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miércoles, 6 de marzo de 2013

El puente de los hábitos



         JOSÉ RAMÓN AYLLÓN
Aceprensa
  
Georges Steiner se queja en La barbarie de la ignorancia de que, en todo el mundo, el noventa y nueve por ciento de los seres humanos prefieren –y están en su perfecto derecho– la televisión idiota, la lotería, el Tour de Francia, el fútbol o el bingo antes que la cultura escrita. El sabio profesor confiesa que lleva toda su vida esperando que la escolarización obligatoria y la proliferación de bibliotecas cambien tal porcentaje, pero eso nunca sucede. Porque el animal humano es muy perezoso, mientras que la cultura es exigente.

Es evidente que ponerse a estudiar es una elección. En la sencilla disyuntiva entre estudiar o no estudiar, la probabilidad de abrir un libro puede ser alta. En cambio, si lo que se me ofrece como alternativa es entrenar con mi equipo de fútbol, ver una película, manejar la Play o la Game, navegar por internet, chatear, asistir a clases de inglés en una academia, o de clarinete en un conservatorio…, entonces también es evidente que la probabilidad de abrir un libro será mínima. El estudio requiere tiempo y sosiego, justo lo que apenas tenemos en nuestras sociedades avanzadas.
Por si fuera poco, este nuevo estilo de vida, al que llamamos “progreso”, tiene otros efectos colaterales, contrarios a cualquier actividad intelectual. El Ministerio de Sanidad reconoce que la cuarta parte de los jóvenes españoles juguetean con la droga y el alcohol de forma irresponsable. Y nos consta que las consultas de niños y adolescentes a psicólogos y psiquiatras aumentan en la misma proporción que las rupturas familiares.
Apague y lea
¿Qué podemos hacer? “Apague y lea” –como titulaba Sánchez Dragó una de sus columnas– es un buen lema, pero no es fácil aplicarlo, pues ya no estamos enchufados a un televisor, sino a una docena de sofisticados cachivaches, que quizá sean las nuevas cadenas de los nuevos esclavos. Suelo recomendar a mis alumnos menos facebook y más the face on the book, pero solo consigo que sonrían.

Se ha dicho que quien siembra actos recoge hábitos, y quien siembra hábitos cosecha su propio carácter

Felipe –el simpático y apático amigo de Mafalda– estaba hace años en minoría. Hoy, por el contrario, Felipe somos todos –niños, jóvenes y adultos–, inmersos en una nueva civilización que –como señala Lipovetsky– ya no se dedica a vencer el deseo sino a exacerbarlo, de manera que la obligación ha sido reemplazada por la seducción, el bienestar se ha convertido en Dios, y la publicidad en su profeta.
Abotargados por la omnipresente cultura del ocio y el exceso de pan y circo, no es extraño que nuestros jóvenes padezcan la falta de voluntad de Felipe y la indiferencia desdeñosa de Manolito, que se pregunta “a mí qué más me da saber si el Everest es navegable o no”.
Una importancia absoluta
Sabemos que la adquisición de hábitos tiene una enorme importancia educativa. Junto a la naturaleza biológica, que recibimos antes de nacer, la educación nos brinda una segunda naturaleza: a base de repetir los mismos actos, vamos tejiendo nuestro propio estilo de conducta, nuestro modo de ser.
Pero la libertad nos ofrece la doble posibilidad de lograr tanto una conducta digna y lógica, como una conducta indigna y patológica. Así –dice Aristóteles– unos se hacen justos y otros injustos, unos trabajadores y otros perezosos, responsables o irresponsables, amables o violentos, veraces o mentirosos, reflexivos o precipitados, constantes o inconstantes. En consecuencia, concluye el filósofo, “adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos no tiene poca o mucha importancia: tiene una importancia absoluta”.
Cualquier profesional de la enseñanza sabe que estas palabras de Aristóteles están cargadas de razón. Al igual que una golondrina no hace verano, un acto aislado no constituye un modo de ser, pero su repetición bien puede lograrlo. Por eso se ha dicho que quien siembra actos recoge hábitos, y quien siembra hábitos cosecha su propio carácter.
En la tarea educativa interesan los valores, pero mucho más las virtudes, porque éstas son la encarnación de aquellos

Misteriosa incoherencia

Toda repetición supone, en mayor o menor grado, fuerza de voluntad. Pero la voluntad –que lo fue todo durante siglos– tiene mala prensa en una época que valora la libertad por encima de todo. Por eso conviene recordar que una libertad sin voluntad constituye un divorcio nada recomendable.
Si los hábitos positivos no arraigan pronto, la personalidad del niño y del joven queda a merced de la ley del gusto. Cuando Lázaro de Tormes se aficiona al vino, el astuto ciego a quien servía sospechó y vigiló el jarro en las comidas. Pero el deseo ya había ganado la batalla a la voluntad del chiquillo, quien reconoce con sencillez: “Yo, como estaba hecho al vino, moría por él”.
La adquisición de hábitos tropieza con otro obstáculo permanente: por una misteriosa incoherencia, ningún ser humano es como a él le gustaría ser. “Veo lo mejor y lo apruebo –reconoce el poeta Ovidio–, pero sigo lo peor”. No se trata de falta de libertad sino de falta de fuerzas. Quien fuma cuando no quiere fumar, o no respeta el régimen de comida que había decidido guardar, sabe que se contradice libremente.
Ese querer y no querer no tiene otro tratamiento que el esfuerzo por vencer en cada caso. Esa debilidad constitutiva hace necesario el entrenamiento de la voluntad. Y ese entrenamiento supone esfuerzo, sacrificio, especialmente en sus comienzos. Supone negarse o vencerse en los gustos y en las inclinaciones inmediatas, lo cual sin duda es difícil, pero también gratificante.
La cultura del esfuerzo

Por vivir en una cultura del éxito, con devoción hacia los que triunfan, conviene aclarar que la fuerza de voluntad no solo es necesaria para el común de los mortales, sino también para los que triunfan, incluso para los genios.
Demóstenes, el más brillante de los oradores griegos, fue un niño huérfano y tartamudo, con dislalia y muy poca voz. Beethoven compuso la Quinta Sinfonía casi sordo. Mozart compuso su Requiem en el lecho de la muerte, afligido por grandes dolores. Dante escribió la Divina comedia en el destierro y la pobreza, a lo largo de treinta años. La mejor novela del mundo fue escrita por un hombre manco, que supo sobreponerse a la pobreza y a la cárcel, a las humillaciones y a la infamia. Los ejemplos de este estilo son innumerables, y ponen de manifiesto que el mundo avanza a remolque de la gente que persevera en su empeño.
En España, la cultura del esfuerzo tropieza, desde hace décadas, con el síndrome lúdico, introducido por políticos y pedagogos que ignoran el gran consejo de Unamuno: “El que quiera enseñar jugando, acabará jugando a enseñar”. Nuestro síndrome lúdico, reacio a la exigencia y al esfuerzo, es reforzado por algunas señas de identidad de nuestra sociedad. Si para los políticos solo somos votantes –nunca personas–, para la economía capitalista somos consumidores, a ser posible consumidos por el consumo, y cuanto antes.
Por ello, no nos extraña que entre nosotros proliferen tipos humanos adolescentes, compulsivos, poco dados a la reflexión, con alergia a la responsabilidad. Al hablar de tipos adolescentes no me refiero solamente a los jóvenes. Mercedes Ruiz Paz, en su magnífico ensayo Los límites de la educación, tal vez pone el dedo en la auténtica llaga cuando nos dice que en nuestro país, unos millones de adolescentes de 13 a 18 años están siendo educados por otros adolescentes de 30 a 40 años.
Valores convertidos en virtudes

La cristalización de un hábito positivo produce una virtud. Por el contrario, si lo que arraiga es un hábito negativo, lo que tendremos es un vicio, como hemos visto en el Lazarillo. De ahí la importancia absoluta de la buena educación, pues lo que está en juego es la persona: su conducta lógica o patológica en el futuro, su vida lograda o malograda. Cervantes dedica este elogio a los profesores del colegio donde muy probablemente estudió:.
“Recibí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con las letras les mostraban. Consideraba cómo los reñían con suavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con ejemplos, los incitaban con premios y los sobrellevaban con cordura, y, finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de los vicios, y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que, aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el fin para que fueron criados”.
De acuerdo con Cervantes, podemos añadir que en la tarea educativa nos interesan los valores, por supuesto. Pero mucho más nos interesan las virtudes, porque éstas son la encarnación de aquellos.
El paso de los valores a las virtudes es el paso de la teoría del bien a la práctica del bien, y ese tránsito se da por el puente de los hábitos. Con una acertada comparación, Aristóteles dirá que no nos interesa saber en qué consiste la salud, sino estar sanos. Si los valores no se convierten en virtudes, vender valores es vender humo.
Esperando a San Benito
Pero nadie da lo que no tiene. Desde Platón sabemos que solo puede educar en virtudes quien previamente es virtuoso, como “aquellos benditos padres y maestros”, de quienes el escritor destaca su amor, su solicitud, sus recursos pedagógicos, su criterio, su paciencia…
Y esto nos lleva a la certera propuesta de MacIntyre: la urgencia de crear comunidades donde florezcan la vida civil, moral e intelectual en medio de “las nuevas edades oscuras que ya caen sobre nosotros. Pues si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir a los horrores de las pasadas edades oscuras, no estamos enteramente faltos de esperanza. Sin embargo, en nuestra época los bárbaros no esperan al otro lado de las fronteras, sino que llevan gobernándonos hace algún tiempo. Y nuestra falta de conciencia de ello, constituye parte de nuestra difícil situación. No estamos esperando a Godot, sino a otro, sin duda muy diferente: a San Benito”.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

La esencia del hombre

La esencia del hombre según Leonardo Polo

Podemos también empezar considerando al hombre como sustancia natural. Evidentemente se puede decir que el hombre es una sustancia natural, una sustancia viviente; y por lo tanto es una sustancia con naturaleza, como los animales, como todas esas sustancias no elementales, sustancias superiores, que existen en el cosmos. Hasta aquí bien, y en rigor aquí es donde se detiene Aristóteles: el hombre es una sustancia, una sustancia muy alta, pero una sustancia con naturaleza, y nada más. Esta es la antropología de Aristóteles: el hombre como sustancia natural; más elevada que otras sustancias naturales, pero no pasa de ser una sustancia, y por lo tanto el hombre es intracósmico.

Pero no, el hombre no es intracósmico, ¿por qué? Porque el hombre no está unificado por la unidad de orden; es decir, porque es perfecto de otra manera. Lo perfecto en el universo, es decir, la causa más primaria, o la más perfecta de todas, es la causa final. Lo más perfecto en el universo es el orden; la unidad de orden expresa la perfección del universo, y por eso ahí es donde se consuma, es decir, donde se pasa de sustancia con naturaleza a esencia: la esencia es la consideración del universo como perfecto, como agotando toda su plenitud causal, todo su análisis causal. Toda su analítica causal unificada es justamente la unidad de orden, el telos en sentido estricto. Pero en el caso del hombre no es así; en el caso del hombre la perfección es inherente. La causa final siempre es una causa extrínseca; es una perfección, pero es una perfección que como unidad de orden no pertenece a lo ordenado. Lo ordenado está ordenado por esa unidad de orden, pero la unidad de orden se distingue de lo ordenado, es una causa distinta, y por eso se dice extrínseca.

La naturaleza humana tiende a la perfección mediante la libertad

En el caso del hombre, aun considerado como sustancia natural, la perfección es intrínseca, es decir, el hombre es una sustancia natural capaz de autoperfección. Si la sustancia natural humana es capaz de autoperfección, entonces esa capacidad de autoperfeccionarse, y ese efectivo alcanzar la propia perfección, es justamente lo que yo entiendo como esencia del hombre. La esencia del hombre se distingue de la esencia universo en cuanto que esencia, en que ella misma se dota de perfección, en que la perfección le es intrínseca. Se constituye como esencia sin aludir a un factor extrínseco ordenante, o a un sentido causal ordenante, sino que consigue su perfección, digámoslo así, en una redundancia sobre sí misma. Y esa redundancia sobre sí misma es justamente lo que se suele llamar hábito; el hábito es la perfección de la naturaleza humana. Pero el hábito se distingue de la causa final, de la unidad de orden, es decir, de la perfección del universo, porque el hábito no es extrínseco a la naturaleza, sino que el hábito es una consecuencia de la naturaleza. Al desplegar el hombre su operatividad natural entonces adquiere hábitos: los hábitos intelectuales, o bien los hábitos de la voluntad, que son las llamadas virtudes morales, y también incluso las tenencias categoriales. Una naturaleza que es capaz de autoperfección, una naturaleza que no tiene su fin fuera de ella misma, por decirlo así, sino que se dota ella misma de su propia perfección, esa naturaleza no es del universo, sino superior al universo. Una naturaleza autoperfectible no es la esencia universo, sino que es otro tipo de esencia.

Señalamos una peculiaridad de la esencia del hombre que la distingue de la esencia universo y según la cual es una naturaleza autoperfectible, no como las sustancias naturales intracósmicas. Las sustancias naturales intracósmicas no son autoperfectibles, sino que son perfeccionadas por algo extrínseco a ellas que es la unidad de orden, justamente la que las abarca, o dentro de la cual están, por decirlo así.

Esto no es nada nuevo, aunque la terminología que vengo utilizando les pueda extrañar; lo encontramos por ejemplo en la noción de ecosistema. En el sistema ecológico unas cosas tienen que ver con otras, unos vivientes tienen que ver con otros vivientes, de tal manera que se constituye un orden; en rigor, si esto lo llevamos a sus últimas posibilidades, nos encontraríamos con que el universo es una unidad de orden; una unidad de orden que comporta algo ordenado, es decir, que se ejerce sobre algo, puesto que tiene un valor causal. Hay un cumplimiento del orden y el cumplimiento del orden corre a cargo de lo ordenado, y lo ordenado puede ser ordenado en la misma medida en que pueda serlo, o en que permita que la unidad del orden se le aplique. No todo es susceptible de ser ordenado de la misma manera; cada sustancia a través de su naturaleza, o a través del factor que sea si se trata de una sustancia sin naturaleza, cumple el orden según la medida de que es capaz. Cuando se trata de la naturaleza del hombre no es así, la naturaleza del hombre se da a sí misma su propia perfección.

Pues bien esa autoperfectibilidad distingue la esencia del hombre respecto del universo como esencia; y también se distingue realmente respecto de un acto de ser propio, el acto de ser personal. Pero ahora el acto de ser personal no es un primer principio, sino que es la persona. La persona es aquel acto de ser, podríamos ahora también decirlo así, cuya esencia distinta realmente de él es una naturaleza autoperfectiva; en cambio, cuando el acto de ser es un primer principio la esencia es la unidad de orden. También hay sustancia, y naturaleza; pero la perfección de todo eso es la unidad de orden. La unidad de orden es, por así decir, común a todas las sustancias, es la organización de todas las sustancias. En el hombre no es así: en el hombre la perfección se la da él a sí mismo, a través de sus propios actos; a través de sus actos el hombre adquiere una perfección propia. La naturaleza del hombre adquiere una perfección que le es estrictamente intrínseca, es decir, que es una elevación de la misma naturaleza; con lo cual el hombre no es meramente una naturaleza, sino que es una naturaleza esencializable ella misma. En cambio las sustancias naturales del universo no son esencializables, sino que son simplemente ordenables, porque la perfección que les corresponde es una perfección que las aglutina, pero que no se les comunica, en el sentido de que ellas mismas la generen. No, nada de eso; es otro sentido de la causalidad, que además es unitario y las congrega a todas: la unidad del orden.

La esencia del hombre así entendida es una esencia superior a la esencia universo. Paralelamente habría que decir que el acto de ser correspondiente, esos trascendentales humanos: la libertad, la intelección como trascendental, y el amor como trascendental, también son superiores a los trascendentales que podemos considerar en metafísica, que son el ser, la verdad y el bien. A la superioridad de la esencia le corresponde también una superioridad en el orden del ser; aunque en rigor habría que decirlo al revés: porque se trata de un ser superior, de una trascendentalidad superior, es por lo que la esencia es superior.