En el Hyde Park de Londres, durante la vigilia de la beatificación de John Henry Newman, dijo Benedicto XVI: “La vida de Newman nos enseña que la pasión por la verdad, la honestidad intelectual y la auténtica conversión son costosas”. La verdad, que nos hace libres, pide ser testimoniada y escuchada; “y al final su poder de convicción proviene de sí misma y no de la elocuencia humana o de los argumentos que la expongan”. Eso implica que, en nuestro mundo, hay que estar dispuestos en ocasiones a ser “excluido, ridiculizado o parodiado”. En todo caso “no puede haber separación entre lo que creemos y lo que vivimos”. Más aún, “cada uno de nuestros pensamientos, palabras y obras deben buscar la gloria de Dios y la extensión de su Reino”. Lo que importa es descubrir y realizar la “misión concreta” que cada cristiano tiene y que sólo Jesús conoce.
A los jóvenes, y con referencia al lema de su visita al Reino Unido –la divisa newmaniana cor ad cor loquitur–, les indicaba: “Su corazón está hablando a vuestro corazón”. Y llamaba a la generosidad: “Cristo necesita familias para recordar al mundo la dignidad del amor humano y la belleza de la vida familiar. Necesita hombres y mujeres que dediquen su vida a la noble labor de educar, atendiendo a los jóvenes y formándolos en el camino del Evangelio”; como también necesita de la vida religiosa y de los sacerdotes. “Preguntadle al Señor lo que desea de vosotros. Pedidle la generosidad de decir sí. No tengáis miedo a entregaros completamente a Jesús. Él os dará la gracia que necesitáis para acoger su llamada”.
En definitiva, se trata de responder que sí a Dios, de modo coherente y no a la defensiva, con autenticidad, venciendo las dificultades con la fe. El Papa lo había dicho ya con referencia a la Iglesia, en el avión que le llevaba al Reino Unido. Los periodistas le preguntaron, teniendo en cuenta el movimiento actual de ateísmo y a la vez los signos de fe religiosa a nivel personal: “¿Es posible hacer algo para que la Iglesia sea una institución más creíble y atractiva para todos?”
Sorprendió que Benedicto XVI respondiera con lo que podríamos llamar una enmienda a la totalidad, por el procedimiento de negar la premisa mayor: “Diría que una Iglesia que busca sobre todo ser atractiva, estaría ya en un camino equivocado. Porque la Iglesia no trabaja para sí, no trabaja para aumentar los propios números, el propio poder”.
Efectivamente. Por un lado, ¿no es la tendencia de cada uno y de cada una el buscar atraer hacia sí, ser centro de admiración o prestigio, poseer al otro o a los otros? ¿No es el afán por aumentar el número de seguidores y la influencia sobre la sociedad, una tendencia típica de los grupos y de las instituciones humanas? Claro que, tratándose de la Iglesia, ¿acaso no debe buscar la adhesión al Evangelio del mayor número posible de personas? ¿Qué hay de malo en ello? Y se podría, responder: nada malo, pero el Papa no se refiere a eso. El problema está en ese buscar “sobre todo” o ante todo la atracción; ponerla en primer lugar, por delante del servicio de la verdad y del amor, que son la razón de ser del servicio evangelizador: ése sería el error.
Lo exponía Benedicto XVI con claridad: “La Iglesia está al servicio de Otro, no está al propio servicio, no está para ser un cuerpo fuerte, sino para hacer accesible el anuncio de Jesucristo, las grandes verdades, las grandes fuerzas de amor y de reconciliación, que han aparecido en esta figura y que vienen siempre de la presencia de Jesucristo”.
Jesucristo, su persona, su mensaje y su obra. Esto es lo que explica el servicio de la Iglesia al mundo y a cada persona. Y en eso consiste la trasparencia de la Iglesia: en actuar según lo que es, según su naturaleza. Así ella es auténtica, eficaz y, como consecuencia no buscada en primer lugar, resulta atractiva, porque la santidad nunca deja de atraer.
En palabras del Papa, “la Iglesia no busca ser atractiva, sino que debe ser trasparente para que aparezca Jesucristo. Y en la medida en que no está para sí misma, como cuerpo fuerte y poderoso en el mundo, sino que se hace sencillamente voz de Otro, se convierte realmente en transparencia de la gran figura de Cristo y de las grandes verdades que ha traído a la humanidad, de la fuerza del amor. Si es así, es escuchada y aceptada”. En definitiva, “la Iglesia no debería considerarse a sí misma sino ayudar a considerar a Otro, y ella misma debe ver y hablar de Otro y por Otro”.
Es esta una luz poderosa para el ecumenismo, pues cuando los cristianos –católicos, anglicanos, etc.– buscan “ante todo” ese servicio, “es entonces cuando la prioridad de Cristo los une y dejan de ser competidores, cada uno buscando el número, sino que están unidos en el compromiso por la verdad de Cristo, que entra en este mundo, y de este modo se encuentran también recíprocamente en un verdadero y fecundo ecumenismo”. Toda una lección de humildad, realismo y profundidad cristiana y teológica, útil también para cada persona y grupo humano. ¿Qué sucedería si buscáramos por encima de todo servir a los demás en nuestro trabajo y realizando nuestro deber?
Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra
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martes, 12 de octubre de 2010
Al servicio de la verdad y del bien
miércoles, 15 de septiembre de 2010
La fe es para vivirla
¿Qué se entiende por practicar la fe? Practicar la fe no sólo es rezar y participar en los sacramentos. Abarca también el amor a Dios y el amor al prójimo, dar culto a Dios y servir a los demás con la caridad y la justicia.
En uno de sus sermones exhorta San Agustín: “Dichosos nosotros si llevamos a la práctica lo que escuchamos (en la iglesia)…Porque cuando escuchamos es como si sembráramos una semilla, y cuando ponemos en práctica lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara” (Sermón 23A). Y añade que la vida cristiana, como la de Jesús, se fundamenta en dos actitudes: la humildad y la acción de gracias.
La humildad lleva, en efecto, a morir a uno mismo para dar la vida a otros. Y la acción de gracias (eso significa Eucaristía) se ofrece a Dios Padre como culto, a la vez que se traduce en servicio por el bien de todos: damos gracias a Dios que nos ha salvado y manifestamos nuestro agradecimiento preocupándonos, con hechos, por los demás.
“Vivamos, por tanto, dignamente –concluye San Agustín–, ayudados por la gracia que hemos recibido y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado”.
En definitiva, practicar la fe es ese “vivir dignamente, ayudados por la gracia”. Por tanto, no practica quien no vive los sacramentos, y tampoco practica quien no se preocupa por las necesidades materiales y espirituales de los demás.
“Practicar la fe” es amar a Dios sobre todas las cosas, muriendo al egoísmo y al pecado (la búsqueda del bienestar o del poder a toda costa; ponerse a uno mismo en el centro, ocupando el lugar de Dios). Y al mismo tiempo –con y como Cristo– traducir ese amor en el amor al prójimo. Y esto, en concreto, comenzando por los que nos rodean, en el ambiente de trabajo, en la familia, en las relaciones sociales y culturales.
De esta manera “la práctica de la fe” es, sencillamente, la vida cristiana bien “vivida”, tal y como la pueden y deben ejercitar la mayor parte de las personas, en medio de la calle. La fe lleva a la oración y a los sacramentos, y “fructifica” en el trabajo por el bien material y espiritual de todos, especialmente de los más necesitados.
Sólo así se comprueba que la fe es luz –que asume también la razón– y fuerza que sostiene al cristiano, tanto en las situaciones más comunes como en las más difíciles y extraordinarias de su vida.
Un ejemplo de ello se ve en la película “Prueba de fuego” (Fireproof, A. Kendrick, 2008). Queda claro que la oración y el sacrificio unidos a Cristo son eficaces ante las crisis. Esto es verdad sobre todo cuando la existencia gira en torno a la Eucaristía.
La fe no es un conjunto de teorías, ni tampoco un manojo de sentimientos ni un código de reglas, sino una Vida y un amor, que Dios nos ha entregado en Cristo por la gracia del Espíritu Santo, para que nosotros nos entreguemos por el bien de los demás. Según el apóstol Santiago, la fe sin obras es una “fe muerta”. Practicar la fe es “vivir la fe” y “vivir de fe”. Según Benedicto XVI, la fe lleva a ponerse al servicio del mundo, con el amor y la verdad (cf. encíclica Caritas in veritate, n. 11).
Es bueno recordar lo que dice San Juan en su primera carta: “Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe” (1 Jn 5, 4). Y para entenderlo bien, es importante lo que señala Benedicto XVI en su Carta de convocatoria para la Jornada Mundial de la Juventud (Madrid 2011), “la victoria que nace de la fe es la del amor”. Y añade, como pensando en voz alta: “Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido artífices de paz, promotores de justicia, animadores de un mundo más humano, un mundo según Dios; se han comprometido en diferentes ámbitos de la vida social, con competencia y profesionalidad, contribuyendo eficazmente al bien de todos. La caridad que brota de la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto, con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás”.
Así pues, la fe es para practicarla; es decir, para vivirla. Por tanto, el testimonio de la fe es al mismo tiempo un testimonio del amor. Y es la garantía de un mundo más humano, precisamente porque es un mundo según Dios.
Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra
En uno de sus sermones exhorta San Agustín: “Dichosos nosotros si llevamos a la práctica lo que escuchamos (en la iglesia)…Porque cuando escuchamos es como si sembráramos una semilla, y cuando ponemos en práctica lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara” (Sermón 23A). Y añade que la vida cristiana, como la de Jesús, se fundamenta en dos actitudes: la humildad y la acción de gracias.
La humildad lleva, en efecto, a morir a uno mismo para dar la vida a otros. Y la acción de gracias (eso significa Eucaristía) se ofrece a Dios Padre como culto, a la vez que se traduce en servicio por el bien de todos: damos gracias a Dios que nos ha salvado y manifestamos nuestro agradecimiento preocupándonos, con hechos, por los demás.
“Vivamos, por tanto, dignamente –concluye San Agustín–, ayudados por la gracia que hemos recibido y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado”.
En definitiva, practicar la fe es ese “vivir dignamente, ayudados por la gracia”. Por tanto, no practica quien no vive los sacramentos, y tampoco practica quien no se preocupa por las necesidades materiales y espirituales de los demás.
“Practicar la fe” es amar a Dios sobre todas las cosas, muriendo al egoísmo y al pecado (la búsqueda del bienestar o del poder a toda costa; ponerse a uno mismo en el centro, ocupando el lugar de Dios). Y al mismo tiempo –con y como Cristo– traducir ese amor en el amor al prójimo. Y esto, en concreto, comenzando por los que nos rodean, en el ambiente de trabajo, en la familia, en las relaciones sociales y culturales.
De esta manera “la práctica de la fe” es, sencillamente, la vida cristiana bien “vivida”, tal y como la pueden y deben ejercitar la mayor parte de las personas, en medio de la calle. La fe lleva a la oración y a los sacramentos, y “fructifica” en el trabajo por el bien material y espiritual de todos, especialmente de los más necesitados.
Sólo así se comprueba que la fe es luz –que asume también la razón– y fuerza que sostiene al cristiano, tanto en las situaciones más comunes como en las más difíciles y extraordinarias de su vida.
Un ejemplo de ello se ve en la película “Prueba de fuego” (Fireproof, A. Kendrick, 2008). Queda claro que la oración y el sacrificio unidos a Cristo son eficaces ante las crisis. Esto es verdad sobre todo cuando la existencia gira en torno a la Eucaristía.
La fe no es un conjunto de teorías, ni tampoco un manojo de sentimientos ni un código de reglas, sino una Vida y un amor, que Dios nos ha entregado en Cristo por la gracia del Espíritu Santo, para que nosotros nos entreguemos por el bien de los demás. Según el apóstol Santiago, la fe sin obras es una “fe muerta”. Practicar la fe es “vivir la fe” y “vivir de fe”. Según Benedicto XVI, la fe lleva a ponerse al servicio del mundo, con el amor y la verdad (cf. encíclica Caritas in veritate, n. 11).
Es bueno recordar lo que dice San Juan en su primera carta: “Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe” (1 Jn 5, 4). Y para entenderlo bien, es importante lo que señala Benedicto XVI en su Carta de convocatoria para la Jornada Mundial de la Juventud (Madrid 2011), “la victoria que nace de la fe es la del amor”. Y añade, como pensando en voz alta: “Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido artífices de paz, promotores de justicia, animadores de un mundo más humano, un mundo según Dios; se han comprometido en diferentes ámbitos de la vida social, con competencia y profesionalidad, contribuyendo eficazmente al bien de todos. La caridad que brota de la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto, con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás”.
Así pues, la fe es para practicarla; es decir, para vivirla. Por tanto, el testimonio de la fe es al mismo tiempo un testimonio del amor. Y es la garantía de un mundo más humano, precisamente porque es un mundo según Dios.
Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra
jueves, 9 de septiembre de 2010
10 consejos de Benedicto XVI a los jóvenes
10 consejos de Benedicto XVI a la gente joven
sábado, 28 de agosto de 2010
Benedicto XVI
Dentro de un año, miles de personas se reunirán en Madrid con Benedicto XVI. Es un encuentro que el Papa reserva para estar con la gente joven de todo el mundo. Desde el inicio de su pontificado, el Papa ha dirigido muchos mensajes a los jóvenes. Este es un resumen de frases suyas con especial fuerza.
1) Dialogar con Dios
«Alguno de vosotros podría tal vez identificarse con la descripción que Edith Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo de Colonia: "Había perdido consciente y deliberadamente la costumbre de rezar". Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar».
2) Contarle las penas y alegrías
«Abrid vuestro corazón a Dios. Dejaos sorprender por Cristo. Dadle el "derecho a hablaros" durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que él ilumine con su luz vuestra mente y toque con su gracia vuestro corazón».
3) No desconfiar de Cristo
«Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con María, vuestro "sí" al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo que dije al principio de mi pontificado: "Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren de par en par las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera". Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo».
4) Estar alegres: querer ser santos
«Más allá de las vocaciones de especial consagración, está la vocación propia de todo bautizado: también es esta una vocación a aquel "alto grado" de la vida cristiana ordinaria que se expresa en la santidad. Cuando se encuentra a Jesús y se acoge su Evangelio, la vida cambia y uno es empujado a comunicar a los demás la propia experiencia (...). La Iglesia necesita santos. Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad. Os invito a que os esforcéis estos días por servir sin reservas a Cristo, cueste lo que cueste. El encuentro con Jesucristo os permitirá gustar interiormente la alegría de su presencia viva y vivificante, para testimoniarla después en vuestro entorno».
5) Dios: tema de conversación con los amigos
«Son tantos nuestros compañeros que todavía no conocen el amor de Dios, o buscan llenarse el corazón con sucedáneos insignificantes. Por lo tanto, es urgente ser testigos del amor contemplado en Cristo. Queridos jóvenes, la Iglesia necesita auténticos testigos para la nueva evangelización: hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el encuentro con Jesús; hombres y mujeres capaces de comunicar esta experiencia a los demás».
6) El domingo, ir a Misa
«No os dejéis disuadir de participar en la Eucaristía dominical y ayudad también a los demás a descubrirla. Ciertamente, para que de esa emane la alegría que necesitamos, debemos aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena! Descubramos la íntima riqueza de la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza: no somos nosotros los que hacemos fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el que prepara una fiesta para nosotros. Con el amor a la Eucaristía redescubriréis también el sacramento de la Reconciliación, en el cual la bondad misericordiosa de Dios permite siempre iniciar de nuevo nuestra vida».
7) Demostrar que Dios no es triste
«Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente no».
8) Conocer la fe
«Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino: Jesucristo. Tratemos nosotros mismos de conocerlo cada vez mejor para poder guiar también, de modo convincente, a los demás hacia él. Por esto es tan importante el amor a la sagrada Escritura y, en consecuencia, conocer la fe de la Iglesia que nos muestra el sentido de la Escritura».
9) Ayudar: ser útil
«Si pensamos y vivimos en virtud de la comunión con Cristo, entonces se nos abren los ojos. Entonces no nos adaptaremos más a seguir viviendo preocupados solamente por nosotros mismos, sino que veremos dónde y cómo somos necesarios. Viviendo y actuando así nos daremos cuenta bien pronto que es mucho más bello ser útiles y estar a disposición de los demás que preocuparse sólo de las comodidades que se nos ofrecen. Yo sé que vosotros como jóvenes aspiráis a cosas grandes, que queréis comprometeros por un mundo mejor. Demostrádselo a los hombres, demostrádselo al mundo, que espera exactamente este testimonio de los discípulos de Jesucristo y que, sobre todo mediante vuestro amor, podrá descubrir la estrella que como creyentes seguimos».
10) Leer la Biblia
«El secreto para tener un "corazón que entienda" es formarse un corazón capaz de escuchar. Esto se consigue meditando sin cesar la palabra de Dios y permaneciendo enraizados en ella, mediante el esfuerzo de conocerla siempre mejor. Queridos jóvenes, os exhorto a adquirir intimidad con la Biblia, a tenerla a mano, para que sea para vosotros como una brújula que indica el camino a seguir. Leyéndola, aprenderéis a conocer a Cristo. San Jerónimo observa al respecto: "El desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo"».
* * *
En resumen...
«Construir la vida sobre Cristo, acogiendo con alegría la palabra y poniendo en práctica la doctrina: ¡he aquí, jóvenes del tercer milenio, cuál debe ser vuestro programa! Es urgente que surja una nueva generación de apóstoles enraizados en la palabra de Cristo, capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo y dispuestos para difundir el Evangelio por todas partes. ¡Esto es lo que os pide el Señor, a esto os invita la Iglesia, esto es lo que el mundo —aun sin saberlo— espera de vosotros! Y si Jesús os llama, no tengáis miedo de responderle con generosidad, especialmente cuando os propone de seguirlo en la vida consagrada o en la vida sacerdotal. No tengáis miedo; fiaos de Él y no quedaréis decepcionados».
Benedicto XVI
sábado, 28 de agosto de 2010
Benedicto XVI
Dentro de un año, miles de personas se reunirán en Madrid con Benedicto XVI. Es un encuentro que el Papa reserva para estar con la gente joven de todo el mundo. Desde el inicio de su pontificado, el Papa ha dirigido muchos mensajes a los jóvenes. Este es un resumen de frases suyas con especial fuerza.
1) Dialogar con Dios
«Alguno de vosotros podría tal vez identificarse con la descripción que Edith Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo de Colonia: "Había perdido consciente y deliberadamente la costumbre de rezar". Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar».
2) Contarle las penas y alegrías
«Abrid vuestro corazón a Dios. Dejaos sorprender por Cristo. Dadle el "derecho a hablaros" durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que él ilumine con su luz vuestra mente y toque con su gracia vuestro corazón».
3) No desconfiar de Cristo
«Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con María, vuestro "sí" al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo que dije al principio de mi pontificado: "Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren de par en par las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera". Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo».
4) Estar alegres: querer ser santos
«Más allá de las vocaciones de especial consagración, está la vocación propia de todo bautizado: también es esta una vocación a aquel "alto grado" de la vida cristiana ordinaria que se expresa en la santidad. Cuando se encuentra a Jesús y se acoge su Evangelio, la vida cambia y uno es empujado a comunicar a los demás la propia experiencia (...). La Iglesia necesita santos. Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad. Os invito a que os esforcéis estos días por servir sin reservas a Cristo, cueste lo que cueste. El encuentro con Jesucristo os permitirá gustar interiormente la alegría de su presencia viva y vivificante, para testimoniarla después en vuestro entorno».
5) Dios: tema de conversación con los amigos
«Son tantos nuestros compañeros que todavía no conocen el amor de Dios, o buscan llenarse el corazón con sucedáneos insignificantes. Por lo tanto, es urgente ser testigos del amor contemplado en Cristo. Queridos jóvenes, la Iglesia necesita auténticos testigos para la nueva evangelización: hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el encuentro con Jesús; hombres y mujeres capaces de comunicar esta experiencia a los demás».
6) El domingo, ir a Misa
«No os dejéis disuadir de participar en la Eucaristía dominical y ayudad también a los demás a descubrirla. Ciertamente, para que de esa emane la alegría que necesitamos, debemos aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena! Descubramos la íntima riqueza de la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza: no somos nosotros los que hacemos fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el que prepara una fiesta para nosotros. Con el amor a la Eucaristía redescubriréis también el sacramento de la Reconciliación, en el cual la bondad misericordiosa de Dios permite siempre iniciar de nuevo nuestra vida».
7) Demostrar que Dios no es triste
«Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente no».
8) Conocer la fe
«Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino: Jesucristo. Tratemos nosotros mismos de conocerlo cada vez mejor para poder guiar también, de modo convincente, a los demás hacia él. Por esto es tan importante el amor a la sagrada Escritura y, en consecuencia, conocer la fe de la Iglesia que nos muestra el sentido de la Escritura».
9) Ayudar: ser útil
«Si pensamos y vivimos en virtud de la comunión con Cristo, entonces se nos abren los ojos. Entonces no nos adaptaremos más a seguir viviendo preocupados solamente por nosotros mismos, sino que veremos dónde y cómo somos necesarios. Viviendo y actuando así nos daremos cuenta bien pronto que es mucho más bello ser útiles y estar a disposición de los demás que preocuparse sólo de las comodidades que se nos ofrecen. Yo sé que vosotros como jóvenes aspiráis a cosas grandes, que queréis comprometeros por un mundo mejor. Demostrádselo a los hombres, demostrádselo al mundo, que espera exactamente este testimonio de los discípulos de Jesucristo y que, sobre todo mediante vuestro amor, podrá descubrir la estrella que como creyentes seguimos».
10) Leer la Biblia
«El secreto para tener un "corazón que entienda" es formarse un corazón capaz de escuchar. Esto se consigue meditando sin cesar la palabra de Dios y permaneciendo enraizados en ella, mediante el esfuerzo de conocerla siempre mejor. Queridos jóvenes, os exhorto a adquirir intimidad con la Biblia, a tenerla a mano, para que sea para vosotros como una brújula que indica el camino a seguir. Leyéndola, aprenderéis a conocer a Cristo. San Jerónimo observa al respecto: "El desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo"».
* * *
En resumen...
«Construir la vida sobre Cristo, acogiendo con alegría la palabra y poniendo en práctica la doctrina: ¡he aquí, jóvenes del tercer milenio, cuál debe ser vuestro programa! Es urgente que surja una nueva generación de apóstoles enraizados en la palabra de Cristo, capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo y dispuestos para difundir el Evangelio por todas partes. ¡Esto es lo que os pide el Señor, a esto os invita la Iglesia, esto es lo que el mundo —aun sin saberlo— espera de vosotros! Y si Jesús os llama, no tengáis miedo de responderle con generosidad, especialmente cuando os propone de seguirlo en la vida consagrada o en la vida sacerdotal. No tengáis miedo; fiaos de Él y no quedaréis decepcionados».
Benedicto XVI
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martes, 20 de julio de 2010
Compromiso educativo
Ramiro Pellitero en "Escuela de familias"
¿Hacia dónde va la educación que están recibiendo muchos jóvenes de las nuevas generaciones, poco humanista y orientada hacia la técnica y el éxito? En la película “La ola” (D. Gansel, 2008) el profesor quiere que los alumnos se planteen ellos mismos las grandes cuestiones, que la verdad se abra paso por sí misma, sin recurrir a la autoridad. Pero ¿qué pasa cuando falta la madurez y la templanza necesarias? Pues que reaparecen los fantasmas de la historia reciente, para seguir sin más miramientos al líder de turno, por un camino que ignora la reflexión y la tradición, y confía demasiado en la voluntad, siempre manipulable. Una lección sorprendente… e inquietante.
Benedicto XVI –que ha vivido de cerca la historia de Europa en el siglo XX– viene insistiendo en la “emergencia (urgencia) educativa” desde enero de 2008, en que dirigió una carta a la diócesis de Roma sobre el tema. En el discurso a los obispos italianos, el 27 de mayo pasado, subrayaba dos causas, a su juicio, de esta urgencia.
En primer lugar, una mal entendida autonomía de las personas, según la cual “el hombre debería desarrollarse sólo por sí mismo, sin imposiciones por parte de los demás, los cuales podrían asistir a su autodesarrollo, pero no entrar en este proceso”.
La realidad –replica– es que la persona humana “llega a ser ella misma sólo desde el otro, el ‘yo’ se convierte en sí mismo sólo desde el ‘tu’ y desde el “vosotros”, está creado para el diálogo, para la comunión sincrónica y diacrónica. Y sólo el encuentro con el ‘tu’ y con el ‘nosotros’ abre el ‘yo’ a sí mismo”. Por eso, –deducía– “la llamada educación antiautoritaria no es educación, sino renuncia a la educación”.
En efecto, notemos que hoy la autoridad tiende a comprenderse mal, porque se confunde autoridad con poder, que es la fuerza para dominar a otros. El sentido auténtico de la autoridad se funda en la dignidad o calidad, en la excelencia y la legitimidad de alguien para sostener, organizar y apoyar a otros en el desarrollo personal o social. Se puede tener autoridad sin poder y viceversa, pero sólo la autoridad hace legítimo el poder. Así los padres tienen una autoridad natural sobre los hijos, los maestros sobre sus alumnos, el Estado legítimo sobre los ciudadanos etc. El cristianismo ha reforzado el fundamento trascendente de la autoridad, al recordar, como hace San Pablo, que toda autoridad legítima viene de Dios. Los primeros cristianos rezaban por las autoridades públicas, aunque éstas no siempre les eran favorables. Renunciar a la autoridad es renunciar a la guía de otros, pedida por la dimensión social de la persona. Y, por tanto, es encerrar al sujeto en sí mismo, en su limitada percepción y capacidad; es privarle, en tantos aspectos, de una orientación esencial para su vida.
Todo ello no se opone a una adecuada autonomía de las personas. La autoridad debe saber ganarse la confianza conveniente para el ejercicio de su misión, por su altitud de miras y el respeto exquisito a la dignidad y al bien de las personas. Pero la realización del proyecto personal corresponde siempre al propio sujeto, que opta con mayor decisión si comprende las razones de quienes muestran vidas logradas, y si goza del necesario equilibrio interior –gracias a las virtudes– para elegir lo valioso y no lo más fácil, cómodo o placentero.
Como segunda raíz de la actual urgencia educativa, el Papa ha señalado la exclusión de las principales fuentes que orientan el camino humano: la naturaleza, la Revelación y la historia. El escepticismo y el relativismo niegan la capacidad normativa de la naturaleza, que de por sí no contendría orientación alguna. La Revelación, si la hubo, tampoco indicaría contenidos sino sólo motivaciones. La historia sólo nos informaría acerca de decisiones que otros tomaron y que no sirven para ahora y el futuro.
Pero, según Benedicto XVI, “es fundamental volver a encontrar un concepto verdadero de la naturaleza como creación de Dios que nos habla”, mostrándonos los verdaderos valores. Es necesario comprender la Revelación como clave que descifra las orientaciones que contiene la creación. En cuanto a la historia cultural, que desarrolla y hace propias esas orientaciones, requiere siempre una purificación.
Educar –deducía el Papa– es, por tanto, volver a encontrar estas fuentes y su lenguaje, sin ceder ante la desconfianza y la resignación. Hoy se requiere una “pasión educativa” que no se resuelve en mera didáctica ni tampoco en la transmisión de principios áridos. Educar es dotar a las personas de una verdadera sabiduría, que incluye la fe, para entrar en relación con el mundo; equiparlas con suficientes elementos en el orden del pensamiento, de los afectos y de los juicios. Si la tradición del pasado corre hoy peligro de olvidarse, precisamente por eso urge la educación como acompañamiento para descubrir personalmente la verdad.
En este marco, Benedicto XVI ha vuelto a proponer lo que dijo a los periodistas durante el vuelo a Portugal. Lo que en nuestro tiempo es motivo de escándalo –el pecado de algunos miembros de la Iglesia– debe traducirse en una llamada a una “profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender por una parte el perdón, pero también la necesidad de la justicia".
Concluía con la exhortación a recorrer sin dudar “el camino del compromiso educativo”, incluyendo las nuevas tecnologías de la comunicación. “No se trata –advertía– de adecuar el Evangelio al mundo, sino de sacar del Evangelio esa perenne novedad, que permite en cada tiempo encontrar las formas adecuadas para anunciar la Palabra que no pasa, fecundando y sirviendo a la existencia humana”.
Ese es también el fundamento para “proponer a los jóvenes la medida alta y trascendente de la vida, entendida como vocación”; y también para responder a la actual “crisis cultural y espiritual, tan seria como la económica”. Así se podrá contribuir al bien común, vinculado al crecimiento social y moral.
¿Hacia dónde va la educación que están recibiendo muchos jóvenes de las nuevas generaciones, poco humanista y orientada hacia la técnica y el éxito? En la película “La ola” (D. Gansel, 2008) el profesor quiere que los alumnos se planteen ellos mismos las grandes cuestiones, que la verdad se abra paso por sí misma, sin recurrir a la autoridad. Pero ¿qué pasa cuando falta la madurez y la templanza necesarias? Pues que reaparecen los fantasmas de la historia reciente, para seguir sin más miramientos al líder de turno, por un camino que ignora la reflexión y la tradición, y confía demasiado en la voluntad, siempre manipulable. Una lección sorprendente… e inquietante.
Benedicto XVI –que ha vivido de cerca la historia de Europa en el siglo XX– viene insistiendo en la “emergencia (urgencia) educativa” desde enero de 2008, en que dirigió una carta a la diócesis de Roma sobre el tema. En el discurso a los obispos italianos, el 27 de mayo pasado, subrayaba dos causas, a su juicio, de esta urgencia.
En primer lugar, una mal entendida autonomía de las personas, según la cual “el hombre debería desarrollarse sólo por sí mismo, sin imposiciones por parte de los demás, los cuales podrían asistir a su autodesarrollo, pero no entrar en este proceso”.
La realidad –replica– es que la persona humana “llega a ser ella misma sólo desde el otro, el ‘yo’ se convierte en sí mismo sólo desde el ‘tu’ y desde el “vosotros”, está creado para el diálogo, para la comunión sincrónica y diacrónica. Y sólo el encuentro con el ‘tu’ y con el ‘nosotros’ abre el ‘yo’ a sí mismo”. Por eso, –deducía– “la llamada educación antiautoritaria no es educación, sino renuncia a la educación”.
En efecto, notemos que hoy la autoridad tiende a comprenderse mal, porque se confunde autoridad con poder, que es la fuerza para dominar a otros. El sentido auténtico de la autoridad se funda en la dignidad o calidad, en la excelencia y la legitimidad de alguien para sostener, organizar y apoyar a otros en el desarrollo personal o social. Se puede tener autoridad sin poder y viceversa, pero sólo la autoridad hace legítimo el poder. Así los padres tienen una autoridad natural sobre los hijos, los maestros sobre sus alumnos, el Estado legítimo sobre los ciudadanos etc. El cristianismo ha reforzado el fundamento trascendente de la autoridad, al recordar, como hace San Pablo, que toda autoridad legítima viene de Dios. Los primeros cristianos rezaban por las autoridades públicas, aunque éstas no siempre les eran favorables. Renunciar a la autoridad es renunciar a la guía de otros, pedida por la dimensión social de la persona. Y, por tanto, es encerrar al sujeto en sí mismo, en su limitada percepción y capacidad; es privarle, en tantos aspectos, de una orientación esencial para su vida.
Todo ello no se opone a una adecuada autonomía de las personas. La autoridad debe saber ganarse la confianza conveniente para el ejercicio de su misión, por su altitud de miras y el respeto exquisito a la dignidad y al bien de las personas. Pero la realización del proyecto personal corresponde siempre al propio sujeto, que opta con mayor decisión si comprende las razones de quienes muestran vidas logradas, y si goza del necesario equilibrio interior –gracias a las virtudes– para elegir lo valioso y no lo más fácil, cómodo o placentero.
Como segunda raíz de la actual urgencia educativa, el Papa ha señalado la exclusión de las principales fuentes que orientan el camino humano: la naturaleza, la Revelación y la historia. El escepticismo y el relativismo niegan la capacidad normativa de la naturaleza, que de por sí no contendría orientación alguna. La Revelación, si la hubo, tampoco indicaría contenidos sino sólo motivaciones. La historia sólo nos informaría acerca de decisiones que otros tomaron y que no sirven para ahora y el futuro.
Pero, según Benedicto XVI, “es fundamental volver a encontrar un concepto verdadero de la naturaleza como creación de Dios que nos habla”, mostrándonos los verdaderos valores. Es necesario comprender la Revelación como clave que descifra las orientaciones que contiene la creación. En cuanto a la historia cultural, que desarrolla y hace propias esas orientaciones, requiere siempre una purificación.
Educar –deducía el Papa– es, por tanto, volver a encontrar estas fuentes y su lenguaje, sin ceder ante la desconfianza y la resignación. Hoy se requiere una “pasión educativa” que no se resuelve en mera didáctica ni tampoco en la transmisión de principios áridos. Educar es dotar a las personas de una verdadera sabiduría, que incluye la fe, para entrar en relación con el mundo; equiparlas con suficientes elementos en el orden del pensamiento, de los afectos y de los juicios. Si la tradición del pasado corre hoy peligro de olvidarse, precisamente por eso urge la educación como acompañamiento para descubrir personalmente la verdad.
En este marco, Benedicto XVI ha vuelto a proponer lo que dijo a los periodistas durante el vuelo a Portugal. Lo que en nuestro tiempo es motivo de escándalo –el pecado de algunos miembros de la Iglesia– debe traducirse en una llamada a una “profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender por una parte el perdón, pero también la necesidad de la justicia".
Concluía con la exhortación a recorrer sin dudar “el camino del compromiso educativo”, incluyendo las nuevas tecnologías de la comunicación. “No se trata –advertía– de adecuar el Evangelio al mundo, sino de sacar del Evangelio esa perenne novedad, que permite en cada tiempo encontrar las formas adecuadas para anunciar la Palabra que no pasa, fecundando y sirviendo a la existencia humana”.
Ese es también el fundamento para “proponer a los jóvenes la medida alta y trascendente de la vida, entendida como vocación”; y también para responder a la actual “crisis cultural y espiritual, tan seria como la económica”. Así se podrá contribuir al bien común, vinculado al crecimiento social y moral.
lunes, 28 de junio de 2010
¿Piensan los jóvenes?
Jaime Nubiola. Catedrático de Filosofía. Universidad de Navarra
La Gaceta de los Negocios, 20 de noviembre de 2007
La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitación a pensar, aunque no siempre lo consiga. En este sentido, adopté hace algunos años como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que "no querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios".
Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que nos dedicamos a la enseñanza, al menos en los niveles superiores. Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas. "Quien piensa se raya" -dicen en su jerga-, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los demás. Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y están ahora escarmentados. No merece la pena pensar -vienen a decir- si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los demás. Más vale vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está.
En consonancia con esta actitud, el estilo de vida juvenil es notoriamente superficial y efímero; es enemigo de todo compromiso. Los jóvenes no quieren pensar porque el pensamiento -por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan nuestra cultura- exige siempre una respuesta personal, un compromiso que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir. No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la revolución sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta años. "Ni quiero una chaqueta para toda la vida -escribía una valiosa estudiante de Comunicación en su blog- ni quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la vida. Ahora mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto sólo me pasa a mí, el problema es mío. Pero si este es un sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la sociedad que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos compromiso con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en calada, decimos "te quiero" demasiado rápido: la primera discusión y enseguida la relación ha terminado. Nos da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de tener que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer para toda la vida".
El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso. No puede menos que venir a la memoria el lúcido análisis de Hannah Arendt sobre el mal. En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escribía que "el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos". Esto sucede -explicaba Arendt- cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos. Superficialidad y superfluidad -añado yo- vienen a ser en última instancia lo mismo: quienes desean vivir sólo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que está de más y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhumana.
De hecho, puede decirse sin cargar para nada las tintas que la mayoría de los universitarios de hoy en día se consideran realmente superfluos tanto en el ámbito intelectual como en un nivel más personal. No piensan que su papel trascienda mucho más allá de lograr unos grados académicos para perpetuar quizás el estatus social de sus progenitores. No les interesa la política, ni leen los periódicos salvo las crónicas deportivas, los anuncios de espectáculos y algunos cotilleos. Pensar es peligroso, dicen, y se conforman con divertirse. Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo afectivo con las relaciones líquidas de las que con tanto éxito ha escrito Zygmunt Bauman.
Resulta muy peligroso -para cada uno y para la sociedad en general- que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.
Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos -como aspiraba Wittgenstein- a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar.
La Gaceta de los Negocios, 20 de noviembre de 2007
La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitación a pensar, aunque no siempre lo consiga. En este sentido, adopté hace algunos años como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que "no querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios".
Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que nos dedicamos a la enseñanza, al menos en los niveles superiores. Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas. "Quien piensa se raya" -dicen en su jerga-, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los demás. Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y están ahora escarmentados. No merece la pena pensar -vienen a decir- si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los demás. Más vale vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está.
En consonancia con esta actitud, el estilo de vida juvenil es notoriamente superficial y efímero; es enemigo de todo compromiso. Los jóvenes no quieren pensar porque el pensamiento -por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan nuestra cultura- exige siempre una respuesta personal, un compromiso que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir. No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la revolución sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta años. "Ni quiero una chaqueta para toda la vida -escribía una valiosa estudiante de Comunicación en su blog- ni quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la vida. Ahora mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto sólo me pasa a mí, el problema es mío. Pero si este es un sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la sociedad que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos compromiso con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en calada, decimos "te quiero" demasiado rápido: la primera discusión y enseguida la relación ha terminado. Nos da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de tener que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer para toda la vida".
El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso. No puede menos que venir a la memoria el lúcido análisis de Hannah Arendt sobre el mal. En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escribía que "el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos". Esto sucede -explicaba Arendt- cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos. Superficialidad y superfluidad -añado yo- vienen a ser en última instancia lo mismo: quienes desean vivir sólo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que está de más y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhumana.
De hecho, puede decirse sin cargar para nada las tintas que la mayoría de los universitarios de hoy en día se consideran realmente superfluos tanto en el ámbito intelectual como en un nivel más personal. No piensan que su papel trascienda mucho más allá de lograr unos grados académicos para perpetuar quizás el estatus social de sus progenitores. No les interesa la política, ni leen los periódicos salvo las crónicas deportivas, los anuncios de espectáculos y algunos cotilleos. Pensar es peligroso, dicen, y se conforman con divertirse. Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo afectivo con las relaciones líquidas de las que con tanto éxito ha escrito Zygmunt Bauman.
Resulta muy peligroso -para cada uno y para la sociedad en general- que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.
Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos -como aspiraba Wittgenstein- a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar.
martes, 8 de junio de 2010
Fe cristiana e implicaciones sociales
Una “propuesta de sabiduría y misión”
La visita de Benedicto XVI a Portugal volvió a manifestar que la propuesta de la fe es relevante para la vida de las personas y para la sociedad. El Papa no es, como alguien ha dicho, un buen profesor que tiene la clase casi vacía y en llamas. Es el sucesor de Pedro, al que Cristo confió la dirección de su Iglesia. Es el portador de un mensaje revolucionario para el mundo. Y muchos se dan cuenta.
A su llegada a Lisboa anunció que traía “una propuesta de sabiduría y de misión”; porque la fe cristiana implica un anuncio de Dios y por eso un impulso hacia la verdad, el bien y la belleza, que encuentran su plenitud en Jesucristo.
Su propuesta –la propuesta de la fe cristiana– venía introducida por tres cuestiones, que planteó en el vuelo desde Roma: acerca de la razón y la fe, de la relación entre la fe y el mundo, y acerca del pecado. Primero, para comprender la vida humana no sirve una razón pura que se apoye únicamente sobre los datos empíricos (lo que se ve, se oye o se pesa), porque la persona está abierta a una verdad más profunda, la del espíritu. Segundo, es necesario que la fe cristiana asuma las cosas concretas del mundo –por ejemplo la economía–, sin quedarse “sólo en la salvación individual, en los actos religiosos”, pues “éstos implican una responsabilidad global, una responsabilidad respecto al mundo. Tercero, más que de los ataques que vienen del exterior de la Iglesia, los cristianos han de preocuparse del pecado que está en ellos; y por tanto “volver a aprender algo esencial: la conversión, la oración, la penitencia y las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad”.
Todo ello configura la propuesta cristiana del sentido de la vida. Esto tiene una implicación clave para la vida pública. “No se trata –explicaba el Papa nada más aterrizar en Lisboa– de una confrontación ética entre un sistema laico y un sistema religioso, sino de una cuestión del sentido al que se confía la propia libertad”. En efecto, se trata de preguntarse qué es lo que mueve mi vida, hacia qué verdad me dirijo, qué bien busco, qué belleza me atrae. Nada de esto se reduce al ámbito privado; desemboca en el tipo de sociedad y de cultura que todos contribuimos a configurar, en diálogo con nuestros conciudadanos.
Que la fe debe asumir las “cosas concretas” del mundo tiene una consecuencia que Benedicto XVI explicó a los obispos de Portugal: la necesidad de que los cristianos laicos que se sitúan en la configuración de la cultura (como los políticos, los intelectuales y los periodistas) sean testigos de Jesucristo. Ellos deben superar “el silencio de la fe”. Es decir, no cabe la resignación ante el hecho de que, particularmente en los ámbitos políticos, culturales y de la comunicación, “muchos creyentes se avergüenzan y dan una mano al secularismo, que levanta barreras a la inspiración cristiana”.
Por eso, en la misión evangelizadora, “será útil conocer y comprender los diversos factores sociales y culturales, sopesar las necesidades espirituales y programar eficazmente los recursos pastorales”. Pero lo decisivo es llegar a inculcar “un verdadero afán de santidad, sabiendo que el resultado proviene sobre todo de la unión con Cristo y de la acción de su Espíritu”.
Cuando, según la opinión de muchos, la fe católica ha dejado de ser patrimonio común de la sociedad, no bastan las “simples disquisiciones o moralismos” y menos aún las “genéricas referencias a los valores cristianos”; tampoco el “mero enunciado del mensaje”, puesto que “no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida”. Es otra la solución: “Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él”.
Aquí el Papa ha citado unas palabras de Juan Pablo II en 1985: "La Iglesia tiene necesidad sobre todo de grandes corrientes, movimientos y testimonios de santidad entre los 'fieles de Cristo', porque de la santidad nace toda auténtica renovación de la Iglesia, todo enriquecimiento de la inteligencia de la fe y del seguimiento cristiano, una reactualización vital y fecunda del cristianismo en el encuentro con las necesidades de los hombres y una renovada forma de presencia en el corazón de la existencia humana y de la cultura de las naciones”. Y haciendo de abogado del diablo, añadía el Papa actual: “Alguno podría decir: la Iglesia tiene necesidad de grandes corrientes, movimientos y testimonios de santidad..., pero no los hay”. Replicaba enseguida diciendo que no faltan activos movimientos y comunidades eclesiales, sólo que es necesario prestarles atención para que desarrollen un auténtico espíritu cristiano y de comunión en la Iglesia.
En todo caso –señaló más tarde en Oporto– los cristianos han de dar testimonio de Cristo en todos los ambientes, “sin imponer nada, proponiendo siempre”, dando razón de su esperanza a todos los que la piden, porque en el fondo todos la necesitan; puesto que, como dice la encíclica Caritas in veritate, “sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni tampoco logra entender quién es”. Hoy el campo de la “misión” ha cambiado: “Nos esperan no solamente los pueblos no cristianos y las tierras lejanas, sino también los ámbitos socio-culturales y sobre todo los corazones que son los verdaderos destinatarios de la acción misionera del Pueblo de Dios”. Y como lamentándose, concluía: “¡Cuánto tiempo perdido, cuánto trabajo postergado, por inadvertencia en este punto!”.
En síntesis, apertura de la razón a la fe y de la fe al mundo, lucha contra el pecado; énfasis sobre la santidad y el testimonio: ejemplo de vida y formación cristiana para poder dar argumentos sobre la propia fe, y participar así en la gran misión cristiana.
La propuesta de sabiduría –primera parte de este viaje, centrado en la Virgen de Fátima– se completó en la segunda parte con la propuesta de testimonio y de misión. Y es que la luz del mundo no puede oscurecerse y la sal de la tierra no debería volverse insípida.
Ramiro Pellitero
Instituto Superior de Ciencias Religiosas
Universidad de Navarra
La visita de Benedicto XVI a Portugal volvió a manifestar que la propuesta de la fe es relevante para la vida de las personas y para la sociedad. El Papa no es, como alguien ha dicho, un buen profesor que tiene la clase casi vacía y en llamas. Es el sucesor de Pedro, al que Cristo confió la dirección de su Iglesia. Es el portador de un mensaje revolucionario para el mundo. Y muchos se dan cuenta.
A su llegada a Lisboa anunció que traía “una propuesta de sabiduría y de misión”; porque la fe cristiana implica un anuncio de Dios y por eso un impulso hacia la verdad, el bien y la belleza, que encuentran su plenitud en Jesucristo.
Su propuesta –la propuesta de la fe cristiana– venía introducida por tres cuestiones, que planteó en el vuelo desde Roma: acerca de la razón y la fe, de la relación entre la fe y el mundo, y acerca del pecado. Primero, para comprender la vida humana no sirve una razón pura que se apoye únicamente sobre los datos empíricos (lo que se ve, se oye o se pesa), porque la persona está abierta a una verdad más profunda, la del espíritu. Segundo, es necesario que la fe cristiana asuma las cosas concretas del mundo –por ejemplo la economía–, sin quedarse “sólo en la salvación individual, en los actos religiosos”, pues “éstos implican una responsabilidad global, una responsabilidad respecto al mundo. Tercero, más que de los ataques que vienen del exterior de la Iglesia, los cristianos han de preocuparse del pecado que está en ellos; y por tanto “volver a aprender algo esencial: la conversión, la oración, la penitencia y las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad”.
Todo ello configura la propuesta cristiana del sentido de la vida. Esto tiene una implicación clave para la vida pública. “No se trata –explicaba el Papa nada más aterrizar en Lisboa– de una confrontación ética entre un sistema laico y un sistema religioso, sino de una cuestión del sentido al que se confía la propia libertad”. En efecto, se trata de preguntarse qué es lo que mueve mi vida, hacia qué verdad me dirijo, qué bien busco, qué belleza me atrae. Nada de esto se reduce al ámbito privado; desemboca en el tipo de sociedad y de cultura que todos contribuimos a configurar, en diálogo con nuestros conciudadanos.
Que la fe debe asumir las “cosas concretas” del mundo tiene una consecuencia que Benedicto XVI explicó a los obispos de Portugal: la necesidad de que los cristianos laicos que se sitúan en la configuración de la cultura (como los políticos, los intelectuales y los periodistas) sean testigos de Jesucristo. Ellos deben superar “el silencio de la fe”. Es decir, no cabe la resignación ante el hecho de que, particularmente en los ámbitos políticos, culturales y de la comunicación, “muchos creyentes se avergüenzan y dan una mano al secularismo, que levanta barreras a la inspiración cristiana”.
Por eso, en la misión evangelizadora, “será útil conocer y comprender los diversos factores sociales y culturales, sopesar las necesidades espirituales y programar eficazmente los recursos pastorales”. Pero lo decisivo es llegar a inculcar “un verdadero afán de santidad, sabiendo que el resultado proviene sobre todo de la unión con Cristo y de la acción de su Espíritu”.
Cuando, según la opinión de muchos, la fe católica ha dejado de ser patrimonio común de la sociedad, no bastan las “simples disquisiciones o moralismos” y menos aún las “genéricas referencias a los valores cristianos”; tampoco el “mero enunciado del mensaje”, puesto que “no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida”. Es otra la solución: “Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él”.
Aquí el Papa ha citado unas palabras de Juan Pablo II en 1985: "La Iglesia tiene necesidad sobre todo de grandes corrientes, movimientos y testimonios de santidad entre los 'fieles de Cristo', porque de la santidad nace toda auténtica renovación de la Iglesia, todo enriquecimiento de la inteligencia de la fe y del seguimiento cristiano, una reactualización vital y fecunda del cristianismo en el encuentro con las necesidades de los hombres y una renovada forma de presencia en el corazón de la existencia humana y de la cultura de las naciones”. Y haciendo de abogado del diablo, añadía el Papa actual: “Alguno podría decir: la Iglesia tiene necesidad de grandes corrientes, movimientos y testimonios de santidad..., pero no los hay”. Replicaba enseguida diciendo que no faltan activos movimientos y comunidades eclesiales, sólo que es necesario prestarles atención para que desarrollen un auténtico espíritu cristiano y de comunión en la Iglesia.
En todo caso –señaló más tarde en Oporto– los cristianos han de dar testimonio de Cristo en todos los ambientes, “sin imponer nada, proponiendo siempre”, dando razón de su esperanza a todos los que la piden, porque en el fondo todos la necesitan; puesto que, como dice la encíclica Caritas in veritate, “sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni tampoco logra entender quién es”. Hoy el campo de la “misión” ha cambiado: “Nos esperan no solamente los pueblos no cristianos y las tierras lejanas, sino también los ámbitos socio-culturales y sobre todo los corazones que son los verdaderos destinatarios de la acción misionera del Pueblo de Dios”. Y como lamentándose, concluía: “¡Cuánto tiempo perdido, cuánto trabajo postergado, por inadvertencia en este punto!”.
En síntesis, apertura de la razón a la fe y de la fe al mundo, lucha contra el pecado; énfasis sobre la santidad y el testimonio: ejemplo de vida y formación cristiana para poder dar argumentos sobre la propia fe, y participar así en la gran misión cristiana.
La propuesta de sabiduría –primera parte de este viaje, centrado en la Virgen de Fátima– se completó en la segunda parte con la propuesta de testimonio y de misión. Y es que la luz del mundo no puede oscurecerse y la sal de la tierra no debería volverse insípida.
Ramiro Pellitero
Instituto Superior de Ciencias Religiosas
Universidad de Navarra
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