viernes, 2 de junio de 2023

la voluntad de Dios en nuestras vidas

 



Aceptación de la voluntad de Dios en nuestras vidas (formación de la voluntad y formación del corazón).

“Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: « Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna » (cf. 3, 16). La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud. En efecto, el israelita creyente reza cada día con las palabras del Libro del Deuteronomio que, como bien sabe, compendian el núcleo de su existencia: « Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas » (6, 4-5). Jesús, haciendo de ambos un único precepto, ha unido este mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo, contenido en el Libro del Levítico: « Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (19, 18; cf. Mc 12, 29- 31). Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un « mandamiento », sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro”.

Carta encíclica «Deus caritas est», «Dios es amor»

"En el desarrollo de este encuentro se muestra también claramente que el amor no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor. Al principio hemos hablado del proceso de purificación y maduración mediante el cual el eros llega a ser totalmente él mismo y se convierte en amor en el pleno sentido de la palabra. Es propio de la madurez del amor que abarque todas las potencialidades del hombre e incluya, por así decir, al hombre en su integridad. El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento. El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por « concluido » y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo. Idem velle, idem nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común. La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío. Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría (cf. Sal 73 [72], 23-28)."



1. La voluntad de Dios en nuestras vidas: una vocación al amor

Tal y como menciona el texto de la carta encíclica “Deus caritas est”, los cristianos estamos llamados a vivir una vocación al amor. Amar pues el gran proyecto de la vida, nuestro mayor negocio, la vocación más sublime. Y para nosotros cristianos, el amor como camino, verdad y vida, no es una idea vaga o un proyecto filantrópico, tiene un rostro muy concreto, es una persona: Jesucristo.

Ser como Cristo se convierte en nuestro programa de vida. En él encontramos el modelo de hombre perfecto, del amor realizado en la entrega y en la donación sincera de sí mismo a los demás. Y amar es cumplir sus mandamientos (cf. Jn 14,21-24¸ Jn 2, 3-6); recorrer siempre el camino concreto que, en muchas ocasiones se hace estrecho y cuesta arriba por el peso de la cruz (cf. Lc 13, 24; Mc 8, 31-38).

Y la vida como vocación, como llamada, no se reduce sólo, a aquella primera llamada por la que fuimos creados y destinados a ser como Cristo. Dios continúa llamándonos todos los días, en cada momento va explicitando las exigencias de esa llamada original que resuena como un eco en nuestro corazón. Cada gracia, cada evento o circunstancia que Él permite en nuestra vida es una posibilidad de encuentro personal con Cristo, una nueva llamada a corresponder con generosidad a su amor.

Como consecuencia de nuestro ser cristiano, gozamos de un verdadero banquete de bendiciones: el don del bautismo por el cual podemos llamar a Dios padre y en consecuencia también somos llamados a ser hijos de nuestra madre la Iglesia, entramos a formar parte de la gran familia de Dios y herederos del cielo; los sacramentos de la confirmación, la eucaristía y de la reconciliación; el alimento de la palabra de Dios en la Sagrada Escritura, la liturgia, la comunión de los santos; la ayuda de los sacerdotes; las enseñanzas y el ejemplo del Papa, etc.

¡Cuántas voces de Dios, también a través de la vida de todos los días, del encuentro fortuito con una persona, de una conversación, de una lectura, de una experiencia! ¡Cuántas lecciones nos manda Dios a través del sufrimiento y de las enfermedades, instrumentos eficaces de purificación y de desprendimiento interior, que ayudan a aferrarnos únicamente a Dios y a lo eterno!

Pero para reconocer la voz de Dios, el llamado de Dios es importante escucharlo y de esta manera cumplir la voluntad de Dios que en definitiva sería realizar nuestra vocación al amor.

Un medio concreto para crecer en el cumplimiento de la voluntad de Dios, y ya tratado en uno de los temas del curso, es la oración.

En ella debemos dejar que Dios vaya modelando toda nuestra persona, es decir, nuestro entendimiento, voluntad y sentimiento. Que nuestros pensamientos sean siempre acordes con el pensar de Dios, entrando cada vez más profundamente en la manera propia de Jesús de ver las cosas; que nuestras acciones vayan siempre dirigidas a agradar a Dios, que nuestros mismos sentimientos sean como los de Cristo. Orar es aprender de Cristo y moldear nuestra personalidad como la de Él de modo que nuestro querer y el de Dios coincida cada vez más. Un ejemplo claro de esto es san José:

“Era José, decíamos, un artesano de Galilea, un hombre como tantos otros. Y ¿qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea perdida, como era Nazaret? Sólo trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tarea (...). José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo (Cfr. Mt I, 19.). Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina (Cfr. Gen VII, 1; XVIII, 23–32; Ez XVIII, 5 ss; Prv XII, 10.); otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo (Cfr. Tob VII, 5; IX, 9.). En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres”.
Es Cristo que pasa, 40

2.-La formación de la voluntad

Todas estas verdades recordadas en este tema y en los anteriores y que el director espiritual debe enseñar, recordar y hacer vivir al dirigido, necesitan de la formación de la voluntad para ser transformadas en hechos concretos, en forma de vida.

La voluntad es la facultad que nos permite transformar nuestras ilusiones en hechos. Por eso es el ámbito normal en el que se desarrollan los proyectos de vida. Ella es la pieza clave del edificio de la personalidad. Desde un punto de vista natural, el valor de un hombre depende en gran parte de cuánto haya logrado formar esta facultad "timonel" de su personalidad. Ella, con la gracia de Dios, forma el eje de todo empeño espiritual, humano, apostólico e intelectual del hombre. Si un hombre sin ideal es un pobre hombre, podemos decir que un ideal sin formación de la voluntad es una utopía.

La opción fundamental, la autenticidad, la conciencia, los estados de ánimo, los dones y las cualidades naturales, corren un riesgo muy grave sin esta formación de la voluntad.

a) Cualidades de una voluntad bien formada

Siendo importante formar bien la voluntad, es preciso saber en qué consiste una voluntad bien formada. Una voluntad bien formada es dócil a la inteligencia, es decir, está lejos del capricho y del irracionalismo. Debe llevar a la realización nuestras convicciones profundas bajo la luz de la razón iluminada por la fe. Además, la voluntad tiene que ser eficaz y constante en querer el bien. No basta ser bueno cuando "me siento inspirado", se ha de perseguir el bien siempre y en todo lugar. Tampoco basta querer ser feliz o querer amar a Dios, la voluntad debe tener la eficacia de poner estos deseos en marcha. Más aún, una voluntad bien formada tiene que ser tenaz ante las dificultades, no desesperarse ante ellas, no aburrirse con el paso del tiempo, ni relajarse con la edad. Sabe convertir las dificultades en victorias, creciendo en su opción fundamental y en su amor real.

Por encima de todo esto, una buena formación de la voluntad implica capacidad de gobierno de todas las dimensiones de la persona con suavidad y firmeza.


b) Medios para la formación de la voluntad

Pero, ¿cuáles son los medios para formar la voluntad? Una respuesta sencilla y corta puede ser: ejercitarla en querer el verdadero bien, quererlo con constancia y con eficacia. Entendido bien esto, sobra todo lo demás.


A veces, al hablar de la formación de la voluntad, se piensa en la represión. Nada más opuesto a la verdad. Ciertamente la formación de la voluntad requiere dominio de sí, pero no se trata de una acción puramente negativa, "rechazar"; se trata, ante todo, del "querer". Por lo tanto, el esfuerzo es para que la voluntad esté polarizada por el amor a Dios y por la identificación con Cristo como modelo. No es cuestión de formar personas con mucho aguante ante el dolor físico o moral, sino de formar personas que amen mucho a Dios y que sepan plasmar este amor en hechos reales.


Hay muchos otros medios de orden práctico para la formación de la voluntad. Pero, antes de pasar a éstos, es necesario recordar que en toda esta obra se deben tener siempre presentes los motivos: el amor a Dios, la imitación de Cristo, la formación de una personalidad auténtica y madura, el cumplimiento de la vocación al amor. Esto es importante cuando consideramos el hecho de que la formación de la voluntad es uno de los campos más costosos en toda formación humana.

Si vamos a la vida ordinaria, vemos que hay incontables ocasiones para formar la voluntad: renunciar al propio capricho optando responsablemente por el cumplimiento del deber, renunciar a los propios planes individuales optando libremente para seguir la vida familiar, renunciar a dejarse llevar por el cansancio, el pesimismo o los sentimientos negativos y optar libremente por un camino de serenidad y control de sí, renunciar a una vida llena de comodidades y optar por la austeridad de vida aun en cosas pequeñas, triviales.

Hay otros modos de entrenar diariamente la propia voluntad para que llegue a ser eficaz y constante: no retractarse con demasiada facilidad de las resoluciones tomadas, exigirse llevar a término toda obra iniciada, poner especial atención en los detalles que exigen esfuerzo, como cuidar el orden en casa y en la oficina, la puntualidad, cuidar las palabras a la hora de hablar, esforzarse en el aprovechamiento del tiempo, la dedicación al estudio, al trabajo y a la oración. En fin, son muchas las oportunidades, cualquier situación puede representar una ocasión para ejercitar la voluntad en la constancia y la eficacia del amor.

3. Formación de los sentimientos

Pero la voluntad de Dios además de aceptarla se debe amar. Y para amar es necesaria la formación de la afectividad. Trataremos sólo algunos puntos importantes.
Las pasiones

La pasión es una tendencia que se desarrolla de modo superior al normal. Esto puede ocurrir tanto con las tendencias intelectivas, como en las sensitivas. Pasiones de la naturaleza sensible son, por ejemplo: la tendencia a alimentarse, al descanso, a la propia conservación, a la reproducción, etc.; y de naturaleza espiritual: la tendencia a la verdad, a la belleza, a la sana afirmación de sí.

Las pasiones no son, de por sí, negativas. Simplemente son fuerzas de mayor o menor intensidad. Es por tanto erróneo pensar que la formación de las pasiones consiste en reprimirlas o suprimirlas. Más aún, sería contraproducente: su ímpetu natural, reprimido, podría sumergirse en el subconsciente, y desde ahí dar batalla sin ser advertido. Al contrario, el sentido de la formación de las pasiones es encauzar recta y firmemente su valioso potencial sublimándolo y dirigiéndolo, de modo que sean estímulo y fuerza para realizar grandes empresas.

Ahora bien, como sabemos, el pecado ha dejado al hombre en guerra civil interior. El desorden creado por él en su naturaleza hace que las fuerzas pasionales puedan empujar en direcciones contrarias a aquella que el sujeto trata de seguir consciente y libremente, según la recta razón y a la luz de la fe. Por ello, aunque las pasiones sean en sí fuerzas positivas, podemos hablar de una dirección positiva o negativa de sus impulsos, según vayan en armonía o contradigan el ideal de vida del individuo. Hay, pues, dos medidas a tomar, simultáneas y complementarias: fomentar lo positivo y rectificar lo negativo.

Es importante señalar con Santo Tomás, que nuestro influjo sobre las pasiones no es "despótico", sino "político". Las fuerzas pasionales tienden hacia su propio objeto siguiendo mecanismos automáticos. La voluntad no tiene un dominio directo sobre ellas. Por ello se requiere un trabajo indirecto, "político", a través de ciertos recursos que pueden apaciguar, "distraer" o reencauzar esas energías.

El primer y fundamental recurso es la polarización por un ideal. El amor profundo al propio ideal de vida hace que se polarice en torno a él toda la personalidad. No sólo la inteligencia y la voluntad, sino también las pasiones, entrarán en juego según la dirección unitaria de la persona.

Pero no basta con querer el ideal. Las pasiones pueden "rebelarse" en cualquier momento, dado su automatismo natural. Se requiere vigilancia y firmeza para evitar las causas de la pasión rebelde. La experiencia personal enseña a conocer algunas situaciones o circunstancias, externas o internas, que suelen estimular las tendencias naturales en direcciones desviadas.

En ocasiones puede ser muy útil poner en acción la pasión contraria a la que está "dando lata". Me doy cuenta de que me está dominando la desesperación. Quizás no es fácil controlarla directamente. Pero puedo poner en juego mi inteligencia o mi imaginación para encontrar estímulos que provoquen la pasión de la esperanza, que contrarrestará o incluso anulará las tendencias negativas.

Es posible también encauzar las pasiones hacia objetos adecuados a ellas y a la vez conformes con las propias convicciones. En lugar de dejar que el odio se dirija hacia quien nos ha hecho un mal, podemos orientarlo contra el pecado; contra el pecado de odiar al prójimo, por ejemplo, facilitando incluso de ese modo la capacidad de perdonar. En vez de abandonarnos a la tristeza podemos usar esa tendencia para compenetrarnos con el sufrimiento redentor de Cristo, de modo que lleguemos a valorarlo tanto que sintamos la alegría profunda de sabernos amados por él hasta semejante extremo.

Hay que estar también muy atentos a controlar el crecimiento de las pasiones. Si dejamos que cualquier pasión se desarrolle desmesuradamente, puede llegar un momento en que tome ella las riendas de nuestra personalidad. Cuando se llega a ese estado, la persona se ve absorbida, ajetreada, totalmente focalizada por el impulso pasional en cuestión. Las demás pasiones, el cuerpo, y hasta la inteligencia y voluntad se encuentran sometidos a ella. Las consecuencias pueden ser desastrosas: comportamientos en diametral oposición a las convicciones y la opción de vida de la persona, e incluso, sobre todo si la fuerza pasional persiste en el tiempo, el desarrollo de una patología psicológica.

Otro recurso para educar nuestro mundo pasional es la reflexión sobre los motivos de la propia actuación. Mirar hacia dentro de vez en cuando y preguntarnos: estos pensamientos, esta reacción, este propósito que estoy a punto de hacer, ¿de dónde vienen? ¿de lo que mi razón ha visto como más conveniente y mi voluntad quiere libremente? ¿no me estoy dejando llevar, más bien, por impulsos pasionales?

Por último, cuando todas las medidas han sido insuficientes, puede ser muy sabio recurrir a una "congelación temporal": cuando nos damos cuenta de que la pasión se ha encendido en nuestro interior y nos empuja ciegamente en una dirección indebida, es conveniente no actuar, no tomar ninguna decisión importante en ese estado, esperar a que vuelva la calma.

Formación de los sentimientos

Se suele llamar sentimiento a un fenómeno psíquico de carácter subjetivo, producido por diversas causas (estados de ánimo vitales o pasajeros, reacciones inconscientes ante el medio ambiente, estado físico, acontecimientos, situaciones, etc.) y que impresiona favorable o desfavorablemente a la persona, excitando en ella diversos instintos y tendencias.

Saber cuáles son las diversas clases de sentimientos nos ayudará para conocernos en este punto. Un primer grupo son los sentimientos vitales. Nacen del conjunto de percepciones que tienen como objeto nuestro propio organismo y, según sean, confieren a la vida un sentido de bienestar o de malestar, de frescura o de pesadez. El humor es una resonancia de los sentimientos vitales que repercute en todas las esferas de la vida.

Un segundo tipo está formado por los sentimientos de la propia individualidad. Entre ellos tenemos el sentimiento del propio poder y del propio valor: de capacidad o inferioridad, de suficiencia o insuficiencia que se basa sobre la aprensión de la propia dignidad, dotes y cualidades; puede fundarse más sobre la propia opinión o más sobre la opinión de los demás.

Otros sentimientos surgen como reacción al mundo externo: el sufrimiento, la esperanza, la resignación, la desesperación. Por otra parte se dan los sentimientos corporales (hambre, sed, cansancio, etc.); los de índole psíquica como la tristeza que oprime, la alegría que exalta, la gratitud que conmueve, el amor que enternece, etc.

Es evidente que dentro de este cuadro de sentimientos debe existir una jerarquía y armonía. Jerarquía para que la vida del espíritu, y en general la del hombre, no sea caótica. Cuando se deja curso anárquico a los sentimientos la vida de las personas se hace caprichosa e imprevisible. Cuando los sentimientos corporales acaparan a la persona, el centro de su personalidad se traslada a la piel o al estómago. Y lo mismo podemos decir de los sentimientos meramente psíquicos: en cuanto son puramente sensitivos carecen de razón y mesura, no buscan sino desahogarse. Pero en ese desahogo pueden llevar a remolque toda la vida de la persona.

Finalmente, los sentimientos espirituales que representan el don más precioso de la sensibilidad humana: una simpatía afectiva o empatía con el bien y la virtud, suscitados en el alma por la presencia, o ausencia, del bien moral: gratitud, amistad, aprecio por la sinceridad, etc. Todo el desarrollo de nuestra psique debe colaborar en el desarrollo y fortalecimiento de tales sentimientos sin por ello atropellar a los demás que son también parte característica del hombre.

La formación de los sentimientos busca aprovechar su fuerza encauzándola al bien integral de la persona y al servicio de la misión confiada por Dios. Así los sentimientos enriquecen notablemente al formando y lo hacen capaz de experiencias humanas profundas, de acercamiento a Dios y a los hombres. Un primer paso indispensable consiste en reconocer que siempre está en nuestras manos la posibilidad de controlar, orientar y armonizar la propia personalidad, con toda su riqueza, haciéndola noble, fuerte y dueña de sí.

Pero para poder formarse en este campo -como segundo paso-, el orientado ha de analizar y conocer los propios sentimientos, principalmente los predominantes, y ser consciente del grado de influencia que tienen en su comportamiento, pues el sentimentalismo puede causar graves estragos en la formación. Ordinariamente estos factores dependen del temperamento, por el cual se tiende a la alegría o a la tristeza, al optimismo o al pesimismo, a la exaltación o a la depresión. El director espiritual ha de ayudar al orientado a descubrir esta componente habitual de su temperamento, con sus potencialidades, sus aspectos positivos y negativos y sus implicaciones; a aceptarse serena, gozosa y agradecidamente, y a ejercitar una labor constante y positiva de control, armonía, equilibrio y progreso.

El medio principal de formación del sentimiento es el mismo que comentamos ya en el apartado de las pasiones: fomentar lo positivo, rectificar lo negativo. Si el sentimiento ayuda, sea bienvenido; si entorpece, debilita, distrae, entonces la voluntad del orientado deberá entrar en acción para fomentar el sentimiento opuesto, para centrar la atención en otra cosa, etc. A este propósito algo muy necesario para lograr el dominio y la formación de los sentimientos es educar la imaginación y no dejarla divagar inútilmente, pues las imágenes por su naturaleza llevan a la acción que representan y provocan los sentimientos correspondientes.

Este mismo mecanismo se puede poner al servicio de persona cuando ésta da paso y, en cierto sentido, fomenta los sentimientos que acompañan sus convicciones: entusiasmo por su vocación cristiana, fervor más sensible en su amor a Dios, compasión por los hombres, etc. Así los principios libremente escogidos dejan de ser algo frío e intelectual y pasan a ser, con mayor integralidad humana, convicciones operantes. A la atracción objetiva que el valor suscita se añade una carga subjetiva de resonancia.

Como resultado de este esfuerzo el orientado adquiere una ecuanimidad estable que consiste en el predominio habitual de un estado de ánimo sereno, equidistante entre la alegría desorbitada y el abatimiento. Desde el punto de vista ascético, es habituarse a cumplir la voluntad de Dios, con el sostén de la voluntad, la fe, y el amor, en las diversas circunstancias de la vida. La orientación hacia este ideal irá creando una actitud habitual de sano optimismo sobrenatural capaz de transformar cualquier estado de ánimo en factor positivo. Todo es gracia para el corazón enamorado de Dios; o como dice San Pablo: «Para los que aman a Dios, todo contribuye al bien» (Rm 8,28). Quien ama su vocación cristiana y se identifica plenamente con ella llega a formar un estado de ánimo habitual positivo y fecundo.

4. Formación del corazón apostólico

Lo más importante, lo primero, es forjar en cada seglar, religioso o sacerdote que orientamos, la personalidad y el corazón del apóstol celoso, consciente del sentido de su misión.
 Lo demás, las técnicas y metodologías, servirán únicamente si existe esa base. Porque el cristiano ha sido llamado a ser apóstol.

Celo apostólico y conciencia de la misión

El amor a Cristo lleva al orientado a identificarse con él, y con su amor ardiente por la humanidad. Entonces se siente contagiado por la urgencia y el deseo apasionado de luchar infatigable y ardientemente por anunciar y extender el Reino por todos los medios posibles, lícitos y buenos, hasta conseguir que Jesucristo reine en el corazón de los hombres y de las sociedades.

Un cristiano con celo apostólico no se conforma con cumplir medianamente las tareas correspondientes a su cargo. Se convierte en cambio en el hombre que sirve de guía a sus hermanos, el pastor que los conoce, los convence, se entrega por ellos; el hombre que echa mano de los medios más eficaces para hacer llegar el Evangelio y la salvación a todos los hombres. El hombre que hace uso de la palabra en la predicación, en la conversación, en el encuentro fortuito, para anunciar a Cristo. El apóstol capaz de hablar, como Cristo, como san Pablo, en el campo o en la ciudad, en la iglesia o en la universidad, en la prisión o en el areópago, en una barca, en un viaje, en una reunión familiar.

Para formar ese celo apostólico es preciso que el orientado vaya tomando conciencia de la misión. Debe comprender que su misión se identifica con la misión de Cristo y, por tanto, que su vocación y su vida se injertan en la historia de la salvación. Desde el momento en que percibió la llamada de Dios, su historia personal se ha convertido en historia sagrada. Habrá momentos de cansancio, fracaso y desánimo. Pero siempre resonará de nuevo en su interior el grito del Apóstol: «¡Ay de mí si no predicare el evangelio!» (1 Co 9,16), porque siempre tendrá presente el mandato de Cristo: «id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15).

lunes, 8 de mayo de 2023

La auténtica belleza

 


¿Qué puede volver a dar entusiasmo y confianza, qué puede alentar al espíritu humano a encontrar de nuevo el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar con una vida digna de su vocación, sino la belleza? Vosotros, queridos artistas, sabéis bien que la experiencia de la belleza, de la belleza auténtica, no efímera ni superficial, no es algo accesorio o secundario en la búsqueda del sentido y de la felicidad, porque esa experiencia no aleja de la realidad, sino, al contrario, lleva a una confrontación abierta con la vida diaria, para liberarla de la oscuridad y trasfigurarla, a fin de hacerla luminosa y bella. 

Una función esencial de la verdadera belleza, que ya puso de relieve Platón, consiste en dar al hombre una saludable "sacudida", que lo hace salir de sí mismo, lo arranca de la resignación, del acomodamiento del día a día e incluso lo hace sufrir, como un dardo que lo hiere, pero precisamente de este modo lo "despierta" y le vuelve a abrir los ojos del corazón y de la mente, dándole alas e impulsándolo hacia lo alto. La expresión de Dostoievski que voy a citar es sin duda atrevida y paradójica, pero invita a reflexionar: "La humanidad puede vivir —dice— sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero nunca podría vivir sin la belleza, porque ya no habría motivo para estar en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí". En la misma línea dice el pintor Georges Braque: "El arte está hecho para turbar, mientras que la ciencia tranquiliza". La belleza impresiona, pero precisamente así recuerda al hombre su destino último, lo pone de nuevo en marcha, lo llena de nueva esperanza, le da la valentía para vivir a fondo el don único de la existencia. La búsqueda de la belleza de la que hablo, evidentemente no consiste en una fuga hacia lo irracional o en el mero estetismo.

Benedicto XVI en Encuentro con los artistas (21 de noviembre de 2009)

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Biden y Francisco

 


Biden y Francisco, o al César lo que es del César


Publicado en CNN Español, Atlanta, 30 de octubre de 2021


Rafael Domingo Osle es profesor del Centro de Derecho y Religión de la Universidad de Emory y catedrático Álvaro d’Ors de la Universidad de Navarra



El encuentro entre Biden y el Papa en el Vaticano ha dejado fotografías memorables y momentos importantes para la historia. Yo me quedo con el hecho mismo, desnudo y sin parafernalia diplomática, de que sencillamente la visita tuvo lugar. Y punto. Que la encarnación del poder terrenal, también llamado presidente de los Estados Unidos, converse, en privado y durante 75 minutos, con la encarnación de la autoridad espiritual en Occidente, también llamada papa, tiene un sentido político y espiritual muy profundo. 

El encuentro significa, en primer lugar, que el poder terrenal, por mucho ejército de que disponga y toda la fuerza e influencia que despliegue, no es absoluto. En pleno siglo XXI, la potestas política sigue necesitando de la auctoritas espiritual, como la tierra de la lluvia, ya que la dimensión espiritual del ser humano juega un papel determinante en la vida de las personas y los pueblos. 

En segundo lugar, la visita nos ha mostrado que, en la llamada era de la secularización, la actividad política, por secular o laicista que sea, y por secularísima o laicísima que llegue a ser, nunca acabará de erradicar la relevancia del mensaje religioso, ni de arrinconar a los líderes espirituales del mundo. El encuentro, sin duda, ha supuesto un duro golpe al secularismo más intransigente, que pretende asfixiar cualquier apertura de la sociedad a la trascendencia. 

Esta visita también nos ha recordado el consejo de Jesucristo de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22:21). Esta regla tiene un valor inestimable para la buena marcha de la política y el desarrollo de los pueblos. Lástima que tantas veces nos apartemos de ella o no la comprendamos en toda su profundidad. 

Parece que tanto Biden como Francisco, quizás sin pretenderlo, han actualizado este consejo a la perfección con su encuentro. Las fotografías de los dos líderes en serena y constructiva conversación nos enseñan que las relaciones entre la autoridad espiritual y el poder político se entienden mejor desde la mutua colaboración que desde la exclusión, ya que ambas instancias deben servir al florecimiento del ser humano y de los pueblos. Así como no se puede dividir un ser humano (lo corporal de lo emocional, por ejemplo), así tampoco se puede dividir la comunidad política creando un muro de separación impenetrable entre lo político y lo religioso. 

Dios está en todas partes: tanto en las iglesias como en los parlamentos. Poco sabe de límites materiales. La necesidad de diferenciar la dimensión política de la espiritual no significa que se pueda separar la espiritualidad de la política. El César es también hijo de Dios. Y viceversa: el líder espiritual vive en el mundo del César. De hecho, Biden se profesa católico practicante, y ciertamente lo es, por más que no participe de la moral cristiana en temas tan centrales como el aborto. 

Por otra parte, el papa, con esta visita de Biden, ha reconocido la existencia de un poder civil, de un César, que merece todo respeto y apoyo, incluso cuando algunas de las políticas de su administración atenten contra la moral cristiana y la dignidad humana, es decir, no respeten aquello que hay que dar a Dios. El papa ha defendido el valor de la vida humana desde la concepción en múltiples ocasiones. Seguramente, se trató de esta controvertida cuestión en la audiencia privada, pero se ha evitado con acierto escenificar mediáticamente cualquier cosa parecida a un sometimiento político del poder político a la autoridad espiritual. Esto hubiera supuesto la muerte de la vida política de los católicos estadounidenses, a quienes fácilmente se les podría echar en cara ser gobernados desde Roma y no desde Washington. Los políticos católicos que defienden la vida lo hacen libérrimamente, no porque se lo diga el Vaticano.

El papa ha puesto de manifiesto una vez más que es un verdadero pontífice, un hacedor de puentes, que suma, coopera, ayuda cuanto puede a todos los gobernantes del mundo en todos sus esfuerzos por alcanzar el bien común de los pueblos. El papa parece haberse ganado la plena confianza de Biden, quien, como como presidente de los Estados Unidos, ve en el pontífice un líder espiritual que defiende a los pobres y perseguidos, que lucha contra la pandemia exigiendo que se donen vacunas a los países más necesitados, que protege el planeta frente a la crisis medioambiental y que está atento al desarrollo equitativo de los pueblos tras la crisis económica. 

Esta visita, para mí, es un claro ejemplo de la armonía necesaria que debe existir entre la autoridad espiritual y el poder político, no como un matrimonio de conveniencia artificial, fruto de intereses políticos contrapuestos, sino de una unión espiritual mucho más profunda que, precisamente por eso, sabe separar funciones y delimitar espacios. 

viernes, 15 de mayo de 2020

Erotismo y pornografía



Jaime Nubiola



"A man is known by the company his mind keeps".
Thomas B. Aldrich, Ponkapog Papers, 1903, 40.


Publicado en M. Lluch, (ed.):
Bases antropológicas y culturales de la formación universitaria, Eunsa, Pamplona

1. Introducción

En primer lugar quiero agradecer muy vivamente la invitación de D. Miguel Lluch para impartir esta sesión sobre una cuestión que me parece realmente importante en la conformación de la sociedad y en la vida corriente de cada uno1.
Muchos de nosotros, a pesar de los filtros instalados, recibimos a diario en nuestro buzón de correo electrónico anuncios de la pornografía más asquerosa y degradante que los seres humanos han sido hasta el momento capaces de imaginar. No hace mucho me llegaba un anuncio —imagino que lo recibiríais también alguno de vosotros— invitándome a ganar dinero convirtiendo mi web en una tienda de pornografía mediante pago por teléfono. Como argumento de peso en favor de la oferta indicaban que en la actualidad hay 250 millones de usuarios de internet y que el 75% del uso es para pornografía. Quizá no sean fiables esas cifras, pero de un reciente reportaje acerca de Google me llamaba la atención que reciben 150 millones de consultas diarias desde más de 100 países y que el tema por el que más se interesa la gente de todos esos países es el sexo2. Si se busca "sex" en Google proporciona en 0,08 segundos la friolera de 194 millones de resultados. Estos datos circunstanciales hacen pensar que es un acierto el que en este curso de doctorado sobre las bases antropológicas y culturales de la enseñanza en la Universidad se aborde esta cuestión, pues me parece que la pornografía está mucho más difundida de lo que la torre de marfil académica tiende pudorosamente a pensar. En este sentido, resulta muy expresivo el título del libro francés La marea negra de la pornografía. Una plaga de orígenes y de consecuencias mal conocidos3.

La presencia en el título de esta sesión del término "erotismo" junto al de "pornografía" obliga a adoptar un enfoque más amplio que el de la simple condena de la pornografía. En nuestra sociedad hay una notoria contradicción en toda esta materia, pues si bien relega la pornografía a las salas-X, a las zonas especiales de los videoclubs o las sex shops sin escaparates, valora por el contrario muy positivamente el erotismo tal como muestran constantemente los medios de comunicación, la publicidad o las modas. Las transparencias y exhibiciones de las modelos en los desfiles de alta costura son un preciso indicador de este ambiente erotizado que multiplican los medios de comunicación. Quizá por ello muchas personas tienden a pensar que el erotismo es un valor cultural que puede llegar a ser un arte exquisito y sofisticado, mientras que la pornografía no sería otra cosa que el erotismo degradado para consumo de los incultos, pobres, o viciosos. Dicho al revés, esas personas piensan que si la pornografía está hecha de una manera artística puede ser aceptada bajo el nombre de erotismo. "No soy de los que consideran que el valor artístico lo absuelva todo", escribe a este respecto Umberto Eco4. Yo tampoco. Más aún, pretendo persuadirles —o al menos hacerles considerar un poco— que un mundo sin pornografía sería un mundo mucho mejor que el presente, y que por tanto, como universitarios, tenemos la obligación de poner todas nuestras fuerzas intelectuales y personales en favor de ese mundo mejor.
Para ello, en mi exposición deseo en primer lugar intentar clarificar un poco los conceptos y la terminología en torno a la pornografía y al erotismo; en segundo lugar, desearía abordar brevemente el problema del desnudo artístico y el arte erótico; en tercer lugar, trataré de identificar las coordenadas principales de la pornografía, y en cuarto lugar me gustaría apuntar algunas de las claves con las que —a mi entender— cabría afrontar toda esta cuestión desde nuestra posición de profesores universitarios. Voy a incluir en mi exposición algunos textos, que faciliten el estudio personal posterior y la discusión de un tema tan complejo, rico en matices y de tan hondas repercusiones prácticas.

2. Aclaraciones terminológicas y conceptuales en torno a "pornografía" y "erotismo"

Se dice de la pornografía que es difícil de definir, pero muy fácil de reconocer. Pienso que efectivamente es así, pero como universitarios no podemos rehuir el definir el fenómeno que en esta sesión queremos estudiar. Los españoles para dilucidar este tipo de cuestiones solemos acudir en primer lugar al Diccionario de la Real Academia y no me parece mal, pues en ese diccionario vienen registradas distinciones muy sutiles que operan en nuestra cultura a través de la lengua. En nuestro caso, las definiciones de los dos términos que nos ocupan son las siguientes5:

Pornografía. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas. 2. Obra literaria o artística de este carácter. 3. Tratado acerca de la prostitución.
Erotismo. Amor sensual. 2. Carácter de lo que excita el amor sensual. 3. Exaltación del amor físico en el arte.

Llama la atención la proximidad entre ambos términos, con la diferencia importante de que la pornografía es considerada "obscena", esto es, como algo que no debe aparecer en escena, y está relacionada con la prostitución, mientras que el erotismo alude más bien a la exaltación de la dimensión física y sensual del amor. Sin duda resultan útiles estas definiciones del diccionario, pero me parece que quizá puede resultarnos todavía más útil lo que escribió a este respecto el novelista Walker Percy, refiriéndose en particular a los libros:
"la pornografía se diferencia de otros escritos en que hace algo que los otros libros no hacen. Hay novelas que aspiran a entretener, a decir cómo son las cosas, a crear personajes y aventuras con los que el lector pueda identificarse. En cambio, la pornografía hace algo completamente diferente: trata de modo completamente deliberado de excitar sexualmente al lector. Esto es algo en lo que podemos estar de acuerdo los cristianos y los no cristianos, los científicos y los profesores de lengua, pues no tiene gran misterio. La pornografía, que es una transacción con signos, no es realmente diferente de la salivación del perro de Pavlov al oír el sonido de la campana que ha aprendido que 'significa' que llega la comida"6.
Por ello, prosigue con fuerza Percy y desde la experiencia que da el ser un autor consagrado de novelas,
"sea lo que fuere la pornografía, no es literatura, ni siquiera mala literatura. Es otra cosa. Poniéndolo en términos semióticos, la literatura tiene que ver con que yo escriba palabras acerca de algo que usted lea comprendiéndolo y —espero— con placer. La pornografía tiene que ver con que yo use palabras como estímulos que provoquen determinadas respuestas en usted. La literatura es una transacción "yo-tú" en la que los símbolos se usan para transmitir verdades de algún tipo. La pornografía es una transacción "yo-ello" en la que tú te conviertes en un objeto, en un organismo manipulado por estímulos. No es necesario, estoy seguro, decirles quien se convierte en el Ello en esta transacción. Es la mujer, por supuesto, todas las mujeres, que son degradadas en su persona misma al ser usadas como objeto". 
Entonces, ¿qué es lo permitido? No quiero decir permitido por los censores. Lo que quiero decir es permitido por un escritor serio y un lector serio. ¿Qué pasa con el sexo explícito?, ¿y con la violencia explícita? (Hay por supuesto una pornografía de la violencia.) La única regla que sigo es la de permitir todo lo que sirva al propósito artístico de la novela. El bíblico Cantar de los Cantares no es pornográfico, porque la descripción del amado por el amante sirve al propósito del escritor. Pero el escritor ha de ser aquí cuidadoso y saber lo que está haciendo. Porque si es un escritor serio, no está preocupado por el uso de tacos o por llamar la atención del lector (...), no, lo que le preocupa es que el lector se distraiga del efectivo propósito de la novela. Si tengo una determinada verdad o una forma artística para una novela, y escribo una escena que es tan explícita sexualmente o tan explícitamente violenta que el lector se distrae, sea por estimulación, es decir, por excitación sexual, sea por asco y disgusto, he perdido entonces al lector o a la lectora y he fallado como novelista7.
Esta descripción me parece excelente y muy clarificadora. Nos proporciona una verdadera definición pragmática de "pornografía". Son obras pornográficas aquellas que se hacen, se comercializan y se consumen como excitantes sexuales8. No es una cuestión de qué se exhibe, hasta dónde se enseña, sino que guarda relación directa con los propósitos de sus autores. Se trata de productos comerciales diseñados para producir o favorecer la excitación sexual de la audiencia encarnando sus fantasías sexuales9. Obviamente tienen estas condiciones las películas que se proyectan en las salas especiales con esta finalidad, las que se venden en las zonas correspondientes de los videoclubs, o las imágenes que se distribuyen gratuitamente o de pago a través de internet. Así lo saben tanto sus distribuidores como sus consumidores.
Sin embargo, las fronteras de demarcación entre estos productos y la llamada "pornografía de lujo" —que aspira a ser aceptada bajo el rótulo de "erotismo"— son del todo borrosas. Nadie duda de la fuerte carga pornográfica de películas como Emmanuelle, El último tango en París, Instinto básico, o de algunas películas españolas que al distribuirlas en Estados Unidos han debido ser "podadas" para evitar su confinamiento en las salas X. Se trata de productos con una notable inversión económica, que aspiran a aunar una cierta calidad técnica con un mayor éxito comercial mediante la explotación publicitaria de la novedad transgresora en materia sexual, intercalada con otras escenas de notable valor lírico o con historias de gran fuerza expresiva. Cuántas personas que jamás acudirían al cine para ver una película pornográfica son capaces de asistir so capa de arte, literatura o cosa parecida a las escenas de intimidad sexual más explícitas que jamás hubieran podido imaginar.
La realidad de las películas o los programas de televisión en nuestro país —en particular los reality shows— son del todo explícitos a este respecto, y cuando son programas aparentemente inocuos, las pausas para la publicidad hacen evidente la intensa erotización de nuestra sociedad. "La saturación de sexo en la publicidad —me escribía un publicista parafraseando una carta de un lector en El País— está banalizando hasta tal extremo el mensaje publicitario que resulta cada vez más difícil encontrar la frontera entre una marquesina de moda (por poner un ejemplo) y el último número de Penthouse". De manera semejante, como una de las actividades que más excitan sexualmente a los seres humanos está el ver desnudarse a una persona del sexo opuesto10, muchos guiones de películas "exigen" a sus protagonistas estar permanentemente entrando y saliendo de la ducha, o muchos anuncios de colonia requieren de sus modelos que aparezcan en escena tal y como vinieron al mundo.
Para definir el erotismo podemos partir también de lo que leíamos en el Diccionario. Frente a la explicitud genital típica de la pornografía, cuando se habla de erotismo quiere hacerse referencia más bien a una exaltación de la dimensión física y sensual del amor y del cuerpo humano. Sin embargo, esa distinción entre pornografía y erotismo resulta del todo borrosa tanto para quienes están en favor de ambas como para quienes se oponen —como es mi caso— a la contaminación erótica de los medios de comunicación y de los espectáculos. "Son distinciones pudibundas" afirmaba un fotógrafo australiano escandaloso, especialista en la materia11. Veamos la cuestión del erotismo ahora con un poco más de detalle.

3. El desnudo artístico y el arte erótico

Las calles de las grandes ciudades de los países católicos, desde Buenos Aires hasta Roma pasando por Madrid o Barcelona, están llamativamente adornadas por los más sofisticados anuncios de lencería íntima o de mínimos trajes de baño, o si anuncian cerveza o whisky, a menudo quienes aparecen en los anuncios lucen también un muy escaso vestuario. No suele suceder así en las ciudades angloamericanas, que son de tradición puritana. La tradición católica ha convivido con el desnudo bastante bien quitando y poniendo estratégicas hojas de parra al vaivén de los cambios de la sensibilidad cultural en esta materia, incluida la Capilla Sixtina.
La enseñanza de la Iglesia Católica en todo este campo "no es efecto de una mentalidad puritana ni de un moralismo estrecho, así como no es producto de un pensamiento cargado de maniqueísmo"12: no está en contra del desnudo artístico, sino radicalmente en contra de la desnaturalización del sexo mediante su utilización comercial o su deliberada exhibición ante terceras personas, porque tales conductas degradan la dignidad de la comunicación sexual y envilecen a las personas. A este respecto, vale la pena —me parece— recordar la luminosa enseñanza de Juan Pablo II en su catequesis de 1981:
En el decurso de las distintas épocas, desde la antigüedad —y sobre todo, en la gran época del arte clásico griego— existen obras de arte cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez; su contemplación nos permite centrarnos, en cierto modo, en la verdad total del hombre, en la dignidad y belleza —incluso aquella "suprasensual"— de la masculinidad y feminidad. Estas obras tienen en sí, como escondido, un elemento de sublimación, que conduce al espectador, a través del cuerpo, a todo el misterio personal del hombre. En contacto con estas obras —que por su contenido no inducen al "mirar para desear" tratado en el Sermón de la Montaña—, de alguna forma captamos el significado esponsal del cuerpo, que corresponde y es la medida de la "pureza del corazón".
Digámoslo con otras palabras, el desnudo es —puede ser cuando es artístico— hermoso, muy hermoso e incluso tira de nosotros "hacia arriba": es un elemento de sublimación. A mí me gusta recordar el comentario incidental que hace Juan Pablo II en su encíclica Mulieris dignitatem con ocasión del relato bíblico de la creación de Eva. Recordáis la escena: Dios ha infundido un sueño profundo a Adán y forma de su costilla a Eva. Al despertarse Adán y ver a Eva desnuda enfrente de él, grita: "¡Guau! ¡Eres carne de mi carne y hueso de mis huesos!" y añade el Papa: "La exclamación del primer varón al ver la mujer es de admiración y de encanto: abarca toda la historia del ser humano sobre la tierra"13. Aquel grito de Adán lleno de admiración y de encanto atraviesa la historia de la humanidad y llega, sin duda, hasta nosotros hoy.
Sin embargo, prosigue Juan Pablo II en el texto antes comenzado,
hay también producciones artísticas —y quizás más aún reproducciones [fotografías]— que repugnan a la sensibilidad personal del hombre, no por causa de su objeto —pues el cuerpo humano, en sí mismo, tiene siempre su inalienable dignidad—, sino por causa de la cualidad o modo en que se reproduce artísticamente, se plasma, o se representa. Sobre ese modo y cualidad pueden incidir tanto los diversos aspectos de la obra o de la reproducción artística, como otras múltiples circunstancias más de naturaleza técnica que artística.

Es bien sabido que a través de estos elementos, en cierto sentido, se hace accesible al espectador, al oyente, o al lector, la misma intencionalidad fundamental de la obra de arte o del producto audiovisual. Si nuestra sensibilidad personal reacciona con repugnancia y desaprobación, es porque estamos ante una obra o reproducción que, junto con la objetivación del hombre y de su cuerpo, la intencionalidad fundamental supone una reducción a rango de objeto, de objeto de "goce", destinado a la satisfacción de la concupiscencia misma. Esto colisiona con la dignidad del hombre, incluso en el orden intencional del arte y de la reproducción14.
Este texto de Juan Pablo II —y otros muchos suyos que se podrían aportar desde su libro Amor y responsabilidad— sugiere claramente que los problemas no están en el desnudo, sino en la intencionalidad del autor que reduce el cuerpo a objeto de goce para satisfacer su concupiscencia o la concupiscencia del espectador en lugar de ser genuina expresión de la intimidad personal.
Desde esta perspectiva se descubre fácilmente que no tiene mayor valor aquella supuesta distinción entre "pornografía" y "erotismo" de la que venimos hablando. Cuando aquí se habla de "erotismo" no me estoy refiriendo a la ternura, a la sugerencia, a las caricias, o a la intimidad sexual, sino más bien al arte erótico, a la objetualización del estímulo sexual. Para intentar dejar esto claro, aportaré la definición de "Arte erótico" en la reciente Routledge Encyclopedia of Philosophy15:
El arte erótico es arte con un contenido sexual, que puede ser más o menos patente. La presencia de contenido sexual no es, sin embargo, suficiente para que una obra de arte sea considerada erótica. Aunque hay más de un sentido en el que puede decirse que una obra sea erótica, una obra erótica de arte debe estar dirigida —y en cierta medida debe lograrlo— a evocar pensamientos, sentimientos o deseos sexuales en el espectador, en virtud de la naturaleza de la escena sexual que representa y de la manera en que lo representa. (...) El arte erótico se distingue de la pornografía al menos de dos modos. Primero, la pornografía carece de toda intención artística. Segundo, su objetivo principal no es sólo estimular sexualmente al lector, sino degradar, dominar y despersonalizar a sus sujetos, de ordinario mujeres.
Vamos a prestar ahora atención detenida a esta última cuestión.

4. La pornografía no es arte, sino explotación sexual

La pornografía existe en la literatura universal con cierta profusión al menos desde los griegos: a cualquier ciudadano de principios del siglo XXI el Lisístrata de Aristófanes sonroja todavía por su procacidad. Obras de este tipo, aunque se presenten a veces como literatura o arte, no son más que pornografía. Machado la llama "esa baja literatura que halaga no más la parte inferior del centauro humano"16 o Magris —utilizando una expresión de Céline— la califica como el "bidet lírico"17. Como señaló agudamente Steiner, a pesar de los frecuentes elogios acerca de la potencialidad creativa del sexo, la cruda realidad de la pornografía es siempre monótonamente la misma y "no tiene una importancia literaria eminente"18. En cambio, lo que sí ha cobrado una creciente importancia a lo largo del siglo XX es la pornografía audiovisual tanto por el formidable crecimiento de los medios de comunicación audiovisuales —en los últimos años internet— como por la denominada "revolución sexual" de los años 60, que ha hecho prácticamente banal tanto la exhibición de la intimidad conyugal como de todo tipo de perversiones. Realmente, en nuestra sociedad occidental sólo se considera verdaderamente reprobable la denominada "pornografía infantil", esto es, el abuso sexual de niños19, mientras que las demás conductas sexuales se presentan simplemente como "opciones sexuales" de seres humanos adultos.
Sin embargo, las conclusiones de los estudios llevados a cabo —algunos con notable rigor científico y experimental— de las películas pornográficas que hay en el mercado muestran con claridad que la pornografía es una expresión más de la multisecular explotación de las mujeres como objetos de uso por parte de los varones. No sólo la pornografía es consumida principalmente por varones20, sino que las películas pornográficas para varones incluyen elementos y temas sistemáticamente ofensivos y degradantes para las mujeres: las mujeres suelen ser presentadas explícita o de una manera implícita como esclavos sexuales21. Incluso "los resultados han demostrado que los varones responden psicosexualmente más que las mujeres tanto a los vídeos para varones como a los vídeos para mujeres"22. Lamentablemente es cierto que en algunos casos puede hablarse de la complicidad de la mujer en su victimización, pero ello no hace más que agravar la situación.
Las afirmaciones que acabo de hacer resultan de una gran importancia para entender la pornografía y dan también razón de que el origen clásico del término "pornografía" sea el de escritura (grafia) relativa a la prostitución (porneia). Para sus consumidores las imágenes pornográficas son un sustituto audiovisual de la prostitución, más higiénico, más económico, e incluso puede que más práctico. A su vez, la prostitución es un sucedáneo, un sustituto degradado, irresponsable y pasajero, de la genuina comunicación amorosa humana. Mientras en el amor humano hace falta la libre voluntad de entrega mutua de un varón y de una mujer, en la prostitución bastan de ordinario el dinero y el deseo del varón y la necesidad económica de la mujer. Así como la prostitución es una degradación comercializada de la íntima comunicación sexual en beneficio sobre todo de los varones, la pornografía audiovisual es una fórmula tecnológica de sustitución de ese comercio carnal. ¡La semana pasada se daba noticia en la prensa de la apertura en Madrid de una "escuela" para artistas de películas pornográficas!
Piénsese en la frecuente argumentación en favor de la pornografía como gratificante sexual para discapacitados físicos o en la defensa de la enseñanza de prácticas masturbatorias a deficientes mentales. Estos extremos —sobre los que hay abundante bibliografía— reflejan bien el pansexualismo de la sociedad occidental en la que algunas personas —y quizá sobre todo los estilos de vida que más se difunden en los medios de comunicación— parecen cifrar la felicidad humana en la satisfacción sexual. Se trata de un modo profundamente desenfocado de concebir al ser humano, pues viene a reducir a los seres humanos a sus órganos sexuales y a la satisfacción de su impulso sexual. Este enfoque —dominante en amplios estratos de nuestra cultura— es realmente opuesto a la experiencia personal de casi todas las mujeres y de la mayor parte de los varones, en especial de la gente joven, e incapacita para comprender el preciso (y precioso) papel de la sexualidad en el desarrollo de la personalidad y en la forja de relaciones interpersonales.
El feminismo contemporáneo ha vivido un amplísimo debate sobre estas materias. De una parte, el feminismo de la igualdad —que tuvo gran expansión en los años 60 y 70— quería liberar a la mujer de su subordinación al varón mediante la afirmación de la individualidad, de la libertad personal de cada mujer en todos los ordenes de su existencia. Veinte años después de la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo y de un amplio rechazo de la maternidad, ha aparecido con notable vigor un feminismo de la diferencia que denuncia las consecuencias indeseables que en muchos casos trajo aquel igualitarismo masculinizante. La discusión acerca de la pornografía y la "promoción" de la pornografía femenina es uno de los elementos de discrepancia entre ambos feminismos23. En la confrontación entre ambas perspectivas, la aportación quizá más importante es el descubrimiento de que la prometida liberación sexual ha sido liberación efectiva sólo para los varones, pues mediante el control de la concepción por parte de las mujeres han quedado ellos eximidos de cualquier responsabilidad procreadora24.
En la última década viene desarrollándose con singular fuerza el movimiento, originado en Canadá y en auge en Estados Unidos, para la eliminación de la pornografía no por motivos religiosos, sino por la constatación empírica de que las películas pornográficas causan daño a las mujeres, no sólo a las que toman parte en la filmación, sino también a las que son violentadas por los varones excitados por esas películas o que han aprendido en ellas nuevas prestaciones25. "Todo el propósito de la pornografía es hacer daño a las mujeres", afirma Andrea Dworkin26. La cuestión es objeto de amplio debate, pero buena parte de la evidencia disponible avala hasta el momento esa rotunda afirmación27.
¿Cómo influye la pornografía en la vida real de sus consumidores? Así como sabemos que el tabaco daña gravemente a la salud, ¿cómo afecta el consumo de pornografía a los seres humanos? Los estudios científicos disponibles no llegan todavía a un consenso total28, pero para nuestros propósitos me parece muy certera la expresión de que esas películas pueden herir la sensibilidad del espectador. Más aún con esa expresión lo que quiere afirmarse es que esas imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador hasta el punto que se fijen de modo indeleble en su memoria. No me estoy refiriendo sólo a aquel espectador que tenga una sensibilidad enfermiza, obsesiva o deteriorada, sino en particular a la del espectador sano y normal, y para ello apelo a la experiencia personal de cada uno y al archivo de imágenes repugnantes que almacena muy a su pesar en su memoria. Como escribe el poeta, "Si pierdo la memoria, qué pureza"29. La tradición freudiana que defiende la exteriorización de las represiones tiene su elemento de verdad, pero, en contraste, como todos tenemos comprobado, no es verdad que las heridas de la memoria cicatricen simplemente hablando sobre ellas.
Como la identidad humana se construye narrativamente, uno de los elementos decisivos de la configuración biográfica es la memoria personal. No nos acordamos de lo que queremos, sino que —incluso mucho más a menudo— nos acordamos de lo que no queremos. Nuestra imaginación y nuestros sueños no sólo se nutren de lo que nos ha sucedido en la vida real, sino que se alimentan en buena medida de lo que hemos visto en las películas. A menudo, "la representación del mundo y de los acontecimientos que ofrecen los mass media impregna la conciencia más fuertemente que la propia experiencia de la realidad"30.
El negocio pornográfico es una brutal explotación del impulso sexual de los machos, pero, quizá casi a partes iguales, vive también de la curiosidad natural. Lo extraordinario es llamativo, atrae nuestra atención. Se trata de lo que Laumann ha denominado el "gaper phenomenon", el fenómeno del asombro que nos deja boquiabiertos: "Hay curiosidad por cosas que son extraordinarias y fuera de lo corriente. Es como pasar en coche junto a un horrible accidente. Nadie querría estar envuelto en él, pero todos reducimos la velocidad para mirar"31. Esta poderosa tendencia humana en pos de lo novedoso, de emociones nuevas y de "sabores fuertes" explica nuestra atención privilegiada a lo extraordinario, a lo anormal y a lo desviado que cautiva nuestra atención. También ayuda a comprender el fenómeno de la producción cinematográfica que hemos denominado "pornografía de lujo", en la que la excitación sexual se dosifica "prudentemente" junto con los sentimientos, la aventura o incluso el lirismo.

5. Algunas claves para afrontar estas cuestiones desde la Universidad

Debo ya enfocar el final de mi exposición y quiero hacerlo con lo que prometí al comenzar, esto es, con algunas pautas con las que —a mi entender— cabría afrontar este tema desde nuestra condición de profesores universitarios. Son las siguientes enunciadas de modo muy sumario, y quizá pueden discutirse más despacio en el coloquio ya inminente:
1) Rechazar sistemáticamente la pornografía en todas sus formas y denunciar su carácter degradante tanto para las mujeres en ella utilizadas como para los consumidores:
Como se ha dicho, la pornografía no es tanto la explicitación de la genitalidad, como el establecimiento de unas cadenas de excitación y consumo —de verdadera explotación— entre creadores o productores y audiencia. En este sentido, la pornografía sería una adicción plenamente asimilable a la droga, tanto por el volumen de negocio que mueve, como por la borrosa distinción entre drogas duras y blandas (hard y soft porn), o incluso por la ingenua tolerancia satisfecha que se tiene acerca de ella en muchos países democráticos en nombre de la libertad de expresión. Concretamente, en algunos casos la adicción a la pornografía, el voyeurismo o intrusión visual inadvertida en el espacio íntimo de otros, la búsqueda compulsiva de nuevas imágenes excitantes (y prohibidas), puede llegar a trastornar realmente la conducta personal de algunos varones, incluso entre los casados. El zapping solitario, como reflejo de la desintegración sexual de la persona, tiene algo de todo ello32.
2) Luchar por la erradicación de la excitación sexual en los medios de comunicación:
La influencia más negativa y general de la pornografía o el erotismo es que empobrece la imaginación de varones y de mujeres hasta el punto de llegar a conformar reductivamente las relaciones entre ellos. Como las relaciones entre las personas están mediadas por su imaginación, la sistemática reducción de las relaciones entre mujeres y varones en términos de mutua excitación sexual es una degradación violenta de nuestra humana condición. "Nuestro almacenamiento de imágenes constituye el recurso principal para la comprensión"33. En la medida en que aspiramos a forjar una sociedad democrática, plural y respetuosa de las diferencias entre varones y mujeres, ha de afrontarse con decisión la eliminación de la excitación sexual en los medios de comunicación . La tolerancia ingenua de la pornografía en los medios de comunicación (incluida internet en la que el consumo pornográfico parece ser desbordante34), so capa de libertad de expresión, es un resabio de aquel sometimiento unilateral y multisecular de las mujeres a la satisfacción sexual de los varones. Sólo erradicando la objetualización imaginaria de la mujer se logrará una verdadera igualdad y una relación respetuosa de las diferencias entre varones y mujeres.
3) Exigir una clara identificación de los productos pornográficos como peligrosos y contaminantes de nuestro entorno moral e intelectual para mantenerlos lo más lejos posible, cuando no puedan ser eliminados35. Como escribiera C. S. Lewis, "cuando los venenos se ponen de moda, no dejan de matar"36.
Las famosas autopistas de la información de las que se hablaba hace algunos años se han convertido en vertederos de la corrupción, a través de los que se distribuyen estilos de vida incompatibles realmente con la dignidad humana. Por eso, se alzan voces cada vez con más fuerza defendiendo el "derecho a la desinformación", el derecho a no tener noticia de la intimidad sexual de otras personas, o de la perversión o las barbaridades de nuestros congéneres, tal como se empeñan en presentarnos los telediarios —que compiten a base de "morbo" por su cuota de audiencia— o incluso los periódicos de información general.
Las dos primeras pautas tienen un carácter negativo; esta tercera es un intento de contención del mal, pero mucho más importante —y más conforme con las enseñanzas de San Josemaría— es una actitud decididamente positiva de ahogar el mal con abundancia de bien. He pensado que podía formularse de la siguiente manera:
4) Empeñarse en educar la imaginación y el corazón de uno mismo y de los demás:
Como se ha dicho anteriormente, el consumo de pornografía es un sucedáneo degradante de la sexualidad humana. Por el contrario, la búsqueda de una efectiva integración de la sexualidad en la vida real de cada una o cada uno, lleva a descubrir que la sexualidad se torna verdaderamente humana cuando se expresa en la mutua donación entre varón y mujer, total e ilimitada en el tiempo tal como la ha entendido siempre la tradición católica. Es preciso que nos empeñemos en un proceso de purificación del clima social37, que pasa no sólo por la eliminación o contención de los productos contaminantes, sino sobre todo por la difusión de estilos de vida creativos y solidarios, capaces de hacer más felices a los seres humanos.
Hoy en día a la mayor parte de nuestros estudiantes les parece, por supuesto, mucho más atractivo el matrimonio que el amor libre. Os invito a que defendáis el "amor romántico", la recíproca y fiel donación para siempre del varón y de la mujer en el matrimonio, presentando también los aspectos más exigentes de entrega personal que a veces pueden no estar presentes en la imaginación. Pero además os invito, en particular a las mujeres, mucho más sensibles que los varones en toda esta materia, a difundir entre los estudiantes un estilo de vida limpio, alegre y atractivo en el que no haya lugar para la pornografía. Un mundo sin pornografía sería un mundo mucho mejor que el actual. Si hay pornografía es —además de una consecuencia del pecado original— porque la vida cotidiana no llena su imaginación. Dejadme que cite un texto de Simone Weil que expresa bien esta paradoja de la imaginación humana: "El mal imaginario es romántico, variado; el mal real, triste, monótono, desértico, tedioso. El bien imaginario es aburrido; el bien real es siempre nuevo, maravilloso, embriagante"38. Así es la imaginación humana y por eso hace falta educar la propia imaginación y la imaginación de nuestros alumnos purificándola y desarrollándola de manera creativa.
En este sentido, la literatura y el cine tienen un papel decisivo en el cultivo de la imaginación. Su misión no es simplemente el entretenimiento, sino la educación más plena del ser humano, la educación del corazón39: son el mejor invento para ensanchar nuestra experiencia humana, para cultivar nuestro corazón, para educar nuestra imaginación. A través de algunas películas o novelas nuestra experiencia personal, tantas veces inexplicable, se ilumina hasta llegar a formar parte de la experiencia universal humana40. En particular estoy persuadido de que el cine y la literatura pueden ser el medio más eficaz para que los varones aprendamos de la experiencia de las mujeres y las mujeres aprendan de la de los varones, y sobre todo para que unas y otros aprendamos a tratarnos mutuamente como personas.
Por eso, para batallar contra la pornografía hemos de empeñarnos en llegar a ser 'mejores personas' y eso tiene que ver con el desarrollo de la imaginación, su enriquecimiento y purificación, de forma que nuestros proyectos vitales, nuestro estilo de vida, se definan por la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, por la solidaridad con los demás para un crecimiento común, y no por el consumo egoísta de sensaciones o la acumulación privada de placeres. Me decía una estudiante de Bellas Artes hace unos días, "no me gustaría saber que mi novio consume pornografía" y todos, varones y mujeres, la comprendemos bien.
Una medida que hará más viable en la práctica el horizonte que en estas páginas se defiende es el empeño de todos por una participación de las mujeres en régimen de igualdad en los puestos de decisión en los medios de comunicación y en la sociedad41. Frente a los síntomas de la proliferación de la pornografía, el indudable avance de las mujeres en la organización de la sociedad permite aventurar que esa lacra machista va a ir desapareciendo o al menos minimizándose.

6. Conclusión

Debo terminar ya y quiero hacerlo recordando a San Josemaría, a quien tanto debemos en esta Universidad. Entre esas muchas cosas que esta Universidad le debe me gusta destacar un símbolo, una imagen: la elegantísima estatua de Santa María, Madre del Amor Hermoso, que encargó al escultor Sciancalepore, para que en medio del campus "bendijera el amor limpio, sano de vuestra juventud"42. Nos lo recordaba hace unos días el Gran Canciller en el encuentro en el Polideportivo de la Universidad y explicaba a la decana del Colegio Mayor Olabidea, que le había hecho una pregunta sobre cómo vivir hoy en día con coherencia cristiana: "No creas que [San Josemaría] rezó por las estudiantes y los estudiantes que estaban en 1965 aquí, en Pamplona. Rezó, ya, por vosotras, para que esa Madre del Amor Hermoso os mirase y vosotros miraseis a la Virgen".
Muchas gracias.



Notas
1. En esta presentación me baso en el texto que preparé para un seminario sobre "Claves para abordar la pornografía en las enseñanzas de cine" en el Departamento de Cultura y Comunicación Audiovisual en mayo de 1996. Agradezco las sugerencias de M. Arrondo, L. Chapa, G. Díaz, A. Gallego, T. Hernández, O. Lamberto, J. López, A. Marín, I. Martínez, C. Montes, B. Pascual, J. Pérez-Tomé, A. Piqué, M. Revuelta, A. Romero y J. J. Sánchez-Aranda en la preparación de este texto.
2. J. Lee, "Postcards from Planet Google", The New York Times, 28 noviembre 2002.
3. D. Dutonnerre, La marée noire de la pornographie: Un fléau aux origines et aux conséquences mal connues, Editions de Chiré, Chiré-en-Montreuil, 1992.
4. U. Eco, "Como reconocer una película porno", Segundo diario mínimo, Lumen, Barcelona, 1994, 196.
5. Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, Madrid, 2001, 22ª ed., s.v.
6. W. Percy, Signposts in a Strange Land, Farrar, Straus & Giroux, New York, 1991, 362.
7. W. Percy, Signposts in a Strange Land, 363.
8. Una definición semejante puede encontrarse en D. Jones (ed.), Censorship. A World Encyclopedia, Fitzroy Dearborn, London, 2001, vol. 3, 1907: "Pornography is the depiction of sexual behaviour in the arts and media that is intended to cause or does cause sexual arousal".
9. D. L. Mosher, "Pornography Defined: Involvement Theory, Narrative Context, and Goodness of Fit", Journal of Psychology and Human Sexuality, 1 (1988), 67-85.
10. G. Kolata, Sex in America: A Definitive Survey, Little, Brown, Boston, 1994; P. Elmer-Dewitt, "Now for the Truth about Americans and Sex", Time, 17 octubre 1994, 44.
11. Helmut Newton en El País, 30 diciembre de 1993; cf. J. A Herrero Brasas, "Feminismo y pornografía", Claves de Razón Práctica 63, junio 1996, 44.
12. Juan Pablo II, Audiencia general, 29 abril 1981, en La redención del corazón, Palabra, Madrid, 1996, 254.
13. Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, 1988, 10.
14. Juan Pablo II, Audiencia general, 6 mayo 1981, en La redención del corazón, 258.
15. J. Levinson, "Erotic Art", en E. Craig (ed.), Routledge Encyclopedia of Philosophy, London, 1998, vol 3, 406.
16. A. Machado, Los complementarios, Losada, Buenos Aires, 1968, 143.
17. C. Magris, El Danubio, Anagrama, Barcelona, 1989, 46.
18. G. Steiner, "Night Words", Language and Silence. Essays 1958-1966, Faber & Faber, London, 1985, 91. Para un cuidadoso estudio de esta cuestión, puede verse R. Shattuck, Conocimiento prohibido. De Prometeo a la pornografía, Taurus, Madrid, 1998.
19. T. Sancton, "Preying on the Young", Time, 2 septiembre 1996, 22-25.
20. Un estudio de la Carnegie Mellon sobre pornografía en internet aportaba los datos de que el "98,9% de los consumidores on-line de pornografía son varones. Y hay alguna evidencia de que del restante 1,1% muchas son mujeres pagadas para tomar parte en las 'chat rooms' y en los boletines para que los clientes se sientan más a gusto". P. Elmer-Dewitt, "On a Screen Near You: Cyberporn", Time, 3 julio 1995, 38.
21. Cf. G. Cowan y K. F. Dunn, "What Themes in Pornography Lead to Perceptions of the Degradation of Women?", Journal of Sex Research, 31 (1994), 11-21; D. Linz y N. Malamuth, Pornography, Sage, Newbury Park, CA, 1993, 4.
22. D. L. Mosher y P. MacIan, "College Men and Women Respond to X-rated Videos Intended for Male or Female Audiences: Gender and Sexual Scripts", Journal of Sex Research, 31 (1994), 108.
23. S. M. Easton, The Problem of Pornography. Regulation and the Right to Free Speech. Routledge, London 1994; R. Osborne, "Liberalismo y feminismo: ¿Un dilema para las mujeres?", Doxa, 13 (1993), 285-299; J. Malem, "Feminismo radical, pornografía y liberalismo", Doxa, 13 (1993), 301-314.
24. S. Graham, "What Does a Man Want?", American Psychologist, 1992 (47), 837.
25. M. Serrill, "Smut that Harms Women", Time, 9 marzo 1992, 48; K. Mahoney, "Por una sociedad más limpia", Nuestro Tiempo, diciembre 1992, 86-91; C. MacKinnon, Only Words, Harvard University Press, 1994; M. Le Doeuff, El estudio y la rueca. De las mujeres, de la filosofía, etc., Cátedra, Madrid, 1993.
26. A. Dworkin, Pornography: Men Possesing Women, Women's Press, London, 1981; P. Elmer-Dewitt, "On a Screen Near You: Cyberporn", 41.
27. K. Boyle, "The Pornography Debates. Beyond Cause and Effect", Women's Studies International Forum 23 (2000) 187-195.
28. D. Zillmann, "Effects of Prolonged Consumption of Pornography", en D. Zillmann y J. Bryant (eds.), Pornography: Research Advances and Policy Considerations, Lawrence Erlbaum, Hillsdale, NJ, 1989, 127-157; D. Zillmann, "Influence of Unrestrained Access to Erotica on Adolescents' and Young Adults' Dispositions toward Sexuality", Journal of Adolescent Health 27 Sup. (2000) 41-44 y R. J. Harris, "El impacto de los media explícitamente sexuales", en D. Zillmann y J. Bryant (eds.), Los efectos de los medios de comunicación. Investigaciones y teorías, Paidós, Barcelona, 1996, 329-364; véase también D. Linz y N. Malamuth, Pornography, 16-28 y el reciente estudio de C. Rogala y T. Tydén, "Does Pornography Influence Young Women's Sexual Behavior?", Women's Health Issues 13 (2003), 39-43, que da noticia de bibliografía relevante.
29. P. Gimferrer, Arde el mar, Cátedra, Madrid, 1994, 132. Sobre la memoria de imágenes sexuales, L. Downey et al, "How Could I Forget? Inaccurate Memories of Sexually Intimate Moments", Journal of Sex Research, 32 (1995), 177-191.
30. J. Ratzinger, Cooperadores de la verdad, Rialp, Madrid, 1991, 276.
31. E. Laumann, Sex in America, 1994; P. Elmer-Dewitt, "On a Screen Near You: Cyberporn", 40.
32. Consta que el tratamiento mediante Prozac contra la depresión puede eliminar en algunos casos esa adicción. P. Kramer, Listening to Prozac, Penguin, New York, 1997; cf. C. Wallis, "Medicine for the soul", Time, 11 julio 1994, 60.
33. E. W. Eisner, "La incomprendida función de las artes en el desarrollo humano", Revista Española de Pedagogía, 50 (1992), 21.
34. Cf. E. Subirats, Culturas virtuales, Biblioteca Nueva, Madrid, 2001, 167.
35. Cf. R. Shattuck, Conocimiento prohibido, 359.
36. C. S. Lewis, A Preface to "Paradise Lost, cap IV; cf. R. Shattuck, Conocimiento prohibido, 347.
37. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2525.
38. S. Weil, La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994, 111.
39. N. Grimaldi, "El aprendizaje de la vida a través del cine y la literatura", Nuestro Tiempo, diciembre 1994, 116-125.
40. W. Percy, Signposts in a Strange Land, 359.
41. Cf. S. Easton, The Problem of Pornography, 177.
42. Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá, Rialp, Madrid, 1968, n. 85.



Última actualización: 8 de septiembre 2007

[Jaime Nubiola] [Sugerencias]


Universidad de Navarra