, con el pasar del tiempo, "estas posturas han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona" y, precisamente por eso, "no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían", concreta.
El mercado en sí mismo no tiene la culpa
Aún con todo, el Papa remarca que, en realidad, el mercado es sólo un instrumento y que, si bien "puede orientarse en sentido negativo" esto no es por culpa de "su propia naturaleza" sino de una "cierta ideología que lo guía en este sentido". "No se debe olvidar que el mercado no existe en su estado puro" sino que "se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y condicionan". Por lo tanto, lo que ha fallado no es tanto el mercado en sí mismo sino las "referencias egoístas" que lo han regido durante demasiado tiempo.
De hecho, según el Pontífice, la gratuidad está en la vida de las personas de muchas maneras, "aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad", lamenta.
No obstante, "sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave", remarca.
Con todo, anima a la comunidad internacional a afrontar la situación con "confianza y esperanza", ya que, en cierto sentido, la crisis se convierte en una oportunidad para llevar a cabo la "renovación cultural" y el "redescubrimiento de valores de fondo" que necesita el mundo de hoy. Por lo tanto, conviene afrontar todas estas dificultades "de manera confiada más que resignada", puntualiza.
La globalización no es ni buena ni mala
A lo largo del texto, el Papa también habla de la globalización, que "a priori" no es " ni buena ni mala" sino que "será lo que la gente haga de ella", afirma. En este sentido, "oponerse ciegamente" a este fenómeno "sería una actitud errónea, preconcebida, que acabaría por ignorar un proceso que tiene también aspectos positivos".
Además se correría el riesgo de "perder una gran ocasión para aprovechar las múltiples oportunidades de desarrollo que ofrece", si bien es verdad que, "si se gestiona mal", el resultado puede ser el contrario, es decir que, en lugar de una redistribución de la riqueza "comporte una redistribución de la pobreza", advierte.
Por otro lado, considera erróneo, afrontar el problema del desarrollo imponiendo a la población políticas de control de la natalidad con las que, en algunos países, incluso, se obliga a las mujeres a abortar.
Por último, defiende el principio de subsidiariedad como el "antídoto más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista" entre países ricos y pobres, al tiempo que lanza un llamamiento contra la corrupción que a veces sufren las ayudas internacionales.
Texto completo de la Encíclica
La tercera encíclica de Benedicto XVI, ‘Caritas in veritate’, propone la virtud de la caridad como eje del futuro desarrollo económico en plena recesión mundial. Todas las encíclicas del Papa levantan expectación, pero esta lo ha hecho de forma especial. Se ha señalado el origen moral de la crisis económica que azota al mundo desarrollado —porque los pobres siempre están en crisis—, y muchos esperaban de Benedicto XVI el ejercicio de su magisterio clarificador. Lo que ha fallado no es tanto el mercado en sí mismo sino las "referencias egoístas" que lo han regido durante demasiado tiempo. "La globalización no es ni buena ni mala, será lo que la gente haga de ella". Considera erróneo, afrontar el problema del desarrollo imponiendo a la población políticas de control de la natalidad.
El Papa ha respondido con el documento Caritas in veritate, una encíclica (la tercera desde que ocupa la Silla de Pedro) dividida en seis partes, que ostenta un marcado carácter social. Algunos medios se han apresurado a tildar al Pontífice de socialista, o poco menos. Ya se sabe que los medios elogian o atacan al Papa en función de la coincidencia de sus manifestaciones con la línea editorial que defienda la empresa mediática en cuestión. Pero el Papa siempre defiende los mismos valores, y su mensaje no es susceptible de adaptaciones a los tiempos porque el tiempo de la Iglesia se mide en la eternidad.
La encíclica la presentó el cardenal Renato Martino en el Aula Pablo VI de El Vaticano, un día antes del comienzo de la reunión del G-8 en Italia. De hecho, Benedicto XVI ha enviado el texto a la cumbre, un acto muy pertinente habida cuenta de que en él aboga por un nuevo orden financiero que busque el bien común, y afirma la necesidad de ética que tiene la economía, pues el mercado “no es el lugar de atropello del fuerte sobre el débil”. La Librería Editorial Vaticana ha tirado medio millón de ejemplares en italiano y prepara ya una segunda edición.
Déficit ético
En Caritas in veritate, el Pontífice asegura que la crisis muestra que los tradicionales principios de la ética social, como son la transparencia, la honestidad y la responsabilidad “no pueden ser descuidados”. “La crisis nace de un déficit de ética en las estructuras económicas”, insiste. El Obispo de Roma señala que la economía no elimina el papel de los Estados y tiene necesidad de “leyes justas”, y denuncia la mentalidad de la economía globalizada de lograr beneficios a cualquier precio. Lamenta que esa codicia haya conducido a la peor crisis económica desde la Gran Depresión, por lo que exige “nuevas normas” y controles. Benedicto XVI ha trabajado durante dos años en el documento, y su publicación mundial un día antes del G-8 reviste una clara intencionalidad de coordinar esfuerzos frente a la crisis, aportando directrices útiles desde la autoridad moral e intelectual que asiste al vicario de Cristo.
“El desarrollo es imposible sin hombre rectos, sin operadores económicos y hombre políticos que sientan profundamente en sus consciencias la llamada del bien común”, afirma Benedicto XVI. Su llamamiento a una regeneración de las actitudes empresariales y políticas ha sido muy comentada. Pero sobre todo, el Papa incide en la reforma espiritual del hombre como causa necesaria de la mejoría del mundo: “Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social”.
El nuevo documento del Papa Ratzinger retoma los temas sociales contenidos en las encíclicas Populorum progressio, de 1967, escrita por Pablo VI, y Sollicitudo rei socialis, sobre la misma temática, escrita por Juan Pablo II en 1988.
El Papa critica duramente el “capitalismo salvaje”
El Pontífice propone proyectar una nueva economía de mercado basada en los principios de "solidaridad" y "confianza recíproca" al tiempo que acusa de la crisis y de las crecientes desigualdades entre ricos y pobres a una "cierta ideología" egoísta que ha predominado hasta ahora.
En esta su tercera encíclica el Papa aborda temas económicos y sociales. Las dos encíclicas anteriores se centraron en cuestiones teológicas, tales como la caridad ('Dios es Amor') y la esperanza cristiana ('Salvados en la esperanza'). En la carta, dirigida a los obispos y fieles católicos del mundo, pide una "urgente" reforma de la ONU y de la arquitectura económica y financiera internacional. Aborda los temas del desarrollo y de las desigualdades sociales en el marco de la actual crisis económica internacional, al tiempo que propone soluciones, basadas, sobre todo, en un cambio de mentalidad para afrontar el futuro y lograr un mundo más justo.
El Papa señala que los desequilibrios y la falta de justicia social que se dan hoy en día son el producto de la falta de ética y la instauración de una mentalidad egoísta que, durante años, ha incitado a las personas a buscar el propio provecho y autonomía.
"La exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a 'injerencias' de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva", asegura el Pontífice. Además, con el pasar del tiempo, "estas posturas han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona" y, precisamente por eso, "no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían", concreta.
El mercado en sí mismo no tiene la culpa
Aún con todo, el Papa remarca que, en realidad, el mercado es sólo un instrumento y que, si bien "puede orientarse en sentido negativo" esto no es por culpa de "su propia naturaleza" sino de una "cierta ideología que lo guía en este sentido". "No se debe olvidar que el mercado no existe en su estado puro" sino que "se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y condicionan". Por lo tanto, lo que ha fallado no es tanto el mercado en sí mismo sino las "referencias egoístas" que lo han regido durante demasiado tiempo.
De hecho, según el Pontífice, la gratuidad está en la vida de las personas de muchas maneras, "aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad", lamenta.
No obstante, "sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave", remarca.
Con todo, anima a la comunidad internacional a afrontar la situación con "confianza y esperanza", ya que, en cierto sentido, la crisis se convierte en una oportunidad para llevar a cabo la "renovación cultural" y el "redescubrimiento de valores de fondo" que necesita el mundo de hoy. Por lo tanto, conviene afrontar todas estas dificultades "de manera confiada más que resignada", puntualiza.
La globalización no es ni buena ni mala
A lo largo del texto, el Papa también habla de la globalización, que "a priori" no es " ni buena ni mala" sino que "será lo que la gente haga de ella", afirma. En este sentido, "oponerse ciegamente" a este fenómeno "sería una actitud errónea, preconcebida, que acabaría por ignorar un proceso que tiene también aspectos positivos".
Además se correría el riesgo de "perder una gran ocasión para aprovechar las múltiples oportunidades de desarrollo que ofrece", si bien es verdad que, "si se gestiona mal", el resultado puede ser el contrario, es decir que, en lugar de una redistribución de la riqueza "comporte una redistribución de la pobreza", advierte.
Por otro lado, considera erróneo, afrontar el problema del desarrollo imponiendo a la población políticas de control de la natalidad con las que, en algunos países, incluso, se obliga a las mujeres a abortar.
Por último, defiende el principio de subsidiariedad como el "antídoto más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista" entre países ricos y pobres, al tiempo que lanza un llamamiento contra la corrupción que a veces sufren las ayudas internacionales.
Texto completo de la Encíclica
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Doctrina social de la Iglesia
viernes, 11 de septiembre de 2009
El nuevo paganismo
¿Tiene hoy mayor atractivo el paganismo? ¿Cabe hablar de que el paganismo se ha convertido para nuestra civilización en la gran tentación? Recuperamos este artículo de José Miguel Odero ilustrando esta cuestión.
Esta es el tesis del filósofo norteamericano Thomas Molnar, autor de una publicación sobre el tema: "La tentación pagana" (Thomas MOLNAR, The Pagan Temptation, W.B. Eerdmans Publishing Cy., Grand Rapids (Michigan) 1987, 201 pp ). Molnar piensa que las sociedades de raigambre cristiana han ido apartando equivocadamente de la vida de los hombres los signos de lo sagrado: El escenario de cualquier ciudad del mundo occidental muestra que la religión ha sido total y sistemáticamente excluida de la vida activa de los ciudadanos. Las viejas iglesias parecen museos, las nuevas parecen naves industriales. Sacerdotes y religiosas parecen burócratas atareados, sobre todo desde que no ostentan signo alguno de su vocación sagrada. Los sermones, como los editoriales de los periódicos, tratan de temas políticos, sociales y económicos. Las escuelas cristianas imitan a las laicistas… No se pueden encontrar rastros del componente cristiano de la civilización en ningún sector de la vida política, legal o económica, tampoco en los medios de comunicación y ni siquiera en la literatura y el arte.
La descripción de Molnar es algo drástica, y quizás responde más a la situación de los Estados Unidos que a la de España; sin embargo, como tendencia dominante en la sociedad y en la cultura actuales es innegable el empuje de ese secularismo creciente. El diagnóstico del autor es que, ante la racionalización progresiva de la cultura cristiana, se ha ofuscado la sacralidad, que es una necesidad auténtica de la vida humana. Por eso se explica que muchos hombres busquen hoy esa sacralidad en experiencias exóticas: las religiones orientales, las sectas…
El libro de Molnar propone acertadamente que es precisa una resacralización dentro del plan de recristianización de la civilización occidental: Debemos afirmar y creer que tal retorno es posible, y hemos de trabajar para restaurar el papel de los símbolos en la verdad cristiana, en oposición a las falsas ideologías del paganismo.
El tema del neopaganismo también ha desatado el interés y la preocupación de otros autores. El neopaganismo del siglo XX -ha escrito Peter Kreef- ha renunciado a tres de las componentes del paganismo clásico grecorromano: La pietas, es decir, el sentido de lo sagrado que debe ser venerado; la moderación y la conciencia de que existe una ley moral universal. El neopaganismo es profundamente subjetivista, porque desconoce a un Dios personal. De este modo, un dios panteísta como la Fuerza de "La Guerra de las Galaxias" es inmensamente popular, porque es como un libro en la estantería -según escribió C.S. Lewis-: asequible cuando uno quiere, sin que moleste cuando no se desea. ¡Cuánto más conveniente pensar que somos burbujas de la espuma divina, que hijos rebeldes de un razonable Padre divino! El panteísmo carece de sentido del pecado, porque pecado significa separación, y nadie puede ser separado nunca del Todo. El nuevo paganismo es el triunfo del ilusionismo. Sin perder la emoción y la pátina de la religión, se elimina el temor de Dios.
El fenómeno está ahí. El conocido periodista y escritor Tom Wolfe hacía notar recientemente que para muchos ciudadanos el arte ha reemplazado literalmente a la religión. El arte es la forma de religión que los gobiernos y los ricos encuentran decoroso promover.
Una de las formas del neopaganismo del siglo XX ha sido descrita y alabada hace años por Albert Camus. Camus describía el encanto del naturalismo, del culto al propio cuerpo. Un culto que tantos hombres obsesionados con la preocupación por la salud tributan diariamente mediante ritos continuados: dietas sacrificadas, un "jogging" exhaustivo, baños de sol… Estos bárbaros que se relajan en las playas -escribía Camus-, tengo la esperanza insensata de que, quizá sin saberlo, están modelando el semblante de una cultura en que la grandeza del hombre encontrará al fin su verdadero rostro. Este pueblo, totalmente lanzado a su presente, vive sin mitos, sin consuelo. Ha situado todos sus bienes en esta tierra, y por eso ha quedado sin defensa contra la muerte. Me entero de que no hay dicha humana ni eternidad fuera de la curva de los días. Estos bienes irrisorios y esenciales, estas verdades relativas, son las únicas que me conmueven. Los otros, los "ideales", no tengo bastante alma para comprenderlos. No es que sea preciso portarse como bestias, pero no encuentro sentido a la dicha de los ángeles (-Noces-).
Camus trataba de interpretar el neopaganismo como si fuese un humanismo terrenal, cerrado a la trascendencia. ¿Es tal cosa posible? La historia reciente, sin embargo, subraya la experiencia dolorosa de tantas ideologías neopaganas que en este siglo han arrollado los derechos humanos de los modos y maneras más increíbles. El proyecto de "pasar" de los grandes ideales cristianos es simultáneamente un asesinato por la espalda a cualquier humanismo posible. Pueden ser humanistas, ciertamente, quienes no han tenido la dicha de conocer a Jesucristo, pero no quienes rechazan su figura o la condenan al silencio con su indiferencia. Más tarde o más temprano se puede constatar que el neopaganismo conlleva volver a la "ley" de la selva, a la barbarie, a la angustia, al suicidio de lo mejor que hay en el hombre.
Chesterton, en cuyos escritos brilla cada vez con más luz un talante profético, se preocupó de desenmascarar ese falso atractivo que el paganismo tiene para nuestros contemporáneos. Estaba convencido de que el cristianismo vivido con autenticidad vence de antemano a cualquier paganismo, porque la alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, se ha convertido en el gigantesco secreto del cristiano (-Ortodoxia-).
La respuesta de Chesterton a Camus es que la dicha humana, las alegrías más intensas y el disfrute más pleno de los bienes de esta tierra sólo son posibles de verdad para quien mira confiado el horizonte de la eternidad. La alegría cristiana puede ser plena porque está respaldada por la fe, por una fe en el porvenir que no es ciega, que encuentra en la razón una aliada.
Por otra parte, Chesterton sustentaba una visión de la historia más optimista que la de Molnar. Mantenía que la intelectualización del dogma cristiano que se inició en los Padres de la Iglesia y se impulsó definitivamente con la teología medieval, lejos de dar pie al neopaganismo, le cortó definitivamente sus alas: Fue casi totalmente un movimiento de entusiasmo teológico ortodoxo desarrollado desde dentro. No fue un compromiso con el mundo, ni una rendición a paganos o herejes, ni siquiera una petición de ayuda externa (...) En tanto que llegaba a la luz del día común era semejante a la acción de una planta que por su propia inclinación impulsa a las hojas hacia la luz del sol; distinto de la acción de uno que se limita a no impedir que la luz del día penetre en una prisión. En breve, ello fue lo que técnicamente se denomina un desarrollo doctrinal. (…) Fue Tomás quien bautizó a Aristóteles cuando éste no pudo haberle bautizado a él; fue puramente un milagro cristiano el que levantó al gran pagano de entre los muertos (-S. Tomás de Aquino-).
La desacralización y secularización de la civilización occidental contemporánea no son en realidad una continuación de esa gran corriente intelectual cristiana que llega a su ápice en el siglo de las Universidades, el siglo XIII. Sólo aparentemente la desacralización se apoya en ese proceso de intelectualización; su origen debe buscarse -y Molnar lo pone de relieve- en Maquiavelo, Ockam, Descartes y Lutero-. Su génesis está en el racionalismo, que es -decía Chesterton- una herejía sobre el papel de la inteligencia en la vida de los hombres, es una verdad que se ha vuelto loca.
Entre las parábolas de Borges hay una llena de sugestividad sobre el pretendido retorno del paganismo a la cultura europea; se titula Ragnarök. El poeta cae en un sueño extraño: El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora al atardecer. (…) Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: ¡Ahí vienen! , y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses! Cuatro o cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos llorando; eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia adelante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. (…) Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron. Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. (…) Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses (-El hacedor-).
El paganismo que parece liberar del yugo ligero de la fe en Cristo, supone regresar a los miedos y esclavitudes de un hombre desarmado, rodeado de poderes y fuerzas mundanales, ante las cuales no tiene ninguna garantía de sobrevivir. Como ya Chesterton había advertido: Una de las curiosas características de la fuerza del cristianismo es que, desde que llegó, ningún pagano ha sido capaz en nuestra civilización de ser realmente humano (-El hombre eterno-).
Esta es el tesis del filósofo norteamericano Thomas Molnar, autor de una publicación sobre el tema: "La tentación pagana" (Thomas MOLNAR, The Pagan Temptation, W.B. Eerdmans Publishing Cy., Grand Rapids (Michigan) 1987, 201 pp ). Molnar piensa que las sociedades de raigambre cristiana han ido apartando equivocadamente de la vida de los hombres los signos de lo sagrado: El escenario de cualquier ciudad del mundo occidental muestra que la religión ha sido total y sistemáticamente excluida de la vida activa de los ciudadanos. Las viejas iglesias parecen museos, las nuevas parecen naves industriales. Sacerdotes y religiosas parecen burócratas atareados, sobre todo desde que no ostentan signo alguno de su vocación sagrada. Los sermones, como los editoriales de los periódicos, tratan de temas políticos, sociales y económicos. Las escuelas cristianas imitan a las laicistas… No se pueden encontrar rastros del componente cristiano de la civilización en ningún sector de la vida política, legal o económica, tampoco en los medios de comunicación y ni siquiera en la literatura y el arte.
La descripción de Molnar es algo drástica, y quizás responde más a la situación de los Estados Unidos que a la de España; sin embargo, como tendencia dominante en la sociedad y en la cultura actuales es innegable el empuje de ese secularismo creciente. El diagnóstico del autor es que, ante la racionalización progresiva de la cultura cristiana, se ha ofuscado la sacralidad, que es una necesidad auténtica de la vida humana. Por eso se explica que muchos hombres busquen hoy esa sacralidad en experiencias exóticas: las religiones orientales, las sectas…
El libro de Molnar propone acertadamente que es precisa una resacralización dentro del plan de recristianización de la civilización occidental: Debemos afirmar y creer que tal retorno es posible, y hemos de trabajar para restaurar el papel de los símbolos en la verdad cristiana, en oposición a las falsas ideologías del paganismo.
El tema del neopaganismo también ha desatado el interés y la preocupación de otros autores. El neopaganismo del siglo XX -ha escrito Peter Kreef- ha renunciado a tres de las componentes del paganismo clásico grecorromano: La pietas, es decir, el sentido de lo sagrado que debe ser venerado; la moderación y la conciencia de que existe una ley moral universal. El neopaganismo es profundamente subjetivista, porque desconoce a un Dios personal. De este modo, un dios panteísta como la Fuerza de "La Guerra de las Galaxias" es inmensamente popular, porque es como un libro en la estantería -según escribió C.S. Lewis-: asequible cuando uno quiere, sin que moleste cuando no se desea. ¡Cuánto más conveniente pensar que somos burbujas de la espuma divina, que hijos rebeldes de un razonable Padre divino! El panteísmo carece de sentido del pecado, porque pecado significa separación, y nadie puede ser separado nunca del Todo. El nuevo paganismo es el triunfo del ilusionismo. Sin perder la emoción y la pátina de la religión, se elimina el temor de Dios.
El fenómeno está ahí. El conocido periodista y escritor Tom Wolfe hacía notar recientemente que para muchos ciudadanos el arte ha reemplazado literalmente a la religión. El arte es la forma de religión que los gobiernos y los ricos encuentran decoroso promover.
Una de las formas del neopaganismo del siglo XX ha sido descrita y alabada hace años por Albert Camus. Camus describía el encanto del naturalismo, del culto al propio cuerpo. Un culto que tantos hombres obsesionados con la preocupación por la salud tributan diariamente mediante ritos continuados: dietas sacrificadas, un "jogging" exhaustivo, baños de sol… Estos bárbaros que se relajan en las playas -escribía Camus-, tengo la esperanza insensata de que, quizá sin saberlo, están modelando el semblante de una cultura en que la grandeza del hombre encontrará al fin su verdadero rostro. Este pueblo, totalmente lanzado a su presente, vive sin mitos, sin consuelo. Ha situado todos sus bienes en esta tierra, y por eso ha quedado sin defensa contra la muerte. Me entero de que no hay dicha humana ni eternidad fuera de la curva de los días. Estos bienes irrisorios y esenciales, estas verdades relativas, son las únicas que me conmueven. Los otros, los "ideales", no tengo bastante alma para comprenderlos. No es que sea preciso portarse como bestias, pero no encuentro sentido a la dicha de los ángeles (-Noces-).
Camus trataba de interpretar el neopaganismo como si fuese un humanismo terrenal, cerrado a la trascendencia. ¿Es tal cosa posible? La historia reciente, sin embargo, subraya la experiencia dolorosa de tantas ideologías neopaganas que en este siglo han arrollado los derechos humanos de los modos y maneras más increíbles. El proyecto de "pasar" de los grandes ideales cristianos es simultáneamente un asesinato por la espalda a cualquier humanismo posible. Pueden ser humanistas, ciertamente, quienes no han tenido la dicha de conocer a Jesucristo, pero no quienes rechazan su figura o la condenan al silencio con su indiferencia. Más tarde o más temprano se puede constatar que el neopaganismo conlleva volver a la "ley" de la selva, a la barbarie, a la angustia, al suicidio de lo mejor que hay en el hombre.
Chesterton, en cuyos escritos brilla cada vez con más luz un talante profético, se preocupó de desenmascarar ese falso atractivo que el paganismo tiene para nuestros contemporáneos. Estaba convencido de que el cristianismo vivido con autenticidad vence de antemano a cualquier paganismo, porque la alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, se ha convertido en el gigantesco secreto del cristiano (-Ortodoxia-).
La respuesta de Chesterton a Camus es que la dicha humana, las alegrías más intensas y el disfrute más pleno de los bienes de esta tierra sólo son posibles de verdad para quien mira confiado el horizonte de la eternidad. La alegría cristiana puede ser plena porque está respaldada por la fe, por una fe en el porvenir que no es ciega, que encuentra en la razón una aliada.
Por otra parte, Chesterton sustentaba una visión de la historia más optimista que la de Molnar. Mantenía que la intelectualización del dogma cristiano que se inició en los Padres de la Iglesia y se impulsó definitivamente con la teología medieval, lejos de dar pie al neopaganismo, le cortó definitivamente sus alas: Fue casi totalmente un movimiento de entusiasmo teológico ortodoxo desarrollado desde dentro. No fue un compromiso con el mundo, ni una rendición a paganos o herejes, ni siquiera una petición de ayuda externa (...) En tanto que llegaba a la luz del día común era semejante a la acción de una planta que por su propia inclinación impulsa a las hojas hacia la luz del sol; distinto de la acción de uno que se limita a no impedir que la luz del día penetre en una prisión. En breve, ello fue lo que técnicamente se denomina un desarrollo doctrinal. (…) Fue Tomás quien bautizó a Aristóteles cuando éste no pudo haberle bautizado a él; fue puramente un milagro cristiano el que levantó al gran pagano de entre los muertos (-S. Tomás de Aquino-).
La desacralización y secularización de la civilización occidental contemporánea no son en realidad una continuación de esa gran corriente intelectual cristiana que llega a su ápice en el siglo de las Universidades, el siglo XIII. Sólo aparentemente la desacralización se apoya en ese proceso de intelectualización; su origen debe buscarse -y Molnar lo pone de relieve- en Maquiavelo, Ockam, Descartes y Lutero-. Su génesis está en el racionalismo, que es -decía Chesterton- una herejía sobre el papel de la inteligencia en la vida de los hombres, es una verdad que se ha vuelto loca.
Entre las parábolas de Borges hay una llena de sugestividad sobre el pretendido retorno del paganismo a la cultura europea; se titula Ragnarök. El poeta cae en un sueño extraño: El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora al atardecer. (…) Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: ¡Ahí vienen! , y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses! Cuatro o cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos llorando; eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia adelante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. (…) Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron. Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. (…) Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses (-El hacedor-).
El paganismo que parece liberar del yugo ligero de la fe en Cristo, supone regresar a los miedos y esclavitudes de un hombre desarmado, rodeado de poderes y fuerzas mundanales, ante las cuales no tiene ninguna garantía de sobrevivir. Como ya Chesterton había advertido: Una de las curiosas características de la fuerza del cristianismo es que, desde que llegó, ningún pagano ha sido capaz en nuestra civilización de ser realmente humano (-El hombre eterno-).
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