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lunes, 28 de octubre de 2013
El sentido de la fiesta
domingo, 15 de febrero de 2009
Sobre el sentido del dolor
El dolor es un misterio. Hay que acercarse a él de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tenemos que acercarnos con delicadeza, como un cirujano ante una herida. Y con realismo, sin que bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad.
La primera consideración que yo haría es la de la «cantidad» de dolor que hay en el mundo. Después de tantos siglos de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Y en muchos aspectos la cantidad del dolor aumenta. Se preguntaba Péguy: ¿Creemos acaso que la Humanidad esta sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la Humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?
la montaña del dolor
Los medios de comunicación nos hacen comprender mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del siglo XIV conocía el dolor de sus doscientos o de sus diez mil convecinos, pero no tenía ni idea de lo que se sufría en la nación vecina o en otros continentes. Hoy, afortunada o desgraciadamente, nos han abierto los ojos y sabemos el número de muertos o asesinados que hubo ayer. Sabemos que 40 millones de personas mueren de hambre al año. Y hoy se lucha más que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Cuando hemos derrotado una enfermedad, aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el SIDA?) que toman el puesto de las derrotadas. En la España de hoy, y a esta misma hora, hay tres millones de españoles enfermos. Y diez millones pasan cada año por dolencias más o menos graves. Pero el resto de sus compatriotas (y de sus familiares) prefiere vivir como si estos enfermos no existieran. Se dedican a vivir sus vidas y piensan que ya se plantearán el problema cuando «les toque» a ellos.
Sabemos muy poco del dolor y menos aún de su porqué. ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate la víspera de su boda, dejando destruidos a los suyos? ¿Por qué sufren los niños inocentes? Nosotros, cristianos, debemos ser prudentes al responder a estas preguntas que destrozan el alma de media Humanidad. ¿Quién ignora que muchas crisis de fe se producen al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido?
Dar explicaciones a medias es contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: El sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Algunas respuestas pueden aclarar algo el problema y debemos usarlas, pero sabiendo siempre que nunca explicaremos el dolor de los inocentes.
teorías, no
Una de esas respuestas parciales podía ser la que afirma que dedicarse a combatir el dolor es más importante y urgente que dedicarse a hacer teorías y responder porqués. Hemos gastado más tiempo en preguntarnos por qué sufrimos que en combatir el sufrimiento. Por eso, ¡benditos los médicos, las enfermeras, cuantos se dedican a curar cuerpos o almas, cuantos luchan por disminuir el dolor en nuestro mundo!
El dolor es una herencia de todos los humanos, sin excepción. Un gran peligro del sufrimiento es que empieza convenciéndonos de que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo o los que más sufrimos. Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un dolor de muelas nos hace creemos la víctima número uno del mundo. Si en un telediario nos muestran miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos; si nos duele el dedo meñique gastamos un día en autocompadecemos. Tendríamos que empezar por el descubrimiento del dolor de los demás para medir y situar el nuestro.
Es la humilde aceptación de que el hombre, todo hombre, es un ser incompleto y mutilado. Es el descubrimiento de que se puede ser feliz a pesar del dolor, pero es imposible vivir toda una vida sin él. El mayor descubrimiento, el que más me ha tranquilizado como hombre ha sido precisamente este sano realismo. Tratar de no mitificar mi enfermedad, no volverme contra Dios y contra la vida, como si yo fuera una víctima excepcional. Desde el primer momento me planteé la obligación de pensar que «yo no era un enfermo», sino «un señor que tiene un problema» como «todos» tienen sus problemas.
Cuando vas conociendo a los hombres, descubres que «todos» son mutilados de algo. Así pensé que a mí me faltaban los riñones o me sobraba un cáncer, pero que a los demás o les faltaba un brazo, o no tenían trabajo, o tenían un amor no correspondido, o un hijo muerto. Todos. ¿Qué derecho tenía yo, entonces, a quejarme de mis carencias, como si fueran las únicas del mundo? Sentirme especialmente desgraciado me parecía ingenuo y, sobre todo, indigno.
demasiada retórica
La tercera gran respuesta es ver los aspectos positivos de la enfermedad. Quiero prevenir contra un gran error muy difundido entre personas de buena voluntad: la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo objetivamente bueno. Creo que se ha hecho, especialmente entre los cristianos, mucha retórica sobre la bondad del dolor, con la que se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose, con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos.
Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no fue hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó a combatir el dolor en los demás, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y lo asumió porque era la voluntad de su Padre. Y entonces acabó convirtiendo el dolor en redención. Es mejor no echarle almíbar piadoso al dolor. Pero hay que decir sin ningún rodeo que en la mano del hombre está conseguir que ese dolor sea ruina o parto. El hombre no puede impedir su dolor, pero puede conseguir que no lo aniquile, e incluso lograr que ese dolor lo levante en vilo.
En lo humano y mucho más en lo sobrenatural, el dolor puede llegar a ser uno de los grandes motores del hombre. Luis Rosales afirmaba que «los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir». El dolor es parte de nuestra condición humana; deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad. No hay hombre sin dolor. Y no es que Dios «tolere» los dolores, es, simplemente, que Dios respeta la condición temporal del hombre, lo mismo que respeta que un círculo no pueda ser cuadrado. Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.
vinagre, o vino generoso
El hombre tiene en sus manos esa opción de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso. Yo he comprobado aquella frase de León Bloy que aseguraba que en el corazón del hombre hay muchas cavidades que desconocemos hasta que viene el dolor a descubrírnoslas. Así puedo afirmar que el dolor es, probablemente, lo mejor que me ha dado la vida y que, siendo en sí una experiencia peligrosa, se ha convertido más en un acicate que en un freno.
Pase lo que pase, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo, tienes ya una disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean. Debes considerar la enfermedad como un handicap, como un «reto», como una nueva forma para testimoniar tu fe y realizar tu vida. Has de buscar todos los modos para sacar todo lo positivo que haya en la enfermedad y así rentabilizar más tu vida. Lo verdaderamente grave de la enfermedad es cuando ésta se alarga y se alarga. Un dolor corto, por intenso que sea, no es difícil de sobrellevar. Lo verdaderamente difícil es cuando ese camino de la cruz dura años, y peor aún si se vive con poca o ninguna esperanza de curación en lo humano.
Sólo la gracia de Dios ha podido mantenerme alegre en estos años. Y confieso haberla experimentado casi como una mano que me acariciase. Dios no me ha fallado en momento alguno. Yo llamaría milagro al hecho de que en casi todas las horas oscuras siempre llegaba una carta, una llamada telefónica, un encuentro casual en una calle, que me ayudaba a recuperar la calma. Confieso con gozo que nunca me sentí tan querido como en estos años. Y subrayo esto porque sé muy bien que muchos otros enfermos no han tenido ni tienen en esto la suerte que yo tengo.
La verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano comprensiva y amiga! Es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la que nos descubra que hay que quererse deprisa, precisamente porque tenemos poco tiempo, porque la vida es corta ¡Ojalá no tengáis nunca que arrepentiros del amor que no habéis dado y que perdisteis!
La enfermedad es una gran bendición: cuando te sacude ya no puedes seguirte engañando a ti mismo, ves con claridad quién eras, quién eres. Descubrí a su luz que en mi escala de valores real había un gran barullo y que no siempre coincidía con la escala que yo tenía en mis propósitos y deseos. ¡Cuántas veces el trabajo se montó por encima de la amistad! ¡Cuántos más espacios de mi tiempo dediqué al éxito profesional que a ver y charlar pausadamente con los míos! Aprendí también a aceptarme a mí mismo, a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría absolutamente nada, entendí incluso que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como nos dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía.
Entre estos descubrimientos estuvo el de los médicos, las enfermeras y los otros enfermos. Hasta hace algunos años apenas había tenido contactos con el mundo de los hospitales y tenía de sus habitantes ese barato concepto por el que, con tanta frecuencia acostumbramos a medir a los seres más por sus defectos que por sus virtudes. La enfermedad, al vivir horas y horas en los hospitales, me descubrió qué engañado estaba.
un abuso de confianza
La idea de que la enfermedad es «redentora» no es un tópico teológico, sino algo radicalmente verdadero. Dios espera de nosotros, no nuestro dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es uniéndonos apasionadamente a su Cruz y a su labor redentora. ¿Qué otras cosas tenemos, en definitiva, los hombres para aportar a su tarea?
Os confieso que jamás pido a Dios que me cure mi enfermedad. Me parecería un abuso de confianza; temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con él más íntimamente, más realmente. Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo.
miércoles, 26 de diciembre de 2007
Moral de la ley y moral de la felicidad
- Usted ha establecido una importante distinción entre moral de la ley y moral de la felicidad. ¿Podría explicarla?
- Se puede decir, a grandes rasgos, que hasta el siglo XIII todas las escuelas de filosofía o de teología concebían la moral como una respuesta al problema de la felicidad y la organizaban en torno a las virtudes. En cambio, a partir del siglo XIV, la moral se ha centrado cada vez más en torno a las obligaciones, a los imperativos, hasta el punto de llegar a excluir la consideración de la felicidad.
De ahí se derivan dos sistematizaciones diferentes que provocan también una sutil modificación del sentido de las palabras. Basta pensar en la ley, por ejemplo. En Santo Tomás la ley era obra de la sabiduría prudencial del legislador, que apelaba a la virtud de la justicia, mientras que en el siglo XIV se convierte en la expresión de la pura voluntad de quien la promulga y la impone con la fuerza de la obligación.
La preferencia por una moral de la felicidad y de las virtudes no significa, sin embargo, una vuelta atrás; más bien tiene la gran ventaja de restablecer la conexión perdida entre la moral y las aspiraciones espirituales más profundas, que constituyen el deseo de felicidad. Pero hay que estar atentos para no oponer de manera desconsiderada moral de la felicidad y de las virtudes y moral de la obligación. De hecho, una moral de la felicidad comprende todas las obligaciones morales esenciales, pero las integra adecuadamente en un marco más amplio, poniéndolas al servicio de las virtudes.
- ¿Podría delinear la estructura interna de estos dos tipos de moral?
- Resumiendo, podría decirse que una opone la ley a la libertad y hace de la moral el reino de las obligaciones legales, expuestas en el orden de los mandamientos del Decálogo, entendido a su vez como el código de las obligaciones esenciales. La otra, en cambio, considera a la ley como educadora de la libertad con vistas a desarrollarla, a través de esas cualidades dinámicas del hombre que son las virtudes. Así, esta moral se organiza en torno a las virtudes teologales y morales, de las cuales los mandamientos son como servidores. Tampoco se puede olvidar que Santo Tomás asigna un papel importantísimo, junto a las virtudes, a los dones del Espíritu Santo.
- Una tesis típica de la moral del deber, a partir de Kant, afirma que vivir teniendo como punto de referencia la felicidad es una forma de egoísmo, porque suprime el punto de vista verdaderamente moral, que coincide con el deber. ¿Cómo responde a esta crítica y cuál es el puesto del deber en una moral de la felicidad?
- Todo depende de la felicidad que se propone, de la respuesta que se da, en la teoría y en la práctica, a la pregunta: ¿cuál es la verdadera felicidad del hombre? ¿Acaso podemos decir que las bienaventuranzas evangélicas, que según Santo Tomás expresan las respuestas de Cristo a esta pregunta, son egoístas? ¿O no constituyen más bien el antídoto más poderoso contra toda forma de egoísmo? El Evangelio nos enseña una alegría que se experimenta en la donación, que nace de la contradicción, y que es muy distinta de la "suma de placeres" que nos imaginamos cuando hablamos de la felicidad.
Por otra parte, ¿se puede vivir y actuar, en lo moral como en otros casos, sin un fin que nos oriente? El problema es saber cuál es el verdadero fin para nosotros, el más digno de amor. Por tanto, el sentido del deber ha de ser entendido como uno de los componentes de la virtud y viene exigido por el verdadero bien. El deber es más interno que la obligación y, en este sentido, está más cerca de la virtud. Sin embargo, el puro imperativo adolece de una cierta rigidez, que no se da en el caso de la verdadera virtud. La virtud permite actuar con espontaneidad y placer, a pesar del esfuerzo requerido. En cambio, en las morales del deber se advierte una desconfianza casi instintiva (!) hacia la espontaneidad y las inclinaciones, lo que le lleva hacia el rigorismo.
- ¿La moral católica debe ser considerada una moral de la ley o de la felicidad?
- La moral cristiana, basada en el Evangelio, es una moral de la felicidad por la apelación a las bienaventuranzas y el don de las promesas divinas. Al mismo tiempo es una moral de la Ley, pero de una Ley renovada y entendida como enseñanza de los caminos de Dios hacia el reino de los cielos, principalmente por medio de las virtudes reunidas en torno a la justicia, a la prudencia, a la caridad, personificadas en Cristo. No es, pues, una moral de la ley en el sentido jurídico moderno.
No obstante, la moral católica post-tridentina se adaptó a las ideas de la época; asumió una estructura que la hace similar a las concepciones jurídicas y la acerca al derecho canónico. Así lo testimonia la expresión "tribunal de la penitencia" utilizada a menudo para designar el sacramento del perdón, según una de las preocupaciones fundamentales de los moralistas de entonces. Se reorganizó, pues, la moral en torno a la ley como fuente de obligaciones, dejando al margen la cuestión de la felicidad, que en cambio era primordial en Santo Tomás. En filosofía, Kant irá en la misma dirección, a su modo, centrando la moral sobre el imperativo categórico y excluyendo la cuestión de la felicidad.
A mi modo de ver, volver a considerar la cuestión de la felicidad es indispensable para restablecer los lazos profundos con el Evangelio.
viernes, 5 de octubre de 2007
La pedagogía de la admiración

En enero de 2003, cierto telediario de gran audiencia destacó que nos hallamos en el primer aniversario de la muerte, por sobredosis, de la cantante Janis Joplin. Se la elogió como la «reina blanca del blues», y, tras recordar que su vida estuvo entregada a toda clase de drogas, se concluyó que había sido «una mujer totalmente libre». ¿Están preparados los jóvenes actuales para descubrir la falta de precisión intelectual que se da en este mensaje televisivo? En caso negativo, no están debidamente formados para vivir en un momento de la historia tan fecundo y tan arriesgado, a la par, como el presente.
En la película de Ingmar Bergman El silencio, una joven le dice a su hermana con aire exultante que tiene relaciones íntimas con un extranjero y, por no saber su lengua ni él la suya, no pueden hablarse. Un joven que oye esto ¿se da cuenta de la actitud ante la vida que ha adoptado esa joven y de los riesgos que implica para ella? ¿Podría sentirse contenta si supiera lo que significa alegrarse por no poder hablar con quien se tiene intimidad corpórea? Si no sé contestar a estas preguntas, voy por la vida con los ojos vendados y no puedo guiar mis pasos con una mínima seguridad.
Esa especie de ceguera espiritual constituye una forma de «analfabetismo de segundo grado», que todos podemos padecer en alguna medida. No saber unir las letras y adivinar lo que dice un escrito es un modo primario de analfabetismo, y debe ser erradicado porque nos deja desvalidos ante la vida. Si sabemos leer y nos hacemos cargo de lo que se nos comunica, tenemos capacidad de informarnos debidamente y saber a qué atenernos en la vida diaria. Pero, supongamos que no somos capaces de penetrar en el sentido de lo que leemos u oímos. Recibimos datos del exterior, pero no logramos descubrir lo que significan para nuestra vida. Captamos su significado superficial, pero no su sentido profundo. Nos enteramos, por ejemplo, de que una joven está eufórica por no poder hablar con su amante. ¿Podemos vislumbrar lo que implica, en el fondo, tal sentimiento? En caso negativo, bien haremos en tomar medidas para superar esa forma de analfabetismo, que nos deja desconcertados en nuestra vida personal y nos impide regir nuestra conducta con cierta seguridad de éxito.
En los últimos tiempos, las clases dirigentes muestran cierto interés en orientar la actividad escolar de tal forma que los alumnos aprendan a pensar bien, razonar con coherencia, decidir de modo equilibrado y realista... Este loable propósito no ha tenido siempre el éxito deseado a causa de un puñado de malentendidos. Se pensó, a menudo, que la formación consiste en «enseñar» valores y creatividad, y se exhortó a los educadores a consagrar tiempo y esfuerzo a tal forma de enseñanza. Pero la experiencia nos advierte a diario que la creatividad y los valores no se «aprenden»; se «descubren». Por tanto, no debemos los mayores reducirnos a «enseñarlos», sino «ayudar a descubrirlos».
Los valores no sólo existen; se hacen valer, proyectan a su alrededor un aura de prestigio. La tarea del educador ha de consistir en acercar a niños y jóvenes a esa área de irradiación de los valores, sugerirles que hagan las experiencias necesarias para descubrir por sí mismos cómo se desarrollan en cuanto personas y qué grandeza están llamados a adquirir si cumplen las exigencias de su ser personal. Adivinar esta grandeza es la tarea de una Pedagogía de la admiración.
En una entrevista televisiva, un joven de 18 años manifestó lo siguiente: «Hasta hace poco yo era totalmente feliz. Adoraba a mi madre, estaba ilusionado con mi novia, me gustaba mi carrera. Pero me entregué al juego de azar y me convertí en un enfermo del juego, un ludópata. Ahora, ni mi madre ni mi novia ni mi carrera me interesan nada. Sólo me interesa una cosa: seguir jugando. Estoy atado al juego. Y lo que más me duele es que empecé a jugar libremente y ahora me veo hecho un esclavo». ¿Le explicó alguien, a tiempo, a este desventurado lo que es el proceso de vértigo o fascinación y el de éxtasis o creatividad? Probablemente no. Ni siquiera la psicóloga que dirigió la entrevista aprovechó la circunstancia para darle una mínima clave de orientación. Pudo haberle indicado, simplemente, que su desgracia comenzó al confundir la «libertad de maniobra» con la «libertad creativa». ¿Algún formador le indicó, a lo largo de sus años de estudio, que existen ambas formas de libertad y que confundirlas anula nuestro desarrollo personal y nos lleva al infortunio? Ese maestro hubiera sido un líder auténtico, un guía que ayuda a conocer las leyes del crecimiento personal y dispone el ánimo para admirarse de la grandeza que adquirimos al movernos en la vida con libertad creativa, libertad para realizar algo valioso, aun a costa de renunciar a valores inferiores. El joven mostró, al hablar, una tristeza infinita. Me hubiera gustado decirle que levantara el ánimo porque le quedaba mucha vida por delante para disfrutar del descubrimiento de la auténtica libertad.
Es muy posible que nadie haya ayudado tampoco a la jovencita de la película El silencio a admirar la riqueza del lenguaje auténtico, el que se inspira en la voluntad de crear vínculos personales. No se benefició de una Pedagogía de la admiración. De haber tenido esa suerte, no sentiría ahora alegría sino profunda tristeza al recluirse en un silencio de mudez, a fin de no crear vínculos con su compañero ocasional.
Necesitamos poner en juego una pedagogía de la admiración o del asombro, no de la coacción; del descubrimiento, no del mero aprendizaje; de la persuasión, no de la transmisión fría. El que aprende lo que es la vida descubriéndola paso a paso, de forma bien articulada, no sólo acaba sabiendo qué ha de hacer para desarrollarse plenamente como persona sino que está bien dispuesto para transmitir ese conocimiento a otras personas de forma persuasiva y convincente. A veces se dice que no se educa a los jóvenes para ejercer la función de padres. La pedagogía del asombro sería un buen camino para ello.
Este método de formación tiene, como sabemos, un noble abolengo. En la famosa Carta séptima, Platón se niega a hacer el resumen de su filosofía que le pedía Dionisio, tirano de Siracusa, porque, a su entender, el conocimiento filosófico no se obtiene acumulando saberes recibidos de fuera, por significativos que sean, sino adentrándose en el análisis profundo de la vida. Te sumerges durante un tiempo en una cuestión, y, después de bracear largamente con las ideas, surge, como por un relámpago, una luz que ilumina tu mente. Esa luz es la filosofía. (Cartas, VII, 314 c, 341 c, d).
En esta misma línea, el gran filósofo alemán J. A. Fichte indica al lector de una de sus obras que procure descubrir por sí mismo lo que él le dé a conocer. De lo contrario, se quedará fuera del mensaje recibido: «Todo lo que se puede hacer ahora por ti es guiarte para que encuentres la verdad, y a esa dirección se reduce lo que una enseñanza filosófica puede aportar. Pero siempre se presupone que eso hacia lo que el otro te conduce lo poseas de veras interiormente tú mismo, y lo mires y contemples. De no hacerlo, oirías narrar una experiencia ajena, de ningún modo la tuya (...)»
Si no vibramos personalmente con las realidades que vamos descubriendo -por iniciativa propia o porque alguien nos guía hacia ellas-, no nos haremos cargo de la grandeza que albergan, no sentiremos la íntima emoción que produce lo valioso y no convertiremos el saber en un principio de excelencia personal. En verdad, como bien advirtió Aristóteles, la admiración es el principio de la sabiduría.
viernes, 21 de septiembre de 2007
Vidas contadas
"Thirteen conversations about one thing"
Jill Sprecher. USA, 2001. 95 min.
Me ha gustado volver a ver “Vidas contadas”. Es de esas películas que se disfrutan más, y se entienden mejor, con una segunda visión. El título original de la película refleja bien su estructura e intención. "Esa misma cosa" es la felicidad, ideal que buscan todos los personajes por caminos diversos. Varias historias se cruzan invitándonos a reflexionar sobre la libertad y el destino, el sentido purificador del dolor, la envidia, la culpabilidad, las posibilidades de recomenzar, las relaciones interpersonales, la dignidad humana, etc.
Proponemos un posible esquema para analizar la película y para un posible coloquio sobre ella:
Análisis de Troy, Bea, Gene, Walter y Bowman. Ver su personalidad. Qué es lo más determinante en sus vidas. Las virtudes y los defectos de cada uno. Su evolución a lo largo de la película.
Cuáles son los hechos con mayor impacto en la historia personal de cada uno y cual es su respuesta.Relacionar los personajes entre sí. ¿Cómo influyen unos en otros? Personajes que más influye en los demás. Por qué y cómo. Qué papel juega la vecina.
La felicidad en cada uno de los personajes. Concepto de felicidad. ¿Fin del hombre?“La conquista de la felicidad”(1930) de Bertrand Russell (1872-1970) en relación con esta película. Tres obstáculos para la felicidad: aburrimiento, culpabilidad, envidia. La directora los tiene en cuenta para el guión. ¿Qué personajes encarnan cada uno de estos tres pilares?
Cómo plantea la película los temas de la libertad y el Destino.
Referencia a Milton (1608- 1674), “El paraíso perdido”. Comentar: “la mente es un lugar íntimo y puede convertir el infierno en un paraíso y el paraíso en el infierno”.
La conciencia siempre sale a flote aunque se la pretenda acallar. ¿Qué es la conciencia?
Comentar la frase: “la ignorancia es la felicidad”
Solidaridad e interdependencia entre los seres humanos.
A continuación resumimos un análisis de los personajes principales como fruto de un debate realizado este verano sobre este film:
Gene: ambicioso directivo de empresa que no soporta la actitud vital optimista de uno de sus empleados
Actitud existencial: se ha instalado en el disgusto, como tanta gente que no sabe asimilar sus fracasos. Ha fracasado en su vida familiar y fracasará también en lo profesional, donde había puesto todas sus esperanzas: subir en la empresa. Envidia a Wade Bowman con una absurda obsesión. No soporta su optimismo y eso le lleva a ser irónico y cruel: “le borro la sonrisa, apuesto 100 pavos”. Humilla a sus empleados. Ve a todos como enemigos –se lo dice Dick-. Va a lo suyo.
Sin embargo evolucionará positivamente porque es capaz de reconocer sus errores y rectificar.
Hecho relevante: Cuando se entera que no le van a hacer Vicepresidente porque han nombrado al de Contabilidad. Respuesta: Se va a ver al marido de su ex-mujer para pedirle trabajo para Bowman.
Troy: joven ayudante del fiscal que de pronto ve truncada su carrera
Es Altivo. Engreído. Trabajador. Solo confía en su trabajo. “Yo no creo en la suerte, es la excusa de los vagos”. (Sin embargo Gene le hace ver que proviene de una buena familia mientras que é tuvo que salir desde abajo). Cifra toda su felicidad en el éxito profesional.
Hecho relevante: accidente, atropella a Bea. Respuesta ante el accidente: huída, cobardía. Se evade de su responsabilidad. Destrozado por dentro. Le pasa igual que al chico a quien defiende en la cárcel: todo el día pensando en la persona a la que mató.
Esto le crea un enorme conflicto interior: aparece con fuerza el sentido de culpabilidad. Y la necesidad de redimirse, de reparar. En un primer momento su huída de la realidad no resuelve los problemas sino que los agranda. Su actitud plantea una cuestión importante: ¿Se puede acallar o anestesiar la conciencia? Troy, desde luego, no lo consigue, no cierra su herida para que no olvidar su culpabilidad. Necesidad de recibir el perdón, también de reparar el daño causado. Su conciencia sale a flote. A veces la gente tiene suerte, se le concede una segunda oportunidad (le dice Owen)
Respuesta ante esto: vende el coche, no considera justo conducirlo (empieza a reparar); se va aislando, no sale con los amigos, se atormenta. Decide el suicidio –otra vez huye de los problemas quitándose de en medio-. Nueva cobardía. Pero finalmente se redime: Deja por escrito un testamento donde confiesa su culpabilidad y pide que con sus bienes se ayude a la familia de la persona que piensa que ha matado.
Bea: empleada de hogar que sufre conmoción en su mundo interior
Bea es responsable en su trabajo(mientras Dorry quiere ver su serie de Tv, ella dice: mientras tanto haré el cuarto de baño). Sencilla. Ingenua. Generosa: ofrece a Dorrie su piso, compra una nueva camisa. (quizá también por quedar bien ante el arquitecto), “Si tuviera dinero… te daría una parte” dice a su amiga. Confiada. Religiosa (va a la iglesia). Supersticiosa: el ojo cerrado de la muñeca “es una señal”. Honrada: Le duele más que duden de su inocencia que la propia realidad del trágico accidente.
Hechos relevantes: accidente y cuando se entera que el arquitecto la cree ladrona.
Respuesta ante el accidente: se desconcierta al no haber razones, pero lo acepta. Ha escuchado en el sermón el valor del sufrimiento.
Respuesta ante desconfianza del arquitecto: se le hunde todo. Se le abren los ojos. Pierde la inocencia. La vida ya no es justa. Debí robarlo, él me creía culpable. Se me ha caído la venda de los ojos: jamás podré retroceder. Piensa en suicidio. Escepticismo: no he cambiado, “soy como los demás”. No se suicida por sonrisa de Bowman: buscaba alguien que le dier aun motivo para no hacerlo, alguien que no fuera mezquino y predecible.
Walker: profesor que tiene una aventura con una compañera del Instituto
Racionalista (ley de causa efecto, simbolizada en el artefacto de las bolitas). Cientifista (las leyes del universo son absolutas). Muy torpe en las las relaciones personales. Procesos irreversibles de la física los aplica a las personas.
Lo que quiere de la vida: lo que todos queremos: vivir la vida, despertarme animado, ser feliz. Es egoísta. Falta de compasión, de humanidad, producto de su egoísmo (con alumno Hammond).
Muestra un gran vacío interior. Insatisfecho: “no dejo de preguntarme si esto es todo”. Huye de sí mismo: Es perverso, pasas años desarrollando tu mente y al final no quieres pensar en nada. Hedonista. Su relación con la profesora Date es un puro egoísmo compartido. Cinismo respecto al marido de ella. Mentir para no atormentarle. Hedonismo puro: placer por el placer. ¿Realmente quiere a la profesora? No. No se despiden con un beso. Todo gira en torno a la cama –aparece en muchas tomas de la habitación-. Se dan cita (analogía con la prostitución). Esa habitación donde se producen los encuentros es un lugar triste, no es un hogar. Ella le recrimina: no creo que no hayas vuelto a tu piso a buscar el resto de tus cosas. Le recrimina su cobardía. Cuando le dice que tú me has liberado, has cambiado mi vida, me has sacado de la rutina, aburrimiento. Ella no le toma en serio, se sonríe con ironía.
Borra de la pizarra: IRREVERSIBLE (lo había dicho de los gases; jamás vuelve a ser como era: esa situación), quizás como diciendo “ a ver si cambio”. Está desconcertado y desconcierta a los demás.. Su mujer le pregunta: ¿qué quieres? El médico también ¿qué es lo que busca?
Hecho relevante: cuando la profesora Date le cuenta que su marido le ha dicho que no puede vivir sin ella. ¿Y tú qué? Respuesta: Silencio. Es el único personaje que no evoluciona.
Bowman: empleado de Gene apodado “el sonrisas”
El que es considerado infeliz por todos, resulta que es el único que es realmente feliz. Honrado. Familiar: pendiente de su mujer e hijos. Procura siempre ver el lado positivo de las cosas. Tiene una actitud vital muy positiva. Quizás en exceso.
Tiene detalles: lleva tomates, galletas. No es rencoroso: en la cafetería Bowman es quien hace por saludar a Gene, mientras éste intenta fingir que no lo ha visto. Incluso da ánimos a Gene. Bondad y categoría humanas Su sonrisa a Bea no es un mera acción extraordinaria, aislada. Es consecuencia de una actitud vital. Es importante que sonriera en ese momento. Pero más importante es que lo hiciera habitualmente. El hecho de que tuviera esa actitud positiva hacia la vida, le permite en ese momento volver a sonreir. Importancia de la acción cotidiana. Influye mucho, más de lo que uno pueda prever. Es producto de la coherencia, de la autentidicidad de vida. Manera de ser consolidada. Es como una fuente. Quizás esa actitud en parte se aprende de unos padres, de la familia, de algún amigo, de algún modelo.
Hecho relevante: cuando Gene le despide.
Respuesta: Se pregunta si ha hecho algo mal. Valora más su conciencia que la desgracia del paro. Le importa salir limpio de allí. Intenta ver el lado positivo: vacaciones, descanso, así podré estar más tiempo con mis hijos. Da las gracias. Sonríe.