lunes, 18 de julio de 2016

Pluralismo y respeto al discrepante

Pluralismo y respeto al discrepante como exigencias éticas de la política
Jesús Ballesteros, Catedrático Emérito de Filosofía del Derecho y Filosofía Política, Universitat de Valencia. ("Las Provincias, 17.07.2016)


En 2016 se cumple el 2.400 aniversario del nacimiento de Aristóteles.  Difícilmente se puede encontrar un autor mejor para recuperar la dignidad perdida de la política, frente a su fagocitación actual por la economía y las finanzas. Para él, la crematística al por mayor, en la que el dinero trata de producir dinero es una actividad degradante. Solo sería lícita para él la crematística al por menor, en el que el dinero está al servicio del comercio de mercancías. Pero por encima de ella se sitúa la economía, como relación persona-cosa, que persigue la satisfacción de necesidades humanas cotidianas, como la comida, el vestido o la vivienda, y que debe estar a su vez subordinada a la política, como relación persona-persona, que busca la excelencia.
Sin duda reestructurar las relaciones sociales en el sentido indicado por Aristóteles nos haría superar la crisis actual. Pero ahora quiero referirme a otro punto central de su pensamiento, el de la necesidad de la amistad en política. Naturalmente esta amistad no se refiere al enchufismo y la corrupción, que tanto abunda en la realidad actual, sino a la necesidad de excluir los odios y las enemistades personales en la política.

Esta falta de un mínimo de simpatía mutua entre los dirigentes ha sido la causa principal de la repetición de elecciones en España, un hecho insólito que pone de relieve la bajísima calidad de nuestros políticos. En efecto, el mensaje tanto del 20 de diciembre como del 26 de junio constituyen una clara indicación de la necesidad de diálogo para poder conformar un gobierno que haga frente a las principales inquietudes de los españoles, el paro, la corrupción, la crisis económica, la igualdad, la solidaridad interterritorial, así como el respeto a las creencias y a la libertad de las conciencias.

Los debates televisados en una y otra campaña han mostrado una escasísima capacidad crítica en relación con los defectos propios de cada partido y una arrogancia considerable al juzgar los defectos de los otros así como una defensa del  antiguo principio de no muy grato recuerdo  de que el “jefe no se equivoca nunca”.
A esta carencia de democracia interna va unida lógicamente la carencia de verdadero pluralismo. En efecto, se acepta de modo generalizado que el pluralismo, la diversidad de voces, es el elemento primordial de la auténtica política, lo que hace de ella el antídoto contra la opresión y el totalitarismo. De suyo, nuestra Constitución le considera uno de los principios rectores del ordenamiento jurídico. Sin embargo el pluralismo me parece uno de los elementos más ausentes del panorama político. En efecto en él aparecen demasiadas líneas rojas que impiden el libre discurrir de la pluralidad de opciones. Una de las más notables se refiere a la falta de cuestionamiento por la casi totalidad de los partidos políticos del problema de la deuda, el planteamiento de si en el monto total de la deuda, que por lo que se refiere al Estado español, ya está en 100% del PIB, no han existido componentes claros de ilegitimidad, la que se lleva a cabo por especuladores que recurren a los CDS, sin haber comprado bonos del Estado; CDS, que son responsables directos de la subida de la prima de la riesgo, y por tanto de la subida de los intereses de la deuda española en relación con la deuda alemana, que sirve de paradigma en el mundo europeo. Hay motivos suficientes para creer que este aumento de los intereses ha incrementado notablemente la cuantía de la deuda, y de que el procedimiento empleado es manifiestamente ilegitimo. Cuestionar este porcentaje de la deuda es importante porque contribuiría a aligerar los recortes que han reducido drásticamente los derechos sociales en áreas tan básicas como la sanidad o la educación. Del mismo modo se tiende a presentar como propio exclusivamente de extremistas el   replantear la actual organización de la Unión Europea basada en la división entre países beneficiarios del euro, los vinculados al anterior área del marco, y países perjudicados, el resto, que corresponde a los despectivamente llamados PIGS.  Solo este cuestionamiento podrá evitar la disolución de la Unión Europea, por su escasa solidaridad ante las “distintas velocidades” del proceso de integración. Resulta sintomático que el FMI haya advertido recientemente a Bruselas acerca de la necesidad de una menor insensibilidad con los problemas de Grecia. Estas  líneas rojas están trazadas por los gestores del capitalismo financiero, titulares del poder planetario, que no sin razón tantos estudiosos como Zymunt Bauman, han considerado que secuestra la política y la democracia en el presente.

Del mismo modo existe otra línea roja que prácticamente nadie se atreve a traspasar, en relación con la protección del embrión humano, al que deberíamos considerar uno de nosotros, porque todos hemos pasado por esa etapa hace más o menos tiempo. En este caso podría pensarse que la línea roja está trazada desde otros ámbitos, los defensores del hedonismo y de la primacía antifreudiana del placer sobre la realidad, pero en el fondo la raíz del desprecio a los derechos del embrión procede sobre todo de la industria biotecnológica, y en concreto de las técnicas de la reproducción artificial. En efecto esta industria que levanta miles de millones de dólares/euros en el mundo se basa en la consideración de que el embrión es un simple material de trabajo que puede ser utilizado al servicio del deseo de la paternidad, aunque ésta se produzca con la eliminación de los hermanos de los nuevos hijos.  Por tanto se trata en el fondo del mismo núcleo de poder que considera sagrado el pago de las deudas sin discriminación alguna, es decir del poder tecnológico/financiero que desde La City, Wall Street o Sillicon Valley ha sustituido a la soberanía popular.

Defender el pluralismo político hoy es una y la misma cosa que limitar este poder planetario que nos impone también expulsar a los refugiados que se empeñan en cruzar nuestras fronteras, porque nuestros intereses han hecho invivible la existencia dentro de las fronteras de sus respectivos países. Como resumió magistralmente un niño ante las cámaras de TVE, “no queremos ir a Europa. Queremos vivir en paz en Siria”. Pero la paz en Siria depende bastante de lo que ha hecho, hace o haga Europa.



sábado, 26 de marzo de 2016

La ideología de género hace daño a los niños

La ideología de género hace daño a los niños
Declaración de la Asociación Americana de Pediatría sobre la ideología de género
21 de marzo de 2016.

El Colegio Americano de Pediatras urge a los educadores y legisladores a rechazar todas las políticas que condicionen a los niños para aceptar como normal una vida de suplantación química o quirúrgica de su sexo por el sexo opuesto. Son los hechos, y no la ideología, quienes determinan la realidad.

1. La sexualidad humana es un rasgo biológico objetivo binario: XY y XX son marcadores genéticos saludables, no los marcadores genéticos de un trastorno. La norma del diseño humano es ser concebido como hombre o como mujer. La sexualidad humana es binaria por definición, siendo su finalidad obvia la reproducción y crecimiento de nuestra especie. Este principio es evidente por sí mismo. Los extraordinariamente raros trastornos del desarrollo sexual, entre ellos la feminización testicular [o síndrome de insensibilidad de los andrógenos, n.n.] y la hiperplasia suprarrenal congénita, son desviaciones de la norma sexual binaria, todas ellas médicamente identificables y directamente admitidas como trastornos del diseño humano. Los individuos con trastornos del desarrollo sexual no constituyen un tercer sexo (1).

2. Nadie nace con un género. Todos nacemos con un sexo biológico. El género (la conciencia y sentimiento de uno mismo como hombre o mujer) es un concepto sociológico y psicológico, no un concepto biológico objetivo. Nadie nace con conciencia de sí mismo como hombre o mujer; esta conciencia se desarrolla con el tiempo y, como todos los procesos de desarrollo, puede desviarse a consecuencia de las percepciones subjetivas del niño, de sus relaciones y de sus experiencias adversas desde la infancia. Quienes se identifican como "sintiéndose del sexo opuesto" o como "algo intermedio" no con forman un tercer sexo. Siguen siendo hombres biológicos o mujeres biológicas (2),(3),(4).

3. La creencia de una persona de que él o ella es algo que no es constituye, en el mejor de los casos, un signo de pensamiento confuso. Cuando un niño biológicamente sano cree que es una niña, o una niña biológicamente sana cree que es un niño, existe un problema psicológico objetivo en la mente, no en el cuerpo, y debe ser tratado como tal.
Estos niños padecen disforia de género. La disforia de género, antes denominada trastorno de identidad de género, es un trastorno mental así reconocido en la más reciente edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-V)(5). Las teorías psicodinámicas y de aprendizaje social sobre la disforia de género o trastorno de identidad de género nunca han sido refutadas (2),(4),(5).

4. La pubertad no es una enfermedad, y los bloqueadores hormonales pueden ser peligrosos. Reversibles o no, los bloqueadores hormonales inducen un estado de enfermedad -la ausencia de pubertad- e inhiben el crecimiento y la fertilidad en un niño que antes era biológicamente sano (6).

5. Según el DSM-V, hasta un 98% de niños con género confuso y hasta un 88% de niñas con género confuso aceptan finalmente su sexo biológico tras pasar la pubertad de forma natural (5).

6. Los niños que utilizan bloqueadores hormonales para reasignación de sexo necesitarán hormonas cruzadas al final de la adolescencia. Las hormonas cruzadas (testosterona y estrógenos) se asocian con riesgos para la salud, entre ellos hipertensión, coágulos de sangre, derrame cerebral y cáncer (7),(8),(9),(10).

7. Las tasas de suicidio son veinte veces mayores entre los adultos que utilizan hormonas cruzadas y sufren cirugía de reasignación de sexo, incluso en Suecia, que se encuentra entre los países con mayor respaldo LGBT (11). ¿Qué persona compasiva y razonable condenaría a ese destino a chicos jóvenes sabiendo que tras la pubertad hasta un 88% de las chicas y un 98% de los chicos aceptarán la realidad y alcanzarán un estado de salud física y mental?

8. Condicionar a los niños a creer que es normal estar toda la vida sustituyendo química y quirúrgicamente su propio sexo por el opuesto constituye un abuso infantil. Respaldar la discordancia de género como algo normal a través de la educación pública y de las políticas legales confundirá a hijos y padres, llevando a muchos niños a acudir a "clínicas de género" donde les administren fármacos bloqueadores hormonales. Esto, a su vez, virtualmente asegura que ellos "elegirán" recibir hormonas cruzadas cancerígenas o de un modo u otro tóxicas, y probablemente considerarán innecesariamente, cuando sean adultos jóvenes, la mutilación quirúrgica de sus órganos sanos.

Referencias:
(1) Consortium on the Management of Disorders of Sex Development, 
Clinical Guidelines for the Management of Disorders of Sex Development in Childhood, Intersex Society of North America, 25-3-2006.
(2) Kenneth J. Zucker y Susan J. Bradley, “Gender Identity and Psychosexual Disorders”, en Focus. The Journal of Lifelong Learning in Psychiatry, vol. III, nº 4, otoño de 2005 (págs. 598-617).
(3) Neil W. Whitehead, “Is Transsexuality biologically determined?”, en Triple Helix, otoño de 2000, págs. 6-8; véase también Neil W. Whitehead, “Twin Studies of Transsexuals” (descubre discordancias). 
(4) Sheila Jeffreys, Gender Hurts: A Feminist Analysis of the Politics of Transgenderism, Routledge, Nueva York, 2014, págs.1-35. 

(5) American Psychiatric Association, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 5ª edición, Arlington (Virginia), American Psychiatric Association, 2013 (págs. 451-459). Véase a partir de la página 455 los índices de persistencia de la disforia de género. [La cita se refiere a la edición norteamericana. 
Para la edición española, pincha aquí.]
(6) Wylie C. Hembree et al, "Endocrine treatment of transsexual persons: an Endocrine Society clinical practice guideline", en The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism,2009 (94), 9, págs. 3132-3154. 
(7) Michelle Forcier y Johanna Olson-Kennedy, “Overview of the management of gender nonconformity in children and adolescents”, en UpToDate, 4 de noviembre de 2015. 
(8) Eva Moore, Amy Wisniewski y Adrian Dobs, “Endocrine treatment of transsexual people: A review of treatment regimens, outcomes, and adverse effects”, en The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism, 2003; 88(9), págs. 3467-3473.

(9) FDA (Federal and Drug Administration), 
comunicación sobre la seguridad de productos de la testosterona.
(10) Organización Mundial de la Salud, clasificación de los estrógenos como cancerígenos. 

(11) Cecilia Dhejne et al, “Long-Term Follow-Up of Transsexual Persons Undergoing Sex Reassignment Surgery: Cohort Study in Sweden”, en PLoS ONE, 2011, 6(2). Trabajo del departamento de Neurociencia Clínica, división de Psiquiatría, Instituto Karolinska, Estocolmo.

jueves, 3 de diciembre de 2015

La política en tiempos de indignación

La política en tiempos de indignación
Daniel Innerarity
La política en tiempos de indignación no es una mera reflexión sobre el fenómeno social de la indignación, articulado después electoralmente en torno a propuestas populistas. El nuevo ensayo de Innerarity, más allá de lo que promete su título, ofrece una acabada comprensión de lo que realmente es la política, una actividad siempre amenazada por esa suplantación que estriba en apelar a certezas supuestamente incuestionables, que nos ahorrarían el engorroso trabajo político.
Es el caso de la mentalidad tecnócrata, proclive a pensar que, bien los dictámenes económicos o científicos, bien los datos demoscópicos, nos eximen de la fatigosa tarea de debatir, reflexionar, argumentar, negociar y confrontar las opciones contrapuestas e incluso contradictorias que se dan en la sociedad. Pero es el caso también, y de forma todavía más insidiosa, del populismo que desac-tiva la política mediante el procedimiento de apropiarse de la voluntad popular: ciudadanos y líderes populistas consideran que ellos son el pueblo y saben lo que de verdad quiere la gente; de esta manera el diálogo y el juego político, en el fondo, resultan superfluos.
Ante la desafección ciudadana y la indignación en que ahora se ha transmutado aquella, Innerarity nos invita a comprender que la ineptitud de la que parecen hacer gala los políticos no es la verdadera causa del desencanto reinante. Los políticos nos decepcionan, sobre todo, debido a la especial complejidad que reviste la política y a su insuperable carácter polémico y controvertido. Si ella decepciona es, antes que nada, porque a los ciudadanos nos cuesta aceptar que los problemas carecen de una solución plenamente satisfactoria y que la confrontación es consustancial a la condición política del ser humano. La política, más que de consensos, trata de articular civilizadamente el inevitable antagonismo presente en las sociedades.
Innerarity expone de una manera brillante e innovadora la concepción clásica de la democracia liberal. Parte importante del interés que tiene esta obra consiste en argumentar el parlamentarismo clásico con un lenguaje nuevo y con observaciones muy pegadas a la nueva realidad social: una sociedad compleja, globalizada, de límites difusos, en que las identidades han cobrado un gran valor y que se encuentra máximamente interconectada. La mejora de la democracia no vendrá tanto de la mano de una mayor participación ciudadana en referendos o asambleas, o por la movilización a través de Internet y las redes sociales, cuanto por el fortalecimiento –frente a sus enemigos– de la democracia representativa.
La intermediación propia de la democracia representativa, con su trabajo de reflexión, atención al conjunto, previsión del futuro, etc., “protege a la democracia frente a la ciudadanía, contra su inmadurez, debilidad, incertidumbre e impaciencia”.
Como viene diciendo el autor en obras anteriores –la presente viene a ser una síntesis de ellas–, lo que precisa la democracia no es tanto una regeneración y mucho menos un rearme moral, sino ponerla al día en términos cognitivos. Al igual que ha sucedido en otros ámbitos de la realidad social, la política ha de convertirse en un sistema inteligente, en el que aprendamos entre todos cómo construir una sociedad mejor.
Francisco Santamaría

jueves, 12 de noviembre de 2015

En la muerte de René Girard

Un autor imprescindible, con una teoría iluminadora
Aceprensa
         ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ
         10.NOV.2015

Hace unos años me encargó un periódico que, durante un verano, recomendase un libro esencial en un artículo breve que se publicaría cada jueves. Como saldría durante las nueve semanas de julio y agosto, sudé tinta china para limitarme a nueve libros solamente. Pero junto a la Divina comedia y otras cumbres majestuosas de la literatura universal, situé, haciendo una excepción, un ensayo de René Girard de impactante título: Veo a Satán caer como el relámpago. Ha pasado el tiempo y no me equivoqué. Es un libro esencial de un autor imprescindible.

René Girard, nacido el día de Navidad de 1923 en Aviñón, ha muerto este 4 de noviembre. Ha sido un sabio de esos tan extraños por los que suspiraba su compatriota Michel de Montaigne, capaces de transformar sus enseñanzas en vida y en luz para sus lectores. O sea, de los maestros que se atreven a saber, que no se enredan con academicismos ni se ponen delante de las corrientes de pensamiento de moda para parecer influyentes líderes de opinión. Una excepción, en definitiva, a la regla férrea (y plomiza) de la intelligentsia.
Su pensamiento tiene una naturaleza dramática, pero no porque él se regodee en ningún melodrama, todo lo contrario: porque ha ido creciendo sometido a la tensión continua y arriscada de sus descubrimientos encadenados. Hay quien acusa a René Girard de ser un pensador de una sola idea, olvidando que esa idea ha tenido una maduración y una modulación de años, con unas variaciones muy sutiles, aunque siempre coherentes. Y se obvia, sobre todo, que esa sola idea es una llave que abre casi todas las puertas: la antropológica, la literaria, la filosófica, la teológica, la política… Pero repasemos sus pasos.
Desear por imitación
El descubrimiento inicial es que el ser humano aprende a desear por imitación de los deseos del prójimo, envidiándolo. Lo diagnostica René Girard en la literatura, mientras hacía una crítica estructuralista de las grandes obras. Y expone su hallazgo en su sorprendente libro inaugural: Mentira romántica y verdad novelesca, de 1961. La geometría del deseo es triangular porque el ser humano no se relaciona directamente con lo que quiere, sino queriéndolo siempre y solo a través de un modelo deseante. Cervantes, Proust, Shakespeare, Dostoievski fueron conscientes de ello y lo reflejaron en sus obras. Mucho más tarde, en Geometrías del deseo volvió a la crítica literaria, cerrando el círculo y demostrando que sus herramientas de interpretación eran las mismas, pero más afiladas aún.
Ese deseo mimético, al recaer sobre un objeto cualquiera, pero siempre el mismo que desea el otro, desata un irremediable conflicto, muy susceptible de expandirse geométricamente por su propia naturaleza triangular y contagiosa. Tal dinámica genera una espiral de envidias, rivalidades y violencia que sería devastadora si no se encuentra (de un modo instintivo, tal vez casual) un chivo expiatorio al que cargar (de un modo secretamente arbitrario) las culpas de todos. Con su asesinato o sacrificio, la paz vuelve: una paz sugestionada y momentánea. Cuando el conflicto resurja, se tratará de repetir aquello que lo aplacó. El hecho originario se convierte en mito fundante, la víctima se diviniza y se busca un sustituto (un animal, generalmente) que ocupe el lugar del asesinado originario mediante una estricta ritualización.
Este mecanismo está por debajo de muchísimas costumbres no solo primitivas, sino clásicas. Y explica las grandes obras literarias, en especial, el teatro clásico griego, pues Edipo, Sófocles y Eurípides están siempre a punto de desenmascarar este mecanismo, sin atreverse a hacerlo al final del todo, porque, no lo olvidemos, es un método (injusto, desde luego) de salvación social, un inmunizarse contra el contagio mimético y la violencia letal que acarrea. Y no conocían ni concebían otro. Este segundo estadio lo expone René Girard en La violencia y lo sagrado (1972) y en El chivo expiatorio (1982)
El sacrifico de Cristo
Empujado por sus propios hallazgos, dio un paso más y se adentró en la teología. El ateo o agnóstico que había sido terminó viendo que la Pasión de Cristo es la denuncia perfecta y la destrucción absoluta de ese mecanismo victimario. La única víctima absolutamente inocente y a la que no se puede cargar con ninguna culpa, Jesús, se entrega por los pecados de los demás.

Partiendo de ese último hallazgo, Girard no sólo volvió al catolicismo de su niñez, sino que fue capaz de explicarnos, desde su propia ciencia y con sus herramientas profesionales, el cristianismo con una claridad tumbativa. Dejando a salvo el núcleo irreductible de la fe y del misterio, y recurriendo a los textos de la Biblia (véase el libro La ruta antigua de los hombres perversos, 1985), especialmente a Job y a los salmos; y apoyándose en los Padres de la Iglesia, sostiene que Jesús de Nazaret revierte el mecanismo del chivo expiatorio como el cordero inocente que quita el pecado del mundo. También desde la estricta antropología, el acontecimiento central de la historia es la Pasión de Cristo.
En un principio, por inercia de la denuncia de los sacrificios antiguos, René Girard insistió en el carácter antisacrificial del cristianismo. Con el tiempo ha rechazado esa conclusión. En su libro axial, Veo a Satán caer como el relámpago, declara que el de Cristo fue un verdadero sacrificio: el único verdadero, porque los anteriores eran asesinatos o inconscientes o camuflados o simbolizados. El sacrificio de Cristo revierte el mecanismo de raíz, porque nos invita a confesarnos culpables y a no cargar nuestras faltas en los hombros de nadie. El contagio mimético de la envidia ha de sanarse en cada uno, por cada uno, mediante la única imitación legítima, a instancias del sacrificio auténtico: el propio. Es la imitación de Cristo, donde el amor al prójimo sustituye a la envidia.
Enfermedades de nuestro tiempo
Esta luz irradia sobre la modernidad. La última veta del pensamiento de Girard ha consistido en estudiar cómo el hecho de que Jesucristo haya acabado con el mecanismo victimario y de que el mundo, en cambio, se resista a abandonarlo, produce la dialéctica exasperada de nuestra actualidad más rabiosa. El deseo mimético está tras algunas enfermedades de nuestro tiempo (La anorexia, Editorial Margot, 2009); la espiral de la violencia explica la dinámica militar y política (Clausewitz en los extremos: política, guerra y apocalipsis, Katz, 2010); y solo Jesucristo puede dar una respuesta definitiva, como expone en El sacrificio, un breve libro que es un gran resumen de su pensamiento.

Imposible escribir esta necrológica con la tristeza que exige el género. Girard tuvo una vida apasionante; y su obra, si no conoció los unánimes aplausos mediáticos, goza de lectores fervorosos y de discípulos fieles. Nada menos que Alejandro Llano (Deseo, violencia y sacrificio: el secreto del mito en René Girard, EUNSA, 2004) y Ángel Barahona (René Girard: de la ciencia a la fe, Encuentro, 2014) le han dedicado esclarecedores ensayos expositivos. Y Cesáreo Bandera es un discípulo creativo que ha sabido desarrollar su propio pensamiento a la luz de Girard, como demuestra en su último y deslumbrante estudio El refugio de la mentira (Canto y Cuento, 2015). Sus discípulos más magistrales son una garantía de la continuidad y la fecundidad de su obra. No es muy corriente acabar un obituario con una exaltación agradecida como la mía, pero es que René Girard ha sido un sabio excepcional.

domingo, 27 de septiembre de 2015

El papa Francisco, en Naciones Unidas

Jesus Ballesteros. Catedrático Emérito de Filosofía del Derecho y Filosofía Política (Univ. de Valencia)

Publicado en “Las Provincias” (27.9.2015)

El discurso del Papa Francisco de anteayer en Naciones Unidas viene a reiterar las ideas centrales expuestas en su Encíclica Laudato si respecto al vínculo existente entre la destrucción del ambiente y el aumento de la exclusión social. “El abuso y la destrucción del ambiente, al mismo tiempo, van acompañados por un imparable proceso de exclusión. En efecto, un afán egoísta e ilimitado de poder y de bienestar material lleva tanto a abusar de los recursos materiales disponibles como a excluir a los débiles”.

Este vínculo  viene dado porque los que destruyen la naturaleza son los mismos que excluyen a los pobres. En Laudato si, ap. 189, había escrito que “el dominio absoluto de las finanzas sólo podrá generar nuevas crisis después de una larga, costosa y aparente curación”. Ahora insiste, desde el comienzo de su intervención, en la grave  responsabilidad de instituciones como el Banco Mundial y el FMI “de velar por el desarrollo sostenible de los países y la no sumisión asfixiante de éstos a sistemas crediticios que, lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia, ya que ningún individuo o grupo humano se puede considerar omnipotente, autorizado a pasar por encima de la dignidad y de los derechos de las otras personas singulares o de sus agrupaciones sociales”.  Un ataque en toda regla a las Políticas de Ajuste Estructural que están empobreciendo a los países deudores en todo el mundo.

El Papa destaca las tristes consecuencias de la exclusión social, tales como “la trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado”.  
Para hacer frente a la exclusión social, “los gobernantes han de hacer todo lo posible a fin de que todos puedan tener la mínima base material y espiritual para ejercer su dignidad y para formar y mantener una familia, que es la célula primaria de cualquier desarrollo social. Este mínimo absoluto tiene en lo material tres nombres: techo, trabajo y tierra; y un nombre en lo espiritual: libertad de espíritu, que comprende la libertad religiosa, el derecho a la educación y todos los otros derechos cívicos”.
Por todo esto, “la medida y el indicador más simple y adecuado del cumplimiento de la nueva Agenda para el desarrollo será el acceso efectivo, práctico e inmediato, para todos, a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda propia, trabajo digno y debidamente remunerado, alimentación adecuada y agua potable; libertad religiosa, y más en general libertad de espíritu y educación. Al mismo tiempo, estos pilares del desarrollo humano integral tienen un fundamento común, que es el derecho a la vida y, más en general, el que podríamos llamar el derecho a la existencia de la misma naturaleza humana”.
Pero el pensamiento del Papa no puede ser leído nunca en clave ideológica, si no quiere ser desvirtuado. En el mismo discurso advierte cómo la protección la naturaleza y la supresión de la exclusión solo será posible si se da prioridad a las personas frente a las ideologías y a los intereses. Y en el muy importante discurso de 9 de julio pasado en Santa Cruz de la Sierra a los líderes de los movimientos populares había afirmado como “Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir”. Por ello en la Enciclica Laudato si afirmaba que el único modo de acabar con la dictadura de las finanzas es sustituir el afán consumista de   posesión de bienes materiales por la búsqueda de la paz del corazón.
En esta imposibilidad de manipular el discurso del  Papa en sentido ideológico puede destacarse  en el discurso en Naciones Unidas, cuando advierte que “la defensa del ambiente y la lucha contra la exclusión exigen el reconocimiento de una ley moral inscrita en la propia naturaleza humana, que comprende la distinción natural entre hombre y mujer (cf. Laudato si’, 155), y el absoluto respeto de la vida en todas sus etapas y dimensiones” (cf. ibíd., 123; 136).






jueves, 24 de septiembre de 2015

El misterio del matrimonio



La realidad humana del matrimonio
El matrimonio es una realidad natural, que responde al modo de ser persona, varón y mujer. En ese sentido enseña la Iglesia que “el mismo Dios es el autor del matrimonio (GS 48, 1). La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador"[1].
En lo fundamental, no se trata de una creación cultural, pues sólo el matrimonio refleja plenamente la dignidad de la unión entre varón y mujer. Sus características no han sido establecidas por ninguna religión, sociedad, legislación o autoridad humana; ni han sido seleccionadas para configurar distintos modelos matrimoniales y familiares según las preferencias del momento. En los designios de Dios, el matrimonio sigue a la naturaleza humana, sus propiedades son reflejo de ella.
La relación específicamente matrimonial
El matrimonio tampoco nace de un cierto tipo de acuerdo entre dos personas que quieren estar juntas más o menos establemente. Nace de un pacto conyugal: del acto libre por el que una mujer y un varón se dan y reciben mutuamente para ser matrimonio, fundamento y origen de una familia.
La totalidad de esa donación mutua es la clave de aquello en lo que consiste el matrimonio, porque de ella derivan sus cualidades esenciales y sus fines propios. Por eso, es entrega irrevocable. Los cónyuges dejan de ser dueños exclusivos de sí en los aspectos conyugales, y pasan a pertenecer cada uno al otro tanto como a sí mismos. Uno se debe al otro: no sólo están casados, sino que son esposos. Su identidad personal ha quedado modificada por la relación con el otro, que los vincula “hasta que la muerte los separe". Esta unidad de los dos, es la más íntima que existe en la tierra. Ya no está en su poder dejar de ser esposo o esposa, porque se han hecho “una sola carne"[2].
Una vez nacido, el vínculo entre los esposos ya no depende de su voluntad, sino de la naturaleza –en definitiva de Dios Creador–, que los ha unido. Su libertad ya no se refiere a la posibilidad de ser o no ser esposos, sino a la de procurar o no vivir conforme a la verdad de lo que son.
La "totalidad" natural de la entrega propiamente matrimonial
En realidad, sólo una entrega que sea don total de sí y una aceptación también total responden a las exigencias de la dignidad de la persona. Esta totalidad no puede ser más que exclusiva: es imposible si se da un cambio simultáneo o alternativo en la pareja, mientras vivan los dos cónyuges.
Implica también la entrega y aceptación de cada uno con su futuro: la persona crece en el tiempo, no se agota en un episodio. Sólo es posible entregarse totalmente para siempre. Esta entrega total es una afirmación de libertad de ambos cónyuges. Totalidad significa, además, que cada esposo entrega su persona y recibe la del otro, no de modo selectivo, sino en todas sus dimensiones con significado conyugal.
Concretamente, el matrimonio es la unión de varón y mujer basada en la diferencia y complementariedad sexual, que –no casualmente– es el camino natural de la transmisión de la vida (aspecto necesario para que se dé la totalidad). El matrimonio es potencialmente fecundo por naturaleza: ese es el fundamento natural de la familia. Entrega mutua, exclusiva, perpetua y fecunda son las características propias del amor entre varón y mujer en su plenitud humana de significado.
La reflexión cristiana los ha llamado desde antiguo propiedades esenciales (unidad e indisolubilidad) y fines (el bien de los esposos y el de los hijos) no para imponer arbitrariamente un modelo de matrimonio, sino para tratar de expresar a fondo la verdad “del principio"[3].
La sacralidad del matrimonio
La íntima comunidad de vida y amor que se funda sobre la alianza matrimonial de un varón y una mujer refleja la dignidad de la persona humana y su vocación radical al amor, y como consecuencia, a la felicidad. El matrimonio, ya en su dimensión natural, posee un cierto carácter sagrado. Por esta razón la Iglesia habla del misterio del matrimonio[4].
Dios mismo, en la Sagrada Escritura, se sirve de la imagen del matrimonio para darse a conocer y expresar su amor por los hombres[5].La unidad de los dos, creados a imagen de Dios, contiene en cierto modo la semejanza divina, y nos ayuda a vislumbrar el misterio del amor de Dios, que escapa a nuestro conocimiento inmediato[6]Pero, la criatura humana quedó hondamente afectada por las heridas del pecado. Y también el matrimonio se vio oscurecido y perturbado[7]. Esto explica los errores, teóricos y prácticos, que se dan respecto a su verdad.
Pese a ello, la verdad de la creación subsiste arraigada en la naturaleza humana[8], de modo que las personas de buena voluntad se sienten inclinadas a no conformarse con una versión rebajada de la unión entre varón y mujer. Ese verdadero sentido del amor –aun con las dificultades que experimenta– permite a Dios, entre otros modos, el darse a conocer y realizar gradualmente su plan de salvación, que culmina en Cristo.
El matrimonio, redimido por Jesucristo
Jesús enseña en su predicación, de un modo nuevo y definitivo, la verdad originaria del matrimonio[9]. La “dureza de corazón", consecuencia de la caída, incapacitaba para comprender íntegramente las exigencias de la entrega conyugal, y para considerarlas realizables. Pero llegada la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios “revela la verdad originaria del matrimonio, la verdad del 'principio', y, liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla plenamente"[10], porque “siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces, los esposos podrán 'comprender' el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo"[11].
El matrimonio, sacramento de la Nueva Ley
Al constituir el matrimonio entre bautizados en sacramento[12], Jesús lleva a una plenitud nueva, sobrenatural, su significado en la creación y bajo la Ley Antigua, plenitud a la que ya estaba ordenado interiormente[13].
El matrimonio sacramental se convierte en cauce por el que los cónyuges reciben la acción santificadora de Cristo, no solo individualmente como bautizados, sino por la participación de la unidad de los dos en la Nueva Alianza con que Cristo se ha unido a la Iglesia[14]. Así, el Concilio Vaticano II lo llama “imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia"[15].
Esto significa, entre otras cosas, que esa unión de los esposos con Cristo no es extrínseca (es decir, como si el matrimonio fuera una circunstancia más de la vida), sino intrínseca: se da a través de la eficacia sacramental, santificadora, de la misma realidad matrimonial[16]. Dios sale al encuentro de los esposos, y permanece con ellos como garante de su amor conyugal y de la eficacia de su unión para hacer presente entre los hombres Su Amor.
Pues, el sacramento no es principalmente la boda, sino el matrimonio, es decir, la “unidad de los dos", que es “signo permanente" (por su unidad indisoluble) de la unión de Cristo con su Iglesia. De ahí que la gracia del sacramento acompañe a los cónyuges a lo largo de su existencia[17].
De ese modo, “el contenido de la participación en la vida de Cristo es también específico: el amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos integrantes de la persona (...). En una palabra, tiene las características normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no solo las purifica y consolida, sino que las eleva, hasta el punto de hacer de ellas expresión de valores propiamente cristianos"[18].
Desde muy pronto, la consideración de este significado pleno del matrimonio, a la luz de la fe y con las gracias que el Señor le concedía para comprender el valor de la vida ordinaria en los planes de Dios, llevó a san Josemaría a entenderlo como verdadera y propia vocación cristiana: “Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar"[19].
[1]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1603.
[2]Mt 19,6.
[3]Cfr. Mt 19,4.8.
[4]Cfr. Ef 5,22-23.
[5]Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1602.
[6] Cfr. Benedicto XVI, Deus Caritas Est, n. 11.
[7]Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1608.
[8]Cfr. ibid.
[9]Cfr. Mt 19,3-4.
[10]San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 13.
[11]Catecismo de la Iglesia Católica, 1615.
[12]Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1617.
[13]Cfr. San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 13.
[14]Cfr. Ef 5,25-27.
[15]Gaudium et Spes, n. 48.
[16]Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1638 ss.
[17]Cfr. San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 56.
[18]San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 13.

[19]San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 23.