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miércoles, 15 de diciembre de 2021

Biden y Francisco

 


Biden y Francisco, o al César lo que es del César


Publicado en CNN Español, Atlanta, 30 de octubre de 2021


Rafael Domingo Osle es profesor del Centro de Derecho y Religión de la Universidad de Emory y catedrático Álvaro d’Ors de la Universidad de Navarra



El encuentro entre Biden y el Papa en el Vaticano ha dejado fotografías memorables y momentos importantes para la historia. Yo me quedo con el hecho mismo, desnudo y sin parafernalia diplomática, de que sencillamente la visita tuvo lugar. Y punto. Que la encarnación del poder terrenal, también llamado presidente de los Estados Unidos, converse, en privado y durante 75 minutos, con la encarnación de la autoridad espiritual en Occidente, también llamada papa, tiene un sentido político y espiritual muy profundo. 

El encuentro significa, en primer lugar, que el poder terrenal, por mucho ejército de que disponga y toda la fuerza e influencia que despliegue, no es absoluto. En pleno siglo XXI, la potestas política sigue necesitando de la auctoritas espiritual, como la tierra de la lluvia, ya que la dimensión espiritual del ser humano juega un papel determinante en la vida de las personas y los pueblos. 

En segundo lugar, la visita nos ha mostrado que, en la llamada era de la secularización, la actividad política, por secular o laicista que sea, y por secularísima o laicísima que llegue a ser, nunca acabará de erradicar la relevancia del mensaje religioso, ni de arrinconar a los líderes espirituales del mundo. El encuentro, sin duda, ha supuesto un duro golpe al secularismo más intransigente, que pretende asfixiar cualquier apertura de la sociedad a la trascendencia. 

Esta visita también nos ha recordado el consejo de Jesucristo de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22:21). Esta regla tiene un valor inestimable para la buena marcha de la política y el desarrollo de los pueblos. Lástima que tantas veces nos apartemos de ella o no la comprendamos en toda su profundidad. 

Parece que tanto Biden como Francisco, quizás sin pretenderlo, han actualizado este consejo a la perfección con su encuentro. Las fotografías de los dos líderes en serena y constructiva conversación nos enseñan que las relaciones entre la autoridad espiritual y el poder político se entienden mejor desde la mutua colaboración que desde la exclusión, ya que ambas instancias deben servir al florecimiento del ser humano y de los pueblos. Así como no se puede dividir un ser humano (lo corporal de lo emocional, por ejemplo), así tampoco se puede dividir la comunidad política creando un muro de separación impenetrable entre lo político y lo religioso. 

Dios está en todas partes: tanto en las iglesias como en los parlamentos. Poco sabe de límites materiales. La necesidad de diferenciar la dimensión política de la espiritual no significa que se pueda separar la espiritualidad de la política. El César es también hijo de Dios. Y viceversa: el líder espiritual vive en el mundo del César. De hecho, Biden se profesa católico practicante, y ciertamente lo es, por más que no participe de la moral cristiana en temas tan centrales como el aborto. 

Por otra parte, el papa, con esta visita de Biden, ha reconocido la existencia de un poder civil, de un César, que merece todo respeto y apoyo, incluso cuando algunas de las políticas de su administración atenten contra la moral cristiana y la dignidad humana, es decir, no respeten aquello que hay que dar a Dios. El papa ha defendido el valor de la vida humana desde la concepción en múltiples ocasiones. Seguramente, se trató de esta controvertida cuestión en la audiencia privada, pero se ha evitado con acierto escenificar mediáticamente cualquier cosa parecida a un sometimiento político del poder político a la autoridad espiritual. Esto hubiera supuesto la muerte de la vida política de los católicos estadounidenses, a quienes fácilmente se les podría echar en cara ser gobernados desde Roma y no desde Washington. Los políticos católicos que defienden la vida lo hacen libérrimamente, no porque se lo diga el Vaticano.

El papa ha puesto de manifiesto una vez más que es un verdadero pontífice, un hacedor de puentes, que suma, coopera, ayuda cuanto puede a todos los gobernantes del mundo en todos sus esfuerzos por alcanzar el bien común de los pueblos. El papa parece haberse ganado la plena confianza de Biden, quien, como como presidente de los Estados Unidos, ve en el pontífice un líder espiritual que defiende a los pobres y perseguidos, que lucha contra la pandemia exigiendo que se donen vacunas a los países más necesitados, que protege el planeta frente a la crisis medioambiental y que está atento al desarrollo equitativo de los pueblos tras la crisis económica. 

Esta visita, para mí, es un claro ejemplo de la armonía necesaria que debe existir entre la autoridad espiritual y el poder político, no como un matrimonio de conveniencia artificial, fruto de intereses políticos contrapuestos, sino de una unión espiritual mucho más profunda que, precisamente por eso, sabe separar funciones y delimitar espacios. 

sábado, 28 de mayo de 2011

Un político ejemplar

Alejandro Navas en "Diario de Navarra", 8 de Mayo de 2011.

Nuestro político destaca por la nobleza de sus sentimientos y la dignidad de su porte externo. Habla de modo pausado y nunca pierde la serenidad. Afable y conciliador, nada hay en él que sea vulgar. Al llegar a la jefatura del Gobierno, renunció a casi toda vida social; apenas se le vio en fiestas ni en celebraciones. Hizo una excepción con la boda de su primo: asistió a la ceremonia religiosa, pero no se quedó al banquete.

Pasó quince años al frente del Estado, y en ningún momento sucumbió a las tentaciones de la corrupción. En su vida privada adoptó un tono extremadamente austero, lo que provocó más de una queja de su mujer, de sus hijos y de otros parientes. A la vez, dedicaba una considerable cantidad de dinero al socorro de los indigentes. Su reputación era intachable, por lo que ni siquiera tuvo que rechazar propuestas de soborno: los eventuales sobornadores ni lo intentaban, conscientes de la inutilidad de sus pretensiones.

En su tarea de gobierno no se limitó a seguir al pueblo, de acuerdo con los datos que ofrecían los escrutadores de las opiniones dominantes. La demagogia no iba con él. Se negó a adular a la ciudadanía y actuó como un buen maestro, que persuade con razones sólidas. Si advertía que la gente iba a lo fácil, sabía ser fuerte para hacerle ver lo que convenía al bien común.
Cuando su país se vio envuelto en conflictos bélicos, actuó con prudencia, sin lanzarse a aventuras temerarias, incluso cuando la opinión pública parecía alentarlas. Consiguió frenar esos ímpetus desbordantes y contener las ansias de injerencia en asuntos internos de otros países.

Supo aprovechar los años de prosperidad económica y de superávit en las cuentas públicas para desarrollar un ambicioso programa de obras públicas y de monumentos artísticos. Contrató a los mejores artistas y, en un plazo asombrosamente corto, impulsó la creación de obras destinadas a ser la admiración de las generaciones futuras. Nunca se ha hecho tanto de tanta calidad en tan poco tiempo.

Cuando todo le sonreía y parecía tener el mundo bajo sus pies, la tragedia golpeó duramente a su familia. En un breve lapso de tiempo murieron sus hijos, su hermana y la casi totalidad de sus parientes y amigos. Tampoco entonces perdió la grandeza de espíritu, y supo mantener la compostura ante la adversidad. Tras sufrir un revés electoral, dejó la política y se retiró a la vida privada. Su ausencia fue breve: la ciudadanía lo añoraba y lo llamó de nuevo para que se hiciera cargo del Gobierno. No se sentía muy animado a volver, pero el pueblo le pidió disculpas por su ingratitud y él aceptó encargarse de nuevo de los asuntos del Estado. Dispuso de un poder como nadie había tenido antes que él, y aun así no trató a ningún enemigo personal como adversario irreconciliable. Le tocó vivir tiempos azarosos, pero en medio de los conflictos más enconados supo mantener la moderación y la altura de miras.

Estoy hablando de Pericles, el líder de la democracia ateniense en el siglo V a. C., tal como lo describe Plutarco. Los historiadores han dado su nombre, “el siglo de Pericles”, a esa época gloriosa, no sólo de Atenas, sino de la humanidad en general. Se puede argüir que Pericles queda muy lejos -veinticinco siglos atrás- y que las circunstancias de la vida política son hoy muy diferentes. Es verdad, pero su caso muestra que el ideal del político exitoso y honrado no es imposible.
Ante las inminentes elecciones nos corresponde la tarea de encontrar -y votar- a esos Pericles en potencia, tanto en el ámbito regional como municipal. Desde luego que un sistema electoral de listas abiertas o desbloqueadas facilitaría su elección. Sin embargo, podemos abonar el peaje de la lista cerrada si así les ayudamos a entrar en ayuntamientos y parlamentos. Los políticos no cuentan con la simpatía de la gente, pero no todo está perdido: hay también candidatos honestos y capaces, dispuestos a trabajar con abnegación por la cosa pública. Con nuestro respaldo, al menos podrán intentarlo.

lunes, 18 de octubre de 2010

Palestinos en el Líbano

Palestinos en el Líbano, refugiados permanentes
tomado de Aceprensa
Firmado por Helene Daboin 
Fecha: 17 Septiembre 2010

Beirut. Más de cuatro millones de personas se vieron forzadas a dejar sus casas y tierras de Palestina en 1948, al crearse el estado de Israel por parte de las Naciones Unidas. Esto trajo consigo una serie de consecuencias aún hoy en día no resueltas.
En el mismo acto de creación del estado de Israel, se mantuvo la existencia de Palestina, y posteriormente, en la resolución 194, se determinó el derecho de todo refugiado a regresar a su tierra de origen. Resoluciones todas a las que han hecho oídos sordos los gobiernos israelíes.
En el portal de la UNRWA (Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados Palestinos en Oriente Medio, http://www.unrwa.org/) se celebra este año el sesenta aniversario de su creación. No deja de ser dolorosa la contradicción, ya que al pensar en refugiados, se tiende a considerar una situación provisional, y no parece que sesenta años sean pocos. El campo de acción de la UNRWA cubre hoy en día, Jordania, Siria, Líbano, Gaza y Cisjordania, lugares a donde fueron los desplazados.

Provisionales desde 1948
Al Líbano llegaron en tres oleadas los 425.000 palestinos oficialmente censados por la Agencia. Los que disponían de medios económicos se instalaron en las grandes ciudades, incorporándose a la vida económica del país, o emigraron a otros países árabes. En esos momentos, el gobierno libanés comenzaba a dar sus primeros pasos, tras la terminación del mandato francés de 1943. El país quedaba en manos de los libaneses, con una mayoría cristiana, y la presencia de comunidades suníes, drusas y shiíes importantes.
Una trayectoria de siglos había hecho del Líbano tierra de acogida de refugiados de toda índole: aventureros, refugiados políticos, herejes, musulmanes de sectas minoritarias, cristianos perseguidos, etc. Recibir a los palestinos como refugiados se consideraba lógico por todas las comunidades, y de hecho muchos recibieron la nacionalidad en un primer momento. Desgraciadamente, los visitantes se convertirían en un problema a largo plazo.
Poco a poco, la presencia de los palestinos se vio con recelo. Una parte de ellos se trasladaron a otros países, pero los más pobres no disponían de documentos de identidad, al no pertenecer a un Estado reconocido. Ante las dificultades, se rechazaba su permanencia en el Líbano, y se impidió la construcción de viviendas definitivas, ya que los terrenos donde se encontraban los campos en muchos casos eran alquilados. La UNRWA estableció escuelas dentro de los campos, para atender las necesidades educativas. Se vio necesario establecer en cada campo una junta que coordinara las relaciones entre el Gobierno libanés, la UNRWA y los representantes de los refugiados. El círculo vicioso comenzaba.
Los libaneses no disponían de extensas tierras cultivables, ni de recursos minerales, y la industria nacional era limitada, así que no podían absorber e incorporar a tal cantidad de personas en un país de reducidas proporciones (10.492 Km2) y población (4 millones de habitantes, hoy en día). El rol de la Junta directiva en los campos de refugiados se limitó cada vez más a supervisar los asuntos de seguridad y políticos, dejando de lado las necesidades sociales de la población, a las que trataba de atender la UNRWA.

Un factor de división en el país
Los palestinos comenzaron a optar por agruparse en facciones políticas que les prometían soluciones a problemas inmediatos, a cambio del resentimiento hacia los israelíes que los habían despojado de todo.
La situación empeoró con el ascenso del movimiento de la resistencia palestina en la década de 1960 y la firma del Acuerdo de El Cairo entre la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y el Líbano, el cual regulaba la presencia civil y militar palestina en el país.
La segunda oleada de refugiados palestinos llegaría en 1970 desde Jordania. El intento fallido de asesinato del Rey de Jordania, y la consiguiente expulsión de refugiados sospechosos, trajo a Beirut a Yasser Arafat y su Organización de Liberación de Palestina, para hacer del Líbano su plataforma de operaciones, apoyada por el régimen de Siria. Numerosos incidentes a lo largo del país se fueron sucediendo, en los que poblaciones cristianas iban siendo atacadas desde el sur hasta Beirut. En algunos casos, eran auténticas provocaciones; en otras, masacres de pequeños poblados, en los que participaban musulmanes libaneses y drusos bajo el mando palestino. Desde el 13 de abril de 1975, los estallidos de violencia entre cristianos y palestinos ya residentes o nuevamente incorporados al país –la tercera oleada de refugiados–, fueron alimentando el resentimiento de la población.
Después de la invasión israelí de Líbano en 1982 la OLP se retiró de la mayoría del país y se cerró su oficina. La situación humana de los refugiados empeoró: el pretendido derecho de retorno no se veía cercano, la labor de la agencia para los refugiados UNRWA comenzaba a dar muestras de agotamiento financiero, ante un problema que más que disminuir se iba haciendo más complejo. A los 12 campos de refugiados oficiales se han agregado otros asentamientos que se instalaron de manera ilegal en terrenos de libaneses durante los años de guerra civil. Dentro de los campos son las milicias palestinas las encargadas de mantener el orden. Hoy en día, se ha creado un intrincado problema jurídico y social, que afecta otra vez a la vida de muchos cristianos.
Desde 1990, no se habían producido incidentes directamente promovidos por los refugiados palestinos. De hecho, las organizaciones que trabajan con ellos hablan de una gran reducción de refugiados, unos 250.000 hoy en día. La UNRWA mantiene su registro original, independientemente de si se han trasladado a otros países, como es el caso en los últimos años,. Casi 175.000 refugiados han emigrado hacia Europa del Norte, América o Canadá, y han cambiado sus condiciones de vida.
En el verano del 2007 un grupo de extremistas de Fatah Al-Islam tomó el campo de refugiados de Nahr el Bared, al norte del país y lo convirtió en base de operaciones para sus fines. 700 personas produjeron 35.000 desplazados y la destrucción por parte del ejército libanés de gran parte del campo. Volvió a surgir el espectro de la guerra, haciendo difícil creer que es posible la integración.

Nuevos derechos laborales
Los palestinos actualmente presentes en territorio libanés representan diversas posiciones políticas. Son mayoritariamente suníes y, en consecuencia, se espera de ellos que tiendan a apoyar a esta comunidad desde el punto de vista político. Por ello sectores cristianos se han negado a otorgar a los refugiados la ciudadanía con derecho a voto, ya que alterarían el ya precario equilibrio interno, en donde cada comunidad mayoritaria representa un tercio de los votos.
Un pequeño paso hacia la mejora social de los refugiados la constituye la decisión del Parlamento libanés del pasado agosto, al permitir que los refugiados palestinos acceden a puestos de trabajo que antes no se les permitían, equiparándolos a cualquier ciudadano extranjero residente en el país. Las profesiones todavía vedadas a los palestinos son aquellas en las que se da prioridad a los nacionales –medicina, enfermería y derecho– por encontrarse saturado el mercado laboral. Hay que decir que los libaneses, a diferencia de los palestinos, no reciben ayudas de la UNRWA, los gastos de electricidad y agua son pagados por una parte de la población libanesa, y en los campos no hay facturas, ni impuestos.
En el Líbano, la seguridad social no está extendida a toda la población, solo cubre el 80 % de los gastos médicos de las personas inscritas por su empleador, y si no se tiene, se debe acudir a seguros privados. Gran parte de la población debe acceder a hospitales públicos, con dinero en efectivo para ser admitidos en “urgencias”. Aun falta mucho para que toda la población libanesa llegue a ser cubierta por los servicios del Estado, mucho menos los extranjeros.
Tristemente, la perennidad de la situación de los campos de refugiados ha generado una mentalidad asistencial dependiente de la UNRWA. Pero no en todos los casos. Hay palestinos que han creado empresas, y que dan trabajo a sus compatriotas, permitiéndoles mejorar su situación.

No es un Estado del bienestar
La prensa internacional se ha hecho eco de la iniciativa del Parlamento libanés, con un tono de acusación por la falta de respeto de los derechos humanos de la población de refugiados. En los medios se analiza al Líbano como si tuviese la misma estructura institucional del estado de bienestar europeo: escuela pública gratuita y obligatoria para toda la población, seguridad social, etc. Es cierto que en el país hay grandes fortunas, pero no precisamente en las arcas del gobierno. El Líbano tiene una de las mayores deudas de la región, el coste de la vida es de los más altos, y cualquier extranjero percibe que no hay un suministro de servicios proporcional con ese coste. Y en esto los refugiados padecen como cualquier residente nacional o extranjero.
El profesor y analista internacional, especializado en Medio Oriente, George Chaya comenta: “El mundo árabe en general y Occidente en particular cargan con la responsabilidad por sus acciones u omisiones en el problema de los refugiados palestinos. Nadie sensato podría oponerse a que estas personas tengan derecho a una vida mejor y no a ser utilizadas como escudos humanos ni caer víctimas del terrorismo al que sus facciones internas los arrastran, pero parece como si la responsabilidad fuera solo del único país que los ha acogido y al cual los palestinos han colaborado a destruir, Líbano.”
“Los regímenes árabes y musulmanes deben acabar con la falacia de las culpas externas. Esgrimiendo esta falsedad han usado y abusado a su antojo de los palestinos para masacrarlos luego cuando no les fueron necesarios. Este es el tema central y la problemática no se resuelve ampliando sus derechos para que dejen de ser trabajadores rurales dentro del Líbano. Al mismo tiempo Líbano debe resolver su estabilidad y tranquilidad y no puede sumar a sus ya crónicos problemas el de los refugiados por más tiempo.
“Existen alternativas, solo se necesita la voluntad política de la comunidad internacional y dejar de lado la histórica e impúdica carga de sectarismo del mundo árabe. Reubicarlos en otros países árabes y en los países de la migración es una importante, necesaria y positiva opción.” (www.georgechaya.info).

martes, 2 de febrero de 2010

La Iglesia Católica y el Nazismo

Luis Alonso Somarriba publica en Arvo.net, (01.01.2010) este interesante artículo:


Desde la década de 1960 se han ido extendiendo una serie de infundadas teorías que pretenden emparentar a la Iglesia católica con el nazismo, acusándola de haber simpatizado en su día con el régimen nazi, o, en el mejor de los casos, de haberlo tolerado como un mal menor y mirar para otro lado cuando aplastaba los derechos humanos. Se ha llegado a decir que el Vaticano se cruzó de brazos y guardó silencio cuando Hitler emprendió el exterminio de los judíos. Las calumnias de este tipo se han dirigido, muy especialmente, contra el Papa Pío XII. Intentaremos en este artículo aclarar la cuestión a la luz de los hechos históricos y de las fuentes.

1. ¿Hitler católico?
La primera gran mentira -o media verdad- es afirmar, sin más, que Adolf Hitler era un católico, nacido en la católica Austria; como si el lugar de nacimiento y el mero hecho de ser bautizado fueran suficiente para vivir el resto de la vida conforme a un credo religioso, por lo demás bastante exigente. Es evidente, a poco que se siga su biografía, que el que habría de convertirse en Führer de Alemania no perseveró lo más mínimo en la fe que recibió de sus mayores.
Hitler fue, desde muy pronto, en la práctica, un ateo que llegó a destilar una ideología profundamente anticristiana, cuyas raíces se encontraban en Nietzsche, Darwin y las fantasías ocultistas. Hitler consideraba el cristianismo como una lacra histórica y un invento de los judíos, despreciando particularmente los valores evangélicos de la igualdad y la compasión. En su Testamento político llegó a escribir:”El cristianismo es una rebelión contra la ley natural, una protesta contra la naturaleza. Llevado a su lógica extrema, el cristianismo significaría la cultura sistemática del desecho humano”. Su odio visceral hacia la Iglesia se manifestó en numerosas medidas, no ahorrando en corrosivos comentarios: “la simple visión de uno de esos abortos en sotana me saca de mis casillas”. En los juicios de Nuremberg se llegó a saber que entre los planes del dictador alemán, para después de su victoria en la guerra, estaba el de aniquilar la Iglesia católica y las demás confesiones cristianas.

2. El ascenso del nazismo. Conflicto entre la Iglesia católica y el III Reich.
Alemania fue el Estado europeo más afectado por la crisis de 1929, alcanzándose pronto la cifra de 6 millones de parados. En estas circunstancias crecieron los extremismos políticos (nazismo y comunismo) y la democracia quedó tocada de muerte. El partido de Adolf Hitler, que en los años veinte había sido un pequeño grupo con escasa representación en el Reichstag, tuvo un ascenso fulgurante en las distintas convocatorias electorales que se sucedieron entre 1930 y 1933.
En todos aquellos llamamientos a las urnas los obispos alemanes advirtieron con claridad a los católicos que las ideas centrales del nacionalsocialismo eran del todo incompatibles con la fe de la Iglesia. La denuncia del episcopado germano se veía reforzada por la condena del antisemitismo que la Santa Sede había realizado en 1928 (1). La consecuencia fue que los nazis no consiguieron ganar en las regiones de mayoría católica como Baviera o Renania. El triunfo de Hitler se alcanzó sobre todo en las zonas de mayoría protestante, es decir en el centro, norte y este de Alemania (Prusia, Hannover, Sajonia, etc.); y esto último no por su condición de protestantes sino más bien por lo avanzado que se encontraba el proceso de descristianización entre su población (2).
En los comicios legislativos de noviembre de 1932, donde ningún partido consiguió la mayoría absoluta, los nazis lograron ser la fuerza más votada. Así las cosas, el anciano mariscal von Hindenburg, presidente del Reich (jefe del Estado alemán), después de infructuosos intentos para formar un Gobierno que excluyera a los nazis, nombraba a Hitler canciller, el 30 de enero de 1933. Poco después se convocaban nuevas elecciones (5 de marzo) y en esta ocasión el Partido Nacionalsocialista conquistaba la ansiada mayoría, dando comienzo la dictadura hitleriana, el III Reich, 1933-45.
El 23 de marzo de 1933, Hitler prometió públicamente que no atentaría contra los derechos de los cristianos (protestantes y católicos) y que procuraría relaciones amistosas con la Santa Sede. Como gesto de buena voluntad la Iglesia tomó algunas medidas, como levantar la excomunión que pesaba sobre Hitler, si bien se mantuvo en todo momento la condena sobre la doctrina nazi. En este ambiente comenzaron las negociaciones que desembocaron en el Concordato firmado en julio de 1933.
Contrariamente a lo que se ha dicho en algunas ocasiones, la Iglesia no firmó el Concordato con ánimo de respaldar a la Alemania de Hitler. Dada la naturaleza del nuevo régimen, con la consiguiente situación de peligro para los católicos alemanes, la intención del Vaticano fue ante todo salvaguardar los derechos de sus fieles a través de una base jurídica lo más sólida posible. En el texto del Concordato, principalmente, el Reich se comprometía a respetar el libre y público ejercicio de la religión católica y la independencia de la Iglesia en sus asuntos propios. Así mismo, el Estado alemán reconocía el derecho a una enseñanza católica. Prueba de la corrección de este documento es que, después de la II Guerra Mundial, fue aceptado por la República Federal de Alemania.
Por su entraña ideológica el nazismo tenía que entrar en conflicto con el cristianismo. El primer choque se produjo con motivo de la promulgación, en 1933, de la ley de esterilización -aplicada contra ciegos, sordos, esquizofrénicos, etc.-, lo que provocó varias protestas entre las que destacó la del arzobispo de Münster, monseñor von Galen. Fue también von Galen quien más se enfrentó, a través de sus escritos, con Alfred Rosenberg, principal ideólogo del Partido Nazi, autor del Mito del siglo XX, obra que fue incluida en el Index (Índice de libros prohibidos de la Iglesia). Cuando poco después comenzó la persecución contra los judíos, los prelados católicos -von Galen, el cardenal Faulhaber, de Munich, y von Preysing, arzobispo de Berlín- salieron en su defensa. Además, Hitler incumplió sistemáticamente el Concordato. Entre 1933 y 1936, el Vaticano dirigió más de 30 notas oficiales a Berlín denunciando los abusos de la ideología nacionalsocialista.
En 1937, el Papa Pío XI publicaba la encíclica Mit brennender Sorge (Con viva preocupación), que suponía una solemne y radical condena del nacionalsocialismo. Entre otras cuestiones, en aquel documento el Papa declaraba, en clara alusión al régimen nazi, que obraba en contra de la fe católica “quien, siguiendo una pretendida concepción precristiana del antiguo germanismo, pone en lugar del Dios personal el hado sombrío e impersonal”. Igualmente, el Pontífice proclamaba que quien “tome la raza o el pueblo o el Estado (…) o los representantes del poder (...) y los divinice con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios”. La encíclica, impresa y distribuida secretamente en Alemania, fue leída el domingo 21 de marzo de 1937 en los 11.500 templos católicos del Reich alemán, provocando la airada protesta del régimen. Mit brennender Sorge fue muy aplaudida dentro y fuera de Alemania por católicos y protestantes, y en general por casi todos los que, oponiéndose a Hitler, valoraban la valiente denuncia que el documento hacía del racismo y del totalitarismo nazi.
Cuando en mayo de 1938 el Führer visitó Roma, el Papa abandonó la ciudad y ordenó el cierre de los museos vaticanos. En 1939 moría Pío XI y le sucedía su Secretario de Estado, Eugenio Pacelli, con el nombre de Pío XII (1939-1958). Pacelli, que había atacado la ideología nacionalsocialista en numerosos discursos públicos durante su etapa de nuncio en Alemania (1917-1929), había llegado a describir a Hitler, en 1935, como “un falso profeta seguidor de Lucifer” (3). Asimismo, Pacelli, que como cardenal colaboró en la redacción de la Mit brennender Sorge, ahora, convertido en Papa publicaba otra encíclica, Summi Pontificatus (1939), en la que nuevamente se condenaba el nazismo.
El 1 de septiembre de 1939 estalla la II Guerra Mundial. La Iglesia habría de conocer en aquellos años de contienda la culminación del durísimo período de sufrimientos comenzados en 1933. A lo largo del III Reich la inmensa mayoría de las publicaciones católicas fueron suprimidas -de 453, en 1943 sólo quedaban siete-, se cerraron las escuelas católicas y numerosos edificios religiosos, como seminarios, conventos o monasterios, fueron confiscados (4).
Entre 1933 y 1945, más de ocho mil sacerdotes alemanes tuvieron conflictos con el régimen nazi por distintas causas: pertenencia a asociaciones católicas prohibidas, prestación de ayuda a judíos, críticas al régimen desde los púlpitos, etc. “Pasó del 35% el número de clérigos seculares de Alemania que se vieron afectados por medidas de inmediata ejecución de la Gestapo. Y sumando a Alemania los países europeos ocupados, un total de cuatro mil sacerdotes y religiosos entregaron la vida, de los cuales más de cuatrocientas personas eran monjas” (5). En el campo de concentración de Dachau -¡auténtico cementerio de curas!- fueron recluidos al menos 3000 miembros del clero católico, de ellos la mayor parte procedían de Polonia (6), la nación donde la Iglesia sufrió más la persecución.
De los numerosos mártires de aquella época podemos destacar algunos ejemplos: Edith Stein (beatificada en 1987 y canonizada en 1998), religiosa carmelita de origen judío muerta en las cámaras de gas de Auschwitz, (1942); Maximiliano Kolbe (beatificado en 1971 y canonizado en 1982), franciscano polaco que murió en Auschwitz (1941) al cambiar su vida por la de un padre de familia; Bernhard Lichtenberg (beatificado en 1996), sacerdote en Berlín, se hizo famoso a causa de sus oraciones en público por los judíos, protestó contra el asesinato de discapacitados (campaña de eutanasia), fue enviado al campo de concentración de Berlín-Wuhlheide y posteriormente trasladado a Dachau, muriendo de camino en un vagón de ganado; Rupert Mayer (beatificado en 1987), jesuita alemán, fue uno de los primeros en advertir el anticristianismo del movimiento hitleriano ya en 1923, perseguido por la Gestapo, sufrió el internamiento en el campo de concentración de Sachsenhausen; o Kart Leisner (beatificado en 1996), seminarista alemán -los nazis detuvieron a muchos seminaristas-, enviado al campo de concentración de Dachau (1940) donde, clandestinamente, fue ordenado sacerdote de manos de un obispo francés también prisionero, y donde celebró su única misa.

3. La Iglesia ante el Holocausto judío.
Sería tremendamente injusto olvidar los heroicos esfuerzos que la Iglesia realizó durante los años de la II Guerra Mundial a favor del pueblo judío, librando a miles de vidas de una muerte, a menudo ejecutada con despiadada crueldad.
En su mensaje radiofónico navideño de 1942, Pío XII, con la voz quebrada por la emoción, deploraba la situación de “centenares de miles de personas, que, sin culpa alguna, a veces sólo por razones de nacionalidad o raza, están destinadas a la muerte o a un progresivo deterioro”. Fue el mismo Pío XII quien por entonces impartió ordenes para que se diera refugio y alimento a los hebreos en parroquias, conventos y monasterios, empezando por el Vaticano y la residencia veraniega de Castelgandolfo. Según el historiador judío Joseph Lichten, en septiembre de 1943, el Pontífice llegó a ofrecer bienes del Vaticano como rescate de hebreos apresados por los nazis. No es extraño por tanto que los judíos en Italia consiguieran una tasa de supervivencia mucho más elevada que en otros países ocupados por los ejércitos alemanes.
Fuera de Italia la Iglesia trabajó para salvar al pueblo de Israel a través de sus representaciones diplomáticas -las nunciaturas- y con numerosas iniciativas que partían de diferentes obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Esta tarea de rescate fue menos difícil en los países aliados de Alemania.
En Hungría, la Santa Sede presionó todo lo que pudo al regente, el almirante Horty, para que suspendiese la deportación de hebreos que le requería Hitler.
En la Francia de Vichy (régimen colaboracionista con Alemania) destacó el ejemplo del arzobispo de Toulouse, Jules Gérard Saliège, quien asistió a los hebreos internados en los campos del sudoeste galo y llegó a formar, con la ayuda de un judío de la Resistencia, una red judía clandestina para dar refugio a niños. A Monseñor Saliège se debe una valiente carta pastoral, publicada y leída en todas las parroquias, el 23 de agosto de 1942, poco antes de que se produjese una importante redada de judíos en esa ciudad. En el documento se decía: “Estaba reservado a nuestro tiempo contemplar el triste espectáculo de niños, mujeres, hombres, padres y madres tratados como un vil rebaño, de miembros de una misma familia separados y embarcados hacia un destino desconocido. (…) Los extranjeros son hombres, son mujeres. No está permitido todo contra ellos, (…); son tan hermanos nuestros como los demás. Un cristiano no puede olvidarlo”. El texto tuvo una enorme divulgación en toda Francia y ayudó a concienciar a muchos franceses hasta entonces apáticos frente a la persecución de la que eran víctimas los judíos. En la misma línea de Mons. Saliège, el obispo de Montauban, Mons. Théas, publicó otra carta en la que se leía: “Proclamo que todos los hombres, arios o no, son hermanos, (…). Y que las actuales medidas antisemitas son un desprecio de la dignidad humana, una violación de los derechos más sagrados de la persona y de la familia”. Asimismo, fue memorable el ejemplo del obispo de Niza, Mons. Rémond, que instaló en su residencia episcopal una red clandestina para salvar niños.
Son varios los historiadores serios que estiman en cientos de miles los judíos salvados en la Europa ocupada gracias a la Iglesia católica, entre ellos el hebreo Pinchas Lapide quien, en su libro Roma y los judíos, calcula el número entre 700.000 y 860.000 (7).
Pese a todo, desde hace tiempo se viene divulgando la idea de que el Vaticano fue, cuando menos, tibio en su denuncia del Holocausto. Al respecto, es preciso aclarar que Pío XII meditó mucho sobre la posibilidad de publicar una declaración donde abiertamente se denunciara la tragedia que estaba viviendo el pueblo de Israel. Si, finalmente, el Papa descartó esta opción lo hizo en buena medida aleccionado por la experiencia: Hitler no acostumbraba a responder positivamente a las denuncias. En Holanda (1942), cuando los obispos católicos alzaron con fuerza su voz condenando las deportaciones de judíos, el mando alemán respondió redoblando las redadas -al terminar la guerra la comunidad judía holandesa resultó ser de las más castigadas- y enviando a los campos de concentración a los católicos de origen hebreo. Pío XII comprendió que una solemne denuncia podía acarrear represalias contra los católicos, provocar nuevas crueldades contra los judíos y comprometer los esfuerzos que se estaban llevando a cabo para salvar el mayor número posible de vidas. En consecuencia, el Papa eligió una estrategia más discreta pero mucho más eficaz, que fue totalmente apoyada por las organizaciones humanitarias judías. A las mismas conclusiones llegaron la Cruz Roja o los gobiernos de Gran Bretaña y EEUU, renunciando a declaraciones que provocaran males mayores.
Al término de la guerra, finalizado el Holocausto, fueron numerosos e importantes los gestos y palabras de gratitud a la Iglesia católica por su ayuda al pueblo de Israel. Así, en 1945, Pío XII recibió el agradecimiento público del gran rabino de Jerusalén, Isaac Herzog, quien bendijo al Papa “por sus esfuerzos para salvar vidas judías durante la ocupación nazi de Italia”, y del Congreso Judío Mundial, cuyo secretario general, Kubowitzki, visitó el Vaticano. Por su parte, el gran rabino de Roma, Israel Zolli, movido por la actitud del Pontífice durante la guerra, se convirtió al catolicismo, tomando como nuevo nombre en el Bautismo el de Eugenio en honor a Pío XII (Eugenio Pacelli). Además, a la muerte del Papa (1958), Golda Meir, ministra de Exteriores de Israel, manifestó públicamente su sentido pesar por aquella pérdida y envió un elocuente mensaje: “Cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó en favor de las víctimas”. Otro judío mundialmente conocido, Albert Einstein, impresionado por la labor de la Iglesia católica en Alemania -Einstein era alemán- escribió en The Tablet de Londres: “Sólo la Iglesia se pronunció claramente contra la campaña hitleriana que suprimía la libertad. Hasta entonces, la Iglesia nunca había llamado mi atención, pero hoy expreso mi admiración y mi profundo aprecio por esta Iglesia que, sola, tuvo el valor de luchar por las libertades morales y espirituales”.

4. El origen de una leyenda negra.
Sin embargo, este ambiente de reconocimiento generalizado cambió en los años 60, divulgándose desde entonces y hasta hoy una auténtica leyenda negra sobre las relaciones de la Iglesia con el nazismo.
Recientemente, un antiguo espía de la KGB, Mihai Pacepa, ha desvelado en la revista National Review Online que él participó en una campaña, aprobada por el dirigente soviético Nikita Kruschev, en 1960, para destruir la autoridad moral del Vaticano. Según su testimonio, el principal objetivo de aquel complot era presentar a Pío XII, ante la opinión pública, como un antisemita simpatizante de Hitler. Pacepa asegura que la KGB promovió una obra de teatro, El Vicario, en la que se vinculaba al Pontífice con el Führer.
Sea o no verdad lo publicado por el mencionado ex agente comunista, lo cierto es que en 1963 se estrenó en Alemania El Vicario, de Rolf Hochhuth, obra en la que se retrata al Papa Pacelli como un hombre frío que no adoptó medidas ni expresó una clara posición contra el Holocausto. Un año más tarde la obra de Hochhuth fue llevada a los escenarios de Nueva York y posteriormente traducida a veinte idiomas, pasándose a convertir con el tiempo en la referencia obligada para un alubión de artículos y libros en los que se ha ido desarrollando y engordando -en ocasiones hasta extremos ridículos- la mencionada leyenda negra en torno a las relaciones de la Iglesia y el Papa con el nacionalsocialismo. Uno de los últimos y destacados capítulos de este culebrón -que periódicamente es actualizado por diferentes medios- fue la versión cinematográfica de El Vicario, dirigida por Costa Gavras, en el 2002, con el título de Amén.

*Luis Alonso Somarriba, licenciado en Filosofía y Letras (Historia),
profesor de Historia del IES. Murieras (Cantabria).
Santander, abril del 2009.

NOTAS:
(1) El 25 de marzo de 1928, el Vaticano, a través del Santo Oficio, condenaba el antisemitismo:”la Sede Apostólica condena de la manera más decidida el odio contra el pueblo, un tiempo elegido por Dios, un odio que hoy se acostumbra a llamar con el nombre de antisemitismo”, AAS XX/1928, pp. 103-104.
(2) En 1937 los católicos representaban aproximadamente 1/3 de la población alemana.
(3) Carta enviada al cardenal Carl Joseph Sculte.
(4) GRAF HUYN, Hans, Seréis como dioses. Vicios del pensamiento político y cultural del hombre de hoy. EIUNSA, Barcelona, 1991, p. 204.
(5) Ibid., pp. 204, 205.
(6) En parte, estos y otros datos fueron revelados por Pío XII en su discurso al Colegio Cardenalicio con motivo de la fiesta de San Eugenio, el 2 de junio de 1945.
(7) Citado en GRAF HUYN, Hans, op. cit., pág. 205.

BIBLIOGRAFÍA.
- BLET, Pierre: Pío XII y la Segunda Guerra Mundial en los Archivos vaticanos. Ed. San Pablo, 1999.
- GASPARI, Antonio: Los judíos, Pío XII y la leyenda negra. Ed. Planeta, 1999.
- TREVOR-ROPER, Hugh: Las conversaciones privadas de Hitler, 1941-1944. Ed. Crítica, Barcelona, 2004.

martes, 5 de enero de 2010

Cristianismo y laicidad


Aceprensa selecciona algunos párrafos del libro de Martin Rhonheimer, Cristianismo y laicidad:


El concepto político de laicidad

La esencia de lo que denomino “concepto político de laicidad” puede definirse como la exclusión de la esfera política y jurídica pública de toda normatividad que haga referencia a una “verdad” religiosa –justamente en cuanto verdad-; lo que trae consigo la neutralidad e indiferencia pública respecto a cualquier pretensión de verdad en materia religiosa. En materia de religión, un Estado laico no utiliza criterios de verdad, sino que trata a las religiones aplicando criterios de justicia política, que incluyen imparcialidad y neutralidad (p.115-116).


La coexistencia entre la Iglesia y el Estado laico

Más que introducirse en el Estado constitucional democrático, sometiéndose a la lógica de su organización política y jurídica, la Iglesia quiere coexistir con ese Estado, conservando su propia identidad, su libertad organizativa y su independencia. (…) Ahora bien, esa “coexistencia” con el Estado laico y esa presencia pública independiente no puede implicar una especie de interferencia con las instituciones estatales o incluso de oposición a su legitimidad. Es más, si la Iglesia actúa en la vida pública y ejerce, conforme a su autocomprensión, la tarea de maestra de humanidad y de moralidad, debe hacerlo siempre en pleno respeto a las normas del Estado laico, al que ella misma reconoce como un “valor adquirido” que “pertenece al patrimonio de civilización alcanzado” en la sociedad moderna. (…)

A fin de evitar cualquier “hipertrofia magisterial”, la Iglesia debe tomar conciencia una y otra vez de su específica misión y de su finalidad sobrenatural, limitándose a intervenir en aquello que, en la perspectiva de la dignidad del hombre y de su destino eterno, sea para ella realmente “innegociable” (p. 143-144).


Iglesia libre en Estado libre

El Estado –esto es, el proceso político– debe hallarse libre de constricciones institucionales por parte de la Iglesia. Y esta última ha de reconocer una libertad política que no está vinculada a formas de coerción dictadas por el poder espiritual de la Iglesia o de cualquier otra instancia religiosa.

En sentido inverso, la Iglesia debe gozar de la libertad de decir lo que considere oportuno a quienes ostentan el poder y a los ciudadanos, que en las democracias modernas son también ostentadores del poder. De esta forma, la Iglesia, con la autoridad que le es propia, ejerce un influjo en las conciencias de los ciudadanos. Cierto es que, en una democracia moderna, esa palabra influyente puede constituir un auténtico poder, pero no de tipo coercitivo, sino moral y cultural. Dicho poder sólo puede negárselo a la Iglesia un Estado que quiera erigirse en fuente última de valor, rectitud y justicia, por erigir en valor absoluto la relatividad y disponibilidad política de todos los valores y no tolerar junto a él ninguna voz capaz de relativizar su pretensión (p. 161).


El integrismo laicista

La laicidad integrista pretende la autonomía de las instituciones políticas no sólo como autonomía política, institucional y jurídica, sino también –en un sentido comprensivo– como último criterio moral en el ejercicio de dicha autonomía (p. 127).

Por su propia naturaleza y a modo de principio, este tipo de laicidad tiende a anular la distinción entre poder y moralidad. Es decir, tiende a excluir, al menos implícitamente, el hecho de que existan criterios de valor objetivos, independientes del ejercicio práctico del poder político, según los cuales pueda enjuiciarse el ejercicio del poder. La laicidad de este segundo tipo, en efecto, no sólo combate a la religión, sino que se arroga una especie de “exclusivismo político”, en el sentido de que, en el discurso político, sólo acepta como criterio de moral y de justicia a aquellas instancias laicas que se hallan sometidas al control del proceso político, y en la medida en que forman parte de él: un proceso que, como es obvio, será idealmente democrático y, por tanto, estará regulado por el principio de mayoría (p. 121).

La laicidad integrista ve en el fenómeno religioso un oponente, un enemigo del carácter laico del Estado. Y lo que es todavía más importante: ve en el fenómeno religioso un enemigo de la autonomía “laica” de la conciencia de los ciudadanos. La laicidad integrista viene a ser, pues, una especie de paternalismo, que intenta proteger al ciudadano de toda influencia religiosa –y de instituciones como la Iglesia católica–, porque estima que tal influjo es irracional y corrosivo de la libertad (p. 123).


Posturas católicas y laicas

La defensa alarmista de tal “integrismo laicista” contra las presuntas “intromisiones” de la Iglesia –o de los católicos– no constituye en realidad más que un juego de propaganda y de poder político. ¿Por qué? El quid reside en el simple hecho de que, a pesar de que también los “católicos” –y la Iglesia misma– proponen políticas y legislaciones que resultan sustancialmente justificables conforme a una razón pública laica, los “laicos” se empeñan en considerarlas “no laicas”; y, por tanto, tampoco generalizables, ni aptas para ser impuestas mediante el proceso democrático. ¿Y por qué dicho empeño? Pues únicamente porque son planteadas por “católicos” o, como a veces sucede, son defendidas oficialmente por la Iglesia, motivo inmediato para cargar pesadamente con el baldón de ser posturas de tipo “religioso”.

Así las cosas, en diversas ocasiones, la defensa del carácter laico del Estado por parte del “integrismo laicista” se reduce a rechazar de entrada un verdadero debate público sobre los argumentos proferidos por ciudadanos “no laicos” o por la Iglesia (p. 125-126).

Lo que exige un punto de vista laico no es acallar a la Iglesia y su voz, que habla en nombre de una verdad superior, abrazada por muchos ciudadanos, sino someter la acción de la Iglesia en la escena política pública a las reglas comunes, políticas, civiles, válidas para todo actor en la esfera pública; dejándole, eso sí, plena libertad para expresarse y hacer valer sus razones en el debate político (aun cuando con esto ejerza un verdadero poder, en el sentido de una autoridad espiritual que, según los casos, será más o menos reconocida y seguida) (p. 130).

Al laicismo integrista le resulta difícil argumentar, además, que las posiciones católicas en el ámbito de la política matrimonial o familiar y en el campo de la bioética puedan considerarse incompatibles con un punto de vista “laico”. Y le resulta difícil, sin ir más lejos, por el hecho de que muchas posturas “católicas” actuales en dichos asuntos eran, hasta hace escasos decenios, generalmente compartidas también por “laicos”; y todavía hoy lo son en parte. El estatuto privilegiado de las uniones heterosexuales, llamadas “matrimonio”, ordenadas a la reproducción y perpetuación de la sociedad, así como el rechazo a conceder tal estatuto a las uniones de personas del mismo sexo, formaba parte de la normalidad en los Estados laicos del pasado reciente; y no porque estos Estados fueran víctimas de presiones eclesiásticas, sino porque se consideraba políticamente justo que fuese así. En su día, pues, la equiparación de las uniones de homosexuales con el matrimonio entre varón y mujer resultaba inaceptable por motivos puramente “laicos”.

Los laicos del pasado también veían en el aborto, por ejemplo, una praxis que, por principio, en el orden jurídico debía considerarse un delito: la protección del concebido fue una novedad de las grandes codificaciones de la era de las luces y del desarrollo de la embriología a finales del siglo XVIII. En materia de derecho natural, por tanto, no resulta posible identificar, en lo referente a los contenidos, las posiciones que en sí mismas serían “laicas” o bien “católicas”, de tipo confesional y, por ello, incompatibles con la laicidad del Estado (pp. 151-152).


Doble identidad del cristiano en el Estado laico

El ideal de ciudadanía secular democrática de un cristiano podría ser lo que me gustaría denominar “secularidad cristiana”. “Secularidad cristiana”, según yo la entiendo, significa desarrollar la propia identidad cristiana y realizar la propia vocación cristiana en el contexto de una sociedad –y de una comunidad internacional– cuyas instituciones públicas están definidas de forma secular, aceptando plenamente –con la información y a la luz que proporciona la experiencia histórica– esa secularidad como un valor político y considerando esa aceptación parte integrante de la propia autocomprensión como cristiano (p. 187).

La secularidad cristiana, así definida, significa ser capaz de vivir una especie de “identidad diferenciada” o “doble” como cristiano y como ciudadano (…) “Doble identidad” significa la capacidad (exigida a todos los ciudadanos) de cooperar políticamente en condiciones de desacuerdo, incluso profundo, sobre valores morales esenciales y, con ello, afrontar constructiva y pacientemente configuraciones concretas de pluralismo que el cristiano, en tanto que tal, podría considerar ajenas al verdadero bien común de la sociedad y necesitadas de cambio. Por ejemplo, lo que Juan Pablo II denominó “cultura de la muerte” (p. 188).

“Doble identidad” significa la disposición a reconocer la legitimidad procedimental de las decisiones democráticas incluso cuando contradigan las propias convicciones fundamentales acerca del bien y, por tanto, a apoyar a instituciones políticas como legítimas incluso cuando, en determinados casos, generen decisiones que uno mismo considere profundamente injustas y corruptoras del bien común. Esto, finalmente, implica la disposición a anular esas decisiones o enmendar esas instituciones solamente con medios legales, democráticos, tratando de convencer a otros ciudadanos de la racionalidad de las propias demandas, lo cual, en realidad, refuerza la legitimidad de las instituciones democráticas (pp. 188-189).

La antes mencionada “doble identidad” como cristiano y como ciudadano no significa que sea necesario renunciar al carácter transformador del mundo que es propio del cristianismo, ni que los cristianos no tengan que hacer una contribución específica como cristianos a la conformación social y política de este mundo y, así, al contenido de la ciudadanía. Muy al contrario: la fe cristiana, basada en la fe en la encarnación del Verbo Divino, está llamada a seguir siendo una fuerza transformadora del mundo, pero ello en un mundo secularizado y de un modo secular. (p.189).

El verdadero “poder” del cristianismo y de la Iglesia reside, a día de hoy, en la acción de los fieles cristianos que, con la conciencia cristianamente formada, actúan como “sal de la tierra” y “luz del mundo” en el seno de la sociedad, en todos los ambientes. Un proyecto de nueva evangelización no debe, por eso, abolir los fundamentos de la moderna laicidad del Estado (p. 158).


sábado, 11 de abril de 2009

50 años de la Unión Europea

El 20 de mayo de 1950 Robert Schuman hace aprobar por el Consejo de Ministros francés el plan que había sido concebido por Jean Monnet para unir Europa. Ese mismo día, Adenauer, consciente de la importancia del acto, declara: “Es el día más feliz de mi vida… El plan Schuman corresponde perfectamente a mis ideas... ¿No teníamos el deber de consagrar todas nuestras fuerzas espirituales, morales y económicas a la creación de una Europa que pudiera convertirse en elemento de paz?”

El pasado mes de noviembre la Comisión Europea cumplió 50 años de existencia. Con la perspectiva de este medio siglo, se comprende mejor la clarividencia de tres de los principales fundadores de la Europa unida: Robert Schuman, Alcide De Gasperi y Konrad Adenauer, unidos por su concepción de Europa, su amistad y su fe cristiana. Vivieron primero en sus personas lo que fomentaron después entre sus pueblos. Un interesante artículo de Acepensa firmado por Ana Gonzalo Castellanos nos cuenta los orígenes de la Comunidad Europea

Con ocasión del aniversario, José Manuel Durão Barroso, presidente de la Comisión, pronunció un discurso en el que se refirió en estos términos a los padres fundadores de la Unión Europea: “Hace 50 años, Europa sufría las divisiones creadas por la guerra fría y entraba en el confuso proceso de descolonización. ¿Quién habría creído entonces que la aventura europea lanzada por algunos se convertiría en el proyecto faro de todo un continente, en una realidad compartida hoy por casi 500 millones de ciudadanos, en un modelo de organizacion para otras regiones del mundo?
”Nada de esto habría sido posible sin la determinacion de un puñado de europeos, profundamente marcados por dos guerras fratricidas, pero con la mirada firmemente dirigida hacia el futuro, hombres capaces de superar los marcos nacionales para ofrecer un proyecto de integración política y económica a Europa”.

Con sus propias vidas
Si ser amigos consiste en comprenderse y en quererse, se podría decir que los tres principales fundadores de Europa fueron amigos. ¿Por qué se comprendieron y quisieron? Quizás porque habían atravesado circunstancias parecidas en sus vidas y porque reaccionaron ante ellas de modo similar. Este fenómeno no es nuevo en la historia. A menudo grandes hombres han pasado por grandes dificultades y han reaccionado ante ellas con heroísmo. No son sólo las circunstancias extraordinarias que atraviesan sino también la reacción ante ellas lo que les hace ser forjadores de la historia.

Robert Schuman, Alcide De Gasperi y Konrad Adenauer fueron hombres de fronteras y al mismo tiempo sin fronteras; fueron encarcelados ya en su juventud y reaccionaron sin rencor; ante las dificultades opusieron el buen humor y el optimismo; los tres supieron aliar en su carácter firmeza con bondad, sustituir el odio por la confianza; los tres fueron hombres de fe, fe que heredaron pero también supieron cultivar. En sus propias vidas, y no sólo en sus palabras, echa Europa sus raíces. Vivieron primero en sus personas lo que fomentaron después entre sus pueblos.

Hombres sin fronteras
Robert Schuman nace en Clausen (Luxemburgo) en 1886, de nacionalidad alemana por su padre, que procede de Lorena, región anexionada a Alemania en 1871, tras la guerra franco-prusiana. Empieza Derecho en Bonn, lo continúa en Munich y Berlín y lo termina en 1908 en Estrasburgo. En 1912 abre un gabinete de abogados en Metz, entonces ciudad alemana de la región de Lorena. Tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, Alsacia y Lorena volverán a Francia. Robert Schuman es elegido diputado, uno de los primeros diputados franceses de las regiones de Alsacia y Lorena cuando éstas entran formar parte del Parlamento francés por vez primera.
Schuman siempre se sintió francés de corazón, pero, como se deduce de sus años de juventud, se embebió de la lengua y cultura alemanas, cuyas riquezas descubrió y asimiló muy pronto.

Alcide De Gasperi nace austríaco en 1881 en Pieve Tesino, provincia de Trento, que entonces forma parte del Imperio Austrohúngaro. Su padre es jefe de un puesto de policía, funcionario del Imperio. En la zona se habla italiano. De Gasperi estudia filosofía en la Universidad de Viena y entra en contacto con las minorías del intrincado imperio: polacos, húngaros, eslovenos, checos. En Viena aprenderá y echará raíces su respeto por culturas distintas de la suya.

Pronto milita en favor del idioma italiano. Durante la Primera Guerra Mundial obrará como heraldo de la voluntad del Trentino de ser italiana. Al final de la guerra, cuando, en efecto, la región se una a Italia, De Gasperi será aclamado como un héroe.
Konrad Adenauer nace en Colonia en 1876. Vive en Colonia y Bonn, muere en Rhöndorf, todas ellas ciudades situadas en la región del Rin, eje geográfico europeo, gran paso natural que recorre, nutre y comunica Europa desde la antigüedad.

Sin rencor
Schuman, Adenauer y De Gasperi han conocido en su carne la persecución, la prisión y el desprecio. Y es precisamente en esas circunstancias, quizá a causa de ellas, en las que han gestado ideas de paz, de fraternidad y de unidad entre los hombres y entre los pueblos.
Robert Schuman será encarcelado por primera vez en 1940 tras la invasión alemana de Francia. El Gobierno de Pétain le había ofrecido un ministerio pero él no lo aceptó. Joseph Bürkel, el dirigente regional nazi de Lorena, le interroga brutalmente, aunque acabará profesándole incluso una cierta amistad, nacida de la admiración ante la reacción de optimismo y la ausencia de odio de Schuman durante su encarcelamiento. Al parecer, al cabo de un tiempo de reclusión le comunicaron que estaba autorizado a leer una sola obra de literatura; respondió que elegía la historia de los papas, en 24 volúmenes, por si acaso aquello fuera para largo.
Bürkel le propone la libertad si le da su palabra de no pasar a zona libre. Schuman le asegura que hará todo lo posible por llegar allí. Ante su negativa, le asigna residencia en el pueblo de Neusdats under Weinstrasse. Logra escaparse y llega a Lyon el 15 de agosto de 1942, justo al comienzo de la misa solemne.

Empieza un largo periplo de clandestinidad que durará tres años, de 1942 a 1945. Durante este período de huidas continuas, Schuman obrará sin descanso en favor de la futura unidad franco-alemana, escribiendo y reflexionando sobre ella. Tres años de pobreza extrema y un riesgo permanente de ser descubierto y asesinado. De esta situación no guardará rencor alguno sino, al contrario, tenderá los brazos a Alemania, convencido de que sólo la unidad entre los pueblos logrará que no se repita la tragedia que ha vivido en su propia carne.
En tiempos de persecución
De Gasperi fue encarcelado por primera vez en noviembre de 1904, con ocasión de una enfrentamiento en Innsbruck entre estudiantes alemanes e italianos. El joven De Gasperi aprovecha la estancia en prisión durante un mes para animar a sus compañeros.
Durante la Primera Guerra Mundial, aunque no en prisión, es considerado como refugiado y se le prohíbe volver a su región, el Trentino. Es precisamente en esa época cuando ya evoca la fraternidad entre los pueblos como premisa de la Europa unida.

Durante el régimen fascista instaurado en Italia en 1921 Mussolini acusa a De Gasperi de “áustricianismo”. En 1927 será encarcelado en la prisión Regina Coeli. Al conocer la condena de cuatro años de prisión, escribe la frase bíblica: “Quien siembra con lágrimas recogerá cantando”, y a su esposa: “Soy una semilla en la mano todopoderosa, una pequeña piedra con la que se construye el edificio… bendigo la mano de Dios, que arrancándome a la vida disipada de los asuntos públicos, me obliga a meditar sobre la vida interior”. Palabras similares a las de Robert Schuman desde su cautiverio en 1941: “He sido demasiado negligente desde ese punto de vista –la oración y la vida interior– Dios lo ha remediado”. La pena de De Gasperi será conmutada por Mussolini gracias a la intervención de Mons. Endrici durante una visita del Rey y de Mussolini a Trento.

Konrad Adenauer conoce la celda por primera vez siendo joven alcalde de Colonia en 1933. Los nazis lo declaran “indigno de confianza”, lo echan de su puesto, confiscan su residencia, le sustituyen por un nazi y lo declaran “enemigo del pueblo”. En 1944, en plena Guerra Mundial, los nazis le detienen de nuevo tras el atentado contra Hitler.
Tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, Adenauer es nombrado de nuevo alcalde de Colonia. Sin embargo, no se acabaron con ello las persecuciones. La administración inglesa de la zona lo destituye como “alcalde indigno”. En Londres gobiernan entonces los laboristas, más próximos a los social-demócratas alemanes que a los demócrata-cristianos, el partido de Adenauer.
Adenauer reaccionará siempre con un optimismo sin falla: “Disminuidos, pero no aniquilados”, será su eslogan. Aprenderá del desprecio la necesidad del aprecio entre las personas y los pueblos. A partir de 1949 y hasta 1963, durante la llamada “era Adenauer”, en la que será canciller de Alemania, podrá obrar efectivamente en favor de la paz y la unidad entre los pueblos de Europa. Sus ideas de paz y de colaboración habían sido gestadas en tiempos de persecución.

Rasgos de carácter
A Robert Schuman no le ahorraron insultos de mal gusto. Su larga nariz y su cabeza calva son objeto continuo de caricaturas. Las críticas fueron especialmente duras durante los años de las tensiones internacionales entre los bloques pro-soviético y pro-occidental, reflejadas en Francia en luchas entre los partidos. Frente al odio del ambiente, Schuman reacciona con paz y buen humor. En una ocasión, siendo ministro pero yendo en tren y sin escolta, responde a un revisor incrédulo sobre su identidad, levantándose el sombrero: “¿Pero no ha visto usted nunca este cráneo en los periódicos?”.

El mismo Schuman dirá también durante la época en que es ministro de Finanzas: “Algunos pierden la cabeza cuando una escolta de motociclistas abre el camino a su vehículo, por eso, yo prefiero, siempre que sea posible, ir a pie”. Y como detalles de sobriedad cuentan que se preocupaba de que quedaran apagadas las luces cuando se terminaba una reunión, utilizaba los formularios usados como papel de borrador, y apuntaba sus gastos personales.En una ocasión, siendo ministro de Finanzas, un periodista le reconoce trabajando en un compartimento de tren abarrotado de gente y le pregunta por qué no reserva un compartimento para él solo. Schuman le responde que porque sabe muy bien lo caro que es y que lo tendría que pagar el Tesoro Público.
Durante una reunión política uno de los asistentes critica a un ministro comunista. Schuman corta rápidamente diciendo que no tolerará que se critique a uno de sus compañeros delante de él: “Para mí, la solidaridad es sagrada”.

Se cuenta que De Gasperi sabía rectificar cuando se equivocaba. Después de una viva discusión en la Unión Académica Católica Italiana durante la que se había enfadado y marchado dando un portazo, vuelve a la sala y dice que deplora haber colaborado a la división con su actitud orgullosa y pide públicamente perdón. Cuentan asimismo de Schuman que, después de una reunión en 1940 en la que también había dado un portazo, volvió al cabo de un cuarto de hora, pidió disculpas y rogó a los que habían asistido al episodio que, para hacerse perdonar, aceptaran su invitación a cenar.

sábado, 14 de marzo de 2009

Claves de la acción internacional de la Santa Sede

Monseñor Pietro Parolin explicó, en una conferencia, la acción internacional de la Santa Sede. La Agencia Zenit lo resumía así:

"La dignidad del hombre y su dimensión trascendente son la razón de la existencia y de la misión internacional de una autoridad moral soberana independiente de los Estados, como es la Santa Sede"



Autoridad espiritual universal independiente

«La Iglesia católica es la única institución religiosa que puede acceder a relaciones diplomáticas y que se interesa en el derecho internacional mediante el sujeto internacional soberano de características singulares que es la Santa Sede».

Siguiendo sus palabras, una aproximación adecuada a la presencia internacional de la Santa Sede requiere tener presente que ésta no se puede identificar simplemente con la Iglesia católica -como comunidad de creyentes- ni con el Estado de la Ciudad del Vaticano -punto geográfico de apoyo que asegura la libertad del romano pontífice--.

«La Santa Sede es el mismo Santo Padre en cuanto autoridad espiritual universal independiente junto con los organismos de la Curia Romana que colaboran con su misión» --definió--; es esta naturaleza «la que requiere la existencia de un verdadero estatuto internacional de tipo público» como «sujeto "sui iuris", que se da a sí mismo su organización jurídica y no la recibe del exterior, y como tal entra en relación con los demás estados».

Ello se concreta actualmente en relaciones diplomáticas con 176 estados, presencia en la ONU como Estado observador, miembro de siete organizaciones o agencias del sistema ONU y observador en otras ocho, aparte de su adhesión como país miembro observador en cinco organizaciones regionales.

Objetivo

La «tenaz» reivindicación de la propia personalidad internacional y la petición de la Santa Sede de intervenir en los debates políticos internacionales para ofrecer su contribución están lejos de un interés específico en salvaguardar la propia independencia, subrayó monseñor Pietro Parolin.

Si la Santa Sede desea situarse como «interlocutor independiente de los Estados y expresar un juicio autorizado sobre los problemas que afectan a sus vidas» es porque «considera que representa una dimensión del hombre que, aún determinante en la vida de los pueblos, no entra plenamente bajo la jurisdicción de los Estados ni se agota en ella»; «existe algo que va más allá del elemento material», puntualizó.

La clave está en la dignidad del hombre: es anterior a la existencia del Estado y su respeto es el termómetro de la legitimidad y justicia de cualquier norma legal. Y «tal dignidad del individuo tiene como elemento esencial su dimensión trascendente», de forma que «si el hombre no trascendiera la dimensión material, no habría razones suficientes para que el respeto de su dignidad estuviera por encima de conveniencias nacionales», constató monseñor Parolin.

Así que «tal anterioridad e independencia de la dignidad del individuo, y más concretamente su dimensión trascendente, es la justificación última de la existencia de una autoridad moral soberana independiente de los Estados», y «en consecuencia la Santa Sede, en su actividad internacional», «sin interferir en el ámbito y responsabilidad propia de los Estados, se propone la tutela de la persona humana y de la libertad religiosa», confirmó.

En este punto monseñor Parolin citó a Juan Pablo II, quien en 2001, hablando a los futuros diplomáticos de la Pontificia Academia Eclesiástica, decía urge sobre todo la defensa del hombre y de la imagen de Dios que existe en él.

Acción

Trabajar en la Secretaría de Estado --el dicasterio de la Curia Romana que colabora más de cerca con el Sumo Pontífice--, especialmente en la Sección para las Relaciones con los Estados, significa -admite su subsecretario-- disfrutar de un observatorio privilegiado para conocer la realidad internacional, dado que se está obligado a una permanente visión de conjunto a la que contribuye el contacto casi diario con los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede.

Por ello señaló la intervención y la posición de ésta en algunos temas en el escenario mundial, entre los que, como se deduce de lo anterior, se cuenta la primacía de la persona desde la garantía de una «afirmación muy fuerte de la verdad».

«Persona-verdad es el binomio que está al frente de la acción internacional de la Santa Sede», y ésta procura recalcar estos conceptos extrayéndolos de los propios instrumentos de los que se ha dotado la comunidad internacional, como la Carta de la ONU --ejemplificó monseñor Parolin-- que declara solemnemente que la Organización fue creada para salvar a las generaciones futuras del azote de la guerra, para reafirmar la fe (una palabra clave) en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad de la persona humana, para asegurar el respeto del derecho internacional y para promover el progreso social».

Siendo significativo el uso del término «fe» en el citado contexto, la Santa Sede, en el último debate en el seno de la ONU, «observó que se afirmó así la existencia de una verdad universal y trascendente sobre el hombre y sobre su dignidad intrínseca, que no es una simple creación histórica, sino una realidad que precede y determina toda actividad política», de manera -siguió monseñor Parolin- «que ninguna ideología del poder puede suprimir tal verdad».

Y es tal dignidad del ser humano --añade-- «la que determina la justa medida de los intereses nacionales, que jamás pueden considerarse absolutos» y cuya defensa «debe contribuir a promover el bien común de todos los hombres».

«La Santa Sede subraya constantemente que el respeto de la dignidad del hombre, por lo tanto, es el fundamento ético más profundo en la búsqueda de la paz y en la construcción de relaciones internacionales»; «la carencia, el desprecio o la adhesión parcial a este principio está en el origen de los conflictos, de la degradación ambiental y de las injusticias», alerta.

En este marco, los valores que promueven las religiones «son el medio más eficaz para trascender los egoísmos y la violencia, y por lo tanto --continúa monseñor Parolin-- sostienen de manera decisiva esa "fe" en la dignidad del hombre».

Punto también prioritario en el actual marco internacional es el binomio cultura-religiones, por lo que la Santa Sede «recuerda con insistencia que el núcleo del diálogo interreligioso corresponde a la identidad propia de los representantes de cada religión --recalca--, sobre todo cuando se refiere a las verdades fundamentales del cosmos, del hombre y de la sociedades».

«A los estados y a la comunidad internacional corresponde en cambio --puntualiza-- el empeño de acompañar este diálogo, facilitándolo y creando estructuras en las que los miembros de las diversas religiones puedan cooperar a la paz y al desarrollo».

Y «si la voluntad de diálogo es verdadera, debe necesariamente traducirse en un mayor respeto de la libertad religiosa», un derecho que «lamentablemente sigue siendo escasamente respetado en muchas regiones del mundo o incluso directamente negado», denunció monseñor Parolin.

«Hay que destacar con pesar que el nuevo Consejo para los Derechos Humanos no ha dado pasos significativos en tal sentido», advirtió ante los diplomáticos presentes.

Y buscando ayudar a la comunidad internacional en su meta de servicio a la humanidad y a cada hombre, la Santa Sede se interesa en el tema de la paz consciente de que es «condición necesaria para el desarrollo de una vida digna». Por eso apoya las iniciativas de desarme, mencionó monseñor Parolin.

Asimismo la Santa Sede ha visto favorablemente «y ha contribuido en la medida de sus posibilidades a la creación --hace dos años-- de la Comisión para la Reconstrucción («Peace building commision»), cuya existencia «es signo inequívoco de la convicción internacional de que no basta con poner fin a las guerras, sino que hay que ayudar a reconstruir el tejido social e institucional de la gente, cosa que sólo garantiza una vida digna».

Y, con esperanza, la diplomacia vaticana valora y anima las operaciones de paz, como la de Darfur --señaló--, si bien el aumento de tales operaciones refleja «las dificultades que experimenta la comunidad internacional para prevenir las situaciones de conflicto antes de su degeneración».

Las prioridades de la Santa Sede se orientan también al desarrollo, y monseñor Parolin recordó que ya hace cuarenta años, en «Populorum progressio», Pablo VI advirtió que «el desarrollo es el nuevo nombre de la paz».

«Muchos problemas hoy atribuidos casi exclusivamente a diferencias culturales y religiosas tienen su origen en innumerables injusticias económicas y sociales», constató; «la liberación de las necesidades extremas, como las enfermedades, el hambre y la ignorancia, es el presupuesto necesario para un diálogo sereno de las civilizaciones».

A través de la Secretaría de Estado, de los Pontificios Consejos Justicia y Paz y Cor Unum, la Santa Sede mantiene una estrecha relación con Organizaciones No Gubernamentales [ONG] que en mayor o menor medida ejercen una función crítica y propositiva respecto a la situación económica mundial. Constante y prioritaria es también la acción de la Santa Sede, en la esfera internacional, en la defensa de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural.

Y es que «conceder al Estado o a cualquier otra agrupación social poderes de decisión sobre la vida de los individuos» «equivaldría a relativizar toda verdad sobre la dignidad de la persona humana», insiste.

La verdadera eficacia

Con la atención a estas prioridades --sólo se han citado algunas--, la Santa Sede busca contribuir en el momento en que conforman la agenda internacional y «se cristalizan en propuestas políticas y normativas», pero su acción «se sitúa en el horizonte profético de la Iglesia, y tiene un valor pedagógico y paradigmático en cuanto que indica a los cristianos y hombres y mujeres de buena voluntad las orientaciones éticas que deben guiar las elecciones políticas», apunta monseñor Parolin.

Para medir la eficacia de toda esta actividad, en su opinión se debe aplicar una regla general de la vida cristiana: «se debe mirar el esfuerzo, no los resultados; estamos llamados a trabajar con todo nuestro empeño por estas grandes finalidades».

«Puedo decir que la palabra de la Santa Sede se espera verdaderamente en muchos ámbitos. Hay deseo de escuchar un llamamiento hacia los valores éticos y los principios morales para la solución de los grandes problemas de la humanidad»; «lo importante es que hagamos lo posible para que se produzca este anuncio y este testimonio», concluye.

sábado, 17 de enero de 2009

Abolición del aborto y derechos humanos

Publicamos, gracias a Zenit, la ponencia presentada ante el Congreso Católicos y Vida Pública por Mercedes Aroz, una de las fundadoras del Partido Socialista de Cataluña. En las elecciones generales de 2004, Aroz fue la senadora elegida con más votos, el 53% largo de los emitidos en su circunscripción, la provincia de Barcelona. En noviembre de 2007, ha abandonado el escaño de senadora, tras anunciar su conversión al catolicismo.


Quiero agradecer en primer lugar a los organizadores del Congreso, y en particular a D. Alfredo Dagnino y a D. José Francisco Serrano, la invitación a participar en este importante Congreso Católicos y Vida Pública, un referente fuerte dentro del catolicismo en España, desde el que se trabaja para hacer resurgir la presencia del hecho cristiano en nuestra sociedad.
1. Necesidad de reflexionar sobre la tarea de los cristianos en el mundo de hoy desde la prioridad de dar a conocer a Cristo
La reflexión en la presente edición se centra en la encíclica de Benedicto XVI, Spe Salvi, y en cómo llevar la esperanza y los valores cristianos al conjunto de la sociedad española en un momento, sin duda, crítico en el que se está configurando un nuevo modelo de sociedad. Todo ello se enmarca a mi juicio en una cuestión central que es la necesidad de reflexionar profundamente sobre la tarea de los cristianos en el mundo de hoy, con la prioridad de dar a conocer a Cristo. Porque conocer a Cristo significa comprender el sentido de la propia vida y la propia identidad, y recibir una auténtica esperanza. La esperanza proviene, como nos dice Benedicto XVI, de conocer a Dios que nos ha mostrado su rostro en Cristo. La fe es esperanza pues por ella sabemos que tenemos un futuro: que nuestra vida no acaba en el vacío, que empieza y acaba en Dios.

2. ¿Cómo llevar la esperanza cristiana a todos?
Y la cuestión que se nos plantea es cómo llevar la esperanza a los que no la tienen y mostrar asimismo que la esperanza en una sociedad mejor no es una verdadera esperanza personal. Centrar las esperanzas sólo en el progreso material lleva a la larga o a la corta a la insatisfacción y, por otro lado, si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética de la persona no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el universo (SS 22).

Nos dice Benedicto XVI que de nuestro obrar cuando colaboramos para que el mundo sea más luminoso y humano surge esperanza para nosotros y para los demás, pero, con todo, lo más importante es llevar la luz de Cristo y su Evangelio, con hechos y palabras, a toda la sociedad, que hoy necesita el testimonio de los cristianos. Y considero que un compromiso serio en el anuncio del Evangelio precisa de un diagnóstico profundo de los desafíos reales que se plantean en la cultura contemporánea.

3. El anuncio del Evangelio requiere un diagnóstico profundo de los desafíos reales que hay que afrontar en la cultura contemporánea
La sociedad española es hoy una sociedad secularizada de forma similar al resto de la Europa Occidental en la que Dios ya no es el referente global con el que todo se articula, como bien describe el profesor Estrada en su libro “El cristianismo en una sociedad laica”, en el que también ofrece importantes reflexiones de futuro. Ha surgido un nuevo estilo de vida, de base profana, una nueva cultura en la que el núcleo es la ciencia y la técnica, y el pensamiento post-moderno se caracteriza por el escepticismo, el relativismo y el rechazo a conceptos fuertes como la verdad y el sentido, pues lo que determina la post-modernidad es la pérdida de referencias últimas. Esta pérdida de referencias ha conducido a una crisis de valores morales, a una pérdida de orientación personal y al malestar cultural existente.

Pero también hay aspectos positivos en la situación española pues el catolicismo sigue siendo relativamente mayoritario y subsiste la cultura de trasfondo católico. Hay, por tanto, condiciones favorables para que de nuevo germine el cristianismo. No se trata de que la religión perviva como mero hecho cultural, sino de hacerla resurgir como fe personal - que lleve al creyente a un compromiso real y a una experiencia profunda de la fe cristiana -, y en cuanto a la sociedad se trata de recuperar valores que elevan la dignidad del ser humano.

4. El cristianismo al encuentro del hombre de hoy
No es cuestión en mi opinión de mirar hacia el pasado sino de asimilar ampliamente y con profundidad los cambios, en particular el hecho de vivir en una sociedad secularizada, y en esta situación histórica responder a los retos que se plantean. Y el más urgente e importante hoy es, sin duda, contribuir a través del diálogo con la sociedad a construir unos valores comunes, una ética compartida, que contenga los valores fundamentales del hombre y que permita articular una convivencia integradora.

Creo que está por hacer en el ámbito cristiano el análisis de la sociedad en la que vivimos y el papel del cristianismo en ella, la reflexión sobre la relación entre cristianismo y sociedad pluralista, y el fomentar intensamente el diálogo con la cultura actual. Hay que configurar el modo de anunciar el mensaje cristiano y de proponer valores en una forma en la que pueda haber diálogo y que resulte comprensible para todos los ciudadanos. Para que los valores cristianos puedan ser asumidos por personas que no son cristianas, desde la convergencia entre fe y razón que pretende el cristianismo, es preciso utilizar argumentos convincentes para todos, mostrar la razonabilidad de nuestras posiciones y buscar puntos de encuentro. Y, posiblemente el punto de encuentro sea la vinculación de los valores cristianos con los derechos humanos - la vertiente secular de la dignidad de la persona que defiende el cristianismo -, la única referencia objetiva que puede ser asumida por todos los ciudadanos.

5. El reto de la abolición del aborto como progreso de los derechos humanos
Y en este sentido, éste puede ser el camino para hacer avanzar en la sociedad española una posición mayoritaria favorable a la abolición del aborto, como hoy existe respecto a la abolición de la pena de muerte en el mundo, abolida en España en 1983. Hay que plantear la abolición del aborto como lo que es: un objetivo progresista, de avance de la civilización, pues el reconocimiento jurídico de los derechos humanos y su ampliación es fruto del progreso del ser humano en la comprensión de su realidad y de su dignidad como persona. Y, hoy que conocemos por la ciencia que la realidad del ser humano existe desde su concepción, esto nos interpela desde el punto de vista de los derechos humanos para hacer extensivo el derecho a la vida reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos al primer estadio de la vida del hombre. Por tanto, el objetivo ha de ser ambicioso. No está sólo en evitar una nueva ley en el sentido que se dice, sino en convencer con argumentos a la mayoría de los ciudadanos y apoyados en la ciencia de que el aborto se opone a los derechos humanos y es impropio de una sociedad civilizada, y que esto ha de tener una plasmación jurídica en el medio plazo. De la misma manera que frente a los argumentos a favor de la pena de muerte en graves delitos prevaleció el respeto al derecho a la vida, hay que lograr que este derecho del hombre sea reconocido desde su concepción y hasta su muerte. Este objetivo ha de ir acompañado de una mayor protección a la maternidad y de la prevención del embarazo adolescente mediante la formación.

6. Resituar el debate sobre la laicidad: diferenciar "laicidad estatal" y "laicidad de la sociedad". La laicidad en la sociedad pluralista
Abordaré ahora el importante debate en el que estamos inmersos sobre el concepto de laicidad. Y sobre ello, es esclarecedor el libro del Cardenal Scola, Una nueva laicidad, que lleva a la necesidad de resituar el debate incorporando la distinción entre "laicidad del Estado" y "laicidad de la sociedad", y la necesidad de definir entre todos que se entiende por laicidad en una sociedad pluralista.
El Estado ha de ser laico, esto significa que no es confesional e implica una neutralidad ideológica, pero al mismo tiempo no puede ser indiferente a la realidad social. La "sociedad laica", sin embargo, no lo es propiamente pues en ella se expresan los valores de los no-creyentes y de los creyentes, y una cuestión fundamental para la cohesión social es cómo se articulan esos diferentes valores. Lo que el poder político no puede hacer es imponer una ideología en la sociedad civil pues tanto la propia laicidad del Estado como la libertad religiosa y el respeto a la libertad de conciencia no lo permiten. En una sociedad democrática son las personas y los grupos los que tienen el papel de hacer aportaciones - a nivel cultural, espiritual, ético - y crear opinión en el marco de la libre expresión. Al poder político le corresponde respetar y garantizar esta actividad que expresa la realidad social y sin la que no puede existir una sociedad libre ni una ciudadanía responsable.
En este punto, hay que llamar la atención precisamente sobre la dificultad de debatir en España cuestiones de tipo ético lo que supone un serio déficit democrático, que es preciso corregir.
Otro aspecto a tener muy presente en la laicidad es que este ámbito abarca hoy un conjunto articulado de temas, y no únicamente la problemática de la relación Iglesia-Estado. Los temas son conocidos: matrimonio-familia, biotecnología, interculturalidad, inter-religiosidad, siendo las cuestiones más graves las que afectan a la visión del hombre. Por todo ello, es fundamental situar adecuadamente este debate y contribuir desde el cristianismo a construir un futuro ético y una convivencia integradora.

7. Anunciar a Cristo nuestra prioridad
No quiero acabar sin referirme a la situación que genera la crisis económica: paro y aumento de la pobreza. Algo que nos llama a estar muy atentos para hacer efectiva la solidaridad necesaria, apoyando particularmente a Cáritas que está afrontando la situación. Y finalizo, a modo de resumen, con unas palabras de Benedicto XVI en EEUU , que nos exhortan a seguir siendo fermento de esperanza evangélica en la sociedad, llevando la luz y la verdad del Evangelio a todos los hombres, y contribuyendo a crear un mundo cada vez más justo y más libre. Sin dejarnos vencer por el pesimismo o los problemas. Y, sabiendo que sólo si nos mantenemos unidos a Cristo nuestro testimonio será creíble y dará frutos de paz y reconciliación en medio de una realidad - que como la nuestra -, muchas veces está marcada por divisiones y enfrentamientos.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Los orígenes cristianos de la democracia



Ante la oleada de laicismo beligerante que en España trata de marginar, cuando no desterrar, la cultura cristiana, el Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, Rafael Navarro Valls, ha ofrece una visión mucho más optimista sobre la profundidad de las raíces cristianas tanto en nuestro país como en el resto de Europa en este texto titulado "Influencia del factor religioso en las bases de la cultura europea" (Conferencia pronunciada en la Facultad de Teología de San Dámaso, de Madrid. 27 de marzo de 2008. Gentileza de Agea.net.)


Alguien ha dicho que Europa descansa sobre tres Colinas: la de la Acrópolis, la del Capitolio y la del Gólgota. Pensamos con categorías mentales griegas, más en concreto, con esquemas aristotélicos; hacemos derecho como los romanos; pero la ética que informa derecho, pensamiento y moral es la cristiana. Es natural que la desestabilización de esas raíces provoque desajustes estructurales, psicológicos y operativos en los canales sociales, políticos y culturales de Europa .
Como ha hecho notar Brandmuller , buena parte de las catástrofes del siglo XX -desde los conflictos bélicos de la Primera Guerra Mundial a los campos de exterminio del Tercer Reich , desde las masacres estalinistas hasta el Archipiélago Gulag- son el resultado de la ruptura de Europa con sus orígenes en Jerusalén, Atenas y Roma. Jerusalén representa la concepción de que la humanidad y el mundo existen en relación con Dios, el Creador. Atenas representa la primacía del intelecto, que sostiene la cultura europea. Roma, la arquitectura jurídica que vertebra las grandes creaciones normativas.
El olvido de estas elementales verdades recuerda aquellas palabras de Quinto Septimio Severo: " Hay dos clases de ceguera que se combinan fácilmente: la de aquellos que no ven lo que es y la de los que ven lo que no es "
Permítanme recordar una anécdota del ya desaparecido John Foster Dulles, Secretario de Estado con el presidente Eisenhower. Con ocasión de uno de los numerosos conflictos entre Israel y sus vecinos árabes, invitó a un representante israelí y a otro sirio -judío el primero, musulmán el segundo- a mantener una conversación privada sobre el conflicto. Cuando se encontraron, el Secretario de Estado les estrechó calurosamente la mano, les sonrió y dijo: "¿Por qué no nos sentamos los tres juntos y, de corazón a corazón, resolvemos esto como caballeros cristianos?" La anécdota pone de manifiesto dos cosas. La primera es que se sigue creyendo, correctamente, que en las tradiciones religiosas hay recursos importantes, no siempre aprovechados, para resolver los conflictos mundiales. La segunda, que cuando se piensa en los valores religiosos como una ayuda para la resolución de esos conflictos , la mayoría- y no sólo Foster Dulles- tiende a recurrir a su propia tradición religiosa, aunque sólo sea porque no conoce las posibilidades análogas que ofrecen las tradiciones de los vecinos.
¿Y cuál ha sido la influencia de la tradición religiosa sobre la cultura europea? Sintetizando lo esencial yo diría que la tradición judeo-cristiana ha aportado a Europa el básico patrimonio común de derechos fundamentales que hoy la estructuran. Los derechos del hombre no comienzan con la Revolución Francesa, sino que hunden sus raíces en aquella mezcla de hebraísmo y cristianismo que configura el rostro psicológico y social de Europa. La misma modernidad europea, que ha dado al mundo el ideal democrático y los derechos humanos, toma los propios valores de su herencia cristiana. Norberto Bobbio insiste en este punto cuando afirma que el gran cambio en el reconocimiento del hombre como persona "tuvo inicio en Occidente con la concepción cristiana de la vida, según la cual todos los hombres son hermanos en cuanto hijos de Dios". Por eso Ratzinger –antes de convertirse en Benedicto XVI- recordaba que si los creyentes debemos agradecer la aportación de los "laicos", que ha de permanecer como una espina en nuestra carne, también ellos han de aceptar otra espina en su carne: la fuerza fundante de la religion cristiana en Europa (...) Berlingó hace un tiempo apuntaba la revalorización de lo religioso también en Europa. Según él, la religión habría irrumpido en la escena europea "como Jonás salió del vientre de la ballena", es decir, venido afuera de las oscuras entrañas de la secularización y del gueto de la privatización
Coincido con este parecer. Al ser investido con el doctorado "honoris causa" de la Universidad de Turín , observaba que las bases cristianas de Europa permanecen en capas subterráneas como lo hace el petróleo en la piedra pómez, hasta que de pronto emergen en la escena política, social o cultural. Pensemos en un sólo ejemplo: el derrumbamiento de los sistemas ideológicos que durante más de setenta años sustentaron a los países del Este europeo.
¿Qué es lo que provocó ese monumental seísmo político? Según los sociólogos y politólogos, dos fuerzas cuya vitalidad había sido negada por los ideólogos más sesudos de uno y otro lado de Europa: religión y nacionalismo. A través de ellas la nueva Europa redescubrió las viejas fuerzas que mueven la historia. El legado común y los valores ético-espirituales de la vieja Europa hicieron emerger esa comunidad de derechos fundamentales sobre las que se asienta: Estado de Derecho, respeto a la dignidad humana, protección de la libertad, tolerancia, pluralismo político, imperio de la ley, principio de representación democrática, separación de poderes, etc. Es decir, "la vieja Europa, a primera vista, puede parecer haberse convertido en un gran desierto espiritual, sobre el que se abaten los rigores de un invierno que cubre de hielo la superficie de la tierra. Pero bajo la capa de hielo permanecen adormecidas unas raíces cristianas, prontas a despertar de su letargo"
En otro orden de cosas, nuestras reacciones más profundas dejan entrever reflejos de infraestructuras religiosas que veinte siglos de cristianismo han inscrito en el patrimonio sociocultural de Europa. Pongamos un ejemplo más o menos actual. Para los que de ustedes sean aficionados al fútbol les es familiar la figura -ya en declive- de David Beckham. Pues bien, cuando nació su hijo primogénito Brooklyn, ante una pregunta del redactor deportivo de The Guardian, contestó : "creo que debe ser bautizado, pero no he decidido todavía en qué religión". Es evidente que Beckham está utilizando un vocabulario cristiano sin saber exactamente de qué está hablando.
En realidad, a finales del siglo XX las perspectivas para Dios eran excelentes. El XXI podría terminar incluso por ser su siglo. No hay que olvidar que la religión ha movilizado a millones de personas para que se opusieran a regímenes autoritarios, para que inaugurasen transiciones democráticas, para que apoyaran los derechos humanos y para que aliviasen el sufrimiento de los hombres. En el siglo XX, los movimientos religiosos ayudaron a poner fin al Gobierno colonial y a acompañar la llegada de la democracia en Latinoamérica, Europa del Este, el África subsahariana y Asia. La iglesia católica posterior al Concilio Vaticano II jugó un papel crucial oponiéndose a los regímenes autoritarios y legitimando las aspiraciones democráticas de las masas, como fue evidente en España.
Al tiempo, las mayores religiones se han expandido a un ritmo que supera el crecimiento de la población global. Considérense los dos credos cristianos, el catolicismo y el protestantismo, y las otras dos mayores religiones, el islam y el hinduismo. Según la enciclopedia Cristiana Mundial, en 2001 aumentó la proporción de población que se adhirió a estos sistemas religiosos respecto al siglo pasado. A comienzos de 1900, apenas una mayoría de la población mundial -un 50% para ser más precisos- eran católicos, protestantes, musulmanes o hindúes. A principios del siglo XXI, casi el 64% pertenecía a estos cuatro grupos religiosos y la proporción podría estar próxima al 70% para 2025. Dios está, pues, "en racha".
Esto se reflejó en la revolución iraní de 1979, en el ascenso de los talibanes en Afganistán, en el renacer chií y en las luchas religiosas en el Irak de la posguerra, y en la victoria de Hamás en Palestina. Pero no ha sido Alá el que ha lanzado todos los rayos. La lucha contra el apartheid en Suráfrica en los 80 y a comienzos de los 90 se fortaleció gracias a interesantes líderes cristianos como el arzobispo Desmond Tutu. Los nacionalistas hindúes en India, dejaron anonadada a la comunidad internacional cuando en 1998 expulsaron del poder al partido en el Gobierno y luego realizaron pruebas con armas nucleares. Los evangélicos de EEUU siguen sorprendiendo al "establishment" de la política exterior estadounidense con su activismo e influencia sobre asuntos como la libertad religiosa, el tráfico sexual, Sudán y el sida en África.
Es más, los evangélicos han surgido como una fuerza tan poderosa que en las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2004 la religión fue un factor más fiable de predicción de voto que el sexo, la edad o la clase social. En las elecciones ahora en preparación, todos cortejan a los creyentes americanos como una fuerza social definitiva. Como ha demostrado Huntington, más del 90% de los encuestados en 2000 afirmaba que votaría, sin problemas, a un negro, un judío o una mujer. Sólo un 49%, sin embargo, estaba dispuesto a votar a un candidato presidencial ateo. Si han seguido los debates de los precandidatos a la elección presidencial de 2008 es sorprendente la naturalidad con que debaten sobre el diseño inteligente y la evolución, el papel de la fe en las crisis familiares o el puesto de Dios en la propia escala de valores. Eliminado el prejuicio anti-católico con John Kerry y Kennedy, nada menos que seis candidatos son católicos : tres demócratas y tres republicanos.
Pero volvamos a Europa. En medio de esta Babel de pueblos diversos, con diversos mares, diferentes lenguas, diversos climas y costumbres diversas ¿dónde está Europa?, se pregunta el constitucionalista judío Weiler. Duda que su ser más profundo se localice en un mercado común que permite que los europeos vistamos con trajes hechos en China, utilicemos instrumentos tecnológicos fabricados en Japón o veamos las mismas películas filmadas en Estados Unidos. Más bien se fija en el hecho de que, en todo centro habitado, las tumbas y los cementerios tengan inscripciones en lenguas diversas, pero la inmensa mayoría coronadas con idéntica cruz: la misma de una tumba del año 1007, 1507 o 2.007. El influjo cristiano sobre nuestra cultura es simplemente abrumador. Sus pruebas están en torno a nosotros: en la arquitectura, en la música (sobre todo la clásica), en las artes figurativas, en la literatura o en la poesía. La prevalencia histórica del influjo cristiano ha producido, además, un sofisticado efecto dialéctico en cuya virtud parte del arte no cristiano se ha construido en oposición a aquella influencia dominante. Algo similar ha pasado con la cultura política, en el campo de las ideas y de los valores. En síntesis: la sensibilidad moral europea está condicionada por la herencia cristiana y, más recientemente, por la lucha contra ella. Su conclusión es clara: no cabe eliminar el cristianismo de la historia de Europa, como no se pueden eliminar las cruces de los cementerios
Tiene razón la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea cuando hace depender de ese "patrimonio espiritual y moral "los valores indivisibles y universales de dignidad humana, de libertad, de igualdad, y solidaridad". Efectivamente, cuando se contempla el complejo entramado de relaciones entre cristianismo y las instituciones jurídicas occidentales se detecta que "nuestras opciones políticas fundamentales, nuestra Weltanschauung, nuestras esperanzas y nuestras reacciones más profundas dejan entrever reflejos secularizados y democratizados de infraestructuras religiosas que veinte siglos de cristianismo han inscrito en el patrimonio sociocultural de Europa" (L. Moulin). Pero la verdad es que el entusiasmo inicial por el retorno a las grandes constantes de la herencia cristiana se diluyó y, como ha dicho Ratzinger, la Unión Europea se llevó a cabo casi exclusivamente en aspectos económicos, dejando a un lado la cuestión de los fundamentos espirituales de esa comunidad (...) También hay sociología. La mayoría de los ciudadanos de la actual Unión son cristianos: superan los dos tercios de la población de los "quince" y con las diez nuevas incorporaciones el número crecerá. Son herencia viva de la cultura histórica de Europa hasta el calendario, las fiestas el descanso semanal y los domingos, así como la influencia ideológica y moral de las Iglesias. No parece, pues, que una referencia a este hecho en la nonata Constitución Europea hubiera implicado una quiebra de la laicidad europea. Neutralidad no significa laicidad hostil. Desde el punto de vista de los hebreos no se puede contar su historia moderna desgajándola de Europa, que los asesinó en masa. Pero también es verdad que no se puede contar honestamente la historia europea sin contar con la tradición hebrea ya sea en su exilio, la época de oro en España , las cruzadas, o la época contemporánea con los Mahler, los Freud y los Einstein. De Toledo a Salónica, de Otranto a Varsovia, los hebreos y el judaísmo han jugado un papel significativo. Una referencia a las raíces judías, junto a las cristianas hubiera sido razonable .
Por lo demás , desearía terminar con tres invitaciones hechas sucesivamente por tres presidentes de la Comisión europea. En 1990 Jacques Delors lanzaba la idea de "un corazón y de un alma para Europa que sirviera como punto de apoyo para la construcción e integración europeas". Diez años después volvía a proponer la idea en una conferencia en la catedral de Estrasburgo. Y Santer, su sucesor, precisó que "reclamar un alma para Europa" supone invitar a las Iglesia e instancias filosóficas a dar una interpretación a la construcción europea. En parecidos términos se expresaba el 3 de septiembre de 2003 el propio Prodi. Según éste, "las religiones monoteístas, particularmente la religión cristiana", han sido "una de las raíces esenciales de Europa y uno de sus factores de desarrollo", y puesto que "la historia de Europa y la historia del cristianismo están indisolublemente unidas", todo esto "hay que reconocerlo en el Tratado constitucional". En su opinión, el reconocimiento de las raíces cristianas no impide "descubrir las raíces que ligan a Europa con el pueblo de Israel" y "afirmar nuestra voluntad de diálogo con el Islam" .
Conviene no olvidar que el término "eurpeenses" aparece por primera vez en una Crónica mozárabe de mediados del siglo VIII para designar a los soldados cristianos de Carlos Martel que combatieron en la batalla de Poiters y detuvieron el avance islámico hacia el corazón del continente.
Declaraciones que, en definitiva, son una continuidad de las que hacía Robert Schuman hace años cuando observaba : "¿Qué es lo que distingue a Europa en el seno de la gran familia humana? La Europa libre está formada por democracias parlamentarias. Ahora bien, la democracia debe su existencia al cristianismo. La democracia griega negaba la igualdad de todos los hombres; se aplicaba a una elite de nacimiento. La democracia moderna reconoce la igualdad de los derechos de todas las personas humanas , sin distinción ni excepción. El cristianismo fue el primero que enseñó la igualdad de naturaleza de todos los hombres...La democracia no se improvisa; Europa ha tardado más de un milenio de cristianismo en darle forma. Concluyo con Bergson que "la democracia es de esencia evangélica..."