sábado, 26 de mayo de 2012

la familia, comunión de personas


A veces se ha acusado a los personalistas de negar la sustancialidad de la persona. El trexto de Buttiglione deja claro que la actitud de estos filósofos no es antisustancialista, pues la persona tiene las características básicas de la sustancia, como son: permanencia bajo los cambios, ser en sí y no en otro, etc.


Rocco Buttiglione

 La persona y la familia. Palabra. Madrid, 1999 (pp.113-117).

LA FAMILIA COMO COMUNIÓN DE PERSONAS

 Qué es la persona

Es interesante aclarar desde el primer momento que entendemos por la expresión «comunión de personas», de modo que podamos comprender más exactamente qué se quiere decir cuando se afirma que la familia es una «comunión de personas».
Santo Tomás, siguiendo una definición tradicional, enunciada por Boecio, dice que la persona es una «substancia individual de naturaleza racional». Para comprender mejor esta definición de Santo Tomás veamos qué es lo que niega. En primer lugar niega que la persona sea un conjunto de impresiones más o menos lábiles, de emociones y recuerdos privados de un principio de coherencia interna y de estabilidad. Muchas veces se encuentra difundida la idea de que la persona es solamente su estado de consciencia actual. Esto nos hace toparnos con la contradicción de personas que tienen o sostienen tener estados de conciencia radicalmente diferentes a distancia de pocos días o incluso de pocas horas. Un feroz asesino puede en pocas enternecerse por una flor o, a los pocos meses del crimen, pretender ser «otra persona». Esta inestabilidad está hoy particularmente difundida, también como consecuencia de la creciente precariedad de las relaciones familiares. Después de concebir así una persona, resulta imposible comprender cómo se puede estar comprometido hoy por un acto realizado en el pasado. Esto es particularmente claro en el caso del matrimonio. Quien estuviese de acuerdo con esa concepción de la consciencia como consciencia actual podría decir, por ejemplo: «es verdad, te he jurado eterno amor, pero eso fue ayer y mi yo de ayer es diferente del de hoy. Mi estado de consciencia ha variado y ¿cómo podría estar obligado por un acto que ya no me pertenece?».

A todo esto se opone el concepto tomista de substancia. Etimológicamente, substancia deriva de estar debajo. Debajo de los diversos estados de consciencia que cambian, hay algo que no cambia esencialmente, que es la subjetividad de la persona.
La subjetividad es la que se compromete en los actos libres, pasando a través de los actos de consciencia. Además la substancia de la persona está, en cierto modo, expuesta al cambio, pero ese cambio no es accidental y arbitrario. Todo acto de la persona se integra en la substancia y la cambia, haciéndola más o menos auténticamente ella misma, conduciéndola hacia una mayor o menor verdadera actualización de sus potencialidades.
A través de sus acciones, por tanto, la persona crece, mejora o empeora en tanto que persona o, en cualquier caso, conserva en sí misma sus propias acciones o al menos su valor moral. La substancia de la persona, nos dice también Boecio, es individual: toda persona es responsable de sus propias acciones, es su causa y su origen. El hecho de que nuestra actuación esté condicionada por el ambiente, la sociedad, por el contexto general de nuestra existencia no cambia para nada el hecho de que a pesar de todo somos los autores. Ninguna responsabilidad colectiva puede sustituir nuestra responsabilidad personal. Por último, el hecho de que la persona sea una substancia individual de naturaleza racional nos indica la medida según la cual su acción debe ser juzgada para comprender si realiza o desfigura su naturaleza y su tarea original. La persona en tanto que sujeto racional puede conocer la verdad propia de los diversos ámbitos donde actúa y está obligada a actuar según esa verdad.
Es bueno recordar esta concepción tomista de la persona al principio del capítulo porque, en el intento de explorar algunas dimensiones del ser personal que no están inmediata y explícitamente incluidas en esta definición, no buscamos en ningún modo negar lo que afirma, es más, en cierto sentido lo presuponemos.

Buscamos ahora considerar otro aspecto del ser personal, que no es en absoluto desconocido al mismo Santo Tomas; se trata de la dimensión según la cual la persona es relación. Para comprender bien este aspecto es necesario referirse a la aparición del término persona en el lenguaje de la filosofía y de la teología.

Persona significa originalmente máscara, la máscara que el actor antiguo se ponía sobre el rostro. Por extensión, la palabra significa el papel teatral, que está definido por su relación con los otros papeles. La función del personaje es la de ser interlocutor en un dialogo, que es a su vez el hilo conductor de un drama, en el que se clarifica el destino y el sentido de la existencia de los diversos interlocutores Esto hace que la gente tenga una consistencia en si misma pero que a la vez propiamente no pueda subsistir sin la relación con los demás ¿Como podría subsistir Antigona fuera de la relación con Creonte y con Edipo y sus hermanos, es decir, fuera del papel que le corresponde en el drama. En teología, el concepto de persona entra como un eminente concepto de relación Fue introducido para pensar en la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. El hijo subsiste por si mismo, pero, al mismo tiempo, le genera el recibir en si continuamente el don del Padre, igualmente el Espíritu coincide en cierto sentido con su acto de reunir en el amor al Padre y al Hijo. En Dios coinciden substancia y acción y por tanto, también substancia y relación en un modo que sobrepasa la razón humana Aquí nace la formula trinitaria de una única substancia en tres personas. La cualidad de la relación entre las personas, la totalidad de la recíproca relación es tal que implica la unidad de la substancia, su radical ser compartida, su no ser substancialmente distintos uno del otro, a pesar de mantener la distinción de personas, en virtud de la cual solo puede subsistir una relación de don.
Es bastante significativo el hecho de que la noción de persona, incialmente introducida para comprender la naturaleza de las relaciones intratrnitarias, se haya convertido cada vez mas en elemento central de la actual controversia sobre lo humano. Quizá se podría ver en esto una cierta confirmación experimental de la afirmación bíblica según la cual «Dios creo al hombre a su imagen y semejanza».
La persona y el amor
Naturalmente, en el caso del hombre, la conexión entre substancia y relación es diferente que en el caso de la Trinidad. Todo ser humano posee, como ya hemos visto, una substancia propia, que le pertenece en modo inalienable Sin embargo resulta también verdad que todo ser hermano llega a ser consciente de su propia dignidad óntica y toma conciencia de su propio valor como hombre solamente a través de la relación con otros y lo hace de modo especial cuando otro ser humano toma hacia el la actitud que corresponde al valor de la persona, es decir, el amor. El amor, en sentido general y no exclusivamente sexual, es una respuesta afectiva de toda la persona que implica el reconocimiento de la dignidad del otro, pero también el asombro afectivo y la contemplación de su dignidad y grandeza, de donde nace la disponibilidad a comprometerse uno mismo para defender tal dignidad y belleza y acompañarla hacia su adecuada realización
Para la persona humana tomar conciencia de si mismo o ser autoconsciente no es algo accesorio, que puede ocurrir o no ocurrir. La autoconciencia es el acto propio de la persona, decisivo para su autorrealización como tal persona. Solamente de ese modo se puede hacer no sólo lo que es justo, sino también vivir esa acción como propia, como algo que me pertenece y me constituye esencialmente.
Como hemos dicho, esta autoconciencia es posible solamente a través de la mediación del otro, es decir, en la medida en que otro, dirigiéndose a mí, despierta en mí la conciencia de la parte que debo recitar en el drama de la vida y de la historia. Comienzo a existir como ser autoconsciente al recibir la llamada del otro y como respuesta a la disponibilidad que manifiesta hacia mí.

En este sentido ser persona es por su propia naturaleza comunión. Ser un sujeto individual no contradice esta estructura de la persona sino que ayuda a comprenderla mejor. La relación con otra persona humana, de hecho, no crea ni el sujeto ni su conciencia, pero se integra sobre el presupuesto de un primera donación original del ser y del sentido por parte de Dios, precisamente como su desarrollo y su explicitación. Esto quiere decir que en la relación interpersonal, y en particular en la educación, el hombre coopera con Dios en la creación de la interioridad del otro. Esto es de decisiva importancia, porque nos empuja a rechazar cualquier pretensión de un hombre de considerar a otro hombre como un producto de su iniciativa. Nuestros hijos, que generamos en la carne y educamos en el espíritu, justamente a causa de esa original donación del ser y del sentido por parte de Dios, no nos pertenecen, pertenecen a un destino infinitamente más grande, hacia el que nosotros solamente nos esforzamos en lo posible de guiarles y en todo caso de acompañarles. Sin embargo esto no nos debe llevar a no ver otro lado de la verdad. Cada uno de nosotros es, en cierto sentido, la suma del amor que le ha sido dado, otros hombres participan realmente en la creación de nuestra personalidad concreta, tanto que no seríamos lo que somos sin ellos. Existen relaciones humanas decisivas, y nuestro destino depende en gran medida de cómo las vivimos.


sábado, 21 de abril de 2012

Sobre el matrimonio Gay


Por qué el matrimonio gay es una mala idea

La agitación en torno al matrimonio gay no tiene nada que ver con la libertad y la igualdad, y sí mucho con que algunas élites han descubierto aquí una nueva misión moral. Esto es lo que detecta Brendan O’Neill, director de spiked, donde se publicó originalmente este artículo, con más referencias a la propuesta en el Reino Unido (1).
Una nueva clase ha creado por arte de magia una pseudocausa por la cual definirse a sí misma y a sus valores
Cualquiera que se haga la sencilla pregunta de por qué el matrimonio gay ha llegado a ser un tema del que tanto se habla en Norteamérica y en Europa, sin duda concluirá que es la cuestión política más surrealista de nuestro tiempo. No hay campaña popular en su favor; históricamente, los gays no han tenido interés por casarse; y según una reciente encuesta, aunque el 45% de los británicos apoyan el matrimonio gay, el 78% creen que legalizarlo no debería ser una prioridad del Parlamento.

Sin demanda popular
Nada cuadra en el debate sobre el matrimonio homosexual. Nada. Por ejemplo, el derecho al matrimonio homosexual se presenta como un radical toque de generala equivalente a las luchas en pro del sufragio femenino o de los derechos civiles; y, sin embargo, recibe el respaldo entusiasta de instituciones tan insuperablemente ajenas a todo radicalismo como The Times, Goldman Sachs y David Cameron.
Los políticos afirman que deben hacer “lo que se debe” acerca del matrimonio homosexual, al igual que sus homólogos de antaño hicieron lo que se debía hacer dando derecho a voto a las mujeres. Olvidan mencionar que no ha habido en absoluto una campaña pública tenaz, y nadie se ha arrojado delante del caballo de la reina en defensa del derecho de los homosexuales a casarse.
Sedicentes portavoces de los homosexuales presentan este esfuerzo como la conclusión lógica de sus aproximadamente sesenta años de campaña en favor de la igualdad, pasando por alto que hubo un tiempo en que muchísimos activistas homosexuales consideraban el matrimonio y la familia como problemas y exigían el reconocimiento de su derecho de vivir al margen de tales instituciones. La transformación del matrimonio homosexual en un barómetro de la decencia moral explica por qué el debate que lo rodea está plagado de censura y condena.

Un lazo en la solapa de las élites
Es este un asunto tan relativamente repentino y tiene tan escasas raíces en las campañas políticas o en la sustancia histórica, que sería igual de razonable que mañana todo político y comentarista sobre la faz de la tierra empezara de pronto a hablar sobre la gran importancia de conceder a las mujeres el derecho de vivir en cabañas construidas en las copas de los árboles. Después de todo, probablemente haya algunas mujeres que deseen llevar una existencia arborícola, y bien podría el público apoyar su derecho a hacerlo, aunque precisando a la vez que eso no debería ser una prioridad parlamentaria. Entonces, ¿por qué Cameron y el gremio de comentaristas no hacen de ello una cuestión importante?
Dado lo surrealista del asunto, resulta sorprendente que tantas personas inteligentes tomen en serio el matrimonio homosexual, diciendo con aire de gravedad: “Sí. Yo respaldo por completo que se legalice este derecho histórico vilipendiado durante tanto tiempo”. Lo que en cambio deberían hacer es preguntarse si el matrimonio entre homosexuales es realmente una cuestión y dilucidar cómo ha llegado a ser un campo de batalla definitorio en las modernas Guerras Culturales. Pues, según tengo para mí, lo que aquí está sucediendo es que, so capa de “ampliar la igualdad”, en realidad estamos presenciando la consolidación instintiva de una nueva clase, de un nuevo escenario político, que, carente de los conocidos postes indicadores morales del pasado, ha creado por arte de magia una seudocausa por la cual definirse a sí misma y a sus valores.
La razón por la que la cuestión del matrimonio homosexual puede parecer surgida de la nada, y haber llegado a estar en todas partes, consiste en que es algo totalmente impulsado por las élites, de arriba abajo. La verdadera fuerza motriz que lo respalda no es ninguna ansia real ni públicamente manifestada de las parejas homosexuales por casarse, menos aún un afán público más general por la reforma de la institución del matrimonio; más bien consiste en la necesidad de la clase política y mediática de hallar una cuestión con la que expresar sus valores y anunciar su superioridad. El matrimonio entre homosexuales no es un cuestión real: es un distintivo cultural, como lucir un lazo rosa para mostrar que nos preocupa el cáncer de mama.

Pese a la indiferencia de las masas
Uno de los aspectos más chocantes en torno al matrimonio homosexual es la disparidad entre el sentimiento de las masas por la cuestión (que es entre débil e inexistente) y la pasión que por ella siente la élite (que es intensa). Todo tipo de instituciones elitistas, desde partidos políticos hasta enormes empresas, están poniéndose en fila para respaldar la “causa” del matrimonio homosexual por haber detectado que es la cuestión por medio de la cual los de su clase pueden ahora exhibir su santidad.
De modo que no son sólo instituciones mediáticas conservadoras del viejo mundo, como The Times, ni partidos de derechas como los conservadores, los que declaran su apoyo al matrimonio homosexual; también lo hace el consejero-delegado de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein. Este se ha convertido en portavoz de uno de los mayores grupos pro derechos de los homosexuales de los Estados Unidos, apareciendo en sus anuncios para afirmar: “Yo apoyo la igualdad en el matrimonio”.
La intervención de Goldman Sachs no tiene pies ni cabeza, salvo como parte de un proceso de rara e instintiva redefinición de las élites en torno a este asunto. El matrimonio homosexual se ha convertido en el gran cosmético de instituciones desacreditadas o desorientadas; tanto, que hasta un odiado banco de inversiones ve provechoso enrolarse en la causa.
Lo que efectivamente tenemos aquí es la formación de una nueva camarilla por medio de una cuestión cuidadosamente seleccionada. En una época en la que las tradicionales líneas divisorias políticas importan poco y cuando ha decaído la antigua moralidad, se da un tanteo instintivo en busca de algo, cualquier cosa, a través de la cual uno pueda afirmar de nuevo su seriedad moral y su superioridad cultural. Y en los últimos años el matrimonio homosexual se ha convertido en la principal plataforma de semejante acicalamiento de las élites.

Barómetro de la decencia moral
Resulta, pues, asombroso que un escritor partidario de los Tories haya argumentado que no importa que el público no esté entusiasmado en masa por el matrimonio homosexual, ya que “el verdadero arte de gobernar no espera a obtener permiso en referéndum: un gobierno promulga medidas civilizadoras porque eso es lo que hay que hacer” (2). Aquí se establece un contraste explícito entre la sensibilidad de la élite y la indiferencia de la masa ante cuestiones culturales aparentemente importantes. El matrimonio homosexual se considera claramente como una oportunidad de demostrar “verdadero arte de gobernar” en un momento en el que otras oportunidades de hacerlo son escasas e infrecuentes para nuestros distantes dirigentes.
La transformación del matrimonio homosexual en un barómetro de la decencia moral explica por qué el debate que lo rodea está tan plagado de censura y condena. Ésta es otra chocante diferencia entre los viejos reformadores genuinamente democráticos y quienes hoy apoyan el matrimonio homosexual: mientras los verdaderos reformadores estaban a favor de la transparencia y el debate, el grupo de presión pro matrimonio homosexual parece mucho más interesado en sofocar todo desacuerdo.
En palabras de una colaboradora de The Guardian, “existen algunos temas que deben ser discutidos en tonos grises, reconociendo sutilezas y diferencias culturales. El matrimonio entre personas del mismo sexo no es uno de ellos. Solo hay una postura correcta” (3). Queda claro que no es éste un problema político tal y como lo habríamos entendido antes, en el que distintas opiniones chocan y compiten en busca de apoyo; es más bien semejante a una nueva restricción religiosa, cuyo objetivo es distinguir entre los que son Buenos (la élite de incondicionales del matrimonio homosexual) y los que son Malos (aquellos que se oponen o a los que no es posible entusiasmar con ello).

Devaluación del matrimonio
Algunas personas dirán: ¿Qué más da que la campaña en pro del matrimonio homosexual sea un poco snob y excéntrica? Al menos sus consecuencias serán una mayor igualdad y “derechos nupciales” auténticos para los homosexuales.
Pero incluso en sí mismo, el matrimonio homosexual es una mala idea por muchos motivos. Principalmente porque, aunque se nos presente como un acto maravillosamente generoso de elevación cultural (de las parejas homosexuales), constituye –lo que es más importante– un irreflexivo acto de devaluación cultural (del matrimonio tradicional).
Una institución a la que se incorporan millones de personas por razones muy específicas –a menudo, aunque no siempre, con el fin de procrear– está siendo degradada con toda indiferencia, llegando el gobierno liberal-conservador a proponer que las palabras “marido” y “esposa” dejen de ser utilizadas en documentos oficiales. El repentino lavado orwelliano de los archivos públicos aplicado a dos títulos tan antiguos, demuestra hasta qué extremo está la élite dispuesta a hacer caso omiso de identidades tradicionales en su busca de una nueva identidad propia como personas morales y respetuosas de la homosexualidad.
Más grande que las parejas
Bueno, quizá piense usted que la institución del matrimonio debería ser devaluada, que está acartonada, que es conservadora y que necesita una revisión general. De acuerdo. Entonces, argumente usted en pro de ello de forma transparente y honesta. Pero nadie sale ganando con la farsa del matrimonio homosexual. La realidad es que el matrimonio no tiene que ver simplemente con la cohabitación o la pareja; ni siquiera con mantener una relación intensa. Históricamente, su contenido ha sido mucho mayor: la creación de una unidad, dotada de sus propias normas, que es reconocida por el Estado y la sociedad como una unión característica, a menudo celebrada con el fin de criar una nueva generación.
Sí, algunas parejas lo contraen por otros motivos –por compañía, por divertirse, por el convite o por lo que sea–, pero aquí no hablamos de los motivos de las personas; hablamos del significado de una institución. Incluir sin distinción a toda relación humana de modo que todo, desde el amor homosexual a un matrimonio cristiano que quiera tener cinco hijos, quede homogeneizado bajo el término “matrimonio”, no beneficia a nadie. Ni a las parejas homosexuales, cuyo “matrimonio” tendrá escasa profundidad o significado histórico, ni a los matrimonios actuales, algunos de los cuales pueden sentir que su identidad queda corroída.
spiked apoya sin reservas el derecho de las personas a vivir sus vidas como les parezca bien, dentro o al margen de instituciones “respetables” como el matrimonio y la familia, y libres de toda interferencia del Estado. Pero la campaña del matrimonio homosexual no tiene nada que ver con la libertad ni con la igualdad. Más bien se trata de una cínica campaña de pavoneo moral oportunista por parte de la élite cultural que llevará a que los homosexuales queden engatusados con una forma de “matrimonio” francamente carente de significado y, al mismo tiempo, a que los matrimonios descubran que la antigua institución a la que se han incorporado está siendo aún más privada de sentido. Digamos “no quiero” al matrimonio homosexual.
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Notas
© 2012: spiked Ltd.
© 2012 de la versión española, realizada por Paulino Serrano: Aceprensa, S.A.

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Homosexualidad: lo que la ciencia no dice

Stanton L. Jones, profesor de psicología y rector del Wheaton College de Chicago, contesta en un artículo publicado por First Things (febrero 2012) algunas ideas muy difundidas sobre la homosexualidad, que muchos creen demostradas por la ciencia. Jones, sin embargo, sostiene que las investigaciones hechas hasta ahora no son concluyentes y que en ocasiones se tergiversan o son malinterpretadas por motivos ideológicos.
La tendencia actual a sostener el determinismo biológico en las tendencias sexuales se explica por el interés de equiparar la causa gay con la lucha contra el racismo
Son varios los tópicos sobre la homosexualidad que se difunden como verdades indiscutibles y apoyadas en estudios científicos. Por ejemplo, se dice que la tendencia sexual está determinada biológicamente y que, por ello mismo, no se puede modificar; se piensa, incluso, que los intentos por modificarla pueden ser perjudiciales para el equilibrio psicológico. También está extendida la idea de que las relaciones homosexuales son equiparables a las heterosexuales, a efectos psicológicos o sociales.
Esas son tesis corrientes entre quienes favorecen las reivindicaciones gay. En cambio, entre los conservadores que no las apoyan, es corriente creer que la homosexualidad es un trastorno psíquico de raíces exclusivamente psicológicas o espirituales, y se puede eliminar solo con que el interesado se empeñe en serio.
Todas estas afirmaciones, según Jones, “proceden de ideas distorsionadas o equivocadas de los mejores hallazgos científicos sobre la atracción homosexual”. El origen de la homosexualidad parece estar en una combinación de factores biológicos, psicológicos y ambientales, sin que sepamos el grado de influencia de cada uno.

El problema de las muestras
Existen estudios que parecen apoyar esos tópicos, pero no resultan concluyentes. Como explica Jones, las investigaciones sobre la atracción y la conducta homosexual adolecen, en grado mayor o menor, de un defecto que hasta ahora no se ha podido superar: la falta de representatividad de las muestras.
Para que un análisis empírico tenga certeza estadística, hace falta una muestra representativa de la población que se quiere estudiar. Para ser representativa, la muestra debe tener un tamaño suficiente y presentar una composición demográfica (edades, lugares de residencia, clases sociales, etc.) semejante a la población total. También es necesario que los miembros de la muestra hayan sido seleccionados al azar.
Pero, señala Jones, “las muestras representativas de personas homosexuales son difíciles de obtener, en primer lugar porque la homosexualidad es, estadísticamente, un fenómeno poco común”. Un cálculo realizado por el Williams Institute –un think tank dependiente de la Facultad de Derecho de Harvard–, estima que entre la población adulta de EE.UU., Canadá y Europa, son homosexuales el 1,1% de los hombres y el 0,6% de las mujeres. Esto hace muy difícil encontrar un número suficiente de participantes en las investigaciones o encuestas para que sean representativas.
Además, hay un problema de selección de los participantes. Como los homosexuales son relativamente pocos, y además es difícil identificarlos si no es por declaración propia, se suele acudir a miembros de organizaciones gay o poner anuncios para pedir voluntarios. Así, la falta de aleatoriedad en la muestra impide generalizar los resultados obtenidos al conjunto de la población homosexual.
Un estudio hecho en Noruega y Suecia concluye que la tasa de ruptura en los primeros cinco años de las parejas gay es un 50% más alta que en los matrimonios, y en las parejas de lesbianas, un 167% más.

La biología no es todo
Hecha esa advertencia, Jones pasa a examinar los distintos tópicos sobre la homosexualidad.
El primero es que la homosexualidad tiene causas solo biológicas. Sin embargo, explica Jones, “estudios recientes indican que factores ambientales –familiares, culturales y de otros tipos– contribuyen también al nacimiento de la atracción homosexual. Familias desestructuradas, la ausencia de los progenitores, la maternidad tardía y un entorno urbano, son factores asociados tanto a la atracción como a la conducta homosexual”.
Otro factor es la experiencia de abusos sexuales durante la infancia, que sin fundamento alguno había sido rechazado como hipótesis explicativa. Jones alude a un estudio longitudinal que ha analizado el comportamiento de un conjunto de personas durante 30 años. Los datos de la investigación, publicada en Archives of Sexual Behavior, muestran que en algunos casos puede ser determinante.
Esto, advierte Jones, no implica negar toda validez a las explicaciones de carácter biológico. Pero las hipótesis de este tipo no han obtenido por el momento demostración empírica.
La tendencia actual a sostener el determinismo biológico en las tendencias sexuales se explica más bien, dice Jones, por el interés de presentar la homosexualidad como un rasgo innato, a semejanza de la raza, para equiparar la causa gay con la lucha por la igualdad de derechos civiles. La tendencia homosexual se puede cambiar en algunos casos, pero eso requiere una fuerte motivación y unas convicciones firmes

La hipótesis de las hormonas en la gestación
Así, una teoría sostiene que algunas madres gestantes reaccionan contra las hormonas masculinas del feto, que en consecuencia experimenta una masculinización incompleta. Tal reacción se agudiza en las sucesivas gestaciones de fetos masculinos, de forma que los hijos varones con hermanos mayores del mismo sexo tienen más probabilidad de ser homosexuales.
Pero “actualmente, los indicios a favor de dicha reacción inmunológica son mínimos”, afirma Jones. Ni siquiera defensores de esta teoría como Anthony Bogaert y Ray Blanchard, que han estudiado la hipótesis en la población norteamericana, encuentran resultados concluyentes. Un estudio posterior, más fiable (sobre una muestra de dos millones de daneses y otra de 10.000 adolescentes norteamericanos) no pudo confirmar esta teoría.

Sin pruebas de la explicación genética
J. Michael Bailey postuló, a partir de ciertos estudios, que la orientación sexual se basa en la constitución genética de los individuos. Ahora bien, si esto fuera cierto, los gemelos idénticos, que comparten la misma dotación genética, tendrían que desarrollar el mismo tipo de orientación sexual. Bailey intentó verificar la hipótesis con una investigación sobre voluntarios reclutados en la comunidad gay de Chicago. Halló que la coincidencia de orientación sexual era del 52% en los gemelos idénticos, del 22% en los gemelos dicigóticos y del 9% en los hermanos de distintas edades. Los resultados, aparentemente favorables, recibieron una amplia cobertura mediática.
Ese trabajo de Bailey tiene un problema de muestra. Con un grupo más representativo, tomado del Registro de Gemelos de Australia, el propio Bailey halló una tasa de concordancia mucho más baja, el 11,1%, en los gemelos idénticos. Ni este segundo estudio, ni otro posterior realizado en Suecia, que redujo la tasa al 9,8%, recibieron apenas eco en los medios de comunicación.
Otros estudios proponen que la homosexualidad se hereda y estiman la tasa de transmisión en el 30-50% para los hombres y algo menos en el caso de las mujeres. Pero esas cifras son muy poco significativas, pues son similares o inferiores a las tasas de herencia observadas en actitudes muy diversas, como la postura política derechista, la religiosidad o el hábito de ver mucha televisión (45%).
Lo único que se puede concluir a la vista de las investigaciones hechas hasta ahora es que la homosexualidad es un asunto sumamente complejo sobre el que aún hay muchas más incógnitas que certezas. El origen de la homosexualidad parece estar en una combinación de factores biológicos, psicológicos y ambientales, sin que sepamos el grado de influencia de cada uno.

Parejas menos estables
Otro tópico es que las relaciones homosexuales no son distintas de las heterosexuales en cuanto a grado de fidelidad y compromiso, cosa que se aduce en favor del “matrimonio gay”. Los estudios hechos no apoyan esa idea. Uno de ellos estima en el 82% la tasa de infidelidad de los gay, frente al 26% de los hombres con pareja femenina. Otro, hecho en Noruega y Suecia con una muestra más representativa, concluye que la tasa de ruptura en los primeros cinco años de las parejas gay es un 50% más alta que en los matrimonios, y en las parejas de lesbianas, un 167% más.
Por otro lado, para defender la adopción de niños por parte de parejas homosexuales, se suele afirmar que los educados en un entorno homosexual no tienen mayor probabilidad de desarrollar la misma tendencia sexual. Las investigaciones, según Jones, sugieren más bien lo contrario. “La paternidad gay triplica o cuadruplica el índice de homosexualidad”, que pasa del 2% al 8%, “lo que constituye un efecto relevante desde un punto de vista estadístico”.

¿Se puede cambiar?
“La influencia de factores biológicos no excluye que se pueda modificar la orientación sexual”, contra lo que creen algunos. En realidad, no puede decirse que la ciencia haya demostrado la imposibilidad de cambiar.
Jones se hace eco de una investigación, dirigida por Mark Yarhouse (Regent University) y él mismo, que analizaba el comportamiento de ciertas personas interesadas en modificar su orientación homosexual. Se estudiaron 98 casos (72 hombres y 26 mujeres) que se inscribieron en uno de los programas terapéuticos de Exodus International.
Los resultados del estudio son los siguientes: el 23% de las 63 personas que completaron el programa terapéutico logró modificar su atracción y se convirtió en heterosexual; el 30%, si bien no cambió de forma completa, al menos afirmó que había abandonado las prácticas homosexuales y había dejado de identificarse como homosexual; el 20% no apreció cambios significativos en su tendencia y el 27% continuó el proceso, si bien con resultados en general poco satisfactorios. Jones subraya, por otro lado, que “el intento de cambiar de orientación sexual no ha conllevado en ellos ningún aumento del malestar psicológico; más bien, les ha producido mejoras en su equilibrio mental”.

Un fenómeno complejo
Siendo coherente con sus repetidas advertencias, Jones señala que tampoco en su propio estudio la muestra es representativa y, por tanto, no se pueden generalizar los resultados. Pero al menos “se puede afirmar que la orientación sexual es a veces mudable”.
La homosexualidad, como fenómeno complejo que es, admite muchas variantes, unas más “modificables” que otras: la posibilidad de cambiar de orientación sexual depende, entre otras cosas, de la motivación personal de quien se lo propone, y de sus convicciones.
Así, “la mayoría de los que buscan el cambio y la mayoría de los que finalmente cambian son personas de sólida fe religiosa; los individuos que creen que Dios interviene en su vida y que se encuentran integrados en comunidades que les atienden se encuentran motivados por su profundo conocimiento de quiénes son como persona delante de Dios”.


jueves, 29 de marzo de 2012

Laborem exercens (II)


IV. DERECHOS DE LOS HOMBRES DEL TRABAJO


16. En el amplio contexto de los derechos humanos
El trabajo es un deber, pero también una fuente de derechos en los que hay que tener presente, ante todo la relación empresario-trabajador. Podemos distinguir entre: empresario directo, con quien el trabjador estipula directamente el contrato de trabajo y empresario indirecto, conjunto de factores que influyen de algún modo con el contrato o con las relaciones de trabajo.

17. Empresario "indirecto" y "directo"
El concepto de empresario indirecto se puede aplicar a sociedades y, en primer lugar al Estado por su influencia en el mundo del trabajo tanto a nivel nacional como internacional donde origina relaciones que crean a su vez dependencias recíprocas (...) Tal sistema de dependencias recíprocas es normal en sí mismo, pero puede convertirse fácilmente en ocasión para diversas formas de explotación o de injusticia (...) Por ejemplo, los países altamente industrializados y, más aún, las empresas multinacionales, ponen precios lo más alto posibles para sus productos, mientras procuran establecer precios lo más bajo posibles para las materias primas o a medio elaborar, lo cual, entre otras causas, tiene como resultado una desproporción cada vez mayor entre los réditos nacionales de los respectivos países. La distancia entre la mayor parte de los países ricos y los países más pobres no disminuye ni se nivela, sino que aumenta cada vez más.


18. El problema del empleo
Considerando los derechos de los hombres del trabajo, en relación con el empresario directo, se debe prestar atención en primer lugar a un problema fundamental: encontrar un empleo adecuado para todos los sujetos capaces de él. (...) El cometido del empresario indirecto es actuar contra el desempleo, lo cual es siempre un mal, cuando no una verdadera calamidad social.
La obligación de prestar subsidio a favor de los desocupados y sus familias es una obligación que brota del principio fundamental del orden moral en este campo, esto es, del principio de uso común de los bienes (...) Para salir al paso del peligro del desempleo, el empresario indirecto debe proveer una planificación global con referencia a la disponibilidad de trabajo (...) Esta solicitud global carga en definitiva sobre las espaldas del Estado, pero no puede significar una centralización llevada a cabo unilateralmente por los poderes públicos. Se trata más bien de una coordinación, justa y racional,  en cuyo marco debe ser garantizada la iniciativa de las personas, de los grupos libres, de los centros locales de trabajo...

De un modo similar  hay que actuar en el marco de la colaboración internacional mediante los necesarios tratados y acuerdos. También en esto es necesario que el criterio a seguir sea cada vez más el trabajo humano, entendido como un derecho fundamental de todos los hombres (...) de manera que el nivel de vida de los trabajadores en las sociedades presente cada vez menos esas irritantes diferencias que son injustas y aptas para provocar incluso violentas reacciones.

Echando una mirada sobre la familia humana entera, no podemos menos que quedar impresionados ante un hecho desconcertante: mientras por una parte siguen sin utilizarse conspicuos recursos de la naturaleza, existen por otra grupos enteros de desocupados y un sinfín de multitudes hambrientas: un hecho que atestigua sin duda el que, dentro de las comunidades políticas como en las relaciones existentes entre ellas a nivel mundial hay algo que no funciona y, concretamente, en los puntos más críticos y de mayor relieve social.

19. Salario y otras prestaciones sociales
El problema clave de la ética social es el de la justa remuneración por el trabajo realizado (...) A este respecto volvemos de nuevo al primer principio de todo el ordenamiento ético-social: el principio del uso común de los bienes (...) la remuneración del trabajo sigue siendo una vía concreta a través de la cual, la gran mayoría de los hombres puede acceder a los bienes de la naturaleza o a los que son fruto de la producción (...) De aquí que, precisamente el salario justo se convierta en todo caso en la verificación concreta (y en cierto sentido la verificación clave) de la justicia de todo el sistema socio-económico. Tal verificación afecta sobre todo a la familia (...) Tal remuneración puede hacerse bien sea mediante el llamado salario familiar -salario dado al cabeza de familia que sea suficiente para las necesidades de la familia- (...) bien sea mediante otras medidas sociales, como subsidios familiares o ayudas a la madre que se dedica exclusivamente a la familia (...) La experiencia confirma que hay que esforzarse por la revalorización social de las funciones maternas.

20. Importancia de los sindicatos
Sobre la base de todos estos derechos brota aún otro: el derecho a asociarse, formando asociaciones que tengan como finalidad la defensa de los intereses vitales de los trabajadores (...) los sindicatos modernos han crecido sobre la base de la lucha de los trabajadores -ante todo de los trabajadores industriales- para la tutela de sus justos derechos frente a los empresarios y a los propietarios de los medios de producción (...) La experiencia histórica enseña que las organizaciones de este tipo son  un elemento indispensable de la vida social, especialmente en las sociedades modernas industrializadas.

La doctrina social católica no considera que los sindicatos constituyan únicamente el reflejo de la estructura de "clase" de la sociedad y que sean un exponente de la lucha de clases que gobierna inevitablemente la vida social. Sí son un exponente de la lucha por la justicia social (...) Sin embargo, esta "lucha" debe ser vista como una dedicación normal "en favor" del justo bien (...) no una lucha "contra" los demás (...) El trabajo humano tiene como característica propia que une a los hombres y en esto consiste su fuerza social: la fuerza de construir una comunidad (...) A la luz de esta fundamental estructura de todo trabajo, la unión de los hombres para asegurarse los derechos que les corresponden, sigue siendo un factor constructivo del orden social y de solidaridad, del que no es posible prescindir.

Los justos esfuerzos por asegurar los derechos de los trabajadores, deben tener siempre en cuenta las limitaciones que impone la situación económica del país. Las exigencias sindicales no pueden transformarse en una especie de egoísmo de grupo o de clase, por más que puedan y deban tender a corregir todo lo que es defectuoso en el sistema de propiedad de los medios de producción (...) En este sentido la actividad de los sindicatos entra indudablemente en el campo de la política, entendida ésta como una prudente solicitud por el bien común. Pero al mismo tiempo, el cometido de los sindicatos no es "hacer política" en el sentido que se da hoy comunmente a esta expresión. Los sindicatos no tienen carácter de "partidos políticos" que luchan por el poder y no deberían ni siquiera ser sometidos a las decisiones de los partidos políticos o tener vínculos demasiado estrechos con ellos.

Actuando en favor de los justos derechos de sus miembros, los sindicatos se sirven también  del método de la "huelga", es decir, del bloqueo del trabajo, como de una especie de ultimátum dirigido a los órganos competentes y sobre todo a los empresarios. Este es un método reconocido por la doctrina social católica como legítimo en las debidas condiciones y en los justos límites.

21. Dignidad del trabajo agrícola
El trabajo del campo conoce no leves dificultades, tales como el esfuerzo físico continuo y a veces extenuante, la escasa estima en que está considerado socialmente hasta el punto de crear entre los hombres de la agricultura el sentimiento de  ser socialmente unos marginados, hasta acelerar en ellos fenómenos de fuga masiva del campo a la ciudad y desgraciadamente hacia condiciones de vida todavía más deshumanizadoras. Se añade a esto la falta de una adecuada formación profesional y de medios apropiados, un determinado individualismo sinuoso, y demás situaciones objetivamente injustas. En algunos países en vías de desarrollo, millones de hombres se ven obligados a cultivar la tierra de otros y son explotados por los latifundistas, sin la esperanza de llegar un día a la posesión ni siquiera de un pedazo mínimo de tierra en propiedad.

22. La persona minusválida y el trabajo
Los minusválidos (...) son también sujetos plenamente humanos, con sus correspondientes derechos innatos, sagrados e inviolables, que, a pesar de las limitaciones y los sufrimientos grabados en sus cuerpos  y en sus facultades, ponen más de relieve la dignidad y grandeza del hombre (...) Sería radicalmente indigno del hombre y negación de la común humanidad admitir en la vida de la sociedad y, por consiguiente, en el trabajo, únicamente a los miembros plenamente funcionales porque, obrando así, se caería en una grave forma de discriminación, la de los fuertes y sanos contra los débiles y enfermos.

23. El trabajo y el problema de la emigración
El hombre tiene derecho a abandonar su País de origen por varios motivos -como también de volver a él- y a buscar mejores condiciones de vida en otro País (...) La emigración por motivos de trabajo no puede convertirse de ninguna manera en ocasión de explotación financiera o social. En lo referente a la relación del trabajo con el trabajador inmigrado deben valer los mismos criterios que sirven para cualquier otro trabajador de aquella sociedad.



V. ESPIRITUALIDAD DEL TRABAJO

24. Particular cometido de la Iglesia
La Iglesia considera como deber suyo pronunciarse sobre el trabajo bajo el punto de vista de su valor humano y del orden moral, considerando un deber suyo particular la formación de una espiritualidad del trabajo, que ayude a los hombres a acercarse a través de él a Dios.

25. El trabajo como participación en la obra del Creador
...el hombre, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo participa en la obra del Creador, y según la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido, continúa desarrollándola y la completa, avanzando cada vez más en el descubrimiento de los recursos y de los valores encerrados en todo lo creado.

Hace falta que, de modo especial en la época actual, la espiritualidad del trabajo demuestre aquella madurez que requieren las tensiones y las inquietudes de la mente y del corazón: "los cristianos, lejos de pensar que las  conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signos de la grandeza de Dios (...) El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo"(GS, 34).

26. Cristo, el hombre del trabajo
Aunque en sus palabras no encontremos un preciso mandato de trabajar, no obstante, al mismo tiempo, la elocuencia de la vida de Cristo es inequívoca: pertenece al "mundo del trabajo", tiene reconocimiento y respeto por el trabajo humano, más aún, mira con amor el trabajo y sus diversas manifestaciones, viendo en cada una de ellas un aspecto de la semejanza del hombre con Dios.

27. El trabajo humano a la luz de la cruz y resurrección de Cristo
Todo trabajo -tanto manual como intelectual- está unido inevitablemente a la fatiga (...) Este dolor unido al trabajo señala el camino de la vida humana sobre la tierra y constituye el anuncio de la muerte: "Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra" (Gen 3,19) (...) El Evangelio pronuncia, en cierto modo, su última palabra, también al respecto, en el misterio pascual de Cristo (...) En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los "nuevos cielos y la nueva tierra" (Ap 21, 1).