martes, 13 de marzo de 2012

Laborem exercens (I)


"LABOREM EXERSCENS"

(Encíclica publicada el 14 de septiembre de 1981 con motivo del 90º aniversario de la Rerum Novarum)
(Ofrecemos un resumen de las principales ideas de la Encíclica. Las citas son textuales cuando se utiliza letra normal o negrita)

"trabajo" significa todo tipo de acción realizada por el hombre (...) Hecho a "imagen y semejanza de Dios" (Gen 1) en el mundo visible y puesto en él para que dominase la tierra, el hombre está por ello, desde el principio llamado al trabajo. El trabajo es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas




I. INTRODUCCIÓN

1. El trabajo humano 90 años después de la "Rerum Novarum"
El trabajo es una dimensión fundamental de la existencia humana, de la que deriva la propia dignidad específica del hombre y en la que a la vez está contenida la medida incesante de la fatiga humana, del sufrimiento y también de la injusticia que invaden profundamente la vida social...

Cambios producidos durante este tiempo:
*introducción de la automatización en la producción
*aumento del coste de la energía
*creciente conciencia de la limitación del patrimonio natural
*aparición de pueblos que, tras siglos de sumisión, reclaman su legítimo puesto entre las    naciones

Tales cambios podrán quizá significar, para millones de trabajadores especializados, desempleo, o necesidad de nueva especialización; conllevarán muy probablemente una disminución o crecimiento menos rápido del bienestar material para los países más desarrollados; pero podrán también proporcionar respiro y esperanza a millones de seres que viven hoy en condiciones de vergonzosa e indigna miseria.

...la Iglesia considera deber suyo recordar siempre la dignidad y los derechos de los hombres del trabajo, denunciar las situaciones en las que se violan  dichos derechos, y contribuir a orientar los cambios para que se realice un auténtico progreso del hombre y de la sociedad.

2. desarrollo orgánico de la enseñanza social de la Iglesia
El trabajo ocupa el centro mismo de la "cuestión social"(...)a la que se dirigen de modo especial las enseñanzas de la Iglesia desde hace casi un siglo...

Dos etapas en la doctrina social:

1. Problema de la "clase obrera": de la Rerum Novarum (Leon XIII)a la Quadragesimo anno (Pio XI) las enseñanzas se concentran en la "cuestión obrera"

2. Problema del "mundo": de la Pacem in terris (Juan XIII)  a al Populorum Progresio (Pablo VI) se amplía el horizonte a las dimensiones mundiales: distribución desproporcionada de riqueza y miseria, la existencia de países y Continentes  desarrollados y no desarrollados, exigen una justa distribución y búsqueda de vías para el desarrollo de todos.



3. El problema del trabajo, clave de la cuestión social
En esta Encíclica se trata de poner de relieve -quizá más de lo que se ha hecho hasta ahora- que el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial de toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre

II. EL TRABAJO Y EL HOMBRE


4. En el Génesis
El trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra (...) esta es a la vez una convicción de la inteligencia y una convicción de la fe(...) las primeras páginas del Génesis son la fuente de esta convicción (...) El hombre es la imagen de Dios, entre otros motivos, por el mandato recibido de su Creador de someter y dominar la tierra. En la realización de este mandato todo ser humano refleja la acción misma del Creador del universo.

5. El trabajo en sentido objetivo: la técnica
El hombre "somete la tierra" mediante la técnica, con máquinas y mecanismos cada vez más perfeccionados(...) Aunque pueda parecer que en el proceso industrial "trabaja" la máquina mientras el hombre solamente la vigila (...) el sujeto propio del trabajo sigue siendo el hombre.

La época reciente de la historia de la humanidad conlleva una justa afirmación de la técnica como un coeficiente fundamental del progreso económico; pero al mismo tiempo, con esta afirmación han surgido y continúan surgiendo los interrogantes esenciales que se refieren al trabajo humano en relación con el sujeto, que es precisamente el hombre (tensiones ce carácter ético), que constituyen un desafío para los Estados y para la Iglesia misma.

6. El trabajo en sentido subjetivo: el hombre, sujeto del trabajo
Es aquí donde hemos de concentrar nuestra atención (...) El hombre debe someter la tierra, porque como "imagen de Dios" es una persona (...) y como persona es sujeto del trabajo (GS I).

La edad antigua consideraba el trabajo indigno de hombres libres, más propio de esclavos. El cristianismo introducirá aquí  un cambio fundamental partiendo del hecho de la Encarnación, de Aquél que siendo Dios se hizo semejante a nosotros en todo y dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena al trabajo manual (...) vemos aquí que el valor del trabajo humano no está en el tipo de trabajo que se realiza, sino  en el hecho de que quien lo ejecuta es una persona.  Las fuentes de la dignidad del trabajo deben buscarse principalmente no en su dimensión objetiva, sino en su dimensión subjetiva. Todo esto significa que el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, su sujeto. Consecuencia ética: el trabajo está "en función del hombre" y no el hombre "en función del trabajo"

7. Una amenaza al justo orden de los valores
En la época moderna, la verdad cristiana sobre el trabajo debía contraponerse a las diversas corrientes de pensamiento materialista y economicista. En esta línea de pensamiento el trabajo se entiende como una especie de "mercancía" que el trabajador vende al empresario, que es a la vez poseedor del capital, o sea, del conjunto de los medios que hacen posible la producción. Este modo de entender el trabajo se difundió, de modo particular, en la primera mitad del s. XIX (...) pero el peligro de entender el trabajo como una "mercancía" o como una anónima "fuerza" necesaria para la producción, existe siempre si no se supera el punto de vista del economicismo materialista.

Es característico de esta civilización materialista dar una importancia primordial a la dimensión objetiva del trabajo sobre la dimensión subjetiva. En una situación de este tipo se da una inversión del orden establecido en el Génesis: el hombre es considerado como un instrumento de producción, mientras debería ser tratado como sujeto eficiente, verdadero artífice y creador. Este fue el error característico del capitalismo primitivo que puede repetirse dondequiera que el hombre sea tratado de alguna manera a la par que todos los medios materiales de producción, como un instrumento, y no (...) como verdadero fin de todo el proceso productivo.

8. Solidaridad de los hombres del trabajo
En el capitalismo industrial del siglo pasado se produjo una anomalía de gran alcance en las relaciones laborales basada en la degradación del hombre como sujeto del trabajo y en una inaudita explotación en el campo de las ganancias y en las condiciones de trabajo (...) que dieron pie a una reacción social que unió al mundo obrero en una comunidad caracterizada por una gran solidaridad (...) la reacción contra el sistema de injusticia, que pesaba sobre el hombre del trabajo en aquél periodo de rápida industrialización, pedía venganza del cielo. Esta situación estaba favorecida por el sistema socio-político liberal que, según sus premisas de economicismo, reforzaba y aseguraba la iniciativa económica de los solos poseedores del capital, y no se preocupaba suficientemente de los derechos del hombre del trabajo, afirmando que el trabajo humano es solamente instrumento de producción, y que el capital es el fundamento, el factor eficiente y el fin de la producción.

Desde entonces la solidaridad de los hombres del trabajo (...) ha dado lugar en muchos casos a cambios profundos (...) Con frecuencia los hombres del trabajo pueden participar en la gestión y en el control de la productividad de las empresas. Por medio de asociaciones adecuadas, ellos influyen en las condiciones de trabajo, así como en la legislación social. Pero, al mismo tiempo, sistemas ideológicos o de poder, (...) han dejado perdurar injusticias flagrantes o han provocado otras nuevas.

Por eso, hay que seguir preguntándose sobre el sujeto del trabajo y las condiciones en las que vive. Para realizar la justicia social en las diversas partes del mundo, en los distintos países, y en las relaciones entre ellos, son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de  los hombres del trabajo y con los hombres del trabajo. Esta solidaridad debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social del sujeto del trabajo, la explotación de los trabajadores, y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre. La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la "Iglesia de los pobres".

9. Trabajo y dignidad de la persona
La intención primordial de Dios respecto al hombre, que El "creó a su imagen y semejanza", no ha sido revocada ni anulada cuando el hombre, rota la alianza original con Dios oyó las palabras "con el sudor de tu rostro comerás el pan" (Gen 1,26). Estas palabras  se refieren a la fatiga a veces pesada que desde entonces acompaña al trabajo humano.

No obstante, con toda esta fatiga el trabajo es un bien para el hombre (...) y no sólo es un bien "útil" o "para disfrutar", sino un bien "digno", es decir, que corresponde a la dignidad del hombre, que expresa esta dignidad y la aumenta (...) el trabajo es un bien del hombre porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, en cierto sentido "se hace más hombre".

10. Trabajo y sociedad
Tras la dimensión personal del trabajo llegamos a un segundo ámbito de valores: el trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar y social (...) Trabajo y laboriosidad condicionan todo el proceso de educación dentro de la familia, precisamente por la razón de que cada uno "se hace hombre", entre otras cosas, mediante el trabajo, y ese hacerse hombre expresa precisamente el fin principal de todo proceso educativo.



III. CONFLICTO ENTRE TRABAJO Y CAPITAL


11. Dimensión de este conflicto
La Rerum Novarum viene a señalar el comienzo de un periodo que nos sitúa en el contexto del gran conflicto, que en la época del desarrollo industrial se ha manifestado entre el mundo del capital y el mundo del trabajo, es decir, entre el grupo restringido, pero muy influyente de los empresarios, propietarios o poseedores de los medios de producción y la vasta multitud de gente que no disponía de estos medios, y que participaba en el proceso productivo exclusivamente mediante el trabajo. Tal conflicto ha surgido por el hecho de que los trabajadores, ofreciendo sus fuerzas para el trabajo las ponían a disposición del grupo de los empresarios, y que éste, guiado por el principio del máximo rendimiento, trataba de establecer el salario más bajo posible para el trabajo realizado por los obreros.
Este conflicto, interpretado por algunos como un conflicto socio-económico con carácter de clase, ha encontrado su expresión en el conflicto ideológico entre el liberalismo, entendido como ideología del capitalismo, y el marxismo, entendido como ideología del socialismo y del comunismo. De este modo, el conflicto real, que existía entre el mundo del trabajo y el mundo del capital, se ha transformado en una lucha programada de clases, llevado con métodos no sólo ideológicos, sino, ante todo, políticos.

12. Prioridad del trabajo
La Iglesia siempre ha enseñado a este respecto un principio fundamental: el principio de la prioridad del trabajo frente al capital. Este principio se refiere directamente al proceso mismo de producción, respecto al cual el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras el capital es sólo un instrumento o causa instrumental.

En cada fase del desarrollo de su trabajo el hombre se encuentra ante el hecho de la principal donación por parte de la "naturaleza", y en definitiva por parte del Creador (...) si consideramos el proceso de transformación que aquí se inicia, nos reafirmaremos en la convicción de la prioridad del trabajo humano sobre el capital, pues en el ámbito de este último concepto entran, además de los recursos de la naturaleza (...) el conjunto de medios, con los cuales el hombre se apropia de ellos, transformándolos según sus necesidades ("humanizándolos") de modo que el conjunto de medios es fruto del patrimonio histórico del trabajo humano.

13. Economicismo y materialismo
Es evidente que en el proceso entendido de un modo recto de ningún modo se pueden contraponer el trabajo y el capital, ni menos aún los hombres concretos, que están detrás de estos conceptos (...) esta antinomia entre trabajo y capital no tiene su origen en la estructura del proceso de producción, sino en el error del economicismo (...) Error del economicismo: considerar el trabajo humano exclusivamente según su finalidad económica. Este error está muy vinculado y en cierto modo procede del error del materialismo: convicción de la primacía de lo material (...) Esto no es todavía el materialismo teórico en el pleno sentido de la palabra, pero es ya ciertamente materialismo práctico.

14. Trabajo y propiedad
Este proceso histórico que ciertamente ha salido de su fase inicial, pero sigue en vigor (antinomia entre trabajo y capital) nos conduce al problema de la propiedad.  Ya en la Rerum Novarum recordaba la Iglesia el derecho a la propiedad privada, incluso cuando se trata de los medios de producción, apartándose así radicalmente del programa del colectivismo. Pero la Iglesia también se aparta del programa del capitalismo en el modo de entender el derecho mismo de propiedad. La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo entendió en el contexto más amplio del derecho de todos a usar los bienes de la creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes.      
...la propiedad se adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo. Esto se refiere de modo especial a la propiedad de los medios de producción. El considerarlos aisladamente , con el fin de contraponerlos en la forma de "capital" al "trabajo", y más aún realizar la explotación del trabajo, es contrario a la naturaleza misma de esos medios y de su posesión. Estos no pueden ser poseídos contra el trabajo, no pueden ser ni siquiera poseídos para poseer, porque el único título legítimo para su posesión -ya sea en la forma de la propiedad privada, ya sea en la de la propiedad pública- es que sirvan al trabajo, y que, sirviendo al trabajo, hagan posible la realización del primer principio de aquel orden, que es el destino universal de los bienes y el derecho a su uso común (...) Desde este punto de vista -para garantizar el acceso común a los bienes destinados al hombre- tampoco conviene excluir la socialización, en las condiciones oportunas, de ciertos medios de producción.                              

...sigue siendo inaceptable la postura del "rígido" capitalismo, que defiende el derecho exclusivo a al propiedad privada de los medios de producción, como un "dogma" intocable en la vida económica (...) no podemos olvidar que el capital se crea incesantemente gracias al trabajo llevado a cabo con la ayuda de ese mismo conjunto de medios de producción, que aparecen como un lugar de trabajo en el que, día a día, pone su empeño la presente generación de trabajadores.

Bajo esta luz adquieren un significado de relieve particular las numerosas propuestas hechas por expertos en la doctrina social católica, y también por el mismo Magisterio de la Iglesia, referidas a la copropiedad de los medios de trabajo y a la participación de los trabajadores en la gestión o en los beneficios de la empresa.


15. Argumento "personalista"
Cuando el hombre trabaja desea a al vez que los frutos de este trabajo estén a su servicio y al de los demás y que en el proceso mismo del trabajo tenga la posibilidad de aparecer como corresponsable y coartífice en el puesto de trabajo. Nacen de aquí algunos derechos específicos de los trabajadores, como es el que sea considerada, en el proceso mismo de producción, la posibilidad de que él, a la vez que trabaja -incluso en una propiedad común- sea consciente de que está trabajando en "algo propio". Este sería otro modo de facilitar que el trabajo humano no mire únicamente a la economía, sino también a los "valores personales".

viernes, 18 de noviembre de 2011

Educar para la interioridad

Francisco Vendrell nos facilita esta interesante reflexión sobre la educación para la interioridad:


Es frecuente que en muchas ocasiones se eduque para la eficacia y se olvide el poner mayor atención a lo más profundo, al alma, al pensamiento. De la inteligencia y los sentimientos ha de salir la fuerza de la voluntad para la acción. Ese mismo planteamiento de búsqueda predominantemente del hacer se manifiesta en la vida cristiana, se piden obras externas olvidando la santidad profunda de la que nacerán y saldrán sin duda todas los frutos, todas las tareas.

Faltan hoy gentes preocupadas por formar integralmente, esto es gente equilibrada y armoniosa. Equilibrados en la unidad de cuerpo y espíritu. Equilibrados en la inteligencia que busca la verdad, en los afectos que gozan de la belleza, en la voluntad que ama el bien. Estos son gentes armoniosas que buscan, poseen y gozan de la verdad por si misma. El buen educador debe ser un buscador de la verdad y un transmisor a sus alumnos de esa búsqueda recta de la verdad. La verdad encontrada y querida como bien por la voluntad. La verdad admirada y sentida como belleza por la afectividad

Hoy vivimos dispersos. La escuela no fomenta la interioridad que produce la armonía personal y como resultado la social. La dispersión está presente no sólo en la escuela, sino en la familia, en la vida cultural, etc. Convivimos con la dispersión, con la exterioridad ruidosa sin sentido, convivimos con un ruido que impide entrar en sí mismo. Contemplamos unas vidas desparramadas que no son simples y que nunca son y serán camino para el conocimiento propio y por lo tanto para nuestro reconocimiento como personas.

Es preciso, es necesario, amar y descubrir la necesidad de recogimiento que trabaje en fortalecer el hombre interior de modo que se robustezca la vida para adentro. San Pablo nos habla de fortalecer ese hombre interior porque el exterior se desmorona a ojos vista; por la edad, por las costumbres contra la naturaleza, por la violencia engendrada en la convivencia egoísta cuando cada cual quiere mantener su territorio que no permite que sea rozado siquiera por otro que no sea él mismo...

Cuando hablamos de cultivo de la interioridad no hablamos de una introspección, de un monólogo interior, que siempre conduce a la complicación. Hablamos de volver a “entrar en sí”. Hay que enseñar a reaccionar como aquel hijo rebelde, pero sincero: “volviéndose en sí se dijo…” El pródigo no afirma al volverse en sí que se gozó de “haberse conocido”, como algunos fatuos que nada pueden enseñar más que su propia inmadurez, sino que reconoció su mal y se arrepintió de él y se puso en camino de obrar con coherencia.

El hombre interior sabe de la verdad. Allá en el fondo de sí encuentra a Aquel que nunca deja al hombre, incluso cuando el hombre le ha negado. El espera siempre allá en lo más hondo. El hombre exterior vive de los sentidos: me gusta o me apetece. Pero no es esa la autentica postura humana ante la vida, ante toda realidad.
La razón profunda de este encuentro del hombre en su interior está en que el hombre fue hecho a imagen de Dios, esa es su realidad y a esa realización ha de inclinarse. Y sólo encuentra en Él su realización. Por eso lo natural que mantiene el hombre en su humanidad, es querer alimentar el hombre interior en el que mora Él.

Dios está dentro de nosotros como nuestro alimento y vida. El hombre debe volverse a sí mismo “para tener vida y vida abundante”. Podría decirse: contémplate, sondéate, examínate. Vuélvete a tu interior y quizá encontraras tu conciencia maltrecha. Debes examinarla y llevarla por caminos de acción de gracias, por lo que eres, y de arrepentimiento por las obras que niegan esa verdad intima del hombre como amigo e hijo de Dios. Hay que arrepentirse como ejercicio diario y arrepentirse de esas negaciones – muy fáciles cuando se vive desparramado y no recogido - que nos apartan de nuestra verdad de ser hechos a imagen de Dios. La imagen esta en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en nuestra afectividad. El hombre busca la verdad, quiere el bien, contempla la belleza.

Por eso no conviene al hombre ocultarse a sí mismo. No ha de salir de sí de espaldas al propio ser. Cada hombre debe tenerse en cuenta. Tenemos que vernos. Vernos como somos. Qué somos. Y qué deseamos ser. Vernos así prepara un camino de felicidad. Debo ponerme delante de mí y verme feo, deforme, sucio, enfermo... No huir de sí. Entrar en nuestro interior. Mirarnos por dentro. En la carrera de la vida hay que encontrarse a si mismo. Y esto es tan importante porque en nuestro interior, en nuestro corazón, está uno solo con Dios. La interioridad no es pues pura evasión de la realidad, ni vacía búsqueda de la soledad.

El hombre tiene un tesoro dentro de sí, a Dios. “Dios está donde se gusta la verdad” dice San Agustín. La verdad es la misma y verdadera aspiración del alma humana. Toda actividad del hombre ha de perseguir la verdad. Ese es el alimento del hombre interior. Ese es el alimento del alma. La verdad cambia al hombre sin disminuirlo en su humanidad, sino desarrollándolo en toda la gran potencialidad de su persona hecha a imagen y semejanza de Dios. El que la come - la verdad - se identifica con ella, dirá bellamente San Agustín.

La verdad está por encima del hombre. Abracémosla y gocemos de ella. Busquemos la verdad de Dios y la nuestra. Busquémosla no sólo con la inteligencia, sino con todas nuestras fuerzas y afectos. Y cuando la alcanzamos, entonces, nos alcanzamos y nos poseemos. El amor arrastra al hombre hacia la verdad, si la verdad se busca no se retira, no se hace esquiva. La verdad es pues la gran pasión del hombre. Así ha de ser. Nada se ama más. Nada ha de amarse más.

lunes, 25 de julio de 2011

La tentación del poder

Todo lo que toca de cerca o de lejos a la autoridad, su ejercicio y sus abusos gira en torno a una paradoja. El mismo Jesús la ha resumido en esta declaración: «Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor; os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». Si por una parte se afirma su autoridad, por otra, en el ejercicio de esta autoridad, el Maestro se da y no domina, siendo el primero en ponerse a los pies de los últimos de sus discípulos.

Pedro deduce las consecuencias cuando exige una autoridad «no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño». Así, a ejemplo del Maestro y Señor, la autoridad en la Iglesia está llamada a hacer oír su voz magisterial, pero al servicio del que, resucitado, no puede ya utilizar públicamente la suya; e igualmente a dar su propio cuerpo para repetir las palabras y los gestos que, aunque de la Iglesia, están al servicio de la memoria viviente de Aquel de quien ninguno en la Iglesia podría prescindir y detrás del cual la Iglesia debe desaparecer aun cuando lo represente hasta que vuelva.

Existe una paradoja común a cualquier tipo de autoridad. Lo revela el origen de la misma palabra. La autoridad se despliega para hacer al otro autor de sí mismo, para aumentar en el otro su capacidad de ser y hacerse persona humana. Entonces la autoridad debe empobrecerse para enriquecer al otro hasta el punto de que alcanza su finalidad cuando el otro es capaz de tomar el peso y asumir a su vez el servicio que toda autoridad está llamada a prestar a la sociedad humana.

Dar lo recibido
Los niños no se hacen hombres sin la autoridad de los padres; si esta autoridad se reduce al mero ejercicio de poder y dominio, no se dará una verdadera educación, la cual consiste en sacar a la luz los talentos y posibilidades que se ocultan en el interior del niño. Sin excluir el eventual empleo de la fuerza, la autoridad se mueve por el don de sí al otro y mira paradójicamente a su perfección, y ésta se realiza cuando ya no es necesaria porque el niño ha adquirido el grado de libertad que le hace capaz de regirse a sí mismo. La misma paradoja condiciona la relación entre maestro y discípulo.

Así la paradoja se concreta. La autoridad existe y subsiste en la medida en que da y entrega lo que ha recibido. Si, al contrario, guarda para sí el don recibido y se encierra en una suficiencia prepotente utilizando su capacidad para sus propios fines, se hace autoritaria y abusa el poder. Junto a la negativa a dar, existe también el caso de una autoridad que no tiene ya nada que compartir y se aferra a la letra de la ley o a la sola fuerza militar o dictatorial. El Señor, que conoce lo que hay en el corazón humano, no se hacía muchas ilusiones sobre la dificultad de vivir una exigencia paradójica fundada en la disponibilidad para morir a sí mismos para que el otro tenga más vida.

No obstante, Jesús no niega su autoridad religiosa: estos jefes ocupan la cátedra de Moisés: por tanto, «haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen». Y el Señor repite la regla de oro de su autoridad: «El primero entre vosotros será vuestro servidor».


La autoridad, según Jesús
Pero no faltan los intentos de hacerse con el poder dentro del grupo de los apóstoles. Durante la cena pascual surgió de nuevo entre ellos la discusión sobre cuál de ellos era el primero. Esta vez Jesús define claramente lo que es la autoridad en el concepto de Dios su Padre, y lo que es la autoridad dejada a la tendencia humana de independencia y suficiencia: «Los reyes de los gentiles los dominan y los que ejercen autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierna, como el que sirve».

El Maestro traza así una línea clara y definida ente la actitud pagana, que en fin de cuentas revela ser inhumana, y el modo cristiano de ejercer la autoridad que, aunque suponga la muerte a sí mismo, conduce a una autoridad verdaderamente fructuosa para el hombre y a una verdadera libertad. Jesús denuncia con realismo una enfermedad congénita en todos los que asumen autoridad y responsabilidad: la tentación a encerrarse en un egoísmo larvado que latentemente o a la luz del sol aspira a la propia independencia y a la dependencia ajena. Para transformar esta enfermedad congénita en sano ejercicio de la autoridad plenamente responsable, hace falta convertirse de continuo, descentrar el pensamiento y la acción de lo que parece espontáneo y del todo natural –el amor propio–, para compartir lo que se es y se ha recibido para servicio ajeno.

Así no hay que extrañarse mucho si el abuso de la autoridad asoma incesantemente por todas partes y en todos los tiempos, y si el ejercicio de la autoridad está constantemente sometido a corrección y conversión, contestación y reconciliación. En la convicción de Pablo de Tarso, de que toda autoridad proviene de Dios, se puede leer la ayuda de Dios que la autoridad necesita en todo instante para vivirla en el espíritu del Maestro y Señor, presente en medio de nosotros como el que sirve.

En la Iglesia de los apóstoles no faltan los abusos del poder. Si la autoridad del templo impone silencio a los discípulos del Resucitado, Pedro y Juan la interpelan sobre su derecho a cerrarles la boca: «¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a Él? Juzgadlo vosotros». La autoridad va más allá de sus derechos: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».


La autoridad y sus tentaciones
Al inicio de este tercer milenio, Juan Pablo II no ha vacilado en pedir perdón por los abusos de autoridad en la Iglesia y por parte de la Iglesia. Si han sido tantos los hombres y mujeres que han sufrido por la Iglesia del Señor, no faltan los que han sufrido por los hechos y actos de las autoridades de la Iglesia, imperturbablemente inmovilizadas a veces en costumbres antiguas, o prisioneras de un poder que sólo el conformismo o el conservadurismo han construido. Con los ojos abiertos a la Historia, la Iglesia puede confesar con el Evangelio que los que detentan la autoridad sufrirán siempre la tentación de abusar de una tal misión, humanamente imposible, igual que Cristo aceptó ser tentado en el corazón de su ejercicio de autoridad, para arrancar a sus servidores de esta aberración; pero puede asimismo declarar que los que detentan la autoridad han resistido a menudo esta tentación de abusar de la autoridad, gracias al Espíritu que ha hecho divinamente posible lo que era humanamente imposible. «Esta confianza con Dios –escribe san Pablo– la tenemos por Cristo. No es que por nosotros mismos estemos capacitados para apuntarnos algo como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser servidores de una alianza nueva, no basada en pura letra, sino en el Espíritu, porque la pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da la vida».

El Reino no se realiza sino con medios conformes al Reino. Y no es que, por seguir al que, siendo Maestro y Señor, lava los pies a sus discípulos, la autoridad se libre de sus enfermedades congénitas, para hacer a todo hombre hijo del Padre, hermano de Jesús y autor en el Espíritu.

Peter-Hans Kolvenbach, S.J.

sábado, 28 de mayo de 2011

Un político ejemplar

Alejandro Navas en "Diario de Navarra", 8 de Mayo de 2011.

Nuestro político destaca por la nobleza de sus sentimientos y la dignidad de su porte externo. Habla de modo pausado y nunca pierde la serenidad. Afable y conciliador, nada hay en él que sea vulgar. Al llegar a la jefatura del Gobierno, renunció a casi toda vida social; apenas se le vio en fiestas ni en celebraciones. Hizo una excepción con la boda de su primo: asistió a la ceremonia religiosa, pero no se quedó al banquete.

Pasó quince años al frente del Estado, y en ningún momento sucumbió a las tentaciones de la corrupción. En su vida privada adoptó un tono extremadamente austero, lo que provocó más de una queja de su mujer, de sus hijos y de otros parientes. A la vez, dedicaba una considerable cantidad de dinero al socorro de los indigentes. Su reputación era intachable, por lo que ni siquiera tuvo que rechazar propuestas de soborno: los eventuales sobornadores ni lo intentaban, conscientes de la inutilidad de sus pretensiones.

En su tarea de gobierno no se limitó a seguir al pueblo, de acuerdo con los datos que ofrecían los escrutadores de las opiniones dominantes. La demagogia no iba con él. Se negó a adular a la ciudadanía y actuó como un buen maestro, que persuade con razones sólidas. Si advertía que la gente iba a lo fácil, sabía ser fuerte para hacerle ver lo que convenía al bien común.
Cuando su país se vio envuelto en conflictos bélicos, actuó con prudencia, sin lanzarse a aventuras temerarias, incluso cuando la opinión pública parecía alentarlas. Consiguió frenar esos ímpetus desbordantes y contener las ansias de injerencia en asuntos internos de otros países.

Supo aprovechar los años de prosperidad económica y de superávit en las cuentas públicas para desarrollar un ambicioso programa de obras públicas y de monumentos artísticos. Contrató a los mejores artistas y, en un plazo asombrosamente corto, impulsó la creación de obras destinadas a ser la admiración de las generaciones futuras. Nunca se ha hecho tanto de tanta calidad en tan poco tiempo.

Cuando todo le sonreía y parecía tener el mundo bajo sus pies, la tragedia golpeó duramente a su familia. En un breve lapso de tiempo murieron sus hijos, su hermana y la casi totalidad de sus parientes y amigos. Tampoco entonces perdió la grandeza de espíritu, y supo mantener la compostura ante la adversidad. Tras sufrir un revés electoral, dejó la política y se retiró a la vida privada. Su ausencia fue breve: la ciudadanía lo añoraba y lo llamó de nuevo para que se hiciera cargo del Gobierno. No se sentía muy animado a volver, pero el pueblo le pidió disculpas por su ingratitud y él aceptó encargarse de nuevo de los asuntos del Estado. Dispuso de un poder como nadie había tenido antes que él, y aun así no trató a ningún enemigo personal como adversario irreconciliable. Le tocó vivir tiempos azarosos, pero en medio de los conflictos más enconados supo mantener la moderación y la altura de miras.

Estoy hablando de Pericles, el líder de la democracia ateniense en el siglo V a. C., tal como lo describe Plutarco. Los historiadores han dado su nombre, “el siglo de Pericles”, a esa época gloriosa, no sólo de Atenas, sino de la humanidad en general. Se puede argüir que Pericles queda muy lejos -veinticinco siglos atrás- y que las circunstancias de la vida política son hoy muy diferentes. Es verdad, pero su caso muestra que el ideal del político exitoso y honrado no es imposible.
Ante las inminentes elecciones nos corresponde la tarea de encontrar -y votar- a esos Pericles en potencia, tanto en el ámbito regional como municipal. Desde luego que un sistema electoral de listas abiertas o desbloqueadas facilitaría su elección. Sin embargo, podemos abonar el peaje de la lista cerrada si así les ayudamos a entrar en ayuntamientos y parlamentos. Los políticos no cuentan con la simpatía de la gente, pero no todo está perdido: hay también candidatos honestos y capaces, dispuestos a trabajar con abnegación por la cosa pública. Con nuestro respaldo, al menos podrán intentarlo.

viernes, 20 de mayo de 2011

El placer de leer

Jaime Nubiola nos habla del hábito de leer:

La primera etapa para aprender a escribir –que dura toda la vida, aunque evoluciona en sus temas y en intensidad– consiste básicamente en coleccionar aquellos textos breves que, al leerlos –por primera o por duodécima vez–, nos han dado la punzante impresión de que estaban escritos para uno. A veces se trata de una frase suelta de una conversación o de una clase, o incluso un anuncio publicitario o cosa parecida; otras veces se trata de fragmentos literarios o filosóficos que nos han cautivado porque nos parecían verdaderos sobre nosotros mismos. Lo decisivo no es que sean textos considerados "importantes", sino que nos hayan llegado al fondo del corazón. Después hay que leerlos muchas veces. Con su repetida lectura esos textos se ensanchan, y nuestra comprensión y nosotros mismos crecemos con ello.

Lo más práctico es anotar esos textos a mano, sin preocupación excesiva por su literalidad, pero sí indicando la fuente para poder encontrar en el futuro el texto original si lo necesitamos. Esas colecciones de textos en torno a los temas que nos interesan, leídas y releídas una y otra vez, pensadas muchas veces, permiten que cuando uno quiera ponerse a escribir el punto de partida no sea una estremecedora página en blanco, sino todo ese conjunto abigarrado de anotaciones, consideraciones personales, imágenes y metáforas. La escritura no partirá de la nada, sino que será la continuación natural, la expansión creativa de las anotaciones y reflexiones precedentes. La escritura será muchas veces simplemente poner en orden aquellos textos, pasar a limpio –y si fuera posible, hermosamente– la reflexión madurada durante mucho tiempo.

El placer de la lectura
La lectura resulta del todo indispensable en una vida intelectual. La literatura es la mejor manera de educar la imaginación; es también muchas veces un buen modo de aprender a escribir de la mano de los autores clásicos y de los grandes escritores y resulta siempre una fuente riquísima de sugerencias. Así como la tarea escritora, con sus penas y sus gozos, suele ser comparada a los dolores y alegrías del parto, la lectura es siempre lactancia intelectual. Quien no ha descubierto el placer de la lectura en su infancia o en la primera juventud no puede dedicarse a las humanidades, o en todo caso tiene que empezar por ahí, leyendo, leyendo mucho y por placer. No importa que lo que leamos no sean las cumbres de la literatura universal, basta con que atraiga nuestra imaginación y disfrutemos leyendo.

"Leer no es, como pudiera pensarse, una conducta privada, sino una transacción social si –y se trata de un SI en mayúsculas– la literatura es buena". Si el libro es bueno, –prosigue Walker Percy– aunque se esté leyendo sólo para uno, lo que ahí ocurre es un tipo muy especial de comunicación entre el lector y el escritor: esa comunicación nos descubre que lo más íntimo e inefable de nosotros mismos es parte de la experiencia humana universal. Como explica en Tierras de penumbra el estudiante pobre, descubierto robando un libro en Blackwell's, "leemos para comprobar que no estamos solos". Hace falta una peculiar sintonía entre autor y lector, pues un libro es siempre "un puente entre el alma de un escritor y la sensibilidad de un lector". Por eso no tiene ningún sentido torturarse leyendo libros que no atraigan nuestra atención, ni obligarse a terminar un libro por el simple motivo de que lo hemos comenzado. Resulta contraproducente. Hay millares de libros buenísimos que no tendremos tiempo de llegar a leer en toda nuestra vida por muy prolongada que ésta sea. Por eso recomiendo siempre dejar la lectura de un libro que a la página treinta no nos haya cautivado. Como escribió Oscar Wilde, "para conocer la cosecha y la calidad de un vino no es necesario beberse todo el barril. En media hora puede decidirse perfectamente si merece o no la pena un libro. En realidad hay de sobra con diez minutos, si se tiene sensibilidad para la forma. ¿Quién estaría dispuesto a empaparse de un libro aburrido? Con probarlo es suficiente".

Leer y anotar
¿Qué libros leer? Aquellos que nos apetezcan por la razón que sea. Un buen motivo para leer un libro concreto es que le haya gustado a alguien a quien apreciemos y nos lo haya recomendado. Otra buena razón es la de haber leído antes con gusto algún otro libro del mismo autor y haber percibido esa sintonía. Conforme se leen más libros de un autor, de una época o de una materia determinada, se gana una mayor familiaridad con ese entorno que permite incluso disfrutar más, hasta que llega un momento que sustituimos ese foco de interés por otro totalmente nuevo.

¿En qué orden leer? Sin ningún orden. Basta con tener los libros apilados en un montón o en una lista para irlos leyendo uno detrás de otro, de forma que no leamos más de dos o tres libros a la vez. Está bien el tener un plan de lecturas, pero sin obsesionarse, porque se trata de leer sin más lo que a uno le guste y porque le guste. Al final eso deja un poso, aunque parezca que uno no se acuerda de nada. Yo suelo dar prioridad a los libros más cortos, eso favorece además la impresión subjetiva de que uno va progresando en sus lecturas. Otras personas gustan de alternar un libro largo con uno corto. Depende también del tiempo de que uno disponga, pero hay que ir siempre a todas partes con el libro que estemos leyendo para así aprovechar las esperas y los tiempos muertos.

¿Cómo leer? Yo recomiendo siempre leer con un lápiz en la mano, o en el bolsillo, para hacer una pequeña raya al margen de aquel pasaje o aquella expresión con la que hemos "enganchado " y nos gustaría anotar o fotocopiar, y también llevar dentro del libro una octavilla que nos sirva de punto y en la que vayamos anotando los números de esas páginas que hemos señalado, alguna palabra que queramos buscar en el diccionario, o aquella reflexión o idea que nos ha sugerido la lectura. "El intelectual es, sencillamente, –escribía Steiner– un ser humano que cuando lee un libro tiene un lápiz en la mano".

domingo, 15 de mayo de 2011

Amor en el matrimonio

Tomás Melendo, Catedrático de Filosofía y Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia de la Universidad de Málaga nos habla del amor en el matrimonio

Más de una vez he oído explicar la grandeza del amor que se pone en juego en el momento de la boda haciendo ver que no se trata de un acto de amor como cualquier otro, sino de algo especialísimo, realmente grandioso, porque lleva consigo la osadía de hacer obligatorio el amor futuro: si antes de la boda los novios se amaban de forma radicalmente gratuita, sin compromiso alguno, en el preciso momento del "sí" se aman tanto, con tal locura e intensidad, que son capaces de comprometerse a amarse de por vida.

Siendo esto verdad, no lo es menos algo que con frecuencia ni tan siquiera se nombra… A saber: que el sí matrimonial es capaz de originar la obligación gozosa de amarse para siempre, en las duras y en las maduras, porque simultáneamente hace posible esa entrega incondicionada.

Y "eso", ¿no es una locura?

La reflexión sobre los excesivos fracasos matrimoniales que observamos en la actualidad, y más todavía la mayor frecuencia con que rompen los lazos quienes se han unido en convivencia cuasimatrimonial pero sin casarse, me han llevado a advertir que la pretensión de obligarse a amar de por vida a otra persona, con total independencia de las circunstancias por las que una y otra atraviesen, si no fuera acompañada de un robustecimiento de la recíproca capacidad de amar, resultaría, en el fondo, una soberana ingenuidad, casi una demencia.

En parte para atraer la atención de quienes me escuchan, y sobre todo porque estimo que el ejemplo es correcto, aunque atrevido, suelo ilustrar ese debercapacitación con el mandamiento máximo y máximamente nuevo que Jesucristo impuso a sus discípulos en la Última Cena.

Y añado, con todo el respeto posible y una pizca de humor, que semejante pretensión sería una auténtica chifladura si el Señor, en el momento de establecer el precepto, no incrementara de manera casi infinita la capacidad de amar del cristiano, o previera los medios para fortificarla y hacerla crecer.

¿Cómo, si no, pedir a unos simples hombres que quieran a los demás como el mismísimo Dios los ama: "Como Yo os he amado"?

Pues algo análogo, no idéntico, sucede en el momento de la boda, también la que se sitúa en el ámbito natural. En el mismo momento en que pronuncian el sí de manera libre y voluntaria, los nuevos cónyuges no solo se obligan, sino que sobre todo se tornan mutuamente capaces de quererse con un amor situado a una distancia casi infinita por encima del que podían ofrecerse antes de esa donación total. Por el contrario, sin ese sí que los "hace aptos", la pretensión de obligarse resultaría casi absurda.

Lo importante

Cuando mis amigos o alumnos afirman, con más o menos agresividad y "buscándome las cosquillas", que lo importante para llevar a buen puerto un matrimonio es el amor, les respondo sin titubear que sin ninguna duda: estoy mucho más convencido que cualquiera de ellos.

(Es más, considero que el haber centrado la clave de la vida conyugal en el amor mutuo, dejando de lado otras razones menos fundamentales, es una de las ganancias o conquistas teóricas más relevantes de los últimos tiempos respecto al matrimonio).

Pero inmediatamente añado que, para poder amarse con un amor auténtico y del calibre que exige la vida en común para siempre, es absolutamente imprescindible haberse habilitado para ello; y que semejante capacitación es del todo imposible al margen de la entrega radical que se realiza al casarse.

Con otras palabras: lo importante, desde el punto de vista antropológico, no son ni "los papeles" ni "la bendición del cura".

(Personalmente, considero una inaceptable usurpación y, por eso, me niego en rotundo a que me case ningún funcionario del Estado ni sacerdote alguno: me caso yo y mi mujer y justo y solo porque quiero y quiere ella; ningún otro está capacitado para hacerlo por mí; solo el libre consentimiento de los cónyuges realiza esa unión, con todos los efectos antropológicos que lleva aparejados).

Sin embargo, para que lo importante el amor sea efectivamente viable resulta del todo necesaria la acción de libre entrega por la que los cónyuges se dan el uno al otro en exclusiva y para siempre.

Estamos, lo digo especialmente para los conocedores de la filosofía, aunque todos podamos entenderlo, ante un caso muy particular del nacimiento de un hábito bueno o virtud: que, para más inri, es justamente la virtud de la "castidad conyugal", tan denostada.

Virtud… ¡qué aburrimiento!

No quiero insistir en que el hábito y la virtud tienen mucha menos relación con la repetición de actos, que a menudo conduce a la rutina o incluso a la manía, que con la potenciación o habilitación de la facultad o facultades que vigorizan.

Es decir, el hábito y la virtud, con independencia absoluta de su origen, nos tornan mejores y, de forma muy directa, nos permiten obrar a un nivel muy superior que antes de poseerlos.

La cuestión resulta muy fácil de ver en las habilidades de tipo intelectual, técnico o artístico, llamadas en filosofía hábitos dianoéticos: solo quien ha aprendido durante años a dibujar, a proyectar edificios y jardines o a interpretar correctamente al piano (y el resultado de esos aprendizajes son distintos hábitos o capacitaciones de un conjunto de facultades) es capaz de realizar tales actividades de la forma correcta y adecuada, con facilidad y gozo, y sin peligro próximo de equivocarse… a no ser que le de la gana hacerlo mal (cosa no tan infrecuente).

Lo mismo ocurre con las virtudes en sentido más estricto, que son las de orden ético. Quien ha adquirido la virtud de la generosidad, pongo por caso, no solo se desprende fácilmente de aquello –¡el tiempo, en primer lugar!– con lo que puede hacer más feliz a otro, sino que se siente inclinado a realizar ese tipo de acciones y, ¡ahí es nada!, disfruta como un enano al realizarlas.

De ahí que la vida éticamente bien vivida no sea una especie de carrera de obstáculos tediosa y sin norte, un "más difícil todavía" carente de término, sino que, precisamente a causa de a las virtudes, compone una senda de disfrute progresivo, en el que incluso el dolor y el sacrificio se tornan gozosos.

La génesis de las virtudes

Una de las diferencias que se han señalado tradicionalmente entre hábitos dianoéticos (técnicas, artes, etc.) y éticos, es que algunos de aquellos pueden lograrse con un solo acto –ahí se encuadra, por ejemplo, la tan clara como difícil de comprobar adquisición del "uso de razón"–, mientras que las virtudes propiamente dichas requieren de una repetición de actos realizados cada vez con mayor amor.

Propongo una leve corrección a esta doctrina. Por un lado, porque la experiencia demuestra que, en ocasiones, una persona adquiere el valor o pierde el miedo como resultado de una única acción, más o menos arriesgada: por ejemplo, lanzarse a la piscina después de meses de dudarlo o saltar en paracaídas por vez primera… y experimentar la emoción que inclina a volver y volver a saltar, pero ahora ya sin miedo.

Y me parece que el acto único de la entrega matrimonial consciente y decidida tiene un efecto muy parecido: otorga a quienes se casan el vigor y la capacidad para amarse de por vida a una altura y con una calidad que resultan imposibles sin esa donación absoluta.

Cosa no difícil de comprender si recordamos que el fin de toda vida humana es el amor entregado, y que la ofrenda que se realiza en el matrimonio (igual que la que se hace a Dios de forma definitiva), por encarnar de manera privilegiada esa tendencia al amor, no puede sino fortalecer la capacidad de amar, hasta el punto de situarla a una distancia casi infinita de la que los novios tenían antes de la boda.

No se trata de una cuestión psicológica, como algunos me han comentado o preguntado, aunque también pueda reflejarse en esos dominios; sino de algo infinitamente más serio. Estamos ante un cambio abismal, comparable por ejemplo a lo que en filosofía denominamos el primum cognitum o la llegada del "uso de razón": aquel hábito que permite –en un momento difícil de precisar, pero sin duda existente–, conocer la realidad tal como es, con independencia de sus beneficios o desventajas para mí, y no solo, como los animales y los niños de muy poca edad, en lo que cada una supone para mi propia satisfacción o malestar.

De esta suerte, igual que puede hablarse de un hábito primero en los dominios del conocimiento, que lleva a conocer de un modo radicalmente superior al que se tiene antes de su formación (es lo que llamo primum cognitum o habitus entitatis), es legítimo referirse a un hábito muy concreto de la voluntad –lo denominaría, si no fuera una cursilada, habitus sponsalis amoris–, que hace posible amar de una forma inédita y muy ennoblecida: conyugalmente.

Hasta el extremo de que hay que afirmar que la persona que lo genera –justo en el instante y como producto de la entrega sin reservas– es capaz, en general, de fijar definitivamente el objeto de sus amores en aquel (o Aquel) a quien se ha entregado y, en el caso del matrimonio, de transformar el cuerpo sexuado en vehículo eficaz (de la culminación) de la entrega de la propia persona… cosa imposible antes de casarse.

Habilitarse… más o menos

Me explico con un poco más de detalle. A veces entendemos la responsabilidad como la cuenta que habremos de dar, ¡si nos pillan!, por lo que hemos hecho mal; o del premio que recibiremos por lo bueno que hay en nuestra vida… y que nosotros nos encargamos de dejar muy claro.

De nuevo es una visión correcta, pero muy pobre. Ante cualquier acción que realizamos, nuestra persona responde de inmediato mejorando o empeorando, haciéndonos más capaces de obrar de nuevo, mejor y con más facilidad, en el mismo sentido, bueno o malo: quien se acostumbra a robar se va haciendo un ladrón; el que miente, un mentiroso; el que emprende grandes empresas en bien de los demás, una persona magnánima; quien se entrena siete horas en el gimnasio –si no perece en el intento– un auténtico "cachas", etc.

Esa respuesta, que nos marca queramos o no, es la verdadera responsabilidad: el modo como nuestro ser responde y se modifica en función de nuestras actuaciones.

Pongámonos en el supuesto de acciones buenas. Cada una de ellas nos mejora y nos hace más capaces de realizar fácilmente, con gusto y sin equivocarnos el mismo tipo de operaciones. Pero no todas nos capacitan con la misma intensidad.

Quien presta sus apuntes a un compañero, se hace un poco más generoso; quien dedica toda una tarde a explicarle lo que no comprende, bastante más; quien, sin que se note, está constantemente pendiente –aunque a él le cueste sangre– de que sus amigos hagan lo que deben, con gracia y sin hacérselo pesar… ¡es un tío grande, maestro en generosidad y en muchas otras virtudes (no digo "tía grande", no por pusilánime, sino porque ellas se llaman a sí mismas "tío": viva la juventud y la nojuventud que quiere parecer joven)!

Una puntualización importante

Pero todos estos ejemplos cuadrarían mejor con el incremento paulatino de la capacidad de amar que, cuando queremos bien, vamos generando en nosotros.

Hay otros casos que se sitúan más cerca del que estamos considerando, aun sabiendo que un ejemplo es solo eso: algo que, si está bien escogido, ayuda a entender la realidad que pretendemos ilustrar, pero que no se identifica con ella.

Me refiero, por concretar, y en negativo, a que quien no se decide a tirarse desde un trampolín, venciendo con ello el miedo que inicialmente lo acogota, nunca estará en condiciones de saltar de nuevo, con gusto y soltura, mejorando progresivamente la técnica y el estilo.

O, en positivo, y apurando un poco más la analogía, a la firme decisión que lleva, después de un tiempo de aprendizaje, a lanzarse por primera vez en caída libre desde un avión, gracias a un acto de valor que vence el miedo connatural a realizar ese salto; o, en una línea no muy lejana, a dar el paso definitivo para entrar a ejercer una profesión de alto riesgo en beneficio de los demás (pienso, entre otros, en los bomberos o los equipos de salvamento), haciendo caso omiso del temor que suscita el poner la propia vida en peligro con relativa frecuencia.

En estas circunstancias y en otras similares, ese notable acto de virtud, al multiplicar el vigor de las facultades respectivas, coloca a quien lo realiza en un nivel superior que antes de llevarlo a cabo, y lo faculta para irse superando en el ejercicio cada vez más perfecto de las actividades, que antes no eran posibles y ahora ya sí lo son.

La gran aventura

Y casi en el término de esa línea ascendente se sitúa el sí de la boda.

Como apuntaba, varón y mujer son seres-para-el-amor; y la culminación y mayor expresión de todo amor es la entrega. Cuando esa entrega es sincera, profunda, total y de por vida –cosa que se manifiesta en un solo acto, el sí de la boda–, ¿cómo no va a responder nuestra persona incrementando de una forma impensable su capacidad de querer?

¡Ahí se encuentra la razón antropológica más de fondo de la necesidad de casarse! El motivo más entusiasmante para decir un sí que nos permita iniciar la gran aventura del matrimonio: el camino que nos llevará hasta nuestra plenitud personal y nuestra felicidad.

¿Que eso suena demasiado utópico? ¡Qué lástima!, porque entonces no se comprende lo que es una aventura. Lo propio de ella es que:

" Quienes la emprenden se pongan una meta alta, en apariencia inalcanzable, pero que vale la pena.

" No tienen ninguna seguridad de que van a alcanzar su objetivo; de lo contrario, ¿dónde queda la gracia de la aventura?

" Una vez que la inician, no permiten que las dificultades y los contratiempos, también los imprevistos, sofoquen la ilusión inicial ni les impidan recrearse en lo que ya han logrado.

" La mirada fija en el fin, en el triunfo hace que, a cada paso, renueven las energías y las agallas para seguir adelante.

Si enfocamos de este modo el matrimonio, contando con las fuerzas que nos proporciona el habernos casado, sí será ciertamente un camino de rosas, en el que la apariencia y la fragancia de las flores logren que casi no advirtamos los pinchazos de las espinas (¡qué cursilada!, pero como no lo ha leído mi mujer…).

No lo será, sin embargo, si por ignorancia o dejadez o desprecio hemos decidido que la boda constituye un mero trámite y no nos hemos capacitado para querer con un amor relevante, aventurado y venturoso; más todavía, con ese actoomisión nos vamos paulatinamente haciendo incapaces de amar de la forma correcta.

Por el contrario, si, mediante el matrimonio, conseguimos que lo importante sea efectivamente el amor, no cabe la menor duda de que ¡vale la pena casarse!