lunes, 17 de agosto de 2015

Enamoramiento (I)

Enamoramiento: el papel de los sentimientos y las pasiones (1)
Por Enrique Rojas
Enamorarse es un sentimiento de atracción hacia otra persona. ¿Qué experimentamos cuando nos enamoramos? ¿cómo ayuda la fe cristiana a que el enamoramiento acompañe a una vida feliz? Nuevo editorial sobre el amor humano.
Qué es enamorarse
Los sentimientos son el modo más frecuente como experimentamos la vida afectiva. Y podemos definirlos de la siguiente manera: son estados de ánimo difusos, que tienen siempre una tonalidad positiva o negativa, que nos acercan o nos alejan de aquello que tenemos delante de nosotros. Trataré de explicar esta definición que propongo:
1.              La frase estados de ánimo significa algo que es sobre todo subjetivo. La experiencia es interior. Es una vivencia que circula dentro de esa persona.
2.              La palabra difuso quiere decir que la noticia que recibimos no es clara, precisa, sino algo vaga, etérea, poco nítida, de perfiles borrosos y desdibujados, y que más tarde se va aclarando en la percepción de esa persona.
3.              La tonalidad es siempre positiva o negativa y en consecuencia acerca o aleja, se busca ese algo o se rechaza. No existen sentimientos neutros; el aburrimiento, que podría parecer una manifestación afectiva cercana a la neutralidad, es negativa y está cerca del mundo depresivo. Todos los sentimientos tienen dos caras contrapuestas: amor-desamor, alegría-tristeza, felicidad-infortunio, paz-ansiedad, etc.
El enamoramiento es un sentimiento positivo de atracción que se produce hacia otra persona y que hace que se la busque con insistencia. El enamoramiento es un hecho universal y de gran importancia, pues de ahí arrancará el amor, que dará lugar nada más y nada menos que a la constitución de una familia.
Si pensáramos el enamoramiento como una cierta “enfermedad”, deberíamos destacar dos tipos de síntomas. Unos síntomas iniciales, que son sus primeras manifestaciones.
Para enamorarse de alguien tienen que producirse una serie de condiciones previas que poseen un enorme relieve.
La primera es la admiración, que puede darse por diversos hechos: por la coherencia de su vida, por su espíritu de trabajo, por las dificultades que ha sabido superar, por su capacidad de comprensión, y un largo etcétera.
La segunda es la atracción, que en el hombre es más física y en la mujer más psicológica; para el hombre significa la tendencia a buscarla, a relacionarse con ella de alguna forma, a estar con ella[1]. Y esto va a conllevar un cambio de la conducta: el pensar mucho en esa persona o dicho de otro modo, tenerla en la cabeza. El espacio mental se ve invadido por esa figura que una y otra vez preside los pensamientos.
Y vienen a continuación dos notas que me parecen especialmente interesantes: el tiempo psicológico se vuelve rápido, lo que significa que se goza tanto con su presencia que el tiempo vuela, todo va demasiado deprisa: se está a gusto con él/ella y se saborea esa presencia; y asoma después, la necesidad de compartir…, que se desliza por una rampa que acaba en la necesidad de emprender un proyecto de vida en común.
La secuencia puede no ser siempre lineal, aunque va apareciendo aproximadamente así, con los matices que se quiera; todo ello se hace presente de un modo u otro: admiración, atracción física y psicológica, tener hipotecada la cabeza, el tiempo subjetivo corre en positivo y se quiere compartir todo con dicha persona.
Pero aún no se han revelado en ese itinerario afectivo lo que llamo los síntomas esenciales del enamoramiento, aquellos que son raíz y fundamento de todo lo que vendrá después, y que consiste en decirle a alguien: no entiendo la vida sin ti, mi vida no tiene sentido sin que tú estés a mi lado. Tú eres parte esencial de mi proyecto de vida. En términos más rotundos: te necesito. Esa persona se vuelve imprescindible.
Enamorarse es la forma más sublime del amor natural. Es crear una “mitología” privada con alguien. Es descubrir que se ha encontrado a la persona adecuada con quien caminar juntos por la vida. Es como una revelación súbita que ilumina toda la existencia[2]. Se trata de un encuentro singular entre un hombre y una mujer que se detienen el uno frente al otro. En ese pararse emerge la idea central: compartir la vida, con todo lo que eso significa.
Los 3 principales componentes del amor conyugal
Pero, ¿qué entendemos por ‘amor’? –se pregunta el papa Francisco–. ¿Sólo un sentimiento, una condición psicofísica? Ciertamente, si es así, no se puede construir encima nada sólido. Pero si el amor es una relación, entonces es una realidad que crece y también podemos decir, a modo de ejemplo, que se construye como una casa. Y la casa se edifica en compañía, ¡no solos!”. Construidla “sobre la roca del amor verdadero, el amor que viene de Dios”[3].
Uno de los errores más frecuentes sobre el amor, consiste en pensar que éste es sobre todo un sentimiento y que ésta es la dimensión clave del mismo. Se ha dicho, igualmente, que los sentimientos van y vienen, se mueven, oscilan, están sujetos a muchos avatares a lo largo de la vida. Este fallo conceptual ha recorrido casi todo el siglo XX.
“El paso del enamoramiento al noviazgo y luego al matrimonio exige diferentes decisiones, experiencias interiores. (…) Es decir, el enamoramiento debe hacerse verdadero amor, implicando la voluntad y la razón en un camino de purificación, de mayor hondura, que es el noviazgo, de modo que todo el hombre, con todas sus capacidades, con el discernimiento de la razón y la fuerza de voluntad, dice realmente: ‘Sí, esta es mi vida’”[4].
Nadie pone en duda que el amor nace de un sentimiento, que es enamorarse y experimentar una vivencia positiva que invita a ir detrás de esa persona. Pero para concretar más los hechos que quiero desmenuzar, voy a las Normas del Ritual Romano del Matrimonio[5], en el que se realizan tres preguntas de enorme importancia:
•                ¿quieres a esta persona…?
•                ¿estáis decididos a…?
•                ¿estáis dispuestos a…?
Voy a detenerme en estas tres cuestiones, porque de ahí arranca el verdadero tríptico del amor, lo que constituye el fin y como el culmen del enamoramiento. Cada una de ellas nos remite en una dirección bien precisa, veámoslo.
La primera, utiliza la expresión quieres. Y hay que decir que querer es sobre todo un acto de la voluntad. Dicho de otro modo: en el amor maduro la voluntad se pone en primer plano, y no es otra cosa que la determinación de trabajar el amor elegido. La voluntad actúa como un estilete que busca corregir, pulir, limar y cortar las aristas y partes negativas de la conducta, sobre todo, aquellas que afectan a una sana convivencia. Va a lo concreto[6].
Por eso, la voluntad ha de representar un papel estelar, sabiendo además hacerla funcionar con alegría[7]. Esto lo saben bien los matrimonios que llevan muchos años de vida en común, con una relación estable y positiva.
La segunda pregunta utiliza la expresión ¿estáis decididos? La palabra decisión remite a un juicio, que no es otra cosa que un acto de la inteligencia. La inteligencia debe actuar antes y durante. A priori, sabiendo elegir la persona más adecuada. El juicio ha de ser capaz de discernir si esa es la mejor de las personas que uno ha conocido, y la más apropiada para embarcarse con ella toda la vida[8]. Es la lucidez de tener los cinco sentidos bien despiertos. Por eso, inteligencia es saber distinguir lo accesorio de lo fundamental; es capacidad de síntesis. Inteligencia es saber captar la realidad en su complejidad y en sus conexiones. Y debe actuar también aposteriori, utilizando los instrumentos de la razón para llevar con arte y oficio a la otra persona. Ese saber llevar está repleto de lo que actualmente se llama inteligencia emocional, que es la cualidad para mezclar, ensamblar y reunir a la vez inteligencia y afectividad[9]: capacidad imprescindible para establecer una convivencia armónica, equilibrada, y feliz, en definitiva.
El tercer ingrediente del amor de la pareja, aunque lo hemos mencionado al principio, son los sentimientos. La siguiente pregunta que se hace en el Rito del matrimonio es: ¿estáis dispuestos? La disposición es un estado de ánimo mediante el cual nos disponemos para hacer algo. En sentido estricto esto depende de la afectividad, que está formada por un conjunto de fenómenos de naturaleza subjetiva que mueven la conducta. Y como ya hemos comentado, se expresan de forma habitual a través de los sentimientos[10].
¿Qué quiere decir esto, y cuáles son las características que aquí deben darse? Las personas, hombre y mujer, deben casarse cuando estén profundamente enamorados uno de otra. No se trata de sentirse atraído sin más o que le guste o le llame la atención. Tiene que ser mucho más que eso. ¿Por qué? Porque se trata de la opción fundamental. No hay otra decisión tan importante y que marque tanto la existencia, se trata nada más y nada menos de la persona que va a recorrer el itinerario biográfico a nuestro lado.
Se han visto muchos fracasos en personas que se casaron sin estar enamorados de verdad, porque llevaban años saliendo de novios o “porque tocaba casarse” o porque muchas de las amistades más cercanas ya estaban casadas o por no quedarse soltera/o; y así podríamos dar otras respuestas inadecuadas, si ese matrimonio arranca ya con unas premisas poco sólidas…, amores que nacen más o menos con materiales de derribo y que, antes o después, tienen mal pronóstico.
El amor conyugal debe estar vertebrado de estas tres notas: sentimiento, voluntad e inteligencia. Tríptico fuerte, consistente. Cada uno con su propio ámbito, que a la vez se cuela en la geografía del otro. “Es una alianza por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de vida, ordenando al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole”[11]. De este modo se aspira a alcanzar una íntima comunidad de vida y amor, pues se trata de un vínculo sagrado, que no puede depender del arbitrio humano[12], porque está arraigado en el sentido sobrenatural de la vida, teniendo a Dios por su principal artífice.
Enrique Rojas

[1] Hay dos modalidades, por tanto, de atracción, que son la belleza exterior, por un lado, y la belleza interior, por otro. La primera se refiere a una cierta armonía que se refleja especialmente en la cara y en todo lo que ella representa; todo el cuerpo depende de la cara, ella es programática, anuncia la vida que esa persona lleva por dentro. Y luego está el cuerpo como totalidad. Ambos aspectos forman un binomio. La segunda, la belleza interior, hay que descubrirla al conocer al otro, y consiste en ir adivinando las cualidades que tiene y que están sumergidas, escondidas en su sótano y que es menester ir captando gradualmente: sinceridad, ejemplaridad, valores humanos sólidos, sentido espiritual de la vida, etc.
[2] San Juan Pablo II expresó esto con gran riqueza de argumentos en su libro Amor y responsabilidad. El amor matrimonial es la opción fundamental, que implica a la persona en su totalidad.
[3] Papa Francisco, Audiencia general, 14-II-2014.
[4] Benedicto XVI, Intervención en el VII Encuentro mundial de las Familias, Milán, 2-VI-2006.
[5] Cfr. Ritual del Matrimonio, 7ª ed., 2003, nn. 64 y 67.
[6] Hay que saber distinguir bien, en este contexto, entre metas y objetivos; ambos son conceptos que se parecen, pero entre los dos hay claras diferencias. Las metas suelen ser generales y amplias, mientras que los objetivos son medibles. P. ej., en una relación matrimonial con dificultades, la meta sería arreglar esas desavenencias más o menos sobre la marcha, lo que realmente no suele ser fácil de entrada. Los objetivos, como veremos después, son más concretos: aprender a perdonar (y a olvidar) los recuerdos negativos, poner las prioridades en el otro en las cosas del día a día, no sacar la lista de reproches del pasado, etc. A la hora de mejorar en la vida matrimonial, es decisivo tener objetivos bien determinados e ir a por ellos.
[7] El fin de una adecuada educación es la alegría. Educar es convertir a alguien en persona. Educar es seducir con valores que no pasan de moda, y cuyo resultado final es patrocinar la alegría.
[8] Don Quijote, en un momento determinado, dice una sentencia completa: “el que acierta en el casar, ya no le queda en qué acertar”.
[9] Fue Daniel Goleman el diseñador de este concepto. Remitimos aquí a su libro La inteligencia emocional. Hoy es un tema de primera actualidad en la Psicología moderna.
[10] Existen cuatro modos de vivir la afectividad: sentimientos, emociones, pasiones y motivaciones. Cada uno ofrece una mirada distinta. Los sentimientos constituyen la vida regia de la afectividad, el modo más frecuente de vivirla. Las emociones son estados más breves e intensos, que además se acompañan de manifestaciones somáticas (alegría desbordante, llanto, pellizco gástrico, dificultad respiratoria, opresión precordial, etc.). Las pasiones presentan una mayor intensidad y tienden a nublar el entendimiento o a desdibujar la acción de la inteligencia y sus recursos. Y, finalmente, las motivaciones, cuyo palabra procede del latín motus: lo que mueve, lo que empuja a realizar algo; son el fin, y también, por tanto, el motor del comportamiento, el porqué de hacer esto y no aquello. Entre las cuatro existen estrechas relaciones.
[11] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1601 ss. En otras páginas se define el amor entre un hombre y una mujer como humano, total, fiel y fecundo. Y si cada una de estas características se nos abriera en abanico, nos ofrecería toda su riqueza (vid. ibid., 1612-1617).

[12] Es importante saber proteger el amor. Evitar aventuras psicológicas que lleven a conocer a otras personas e iniciar con ellas una cierta relación, quizá en principio de poco relieve, pero en la que puede llegar a darse un enamoramiento, no deseado al principio, pero que tras el paso de un cierto tiempo puede ser una seria amenaza para el matrimonio. Cuidar la fidelidad en sus detalles más pequeños es clave. Y eso tiene mucho que ver con la voluntad, por una parte, y con tener una vida espiritual fuerte, por otra.

viernes, 24 de julio de 2015

Noviazgo y matrimonio

Noviazgo y matrimonio
por Juan Ignacio Bañares

Uno de los cometidos más importantes del noviazgo es poder transitar del enamoramiento (la constatación de que alguien origina en uno sentimientos singulares que le inclinan a abrir la intimidad, y que dan a todas las circunstancias y sucesos un color nuevo y distinto: es decir, un fenómeno típicamente afectivo), a un amor más efectivo y libre. Este tránsito se realiza gracias a una profundización en el conocimiento mutuo y a un acto neto de disposición de sí por parte de la propia voluntad.
En esta etapa es importante conocer realmente al otro, y verificar la existencia o inexistencia entre ambos de un entendimiento básico para compartir un proyecto común de vida conyugal y familiar: “que os queráis –aconsejaba san Josemaría-, que os tratéis, que os conozcáis, que os respetéis mutuamente, como si cada uno fuera un tesoro que pertenece al otro"[1].
A la vez, no basta con tratar y conocer más al otro en sí mismo; también hay que detenerse y analizar cómo es la interrelación de los dos. Conviene pensar cómo es y cómo actúa el otro conmigo; cómo soy y cómo actúo yo con él; y cómo es la propia relación en sí.

El noviazgo, una escuela de amor
En efecto, una cosa es cómo es una persona, otra cómo se manifiesta en su trato conmigo (y viceversa), y aún otra distinta cómo es tal relación en sí misma, por ejemplo, si se apoya excesivamente en el sentimiento y en la dependencia afectiva. Como afirma san Josemaría, “el noviazgo debe ser una ocasión de ahondar en el afecto y en el conocimiento mutuo. Es una escuela de amor, inspirada no por el afán de posesión, sino por espíritu de entrega, de comprensión, de respeto, de delicadeza"[2].
Ahondar en el conocimiento mutuo implica hacerse algunas preguntas: qué papel desempeña –y qué consecuencias conlleva– el atractivo físico, qué dedicación mutua existe (tanto de presencia, como de comunicación a través del mundo de las pantallas: teléfono, SMS, Whatsapp, Skype, Twitter, Instagram, Facebook etc.), con quién y cómo nos relacionamos los dos como pareja, y cómo se lleva cada uno con la familia y amigas o amigos del otro, si existen suficientes ámbitos de independencia en la actuación personal de cada uno –o si, por el contrario, faltan ámbitos de actuación conjunta–, la distribución de tiempo de ocio, los motivos de fondo que nos empujan a seguir adelante con la relación, cómo va evolucionando y qué efectos reales produce en cada uno, qué valor da cada uno a la fe en la relación...
Hay que tener en cuenta que, como afirma san Juan Pablo II, “muchos fenómenos negativos que se lamentan hoy en la vida familiar derivan del hecho de que, los jóvenes no sólo pierden de vista la justa jerarquía de valores, sino que, al no poseer ya criterios seguros de comportamiento, no saben cómo afrontar y resolver las nuevas dificultades. La experiencia enseña en cambio que los jóvenes bien preparados para la vida familiar, en general van mejor que los demás"[3].
Lógicamente, importa también conocer la situación real del otro en algunos aspectos que pueden no formar parte directamente de la relación de noviazgo: comportamiento familiar, profesional y social; salud y enfermedades relevantes; equilibrio psíquico; disposición y uso de recursos económicos y proyección de futuro; capacidad de compromiso y honestidad con las obligaciones asumidas; serenidad y ecuanimidad en el planteamiento de las cuestiones o de situaciones difíciles, etc.

Compañeros de viaje
Es oportuno conocer qué tipo de camino deseo recorrer con mi compañero de viaje, en su fase inicial; el noviazgo. Comprobar que vamos alcanzando las marcas adecuadas del sendero, sabiendo que será mi acompañante para la peregrinación de la vida.
Los meeting points (puntos de encuentro) del itinerario se han de ir cumpliendo. Para eso podemos plantear ahora algunas preguntas concretas y prácticas que se refieren no tanto al conocimiento del otro como persona, sino a examinar el estado de la relación de noviazgo en sí misma.
¿Cuánto hemos crecido desde que iniciamos la relación de noviazgo?
¿Cómo nos hemos enriquecido –o empobrecido– en nuestra madurez personal humana y cristiana?
¿Hay equilibrio y proporción en lo que ocupa de cabeza, de tiempo, de corazón?
¿Existe un conocimiento cada vez más profundo y una confianza cada vez mayor?
¿Sabemos bien cuáles son los puntos fuertes y los puntos débiles propios y del otro, y procuramos ayudarnos a sacar lo mejor de cada uno?
¿Sabemos ser a la vez comprensivos –para respetar el modo de ser de cada uno y su particular velocidad de avance en sus esfuerzos y luchas– y exigentes: para no dejarnos acomodar pactando con los defectos de uno y otro?
¿Valoro en más lo positivo en la relación? A este respecto, dice el Papa Francisco: “convertir en algo normal el amor y no el odio, convertir en algo común la ayuda mutua, no la indiferencia o la enemistad".

A la hora de querer y expresar el cariño,
¿tenemos como primer criterio no tanto las manifestaciones sensibles, sino la búsqueda del bien del otro por delante del propio?
¿Existe una cierta madurez afectiva, al menos incoada?
¿Compartimos realmente unos valores fundamentales y existe entendimiento mutuo respecto al plan futuro de matrimonio y familia?
¿Sabemos dialogar sin acalorarnos cuando las opiniones son diversas o aparecen desacuerdos?
¿Somos capaces de distinguir lo importante de lo intrascendente y, en consecuencia, cedemos cuando se trata de detalles sin importancia?
¿Reconocemos los propios errores cuando el otro nos los advierte?
¿Nos damos cuenta de cuándo, en qué y cómo se mete por medio el amor propio o la susceptibilidad?
¿Aprendemos a llevar bien los defectos del otro y a la vez a ayudarle en su lucha?
¿Cuidamos la exclusividad de la relación y evitamos interferencias afectivas difícilmente compatibles con ella?
¿Nos planteamos con frecuencia cómo mejorar nuestro trato y cómo mejorar la relación misma?
El modo de vivir nuestra relación, ¿está íntimamente relacionado con nuestra fe y nuestras virtudes cristianas en todos sus aspectos? 
¿Valoramos el hecho de que el matrimonio es un sacramento, y compartimos su alcance para nuestra vocación cristiana?

Proyecto de vida futura
Los aspectos tratados, es decir, el conocimiento del matrimonio –de lo que significa casarse, y de lo que implica la vida conyugal y familiar derivada de la boda–, el conocimiento del otro en sí y respecto a uno mismo, y el conocimiento de uno mismo y del otro en la relación de noviazgo, pueden ayudar a cada uno a discernir sobre la elección de la persona idónea para la futura unión matrimonial. Obviamente, cada uno dará mayor o menor relevancia a uno u otro aspecto pero, en todo caso, tendrá como base algunos datos objetivos de los que partir en su juicio: recordemos que no se trata de pensar “cuánto le quiero" o “qué bien estamos", sino de decidir acerca de un proyecto común y muy íntimo de la vida futura. El Papa Francisco, al hablar de la familia de Nazaret da una perspectiva nueva que sirve de ejemplo para la familia, y que ayuda al plantearse el compromiso matrimonial: “los caminos de Dios son misteriosos. Lo que allí era importante era la familia. Y eso no era un desperdicio"[5]. No podemos cerrar un contrato con cláusula de éxito con el matrimonio, pero podemos adentrarnos en el misterio, como el de Nazaret, donde construir una comunidad de amor.
Así se pueden detectar a tiempo carencias o posibles dificultades, y se puede poner los medios –sobre todo si parecen importantes– para tratar de resolverlas antes del matrimonio: nunca se debe pensar que el matrimonio es una “barita mágica" que hará desaparecer los problemas. Por eso la sinceridad, la confianza y la comunicación en el noviazgo puede ayudar mucho a decidir de manera adecuada si conviene o no proseguir esa relación concreta con vistas al matrimonio.
Casarse significa querer ser esposos, es decir, querer instaurar la comunidad conyugal con su naturaleza, propiedades y fines: “esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad"[6].
Este acto de voluntad implica a su vez dos decisiones: querer esa unión –la matrimonial–, que procede naturalmente del amor esponsal propio de la persona en cuanto femenina y masculina, y desear establecerla con la persona concreta del otro contrayente. El proceso de elección da lugar a diversas etapas: el encuentro, el enamoramiento, el noviazgo y la decisión de contraer matrimonio. “En nuestros días es más necesaria que nunca la preparación de los jóvenes al matrimonio y a la vida familiar (…). La preparación al matrimonio ha de ser vista y actuada como un proceso gradual y continuo"[7].

[1] San Josemaría, Apuntes tomados de una reunión familiar, 11-2-1975.
[2] San Josemaría, Conversaciones, n. 105.
[3] San Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 66.
[4] Cfr. Papa Francisco, Audiencia, Nazaret, 17-12-2014
[5]Cfr. Papa Francisco, Audiencia, Nazaret, 17-12-2014
[6] Gaudium et Spes, n. 48

[7] San Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 66.

jueves, 28 de mayo de 2015

El noviazgo según el Papa Francisco

Texto completo de la catequesis del Papa en la audiencia del miércoles 27 de mayo de 2015

"Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En estas catequesis sobre la familia, hoy quisiera hablar de noviazgo. El noviazgo --se escucha en la palabra (en italiano se dice ‘fidanzamento’ ndr.)-- tiene con ver con la confianza, la confidencia, la fiabilidad. Confianza con la vocación que Dios dona, porque el matrimonio es sobre todo el descubrimiento de una llamada de Dios. Ciertamente es una cosa bella que hoy los jóvenes puedan elegir casarse sobre la base de un amor recíproco.

Pero precisamente la libertad de la unión requiere una consciente armonía en la decisión, no solo un simple entendimiento de la atracción o del sentimiento de un momento, de un tiempo breve. Requiere un camino. El noviazgo, en otros términos, es el tiempo en el que los dos están llamados a hacer un buen trabajo sobre el amor, un trabajo partícipe y compartido, que va a la profundidad.

Se conocen el uno al otro: el hombre entiende a la mujer aprendiendo de esta mujer, su novia; y la mujer entiende del hombre aprendiendo este hombre, su novio. No infravaloremos la importancia de este aprendizaje: es un compromiso bonito, y el amor mismo lo requiere, porque no es solamente una felicidad sin preocupaciones, una emoción encantada… El pasaje bíblico habla de toda la creación como un bonito trabajo del amor de Dios: “Dios miró, así dice el libro del Génesis, todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno”. Solamente al final, Dios “descansó”. De esta imagen entendemos que el amor de Dios, que dio origen al mundo, no fue una decisión improvisada. ¡No!, fue un bonito trabajo. El amor de Dios creó las condiciones concretas de una alianza irrevocable, sólida, destinada a durar.

La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza para la vida, no se improvisa, no se hace de un día para otro, no hay matrimonio exprés: es necesario trabajar en el amor. Es necesario caminar. La alianza del amor entre el hombre y la mujer se aprende y se afina. Me permito decir, es una alianza artesanal. Hacer de dos vidas una vida sola. Es también casi un milagro. Un milagro de la libertad y del corazón, confiado a la fe.

Tendríamos quizá que comprometernos más en este punto, porque nuestras “coordinadas sentimentales” están un poco confusas. Quien pretende querer todo y enseguida, cede también todo --y enseguida-- a la primera dificultad, o a la primera ocasión. No hay esperanza por la confianza y la felicidad del don de sí, si prevalece la costumbre de consumar el amor como una especia de “integrador” del bienestar psico-físico. ¡El amor no es esto! El noviazgo se centra en la voluntad de cuidar juntos algo que nunca deberá ser comprado o vendido, traicionado o abandonado, por tentadora que pueda resultar la oferta.

También Dios, cuando habla de la alianza con su pueblo lo hace, algunas veces en la Biblia, en términos de noviazgo. En el libro de Jeremías, hablando al Pueblo cómo se había alejado de Él, dice así en el capítulo 2. ‘Yo recuerdo el tiempo de tu juventud, el tiempo de tu noviazgo’ Cuando el Pueblo era la novia de Dios y Dios ha hecho este recorrido de noviazgo.

Hace también una promesa, lo hemos oído, ahí, al inicio de la audiencia en el libro de Oseas. ‘Te haré mi esposa para siempre,  y te daré como dote el derecho y la justicia, en  el amor y la compasión. Te daré como dote mi fidelidad, y entonces conocerás al Señor’ . Es un largo recorrido que el Señor hace con su Pueblo en este camino de noviazgo. Al final Dios se casa con su Pueblo, en Jesucristo, se casa en Jesús con la Iglesia, el Pueblo de Dios es la esposa de Jesús.

Pero cuánto camino, y vosotros italianos, en vuestra literatura, tenéis una obra maestra sobre el noviazgo. Es necesario que los jóvenes lo conozcan, lo lean. Es una obra maestra donde se cuenta la historia de los novios que han sufrido mucho dolor, han hecho un camino de muchas dificultades hasta llegar al final, al matrimonio. Pero no dejéis de lado esta obra maestra sobre el noviazgo que la literatura italiana os ha ofrecido. Es necesario ir adelante, leerlo y ver la belleza, también el sufrimiento, pero la fidelidad de los novios. (se refiere a I promessi sposi de Alessandro Manzoni)

La Iglesia, en su sabiduría, cuida la distinción entre el ser novios y ser esposos, precisamente en vista de la delicadeza y la profundidad de esta verificación. Estemos atentos a no despreciar a la ligera esta sabia enseñanza, que se nutre también de la experiencia del amor conyugal felizmente vivido. Los símbolos fuertes del cuerpo conservan las claves del alma: no podemos tratar los vínculos de la carne con ligereza, sin abrir alguna herida duradera en el espíritu. (1 Cor 6,15-20).

Cierto, la cultura y la sociedad de ahora se han convertido lamentablemente indiferentes a la delicadeza y a la seriedad de este pasaje. Y por otro lado, no se puede decir que sean generosos con los jóvenes que tienen serias intenciones de formar una familia y a traer hijos al mundo. Es más, a menudo ponen mil obstáculos, mentales y prácticos.

El noviazgo es un recorrido de vida, que debe madurar, como la fruta. Es un camino de maduración, el amor. Hasta el momento en el que se convierte precisamente en matrimonio. Los cursos prematrimoniales son una expresión especial de la preparación. Y nosotros vemos muchas parejas, que quizá llegan al curso un poco sin ganas. ‘Estos sacerdotes nos obligan a hacer este curso, pero ¿por qué? Nosotros ya sabemos...’ Lo hacen sin ganas. Pero después están contentos y dan las gracias, porque de hecho han encontrado allí una ocasión --a menudo la única-- para reflexionar sobre su experiencia en términos no banales.

Sí, muchas parejas están juntos desde hace mucho tiempo, quizá también en la intimidad, a veces viviendo juntos, pero no se conocen verdaderamente. Parece extraño, pero la experiencia demuestra que es así. Por eso, se debe revalorar el noviazgo como tiempo de conocimiento recíproco y de compartir un proyecto.

El camino de preparación al matrimonio viene configurado en esta perspectiva, valiéndose también del testimonio simple pero intenso de los cónyuges cristianos. Y dirigiéndose también aquí sobre lo esencial: la Biblia, de redescubrir juntos, de forma consciente; la oración en su dimensión litúrgica, pero también esa oración ‘doméstica’, de vivir en familia. Los sacramentos, la vida sacramental, la confesión, la comunión... El Señor viene a vivir en los novios y les prepara para recibirles verdaderamente el uno con el otro con la gracia de Cristo; y a la fraternidad con los pobres y con los necesitados, que nos invitan a la sobriedad y a compartir. Los novios que se comprometen en esto, ambos, esto lleva a preparar una bonita celebración del matrimonio. De forma distinta, no mundana, sino de forma cristiana.

Pensemos en estas palabras de Dios que hemos escuchado cuando Él habla a su pueblo, como el novio a la novia. ‘Te haré mi esposa para siempre,  y te daré como dote el derecho y la justicia, en el amor y la compasión. Te daré como dote mi fidelidad, y entonces conocerás al Señor’.

Cada pareja de novios piense en esto y diga el uno al otro ‘te haré mi esposa, te haré mi esposo, espero ese momento’. Es un momento, es un recorrido que va despacio hacia adelante y que  es un recorrido de maduración. No deben quemarse las etapas del camino. La maduración se hace así, paso a paso.
El tiempo del noviazgo puede convertirse de verdad en un tiempo de iniciación, ¿a qué? a la sorpresa, a la sorpresa de los dones espirituales con los cuales el Señor, a través de la Iglesia, enriquece el horizonte de la nueva familia que se dispone a vivir en su bendición.

Ahora, invito a rezar a la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, José y María. Rezar para que la familia tenga este camino de preparación. Y rezar por los novios. Rezamos a la Virgen todos juntos, un Ave María por todos los novios para que puedan entender la belleza de este camino hacia el matrimonio. Ave María… "


sábado, 29 de noviembre de 2014

La preparación al matrimonio

La preparación al matrimonio requerirá más tiempo

Mejorar la preparación al matrimonio y el acompañamiento de los recién casados son dos de las propuestas estrellas del Sínodo sobre la familia. Frente a la modalidad de los cursos exprés de fin de semana, se extiende la idea de que junto a la preparación inmediata para la boda hace falta una más profunda orientada a consolidar la fe de los novios, así como sus planteamientos antropológicos y su comprensión del matrimonio. Esta sería la mejor medicina preventiva frente al problema de los católicos divorciados.
El documento final de la Asamblea general extraordinaria del Sínodo, celebrada del 5 al 19 de octubre, esboza en dos de sus proposiciones más respaldadas una línea de avance en la pastoral familiar: el punto nº 39, aprobado con 176 votos positivos frente a 4 negativos, destaca que los programas específicos de preparación para el matrimonio vayan acompañados de una “genuina experiencia de participación en la vida eclesial”.
Unido a lo anterior, el punto nº 40 (179 votos positivos frente a uno negativo) insiste en que en los años iniciales del matrimonio, los casados cuenten con el apoyo de otros matrimonios con experiencia que les orienten en las “necesidades concretas” de esos años.
Ambas propuestas, que habrá de concretar la Asamblea ordinaria del Sínodo sobre la familia previsto para 2015, van en la línea de las recomendaciones hechas por Juan Pablo II en la exhortación apostólica Familiaris consortio (1981). El “Papa de la familia”, como lo denominó el Papa Francisco en la homilía de su canonización, subrayó en ese documento que “la Iglesia debe promover programas mejores y más intensos de preparación al matrimonio” (nº 66) así como una “pastoral postmatrimonial” (nº 69), sobre todo entre las familias jóvenes.
Reforzar la preparación al matrimonio ha sido una propuesta unánime en el Sínodo de Obispos sobre la familia

Un proceso gradual y continuo

La Familiaris consortio concibe la preparación al matrimonio como “un proceso gradual y continuo”, con tres fases: lapreparación remota a niños, adolescentes y jóvenes, que va orientada a forjar el carácter y a educar en la visión de la vida como vocación al amor; la preparación próxima a quienes ya están prometidos, “a fin de que el sacramento sea celebrado y vivido con las debidas disposiciones morales y espirituales”, y que incluye la formación en diversos aspectos de la vida familiar; y la preparación inmediata, justo antes de la boda.
Benedicto XVI se refirió expresamente a estas tres etapas en un discurso de 2010 a la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para la Familia. Y volvió a mencionarlas en su discurso a la Rota romana, en 2011. En esa ocasión recordó, además, que el cuidado pastoral de los novios pasa por “la verificación previa de sus convicciones sobre los compromisos irrenunciables para la validez del sacramento del matrimonio” (cfr. Aceprensa, 24-01-2011).
En la misma línea, el Papa Francisco subrayó hace unos días la necesidad de alargar el tiempo de preparación al matrimonio: “No se puede preparar novios al matrimonio con dos encuentros, con dos conferencias”, dijo al responder a una pregunta en la audiencia con el movimiento Schoenstatt. “La preparación al matrimonio tiene que venir de muy lejos (…) Muchos no saben lo que hacen, y se casan sin saber qué significa, las condiciones, qué prometen”.
El Consejo Pontificio para la Familia está elaborando un vademécum sobre la preparación al matrimonio

Un vademécum en preparación

Como se ve, el largo proceso de discernimiento y de formación propuesto por los tres últimos papas dista mucho de parecerse a los cursos exprés de fin de semana a los que hoy asisten muchos novios cristianos.
Para corregir esta situación, el Pontificio Consejo para la Familia está elaborando un vademécum sobre la preparación al matrimonio. El primer borrador estaba listo en 2010 pero, según explica el secretario del Consejo, mons. Jean Laffitte, se decidió posponerlo para recoger las experiencias de distintas Conferencias episcopales del mundo. En estos momentos se está traduciendo a varias lenguas, para su próxima publicación.
En España, la preparación al matrimonio fue una de las líneas de mejora que marcó a las diócesis la Conferencia episcopal en el documento La verdad del amor humano, publicado en 2012 (cfr. Aceprensa, 5-07-2012).
Citando el Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España (2003), el documento recomienda crear “unositinerarios de fe en los que, de manera gradual y progresiva, se acompañará a los que se preparan para el matrimonio. En ningún caso se pueden reducir a la transmisión de unas verdades, sino que debe consistir en una verdadera formación integral de las personas en un crecimiento humano, que comprende la maduración en las virtudes humanas, en la fe, la oración, la vida litúrgica, el compromiso eclesial y social, etc”.
“No se puede preparar a los novios para el matrimonio con dos conferencias” (Papa Francisco)
Aunque no faltan cursos prematrimoniales organizados por parroquias, movimientos y asociaciones católicas que van en esa línea –por ejemplo, en la parroquia de Nuestra Señora del Buen Suceso, en Madrid, se imparten cursos de tres meses; una duración parecida tienen los de Eduvida, vinculados a Schoensttat, o Gift & Task– prevalecen los que recurren a la modalidad intensiva. En la archidiócesis de Madrid, la oferta va desde los cursos de fin de semana hasta los de cinco días (de lunes a sábado).

Educación sexual antimatrimonio

En un reciente artículo publicado en Public Discourse, la estadounidense Cassandra Hough –fundadora de Love&FidelityNetwok, una organización que promueve la educación para el matrimonio– menciona las conclusiones de dos estudios que muestran los beneficios que suelen traer estos cursos prematrimoniales. En general, las parejas que asisten a esos programas los encuentran útiles.
La propia Hough cuenta que cuando su marido y ella se prometieron, asistieron a un curso prematrimonial que les sirvió para prepararse. Ahora bien, es consciente de que su preparación comenzó muchos años antes: “Y esto es válido para la mayoría de hombres y mujeres, para bien o para mal. Cuando una pareja se compromete, lo hace con un bagaje de ideas y experiencias sobre la intimidad en las relaciones que configuran su comprensión y sus expectativas del matrimonio”.
“Cuando una pareja se compromete, lo hace con un bagaje de ideas y experiencias que configuran sus expectativas del matrimonio” (Cassandra Hough)
Esto les lleva a preguntarse hasta qué punto la educación sexual que hoy se imparte en las escuelas de EE.UU. ayuda o perjudica la preparación al matrimonio. Tras analizar varios programas constata que muchos de ellos promueven el uso del condón y conductas de experimentación sexual alternativas a las relaciones completas como una forma de reducir el riesgo de embarazos entre adolescentes. Lo que termina agravando el problema, pues en ese clima erotizado son más frecuentes las relaciones sexuales entre jóvenes.
Aunque estos programas se presentan como iniciativas a favor de la “salud” sexual, lo cierto es que ni siquiera se ocupan de los efectos emocionales ni psicólogos del sexo antes del matrimonio ni de la promiscuidad sexual. Más que educar, dice Hough, lo que pretenden es “mover a la sociedad en una cierta dirección. Y en esa dirección no interesa que haya muchos matrimonios sólidos y saludables”.
La banalización del sexo a que incitan estos programas ha terminado por favorecer entre los jóvenes una cultura delhookup, donde lo que se lleva son los encuentros efímeros con sucesivas parejas sexuales y sin compromiso emocional. De ahí que Hough califique a estos programas de “decididamente antimatrimonio”.
Aunque el matrimonio puede estar lejos del horizonte de un chaval de 12 o incluso de 20 años, estos programas “no les hacen ningún favor, pues les entrenan durante años en actitudes y comportamientos que debilitan sus probabilidades de tener éxito en su futuro matrimonio”.
Por el contrario, concluye, es la educación en la castidad la que mejor puede preparar a una generación a afrontar la vida matrimonial. Esta “permite comprender y apreciar esa relación única que es el matrimonio, y ayuda a cultivar hábitos que apoyan directamente la fidelidad matrimonial y el amor generoso”.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Reflexiones sobre el Sínodo Extraordinario sobre la Familia


El deseo de formar familia sigue vivo, pese a los obstáculos de una época que consagra el individualismo. La Iglesia, en este contexto, debe estar lista para acompañar tanto a quienes desean unirse en matrimonio sacramental, como a quienes viven en situaciones donde aún no se alcanza esa plenitud. Así lo refleja la Relatio Synodi, el documento final del Sínodo Extraordinario sobre la Familia, que fue votado el sábado 19 de octubre punto por punto por los obispos participantes.
El documento, que consta de tres partes y 62 puntos, será enviado a las Conferencias Episcopales, con vistas a preparar el Sínodo Ordinario sobre la Familia, que se celebrará en octubre de 2015. Su función es “proponer cuestiones e indicar perspectivas que deben ser maduradas en las Iglesias locales durante el año que falta hasta el Sínodo”.

El contexto sociocultural

Los padres sinodales realizan en la primera parte un diagnóstico del contexto sociocultural en el que se plantean hoy los problemas de la familia. Señalan las ventajas de que existan, al menos en algunas regiones del mundo, una amplia libertad de expresión y el reconocimiento de los derechos de mujeres y niños. Sin embargo, a lo positivo contraponen “el creciente peligro de un individualismo exacerbado que desnaturaliza los vínculos familiares y termina por considerar a cada miembro de la familia como una isla”. A este se añade “la crisis de fe que ha afectado a tantos católicos y que a menudo está en el origen de la crisis del matrimonio y de la familia”.
Según los contextos culturales y religiosos, aparecen otros problemas: la práctica de la poligamia, la costumbre del “matrimonio por etapas”, los matrimonios arreglados entre familias, los matrimonios entre cónyuges de distinta fe, o la difusión de la cohabitación que precede al matrimonio o de convivencias que no están orientadas a asumir un vínculo formal. A esto hay que añadir a menudo una legislación civil que pone en peligro el matrimonio y la familia.
Muchas veces estas situaciones repercuten en los hijos, que nacen fuera del matrimonio, o son víctimas de la separación de los padres o se convierten en objeto de disputa. También en muchos contextos “la mujer es discriminada e incluso el don de la maternidad es a menudo penalizado en vez de ser presentado como un valor positivo”.
Dentro del contexto sociocultural, los obispos subrayan también la cuestión de la fragilidad afectiva: “una afectividad narcisista, inestable y cambiante”. En este contexto, “las parejas están a veces inciertas, dubitativas y les cuesta encontrar los modos para crecer”. “Muchos tienden a quedarse en los primeros estadios de la vida emocional y sexual”.
Además, la sensación de impotencia ante las dificultades económicas, la inseguridad laboral, y el abandono y la falta de atención por parte de las instituciones, están incidiendo en una crisis demográfica, motivada por el descenso de la natalidad, lo que debilita el tejido social y hace peligrar la relación intergeneracional.

El necesario ejemplo de los casados

En este contexto, la Iglesia siente la necesidad de revalidar la vigencia del matrimonio cristiano como continuación del matrimonio natural. Cristo le devuelve su forma original, otorgando a los cónyuges la gracia para testimoniar el amor de Dios y vivir la vida de comunión.
Por ello, en la segunda parte del documento, los padres sinodales subrayan que “la indisolubilidad del matrimonio no debe entenderse como un yugo impuesto a los hombres, sino como un don hecho a las personas unidas en matrimonio”: el del acompañamiento de la gracia, que sana y transforma los corazones endurecidos. “Dios consagra el amor de los esposos y confirma su indisolubilidad, ofreciéndoles su ayuda para vivir la fidelidad, la integración recíproca y la apertura a la vida”, señalan.
Al mismo tempo que se alegran con las familias que siguen fieles a las enseñanzas del Evangelio, los obispos manifiestan también su preocupación por las familias “heridas y frágiles”. La Iglesia, “aun reconociendo que para los bautizados no hay más vínculo matrimonial que el sacramental, y que toda ruptura de él va contra la voluntad de Dios”, quiere también “acompañar con misericordia y paciencia las posibles etapas de crecimiento” de las personas frágiles que encuentran dificultades en el camino de la fe.
Entre estas se encuentran los que solo han contraído matrimonio civil, los divorciados vueltos a casar, o los que simplemente conviven. Por eso los obispos advierten que “una dimensión nueva de la pastoral familiar actual consiste en prestar atención a la realidad de los matrimonios civiles entre hombre y mujer, de los matrimonios tradicionales y, atendiendo a las debidas diferencias, también de la cohabitación. Cuando la unión alcanza una notable estabilidad a través de un vínculo público, cuando se caracteriza por un afecto profundo, por la responsabilidad hacia los hijos, por la capacidad de superar las pruebas, puede ser vista como una ocasión que debe ser acompañada en su desarrollo hacia el sacramento del matrimonio”.
La Iglesia debe acompañar con misericordia a sus hijos más frágiles. Pero “consciente de que la misericordia más grande es decir la verdad con amor, vayamos más allá de la compasión”. El amor misericordioso “invita a la conversión”, así como Cristo no condena a la mujer adúltera, pero la invita a la conversión.

La ayuda de otros matrimonios

En su parte tercera el documento aborda las perspectivas pastorales para afrontar estas tareas.
De una parte, se subraya la necesidad de mejorar los programas específicos de preparación para el matrimonio, que partan de una genuina experiencia de participación en la vida eclesial, así como la de acompañar a las parejas que atraviesan dificultades en su vida matrimonial, y a los recién casados, a quienes matrimonios con mayor experiencia pueden servir a apoyo.
De hecho, advierten que “sin el testimonio gozoso de las parejas casadas y las familias (…) la proclamación, incluso si es correcta, es probable que sea incomprendida o que se ahogue en el mar de palabras que caracteriza a nuestra sociedad”. Por eso los obispos insisten en que las familias católicas “en virtud de la gracia del sacramento nupcial están llamadas a ser sujetos activos de la pastoral familiar”.

Atención a los divorciados

El apoyo y la escucha atenta también han de dirigirse a los cónyuges separados, a los divorciados, a los abandonados. La Iglesia repara en todos aquellos que han sido objeto de injusticias, como en quienes han debido tomar distancia del cónyuge por los malos tratos que han hecho imposible continuar la convivencia.
A ellos, el Sínodo les invita a hacer un camino hacia el perdón por medio de la gracia, sabiendo que perdonar una grave injusticia no es fácil, al tiempo que plantea la necesidad de un ministerio de la reconciliación y la mediación a través de centros de asesoramiento especializados que se establecerán en la diócesis.
Asimismo, dedican especial atención al acompañamiento pastoral que ha de darse a las familias monoparentales, con énfasis en aquellas formadas por mujeres que llevan solas la responsabilidad del hogar y la crianza de los hijos.
En cuanto a estos últimos, se subraya que no pueden convertirse en modo alguno en “objeto” de disputas entre sus progenitores divorciados, sino que debe ayudárseles a superar el trauma de la separación y a crecer de modo sereno.
Por otra parte, el texto recomienda un “atento discernimiento” y un acompañamiento a los divorciados vueltos a casar. Se les ha de animar a participar activamente en la vida de la comunidad cristiana, sin que ello represente una cesión del principio de la indisolubilidad matrimonial.

Los puntos no aprobados

Uno de los aspectos sobre los que no se alcanzó consenso tocó precisamente el acceso o no de los divorciados vueltos a casar a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.
El texto constata que diversos padres “han insistido a favor de la disciplina actual, como consecuencia de la relación constitutiva entre la participación en la Eucaristía y la comunión con la Iglesia y su enseñanza sobre la indisolubilidad del matrimonio”. Otros se han manifestado a favor de que en algunas situaciones particulares, sobre todo cuando se trata de casos irreversibles y cuando hay obligaciones hacia los hijos, los divorciados vueltos a casar puedan participar en los sacramentos, después de una etapa penitencial.
Esta proposición –la nº 52– fue en la que hubo más discrepancia: 104 votos positivos frente a 74 negativos, con lo que no se cumplió el requisito de los dos tercios para su aprobación. Pero no se puede saber si los votos negativos proceden de los que piensan que se concede demasiado o más bien poco.
Otro punto de controversia fue el relacionado con la atención pastoral concreta a los homosexuales en la comunidad cristiana. El texto afirma, en consonancia con el Catecismo de la Iglesia Católica, que estas personas “deben ser acogidas con respeto y delicadeza”. Pero a la vez recuerda que “no existe fundamento alguno para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia”. Se observa que ha desaparecido de la relación final alguna frase que aparecía en el documento de trabajo tras el primer debate, y que había sido criticada en los círculos menores por no reflejar bien la discusión. En cualquier caso, tampoco este texto obtuvo la suficiente aprobación (118 votos a favor y 62 en contra).
Los prelados alertaron, además, acerca de las presiones “totalmente inaceptables” que los pastores están recibiendo en este asunto, así como de la creciente tendencia de los organismos internacionales a condicionar la ayuda financiera a los países pobres a la introducción de leyes a favor del “matrimonio” homosexual.

La transmisión de la vida

Finalmente, los padres sinodales se refieren a la transmisión de la vida en la familia, y detectan la difusión de una mentalidad que ve a los hijos simplemente como “una variable del proyecto individual o de la pareja”. En cambio, la Iglesia recuerda que “la apertura a la vida es exigencia intrínseca del amor conyugal”, y apoya a las familias que acogen a un hijo discapacitado o que adoptan a niños huérfanos y abandonados.
Al referirse a la natalidad, el texto invita a “redescubrir el mensaje de la encíclica Humanae vitae de Pablo VI, que subraya la necesidad de respetar la dignidad de la persona en la valoración de los métodos de regulación de la natalidad”. También menciona a este respecto que la adecuada enseñanza de los métodos naturales “ayuda a vivir de manera armoniosa y responsable la comunión entre los esposos, en todas sus dimensiones, junto a la responsabilidad generativa”.
El Sínodo ha querido publicar también las votaciones sobre cada uno de los 62 números de la Relación. Esto permite observar que la unidad de criterios es mucho mayor de la que a veces se ha transmitido en las informaciones de la prensa. Casi todos los puntos han sido aprobados por amplias mayorías, superiores a los dos tercios. Donde se ha dado más disparidad de criterios es en los puntos que se refieren a la pastoral con los que viven en matrimonios civiles o en cohabitación, el acceso a los sacramentos de los divorciados vueltos a casar y la acogida de las personas de orientación homosexual.

Las “tentaciones” del Sínodo

En su discurso al término de la última sesión del Sínodo, el Papa dijo que las intervenciones en el Sínodo se han sucedido “sin poner nunca en discusión las verdades fundamentales del sacramento del matrimonio: la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad y la apertura a la vida”.
Los debates sobre distintos temas, añadió Francisco, no deben tomarse como signo de división o motivo de inquietud. “Tantos comentaristas, o gente que habla, han creído ver una Iglesia en litigio, donde una parte está contra la otra, hasta dudar del Espíritu Santo, el verdadero promotor y garante de la unidad y de la armonía en la Iglesia”.
En las reflexiones del Sínodo pueden interponerse distintas “tentaciones”. Una, dijo el Papa, es la “rigidez hostil”: “querer encerrarse en lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); es la tentación de los hoy llamados “tradicionalistas”. Otra es la del “buenismo destructivo, que en nombre de una misericordia engañosa venda las heridas sin antes curarlas y aplicarles medicina”: es propia de los “progresistas y liberales”. Está además la tentación de “descender de la cruz, para contentar a la gente”, de “acomodarse al espíritu mundano en vez de purificarlo y acomodarlo al Espíritu de Dios”.
Pero son dificultades normales, y “era necesario vivir todo esto con tranquilidad, con paz interior, también porque el Sínodo de desarrolla cum Petro et sub Petro, y la presencia del Papa es garantía para todos”. Así, “la Iglesia es de Cristo (…) y todos los obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, tienen el cometido y el deber de custodiarla y servirla, no como amos sino como servidores. El Papa, en este contexto, no es el señor supremo sino más bien el supremo servidor: el servus servorum Dei, el garante de la obediencia y de la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y a la Tradición de la Iglesia, dejando a un lado todo criterio personal, siendo a la vez –por voluntad de Cristo mismo– el ‘Pastor y Maestro supremo de todos los fieles’ (Código de Derecho Canónico, can. 749)”.

sábado, 25 de octubre de 2014

Los problemas de la economía alemana

Los males ocultos de la economía alemana

Los países europeos descontentos con la amarga medicina de austeridad que receta la doctora Merkel tienen ahora un abogado en Alemania misma. Marcel Fratzscher, presidente del Instituto Alemán de Investigación Económica (DIW), hace una seria advertencia al gobierno en su libro Die Deutschland-Illusion, para que rectifique el rumbo.
Una versión de este artículo se publicó en el servicio impreso 78/14

[Actualizado el 10-10-2014]
El aviso ha caído bien en la mitad izquierda del ejecutivo. En la presentación de la obra, el pasado 19 de septiembre, el autor estuvo acompañado por el ministro de Economía, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, que la calificó de “lectura obligatoria”. Pero la mitad derecha no daba muestras de cambiar de política.
En Alemania el crecimiento del PIB y de los salarios es inferior a la media de la zona euro, y la expansión del empleo esconde un aumento del trabajo precario o de jornada parcial
Fratzscher, economista de 43 años con experiencia internacional (trabajó en el Banco Central Europeo [BCE], en Harvard y en el Banco Mundial), quiere sacar a los alemanes de la complacencia en sus logros y de su exceso de confianza. La “ilusión” en que viven, dice, se basa en tres méritos que les han permitido resistir firmes a la crisis. Son: la reforma laboral de la década anterior, que al flexibilizar el mercado trajo un aumento del empleo; las abundantes exportaciones de la competitiva industria nacional, y el equilibrio presupuestario, tan distinto del irresponsable endeudamiento de los países rescatados. Moraleja: si los vecinos en apuros quieren salir a flote, habrán de someterse a la misma dolorosa cura, y no quedarse esperando a que Alemania les saque las castañas del fuego.

Síntomas preocupantes

Pero, según Fratzscher, Alemania no va tan bien como parece. Presenta síntomas preocupantes: tres años creciendo menos del 1%, incluidos tres trimestres bajo cero (–0,6% es el dato más reciente); salarios casi estancados, más cortos que a principios del siglo para dos de cada tres trabajadores. En esos dos capítulos, Alemania está por debajo de la media de la zona euro. ¿Qué ocurre entonces?
El economista Marcel Fratzscher recomienda aumentar el gasto público y la inversión privada, y liberalizar los servicios
Fratzscher explica que los éxitos alemanes son notables, pero tienen un lado oscuro. La reforma laboral redujo el paro, pero a costa de aumentar los empleos de dedicación parcial o precarios. Así, aunque en 2013 había 4 millones más de personas empleadas que en 2005, las horas de trabajo totales subieron muy poco, y en proporción, bajaron de 1.431 a 1.388 por trabajador y año. La potencia exportadora no se debe a que haya subido la productividad, sino a que Alemania vende ahora más barato, gracias a los costos salariales contenidos y al euro. Y el déficit presupuestario se ha reducido, sobre todo, porque con dos millones menos de parados que en 2005 se recaudan más impuestos.
Después de bajar los humos a sus compatriotas, Fratzscher señala el que, a su juicio, es el problema de fondo de la economía alemana: la falta de inversión y un ahorro desproporcionado. Las inversiones han bajado del 23% al 17% del PIB de los años noventa a hoy. La inversión pública, equivalente al 1,6% del PIB, está bastante por debajo de la media de la UE, que es el 2,2%. Muestra de ello es el mal estado de las otrora ejemplares infraestructuras alemanas, decía hace poco Der Spiegel.

Menos austeridad

Contra eso, Fratzscher recomienda lo mismo que piden los gobiernos europeos opuestos a continuar la cura de austeridad: aumentar el gasto público, aun a costa de más déficit. También el FMI lo ha dicho esta semana, al revisar a la baja la previsión de crecimiento de la zona euro, porque ve peligro de vuelta a la recesión. Y el presidente del BCE, Mario Draghi, ha repetido el mismo mensaje porque teme una deflación a la japonesa. Fratzscher añade que el gobierno alemán debería estimular la inversión privada, porque el bajo nivel actual impide que aumente la productividad. En cambio, si los alemanes, en vez de ahorrar tanto y colocar tanto dinero fuera, invirtieran más en su propio país, obtendrían mayores réditos e impulsarían el crecimiento. Otra parte del actual ahorro se debería gastar en importar más de los países vecinos, que es una manera de mover la economía propia y a la vez un beneficio para los socios.
Finalmente, hay que liberalizar el sector servicios, poco productivo y competitivo, porque en una parte importante está sometido a organizaciones gremiales y a regulaciones proteccionistas.
Las tesis de Fratzscher han provocado una viva discusión. El 20 de septiembre, la canciller Angela Merkel, como dándose por aludida, dijo en su alocución semanal que para crecer hay que invertir. Pero Fratzscher reprocha al gobierno que emprenda un plan de infraestructuras y no apoye la misma política en Francia o Italia.
En estos y otros países hay un conato de rebelión contra las prescripciones alemanas. El primer ministro francés, Manuel Valls, ha anunciado un “presupuesto anti-austeridad”. En cambio, el ministro de finanzas alemán, el democristiano Wolfgang Schäuble, insiste en bajar el déficit, lo que para Fratzscher es “un objetivo muy extraño en las presentes circunstancias”.
[Añadido el 10-10-2014:]
Por fin, el 9 de octubre, Merkel hizo la primera insinuación de que podría haber un cambio de política. El mismo día, la Agencia Estadística Federal había añadido uno más a la reciente serie de datos inquietantes: en agosto pasado, las exportaciones alemanas bajaron un 5,8% con respecto al mes anterior, el mayor descenso desde 2009. La canciller, tras reconocer el empeoramiento de las previsiones económicas, anunció que el gobierno se está planteando estimular las inversiones, especialmente en los sectores digital y energético. Tal declaración, aunque se considera muy significativa, no supone una renuncia formal al principio de no aumentar el déficit. No se sabe si para moderar expectativas, Schäuble, que estaba en Washington, dijo también el día 9 que “extender cheques” no es la manera de impulsar el crecimiento de la zona euro.