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lunes, 28 de octubre de 2013

El sentido de la fiesta

Por Josef Pieper

Nuestra alérgica sensibilidad a las grandes palabras nos impide quizá hablar de la fiesta como de un «día de júbilo». Sin embargo, apenas estaríamos en desacuer­do con quien, exagerando un poco, dijera de la fiesta que es una «cosa alegre». Es un día en el que los hom­bres se alegran. Aun quien tenga por una «habilidad» encontrar tales hombres, quiere tan sólo decir que se ha hecho difícil y raro participar festivamente en la fiesta. Indiscutible permanece que el día festivo es un día de alegría. Un griego de la primitiva cristiandad ha dicho incluso: «Fiesta es alegría y nada más».

Pero la alegría es, por naturaleza, algo subordinado, algo secundario. Nadie puede alegrarse «absolutamente» por razón de la alegría. En verdad que es absurdo preguntar a un hombre por qué quiere alegrarse; y, sin embargo, la exigencia de alegría no es otra cosa que el deseo de que debería haber motivo y ocasión para ale­grarse. Tal motivo, si lo hay, es anterior a la alegría y distinto de ella. El motivo es lo primero, la alegría es lo segundo.

El motivo de la alegría es siempre el mismo, aunque presente mil formas concretas: uno posee o recibe lo que ama; y da lo mismo que ese poseer o ese recibir sean realmente actuales o una simple esperanza o un recuerdo. La alegría es una manifestación del amor. Quien no ama a nada ni a nadie no puede alegrarse, por muy desesperadamente que vaya tras ello. La ale­gría es la respuesta de un amante a quien ha caído en suerte aquello que ama.

Si es cierto que no puede pensarse una auténtica fiesta sin alegría, no lo es menos que debe haber antes un motivo para alegrarse, digamos, un «festivo por qué». Más exactamente: no basta que haya un motivo objetivo, sino que es preciso que el hombre lo consi­dere y reconozca como tal; debe sentirlo incluso como algo que le ha caído en suerte, por el hecho de amar. De manera extraña se ha atribuido alguna vez a la fiesta una objetividad inapropiada, como si pudiera te­ner lugar «incluso sin asistentes». «También hay Pas­cua donde nadie la celebra». Me parece que esto son imaginaciones, toda vez que se habla de la fiesta como de una realidad humana.

La estructura interna de una auténtica fiesta se en­cuentra del modo más conciso y claro en la incompa­rable sentencia de San Juan Crisóstomo: Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas, donde se alegra el amor, allí hay fiesta.

Pero ¿qué motivo ha de ser el que haga posible la alegría festiva e incluso la fiesta misma? «Plantad en el centro de una plaza desnuda un poste coronado de flores, convocad al pueblo... y tendréis una fiesta.» Debería pensarse que cualquiera ve que esto es bas­tante poco. Sin embargo, en modo alguno me he inven­tado yo la frase para ponerla de ejemplo de una in­genua simplificación; antes bien, procede de Jean Jacques Rousseau. Es casi una simplificación tan descon­soladora como ésta pensar que simples «ideas» pueden ser el motivo de auténticas fiestas. Para ello es preciso algo más y distinto: quien las celebra, y sólo él, debe participar en un acontecimiento real. Por eso no es de extrañar que, por ejemplo, el intento racionalista de celebrar la Pascua como la fiesta de la «inmortalidad» hubo de caer en el vacío, sin hablar de proyectos tan fantásticos como los de Augusto Comte, que en un ca­lendario elaborado por él preveía las fiestas de la «humanidad», de la «paternidad» e incluso de la «intimidad del hogar». Ni siquiera la idea de libertad sería capaz de mover a los hombres a poner las luminarias de una fiesta, pero sí, en cambio, el hecho de una liberación, en el supuesto de que ese acontecimiento, aun lejano en el tiempo, posea todavía, en el día de la fiesta, una presencia efectiva. No toda conmemoración es una fies­ta. Lo pasado, en sentido estricto, no puede conmemorarse festivamente a no ser que la vida de la comunidad celebrante reciba de ello brillo y realce, no en virtud de una mera reflexión histórica, sino por ser una reali­dad históricamente activa. Si no se entiende la Encar­nación de Dios como un acontecimiento que afecta de manera inmediata a la actual existencia de los hombres, es imposible y aun absurdo celebrar festivamente la Navidad.

Josef Andreas Jungmann ha formulado hace poco la idea de que la fiesta, como institución, presenta un carácter derivado, mientras que la «forma originaria» de la fiesta se encuentra allí donde se celebre un acon­tecimiento concreto, como nacimiento, boda o vuelta al hogar. Si con ello quiere decirse que el acontecimiento concreto es el motivo «propio» e incluso «último» al que puede llegar una interpretación teórica de la fiesta, no me parece esto del todo convincente. Es posible, e incluso necesario, seguir preguntándose, por ejemplo: ¿Por qué es un acontecimiento concreto el motivo de una fiesta y de una celebración? ¿Puede celebrarse fes­tivamente el nacimiento de un niño si se está de acuer­do con la frase: «Es absurdo haber nacido...» (con lo que se cita obviamente a Jean-Paul Sartre)? Quien esté seriamente convencido de que «nuestra existencia es algo que mejor sería que no fuese» y de que, en consecuencia, no vale la pena vivir, ése ni puede «cele­brar» el nacimiento de un niño ni menos un cumple­años, sea el quince o el setenta, sea el propio o el ajeno. Ni un solo «acontecimiento concreto» puede dar motivo a una fiesta, a no ser... A no ser, ¿qué?

Debería poder mencionarse ahora el motivo de todos los motivos por los que se celebran acontecimientos como nacimiento, boda o vuelta al hogar con la sensa­ción de ser la parte de algo amado que le cae a uno en suerte, y sin lo que no hay alegría ni fiesta. De nue­vo es Nietzsche quien ha formulado la intuición deci­siva, alumbrada con dolor, al parecer, como resultado de fructíferas experiencias interiores, en las que era igualmente habitual la desesperación de no poder en­contrar «alegría en nada», como «el decir sin límites: sí y amén». La formulación se encuentra en los apuntes póstumos; dice así: «Para tener alegría por algo, se debe aprobar todo».

A toda alegría festiva excitada por algo concreto an­tecede necesariamente un asentimiento universal, que se extiende al mundo en su conjunto, tanto a la reali­dad de las cosas como a la existencia humana. Natural­mente, esa aprobación no debe acontecer en una con­ciencia refleja; ni siquiera requiere ser formulada. Sin embargo, continúa siendo el soporte único de la fiesta, sea lo que sea lo que in concreto se celebre. Y cuanto más profunda sea la radicalidad de la negación y más insuficientes sean, en consecuencia, los argumentos pen­últimos, más necesario será formular con palabras ese último fundamento. Me refiero a la convicción de que el «festivo por qué», fundamento en última instancia de toda fiesta, concisamente expresado, es el siguiente: todo lo que existe es bueno, y es bueno que exista. El hombre no puede hacer suya la suerte del amado si para él no son algo bueno—y, por tanto, «amado»—el mundo y la existencia.

Además, desde la otra orilla nos llega una especie de confirmación de todo esto. Allí donde encontremos, de corazón, que es «bueno», maravilloso, espléndido, arrebatador algo concreto, como un sorbo de agua fres­ca, el funcionamiento preciso de una herramienta, los colores de un paisaje, el encanto de una caricia, la ala­banza que va más allá de las palabras, allí hay un hálito de ese asentimiento del mundo entero. De ma­nera que es igualmente cierta la inversión—hecha por el mismo autor—de la frase antes citada: «Caso de aprobar un único momento, hemos dicho "sí" no sólo a nosotros mismos, sino a toda la existencia».

¿Es preciso señalar qué poco tiene que ver con este asentimiento un optimismo superficial o incluso la có­moda aprobación de los hechos? No hay que concebirlo como si hiciera caso omiso de todo lo terrible del mun­do; antes bien, habría de decirse que su profundidad se manifiesta precisamente en la confrontación con la perversión histórica. Ese asentimiento es de tal natura­leza que incluso debería atribuirse a los mártires, en su último silencio ante el golpe asesino de la violencia. Al interpretar teológicamente el Apocalipsis, se ha di­cho: no haber salido de su boca palabra alguna con­tra la creación divina es lo que diferencia al mártir cristiano. A pesar de todo, encuentra «muy bien» todo lo que existe; a pesar de todo, continúa siendo capaz de alegrarse e incluso, en la medida de lo que puede, de celebrar fiesta. Por el contrario, quien siempre, aun­que le vaya bien, rehusa aceptar la realidad como un todo, es incapaz de ambas cosas. Cuanto más dinero tenga y, sobre todo, cuanto de más tiempo libre dis­ponga, más angustiosamente se pondrá esto de mani­fiesto.

Eso vale en la misma medida para quien rehusa la aprobación de su propia existencia, en aquella situación sublime y difícil de entender, la «desesperación de la debilidad», de la que ha hablado Sören Kierkegaard, y que en la vieja ascética se llama acedía, «pereza del corazón». Se alude con ello a esa no cooperación, que afecta al manantial de la existencia, y que impide al hombre que, «angustiado, quiere dejar de existir», habitar consigo mismo y arrojado así de su propia casa, se refugia en el ruido ensordecedor del «trabajar y nada más que trabajar», en el pretencioso ajetreo de la pala­brería sofista, en la continua «diversión» mediante es­tímulos vacíos; en una palabra, se refugia en la tierra de nadie, que quizá está muy confortablemente insta­lada, pero que no deja sitio para el sosiego de un que­hacer con sentido, para la contemplación y, con ese motivo, para la fiesta.

La fiesta vive de la afirmación. Incluso el funeral, el Día de Difuntos y el Viernes Santo no podrían tener el carácter de fiesta si no existiera la certeza de que el mundo y la existencia, considerados en su totalidad, es­tán en orden. Si no hubiera «consuelo», las exequias serían un absurdo. El consuelo es, sin embargo, una forma de alegría, si bien la más callada. Como también es en el fondo una experiencia alegre la catarsis, la pu­rificación del alma en la realización compartida de la tragedia (aunque el emplazamiento propio de lo trágico no es la tragedia como literatura, sino la realidad histórica del hombre). Sólo se da «consuelo» en el supuesto de que se acepte y también se afirme, a pesar de todo, el dolor, la pena, la muerte.

Este es el momento de corregir la comparación que a veces se establece entre «festivo» y «alegre». Es un hecho altamente significativo el que la leyenda griega retrotraiga el origen de todas las funciones festivas a un rito funerario. De las fiestas de la antigüedad ro­mana se ha dicho siempre que no deben ser entendidas como simples «días de alegría». Naturalmente, no han de excluirse de la fiesta, llevada a su más libre plenitud, la gracia, la despreocupada hilaridad, la risa y el re­gocijo, como tampoco la broma o la verbena. Pero la fiesta es fiesta si el hombre reafirma la bondad del ser mediante la respuesta de la alegría. ¿No se nos mues­tra acaso esta bondad nunca tan claramente y con tal conmovedora vehemencia como en la súbita conmoción producida por la pérdida y la muerte? Esto es precisa­mente lo que Holderlin da a entender en su famoso dístico a la Antígona de Sófocles: «Muchos intentan en vano decir alegremente lo más alegre / Aquí se me ma­nifiesta al fin, aquí, en la tristeza.»

Así no es de extrañar que ambas—la afirmación de la existencia y su negación—sean difícilmente recono­cibles no solamente por el observador ajeno, sino también para la propia conciencia. Al mártir apenas le parecerá que afirma el mundo, a pesar de todo; tam­poco se contempla a sus ojos como un mártir, sino como acusado, encarcelado, ridículo, estrafalario y, sobre todo, enmudecido. Incluso la negación puede ser irreconocible. Por ejemplo, puede ser dominada por el placer, en sí altamente simpático y puramente vital, de danzar, can­tar, beber; placer al que no ha llegado la noticia de un sí rehusado. Pero esta negativa se puede ocultar ante todo tras la fachada más o menos forzada de una segu­ridad en la vida; la risa radiante de Sísifo, que «niega los dioses y mueve la piedra», es engañosa, incluso en el sentido de que logra posiblemente el engaño y quizá, lo que es mucho más difícil, el autoengaño.

Estrictamente es muy poco, por lo demás, considerar la afirmación del mundo como una simple condición y presupuesto de la fiesta. En realidad, es mucho más: es la sustancia misma de la fiesta. En su núcleo esencial no es otra cosa que la vivencia de esa afirmación!

Celebrar una fiesta significa celebrar por un motivo especial y de un modo no cotidiano la afirmación del mundo hecha ya una vez y repetida todos los días.

Así hablan igualmente los hallazgos obtenidos por la Historia de la cultura y de las religiones en la inves­tigación de las grandes fiestas paradigmáticas de las viejas culturas o de los pueblos primitivos. Porque aque­lla afirmación, en la medida en que se produce, es «válida» sin cesar, y continuamente es de esperar que en razón de ella puedan darse miles de motivos legítimos para celebrar una fiesta: desde la llegada de la prima­vera hasta la del primer diente, cantada por Mathias Claudius.

Así, tiene su razón de ser hablar de una fiesta, al menos latentemente, incesante. De hecho, la liturgia de la Iglesia no conoce sino festividades; lo que parece haber llevado por extraños vericuetos lingüísticos a que incluso la palabra feria—originariamente, tanto como «fiesta»—designa precisamente el día corriente, la fes­tividad celebrada cualquier día de la semana. Y un fi­lósofo y teólogo tan notable como Orígenes opinaba que la introducción de determinadas festividades se de­bió a los «catecúmenos» y «principiantes», que no eran «todavía» capaces de celebrar la «fiesta eterna». Pero éste es un tema sobre el que todavía es muy pronto discutir al nivel actual de nuestra investigación.

Ante todo debe formularse expresamente una conse­cuencia a la que lleva todo lo dicho hasta ahora. Como he experimentado muchas veces, suele recibirse tal con­secuencia con espontánea desazón y con el susceptible recelo de haber sido objeto de un asalto de forma poco correcta. Sin embargo, como creo, no hay posibilidad legítima alguna de evitarla, pues es avasalladora, tanto lógica como existencialmente.


La consecuencia tiene varios planos. Primero: no pue­de darse una afirmación del mundo en su conjunto más radical que la glorificación de Dios, que la ala­banza del creador de ese mismo mundo; no puede pen­sarse una aprobación del ser más intensiva, más incon­dicional. Si el núcleo de la fiesta consiste en que los hombres viven corporalmente su compenetración con todo lo que existe, entonces—segundo plano—es el acto del culto, la fiesta litúrgica, la forma más festiva de la fiesta. La otra cara de la moneda es—tercero—que no puede darse en el mundo aniquilación más letal y des­esperanzada que la negación de la alabanza cultual; ese «no» extingue incluso la chispa con la que aún podría inflamarse la llama extinguida de la fiesta.

domingo, 15 de febrero de 2009

Sobre el sentido del dolor

Reproducimos en artículo de José Luis Martín Descalzo titulada “Reflexiones de un enfermo en torno al dolor". Fue publicado en “Alfa y Omega” el 11 de mayo de 1996

El dolor es un misterio. Hay que acercarse a él de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tenemos que acercarnos con delicadeza, como un cirujano ante una herida. Y con realismo, sin que bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad.

La primera consideración que yo haría es la de la «cantidad» de dolor que hay en el mundo. Después de tantos siglos de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Y en muchos aspectos la cantidad del dolor aumenta. Se preguntaba Péguy: ¿Creemos acaso que la Humanidad esta sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la Humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?

la montaña del dolor

Los medios de comunicación nos hacen comprender mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del siglo XIV conocía el dolor de sus doscientos o de sus diez mil convecinos, pero no tenía ni idea de lo que se sufría en la nación vecina o en otros continentes. Hoy, afortunada o desgraciadamente, nos han abierto los ojos y sabemos el número de muertos o asesinados que hubo ayer. Sabemos que 40 millones de personas mueren de hambre al año. Y hoy se lucha más que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Cuando hemos derrotado una enfermedad, aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el SIDA?) que toman el puesto de las derrotadas. En la España de hoy, y a esta misma hora, hay tres millones de españoles enfermos. Y diez millones pasan cada año por dolencias más o menos graves. Pero el resto de sus compatriotas (y de sus familiares) prefiere vivir como si estos enfermos no existieran. Se dedican a vivir sus vidas y piensan que ya se plantearán el problema cuando «les toque» a ellos.

Sabemos muy poco del dolor y menos aún de su porqué. ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate la víspera de su boda, dejando destruidos a los suyos? ¿Por qué sufren los niños inocentes? Nosotros, cristianos, debemos ser prudentes al responder a estas preguntas que destrozan el alma de media Humanidad. ¿Quién ignora que muchas crisis de fe se producen al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido?

Dar explicaciones a medias es contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: El sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Algunas respuestas pueden aclarar algo el problema y debemos usarlas, pero sabiendo siempre que nunca explicaremos el dolor de los inocentes.

teorías, no

Una de esas respuestas parciales podía ser la que afirma que dedicarse a combatir el dolor es más importante y urgente que dedicarse a hacer teorías y responder porqués. Hemos gastado más tiempo en preguntarnos por qué sufrimos que en combatir el sufrimiento. Por eso, ¡benditos los médicos, las enfermeras, cuantos se dedican a curar cuerpos o almas, cuantos luchan por disminuir el dolor en nuestro mundo!

El dolor es una herencia de todos los humanos, sin excepción. Un gran peligro del sufrimiento es que empieza convenciéndonos de que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo o los que más sufrimos. Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un dolor de muelas nos hace creemos la víctima número uno del mundo. Si en un telediario nos muestran miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos; si nos duele el dedo meñique gastamos un día en autocompadecemos. Tendríamos que empezar por el descubrimiento del dolor de los demás para medir y situar el nuestro.

Es la humilde aceptación de que el hombre, todo hombre, es un ser incompleto y mutilado. Es el descubrimiento de que se puede ser feliz a pesar del dolor, pero es imposible vivir toda una vida sin él. El mayor descubrimiento, el que más me ha tranquilizado como hombre ha sido precisamente este sano realismo. Tratar de no mitificar mi enfermedad, no volverme contra Dios y contra la vida, como si yo fuera una víctima excepcional. Desde el primer momento me planteé la obligación de pensar que «yo no era un enfermo», sino «un señor que tiene un problema» como «todos» tienen sus problemas.

Cuando vas conociendo a los hombres, descubres que «todos» son mutilados de algo. Así pensé que a mí me faltaban los riñones o me sobraba un cáncer, pero que a los demás o les faltaba un brazo, o no tenían trabajo, o tenían un amor no correspondido, o un hijo muerto. Todos. ¿Qué derecho tenía yo, entonces, a quejarme de mis carencias, como si fueran las únicas del mundo? Sentirme especialmente desgraciado me parecía ingenuo y, sobre todo, indigno.

demasiada retórica

La tercera gran respuesta es ver los aspectos positivos de la enfermedad. Quiero prevenir contra un gran error muy difundido entre personas de buena voluntad: la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo objetivamente bueno. Creo que se ha hecho, especialmente entre los cristianos, mucha retórica sobre la bondad del dolor, con la que se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose, con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos.

Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no fue hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó a combatir el dolor en los demás, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y lo asumió porque era la voluntad de su Padre. Y entonces acabó convirtiendo el dolor en redención. Es mejor no echarle almíbar piadoso al dolor. Pero hay que decir sin ningún rodeo que en la mano del hombre está conseguir que ese dolor sea ruina o parto. El hombre no puede impedir su dolor, pero puede conseguir que no lo aniquile, e incluso lograr que ese dolor lo levante en vilo.

En lo humano y mucho más en lo sobrenatural, el dolor puede llegar a ser uno de los grandes motores del hombre. Luis Rosales afirmaba que «los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir». El dolor es parte de nuestra condición humana; deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad. No hay hombre sin dolor. Y no es que Dios «tolere» los dolores, es, simplemente, que Dios respeta la condición temporal del hombre, lo mismo que respeta que un círculo no pueda ser cuadrado. Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.


vinagre, o vino generoso

El hombre tiene en sus manos esa opción de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso. Yo he comprobado aquella frase de León Bloy que aseguraba que en el corazón del hombre hay muchas cavidades que desconocemos hasta que viene el dolor a descubrírnoslas. Así puedo afirmar que el dolor es, probablemente, lo mejor que me ha dado la vida y que, siendo en sí una experiencia peligrosa, se ha convertido más en un acicate que en un freno.

Pase lo que pase, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo, tienes ya una disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean. Debes considerar la enfermedad como un handicap, como un «reto», como una nueva forma para testimoniar tu fe y realizar tu vida. Has de buscar todos los modos para sacar todo lo positivo que haya en la enfermedad y así rentabilizar más tu vida. Lo verdaderamente grave de la enfermedad es cuando ésta se alarga y se alarga. Un dolor corto, por intenso que sea, no es difícil de sobrellevar. Lo verdaderamente difícil es cuando ese camino de la cruz dura años, y peor aún si se vive con poca o ninguna esperanza de curación en lo humano.

Sólo la gracia de Dios ha podido mantenerme alegre en estos años. Y confieso haberla experimentado casi como una mano que me acariciase. Dios no me ha fallado en momento alguno. Yo llamaría milagro al hecho de que en casi todas las horas oscuras siempre llegaba una carta, una llamada telefónica, un encuentro casual en una calle, que me ayudaba a recuperar la calma. Confieso con gozo que nunca me sentí tan querido como en estos años. Y subrayo esto porque sé muy bien que muchos otros enfermos no han tenido ni tienen en esto la suerte que yo tengo.

La verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano comprensiva y amiga! Es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la que nos descubra que hay que quererse deprisa, precisamente porque tenemos poco tiempo, porque la vida es corta ¡Ojalá no tengáis nunca que arrepentiros del amor que no habéis dado y que perdisteis!

La enfermedad es una gran bendición: cuando te sacude ya no puedes seguirte engañando a ti mismo, ves con claridad quién eras, quién eres. Descubrí a su luz que en mi escala de valores real había un gran barullo y que no siempre coincidía con la escala que yo tenía en mis propósitos y deseos. ¡Cuántas veces el trabajo se montó por encima de la amistad! ¡Cuántos más espacios de mi tiempo dediqué al éxito profesional que a ver y charlar pausadamente con los míos! Aprendí también a aceptarme a mí mismo, a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría absolutamente nada, entendí incluso que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como nos dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía.

Entre estos descubrimientos estuvo el de los médicos, las enfermeras y los otros enfermos. Hasta hace algunos años apenas había tenido contactos con el mundo de los hospitales y tenía de sus habitantes ese barato concepto por el que, con tanta frecuencia acostumbramos a medir a los seres más por sus defectos que por sus virtudes. La enfermedad, al vivir horas y horas en los hospitales, me descubrió qué engañado estaba.

un abuso de confianza

La idea de que la enfermedad es «redentora» no es un tópico teológico, sino algo radicalmente verdadero. Dios espera de nosotros, no nuestro dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es uniéndonos apasionadamente a su Cruz y a su labor redentora. ¿Qué otras cosas tenemos, en definitiva, los hombres para aportar a su tarea?

Os confieso que jamás pido a Dios que me cure mi enfermedad. Me parecería un abuso de confianza; temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con él más íntimamente, más realmente. Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Moral de la ley y moral de la felicidad

Sobre los dos planteamientos de la moral ya hemos publicado algo en este blog. Recuperamos ahora una interesante entrevista a Servais Pinckaers publicada hace años en Studi Cattolici. Pensamos que las palabras del profesor de Moral fundamental de la Universidad de Friburgo (Suiza) pueden dar luces sobre esta importante cuestión.

- Usted ha establecido una importante distinción entre moral de la ley y moral de la felicidad. ¿Podría explicarla?
- Se puede decir, a grandes rasgos, que hasta el siglo XIII todas las escuelas de filosofía o de teología concebían la moral como una respuesta al problema de la felicidad y la organizaban en torno a las virtudes. En cambio, a partir del siglo XIV, la moral se ha centrado cada vez más en torno a las obligaciones, a los imperativos, hasta el punto de llegar a excluir la consideración de la felicidad.
De ahí se derivan dos sistematizaciones diferentes que provocan también una sutil modificación del sentido de las palabras. Basta pensar en la ley, por ejemplo. En Santo Tomás la ley era obra de la sabiduría prudencial del legislador, que apelaba a la virtud de la justicia, mientras que en el siglo XIV se convierte en la expresión de la pura voluntad de quien la promulga y la impone con la fuerza de la obligación.
La preferencia por una moral de la felicidad y de las virtudes no significa, sin embargo, una vuelta atrás; más bien tiene la gran ventaja de restablecer la conexión perdida entre la moral y las aspiraciones espirituales más profundas, que constituyen el deseo de felicidad. Pero hay que estar atentos para no oponer de manera desconsiderada moral de la felicidad y de las virtudes y moral de la obligación. De hecho, una moral de la felicidad comprende todas las obligaciones morales esenciales, pero las integra adecuadamente en un marco más amplio, poniéndolas al servicio de las virtudes.

- ¿Podría delinear la estructura interna de estos dos tipos de moral?
- Resumiendo, podría decirse que una opone la ley a la libertad y hace de la moral el reino de las obligaciones legales, expuestas en el orden de los mandamientos del Decálogo, entendido a su vez como el código de las obligaciones esenciales. La otra, en cambio, considera a la ley como educadora de la libertad con vistas a desarrollarla, a través de esas cualidades dinámicas del hombre que son las virtudes. Así, esta moral se organiza en torno a las virtudes teologales y morales, de las cuales los mandamientos son como servidores. Tampoco se puede olvidar que Santo Tomás asigna un papel importantísimo, junto a las virtudes, a los dones del Espíritu Santo.

- Una tesis típica de la moral del deber, a partir de Kant, afirma que vivir teniendo como punto de referencia la felicidad es una forma de egoísmo, porque suprime el punto de vista verdaderamente moral, que coincide con el deber. ¿Cómo responde a esta crítica y cuál es el puesto del deber en una moral de la felicidad?
- Todo depende de la felicidad que se propone, de la respuesta que se da, en la teoría y en la práctica, a la pregunta: ¿cuál es la verdadera felicidad del hombre? ¿Acaso podemos decir que las bienaventuranzas evangélicas, que según Santo Tomás expresan las respuestas de Cristo a esta pregunta, son egoístas? ¿O no constituyen más bien el antídoto más poderoso contra toda forma de egoísmo? El Evangelio nos enseña una alegría que se experimenta en la donación, que nace de la contradicción, y que es muy distinta de la "suma de placeres" que nos imaginamos cuando hablamos de la felicidad.
Por otra parte, ¿se puede vivir y actuar, en lo moral como en otros casos, sin un fin que nos oriente? El problema es saber cuál es el verdadero fin para nosotros, el más digno de amor. Por tanto, el sentido del deber ha de ser entendido como uno de los componentes de la virtud y viene exigido por el verdadero bien. El deber es más interno que la obligación y, en este sentido, está más cerca de la virtud. Sin embargo, el puro imperativo adolece de una cierta rigidez, que no se da en el caso de la verdadera virtud. La virtud permite actuar con espontaneidad y placer, a pesar del esfuerzo requerido. En cambio, en las morales del deber se advierte una desconfianza casi instintiva (!) hacia la espontaneidad y las inclinaciones, lo que le lleva hacia el rigorismo.

- ¿La moral católica debe ser considerada una moral de la ley o de la felicidad?
- La moral cristiana, basada en el Evangelio, es una moral de la felicidad por la apelación a las bienaventuranzas y el don de las promesas divinas. Al mismo tiempo es una moral de la Ley, pero de una Ley renovada y entendida como enseñanza de los caminos de Dios hacia el reino de los cielos, principalmente por medio de las virtudes reunidas en torno a la justicia, a la prudencia, a la caridad, personificadas en Cristo. No es, pues, una moral de la ley en el sentido jurídico moderno.
No obstante, la moral católica post-tridentina se adaptó a las ideas de la época; asumió una estructura que la hace similar a las concepciones jurídicas y la acerca al derecho canónico. Así lo testimonia la expresión "tribunal de la penitencia" utilizada a menudo para designar el sacramento del perdón, según una de las preocupaciones fundamentales de los moralistas de entonces. Se reorganizó, pues, la moral en torno a la ley como fuente de obligaciones, dejando al margen la cuestión de la felicidad, que en cambio era primordial en Santo Tomás. En filosofía, Kant irá en la misma dirección, a su modo, centrando la moral sobre el imperativo categórico y excluyendo la cuestión de la felicidad.
A mi modo de ver, volver a considerar la cuestión de la felicidad es indispensable para restablecer los lazos profundos con el Evangelio.

viernes, 5 de octubre de 2007

La pedagogía de la admiración

La semana pasada publicábamos un video de ALFONSO LÓPEZ QUINTÁS, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Recuperamos ahora este sugerente artículo suyo:


En enero de 2003, cierto telediario de gran audiencia destacó que nos hallamos en el primer aniversario de la muerte, por sobredosis, de la cantante Janis Joplin. Se la elogió como la «reina blanca del blues», y, tras recordar que su vida estuvo entregada a toda clase de drogas, se concluyó que había sido «una mujer totalmente libre». ¿Están preparados los jóvenes actuales para descubrir la falta de precisión intelectual que se da en este mensaje televisivo? En caso negativo, no están debidamente formados para vivir en un momento de la historia tan fecundo y tan arriesgado, a la par, como el presente.

En la película de Ingmar Bergman El silencio, una joven le dice a su hermana con aire exultante que tiene relaciones íntimas con un extranjero y, por no saber su lengua ni él la suya, no pueden hablarse. Un joven que oye esto ¿se da cuenta de la actitud ante la vida que ha adoptado esa joven y de los riesgos que implica para ella? ¿Podría sentirse contenta si supiera lo que significa alegrarse por no poder hablar con quien se tiene intimidad corpórea? Si no sé contestar a estas preguntas, voy por la vida con los ojos vendados y no puedo guiar mis pasos con una mínima seguridad.

Esa especie de ceguera espiritual constituye una forma de «analfabetismo de segundo grado», que todos podemos padecer en alguna medida. No saber unir las letras y adivinar lo que dice un escrito es un modo primario de analfabetismo, y debe ser erradicado porque nos deja desvalidos ante la vida. Si sabemos leer y nos hacemos cargo de lo que se nos comunica, tenemos capacidad de informarnos debidamente y saber a qué atenernos en la vida diaria. Pero, supongamos que no somos capaces de penetrar en el sentido de lo que leemos u oímos. Recibimos datos del exterior, pero no logramos descubrir lo que significan para nuestra vida. Captamos su significado superficial, pero no su sentido profundo. Nos enteramos, por ejemplo, de que una joven está eufórica por no poder hablar con su amante. ¿Podemos vislumbrar lo que implica, en el fondo, tal sentimiento? En caso negativo, bien haremos en tomar medidas para superar esa forma de analfabetismo, que nos deja desconcertados en nuestra vida personal y nos impide regir nuestra conducta con cierta seguridad de éxito.

En los últimos tiempos, las clases dirigentes muestran cierto interés en orientar la actividad escolar de tal forma que los alumnos aprendan a pensar bien, razonar con coherencia, decidir de modo equilibrado y realista... Este loable propósito no ha tenido siempre el éxito deseado a causa de un puñado de malentendidos. Se pensó, a menudo, que la formación consiste en «enseñar» valores y creatividad, y se exhortó a los educadores a consagrar tiempo y esfuerzo a tal forma de enseñanza. Pero la experiencia nos advierte a diario que la creatividad y los valores no se «aprenden»; se «descubren». Por tanto, no debemos los mayores reducirnos a «enseñarlos», sino «ayudar a descubrirlos».

Los valores no sólo existen; se hacen valer, proyectan a su alrededor un aura de prestigio. La tarea del educador ha de consistir en acercar a niños y jóvenes a esa área de irradiación de los valores, sugerirles que hagan las experiencias necesarias para descubrir por sí mismos cómo se desarrollan en cuanto personas y qué grandeza están llamados a adquirir si cumplen las exigencias de su ser personal. Adivinar esta grandeza es la tarea de una Pedagogía de la admiración.

En una entrevista televisiva, un joven de 18 años manifestó lo siguiente: «Hasta hace poco yo era totalmente feliz. Adoraba a mi madre, estaba ilusionado con mi novia, me gustaba mi carrera. Pero me entregué al juego de azar y me convertí en un enfermo del juego, un ludópata. Ahora, ni mi madre ni mi novia ni mi carrera me interesan nada. Sólo me interesa una cosa: seguir jugando. Estoy atado al juego. Y lo que más me duele es que empecé a jugar libremente y ahora me veo hecho un esclavo». ¿Le explicó alguien, a tiempo, a este desventurado lo que es el proceso de vértigo o fascinación y el de éxtasis o creatividad? Probablemente no. Ni siquiera la psicóloga que dirigió la entrevista aprovechó la circunstancia para darle una mínima clave de orientación. Pudo haberle indicado, simplemente, que su desgracia comenzó al confundir la «libertad de maniobra» con la «libertad creativa». ¿Algún formador le indicó, a lo largo de sus años de estudio, que existen ambas formas de libertad y que confundirlas anula nuestro desarrollo personal y nos lleva al infortunio? Ese maestro hubiera sido un líder auténtico, un guía que ayuda a conocer las leyes del crecimiento personal y dispone el ánimo para admirarse de la grandeza que adquirimos al movernos en la vida con libertad creativa, libertad para realizar algo valioso, aun a costa de renunciar a valores inferiores. El joven mostró, al hablar, una tristeza infinita. Me hubiera gustado decirle que levantara el ánimo porque le quedaba mucha vida por delante para disfrutar del descubrimiento de la auténtica libertad.

Es muy posible que nadie haya ayudado tampoco a la jovencita de la película El silencio a admirar la riqueza del lenguaje auténtico, el que se inspira en la voluntad de crear vínculos personales. No se benefició de una Pedagogía de la admiración. De haber tenido esa suerte, no sentiría ahora alegría sino profunda tristeza al recluirse en un silencio de mudez, a fin de no crear vínculos con su compañero ocasional.

Necesitamos poner en juego una pedagogía de la admiración o del asombro, no de la coacción; del descubrimiento, no del mero aprendizaje; de la persuasión, no de la transmisión fría. El que aprende lo que es la vida descubriéndola paso a paso, de forma bien articulada, no sólo acaba sabiendo qué ha de hacer para desarrollarse plenamente como persona sino que está bien dispuesto para transmitir ese conocimiento a otras personas de forma persuasiva y convincente. A veces se dice que no se educa a los jóvenes para ejercer la función de padres. La pedagogía del asombro sería un buen camino para ello.

Este método de formación tiene, como sabemos, un noble abolengo. En la famosa Carta séptima, Platón se niega a hacer el resumen de su filosofía que le pedía Dionisio, tirano de Siracusa, porque, a su entender, el conocimiento filosófico no se obtiene acumulando saberes recibidos de fuera, por significativos que sean, sino adentrándose en el análisis profundo de la vida. Te sumerges durante un tiempo en una cuestión, y, después de bracear largamente con las ideas, surge, como por un relámpago, una luz que ilumina tu mente. Esa luz es la filosofía. (Cartas, VII, 314 c, 341 c, d).

En esta misma línea, el gran filósofo alemán J. A. Fichte indica al lector de una de sus obras que procure descubrir por sí mismo lo que él le dé a conocer. De lo contrario, se quedará fuera del mensaje recibido: «Todo lo que se puede hacer ahora por ti es guiarte para que encuentres la verdad, y a esa dirección se reduce lo que una enseñanza filosófica puede aportar. Pero siempre se presupone que eso hacia lo que el otro te conduce lo poseas de veras interiormente tú mismo, y lo mires y contemples. De no hacerlo, oirías narrar una experiencia ajena, de ningún modo la tuya (...)»

Si no vibramos personalmente con las realidades que vamos descubriendo -por iniciativa propia o porque alguien nos guía hacia ellas-, no nos haremos cargo de la grandeza que albergan, no sentiremos la íntima emoción que produce lo valioso y no convertiremos el saber en un principio de excelencia personal. En verdad, como bien advirtió Aristóteles, la admiración es el principio de la sabiduría.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Vidas contadas


"Thirteen conversations about one thing"
Jill Sprecher. USA, 2001. 95 min.

Me ha gustado volver a ver “Vidas contadas”. Es de esas películas que se disfrutan más, y se entienden mejor, con una segunda visión. El título original de la película refleja bien su estructura e intención. "Esa misma cosa" es la felicidad, ideal que buscan todos los personajes por caminos diversos. Varias historias se cruzan invitándonos a reflexionar sobre la libertad y el destino, el sentido purificador del dolor, la envidia, la culpabilidad, las posibilidades de recomenzar, las relaciones interpersonales, la dignidad humana, etc.



Proponemos un posible esquema para analizar la película y para un posible coloquio sobre ella:

Análisis de Troy, Bea, Gene, Walter y Bowman. Ver su personalidad. Qué es lo más determinante en sus vidas. Las virtudes y los defectos de cada uno. Su evolución a lo largo de la película.
Cuáles son los hechos con mayor impacto en la historia personal de cada uno y cual es su respuesta.Relacionar los personajes entre sí. ¿Cómo influyen unos en otros? Personajes que más influye en los demás. Por qué y cómo. Qué papel juega la vecina.

La felicidad en cada uno de los personajes. Concepto de felicidad. ¿Fin del hombre?“La conquista de la felicidad”(1930) de Bertrand Russell (1872-1970) en relación con esta película. Tres obstáculos para la felicidad: aburrimiento, culpabilidad, envidia. La directora los tiene en cuenta para el guión. ¿Qué personajes encarnan cada uno de estos tres pilares?

Cómo plantea la película los temas de la libertad y el Destino.
Referencia a Milton (1608- 1674), “El paraíso perdido”. Comentar: “la mente es un lugar íntimo y puede convertir el infierno en un paraíso y el paraíso en el infierno”.
La conciencia siempre sale a flote aunque se la pretenda acallar. ¿Qué es la conciencia?
Comentar la frase: “la ignorancia es la felicidad”
Solidaridad e interdependencia entre los seres humanos.



A continuación resumimos un análisis de los personajes principales como fruto de un debate realizado este verano sobre este film:

Gene: ambicioso directivo de empresa que no soporta la actitud vital optimista de uno de sus empleados

Actitud existencial: se ha instalado en el disgusto, como tanta gente que no sabe asimilar sus fracasos. Ha fracasado en su vida familiar y fracasará también en lo profesional, donde había puesto todas sus esperanzas: subir en la empresa. Envidia a Wade Bowman con una absurda obsesión. No soporta su optimismo y eso le lleva a ser irónico y cruel: “le borro la sonrisa, apuesto 100 pavos”. Humilla a sus empleados. Ve a todos como enemigos –se lo dice Dick-. Va a lo suyo.
Sin embargo evolucionará positivamente porque es capaz de reconocer sus errores y rectificar.
Hecho relevante: Cuando se entera que no le van a hacer Vicepresidente porque han nombrado al de Contabilidad. Respuesta: Se va a ver al marido de su ex-mujer para pedirle trabajo para Bowman.

Troy: joven ayudante del fiscal que de pronto ve truncada su carrera

Es Altivo. Engreído. Trabajador. Solo confía en su trabajo. “Yo no creo en la suerte, es la excusa de los vagos”. (Sin embargo Gene le hace ver que proviene de una buena familia mientras que é tuvo que salir desde abajo). Cifra toda su felicidad en el éxito profesional.
Hecho relevante: accidente, atropella a Bea. Respuesta ante el accidente: huída, cobardía. Se evade de su responsabilidad. Destrozado por dentro. Le pasa igual que al chico a quien defiende en la cárcel: todo el día pensando en la persona a la que mató.
Esto le crea un enorme conflicto interior: aparece con fuerza el sentido de culpabilidad. Y la necesidad de redimirse, de reparar. En un primer momento su huída de la realidad no resuelve los problemas sino que los agranda. Su actitud plantea una cuestión importante: ¿Se puede acallar o anestesiar la conciencia? Troy, desde luego, no lo consigue, no cierra su herida para que no olvidar su culpabilidad. Necesidad de recibir el perdón, también de reparar el daño causado. Su conciencia sale a flote. A veces la gente tiene suerte, se le concede una segunda oportunidad (le dice Owen)
Respuesta ante esto: vende el coche, no considera justo conducirlo (empieza a reparar); se va aislando, no sale con los amigos, se atormenta. Decide el suicidio –otra vez huye de los problemas quitándose de en medio-. Nueva cobardía. Pero finalmente se redime: Deja por escrito un testamento donde confiesa su culpabilidad y pide que con sus bienes se ayude a la familia de la persona que piensa que ha matado.

Bea: empleada de hogar que sufre conmoción en su mundo interior

Bea es responsable en su trabajo(mientras Dorry quiere ver su serie de Tv, ella dice: mientras tanto haré el cuarto de baño). Sencilla. Ingenua. Generosa: ofrece a Dorrie su piso, compra una nueva camisa. (quizá también por quedar bien ante el arquitecto), “Si tuviera dinero… te daría una parte” dice a su amiga. Confiada. Religiosa (va a la iglesia). Supersticiosa: el ojo cerrado de la muñeca “es una señal”. Honrada: Le duele más que duden de su inocencia que la propia realidad del trágico accidente.

Hechos relevantes: accidente y cuando se entera que el arquitecto la cree ladrona.
Respuesta ante el accidente: se desconcierta al no haber razones, pero lo acepta. Ha escuchado en el sermón el valor del sufrimiento.
Respuesta ante desconfianza del arquitecto: se le hunde todo. Se le abren los ojos. Pierde la inocencia. La vida ya no es justa. Debí robarlo, él me creía culpable. Se me ha caído la venda de los ojos: jamás podré retroceder. Piensa en suicidio. Escepticismo: no he cambiado, “soy como los demás”. No se suicida por sonrisa de Bowman: buscaba alguien que le dier aun motivo para no hacerlo, alguien que no fuera mezquino y predecible.

Walker: profesor que tiene una aventura con una compañera del Instituto

Racionalista (ley de causa efecto, simbolizada en el artefacto de las bolitas). Cientifista (las leyes del universo son absolutas). Muy torpe en las las relaciones personales. Procesos irreversibles de la física los aplica a las personas.
Lo que quiere de la vida: lo que todos queremos: vivir la vida, despertarme animado, ser feliz. Es egoísta. Falta de compasión, de humanidad, producto de su egoísmo (con alumno Hammond).
Muestra un gran vacío interior. Insatisfecho: “no dejo de preguntarme si esto es todo”. Huye de sí mismo: Es perverso, pasas años desarrollando tu mente y al final no quieres pensar en nada. Hedonista. Su relación con la profesora Date es un puro egoísmo compartido. Cinismo respecto al marido de ella. Mentir para no atormentarle. Hedonismo puro: placer por el placer. ¿Realmente quiere a la profesora? No. No se despiden con un beso. Todo gira en torno a la cama –aparece en muchas tomas de la habitación-. Se dan cita (analogía con la prostitución). Esa habitación donde se producen los encuentros es un lugar triste, no es un hogar. Ella le recrimina: no creo que no hayas vuelto a tu piso a buscar el resto de tus cosas. Le recrimina su cobardía. Cuando le dice que tú me has liberado, has cambiado mi vida, me has sacado de la rutina, aburrimiento. Ella no le toma en serio, se sonríe con ironía.
Borra de la pizarra: IRREVERSIBLE (lo había dicho de los gases; jamás vuelve a ser como era: esa situación), quizás como diciendo “ a ver si cambio”. Está desconcertado y desconcierta a los demás.. Su mujer le pregunta: ¿qué quieres? El médico también ¿qué es lo que busca?
Hecho relevante: cuando la profesora Date le cuenta que su marido le ha dicho que no puede vivir sin ella. ¿Y tú qué? Respuesta: Silencio. Es el único personaje que no evoluciona.

Bowman: empleado de Gene apodado “el sonrisas”
El que es considerado infeliz por todos, resulta que es el único que es realmente feliz. Honrado. Familiar: pendiente de su mujer e hijos. Procura siempre ver el lado positivo de las cosas. Tiene una actitud vital muy positiva. Quizás en exceso.
Tiene detalles: lleva tomates, galletas. No es rencoroso: en la cafetería Bowman es quien hace por saludar a Gene, mientras éste intenta fingir que no lo ha visto. Incluso da ánimos a Gene. Bondad y categoría humanas Su sonrisa a Bea no es un mera acción extraordinaria, aislada. Es consecuencia de una actitud vital. Es importante que sonriera en ese momento. Pero más importante es que lo hiciera habitualmente. El hecho de que tuviera esa actitud positiva hacia la vida, le permite en ese momento volver a sonreir. Importancia de la acción cotidiana. Influye mucho, más de lo que uno pueda prever. Es producto de la coherencia, de la autentidicidad de vida. Manera de ser consolidada. Es como una fuente. Quizás esa actitud en parte se aprende de unos padres, de la familia, de algún amigo, de algún modelo.
Hecho relevante: cuando Gene le despide.
Respuesta: Se pregunta si ha hecho algo mal. Valora más su conciencia que la desgracia del paro. Le importa salir limpio de allí. Intenta ver el lado positivo: vacaciones, descanso, así podré estar más tiempo con mis hijos. Da las gracias. Sonríe.