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domingo, 14 de enero de 2024

Juan XXIII y el Concilio Vaticano II


 

El Concilio Vaticano II fue un verdadero “Kairós” eclesial. Las discusiones apasionadas, las diversas tendencias eclesiales que participaron y debatieron, no obstaron para que el Espíritu Santo, obrara e impulsara a la Iglesia a un proceso de renovación, que aún no culmina. El Concilio Vaticano II no buscó que la Iglesia se pusiera “a la moda” sino que refrescara su rostro volviendo a las fuentes más originarias para su adecuada reforma. No faltaron, en aquella época, los sectores que miraban cualquier innovación como una claudicación de la Iglesia ante los poderes del mundo. El Papa san Juan XXIII fue muy consciente de la existencia de toda una mentalidad ultraconservadora, antimoderna, “contrarevolucionaria”, llena de diagnósticos fatales que profetizaban fracturas eclesiales y crisis sin fin. Sin embargo, tanto él, como el resto de los pontífices postconciliares, lograron una lectura teológica de la historia más analítica y diferenciada que la antimoderna. De esta manera, entre otras cosas, se evitó caer en fáciles simplificaciones neo-maniqueas, que en el fondo eran parte de la polarización ideológica que caracterizó parcialmente al siglo veinte. Miremos, por ejemplo, cómo en el discurso de apertura del Concilio, san Juan XXIII afirmaba con contundencia:

“En el cotidiano ejercicio de Nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida.” (…) “Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia.”

Este apretado texto, evidentemente no se alinea a la lectura modernista de la historia, que busca sumar acríticamente a la Iglesia al mito del progreso indefinido. Tampoco, el texto cae en la tentación de la lectura antimoderna, tan típica de los grupitos que llenos de temor, y afincados a una falsa idea de “Tradición”, buscaban que la Iglesia se mantuviera dentro de la zona de “seguridad” definida por el pensamiento ultraconservador e integrista. El “Papa bueno”, con gran agudeza, y sin ingenuidad alguna, sabe que la Providencia es la que conduce la Historia y nos lleva a un nuevo orden de cosas, a nivel personal, social y eclesial.

La Iglesia no ha claudicado a afirmar la verdad y corregir el error. De hecho, los errores también pululaban al interior de los debates conciliares. No faltaron voces que sugirieron al Papa asumir una actitud de combate y de condena al error para no caer en la “ambigüedad”, en la “confusión” y mantener una doctrina “clara”. San Juan XXIII, sin embargo, estaba convencido que la mejor manera de corregir el error y el pecado no es bajo la forma del combate o la condena. El Concilio Vaticano II no debería ser una síntesis de condenas, sino una afirmación gozosa de la misericordia de Dios dentro de la historia:

“Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas”.

2. El Concilio Vaticano II: los obispos “cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice”

Teniendo estas convicciones bien asentadas en la mente y en el corazón, san Juan XXIII y, posteriormente, san Paulo VI, condujeron el Concilio Vaticano II, discernieron su doctrina, y eventualmente se llegó al momento de promulgar sus documentos. De entre todos ellos, quiero destacar la Constitución sobre la Iglesia, mejor conocida como “Lumen gentium”. En este importante texto, entre otras cosas, se colocan las bases esenciales, para acoger de modo adecuado, verdaderamente eclesial, el Magisterio pontificio. Para acogerlo cuando me gusta, y también cuando no me gusta:

“Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo.”

En efecto, el Concilio Vaticano II es clarísimo: los obispos deben ser respetados como testigos de la verdad católica cuando enseñan en comunión con el Papa. Los fieles, por nuestra parte, somos convocados a una adhesión interior, al “obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento” frente al magisterio. Esta expresión no significa claudicar a la vocación de la razón o cosa parecida. Significa aprender a vivir en espíritu de fe, – que es un asentimiento racional de una verdad revelada movido por la gracia -, la enseñanza de la Iglesia.

sábado, 29 de noviembre de 2014

La preparación al matrimonio

La preparación al matrimonio requerirá más tiempo

Mejorar la preparación al matrimonio y el acompañamiento de los recién casados son dos de las propuestas estrellas del Sínodo sobre la familia. Frente a la modalidad de los cursos exprés de fin de semana, se extiende la idea de que junto a la preparación inmediata para la boda hace falta una más profunda orientada a consolidar la fe de los novios, así como sus planteamientos antropológicos y su comprensión del matrimonio. Esta sería la mejor medicina preventiva frente al problema de los católicos divorciados.
El documento final de la Asamblea general extraordinaria del Sínodo, celebrada del 5 al 19 de octubre, esboza en dos de sus proposiciones más respaldadas una línea de avance en la pastoral familiar: el punto nº 39, aprobado con 176 votos positivos frente a 4 negativos, destaca que los programas específicos de preparación para el matrimonio vayan acompañados de una “genuina experiencia de participación en la vida eclesial”.
Unido a lo anterior, el punto nº 40 (179 votos positivos frente a uno negativo) insiste en que en los años iniciales del matrimonio, los casados cuenten con el apoyo de otros matrimonios con experiencia que les orienten en las “necesidades concretas” de esos años.
Ambas propuestas, que habrá de concretar la Asamblea ordinaria del Sínodo sobre la familia previsto para 2015, van en la línea de las recomendaciones hechas por Juan Pablo II en la exhortación apostólica Familiaris consortio (1981). El “Papa de la familia”, como lo denominó el Papa Francisco en la homilía de su canonización, subrayó en ese documento que “la Iglesia debe promover programas mejores y más intensos de preparación al matrimonio” (nº 66) así como una “pastoral postmatrimonial” (nº 69), sobre todo entre las familias jóvenes.
Reforzar la preparación al matrimonio ha sido una propuesta unánime en el Sínodo de Obispos sobre la familia

Un proceso gradual y continuo

La Familiaris consortio concibe la preparación al matrimonio como “un proceso gradual y continuo”, con tres fases: lapreparación remota a niños, adolescentes y jóvenes, que va orientada a forjar el carácter y a educar en la visión de la vida como vocación al amor; la preparación próxima a quienes ya están prometidos, “a fin de que el sacramento sea celebrado y vivido con las debidas disposiciones morales y espirituales”, y que incluye la formación en diversos aspectos de la vida familiar; y la preparación inmediata, justo antes de la boda.
Benedicto XVI se refirió expresamente a estas tres etapas en un discurso de 2010 a la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para la Familia. Y volvió a mencionarlas en su discurso a la Rota romana, en 2011. En esa ocasión recordó, además, que el cuidado pastoral de los novios pasa por “la verificación previa de sus convicciones sobre los compromisos irrenunciables para la validez del sacramento del matrimonio” (cfr. Aceprensa, 24-01-2011).
En la misma línea, el Papa Francisco subrayó hace unos días la necesidad de alargar el tiempo de preparación al matrimonio: “No se puede preparar novios al matrimonio con dos encuentros, con dos conferencias”, dijo al responder a una pregunta en la audiencia con el movimiento Schoenstatt. “La preparación al matrimonio tiene que venir de muy lejos (…) Muchos no saben lo que hacen, y se casan sin saber qué significa, las condiciones, qué prometen”.
El Consejo Pontificio para la Familia está elaborando un vademécum sobre la preparación al matrimonio

Un vademécum en preparación

Como se ve, el largo proceso de discernimiento y de formación propuesto por los tres últimos papas dista mucho de parecerse a los cursos exprés de fin de semana a los que hoy asisten muchos novios cristianos.
Para corregir esta situación, el Pontificio Consejo para la Familia está elaborando un vademécum sobre la preparación al matrimonio. El primer borrador estaba listo en 2010 pero, según explica el secretario del Consejo, mons. Jean Laffitte, se decidió posponerlo para recoger las experiencias de distintas Conferencias episcopales del mundo. En estos momentos se está traduciendo a varias lenguas, para su próxima publicación.
En España, la preparación al matrimonio fue una de las líneas de mejora que marcó a las diócesis la Conferencia episcopal en el documento La verdad del amor humano, publicado en 2012 (cfr. Aceprensa, 5-07-2012).
Citando el Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España (2003), el documento recomienda crear “unositinerarios de fe en los que, de manera gradual y progresiva, se acompañará a los que se preparan para el matrimonio. En ningún caso se pueden reducir a la transmisión de unas verdades, sino que debe consistir en una verdadera formación integral de las personas en un crecimiento humano, que comprende la maduración en las virtudes humanas, en la fe, la oración, la vida litúrgica, el compromiso eclesial y social, etc”.
“No se puede preparar a los novios para el matrimonio con dos conferencias” (Papa Francisco)
Aunque no faltan cursos prematrimoniales organizados por parroquias, movimientos y asociaciones católicas que van en esa línea –por ejemplo, en la parroquia de Nuestra Señora del Buen Suceso, en Madrid, se imparten cursos de tres meses; una duración parecida tienen los de Eduvida, vinculados a Schoensttat, o Gift & Task– prevalecen los que recurren a la modalidad intensiva. En la archidiócesis de Madrid, la oferta va desde los cursos de fin de semana hasta los de cinco días (de lunes a sábado).

Educación sexual antimatrimonio

En un reciente artículo publicado en Public Discourse, la estadounidense Cassandra Hough –fundadora de Love&FidelityNetwok, una organización que promueve la educación para el matrimonio– menciona las conclusiones de dos estudios que muestran los beneficios que suelen traer estos cursos prematrimoniales. En general, las parejas que asisten a esos programas los encuentran útiles.
La propia Hough cuenta que cuando su marido y ella se prometieron, asistieron a un curso prematrimonial que les sirvió para prepararse. Ahora bien, es consciente de que su preparación comenzó muchos años antes: “Y esto es válido para la mayoría de hombres y mujeres, para bien o para mal. Cuando una pareja se compromete, lo hace con un bagaje de ideas y experiencias sobre la intimidad en las relaciones que configuran su comprensión y sus expectativas del matrimonio”.
“Cuando una pareja se compromete, lo hace con un bagaje de ideas y experiencias que configuran sus expectativas del matrimonio” (Cassandra Hough)
Esto les lleva a preguntarse hasta qué punto la educación sexual que hoy se imparte en las escuelas de EE.UU. ayuda o perjudica la preparación al matrimonio. Tras analizar varios programas constata que muchos de ellos promueven el uso del condón y conductas de experimentación sexual alternativas a las relaciones completas como una forma de reducir el riesgo de embarazos entre adolescentes. Lo que termina agravando el problema, pues en ese clima erotizado son más frecuentes las relaciones sexuales entre jóvenes.
Aunque estos programas se presentan como iniciativas a favor de la “salud” sexual, lo cierto es que ni siquiera se ocupan de los efectos emocionales ni psicólogos del sexo antes del matrimonio ni de la promiscuidad sexual. Más que educar, dice Hough, lo que pretenden es “mover a la sociedad en una cierta dirección. Y en esa dirección no interesa que haya muchos matrimonios sólidos y saludables”.
La banalización del sexo a que incitan estos programas ha terminado por favorecer entre los jóvenes una cultura delhookup, donde lo que se lleva son los encuentros efímeros con sucesivas parejas sexuales y sin compromiso emocional. De ahí que Hough califique a estos programas de “decididamente antimatrimonio”.
Aunque el matrimonio puede estar lejos del horizonte de un chaval de 12 o incluso de 20 años, estos programas “no les hacen ningún favor, pues les entrenan durante años en actitudes y comportamientos que debilitan sus probabilidades de tener éxito en su futuro matrimonio”.
Por el contrario, concluye, es la educación en la castidad la que mejor puede preparar a una generación a afrontar la vida matrimonial. Esta “permite comprender y apreciar esa relación única que es el matrimonio, y ayuda a cultivar hábitos que apoyan directamente la fidelidad matrimonial y el amor generoso”.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Reflexiones sobre el Sínodo Extraordinario sobre la Familia


El deseo de formar familia sigue vivo, pese a los obstáculos de una época que consagra el individualismo. La Iglesia, en este contexto, debe estar lista para acompañar tanto a quienes desean unirse en matrimonio sacramental, como a quienes viven en situaciones donde aún no se alcanza esa plenitud. Así lo refleja la Relatio Synodi, el documento final del Sínodo Extraordinario sobre la Familia, que fue votado el sábado 19 de octubre punto por punto por los obispos participantes.
El documento, que consta de tres partes y 62 puntos, será enviado a las Conferencias Episcopales, con vistas a preparar el Sínodo Ordinario sobre la Familia, que se celebrará en octubre de 2015. Su función es “proponer cuestiones e indicar perspectivas que deben ser maduradas en las Iglesias locales durante el año que falta hasta el Sínodo”.

El contexto sociocultural

Los padres sinodales realizan en la primera parte un diagnóstico del contexto sociocultural en el que se plantean hoy los problemas de la familia. Señalan las ventajas de que existan, al menos en algunas regiones del mundo, una amplia libertad de expresión y el reconocimiento de los derechos de mujeres y niños. Sin embargo, a lo positivo contraponen “el creciente peligro de un individualismo exacerbado que desnaturaliza los vínculos familiares y termina por considerar a cada miembro de la familia como una isla”. A este se añade “la crisis de fe que ha afectado a tantos católicos y que a menudo está en el origen de la crisis del matrimonio y de la familia”.
Según los contextos culturales y religiosos, aparecen otros problemas: la práctica de la poligamia, la costumbre del “matrimonio por etapas”, los matrimonios arreglados entre familias, los matrimonios entre cónyuges de distinta fe, o la difusión de la cohabitación que precede al matrimonio o de convivencias que no están orientadas a asumir un vínculo formal. A esto hay que añadir a menudo una legislación civil que pone en peligro el matrimonio y la familia.
Muchas veces estas situaciones repercuten en los hijos, que nacen fuera del matrimonio, o son víctimas de la separación de los padres o se convierten en objeto de disputa. También en muchos contextos “la mujer es discriminada e incluso el don de la maternidad es a menudo penalizado en vez de ser presentado como un valor positivo”.
Dentro del contexto sociocultural, los obispos subrayan también la cuestión de la fragilidad afectiva: “una afectividad narcisista, inestable y cambiante”. En este contexto, “las parejas están a veces inciertas, dubitativas y les cuesta encontrar los modos para crecer”. “Muchos tienden a quedarse en los primeros estadios de la vida emocional y sexual”.
Además, la sensación de impotencia ante las dificultades económicas, la inseguridad laboral, y el abandono y la falta de atención por parte de las instituciones, están incidiendo en una crisis demográfica, motivada por el descenso de la natalidad, lo que debilita el tejido social y hace peligrar la relación intergeneracional.

El necesario ejemplo de los casados

En este contexto, la Iglesia siente la necesidad de revalidar la vigencia del matrimonio cristiano como continuación del matrimonio natural. Cristo le devuelve su forma original, otorgando a los cónyuges la gracia para testimoniar el amor de Dios y vivir la vida de comunión.
Por ello, en la segunda parte del documento, los padres sinodales subrayan que “la indisolubilidad del matrimonio no debe entenderse como un yugo impuesto a los hombres, sino como un don hecho a las personas unidas en matrimonio”: el del acompañamiento de la gracia, que sana y transforma los corazones endurecidos. “Dios consagra el amor de los esposos y confirma su indisolubilidad, ofreciéndoles su ayuda para vivir la fidelidad, la integración recíproca y la apertura a la vida”, señalan.
Al mismo tempo que se alegran con las familias que siguen fieles a las enseñanzas del Evangelio, los obispos manifiestan también su preocupación por las familias “heridas y frágiles”. La Iglesia, “aun reconociendo que para los bautizados no hay más vínculo matrimonial que el sacramental, y que toda ruptura de él va contra la voluntad de Dios”, quiere también “acompañar con misericordia y paciencia las posibles etapas de crecimiento” de las personas frágiles que encuentran dificultades en el camino de la fe.
Entre estas se encuentran los que solo han contraído matrimonio civil, los divorciados vueltos a casar, o los que simplemente conviven. Por eso los obispos advierten que “una dimensión nueva de la pastoral familiar actual consiste en prestar atención a la realidad de los matrimonios civiles entre hombre y mujer, de los matrimonios tradicionales y, atendiendo a las debidas diferencias, también de la cohabitación. Cuando la unión alcanza una notable estabilidad a través de un vínculo público, cuando se caracteriza por un afecto profundo, por la responsabilidad hacia los hijos, por la capacidad de superar las pruebas, puede ser vista como una ocasión que debe ser acompañada en su desarrollo hacia el sacramento del matrimonio”.
La Iglesia debe acompañar con misericordia a sus hijos más frágiles. Pero “consciente de que la misericordia más grande es decir la verdad con amor, vayamos más allá de la compasión”. El amor misericordioso “invita a la conversión”, así como Cristo no condena a la mujer adúltera, pero la invita a la conversión.

La ayuda de otros matrimonios

En su parte tercera el documento aborda las perspectivas pastorales para afrontar estas tareas.
De una parte, se subraya la necesidad de mejorar los programas específicos de preparación para el matrimonio, que partan de una genuina experiencia de participación en la vida eclesial, así como la de acompañar a las parejas que atraviesan dificultades en su vida matrimonial, y a los recién casados, a quienes matrimonios con mayor experiencia pueden servir a apoyo.
De hecho, advierten que “sin el testimonio gozoso de las parejas casadas y las familias (…) la proclamación, incluso si es correcta, es probable que sea incomprendida o que se ahogue en el mar de palabras que caracteriza a nuestra sociedad”. Por eso los obispos insisten en que las familias católicas “en virtud de la gracia del sacramento nupcial están llamadas a ser sujetos activos de la pastoral familiar”.

Atención a los divorciados

El apoyo y la escucha atenta también han de dirigirse a los cónyuges separados, a los divorciados, a los abandonados. La Iglesia repara en todos aquellos que han sido objeto de injusticias, como en quienes han debido tomar distancia del cónyuge por los malos tratos que han hecho imposible continuar la convivencia.
A ellos, el Sínodo les invita a hacer un camino hacia el perdón por medio de la gracia, sabiendo que perdonar una grave injusticia no es fácil, al tiempo que plantea la necesidad de un ministerio de la reconciliación y la mediación a través de centros de asesoramiento especializados que se establecerán en la diócesis.
Asimismo, dedican especial atención al acompañamiento pastoral que ha de darse a las familias monoparentales, con énfasis en aquellas formadas por mujeres que llevan solas la responsabilidad del hogar y la crianza de los hijos.
En cuanto a estos últimos, se subraya que no pueden convertirse en modo alguno en “objeto” de disputas entre sus progenitores divorciados, sino que debe ayudárseles a superar el trauma de la separación y a crecer de modo sereno.
Por otra parte, el texto recomienda un “atento discernimiento” y un acompañamiento a los divorciados vueltos a casar. Se les ha de animar a participar activamente en la vida de la comunidad cristiana, sin que ello represente una cesión del principio de la indisolubilidad matrimonial.

Los puntos no aprobados

Uno de los aspectos sobre los que no se alcanzó consenso tocó precisamente el acceso o no de los divorciados vueltos a casar a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.
El texto constata que diversos padres “han insistido a favor de la disciplina actual, como consecuencia de la relación constitutiva entre la participación en la Eucaristía y la comunión con la Iglesia y su enseñanza sobre la indisolubilidad del matrimonio”. Otros se han manifestado a favor de que en algunas situaciones particulares, sobre todo cuando se trata de casos irreversibles y cuando hay obligaciones hacia los hijos, los divorciados vueltos a casar puedan participar en los sacramentos, después de una etapa penitencial.
Esta proposición –la nº 52– fue en la que hubo más discrepancia: 104 votos positivos frente a 74 negativos, con lo que no se cumplió el requisito de los dos tercios para su aprobación. Pero no se puede saber si los votos negativos proceden de los que piensan que se concede demasiado o más bien poco.
Otro punto de controversia fue el relacionado con la atención pastoral concreta a los homosexuales en la comunidad cristiana. El texto afirma, en consonancia con el Catecismo de la Iglesia Católica, que estas personas “deben ser acogidas con respeto y delicadeza”. Pero a la vez recuerda que “no existe fundamento alguno para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia”. Se observa que ha desaparecido de la relación final alguna frase que aparecía en el documento de trabajo tras el primer debate, y que había sido criticada en los círculos menores por no reflejar bien la discusión. En cualquier caso, tampoco este texto obtuvo la suficiente aprobación (118 votos a favor y 62 en contra).
Los prelados alertaron, además, acerca de las presiones “totalmente inaceptables” que los pastores están recibiendo en este asunto, así como de la creciente tendencia de los organismos internacionales a condicionar la ayuda financiera a los países pobres a la introducción de leyes a favor del “matrimonio” homosexual.

La transmisión de la vida

Finalmente, los padres sinodales se refieren a la transmisión de la vida en la familia, y detectan la difusión de una mentalidad que ve a los hijos simplemente como “una variable del proyecto individual o de la pareja”. En cambio, la Iglesia recuerda que “la apertura a la vida es exigencia intrínseca del amor conyugal”, y apoya a las familias que acogen a un hijo discapacitado o que adoptan a niños huérfanos y abandonados.
Al referirse a la natalidad, el texto invita a “redescubrir el mensaje de la encíclica Humanae vitae de Pablo VI, que subraya la necesidad de respetar la dignidad de la persona en la valoración de los métodos de regulación de la natalidad”. También menciona a este respecto que la adecuada enseñanza de los métodos naturales “ayuda a vivir de manera armoniosa y responsable la comunión entre los esposos, en todas sus dimensiones, junto a la responsabilidad generativa”.
El Sínodo ha querido publicar también las votaciones sobre cada uno de los 62 números de la Relación. Esto permite observar que la unidad de criterios es mucho mayor de la que a veces se ha transmitido en las informaciones de la prensa. Casi todos los puntos han sido aprobados por amplias mayorías, superiores a los dos tercios. Donde se ha dado más disparidad de criterios es en los puntos que se refieren a la pastoral con los que viven en matrimonios civiles o en cohabitación, el acceso a los sacramentos de los divorciados vueltos a casar y la acogida de las personas de orientación homosexual.

Las “tentaciones” del Sínodo

En su discurso al término de la última sesión del Sínodo, el Papa dijo que las intervenciones en el Sínodo se han sucedido “sin poner nunca en discusión las verdades fundamentales del sacramento del matrimonio: la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad y la apertura a la vida”.
Los debates sobre distintos temas, añadió Francisco, no deben tomarse como signo de división o motivo de inquietud. “Tantos comentaristas, o gente que habla, han creído ver una Iglesia en litigio, donde una parte está contra la otra, hasta dudar del Espíritu Santo, el verdadero promotor y garante de la unidad y de la armonía en la Iglesia”.
En las reflexiones del Sínodo pueden interponerse distintas “tentaciones”. Una, dijo el Papa, es la “rigidez hostil”: “querer encerrarse en lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); es la tentación de los hoy llamados “tradicionalistas”. Otra es la del “buenismo destructivo, que en nombre de una misericordia engañosa venda las heridas sin antes curarlas y aplicarles medicina”: es propia de los “progresistas y liberales”. Está además la tentación de “descender de la cruz, para contentar a la gente”, de “acomodarse al espíritu mundano en vez de purificarlo y acomodarlo al Espíritu de Dios”.
Pero son dificultades normales, y “era necesario vivir todo esto con tranquilidad, con paz interior, también porque el Sínodo de desarrolla cum Petro et sub Petro, y la presencia del Papa es garantía para todos”. Así, “la Iglesia es de Cristo (…) y todos los obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, tienen el cometido y el deber de custodiarla y servirla, no como amos sino como servidores. El Papa, en este contexto, no es el señor supremo sino más bien el supremo servidor: el servus servorum Dei, el garante de la obediencia y de la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y a la Tradición de la Iglesia, dejando a un lado todo criterio personal, siendo a la vez –por voluntad de Cristo mismo– el ‘Pastor y Maestro supremo de todos los fieles’ (Código de Derecho Canónico, can. 749)”.

martes, 18 de septiembre de 2012

25 frases de la “Porta fidei”


25 frases de la “Porta fidei” de Benedicto XVI anunciando el Año de la Fe.


¿Ya leíste la Carta Apostólica «Porta fidei» en donde el Papa Benedicto XVI convoca al año de la fe que Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013?


Para los que no han tenido oportunidad de leer completa la “Porta Fidei" (la puerta de la fe)este es un magnifico resumen:


25 frases de la Porta fidei de Benedicto XVI anunciando el Año de la Fe.


1.«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida

La necesidad de la fe ayer, hoy y siempre


2.- Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de os siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

3.- Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14).

4.- Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.


Vigencia y valor del Concilio Vaticano II

5- Las enseñanzas del Concilio Vaticano II, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».

La renovación de la Iglesia es cuestión de fe

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó.

7.- En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida.

La fe crece creyendo

8. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.

9.- La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo».

Profesar, celebrar y testimoniar la fe públicamente

10.- Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

11.- El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree.

12.- No podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre.

La utilidad del Catecismo de la Iglesia Católica

13. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II.

14.- Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica.

15.- En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

16. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural.

17.- Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

18.- La fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.

Recorrer y reactualizar la historia de la fe

19. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

20.- Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

No hay fe sin caridad, no hay caridad sin fe

21.-. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: "Id en paz, abrigaos y saciaos", pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: "Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe"» (St 2, 14-18).

22.- La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo.

Lo que el mundo necesita son testigos de la fe

23.- Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

24.- «Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero.

25.- Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf.Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.


lunes, 19 de abril de 2010

Los ataques al Papa

Aprovechando que hoy se cumple el 5º Aniversario de la elección de Benedicto XVI reproducimos el artículo del Dr. Joaquín Navarro-Valls, ex-director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, en el diario italiano La Repubblica (01-04-10, pag. 35), que ha suscitado gran interés en Italia y lo mismo su traducción en inglés (National Catholic Register: Navarro-Valls on the Abuse Crisis), en Estados Unidos:


En las dos últimas semanas los medios han llenado el espacio público con la dolorosa y destructiva realidad de los casos criminales de pedofilia.
La acusación se ha ido levantando progresivamente como consecuencia de una serie de revelaciones provenientes de diversos países europeos, tocantes a casos de abusos sexuales perpetrados a menores por parte de sacerdotes. Leyendo las informaciones parece incluso que se trate de un “scoop” gigantesco, y que ahora –gracias a estas geniales revelaciones- esté emergiendo un sotobosque podrido en el seno de la Iglesia católica.
Ciertamente, en Austria, en Alemania y en Irlanda, como en casi todos los países en los que hay una presencia consistente de escuelas y organizaciones educativas eclesiásticas, ha habido fenómenos criminales graves de violaciones de la dignidad de la infancia. El hecho es conocido. Y no es casualidad que en el Vía Crucis de 2005, el entonces cardenal Joseph Ratzinger no usara medias palabras cuando revelaba con disgusto: «!Cuánta suciedad hay en la Iglesia! Incluso entre quienes, en el sacerdocio, deberían pertenecer completamente a Jesús. ¡Cuánta soberbia! ¡Cuánta autosuficiencia!». Quizá lo hemos olvidado. Por tanto, se puede sin temor a un desmentido revelar que el problema existe en la Iglesia, es conocido por la Iglesia, y ha sido y será más adelante afrontado con decisión por parte de la misma Iglesia en el futuro.

Con todo, vamos a intentar reflexionar por un momento sobre la manifestación de la pedofilia en sí misma. Desde mi experiencia como médico puedo evidenciar algunos datos importantes, útiles para entender la gravedad y la difusión del problema.
Las estadísticas más acreditadas son elocuentes. Certifican que 1 chica de cada 3 ha sufrido abusos sexuales, y que 1 chico de cada 5 ha sido objeto de actos de violencia. El hecho verdaderamente inquietante, divulgado no sólo en las publicaciones científicas sino incluso en la CNN, nos dice que el porcentaje de quienes –según una muestra representativa de la población- han molestado sexualmente a un niño se mueve entre el 1 y el 5%. Es decir, una cifra impresionante.
Los actos de pedofilia han sido llevados a cabo por parte de los padres o de parientes cercanos. Hermanos, hermanas, madres, “canguros” o tíos, son los abusadores más comunes de los niños. Según el departamento de Justicia estadounidense casi todos los pedófilos acusados por la Policía eran varones en un 90% de los casos. Según Diana Russell, el 90% de los abusos sexuales se lleva a cabo por personas que tienen conocimiento directo de las pequeñas víctimas, y permanecen dentro de la complicidad familiar.
Un aspecto destacado, por desgracia, es que en el 60% de los casos de violencia, quienes la sufren tienen menos de 12 años, y en la inmensa mayoría de los casos los abusadores son personas de sexo masculino y con parentesco de sangre con las víctimas.

Estas estadísticas muestran, por tanto, un cuadro claro y más bien amplio de la práctica de la violencia sobre la infancia. Teniendo en cuenta que estos datos se refieren únicamente a los hechos denunciados, patentes o de todos modos conocidos, podemos fácilmente imaginar la magnitud del dramatismo que se esconde tras esta realidad, aún más difundida en países que por razones culturales no consideran nítidamente que esta violencia sea una obscenidad aberrante.
Con esto, dirigir la atención exclusivamente sobre quienes de modo evidente pueden inscribirse en la categoría general de abusadores sexuales, siendo sin embargo sacerdotes, puede ser verdaderamente una desviación del asunto. En este caso, en efecto, el porcentaje desciende hasta convertirse en un fenómeno estadísticamente mínimo.
Cierto que nada podrá apartar los sentimientos y la vergüenza que se siente ante estas revelaciones recientes referidas a la Iglesia, incluso aunque se refieran a hechos sucedidos hace decenios y probablemente cubiertos con gravísimas formas de complicidad. Podemos estar seguros, partiendo de la carta pastoral a Irlanda, de la semana pasada, de que Benedicto XVI tomará todas las medidas que serán necesarias para expeler a los culpables y juzgarlos sobre los crímenes reales cometidos por las personas implicadas.

De todos modos, evitemos caer en la trampa de la hipocresía, sobre todo al estilo de la puesta recientemente en escena por el New York Times al referir el caso del reverendo Murphy. Porque ahí, la autora del artículo no valora, ni saca consecuencias, ni señala con relieve adecuado, el hecho de que la Policía –que había recibido denuncias al respecto- lo había dejado libre como inocente.
¿Hay algún Estado que ha hecho una investigación en profundidad sobre este tremendo fenómeno, tomando medidas claras y explícitas –incluso preventivas- contra los abusos de pedofilia que hay entre los propios ciudadanos, en las familias, o en las instituciones educativas públicas? ¿Qué otra confesión religiosa se ha movido para desemboscar, denunciar y asumir públicamente el problema, sacándolo a la luz y persiguiéndolo explícitamente?
Evitemos, sobre todo, la insinceridad: la de concentrarnos sobre el limitado número de casos de pedofilia verificados en la Iglesia católica, sin abrir en cambio los ojos ante el drama de la infancia violada y abusada demasiado a menudo y por todas partes, pero sin escándalos.
Si deseamos combatir los delitos sexuales sobre los menores, al menos en nuestras sociedades democráticas, entonces debemos evitar ensuciarnos la conciencia, mirando exclusivamente hacia donde el fenómeno se produce con gravedad moral quizá incluso mayor, pero en medida ciertamente menor.
Antes de poder juzgar a quien hace algo, se debería tener los redaños y la honestidad de reconocer que no se está haciendo lo suficiente. Y procurar hacer algo semejante a lo que está haciendo el Papa. Si no es así, sería mejor dejar de hablar de pedofilia y comenzar a discutir acerca de la fobia furibunda desencadenada contra la Iglesia católica. Esta última acción, en efecto, parece hecha con gran habilidad y con escrúpulo meticuloso en la investigación, y –sin embargo- con evidente mala fe.
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martes, 23 de marzo de 2010

Pánico moral

Rafael Navarro-Valls, catedrático de Derecho en la Universidad Complutense y Académico de número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, publicó en "el Mundo" este artículo:

Un tribunal de la Haya decidió en julio de 2006 que el partido pedófilo Diversidad, Libertad y Amor Fraternal ( PNVD, siglas holandesas) , “ no puede ser prohibido, ya que tiene el mismo derecho a existir que cualquier otra formación”. Los objetivos de este partido político eran: reducir la edad de consentimiento (12 años) para mantener relaciones sexuales, legalizar la pornografía infantil, respaldar la emisión de porno duro en horario diurno de televisión y autorizar la zoofilia. El partido acaba de disolverse esta misma semana. Al parecer, ha contribuido decisivamente la “dura campaña” lanzada desde todos los frentes, internet incluido, por el sacerdote católico F.Di Noto, implacable en la lucha contra la pedofilia.

Esta buena noticia - cuyo protagonista es un sacerdote católico - coincide con otra mala, protagonizada también por sacerdotes de esta confesión. Me refiero a la tempestad mediática desatada por abusos sexuales de algunos clérigos sobre menores de edad. Estos son los datos: 3.000 casos de sacerdotes diocesanos involucrados en delitos cometidos en los últimos cincuenta años, aunque no todos declarados culpables por sentencia condenatoria. Según Charles J. Sicluna – algo así como el fiscal general del organismo de la Santa Sede encargado de estos delitos - : “ el 60% de estos casos son de ‘efebofilia’, o sea de atracción sexual por adolescentes del mismo sexo; el 30% son de relaciones heterosexuales, y el 10%, de actos de pederastia verdadera y propia, esto es, por atracción sexual hacia niños impúberes. Estos últimos, son unos trescientos. Son siempre demasiados, pero hay que reconocer que el fenómeno no está tan difundido como se dice”.

Efectivamente, si se tiene en cuenta que hoy existen unos 500.000 sacerdotes diocesanos y religiosos, esos datos –sin dejar de ser tristes, - suponen un tanto por ciento no superior al 0.6%. El trabajo científico más sólido que conozco de autor no católico es el del profesor Philip Jenkins, Pedophiles and Priest, Anatomy of a Contemporary Crisis ( Oxford University Press). Su tesis es que la proporción de clérigos con problemas de desorden sexual es menor en la Iglesia Católica que en otras confesiones. Y, sobre todo, mucho menor que en otros modelos institucionales de convivencia organizada. Si en la Iglesia Católica pueden ahora resaltar más - y antes- es por la centralización eclesiástica de Roma, que permite recoger información, contabilizar y conocer los problemas con más inmediatez que en otras instituciones y organizaciones, confesionales o no.

Hay dos ejemplos recientes que confirman los análisis de Jenkins. Los datos que acaban de facilitar las autoridades austríacas indican que, en un mismo período de tiempo, los casos de abusos sexuales señalados en instituciones vinculadas a la Iglesia han sido 17, mientras que en otros ambientes eran 510. Según un informe publicado por Luigi Accatoli ( un clásico del Corriere della Sera) , de los 210.000 casos de abusos sexuales registrados en Alemania desde 1995, solamente 94 corresponden a personas e instituciones de la Iglesia católica. Eso supone un 0,045% .

Me da la impresión de que se está generando un clima artificial de “pánico moral”, al que no es ajeno cierta pandemia mediática o literaria centrada en las “desviaciones sexuales del clero”, convertidas en una suerte de pantano moral. Nada nuevo, por otra parte, pero que ahora alcanza cotas desproporcionadas, al conocerse hace unos días los casos ocurridos en Alemania, Austria y Holanda. La campaña recuerda las leyendas negras sobre el tema en la Europa Medieval, la Inglaterra de los Tudor, la Francia revolucionaria o la Alemania nacional-socialista.

Coincido con Jenkins cuando observa : “ el poder propagandístico permanente de la cuestión pedófila fue uno de los medios de propaganda y acoso utilizados por los políticos, en su intento de romper el poder de la Iglesia católica alemana, especialmente en el ámbito de la educación y servicios sociales”. Esta idea es ilustrativa, si se piensa en aquel comentario de Himmler : “ nadie sabe muy bien lo que ocurre tras los muros de los monasterios y en las filas de la comunidad de Roma…" Hoy también se mezcla la información de datos y hechos con insinuaciones y equívocos provocados. Al final, la impresión es que la única culpable de esa triste situación es la Iglesia católica y su moral sexual.

Dicho esto, es evidente que el problema tiene la gravedad suficiente para abordarlo sin oblicuidades. Vayamos a sus causas. Debo reconocer que me llamó la atención el énfasis que Benedicto XVI puso en la reiterada condena de estos abusos en su viaje a Estados Unidos. Los analistas esperaban, desde luego, alguna referencia al tema. Pero sorprendió que por cuatro veces aludiera a estos escándalos. Y es que, en realidad, esta cuestión hunde sus raíces en los años sesenta y setenta, pero estalla a principios del nuevo milenio con sus repercusiones patrimoniales y de reparación para las víctimas.

Algo, pensaba yo, que pertenece al pasado. A un pasado que coincidió con la llamarada de la revolución sexual de los sesenta. Por entonces se descubrió, entre otras filias y fobias, la “novedad” de la pedofilia, apuntando, entre otros objetivos, a la demolición de las “murallas” levantadas para impedir el contacto erótico entre adultos y menores. ¿Quién no recuerda – en torno a aquellos años - a Mrs Robinson y a Lolita…? Si se hurga un poco comprobaremos que algunos de los más inflexibles “moralistas” actuales, fueron apóstoles activos de la liberación sexual de los sesenta/setenta.

Esta revolución ha marcado a una cultura y a su época, dejando una profunda huella, que contagió también a ciertos ambientes clericales. Así, algunas Universidades católicas de América y Europa desarrollaron enseñanzas con una concepción equívoca de la sexualidad humana y de la teología moral. Al igual que toda una generación, algunos de los seminaristas no fueron inmunes y actuaron luego de modo indigno. Contra esa podredumbre se enfrentó decididamente Juan Pablo II, cancelando el permiso de enseñar en esas Universidades a algunos docentes, entre ellos a Charles Curran, exponente cualificado de aquella corriente.

Benedicto XVI, no obstante las raíces antiguas del problema, decidió actuar con tolerancia cero en algo que mancha el honor del sacerdocio y la integridad de las víctimas. De ahí sus reiteradas referencias al tema en Estados Unidos y su rápida reacción convocando a Roma a los responsables, cuando el problema estalló en algunas diócesis irlandesas. De hecho acaba de hacerse pública una dura carta a la Iglesia en Irlanda donde el Papa viene a llamar “traidores” a los culpables de los abusos y anuncia, entre otras medidas, una rigurosa inspección en diócesis, seminarios y organizaciones religiosas.

Resulta sarcástico el intento de involucrarle ahora en escándalos sexuales de algún sacerdote de la diócesis que regentó hace años el arzobispo Ratzinger. Sobre todo si se piensa que fue precisamente el cardenal Ratzinger quien, como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, firmó el 18 de mayo de 2001 la circular De delictis gravioribus' (“crímenes más graves”) con duras medidas ejecutivas contra esos comportamientos. El propio hecho de reservar a la Santa Sede juzgar los casos de pedofilia (junto con los atentados contra los sacramentos de la Eucaristía y la Confesión) subraya la gravedad que les confiere, así como el propósito de que el juicio no aparezca “condicionado” por otras instancias locales, potencialmente más influenciables.

Desde luego, en todas partes cuecen habas. Nigel Hamilton ha escrito sobre la presidencia de EE.UU: “En la Casa Blanca hemos tenido a violadores, mariposones, y, para decirlo suavemente, personas con preferencias sexuales poco habituales. Hemos tenido asesinos, esclavistas, estafadores, alcohólicos, ludópatas y adictos de todo tipo. Cuando un amigo le preguntó al presidente Kennedy por qué permitía que su lujuria interfiriese en la seguridad nacional, respondió: "No puedo evitarlo".

Ante el problema, la Iglesia es una de las pocas instituciones que no ha cerrado las ventanas ni atrancado las puertas hasta que pase la tormenta. No se ha acurrucado en sí misma “hasta que los bárbaros se retiren a los bosques”. Ha plantado cara al problema, ha endurecido su legislación, ha pedido perdón a las víctimas, las ha indemnizado y se ha tornado implacable con los agresores. Denunciemos los errores, desde luego, pero seamos justos con quienes sí quieren –a diferencia de Kennedy- evitarlos.

sábado, 13 de marzo de 2010

La iglesia en un nuevo mundo

John L. Allen, norteamericano, periodista y autor de varios libros, presenta en The Future Church: How Ten Trends are Revolutionizing the Catholic Church, una visión de conjunto de los retos a que se enfrenta una Iglesia milenaria al lidiar con cambios que pueden poner a los católicos en complicados dilemas.

Allen señala diez tendencias religiosas, políticas y científicas, que a su juicio tendrán gran influencia en la mayor comunidad cristiana del mundo. Dedica a cada tendencia un capítulo en el que describe su forma actual y prevé sus consecuencias, distinguiendo entre las que considera casi seguras, probables, posibles e improbables. Allen afirma lo hace como lo que él es: “un periodista, no un sacerdote, ni un teólogo ni miembro de corporación académica alguna”.

Qué se entiende por tendencia
Los lectores anglófonos de los Estados Unidos y de otros países ya conocen a John Allen, el principal periodista del National Catholic Reporter –una respetable publicación con sede en los EE. UU., de inclinaciones izquierdistas en la política y que acoge en sus páginas a escritores católicos progresistas–. Los habituales artículos de Allen revelan una investigación que luego aparece reflejada en el libro, dando a conocer, además, la percepción que de todo ello aportan informadores de renombre, entre los que se cuentan teólogos, obispos, cardenales e incluso el Papa Benedicto XVI, el que fuera cardenal Ratzinger. Su visión es amplia y, sin duda, católica (es decir, universal), especialmente para un estadounidense.

La experiencia de los católicos en los EE. UU. está, naturalmente, matizada por la historia de su país y en ocasiones constituye motivo de irritación para otros católicos, en particular, para los de fuera de Europa. Los católicos norteamericanos acostumbran a imponer su propio paradigma cuando examinan el modo en que la fe católica es vivida fuera de su patria. Allen no está completamente libre de ese planteamiento, ni siquiera cuando se ocupa de cuestiones tan diversas como el auge del islam, el pentecostalismo, el ecologismo y el hundimiento demográfico de Europa.

Allen asegura que las diez tendencias de las que se ocupa “revolucionarán” la Iglesia católica y, como periodista, ofrece de forma ecuánime descripciones más que recetas para afrontar los cambios que, según cree, transformarán esa Iglesia de manera radical. Se abstiene de identificar dichas tendencias como buenas o malas, limitándose a calificarlas de interrelacionadas y casi inevitables.
Las diez tendencias descritas por Allen son: 1) Una Iglesia mundial, 2) Catolicismo evangélico, 3) El Islam, 4) La nueva demografía, 5) La ampliación del papel de los laicos, 6) La revolución biotecnológica, 7) Globalización, 8) La ecología, 9) Multipolarización y 10) Pentecostalismo. A éstas se añaden “Tendencias que no son tales” y “Catolicismo en el Siglo XXI”. Como se ve, no es necesario que sea una tendencia específicamente católica, sino algo que afecta al catolicismo de modo significativo.
Para que pueda hablarse de tendencias, dice Allen, deben ser a escala mundial, tener repercusiones en el ámbito popular, involucrar a la jerarquía oficial, no ser ideológicas, disponer de capacidad de predicción y la posibilidad de explicar diversos factores. Cuestiones tales como la crisis de abusos sexuales quedan, por consiguiente, fuera de lo que se entiende como “tendencias”. Sin embargo, el capítulo titulado “Tendencias que no son tales”, aunque breve, resulta tan magistral e interesante como los que le preceden.

El vuelco demográfico Norte-Sur
En cuanto a “La nueva demografía” de la Iglesia católica, Allen observa que a mediados del siglo XXI, Nigeria, Uganda y la República Democrática del Congo figurarán entre las diez naciones católicas más grandes del mundo, reemplazando a España, por ejemplo. Así, la Iglesia que él describe habrá echado raíces más allá de lo que era la Cristiandad europea, viéndose, entretanto, afectada por otra tendencia: “la globalización”. Ello supone que se ponga el acento en cuestiones y se adopten puntos de vista que no concuerden con los de los católicos de Europa y América del Norte.
Por ejemplo, si bien los católicos norteamericanos políticamente conservadores pueden aplaudir el rechazo africano de los condones y el aborto, pueden no sentirse cómodos con una creciente denuncia africana del cada vez mayor y más disoluto consumismo occidental, y de un desenfrenado capitalismo a expensas de los pobres. En África y en América Latina, la introducción de lenguas y costumbres nativas supondrá retos para una jerarquía que trata de ser acogedora de las diferencias culturales, sin dejar de ser fiel al Magisterio y a antiquísimas liturgias. Por extraño que parezca, el uso del latín en la misa pueda servir realmente de puente entre idiomas y culturas dispares.

Catolicismo evangélico
Lo que Allen describe como “catolicismo evangélico” no es un movimiento sectario, sino una tendencia que subyace bajo el resto de las descritas en el libro. Esta tendencia emergió durante el pontificado de Juan Pablo II. A partir de entonces, dice Allen, “el catolicismo se ha ido haciendo sin cesar más evangélico, manteniendo su identidad con firmeza y sin dejarse intimidar; más interesado en evangelizar la cultura que en amoldarse a ella”.
Entre sus rasgos definitorios se cuentan: una clara aceptación del pensamiento, las prácticas y el discurso católicos (dicho en otras palabras, de la ortodoxia), un deseo de proclamar la identidad católica, y la fe vivida como elección personal más que como herencia cultural. De ahí que tales católicos evangélicos pueden acabar entrando en conflicto con el laicismo europeo y con la “separación entre Iglesia y Estado” en Norteamérica.

En su capítulo sobre el islam, Allen nos brinda una atrayente visión de lo que podría ser una futura cooperación entre la Iglesia católica y la fe de Mahoma. De las dos corrientes principales del islam, la chií y la suní, el autor cree que la primera tiene más probabilidades de forjar una alianza con la Iglesia católica debido a las afinidades que comparten: una teología del sacrificio y la expiación, la creencia en el libre albedrío, peregrinaciones, santuarios donde tienen lugar curaciones, veneración de los santos... Estas afinidades no deberían hacer desistir del diálogo con el islam suní –dominado en la actualidad por el wahabismo imperante en Arabia Saudita– ni con la fe chií extremista, personificada por el violento clérigo Muqtada Al-Sadr. La tendencia islámica está, naturalmente, relacionada tanto con la “globalización” como con la “nueva demografía”. Por ejemplo, Allen señala que el crecimiento demográfico islámico está decayendo y que el catolicismo sigue creciendo en África.

El último capítulo de Future Church ofrece un útil resumen del libro. Uniendo los hilos conductores de los diez capítulos anteriores, Allen presenta cuatro líneas principales de desarrollo que pueden constituir los futuros rumbos de la Iglesia. Estas “notas sociológicas” que van a ponerse de manifiesto durante el resto del siglo actual son: “’mundial, firme, pentecostal y extrovertida’”. En síntesis, Allen ve la Iglesia del futuro como “conservadora en lo moral”, “avanzada en la justicia social”, “bíblica”, “joven y optimista”, y “no identificada con europeos y norteamericanos”, entre otros rasgos. Éstos no son más que los subconjuntos de la nota sociológica titulada “global”, y los restantes subconjuntos hacen de la obra de Allen no sólo un reto, sino una inspiración para los católicos de todo el mundo.

La Iglesia en un nuevo mundo
En la Introducción del libro, John Allen sintetiza así los cambios a los que debe hacer frente la Iglesia católica.
— Una Iglesia que ha estado dominada en el siglo XX por el hemisferio Norte, es decir, por europeos y norteamericanos, se encuentra ahora con que dos tercios de sus miembros viven en África, Asia y Latinoamérica. La internacionalización del gobierno de la Iglesia católica alcanzará un grado hasta ahora desconocido.
— Una Iglesia cuya consigna después del Vaticano II (1962-1965) fue aggiornamento como “puesta al día para abrirse al mundo moderno”, hoy está reafirmando oficialmente todo lo que la distingue de la modernidad; sus tradicionales características católicas de pensamiento, discurso y prácticas. Esta política de la identidad es en parte una reacción contra un desenfrenado secularismo.
— Una Iglesia cuyas relaciones interreligiosas estuvieron dominadas en los últimos cuarenta años por el diálogo con el judaísmo, ahora está esforzándose por llegar a un acuerdo con un islam revigorizado, no solo en Oriente Medio, África y Asia, sino en su propio patio europeo.
— Una Iglesia que históricamente ha dedicado una amplia parte de su trabajo pastoral a los jóvenes, tiene que hacer frente, empezando por el Norte, al más rápido envejecimiento de la población de la historia.
— Una Iglesia que se ha basado en el clero para el cuidado pastoral y el liderazgo, ahora tiene cada vez más laicos que hacen ambas cosas en gran número y en una sorprendente variedad de modos.
— Una Iglesia habituada a debatir temas bioéticos que han estado presentes durante siglos –aborto, control de natalidad–, se enfrenta ahora a un brave new world de clonación, mejoras genéticas, quimeras que traspasan las especies. Su enseñanza moral se esfuerza desesperadamente por mantenerse al día con los avances científicos.
— Una Iglesia cuya enseñanza social se fraguó en los primeros tiempos de la Revolución Industrial ahora debe afrontar el mundo globalizado del siglo XXI, lleno de extrañas entidades como corporaciones multinacionales y organizaciones intergubernamentales que no existían cuando diseñó su visión de una sociedad justa.
— Una Iglesia cuyas preocupaciones sociales se centraron casi exclusivamente en los seres humanos se encuentra ahora en un mundo en el que la preservación de la Tierra requiere nuevas reflexiones morales y teológicas.
— Una Iglesia cuya diplomacia se apoyó siempre en la gran potencia católica del momento se mueve ahora en un mundo multipolar, en el cual la mayoría de los polos importantes no son católicos, ni siquiera cristianos.
— Una Iglesia acostumbrada a ver a los “otros” cristianos como ortodoxos, anglicanos y protestantes, hoy está asistiendo a una marcha de los pentecostales, que se ha disparado de un 5% a un 20% en todo el mundo en apenas un cuarto de siglo, en parte por la absorción de un número significativo de católicos. La propia Iglesia católica está siendo “pentecostalizada” a través del movimiento carismático.