lunes, 8 de octubre de 2007

Grandes pensadores: Platón

La empresa socrática de penetrar con las armas de la razón en la realidad que nos rodea y ascender a la serena contemplación de la verdad, ganó para la filosofía a uno de los más grandes espíritus de la humanidad: Aristoclés, llamado familiarmente por sus compañeros Platón (427-347). Fue el suyo un espíritu de extraordinaria sensibilidad estética, que supo recubrir su pensamiento con la belleza del mito y de la fantasía; consciente, por otra parte, de su condición de filósofo -amante de la sabiduría-, huyó siempre del dogmatismo y del sistema cerrado, para atenerse a la actitud humilde del rapsoda y del poeta, que se expresan por analogías y comparaciones. La misión filosófica de Platón habría de consistir en reparar la desgarradura que en la concepción del Universo habían abierto tanto Heráclito como Parménides. No, no era posible al hombre, renunciar sin más a una de sus dos experiencias inmediatas; la de los sentidos o la de la razón.


Puesto que Platón quiere transmitirnos su pensamiento a través de mitos y hermosas imágenes (especie de parábolas filosóficas), tratemos de descubrirla en sus dos más conocidos mitos: el del carro alado, que se encuentra en su obra Fedro o del Amor, y el de la Caverna, que expone en el libro VII de la República o el Estado.

El primero envuelve su concepción general del Universo y el viejo problema de la "verdadera realidad" del arjé o principio. El segundo procura explicar cómo están constituidas las cosas concretas, materiales, de este mundo. Ambos se complementan en el intento de dar una explicación armónica de la realidad.

«El alma-dice en el Fedro-es semejante a un carro alado del que tiran dos corceles-uno blanco y otro negro-regidos por un auriga moderador.» El caballo blanco simboliza el ánimo o tendencia noble del alma; el negro, el apetito o pasión baja, bestial; el auriga, a la razón que debe regir y gobernar el conjunto. El alma así representada vivía en un lugar celeste o cielo empíreo, donde existió pura y bienaventurada antes de encamar en un cuerpo y descender a este mundo. En ese mundo o cielo de las Ideas el alma estaba como en su elemento, sin experimentar la contradicción entre la experiencia sensible y la inteligible porque sólo existía allí la visión intelectual. El alma, en este lugar celeste, contemplaba las Ideas.

El mundo de las ideas

Es preciso comprender lo que Platón entiende por Idea, porque es la base de su concepción y difiere de la acepción corriente. Para nosotros, idea es algo mental, subjetivo: el concepto, que puede atribuirse a varios objetos a los que representa en lo que tienen de común. Para Platón, Idea es algo objetivo; significa etimológicamente lo que se ve, es el universal, la esencia pura desprovista de toda individualidad material, pero existente en sí, fuera de la mente, con una existencia purísima perfecta, en aquel lugar bienaventurado donde el alma vivió en un tiempo anterior. El hombre en sí, el caballo en sí, la justicia en sí, son ideas subsistentes del cielo platónico, que es el mundo de las ideas.

Podemos imaginar, por ejemplo, una casa que ha sido edificada. Sin duda que, por bien que se haya realizado el proyecto, siempre será su realidad más imperfecta que el plano del arquitecto que la ideó. Pero el plano contiene también las imperfecciones de la materia en que se ha plasmado, y será muy inferior a la idea que el arquitecto forjó. Pues bien, la propia idea del arquitecto, que se da en un cerebro material e imperfecto, no alcanza tampoco a la idea en sí, cuya pureza y perfección está por encima de toda limitación de la materia. «Aquel lugar supraceleste -el lugar de las Ideas- ningún poeta le alabó bastante ni habrá quien dignamente lo alabe, porque la esencia existente en sí misma, sin color, figura ni tacto, sólo la puede contemplar el puro entendimiento.»

En la vida celestial de algunas almas sobreviene, sin embargo, una caída. El caballo negro-la pasión-, cuyo tirar es torcido y traidor, puede en un momento más que el blanco -el ánimo esforzado, noble- y da en tierra con coche y auriga. Hallamos aquí quizá un eco lejano de la revelación primitiva del pecado original, como se encuentra en muchos de los más viejos textos de la humanidad. A consecuencia de esta caída el alma desciende a este mundo y se une a un cuerpo, al que permanecerá adherido como la ostra a su concha. En su nuevo y desventurado estado ha olvidado las Ideas que antes contempló intuitiva, directamente. Ahora tendrá que conocer a través de los sentidos corporales, y sólo percibirá cosas concretas, singulares. Sin embargo, las cosas que le rodean participan-como el hombre mismo-en la Idea, aunque por otra parte estén individualizados por su inserción en la materia. Y el alma, al percibirlas, se siente subyugada, llamada interiormente a la búsqueda de algo muy íntimo que aquellas cosas le sugieren. Experimenta algo así como la extraña emoción que nos invade al encontramos en un lugar en que discurrió nuestra infancia y que, aunque olvidado, evoca en nuestro espíritu el recuerdo vago y la nostalgia del pasado.

Prende entonces en el alma el eros (amor), que es, para Platón, un impulso contemplativo. De él nace un esfuerzo por recordar, esfuerzo que consigue aflorar a la consciencia el recuerdo que estaba latente de «las íntegras, sencillas, inmóviles y bienaventuradas Ideas». El conocimiento intelectual se realiza así, según Platón, por vía de recuerdo (anámnesis).

El mito de la caverna

El segundo mito, el de la Caverna, pretende sugerir lo que Platón piensa sobre la naturaleza de las cosas concretas, materiales, de este mundo. La condición humana es semejante a la de unos prisioneros que, desde su infancia, estuvieran encadenados en una oscura caverna, obligados a mirar a la pared de su fondo. Por delante de la caverna cruza una senda escarpada por la que pasan seres diversos. Los resplandores de una gran hoguera proyectan sobre el fondo de la caverna las sombras vacilantes de los que pasan ante la entrada. Los encadenados, que solo conocen las sombras, dan a éstas el nombre de las cosas mismas y no creen que exista otra realidad que la de ellas.

La explicación del mito no ofrece ya dificultad: la hoguera es la Idea de Bien, idea fundamental y primera del cielo empíreo que muchos comentaristas identifican con Dios; los seres que desfilan por la senda son las diversas Ideas o arquetipos de las cosas; las sombras, en fin, son las cosas de este mundo. La forma de estas sombras, distinta en unas de otras, procede de las Ideas; las cosas de este mundo participan de las Ideas y a ello deben sus perfecciones, su entidad, lo que son. Esta idea de participación (mecexis) es fundamental en Platón. Pero en las sombras observamos en seguida su carácter negativo; son -diríamos- un no ser; este caballo concreto, por ejemplo, participa por una parte de la idea caballo yeso le hace ser lo que es; pero por otra, está inserto en materia, y esto le hace no ser el caballo-en-sí, el caballo perfecto, sino este caballo, individual, imperfecto, temporal, en tránsito continuo hacia la muerte. La materia es así, para Platón, algo negativo, oscuro y opaco elemento de limitación, de individuación. Las cosas, porque son materiales, son como sombras, débiles trasuntos de aquello que les confiere su única y debilísima entidad: la Idea, que es la verdadera y subsistente realidad.


La Etica de Platón

La ética y la política de Platón son consecuencia de su metafísica; el fin último del alma que ha caído y se ha encarnado en un cuerpo es purificarse de la materia y elevarse a la pura y serena contemplación de las ideas, liberarse de las sombras, y buscar lo que realmente es. Para lograr esta purificación que permite el ascenso a la contemplación, es preciso adquirir y practicar la virtud. La virtud es, para Platón, la armonía del alma, un estado de tensión de las diversas partes del alma y una justa proporción entre ellas. Al ánimo o apetito noble corresponde la fortaleza, virtud que lo estimula y mantiene vigoroso y esforzado; el apetito inferior o pasión debe ser refrenado por la templanza; la razón debe ser guiada por la prudencia, virtud del recto y ponderado juicio; la armonía, en fin, de estas partes del alma constituye para Platón la virtud de la justicia. Las almas que por la virtud y la contemplación ascienden a la esfera inteligible, transmigran al morir a seres superiores, o se liberan. Las que se enlodan, en cambio, en los bienes y placeres materiales, reencarnan en animales inferiores más alejados del mundo inteligible.

En política, supone Platón que la polis o ciudad ideal debe construirse a imagen del hombre y realizar en cuanto pueda la Idea de hombre, es decir, algo superior al hombre concreto, material. Esta comunidad o Estado es el que se describe detalladamente en la República. Puesto que son múltiples las necesidades de la sociedad, los miembros tienen que organizarse en tres clases: a} los filósofos, que dirigen el Estado; b} los guerreros, que defienden el Estado; c} los productores, que proporcionan los bienes materiales del Estado. El Estado concebido de esta forma es eminentemente aristocrático. A cada una de las partes del alma corresponderá una clase de la sociedad: a la pasión o apetito inferior, el pueblo, encargado de los trabajos materiales y utilitarios; al ánimo, los guerreros o defensores; a la razón, los filósofos, que deben ser los directores del Estado. Cada clase debe ser guiada por la virtud correspondiente: el pueblo por la templanza, los guerreros por la fortaleza, los sabios por la prudencia. Esta idea orgánica y estamentaria de la sociedad pasará, como veremos, a la sociedad cristiana de la Edad Media, que se construirá de acuerdo con estos cánones, previamente cristianizados.

viernes, 5 de octubre de 2007

La pedagogía de la admiración

La semana pasada publicábamos un video de ALFONSO LÓPEZ QUINTÁS, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Recuperamos ahora este sugerente artículo suyo:


En enero de 2003, cierto telediario de gran audiencia destacó que nos hallamos en el primer aniversario de la muerte, por sobredosis, de la cantante Janis Joplin. Se la elogió como la «reina blanca del blues», y, tras recordar que su vida estuvo entregada a toda clase de drogas, se concluyó que había sido «una mujer totalmente libre». ¿Están preparados los jóvenes actuales para descubrir la falta de precisión intelectual que se da en este mensaje televisivo? En caso negativo, no están debidamente formados para vivir en un momento de la historia tan fecundo y tan arriesgado, a la par, como el presente.

En la película de Ingmar Bergman El silencio, una joven le dice a su hermana con aire exultante que tiene relaciones íntimas con un extranjero y, por no saber su lengua ni él la suya, no pueden hablarse. Un joven que oye esto ¿se da cuenta de la actitud ante la vida que ha adoptado esa joven y de los riesgos que implica para ella? ¿Podría sentirse contenta si supiera lo que significa alegrarse por no poder hablar con quien se tiene intimidad corpórea? Si no sé contestar a estas preguntas, voy por la vida con los ojos vendados y no puedo guiar mis pasos con una mínima seguridad.

Esa especie de ceguera espiritual constituye una forma de «analfabetismo de segundo grado», que todos podemos padecer en alguna medida. No saber unir las letras y adivinar lo que dice un escrito es un modo primario de analfabetismo, y debe ser erradicado porque nos deja desvalidos ante la vida. Si sabemos leer y nos hacemos cargo de lo que se nos comunica, tenemos capacidad de informarnos debidamente y saber a qué atenernos en la vida diaria. Pero, supongamos que no somos capaces de penetrar en el sentido de lo que leemos u oímos. Recibimos datos del exterior, pero no logramos descubrir lo que significan para nuestra vida. Captamos su significado superficial, pero no su sentido profundo. Nos enteramos, por ejemplo, de que una joven está eufórica por no poder hablar con su amante. ¿Podemos vislumbrar lo que implica, en el fondo, tal sentimiento? En caso negativo, bien haremos en tomar medidas para superar esa forma de analfabetismo, que nos deja desconcertados en nuestra vida personal y nos impide regir nuestra conducta con cierta seguridad de éxito.

En los últimos tiempos, las clases dirigentes muestran cierto interés en orientar la actividad escolar de tal forma que los alumnos aprendan a pensar bien, razonar con coherencia, decidir de modo equilibrado y realista... Este loable propósito no ha tenido siempre el éxito deseado a causa de un puñado de malentendidos. Se pensó, a menudo, que la formación consiste en «enseñar» valores y creatividad, y se exhortó a los educadores a consagrar tiempo y esfuerzo a tal forma de enseñanza. Pero la experiencia nos advierte a diario que la creatividad y los valores no se «aprenden»; se «descubren». Por tanto, no debemos los mayores reducirnos a «enseñarlos», sino «ayudar a descubrirlos».

Los valores no sólo existen; se hacen valer, proyectan a su alrededor un aura de prestigio. La tarea del educador ha de consistir en acercar a niños y jóvenes a esa área de irradiación de los valores, sugerirles que hagan las experiencias necesarias para descubrir por sí mismos cómo se desarrollan en cuanto personas y qué grandeza están llamados a adquirir si cumplen las exigencias de su ser personal. Adivinar esta grandeza es la tarea de una Pedagogía de la admiración.

En una entrevista televisiva, un joven de 18 años manifestó lo siguiente: «Hasta hace poco yo era totalmente feliz. Adoraba a mi madre, estaba ilusionado con mi novia, me gustaba mi carrera. Pero me entregué al juego de azar y me convertí en un enfermo del juego, un ludópata. Ahora, ni mi madre ni mi novia ni mi carrera me interesan nada. Sólo me interesa una cosa: seguir jugando. Estoy atado al juego. Y lo que más me duele es que empecé a jugar libremente y ahora me veo hecho un esclavo». ¿Le explicó alguien, a tiempo, a este desventurado lo que es el proceso de vértigo o fascinación y el de éxtasis o creatividad? Probablemente no. Ni siquiera la psicóloga que dirigió la entrevista aprovechó la circunstancia para darle una mínima clave de orientación. Pudo haberle indicado, simplemente, que su desgracia comenzó al confundir la «libertad de maniobra» con la «libertad creativa». ¿Algún formador le indicó, a lo largo de sus años de estudio, que existen ambas formas de libertad y que confundirlas anula nuestro desarrollo personal y nos lleva al infortunio? Ese maestro hubiera sido un líder auténtico, un guía que ayuda a conocer las leyes del crecimiento personal y dispone el ánimo para admirarse de la grandeza que adquirimos al movernos en la vida con libertad creativa, libertad para realizar algo valioso, aun a costa de renunciar a valores inferiores. El joven mostró, al hablar, una tristeza infinita. Me hubiera gustado decirle que levantara el ánimo porque le quedaba mucha vida por delante para disfrutar del descubrimiento de la auténtica libertad.

Es muy posible que nadie haya ayudado tampoco a la jovencita de la película El silencio a admirar la riqueza del lenguaje auténtico, el que se inspira en la voluntad de crear vínculos personales. No se benefició de una Pedagogía de la admiración. De haber tenido esa suerte, no sentiría ahora alegría sino profunda tristeza al recluirse en un silencio de mudez, a fin de no crear vínculos con su compañero ocasional.

Necesitamos poner en juego una pedagogía de la admiración o del asombro, no de la coacción; del descubrimiento, no del mero aprendizaje; de la persuasión, no de la transmisión fría. El que aprende lo que es la vida descubriéndola paso a paso, de forma bien articulada, no sólo acaba sabiendo qué ha de hacer para desarrollarse plenamente como persona sino que está bien dispuesto para transmitir ese conocimiento a otras personas de forma persuasiva y convincente. A veces se dice que no se educa a los jóvenes para ejercer la función de padres. La pedagogía del asombro sería un buen camino para ello.

Este método de formación tiene, como sabemos, un noble abolengo. En la famosa Carta séptima, Platón se niega a hacer el resumen de su filosofía que le pedía Dionisio, tirano de Siracusa, porque, a su entender, el conocimiento filosófico no se obtiene acumulando saberes recibidos de fuera, por significativos que sean, sino adentrándose en el análisis profundo de la vida. Te sumerges durante un tiempo en una cuestión, y, después de bracear largamente con las ideas, surge, como por un relámpago, una luz que ilumina tu mente. Esa luz es la filosofía. (Cartas, VII, 314 c, 341 c, d).

En esta misma línea, el gran filósofo alemán J. A. Fichte indica al lector de una de sus obras que procure descubrir por sí mismo lo que él le dé a conocer. De lo contrario, se quedará fuera del mensaje recibido: «Todo lo que se puede hacer ahora por ti es guiarte para que encuentres la verdad, y a esa dirección se reduce lo que una enseñanza filosófica puede aportar. Pero siempre se presupone que eso hacia lo que el otro te conduce lo poseas de veras interiormente tú mismo, y lo mires y contemples. De no hacerlo, oirías narrar una experiencia ajena, de ningún modo la tuya (...)»

Si no vibramos personalmente con las realidades que vamos descubriendo -por iniciativa propia o porque alguien nos guía hacia ellas-, no nos haremos cargo de la grandeza que albergan, no sentiremos la íntima emoción que produce lo valioso y no convertiremos el saber en un principio de excelencia personal. En verdad, como bien advirtió Aristóteles, la admiración es el principio de la sabiduría.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Grandes pensadores: Sócrates

En el seno del movimiento sofístico surge una figura que conmovió profundamente aquel ambiente, y que habrá de ser inspiradora y maestra de los más grandes filósofos griegos de la Edad de Oro: Sócrates (469-399). Este filósofo no escribió nada, ni tuvo tampoco oportunidad de sistematizar su pensamiento; él negaba su inclusión entre los sofistas «porque no cobraba por enseñar».

Sócrates habló únicamente; habló con sus amigos, con sus conciudadanos, libremente, con la espontaneidad del diálogo. Por ello de su personalidad y de su pensamiento sabemos muy poco de modo concluyente. Además, los discípulos que de él nos hablan -Jenofonte y Platón- no son buenos biógrafos. El uno por defecto y el otro por exceso. Jenofonte no ve en Sócrates más que al ciudadano honorable y justo -una especie de burgués ejemplar-, que fue condenado injustamente por la ciudad y que aceptó la muerte con insuperable entereza. Platón, en cambio, ve la profundidad de la posición del maestro, pero en sus Diálogos, de los que Sócrates es protagonista, mezcla su propio pensamiento con el de su maestro, sin que resulte fácil delimitar el que corresponde a uno y a otro.

Si para algunos «el pueblo griego descubrió la razón», en buena medida podemos aplicarlo propiamente a la figura de Sócrates. Sócrates afirmó la razón como medio adecuado para penetrar la realidad. Y hubo de sostener esta afirmación frente a dos clases de contradictores. Primeramente, contra los sofistas: la razón bien dirigida sirve para alumbrar la realidad, no es una linterna mágica que forja visiones a capricho sin relación con lo que es.

Después se posiciona, contra los irracionalistas. Mucha gente en Atenas, como en todas partes, pasaba por especialista o profesional en una materia sin que una verdadera comprensión de la misma cimentase aquel conjunto de conocimientos. Sabían cosas porque se las habían enseñado, pero a poco que se escarbase en su saber se descubría en seguida que estaba montado en el aire. En el fondo, todos éstos, como los pueblos orientales y los bárbaros, sabían de un modo irracional, basado en la revelación o en el mito.

Sócrates paseaba por las calles de Atenas y tropezaba, por ejemplo, con un militar o con un retórico. Les hace una pregunta sobre cualquier extremo relacionado con su profesión. Ellos dan una respuesta más o menos acertada; entonces Sócrates les pide una aclaración sobre los fundamentos en que ello se basa, preguntándoles, simplemente, ¿por qué? Las más de las veces, los interrogados no resisten dos de estas preguntas y comienzan a divagar o a dar respuestas huecas. No hay en ellos verdadera ciencia porque no la han adquirido mediante el ejercicio de la razón, sino por autoridad o por la memoria.

A esta experiencia llega Sócrates valiéndose del primer aspecto de su método, que se ha llamado ironía. Para la segunda experiencia se valdrá de la mayéutica, nombre que proviene del oficio de su madre, que era partera; esto es, «arte de dar a luz». Sócrates interroga a un esclavo -el hombre más ignorante-, y mediante preguntas graduadas que le obligan a discurrir por sí mismo, va alumbrando la verdad y llegando a resultados muy superiores a los que obtuvo con los hombres más cultos.

La nesciencia (ignorancia) es, pues, el punto de partida en nuestra búsqueda de la verdad. «Sólo sé que no sé nada, pero aún supero a la generalidad de los hombres que no saben esto tampoco.» Después, la búsqueda misma ha de realizarse con la propia vis intelectual de cada uno, con la razón, que es el instrumento de “penetrar” en la realidad. El resultado de esta búsqueda racional es el hallazgo de la verdad -verdad diáfana, evidente, cimentada-. Esta verdad no es creación de la mente ni de su habilidad dialéctica, sino “descubrimiento” (alecéia). Este hallazgo es una aventura de la mente que, lejos de admitir falsos y extraños ídolos, debe seguir su propio impulso (genio o demonio -daimon- interior.) De aquí el lema que Sócrates adoptó para su pensamiento, tomado del frontispicio del templo de Apolo en Delfos: «Conócete a ti mismo.»

Mayores sombras aún que las que envuelven su obra y personalidad cubren las causas de su muerte. Sabemos que fue condenado por el tribunal de Atenas a beber un vaso de cicuta, que los motivos oficiales fueron impiedad y corrupción de la juventud. Mártir, según unos, de la claridad interna y de la lucha racional contra el mito; introductor, según otros, de formas reprobables de sexualidad, lo cierto es que, con su ironía metódica, no debió tener muy propicias a las clases cultas y a los valores consagrados socialmente. El acto final de su vida en él que rehúsa la escapatoria de la cárcel -y de la muerte- que le ofrecían sus discípulos, y su famoso «discurso de las Leyes» en el que explica esta su decisión, nos aclaran algo sobre el sentido de su muerte: él muere en defensa de las Leyes, es decir, del orden político y religioso de Atenas bajo cuyo cobijo ha vivido y vivieron sus padres. Si, huyendo, diera público testimonio de desobediencia al Tribunal de Atenas, se haría merecedor de la sentencia dictada. Lejos de aparecer como un rebelde o un enemigo de las leyes, da su vida por defender a éstas contra sus verdaderos enemigos: de una parte, contra aquellos que con su pereza mental las convierten en rutina y decadencia; de otra, contra los impíos que extinguen sus fundamentos morales y religiosos (en este caso, los sofistas). Esto le hace grande ante la historia y uno de los pilares sobre los que se apoyará el “Estado de derecho”, en el que se basa, al menos teóricamente, la cultura occidental.

Sócrates pasa a la historia como un gran ejemplo de hombre ético: porque antepone la conciencia y la ley a los intereses personales, porque cree en la rectitud y en unos valores (deberes y derechos) que no prescriben, como la justicia. Ante la gran pregunta ¿Quién hará justicia a tantas víctimas inocentes? Sócrates busca respuesta en un "mas allá" y advirte que, «si la muerte acaba con todo, sería ventajosa para los malos», es decir, sería una profunda injusticia hacia las víctimas. Pudieron servir de epitafio a Sócrates sus propias y conocidas palabras: «Dios me puso sobre la ciudad como al tábano sobre el caballo, para que no se duerma ni amodorre».

viernes, 21 de septiembre de 2007

Vidas contadas


"Thirteen conversations about one thing"
Jill Sprecher. USA, 2001. 95 min.

Me ha gustado volver a ver “Vidas contadas”. Es de esas películas que se disfrutan más, y se entienden mejor, con una segunda visión. El título original de la película refleja bien su estructura e intención. "Esa misma cosa" es la felicidad, ideal que buscan todos los personajes por caminos diversos. Varias historias se cruzan invitándonos a reflexionar sobre la libertad y el destino, el sentido purificador del dolor, la envidia, la culpabilidad, las posibilidades de recomenzar, las relaciones interpersonales, la dignidad humana, etc.



Proponemos un posible esquema para analizar la película y para un posible coloquio sobre ella:

Análisis de Troy, Bea, Gene, Walter y Bowman. Ver su personalidad. Qué es lo más determinante en sus vidas. Las virtudes y los defectos de cada uno. Su evolución a lo largo de la película.
Cuáles son los hechos con mayor impacto en la historia personal de cada uno y cual es su respuesta.Relacionar los personajes entre sí. ¿Cómo influyen unos en otros? Personajes que más influye en los demás. Por qué y cómo. Qué papel juega la vecina.

La felicidad en cada uno de los personajes. Concepto de felicidad. ¿Fin del hombre?“La conquista de la felicidad”(1930) de Bertrand Russell (1872-1970) en relación con esta película. Tres obstáculos para la felicidad: aburrimiento, culpabilidad, envidia. La directora los tiene en cuenta para el guión. ¿Qué personajes encarnan cada uno de estos tres pilares?

Cómo plantea la película los temas de la libertad y el Destino.
Referencia a Milton (1608- 1674), “El paraíso perdido”. Comentar: “la mente es un lugar íntimo y puede convertir el infierno en un paraíso y el paraíso en el infierno”.
La conciencia siempre sale a flote aunque se la pretenda acallar. ¿Qué es la conciencia?
Comentar la frase: “la ignorancia es la felicidad”
Solidaridad e interdependencia entre los seres humanos.



A continuación resumimos un análisis de los personajes principales como fruto de un debate realizado este verano sobre este film:

Gene: ambicioso directivo de empresa que no soporta la actitud vital optimista de uno de sus empleados

Actitud existencial: se ha instalado en el disgusto, como tanta gente que no sabe asimilar sus fracasos. Ha fracasado en su vida familiar y fracasará también en lo profesional, donde había puesto todas sus esperanzas: subir en la empresa. Envidia a Wade Bowman con una absurda obsesión. No soporta su optimismo y eso le lleva a ser irónico y cruel: “le borro la sonrisa, apuesto 100 pavos”. Humilla a sus empleados. Ve a todos como enemigos –se lo dice Dick-. Va a lo suyo.
Sin embargo evolucionará positivamente porque es capaz de reconocer sus errores y rectificar.
Hecho relevante: Cuando se entera que no le van a hacer Vicepresidente porque han nombrado al de Contabilidad. Respuesta: Se va a ver al marido de su ex-mujer para pedirle trabajo para Bowman.

Troy: joven ayudante del fiscal que de pronto ve truncada su carrera

Es Altivo. Engreído. Trabajador. Solo confía en su trabajo. “Yo no creo en la suerte, es la excusa de los vagos”. (Sin embargo Gene le hace ver que proviene de una buena familia mientras que é tuvo que salir desde abajo). Cifra toda su felicidad en el éxito profesional.
Hecho relevante: accidente, atropella a Bea. Respuesta ante el accidente: huída, cobardía. Se evade de su responsabilidad. Destrozado por dentro. Le pasa igual que al chico a quien defiende en la cárcel: todo el día pensando en la persona a la que mató.
Esto le crea un enorme conflicto interior: aparece con fuerza el sentido de culpabilidad. Y la necesidad de redimirse, de reparar. En un primer momento su huída de la realidad no resuelve los problemas sino que los agranda. Su actitud plantea una cuestión importante: ¿Se puede acallar o anestesiar la conciencia? Troy, desde luego, no lo consigue, no cierra su herida para que no olvidar su culpabilidad. Necesidad de recibir el perdón, también de reparar el daño causado. Su conciencia sale a flote. A veces la gente tiene suerte, se le concede una segunda oportunidad (le dice Owen)
Respuesta ante esto: vende el coche, no considera justo conducirlo (empieza a reparar); se va aislando, no sale con los amigos, se atormenta. Decide el suicidio –otra vez huye de los problemas quitándose de en medio-. Nueva cobardía. Pero finalmente se redime: Deja por escrito un testamento donde confiesa su culpabilidad y pide que con sus bienes se ayude a la familia de la persona que piensa que ha matado.

Bea: empleada de hogar que sufre conmoción en su mundo interior

Bea es responsable en su trabajo(mientras Dorry quiere ver su serie de Tv, ella dice: mientras tanto haré el cuarto de baño). Sencilla. Ingenua. Generosa: ofrece a Dorrie su piso, compra una nueva camisa. (quizá también por quedar bien ante el arquitecto), “Si tuviera dinero… te daría una parte” dice a su amiga. Confiada. Religiosa (va a la iglesia). Supersticiosa: el ojo cerrado de la muñeca “es una señal”. Honrada: Le duele más que duden de su inocencia que la propia realidad del trágico accidente.

Hechos relevantes: accidente y cuando se entera que el arquitecto la cree ladrona.
Respuesta ante el accidente: se desconcierta al no haber razones, pero lo acepta. Ha escuchado en el sermón el valor del sufrimiento.
Respuesta ante desconfianza del arquitecto: se le hunde todo. Se le abren los ojos. Pierde la inocencia. La vida ya no es justa. Debí robarlo, él me creía culpable. Se me ha caído la venda de los ojos: jamás podré retroceder. Piensa en suicidio. Escepticismo: no he cambiado, “soy como los demás”. No se suicida por sonrisa de Bowman: buscaba alguien que le dier aun motivo para no hacerlo, alguien que no fuera mezquino y predecible.

Walker: profesor que tiene una aventura con una compañera del Instituto

Racionalista (ley de causa efecto, simbolizada en el artefacto de las bolitas). Cientifista (las leyes del universo son absolutas). Muy torpe en las las relaciones personales. Procesos irreversibles de la física los aplica a las personas.
Lo que quiere de la vida: lo que todos queremos: vivir la vida, despertarme animado, ser feliz. Es egoísta. Falta de compasión, de humanidad, producto de su egoísmo (con alumno Hammond).
Muestra un gran vacío interior. Insatisfecho: “no dejo de preguntarme si esto es todo”. Huye de sí mismo: Es perverso, pasas años desarrollando tu mente y al final no quieres pensar en nada. Hedonista. Su relación con la profesora Date es un puro egoísmo compartido. Cinismo respecto al marido de ella. Mentir para no atormentarle. Hedonismo puro: placer por el placer. ¿Realmente quiere a la profesora? No. No se despiden con un beso. Todo gira en torno a la cama –aparece en muchas tomas de la habitación-. Se dan cita (analogía con la prostitución). Esa habitación donde se producen los encuentros es un lugar triste, no es un hogar. Ella le recrimina: no creo que no hayas vuelto a tu piso a buscar el resto de tus cosas. Le recrimina su cobardía. Cuando le dice que tú me has liberado, has cambiado mi vida, me has sacado de la rutina, aburrimiento. Ella no le toma en serio, se sonríe con ironía.
Borra de la pizarra: IRREVERSIBLE (lo había dicho de los gases; jamás vuelve a ser como era: esa situación), quizás como diciendo “ a ver si cambio”. Está desconcertado y desconcierta a los demás.. Su mujer le pregunta: ¿qué quieres? El médico también ¿qué es lo que busca?
Hecho relevante: cuando la profesora Date le cuenta que su marido le ha dicho que no puede vivir sin ella. ¿Y tú qué? Respuesta: Silencio. Es el único personaje que no evoluciona.

Bowman: empleado de Gene apodado “el sonrisas”
El que es considerado infeliz por todos, resulta que es el único que es realmente feliz. Honrado. Familiar: pendiente de su mujer e hijos. Procura siempre ver el lado positivo de las cosas. Tiene una actitud vital muy positiva. Quizás en exceso.
Tiene detalles: lleva tomates, galletas. No es rencoroso: en la cafetería Bowman es quien hace por saludar a Gene, mientras éste intenta fingir que no lo ha visto. Incluso da ánimos a Gene. Bondad y categoría humanas Su sonrisa a Bea no es un mera acción extraordinaria, aislada. Es consecuencia de una actitud vital. Es importante que sonriera en ese momento. Pero más importante es que lo hiciera habitualmente. El hecho de que tuviera esa actitud positiva hacia la vida, le permite en ese momento volver a sonreir. Importancia de la acción cotidiana. Influye mucho, más de lo que uno pueda prever. Es producto de la coherencia, de la autentidicidad de vida. Manera de ser consolidada. Es como una fuente. Quizás esa actitud en parte se aprende de unos padres, de la familia, de algún amigo, de algún modelo.
Hecho relevante: cuando Gene le despide.
Respuesta: Se pregunta si ha hecho algo mal. Valora más su conciencia que la desgracia del paro. Le importa salir limpio de allí. Intenta ver el lado positivo: vacaciones, descanso, así podré estar más tiempo con mis hijos. Da las gracias. Sonríe.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

La esencia del hombre

La esencia del hombre según Leonardo Polo

Podemos también empezar considerando al hombre como sustancia natural. Evidentemente se puede decir que el hombre es una sustancia natural, una sustancia viviente; y por lo tanto es una sustancia con naturaleza, como los animales, como todas esas sustancias no elementales, sustancias superiores, que existen en el cosmos. Hasta aquí bien, y en rigor aquí es donde se detiene Aristóteles: el hombre es una sustancia, una sustancia muy alta, pero una sustancia con naturaleza, y nada más. Esta es la antropología de Aristóteles: el hombre como sustancia natural; más elevada que otras sustancias naturales, pero no pasa de ser una sustancia, y por lo tanto el hombre es intracósmico.

Pero no, el hombre no es intracósmico, ¿por qué? Porque el hombre no está unificado por la unidad de orden; es decir, porque es perfecto de otra manera. Lo perfecto en el universo, es decir, la causa más primaria, o la más perfecta de todas, es la causa final. Lo más perfecto en el universo es el orden; la unidad de orden expresa la perfección del universo, y por eso ahí es donde se consuma, es decir, donde se pasa de sustancia con naturaleza a esencia: la esencia es la consideración del universo como perfecto, como agotando toda su plenitud causal, todo su análisis causal. Toda su analítica causal unificada es justamente la unidad de orden, el telos en sentido estricto. Pero en el caso del hombre no es así; en el caso del hombre la perfección es inherente. La causa final siempre es una causa extrínseca; es una perfección, pero es una perfección que como unidad de orden no pertenece a lo ordenado. Lo ordenado está ordenado por esa unidad de orden, pero la unidad de orden se distingue de lo ordenado, es una causa distinta, y por eso se dice extrínseca.

La naturaleza humana tiende a la perfección mediante la libertad

En el caso del hombre, aun considerado como sustancia natural, la perfección es intrínseca, es decir, el hombre es una sustancia natural capaz de autoperfección. Si la sustancia natural humana es capaz de autoperfección, entonces esa capacidad de autoperfeccionarse, y ese efectivo alcanzar la propia perfección, es justamente lo que yo entiendo como esencia del hombre. La esencia del hombre se distingue de la esencia universo en cuanto que esencia, en que ella misma se dota de perfección, en que la perfección le es intrínseca. Se constituye como esencia sin aludir a un factor extrínseco ordenante, o a un sentido causal ordenante, sino que consigue su perfección, digámoslo así, en una redundancia sobre sí misma. Y esa redundancia sobre sí misma es justamente lo que se suele llamar hábito; el hábito es la perfección de la naturaleza humana. Pero el hábito se distingue de la causa final, de la unidad de orden, es decir, de la perfección del universo, porque el hábito no es extrínseco a la naturaleza, sino que el hábito es una consecuencia de la naturaleza. Al desplegar el hombre su operatividad natural entonces adquiere hábitos: los hábitos intelectuales, o bien los hábitos de la voluntad, que son las llamadas virtudes morales, y también incluso las tenencias categoriales. Una naturaleza que es capaz de autoperfección, una naturaleza que no tiene su fin fuera de ella misma, por decirlo así, sino que se dota ella misma de su propia perfección, esa naturaleza no es del universo, sino superior al universo. Una naturaleza autoperfectible no es la esencia universo, sino que es otro tipo de esencia.

Señalamos una peculiaridad de la esencia del hombre que la distingue de la esencia universo y según la cual es una naturaleza autoperfectible, no como las sustancias naturales intracósmicas. Las sustancias naturales intracósmicas no son autoperfectibles, sino que son perfeccionadas por algo extrínseco a ellas que es la unidad de orden, justamente la que las abarca, o dentro de la cual están, por decirlo así.

Esto no es nada nuevo, aunque la terminología que vengo utilizando les pueda extrañar; lo encontramos por ejemplo en la noción de ecosistema. En el sistema ecológico unas cosas tienen que ver con otras, unos vivientes tienen que ver con otros vivientes, de tal manera que se constituye un orden; en rigor, si esto lo llevamos a sus últimas posibilidades, nos encontraríamos con que el universo es una unidad de orden; una unidad de orden que comporta algo ordenado, es decir, que se ejerce sobre algo, puesto que tiene un valor causal. Hay un cumplimiento del orden y el cumplimiento del orden corre a cargo de lo ordenado, y lo ordenado puede ser ordenado en la misma medida en que pueda serlo, o en que permita que la unidad del orden se le aplique. No todo es susceptible de ser ordenado de la misma manera; cada sustancia a través de su naturaleza, o a través del factor que sea si se trata de una sustancia sin naturaleza, cumple el orden según la medida de que es capaz. Cuando se trata de la naturaleza del hombre no es así, la naturaleza del hombre se da a sí misma su propia perfección.

Pues bien esa autoperfectibilidad distingue la esencia del hombre respecto del universo como esencia; y también se distingue realmente respecto de un acto de ser propio, el acto de ser personal. Pero ahora el acto de ser personal no es un primer principio, sino que es la persona. La persona es aquel acto de ser, podríamos ahora también decirlo así, cuya esencia distinta realmente de él es una naturaleza autoperfectiva; en cambio, cuando el acto de ser es un primer principio la esencia es la unidad de orden. También hay sustancia, y naturaleza; pero la perfección de todo eso es la unidad de orden. La unidad de orden es, por así decir, común a todas las sustancias, es la organización de todas las sustancias. En el hombre no es así: en el hombre la perfección se la da él a sí mismo, a través de sus propios actos; a través de sus actos el hombre adquiere una perfección propia. La naturaleza del hombre adquiere una perfección que le es estrictamente intrínseca, es decir, que es una elevación de la misma naturaleza; con lo cual el hombre no es meramente una naturaleza, sino que es una naturaleza esencializable ella misma. En cambio las sustancias naturales del universo no son esencializables, sino que son simplemente ordenables, porque la perfección que les corresponde es una perfección que las aglutina, pero que no se les comunica, en el sentido de que ellas mismas la generen. No, nada de eso; es otro sentido de la causalidad, que además es unitario y las congrega a todas: la unidad del orden.

La esencia del hombre así entendida es una esencia superior a la esencia universo. Paralelamente habría que decir que el acto de ser correspondiente, esos trascendentales humanos: la libertad, la intelección como trascendental, y el amor como trascendental, también son superiores a los trascendentales que podemos considerar en metafísica, que son el ser, la verdad y el bien. A la superioridad de la esencia le corresponde también una superioridad en el orden del ser; aunque en rigor habría que decirlo al revés: porque se trata de un ser superior, de una trascendentalidad superior, es por lo que la esencia es superior.

martes, 18 de septiembre de 2007

El matrimonio en el designio de Dios

La colección de Iniciación teológica de Rialp ha publicado un intereasante resumen de la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio. Los autores, Jorge Miras y Juan I. Bañares, ofrecen en apenas doscientas páginas un resumen que no tiene desperdicio, partiendo de es necesario "conocer a Dios y al hombre" para entender realmente el matrimonio. Ofrecemos un resumen del primer capítulo.

La Sagrada Escritura se sirve reiteradamente de la imagen del matrimonio para expresar el amor de Dios a los hombres.

La Sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gen 1,26-27) y se cierra con la visión de las "bodas del Cordero" (Ap 19,7.9). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su "misterio", de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación "en el Señor" (1 Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia (cf. Ef 5,31-32).(Catecismo de la Iglesia, 1602)

Indudablemente, no se trata de una casualidad. Como tampoco es casual que en todas las épocas y culturas se tenga conciencia de la grandeza del matrimonio: se intuya, de un modo u otro, su relación con las más hondas aspiraciones humanas de amor verdadero, aunque no siempre se perciba claramente su auténtica dignidad

"La íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias, se establece sobre la alianza del matrimonio... un vínculo sagrado... no depende del arbitrio humano. El mismo Dios es el autor del matrimonio" (GS 48,1). La vocación al matrimo¬nio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad (cf GS 47,2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial. "La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (GS 47,1).(Catecismo de la Iglesia, 1603)

Al utilizar precisamente esa imagen para darse a conocer, Dios nos muestra al mismo tiempo la naturaleza y el sentido del matrimonio: la unión conyugal del varón y la mujer, creados a su imagen y semejanza, (comunión), contiene también en sí misma, de algún modo, la semejanza divina; y por eso es sumamente adecuada para llevamos, por medio de algo que conocemos directamente, a vislumbrar el misterio de Dios y de su amor, que escapa a nuestro conocimiento inmediato

Deus caritas est, 11. La primera novedad de la fe bíblica, como hemos visto, consiste en la imagen de Dios; la segunda, relacionada esencialmente con ella, la encontramos en la imagen del hombre. La narración bíblica de la creación habla de la soledad del primer hombre, Adán, al cual Dios quiere darle una ayuda. Ninguna de las otras criaturas puede ser esa ayuda que el hombre necesita, por más que él haya dado nombre a todas las bestias salvajes y a todos los pájaros, incorporándolos así a su entorno vital. Entonces Dios, de una costilla del hombre, forma a la mujer. Ahora Adán encuentra la ayuda que precisa: « ¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! » (Gn 2, 23). En el trasfondo de esta narración se pueden considerar concepciones como la que aparece también, por ejemplo, en el mito relatado por Platón, según el cual el hombre era originariamente esférico, porque era completo en sí mismo y autosuficiente. Pero, en castigo por su soberbia, fue dividido en dos por Zeus, de manera que ahora anhela siempre su otra mitad y está en camino hacia ella para recobrar su integridad. En la narración bíblica no se habla de castigo; pero sí aparece la idea de que el hombre es de algún modo incompleto, constitutivamente en camino para encontrar en el otro la parte complementaria para su integridad, es decir, la idea de que sólo en la comunión con el otro sexo puede considerarse «completo». Así, pues, el pasaje bíblico concluye con una profecía sobre Adán: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gn 2, 24).
Por esta razón la doctrina de la Iglesia habla del misterio del matrimonio, con la certeza de que la íntima comunidad de vida y amor que se establece sobre la alianza matrimonial de un varón con una mujer no es una más entre las posibles formas de relación que pudiera inventar el hombre.

Por el contrario, «el mismo Dios es el autor del matrimonio» (Gaudium et spes, 48.). Él ha creado al hombre, varón y mujer, tal como son, y «la vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes» (CEC, 1603). Precisamente porque la naturaleza del matrimonio no depende del arbitrio del hombre o del azar, es posible descubrir los rasgos comunes y permanentes que lo caracterizan. Ante todo, porque la unión conyugal corresponde plenamente a la naturaleza humana, que es universal (común a todos los hombres en todos los lugares) y permanente (no cambia, en lo esencial, a lo largo del tiempo); y el hombre de buena voluntad, a pesar de las dificultades personales y culturales, es capaz de conocerse a sí mismo y de reconocer su propia naturaleza y las exigencias de su dignidad personal.

Pero, además, Dios, el autor de la naturaleza humana, ha salido al encuentro del hombre para comunicarse con él en la revelación. Al hablarnos de sí mismo y comunicarnos, con obras y palabras, su plan amoroso para nosotros, nos muestra también del modo más definitivo quiénes somos, cuál es el sentido y el valor de nuestra existencia. Esa revelación divina culmina con la encarnación del Hijo de Dios: Jesucristo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación»( Gaudium et spes, 22), que excede con mucho lo que el hombre es capaz de conocer de sí mismo con su sola razón.


Así, con la guía de la revelación, es posible alcanzar la verdad genuina del matrimonio, más allá de la ignorancia, de los errores y debilidades de los hombres, que pueden deformarla u oscurecerla. Al mismo tiempo, comprender la hondura de la huella de Dios en el matrimonio lleva a descubrir su función imprescindible en la historia de la salvación.

El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por eso los cristianos, junto con todos lo que tienen en gran estima a esta comunidad, se alegran sinceramente de los varios medios que permiten hoy a los hombres avanzar en el fomento de esta comunidad de amor y en el respeto a la vida y que ayudan a los esposos y padres en el cumplimiento de su excelsa misión. (GS, 47)

El designio en su «principio»

De los dos relatos bíblicos de la Creación del hombre (Gen 2,7.18-24), leídos en la Tradición de la Iglesia a la luz de la revelación definitiva en Cristo, se desprenden al unos el para comprender el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. De modo resumido podemos destacar los siguientes:

• Dios, que es Amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor, ha creado al hombre, varón y mujer, a su imagen y semejanza es decir, con la dignidad de persona, y por tanto como un ser capaz de amar y ser amado. Más aún lo ha creado por amor y lo llama al amor, no a la soledad: esta es la “vocación fundamental e innata de todo ser humano”.

• Varón y mujer son iguales en su dignidad de personas y, a la vez, distintos: su condición sexuada -masculina o femenina- es condición de la persona entera que da lugar a dos modos diversos de ser persona humana.

• Precisamente esa diversidad los hace complementarios: entre todas las criaturas vivientes solo el varón y la mujer se reconocen como ayuda adecuada el uno para el otro en cuanto personas: como otro yo a quien es posible amar.

• En virtud de esa complementariedad natural, la atracción espontánea entre el varón y la mujer puede convertirse, por obra de su entrega mutua, en una unión tan profunda que hace de los dos “una sola carne”, y por tanto es indivisible (como la propia carne que no puede separarse sin mutilación) y exige fidelidad exclusiva y perpetua.

• Esa unión lleva aparejada la bendición divina de la fecundidad, como promesa y como misión conjunta del varón y la mujer hechos una sola carne por su elección y entrega recíproca.

Así pues, la dignidad personal del varón y de la mujer, y su consiguiente vocación al amor, encuentran una primera y fundamental concreción en el matrimonio: una comunión de amor fecunda, que -a semejanza del amor divino- se vuelca en dar la vida a otros y en cuidar del mundo, ámbito de la existencia humana.

De este modo, la unión conyugal es imagen visible -grabada en la misma naturaleza humana desde su origen- de la comunión de amor personal que se da en la vida íntima de Dios, y del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Al mismo tiempo, y por la misma razón, es imagen de la realización plena de la vocación del hombre al amor, que culmina en la unión eterna con Dios.