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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Noviazgo y vida cristiana

De la misma manera que el matrimonio es una llamada a la entrega incondicional, el noviazgo ha de considerarse como un tiempo de discernimiento para que los novios se conozcan y decidan dar el siguiente paso, entregarse el uno al otro para siempre.
Es doctrina de la Iglesia la llamada universal a la santidad, en ella se engloba toda la vida del hombre[1]. Esta llamada no se limita al simple cumplimiento de unos preceptos, se trata de seguir a Cristo y parecerse cada vez más a Él. Esto, que humanamente es imposible, puede llevarse a cabo dejándose conducir por la gracia de Dios.
Llamada universal a la santidad, también en el noviazgo
En esta tarea, no hay “tiempos muertos”; también el noviazgo es un momento propicio para el crecimiento de la vida cristiana. Vivir cristianamente el noviazgo supone dejar que Dios tome posición entre los novios, y no a modo de incordio sino precisamente para dar sentido al noviazgo y a la vida de cada uno. “Haced, por tanto, de este tiempo vuestro de preparación al matrimonio un itinerario de fe: redescubrid para vuestra vida de pareja la centralidad de Jesucristo y del caminar en la Iglesia”[2].
¿Cuál es la señal cierta que indica que se está viviendo un noviazgo cristiano? Cuando ese amor ayuda a cada uno a estar más cerca de Dios, a amarle más. “No lo dudes: el corazón ha sido creado para amar. Metamos, pues, a Nuestro Señor Jesucristo en todos los amores nuestros. Si no, el corazón vacío se venga, y se llena de las bajezas más despreciables”[3].
Cuanto más y mejor se quieran los novios, más y mejor querrán a Dios, y al revés. De esa manera cumplen los dos primeros preceptos del decálogo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”[4].
Aprender a amar
Conviene que los novios alimenten su amor con buena doctrina, que lean algún libro sobre aspectos cruciales de su relación: el amor humano, el papel de los sentimientos, el matrimonio, etc. La Sagrada Escritura, los documentos del Magisterio de la Iglesia y otros libros de divulgación son buenos compañeros de camino. Es muy recomendable pedir consejo a personas de confianza que puedan orientar esas lecturas, que vayan formando su conciencia y generen temas de conversación que les ayuden a conocerse.
Además de la formación intelectual, es importante que los novios se apasionen de la belleza y desarrollen la sensibilidad. Sin un adecuado enriquecimiento de ésta, resulta muy difícil ser personas delicadas en el trato. Es una buena idea compartir el gusto por la buena literatura, la música, la pintura, por el arte que eleva al hombre, y no caer en el consumismo.
Virtudes humanas y noviazgo
Amar supone darse al otro, y se aprende a amar con pequeñas luchas. El noviazgo “como toda escuela de amor, ha de estar inspirado no por el afán de posesión, sino por el espíritu de entrega, de comprensión, de respeto, de delicadeza”[5].
Desarrollar las virtudes humanas nos hace mejores personas, son el fundamento de las virtudes sobrenaturales que nos ayudan a ser buenos hijos de Dios y nos acercan a la santidad, a la plenitud del hombre. En un tiempo en el que tanto se habla de “motivación” conviene considerar que no hay mejor motivación para crecer como persona que el Amor a Dios y al novio o novia.
La generosidad se demuestra en la renuncia, en pequeños actos, a aquello que nosotros preferimos, por dar gusto al otro. Es una gran muestra de amor, aunque él o ella no se dé cuenta. Los novios deben estar abiertos a los demás, desarrollar las amistades. “Quisiera ante todo deciros que evitéis encerraros en relaciones intimistas, falsamente tranquilizadoras; haced más bien que vuestra relación se convierta en levadura de una presencia activa y responsable en la comunidad”[6].
La dedicación a los amigos, a los necesitados, la participación en la vida pública, en definitiva, luchar por unos ideales, permiten abrir esa relación y hacerla madurar. Los novios están llamados a hacer apostolado y dar testimonio de su amor.
La modestia y la delicadeza en el trato van unidas a un Amor (con mayúscula) que trasciende lo humano y se fundamenta en lo sobrenatural, teniendo como modelo el amor de Cristo por su Esposa, que es la Iglesia[7]. Para alcanzar ese amor se deben cuidar los sentidos y las manifestaciones afectivas impropias del noviazgo, evitando situaciones que molesten al otro o puedan ser ocasión de tentaciones o pecado. Si realmente se ama a alguien, se hace lo todo lo posible por respetarla, evitando hacerle pasar un mal rato o haciendo algo que vaya en contra de su dignidad. El noviazgo supone un compromiso que incluye la ayuda al otro para ser mejor y una exclusividad en la relación que hay que cuidar y respetar.
No hay que olvidar el buen humor y la confianza en la otra persona y en su capacidad de mejora. Es bueno crecer juntos en el noviazgo, pero igual de importante es que cada uno crezca como persona; eso ayudará y ennoblecerá la relación.
La sobriedad permite disfrutar de las cosas pequeñas, de los detalles. Demuestra más amor un regalo fruto de conocer pequeños deseos del otro que un gran gasto en algo que es obvio. Une más un paseo que ir juntos al cine por costumbre, buscar una exposición gratuita que ir de compras.
Y dentro de la sobriedad se podría encuadrar el buen uso del tiempo libre. El ocio y el exceso de tiempo libre es mala base para crecer en virtudes, conduce al aburrimiento y a dejarse llevar. Por eso, conviene planificar el tiempo que se pasa juntos, dónde, con quién, qué se va a hacer.
Los hábitos (virtudes) y costumbres que se vivan y desarrollen durante el noviazgo son la base sobre la que se sustentará y crecerá el futuro matrimonio.
Las armas de los novios
En esa lucha por alcanzar la santidad, los novios disponen de estupendas ayudas.
En primer lugar, hay que situar los Sacramentos, medios a través de los cuales Dios concede su gracia. Son, por tanto, imprescindibles para vivir cristianamente el noviazgo. Asistir juntos a la Santa Misa o hacer una breve visita al Santísimo Sacramento supone compartir el momento cumbre de la vida del cristiano. La experiencia de numerosas parejas de novios confirma que es algo que une profundamente. Si uno de los dos tiene menos práctica religiosa, el noviazgo es una oportunidad de descubrir juntos la belleza de la fe, y esto será sin duda un punto de unión. Esta tarea exigirá, por lo general, paciencia y buen ejemplo, acudiendo desde el primer momento a la ayuda de la gracia de Dios.
A través de la confesión se recibe el perdón de los pecados, la gracia para continuar la lucha por alcanzar la santidad. Siempre que sea posible, es conveniente acudir al mismo confesor, alguien que nos conozca y nos ayude en nuestras circunstancias concretas.
Si afirmamos que Dios es Padre y que la meta del cristiano es parecerse a Jesús, es natural tener un trato personal con quien sabemos que nos ama. Por medio de la oración los novios alimentan su alma, hacen crecer sus deseos de avanzar en su vida cristiana, dan gracias, piden el uno por el otro y por los demás. Es bonito que juntos pronuncien el nombre de Dios, de Jesús o de María, por ejemplo rezando el Rosario o haciendo una Romería a la Virgen.
“Hace falta una purificación y maduración, que incluye también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni ‘envenenarlo’, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza”[8]. No podemos olvidar que la mortificación supone renunciar a algo por un motivo generoso, y que forma parte principal en la lucha ascética por ser santos. A veces será ceder en la opinión, o cambiar un plan que apetece menos al otro; o no acudir a lugares o ver series o películas juntos que pueden hacer tropezar en ese camino por ser santos. En el amor se encuentra el sentido de la renuncia.
Vivir el noviazgo con sobriedad y preparar de la misma manera la boda es una base formidable para vivir un matrimonio cristiano. “Al mismo tiempo, es bueno que vuestro matrimonio sea sobrio y destaque lo que es realmente importante. Algunos están muy preocupados por los signos externos: el banquete, los trajes... Estas cosas son importantes en una fiesta, pero sólo si indican el verdadero motivo de vuestra alegría: la bendición de Dios sobre vuestro amor”[9].
El noviazgo no es un paréntesis en la vida cristiana de los novios, sino un tiempo para crecer y compartir los propios deseos de santidad con aquella persona que, en el matrimonio, pondrá su nombre a nuestro camino hacia el cielo.
Aníbal Cuevas

[1] Cfr. Concilio Vaticano II, Lumen gentium (LG), 11,c. Desde 1928, San Josemaría predicó la llamada universal a la santidad en la Iglesia para todos los fieles; vid., p. ej., Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid 1973, 21.
[2] Benedicto XVI, Discurso, Ancona, 11-9-2011.
[3] San Josemaría, Surco, n. 800.
[4] Mt 22,37-39.
[5] San Josemaría, Conversaciones, n. 105.
[6] Benedicto XVI, Discurso, Ancona, 11-9-2011.
[7] Cfr. Ef 5, 21-33.
[8] Benedicto XVI, Deus Caritas Est, n. 5.

[9] Papa Francisco, Audiencia, La alegría del sí para siempre, 14-2-2014.

jueves, 28 de mayo de 2015

El noviazgo según el Papa Francisco

Texto completo de la catequesis del Papa en la audiencia del miércoles 27 de mayo de 2015

"Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En estas catequesis sobre la familia, hoy quisiera hablar de noviazgo. El noviazgo --se escucha en la palabra (en italiano se dice ‘fidanzamento’ ndr.)-- tiene con ver con la confianza, la confidencia, la fiabilidad. Confianza con la vocación que Dios dona, porque el matrimonio es sobre todo el descubrimiento de una llamada de Dios. Ciertamente es una cosa bella que hoy los jóvenes puedan elegir casarse sobre la base de un amor recíproco.

Pero precisamente la libertad de la unión requiere una consciente armonía en la decisión, no solo un simple entendimiento de la atracción o del sentimiento de un momento, de un tiempo breve. Requiere un camino. El noviazgo, en otros términos, es el tiempo en el que los dos están llamados a hacer un buen trabajo sobre el amor, un trabajo partícipe y compartido, que va a la profundidad.

Se conocen el uno al otro: el hombre entiende a la mujer aprendiendo de esta mujer, su novia; y la mujer entiende del hombre aprendiendo este hombre, su novio. No infravaloremos la importancia de este aprendizaje: es un compromiso bonito, y el amor mismo lo requiere, porque no es solamente una felicidad sin preocupaciones, una emoción encantada… El pasaje bíblico habla de toda la creación como un bonito trabajo del amor de Dios: “Dios miró, así dice el libro del Génesis, todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno”. Solamente al final, Dios “descansó”. De esta imagen entendemos que el amor de Dios, que dio origen al mundo, no fue una decisión improvisada. ¡No!, fue un bonito trabajo. El amor de Dios creó las condiciones concretas de una alianza irrevocable, sólida, destinada a durar.

La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza para la vida, no se improvisa, no se hace de un día para otro, no hay matrimonio exprés: es necesario trabajar en el amor. Es necesario caminar. La alianza del amor entre el hombre y la mujer se aprende y se afina. Me permito decir, es una alianza artesanal. Hacer de dos vidas una vida sola. Es también casi un milagro. Un milagro de la libertad y del corazón, confiado a la fe.

Tendríamos quizá que comprometernos más en este punto, porque nuestras “coordinadas sentimentales” están un poco confusas. Quien pretende querer todo y enseguida, cede también todo --y enseguida-- a la primera dificultad, o a la primera ocasión. No hay esperanza por la confianza y la felicidad del don de sí, si prevalece la costumbre de consumar el amor como una especia de “integrador” del bienestar psico-físico. ¡El amor no es esto! El noviazgo se centra en la voluntad de cuidar juntos algo que nunca deberá ser comprado o vendido, traicionado o abandonado, por tentadora que pueda resultar la oferta.

También Dios, cuando habla de la alianza con su pueblo lo hace, algunas veces en la Biblia, en términos de noviazgo. En el libro de Jeremías, hablando al Pueblo cómo se había alejado de Él, dice así en el capítulo 2. ‘Yo recuerdo el tiempo de tu juventud, el tiempo de tu noviazgo’ Cuando el Pueblo era la novia de Dios y Dios ha hecho este recorrido de noviazgo.

Hace también una promesa, lo hemos oído, ahí, al inicio de la audiencia en el libro de Oseas. ‘Te haré mi esposa para siempre,  y te daré como dote el derecho y la justicia, en  el amor y la compasión. Te daré como dote mi fidelidad, y entonces conocerás al Señor’ . Es un largo recorrido que el Señor hace con su Pueblo en este camino de noviazgo. Al final Dios se casa con su Pueblo, en Jesucristo, se casa en Jesús con la Iglesia, el Pueblo de Dios es la esposa de Jesús.

Pero cuánto camino, y vosotros italianos, en vuestra literatura, tenéis una obra maestra sobre el noviazgo. Es necesario que los jóvenes lo conozcan, lo lean. Es una obra maestra donde se cuenta la historia de los novios que han sufrido mucho dolor, han hecho un camino de muchas dificultades hasta llegar al final, al matrimonio. Pero no dejéis de lado esta obra maestra sobre el noviazgo que la literatura italiana os ha ofrecido. Es necesario ir adelante, leerlo y ver la belleza, también el sufrimiento, pero la fidelidad de los novios. (se refiere a I promessi sposi de Alessandro Manzoni)

La Iglesia, en su sabiduría, cuida la distinción entre el ser novios y ser esposos, precisamente en vista de la delicadeza y la profundidad de esta verificación. Estemos atentos a no despreciar a la ligera esta sabia enseñanza, que se nutre también de la experiencia del amor conyugal felizmente vivido. Los símbolos fuertes del cuerpo conservan las claves del alma: no podemos tratar los vínculos de la carne con ligereza, sin abrir alguna herida duradera en el espíritu. (1 Cor 6,15-20).

Cierto, la cultura y la sociedad de ahora se han convertido lamentablemente indiferentes a la delicadeza y a la seriedad de este pasaje. Y por otro lado, no se puede decir que sean generosos con los jóvenes que tienen serias intenciones de formar una familia y a traer hijos al mundo. Es más, a menudo ponen mil obstáculos, mentales y prácticos.

El noviazgo es un recorrido de vida, que debe madurar, como la fruta. Es un camino de maduración, el amor. Hasta el momento en el que se convierte precisamente en matrimonio. Los cursos prematrimoniales son una expresión especial de la preparación. Y nosotros vemos muchas parejas, que quizá llegan al curso un poco sin ganas. ‘Estos sacerdotes nos obligan a hacer este curso, pero ¿por qué? Nosotros ya sabemos...’ Lo hacen sin ganas. Pero después están contentos y dan las gracias, porque de hecho han encontrado allí una ocasión --a menudo la única-- para reflexionar sobre su experiencia en términos no banales.

Sí, muchas parejas están juntos desde hace mucho tiempo, quizá también en la intimidad, a veces viviendo juntos, pero no se conocen verdaderamente. Parece extraño, pero la experiencia demuestra que es así. Por eso, se debe revalorar el noviazgo como tiempo de conocimiento recíproco y de compartir un proyecto.

El camino de preparación al matrimonio viene configurado en esta perspectiva, valiéndose también del testimonio simple pero intenso de los cónyuges cristianos. Y dirigiéndose también aquí sobre lo esencial: la Biblia, de redescubrir juntos, de forma consciente; la oración en su dimensión litúrgica, pero también esa oración ‘doméstica’, de vivir en familia. Los sacramentos, la vida sacramental, la confesión, la comunión... El Señor viene a vivir en los novios y les prepara para recibirles verdaderamente el uno con el otro con la gracia de Cristo; y a la fraternidad con los pobres y con los necesitados, que nos invitan a la sobriedad y a compartir. Los novios que se comprometen en esto, ambos, esto lleva a preparar una bonita celebración del matrimonio. De forma distinta, no mundana, sino de forma cristiana.

Pensemos en estas palabras de Dios que hemos escuchado cuando Él habla a su pueblo, como el novio a la novia. ‘Te haré mi esposa para siempre,  y te daré como dote el derecho y la justicia, en el amor y la compasión. Te daré como dote mi fidelidad, y entonces conocerás al Señor’.

Cada pareja de novios piense en esto y diga el uno al otro ‘te haré mi esposa, te haré mi esposo, espero ese momento’. Es un momento, es un recorrido que va despacio hacia adelante y que  es un recorrido de maduración. No deben quemarse las etapas del camino. La maduración se hace así, paso a paso.
El tiempo del noviazgo puede convertirse de verdad en un tiempo de iniciación, ¿a qué? a la sorpresa, a la sorpresa de los dones espirituales con los cuales el Señor, a través de la Iglesia, enriquece el horizonte de la nueva familia que se dispone a vivir en su bendición.

Ahora, invito a rezar a la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, José y María. Rezar para que la familia tenga este camino de preparación. Y rezar por los novios. Rezamos a la Virgen todos juntos, un Ave María por todos los novios para que puedan entender la belleza de este camino hacia el matrimonio. Ave María… "


miércoles, 26 de diciembre de 2012

Tiempo de compromiso


“Tiempo de compromiso en el mundo para los cristianos”

Artículo de S. S. Benedicto XVI publicado el 20/12/2012 en el Financial Times

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, fue la respuesta que Jesús dio cuando se le preguntó lo que pensaba sobre el pago de impuestos. Los que lo interrogaban, obviamente, querían tenderle una trampa. Querían obligarlo a tomar posición ante el encendido debate político sobre el dominio romano en tierra de Israel. Sin embargo había en juego mucho más: si Jesús era realmente el Mesías esperado, entonces seguramente se habría opuesto a los dominadores romanos. Por lo tanto la pregunta, estaba calculada para desenmascararlo, o como una amenaza para el régimen, o como un impostor.

“La respuesta de Jesús conduce hábilmente la cuestión hasta un nivel superior, advirtiendo sobre el peligro de la politización de la religión y la deificación del poder temporal, pero también ante la incansable búsqueda de la riqueza. Quienes lo escuchaban tenían que comprender que el Mesías no era César, y que César no era Dios. El reino que Jesús venía a instaurar era de una dimensión absolutamente superior. Como respondió a Poncio Pilatos: “mi reino no es de este mundo”.

“Las narraciones de Navidad del Nuevo Testamento tienen el objeto de expresar un mensaje similar. Jesús nació durante un “censo del mundo entero”, querido por César Augusto, el emperador famoso por haber llevado la Pax Romana a todas las tierras sometidas al dominio romano. Sin embargo este niño, nacido en un oscuro y lejano rincón del imperio, estaba por ofrecer al mundo una paz mucho más grande, verdaderamente universal en sus objetivos y trascendente sobre cada límite de espacio y de tiempo.
Jesús se nos presenta como heredero del rey David, pero la liberación que él trajo a su propia gente no significaba ahuyentar los ejércitos enemigos sino vencer para siempre el pecado y la muerte.

El nacimiento de Cristo nos desafía a repensar nuestras prioridades, nuestros valores, nuestro mismo modo de vivir. Y mientras la Navidad es sin duda un tiempo de gran alegría, es también una ocasión de profunda reflexión, más aun, es un examen de consciencia. Al final de un año que ha significado privaciones económicas para muchos ¿qué cosa podemos aprender de la humildad, de la pobreza, de la sencillez de la escena del pesebre? La Navidad puede ser el tiempo en el que aprendemos a leer el Evangelio, a conocer a Jesús no solamente como el Niño del pesebre, sino como aquel en el cual reconocemos a Dios hecho Hombre. Es en el Evangelio donde los cristianos encuentran inspiración para toda su vida cotidiana y para su participación en los asuntos del mundo - sea que esto suceda en el Parlamento o en la Bolsa-. Los cristianos no deben escapar del mundo; por lo contrario, deben comprometerse en él. Pero su participación en la política y en la economía deben trascender cada forma de ideología.

Los cristianos combaten la pobreza porque reconocen la dignidad suprema de cada ser humano, creado a imagen de Dios y destinado a la vida eterna. Los cristianos trabajan por una repartición equitativa de los recursos de la tierra porque están convencidos de que, en su calidad de administradores de la creación de Dios, tenemos el deber de hacernos responsables de los más pobres y de los más vulnerables. Los cristianos se oponen a la avidez y a la explotación, convencidos de que la generosidad, y un amor que se olvida de sí mismo, enseñados y vividos por Jesús de Nazaret, son el camino que conduce a la plenitud de la vida. La fe cristiana en el destino trascendente de cada ser humano implica la urgencia de la tarea de promover la paz y la justicia para todos.

Debido a que tales fines son compartidos por muchos, es posible una gran y fructífera colaboración entre los cristianos y los demás. Sin embargo los cristianos, dan a César solamente aquello que es de César pero no aquello que pertenece a Dios. Algunas veces a lo largo de la historia los cristianos no han podido condescender a las solicitudes hechas por César. Desde el culto del emperador de la antigua Roma hasta los regímenes totalitarios del siglo apenas transcurrido, César ha tratado de ocupar el puesto de Dios. Cuando los cristianos rechazan de inclinarse ante los falsos dioses propuestos en nuestros tiempos no es porque tienen una visión anticuada del mundo. Por el contrario, eso sucede porque están libres de ataduras ideológicas y son animados por una visión tan noble del destino humano, que no pueden aceptar compromisos con nada que lo pueda insidiar.

En Italia, muchas escenas de nacimientos están adornadas con ruinas de los antiguos edificios romanos como fondo. Esto demuestra que el nacimiento del niño Jesús marca el fin del antiguo orden, el mundo pagano, en el que las reivindicaciones de César parecían imposibles de desafiar. Ahora hay un nuevo rey que no confía en la fuerza de las armas, sino en la potencia del amor. Él lleva la esperanza a todos aquellos que, como Él mismo, viven al margen de la sociedad. Lleva esperanza a cuantos son vulnerables en las fluctuantes fortunas de un mundo precario. Desde el pesebre, Cristo nos llama para vivir como ciudadanos de su reino celestial, un reino que cada persona de buena voluntad puede ayudar a construir aquí sobre la tierra. 

miércoles, 31 de octubre de 2012

¿Por qué rezar?

Conferencia pronunciada por el Dr. Higinio Marín, Profesor de Antropología Filosófica en el Colegio Mayor Albalat (Valencia. Octubre 2012-10-28)

 Está es una pregunta para que la responda un hombre de oración, tal vez asistido por un teólogo o ayudado por conocimientos teológicos. (Yo solo puedo responder desde mi modesta experiencia y mi oficio de filósofo. Me temo que ninguno de mis dos patrimonios suponen una gran ayuda. En cualquier caso aquí estoy dispuesto a decir lo que esté en mi mano).

Me parece que la primera razón por la que rezar es para no estar solo. En realidad esa es la primera razón por la que nos dirigimos a los demás; intentamos superar la soledad porque esa situación no nos es adecuada, porque en soledad no somos lo que realmente somos, pues la relación es nuestro modo de ser. Buscamos esposa, amigos, tenemos familia y relaciones profesionales y sociales. Esa red de relaciones compone nuestro lugar en el mundo; un lugar que nos permite orientarnos y hasta saber quiénes somos. Si nos separaran de todo eso quedaríamos muy expuestos y dubitativos sobre nuestra propia realidad.

 “No es bueno que el hombre esté solo”, sabemos que se dijo en el Génesis, y no es bueno, en efecto. Lo sabemos porque amamos la compañía y padecemos la soledad. Estar solos nos hace sufrir, mientras que estar con otros nos produce contento y suponen una respuesta a nuestros interrogantes. Pero esas relaciones no terminan de decírnoslo todo. Queda un resto no saturable por el amor o el cariño y la amistad. Hay un adentro más interior que nosotros mismos y que ni siquiera nosotros alcanzamos a tocar. Podemos quedarnos a solas con nosotros mismos, pero sabemos que algo se nos escapa. Somos un misterio y hay una clase de soledad que no alcanzamos a resolver del todo con los demás. Rezar es reconocer que esa soledad no es la última palabra, que en esa soledad hay escondida una presencia, más íntima para mí que yo mismo y que me revela y me dice quién y qué soy como de ningún otro modo podría llegar a saber.

Rezar es, antes que nada, reconocer que no estamos solos y, por tanto, la primera razón para rezar que se me ocurre es, precisamente, para no estar solos, para salir de esa situación que nos hace sufrir, para saber quiénes somos y habitarnos hasta más adentro de dónde alcanzamos por nosotros mismos. En nuestro ser más íntimo somos compañía y rezar es buscar al Ser capaz de esa compañía más interior a mí que yo mismo, el único capaz de habitar el lugar donde me quedo a solas conmigo mismo. Claro que yo puedo querer estar del todo solo y no tener compañía, quedarme a solas conmigo mismo y que nadie sepa lo que allí guardo o pienso, convertirme en un secreto, en algo escondido y fuera del alcance de los demás. Y en la medida que me hago un secreto compuesto de los secretos que guardo dentro, me voy ocultando a mi mismo que más bien soy un misterio. Los secretos temen el conocimiento; los misterios aman ser conocidos. Nosotros podemos temer ser conocidos, eso es el pecado, lo que nos mueve a escondernos, como hicieron Adán y Eva una vez hubieron pecado. Desde entonces es normal la resistencia a ser conocidos, pero aún así no somos un secreto sino un misterio y anhelamos ser conocidos y darnos a conocer. Rezar es invitar, llamar y no esconderse; reconocer que no estamos solos y que cuando me pongo a solas conmigo mismo estoy, no obstante, acompañado: hay una presencia que tal vez solo presiento, como una sombra o un movimiento que me hace preguntar ¿quién hay ahí? El “ahí” soy yo, pero lo que hay es Él; intuirlo es preguntar, tal vez la primera forma de rezar.

Rezar es, pues, no estar solo, “marchar con Dios” se dice a veces en la Biblia. “Ve con Dios” era una forma de despedirse que se decían las personas mayores cuando yo era niño. La oración es no estar solos nunca, ni siquiera cuando estamos a solas con nosotros mismos. Estar solo es también estar a la intemperie y que el fondo y la naturaleza de nuestra alma no sea la intimidad sino el desamparo. Rezar es, por eso, pedir amparo, querer salir de la soledad, llamar a quien puede sacarme de esa soledad desamparada. Todos somos ‘desamparados’ así que hay que rezar para pedir amparo: llamar desde nuestra soledad, gemir pidiendo compañía y ayuda. Hay que pedir aunque sepamos que si Dios existe y es Dios entonces sabe antes de que le pidamos lo que necesitamos, obviamente. Pero pedir a veces forma parte de la preparación necesaria para recibir, así que no se puede obviar o eludir. Los padres humanos a veces sabemos lo que nuestros hijos necesitan o bien estamos dispuestos a darles algo que nos piden y, sin embargo, nos hacemos de rogar porque pedirlo con insistencia forma parte de la preparación para recibirlo como es debido, no solo con la gratitud debida, sino con la responsabilidad que requiere. Al pedir a Dios descubrimos causas de gratitud en todo: pedimos salud y nos movemos a agradecer la salud poseída y disfrutada; pedimos holguras económicas y apreciamos el malgasto hecho y agradecemos el evitado. Pedir hasta lo poseído nos descubre la realidad entera como un don. Además pedir nos pone en relación con Dios como persona, como una voluntad omnipotente pero que hay que escuchar.

Rezar no es hacer actos mágicos que producen lo que significan. Eso es el poder de Dios (dijo luz y se hizo la luz), y eso son los sacramentos como medios de su poder-gracia para llegar a los hombres. Pero los hombres no somos Dios y no podemos pretender que nuestros gestos o palabras produzcan nuestros deseos. Rezar no es decir fórmulas mágicas sino entrar en dialogo con Otro. Con frecuencia la oración de petición, la que surge de nuestras necesidades, es la que nos mueve con su urgencia a dirigirnos a Dios. Pero seguramente eso no implica que sea la primera forma de la oración. El desamparo es una soledad necesitada, pero antes todavía de la necesidad está la soledad que es ella misma una ‘necesidad’, aunque no sea tan frecuentemente sentida. También cuando somos felices y una alegría verdadera nos arrebata buscamos y ‘necesitamos’ compañía para compartirla y para, en realidad, darle sentido porque una alegría completamente solitaria no lo sería propiamente. Freud sostiene que el ‘sentimiento’ religioso deriva del sentimiento de desamparo infantil y la nostalgia del padre que se refuerza a lo largo de la vida por la omnipotencia del destino.

Freud cree que al señalar esa derivación está desautorizando lo que llama el sentimiento religioso y la religión en realidad. Pero lejos de hacerlo abre una vía para la comprensión de la importancia que la figura del padre y la dependencia filial tienen para la comprensión de Dios: el hombre en su condición filial es imagen de Dios Padre e Hijo. No es el desamparo infantil la ‘causa’ de la religión, sino Dios y su modo de ser la imagen a la que se asemeja el hombre. Rezar es reconocer el desamparo y dirigirse a quien nos puede proteger: buscar al Padre, volver a Él. Decir “Padre nuestro” es el camino de oración que ha hecho posible Cristo, el Hijo, con Quien y desde Quien podemos llamar Padre a su Padre Dios. Decir Padre es no estar solo ni desamparado, y tener además la compañía de aquellos con quienes decimos “Padre nuestro”, los demás, los hermanos en Dios: la Iglesia, el lugar eminente del amparo divino y de su paternidad para los hombres. Rezar es, pues, llamar Padre a Dios, reconocerse niños, desamparados. No hacerlo no es solo quedarse a solas, sino no esperar que pueda venir ayuda. La soledad es al final siempre desesperación, no poder esperar nada más que lo que yo logre.

No confiar en nada que pueda llegar de fuera para salvarnos es no solo desesperar sino aspirar a ser suficiente por sí solo, al menos mientras sea posible. En la soledad preferida hay un aliento frío de suficiencia. Los romanos acusaron de impiedad al general que comandaba su flota y que desoyendo los augurios decidió atacar a los cartagineses y fue derrotado. Cuando regresó fue apresado y juzgado. Conducirse como si los dioses no tuvieran cartas en el asunto y como si su propio poder fuera suficiente es impío; quien vive como si no hubiera nadie sobre su cabeza y sin mirar al cielo se declara solo en el mundo y, con frecuencia, suficiente. Estar pendiente del cielo nos pone en nuestro lugar, con “los pies en la tierra” solemos decir. Recordar la tierra, humus, es tanto como estar en ella y no olvidarlo: humildad. La humildad es lo que tienen quienes miran al cielo expectantes y no olvidan que son tierra, que serán inhumados al final porque son mortales. Todo lo anterior nos pone ante un tercer grupo de razones por las que rezar: para estar en la realidad. Acabamos de ver que rezar nos pone en nuestro sitio, nos pone en humildad y nos deja estar presentes ante nuestra verdadera condición. Rezar es, pues, recordar qué somos y quienes somos, no evadir nuestra realidad o escamotearla sino afrontarla o, mejor, habitarla: estar en presencia de Dios nos pone en presencia de nuestra propia condición, de nuestra auténtica realidad.

Rezar nos pone en nuestro sitio y nos muestra la escala de lo real sin deformaciones. La sinceridad no es lo mismo que la verdad. Podemos ser sinceros y sin embargo no acertar a decir la verdad porque, sencillamente, no la conocemos o la vemos deformada o parcialmente. Estar en la realidad permite que al ser sinceros seamos también veraces, es decir, que digamos la verdad porque acertamos a juzgarla y la conocemos, aunque sea limitadamente. Rezar nos permite conocernos y estar en presencia de nuestra manera de ser en realidad. Con sus fealdades y con sus potencialidades. Nos permite, además, reconocer las deudas y darles vigencia: lo que debemos a otros, lo que debemos pero no podremos restituir y hemos de pedir que nos sea perdonado, lo que nos ha sido dado y hemos de agradecer. Rezar es responder de nuestras deudas y pedir fiadores e intercesores para lograr lo que necesitamos. Al rezar las cosas toman relieve, cobran profundidad y son visibles desde una perspectiva verdadera. No hay otra manera de ‘atenernos sobriamente a la realidad’ que viendo las cosas con un ‘conocimiento completo’, es decir, sin dejar fuera lo sustancial y definitivo.

El que reza no se ausenta de lo que hay en realidad, no se ausenta de la realidad. Rezar nos pone, además en presencia de los otros porque nos deja considerarlos por sí mismos, en sí mismos o, lo que es lo mismo, para Dios. Solo vistos para Dios vemos de verdad a los otros, con su absoluto valor que es lo mismo que con su absoluta dependencia de Dios. Sin Dios los otros se desvanecen y poco a poco van tomando la forma de sombras, de instrumentos para nuestros intereses. Rezar nos deja salir de nuestro punto de vista, cuestionarlo y ponderarlo con otras visiones, incluso con una visión que venga de lo alto. En ese sentido rezar es elevar en punto de vista, ganar horizonte y sumar perspectivas: un conocimiento más completo. Pero toda esa profundidad de campo nueva no es complejidad sino sencillez. No se ven todos los perfiles rompiéndolos como hace el cubismo que los doblega todos a la unidimensionalidad, sino resumiéndolos en lo definitivo. No vemos como viejos experimentados sino como niños. Rezar nos hace niños sin hacernos infantiles: confiados sin estolidez; ingenuos y simples pero verdaderos. Los niños suponen causas morales en todo: saben que en el árbol caído que ha hecho daño no hay un bien que debería haber. Y en efecto, en los arboles que caen, en los vientos que arrastran, en las fieras que matan y en el universo entero que es una amenaza latente hay una maldad antigua como el hombre. Al rezar reconocemos la raigambre de ese mal cruzándonos y nos hace saber que necesitamos ayuda para no formar parte del mal, para no acrecentarlo.

Rezar nos revela pecadores, colaboradores del mal y necesitados de perdón. Pero reconocerse pecador y pedir perdón es simultáneo porque nuestro pecado no es más grande que su poder. Por eso rezar nos aquieta y nos da paz que, dice san Agustín, es la tranquilidad en el orden. Esa tranquilidad es también estancia en el orden, su conocimiento. En cambio no rezar es habitar una realidad superficial, fingida, ‘fugitiva’ en el sentido de que sirve de fuga y olvido. Vivir sin rezar es una suerte de narcosis y embotamiento de nuestra capacidad de realidad. Al rezar la realidad se revela al mismo tiempo como menos absoluta, más dependiente de Dios y menos definitiva pero más ‘relevante’, con relieves más vivos y atractivos. No se trata tanto o solo de conocer la verdad como de conocer de verdad y de ser verdadero. Al rezar nos sobreviene la presencia real, anticipación y reflejo de la presencia real de Dios en la Eucaristía y en la gloria donde todo será revelado y hecho de nuevo.

martes, 12 de junio de 2012

Origen cristiano de los valores modernos


El origen cristiano de los valores modernos

martes, 18 de mayo de 2010
Romano Guardini


Gentileza de www.univforum.org
Romano Guardini (1885-1968), teólogo y filósofo, es una de las figuras más importantes e influyentes del panorama intelectual alemán del siglo XX. El texto procede del El ocaso de la Edad Moderna que aparece en el vol. I de Obras de Guardini (Cristiandad, Madrid 1981), pp.104-115.

En la Edad Media todos los estratos y ramificaciones de la vida estaban informados por lo religioso. La fe cristiana constituía la verdad universalmente aceptada. La legislación, la organización social, la ética tanto pública como privada, el pensamiento filosófico, el trabajo artístico, las ideas que movían la historia, todo, en cualquier sentido que fuese considerado, ostentaba el sello común de ser cristiano y estar sometido a la Iglesia. Con esto nada queremos decir sobre el valor humano y cultural de tal o cual figura, ni de las obras que corresponden a ese cuadro histórico; no obstante, hasta la forma de producirse una injusticia estaba sometida a los principios cristianos. La Iglesia tenía la más estrecha unión con el Estado, e incluso en aquellos casos en que el emperador y el papa, el príncipe y el obispo mantenían relaciones tirantes, se acusaban y difamaban mutuamente, no fue puesta en tela de juicio la Iglesia en cuanto tal. (...)
En el transcurso de la Edad Moderna esta situación sufre una modificación profunda. Se duda cada vez más hondamente de la verdad de la revelación cristiana; su valor para la ordenación y dirección de la vida es impugnado con firmeza creciente. Para colmo, la orientación de la cultura se pone en contradicción cada vez más aguda con la Iglesia. La nueva pretensión de que las distintas esferas de la vida y de la actividad -política, economía, organización social, ciencia, arte, filosofía, pedagogía, etc.- debían ser desarrolladas partiendo sólo de sus principios internos, aparece como algo cada vez más evidente. De este modo, se configura una forma de vida no cristiana y, en múltiples aspectos, anticristiana. Dicha forma se impone de un modo tan lógico, que aparece como lo normal, y el postulado de que la vida tiene que ser dirigida por la revelación recibe el carácter de una usurpación de la Iglesia. Hasta el creyente acepta en gran medida esta situación, por cuanto que piensa que las cosas religiosas constituyen una esfera propia, así como las cosas del mundo constituyen la suya; que cada esfera debe configurarse según su propia naturaleza, y que debe quedar reservada al individuo la determinación de la medida en que desea vivir dentro de cada una de ellas.
Consecuencia de ello es que, de un lado, surge una existencia laica autónoma, libre de influencias cristianas directas, y de otro, un cristianismo que imita de un modo característico esa «autonomía». Así como surge una ciencia puramente científica, una economía puramente económica, una política puramente política, nace también una religiosidad puramente religiosa. Dicha religiosidad pierde cada vez más la relación inmediata con la vida concreta, su validez 'general es cada vez menor, se limita con creciente exclusividad a la enseñanza y práctica «puramente religiosas», y para muchos tiene todavía el único sentido de dar consagración religiosa a ciertos momentos culminantes de la existencia, como el nacimiento, el matrimonio y la muerte. (...)
La cualidad de persona pertenece a la esencia del hombre; pero solamente se hace visible mediante la Revelación.
Hemos visto que desde comienzos de la Edad Moderna se trabaja por elaborar una cultura no cristiana. Durante mucho tiempo esta actitud negativa apunta únicamente al contenido mismo de la revelación, no a los valores éticos, sean individuales o sociales, que se han desarrollado bajo la influencia de aquélla. Por el contrario, la cultura de la Edad Moderna sostiene que se basa precisamente en estos valores. Según su punto de vista —aceptado en gran medida por los estudios históricos—, los valores, por ejemplo, de la persona, de la libertad, responsabilidad y dignidad individuales, del respeto mutuo y de la mutua ayuda, constituyen posibilidades innatas en el hombre, descubiertas y desarrolladas por la Edad Moderna. Afirma esta tesis que es cierto que la formación humana de los primeros tiempos del cristianismo cuidó de desarrollar esos gérmenes, al igual que la Edad Media fomentó la vida interior y la práctica de la caridad. No obstante, la autonomía de la persona hizo posteriormente su aparición, y se trata de una conquista de orden natural, independiente del cristianismo. Este modo de ver las cosas se acuña en múltiples expresiones; una de ellas, especialmente representativa, la hallamos en los derechos del hombre, proclamados por la Revolución Francesa.
En realidad, estos valores y actitudes están vinculados a la revelación, que está en una relación específica con lo que es humano por naturaleza. Procede de la liberalidad de Dios, pero asume lo humano dentro de su armonía, naciendo así la estructura cristiana de la vida. Como consecuencia, quedan libres en el hombre energías que en sí son «naturales», pero que no se hubieran desarrollado fuera de esa estructura. Aparecen en el campo de la conciencia valores que, si bien son evidentes en sí, solamente pueden ser descubiertos bajo esas condiciones. Por tanto, la tesis de que estos valores y actitudes en cuestión corresponden simplemente al desarrollo de la naturaleza humana ignora el sentido real de los mismos; más aún, desemboca —digámoslo sin rodeos— en un fraude que pertenece también, para quien vea las cosas como son, al cuadro de la Modernidad.
La cualidad de persona pertenece a la esencia del hombre; pero solamente se hace visible y puede ser afirmada por la voluntad moral si mediante la revelación se abre paso a la relación con el Dios personal vivo en los dogmas de la filiación divina y de la divina providencia. Si esto no ocurre, tendremos conciencia del individuo bien dotado, distinguido, genial, pero no de la persona auténtica, que constituye una determinación radical de todo hombre por encima de todas sus cualidades psicológicas o culturales. Así, pues, el saber acerca de la persona queda ligado a la fe cristiana. La afirmación y el cultivo de la primera sobreviven ciertamente durante algún tiempo a la extinción de esa fe, pero luego van desapareciendo paulatinamente.
Lo mismo puede decirse de aquellos valores que constituyen el desarrollo de la conciencia de ser persona. Así, por ejemplo, de aquel profundo respeto, no a la inteligencia extraordinaria o a la posición social, sino a la realidad de la persona en cuanto tal: a su unicidad cualitativa y a su carácter irremplazable e inalienable en todo hombre, aun cuando en lo restante tenga éste la misma índole y capacidad que los demás. O de aquella libertad que no significa la posibilidad de desarrollarse y de gozar de la vida, reservada por ello a los privilegiados de la naturaleza o de la sociedad, sino la aptitud de todo hombre para decidirse y para ser dueño, con esta decisión, de sus actos y, en sus actos, de sí mismo. O bien de aquella inclinación hacia el otro, que no supone simpatía, ayuda mutua, deber social o algo por el estilo, sino la posibilidad de afirmar el «tú» en él y de constituirse en «yo» mediante esa afirmación. Todo esto se mantiene vivo sólo en tanto que el saber acerca de la persona conserve su vitalidad. Pero a medida que ese saber va degenerando a la par que la fe en las relaciones con Dios, que enseña el cristianismo, se desvanecen también aquellos valores y actitudes.
Ya Nietzsche advirtió que el hombre no cristiano de la Modernidad no sabe realmente lo que significa no ser cristiano.
El hecho de que no se reconociera la relación de la revelación con lo humano, de que la Modernidad se adjudicara la paternidad de la cualidad de persona y de la esfera de los valores personales, pero rechazara la revelación que constituía la garantía de esa cualidad y de esa esfera, ha dado origen al fraude intrínseco de que antes hablábamos. Todo este complejo se ha ido desvelando poco a poco. El clasicismo alemán se apoya en valores y actitudes sometidos ya a revisión. Su concepción del hombre es noble y bella, pero sin la suprema raíz de la verdad, puesto que rechaza la revelación, aunque se nutra absolutamente de sus resultados. Por esto su actitud humana empezó a difuminarse ya en la generación siguiente. Y no porque el nivel de ésta fuese más bajo, sino porque la cultura de la persona, arrancada de sus fundamentos, demostró ser impotente frente al naciente positivismo.
Este proceso ha seguido su camino hacia adelante, y cuando más tarde brotó de improviso el sistema de valores de las dos últimas décadas, tan rotundamente opuesto a toda la tradición cultural de la Edad Moderna, tanto ese carácter repentino del fenómeno como esa posición fueron meramente aparentes; lo que en realidad ha sucedido es que se hizo patente un vacío, existente ya con mucha anterioridad: juntamente con la revelación había desaparecido la conciencia de lo que es auténticamente la persona y de su mundo de valores y actitudes.
Los tiempos venideros arrojarán una claridad espantosa, pero salvadora, sobre estas cosas. Ningún cristiano puede alegrarse del progreso de esta actitud anticristiana, pues la revelación no es ciertamente una vivencia subjetiva, sino la verdad absoluta, consumada por aquel que, a su vez, creó el mundo; y todo momento histórico que hace imposible el influjo de esa verdad está amenazado en lo más íntimo. Sin embargo, es necesario que se descubra el fraude de que hablamos. Se verá entonces a qué realidad se llega si el hombre se desliga de la revelación y del usufructo que de ella venía teniendo.
Pero aún no hemos dado respuesta a la pregunta siguiente. ¿De qué naturaleza será la religiosidad del futuro? No hacemos referencia a su contenido revelado, que es eterno, sino a la manera de realizarse éste en la historia, a la estructura humana de ese contenido. Sobre esto habría que decir muchas cosas y se podrían hacer muchas conjeturas; sin embargo, tenemos que ser breves.
Ante todo, tendrá gran importancia lo que hemos indicado últimamente: el fuerte progreso de la forma de existencia no cristiana. Cuanto mayor sea la decisión con que el incrédulo, niegue la revelación, y cuanto más consecuente sea en la práctica de esa negación, tanto mayor será la claridad con que se verá lo que es ser cristiano. Es preciso que el incrédulo salga de la niebla de la secularización, que renuncie al beneficio abusivo de negar la revelación, apropiándose, sin embargo, los valores y energías desarrollados por ella; que ponga en práctica seriamente la existencia sin Cristo y sin el Dios revelado por él y tenga experiencia de lo que eso significa. Ya Nietzsche advirtió que el hombre no cristiano de la Modernidad no sabe realmente lo que significa no ser cristiano. Las décadas pasadas han proporcionado un esbozo de ello, y sólo constituyeron el comienzo.
La historia no puede ser desandada: si el hombre actual se hace pagano, lo será en un sentido totalmente diferente al del hombre del tiempo anterior a Cristo.
Se va a desarrollar un nuevo paganismo, pero de naturaleza distinta que el primero. También aquí encontramos una falta de visión clara, que afecta a otras cosas, entre ellas a nuestras relaciones con la Antigüedad. El hombre no cristiano actual tiene con frecuencia la opinión de que puede suprimir el cristianismo y buscar un nuevo horizonte religioso partiendo de la Antigüedad. Pero en esto yerra. La historia no puede ser desandada. La Antigüedad como forma de existir pasó definitivamente. Si el hombre actual se hace pagano, lo será en un sentido totalmente diferente al del hombre del tiempo anterior a Cristo. La actitud religiosa de este hombre, pese a toda la grandeza tanto de su vida como de su obra, tuvo algo de ingenuidad juvenil. Vivió en un tiempo en que aún no había tenido lugar la opción que supone la venida de Cristo. Mediante ella, sean cuales sean sus consecuencias, entra el hombre en un nuevo plano existencial; Soren Kierkegaard puso en claro esto de una vez para siempre.
La existencia del hombre cobra, a partir de esa opción, una seriedad que la Antigüedad no conoció, porque no podía conocerla. Dicha seriedad no tiene su origen en una madurez meramente humana, sino en el llamamiento de Dios, que la persona oye a través de Cristo. Abre ésta los ojos, y queda, quiéralo o no, despierta. Se origina de la participación a lo largo de los siglos de la existencia de Cristo; de la experiencia de aquella tremenda claridad con la que él «ha sabido lo que hay en el hombre», y de aquel valor sobrehumano con que él abordó la existencia. De ahí el extraño efecto que nos producen los anticristiano s de no haber alcanzado la madurez al apoyarse en la fe de la Antigüedad.
Dígase lo mismo de la revalorización de la mitología nórdica. A no ser que sirva únicamente para encubrir fines de poder, como en el nacionalsocialismo, es tan vana como la de la mitología antigua. El paganismo nórdico se encontraba igualmente ante la opción que le obligaba a abandonar el vivir oculto y, a la vez, lleno de trabas de una existencia natural con sus ritmos e imágenes, para penetrar en el mundo serio de la persona, fueran cuales fueren las consecuencias de esa opción.
Con mayor razón ha de decirse lo mismo de todas las tentativas de crear una nueva mitología mediante la secularización de pensamientos y actitudes cristianos, como sucede, por ejemplo, en la poesía de Rilke de última hora [En mi libro El análisis del ser en Rainer Maria Rilke ofrezco más precisiones a estas ideas en una interpretación completa de las Elegías de Duino].
Lo que esta poesía tiene de original, es decir, la voluntad de quitar a la revelación su carácter trascendente y fundamental, una existencia únicamente terrena, muestra ya su impotencia por su incapacidad para influir sobre el nuevo ambiente que va surgiendo. Los intentos de los Sonetos a Orfeo, en este sentido, adolecen de una indigencia que da lástima, y que en la pretensión expresada en las Elegías llega a producir extrañeza.
Por lo que hace, finalmente, a concepciones como la del existencialismo francés, que niegan de forma tan brutal el sentido de la existencia, uno se pregunta si no constituirán una especie de romanticismo desesperado, cuya posibilidad se debe a las conmociones de las últimas décadas. Una tentativa no sólo de colocar la existencia en contradicción con la revelación cristiana, sino de basarla en fundamentos independientes de la misma y totalmente secularizados, habría de caracterizarse por un realismo completamente distinto. Tendremos que esperar para ver en qué medida logra el mundo oriental convertir esa tentativa en realidad y qué ocurrirá entonces con el hombre.

miércoles, 10 de marzo de 2010

El cristianismo no es un moralismo

Se entiende por moralismo una exaltación desmedida de los valores morales, que conduce a una vida centrada en el “cumplimiento” de unas reglas o un código moral. Pues bien, esto no es el cristianismo. Lo ha explicado y subrayado Benedicto XVI en su visita al seminario de Roma el 12 de febrero de 2010, con referencia al capítulo 15 del Evangelio de San Juan.

La Iglesia es la viña que Dios ha plantado –ya en el Antiguo Testamento, al elegir al Pueblo de Israel– y esperaba de ella muchos frutos. Ahora la viña es la Iglesia y por eso hemos de “permanecer” en Cristo, especialmente por medio de la Eucaristía. En ella encontramos y nos unimos a esta “gran historia de amor, que es la verdadera felicidad”.

Como consecuencia de ese “permanecer” con Cristo –el nivel que el Papa llama “ontológico”, es decir, perteneciente al ser– vienen otras palabras –que expresan el nivel del obrar–: “Guardad mis mandamientos”. Por tanto es la unión con Cristo la que procura el fruto anticipado de nuestro amor; no somos nosotros los importantes –nuestras obras y nuestras valoraciones–, sino que lo más importante es ese darse de Dios mismo, que precede a nuestro obrar: “No somos nosotros los que hemos de producir el gran fruto; el cristianismo no es un moralismo, no somos nosotros los que debemos hacer cuanto Dios espera del mundo, sino que ante todo debemos entrar en ese misterio ontológico: Dios se da a sí mismo. Su ser, su amar, precede a nuestro obrar, y, en el contexto de su Cuerpo, en el contexto de su estar con Él, indentificados con él, ennoblecidos con su sangre, también nosotros obrar con Él”.

En otros términos, que fundamentan la ética cristiana, –“la ética es consecuencia del ser”– explica Benedicto XVI que primero el Señor nos da un nuevo ser, esto es, el gran don de la unión con Cristo; de este ser se sigue al actuar, como una realidad orgánica, que actúa conforme a lo que es; no como quien obedece a una ley externa que otro le impone; sino como quien actúa gustosamente desde el amor. “Y así damos gracias al Señor porque nos ha sacado del puro moralismo; no podemos obedecer a una ley que está frente a nosotros, sino que debemos sólo obrar según nuestra nueva identidad”. Por tanto no se trata de una obediencia a algo exterior, “sino de una realización del don del nuevo ser”, que es el amor de Dios en Cristo.

A todo ello le sigue este mandamiento nuevo: “Amaos como yo os he amado”. No hay amor es más grande que este “dar la vida por los propios amigos”. ¿Pero qué quiere decir esto exactamente?, se pregunta Benedicto XVI. Tampoco aquí se trata –dice por tercera vez– de un moralismo. Una posible interpretación, argumenta el Papa, sería: “No es un mandamiento nuevo; el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo existe ya en el Antiguo Testamento”. Otra posición de algunos: “Ese amor queda radicalizado; este amor al otro debe imitar al de Cristo, que se ha dado por nosotros; debe ser un amor heroico, hasta el don de sí mismos”. “En este caso –replica–, sin embargo, el cristianismo sería un moralismo heroico. Es verdad que debemos llegar hasta esta radicalidad del amor, que Cristo nos ha mostrado y donado, pero también es cierto que la verdadera novedad no es –insiste– lo que hacemos nosotros, la verdadera novedad es cuanto Él ha hecho: el Señor se nos dado Él mismo, y el Señor nos ha dado la verdadera novedad de ser miembros en su cuerpo, ser sarmientos de la vida que es Él. Por tanto, la novedad es el don, el gran don, y desde ese don, desde esa novedad del don, se sigue también, como he dicho, el nuevo obrar”.

Para dar con la raíz de la “novedad cristiana”, el Papa acudió al pensamiento de Santo Tomás de Aquino. Éste afirma, con respecto al cristianismo, que “la nueva ley es la gracia del Espíritu Santo”. E interpreta el Papa: “La nueva ley no es un mandamiento más difícil que los otros: la nueva ley es un don, la nueva ley es la presencia del Espíritu Santo que se nos da en el Sacramento del Bautismo, en la Confirmación, y se nos da cada día en la Santísima Eucaristía”.

Con la clave de ese don del amor, que es el Espíritu Santo –principio de unidad y vida de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo–, interpretaba Benedicto XVI también las palabras del Señor: “’Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Yo os he llamada amigos porque todo lo que he oído del Padre os lo he dado a conocer’. Ya no somos siervos ¬–observaba el Papa– que obedecen al mandato, sino amigos que conocen, que están unidos en la misma voluntad, en el mismo amor”.
Al final de su intervención expresó que forma parte de la novedad cristiana también el hecho de que el Espíritu Santo se nos dé –junto con los sacramentos– como fruto principal de la oración, para que “podamos responder a las exigencias de la vida y ayudar a los otros en sus sufrimientos”.

Toda una lección. Desde aquí se ilumina el por qué se nos insiste en la prioridad de los sacramentos –sobre todo la Eucaristía y la Penitencia– y la oración. Y la respuesta es: porque es el Espíritu Santo, y no nuestras obras o realizaciones, es el gran don que hace posible tanto de la vida cristiana (que a veces se denomina por eso “vida espiritual”), como la misión y la acción de la Iglesia. Es el don del amor que nos da la unidad, la vida y la eficacia.

Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra