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jueves, 28 de mayo de 2015

El noviazgo según el Papa Francisco

Texto completo de la catequesis del Papa en la audiencia del miércoles 27 de mayo de 2015

"Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En estas catequesis sobre la familia, hoy quisiera hablar de noviazgo. El noviazgo --se escucha en la palabra (en italiano se dice ‘fidanzamento’ ndr.)-- tiene con ver con la confianza, la confidencia, la fiabilidad. Confianza con la vocación que Dios dona, porque el matrimonio es sobre todo el descubrimiento de una llamada de Dios. Ciertamente es una cosa bella que hoy los jóvenes puedan elegir casarse sobre la base de un amor recíproco.

Pero precisamente la libertad de la unión requiere una consciente armonía en la decisión, no solo un simple entendimiento de la atracción o del sentimiento de un momento, de un tiempo breve. Requiere un camino. El noviazgo, en otros términos, es el tiempo en el que los dos están llamados a hacer un buen trabajo sobre el amor, un trabajo partícipe y compartido, que va a la profundidad.

Se conocen el uno al otro: el hombre entiende a la mujer aprendiendo de esta mujer, su novia; y la mujer entiende del hombre aprendiendo este hombre, su novio. No infravaloremos la importancia de este aprendizaje: es un compromiso bonito, y el amor mismo lo requiere, porque no es solamente una felicidad sin preocupaciones, una emoción encantada… El pasaje bíblico habla de toda la creación como un bonito trabajo del amor de Dios: “Dios miró, así dice el libro del Génesis, todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno”. Solamente al final, Dios “descansó”. De esta imagen entendemos que el amor de Dios, que dio origen al mundo, no fue una decisión improvisada. ¡No!, fue un bonito trabajo. El amor de Dios creó las condiciones concretas de una alianza irrevocable, sólida, destinada a durar.

La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza para la vida, no se improvisa, no se hace de un día para otro, no hay matrimonio exprés: es necesario trabajar en el amor. Es necesario caminar. La alianza del amor entre el hombre y la mujer se aprende y se afina. Me permito decir, es una alianza artesanal. Hacer de dos vidas una vida sola. Es también casi un milagro. Un milagro de la libertad y del corazón, confiado a la fe.

Tendríamos quizá que comprometernos más en este punto, porque nuestras “coordinadas sentimentales” están un poco confusas. Quien pretende querer todo y enseguida, cede también todo --y enseguida-- a la primera dificultad, o a la primera ocasión. No hay esperanza por la confianza y la felicidad del don de sí, si prevalece la costumbre de consumar el amor como una especia de “integrador” del bienestar psico-físico. ¡El amor no es esto! El noviazgo se centra en la voluntad de cuidar juntos algo que nunca deberá ser comprado o vendido, traicionado o abandonado, por tentadora que pueda resultar la oferta.

También Dios, cuando habla de la alianza con su pueblo lo hace, algunas veces en la Biblia, en términos de noviazgo. En el libro de Jeremías, hablando al Pueblo cómo se había alejado de Él, dice así en el capítulo 2. ‘Yo recuerdo el tiempo de tu juventud, el tiempo de tu noviazgo’ Cuando el Pueblo era la novia de Dios y Dios ha hecho este recorrido de noviazgo.

Hace también una promesa, lo hemos oído, ahí, al inicio de la audiencia en el libro de Oseas. ‘Te haré mi esposa para siempre,  y te daré como dote el derecho y la justicia, en  el amor y la compasión. Te daré como dote mi fidelidad, y entonces conocerás al Señor’ . Es un largo recorrido que el Señor hace con su Pueblo en este camino de noviazgo. Al final Dios se casa con su Pueblo, en Jesucristo, se casa en Jesús con la Iglesia, el Pueblo de Dios es la esposa de Jesús.

Pero cuánto camino, y vosotros italianos, en vuestra literatura, tenéis una obra maestra sobre el noviazgo. Es necesario que los jóvenes lo conozcan, lo lean. Es una obra maestra donde se cuenta la historia de los novios que han sufrido mucho dolor, han hecho un camino de muchas dificultades hasta llegar al final, al matrimonio. Pero no dejéis de lado esta obra maestra sobre el noviazgo que la literatura italiana os ha ofrecido. Es necesario ir adelante, leerlo y ver la belleza, también el sufrimiento, pero la fidelidad de los novios. (se refiere a I promessi sposi de Alessandro Manzoni)

La Iglesia, en su sabiduría, cuida la distinción entre el ser novios y ser esposos, precisamente en vista de la delicadeza y la profundidad de esta verificación. Estemos atentos a no despreciar a la ligera esta sabia enseñanza, que se nutre también de la experiencia del amor conyugal felizmente vivido. Los símbolos fuertes del cuerpo conservan las claves del alma: no podemos tratar los vínculos de la carne con ligereza, sin abrir alguna herida duradera en el espíritu. (1 Cor 6,15-20).

Cierto, la cultura y la sociedad de ahora se han convertido lamentablemente indiferentes a la delicadeza y a la seriedad de este pasaje. Y por otro lado, no se puede decir que sean generosos con los jóvenes que tienen serias intenciones de formar una familia y a traer hijos al mundo. Es más, a menudo ponen mil obstáculos, mentales y prácticos.

El noviazgo es un recorrido de vida, que debe madurar, como la fruta. Es un camino de maduración, el amor. Hasta el momento en el que se convierte precisamente en matrimonio. Los cursos prematrimoniales son una expresión especial de la preparación. Y nosotros vemos muchas parejas, que quizá llegan al curso un poco sin ganas. ‘Estos sacerdotes nos obligan a hacer este curso, pero ¿por qué? Nosotros ya sabemos...’ Lo hacen sin ganas. Pero después están contentos y dan las gracias, porque de hecho han encontrado allí una ocasión --a menudo la única-- para reflexionar sobre su experiencia en términos no banales.

Sí, muchas parejas están juntos desde hace mucho tiempo, quizá también en la intimidad, a veces viviendo juntos, pero no se conocen verdaderamente. Parece extraño, pero la experiencia demuestra que es así. Por eso, se debe revalorar el noviazgo como tiempo de conocimiento recíproco y de compartir un proyecto.

El camino de preparación al matrimonio viene configurado en esta perspectiva, valiéndose también del testimonio simple pero intenso de los cónyuges cristianos. Y dirigiéndose también aquí sobre lo esencial: la Biblia, de redescubrir juntos, de forma consciente; la oración en su dimensión litúrgica, pero también esa oración ‘doméstica’, de vivir en familia. Los sacramentos, la vida sacramental, la confesión, la comunión... El Señor viene a vivir en los novios y les prepara para recibirles verdaderamente el uno con el otro con la gracia de Cristo; y a la fraternidad con los pobres y con los necesitados, que nos invitan a la sobriedad y a compartir. Los novios que se comprometen en esto, ambos, esto lleva a preparar una bonita celebración del matrimonio. De forma distinta, no mundana, sino de forma cristiana.

Pensemos en estas palabras de Dios que hemos escuchado cuando Él habla a su pueblo, como el novio a la novia. ‘Te haré mi esposa para siempre,  y te daré como dote el derecho y la justicia, en el amor y la compasión. Te daré como dote mi fidelidad, y entonces conocerás al Señor’.

Cada pareja de novios piense en esto y diga el uno al otro ‘te haré mi esposa, te haré mi esposo, espero ese momento’. Es un momento, es un recorrido que va despacio hacia adelante y que  es un recorrido de maduración. No deben quemarse las etapas del camino. La maduración se hace así, paso a paso.
El tiempo del noviazgo puede convertirse de verdad en un tiempo de iniciación, ¿a qué? a la sorpresa, a la sorpresa de los dones espirituales con los cuales el Señor, a través de la Iglesia, enriquece el horizonte de la nueva familia que se dispone a vivir en su bendición.

Ahora, invito a rezar a la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, José y María. Rezar para que la familia tenga este camino de preparación. Y rezar por los novios. Rezamos a la Virgen todos juntos, un Ave María por todos los novios para que puedan entender la belleza de este camino hacia el matrimonio. Ave María… "


domingo, 23 de diciembre de 2012

Fiodor DOSTOIEVSKI

Texto de José Ramón Ayllón

¿Qué haremos si Dios no existe, si resulta que Rakitin tiene razón al pretender que es una idea inventada por la humanidad? En ese caso, el hombre sería el rey del mundo. Magnífico, ¿verdad? Pero yo me pregunto cómo podría obrar bien sin Dios, a quién amaría el hombre entonces, a quién cantaría himnos de alabanza.
Con novelas como Crimen y castigo, El idiota y Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski (1821-1881) ocupa un lugar de honor en la historia de la literatura universal. Toda la vida del escritor estuvo marcada y agitada por una enfermedad nerviosa (la epilepsia), el endeudamiento económico y una condena a muerte conmutada por varios años de prisión en Siberia.
Hoy, 22 de diciembre, nos llevaron a la plaza Semiónovskaya. Allí nos leyeron a todos la sentencia de muerte, nos permitieron besar la cruz, rompieron las espadas sobre nuestras cabezas y nos ataviaron con las camisas blancas para recibir la muerte. Después amarraron a los tres primeros al poste para llevar a cabo la ejecución. Yo era el sexto y nos llamaban de tres en tres. Por lo tanto, estaba en el segundo grupo y no me quedaba de vida más de un minuto. En eso se oyó el toque de retirada. Los que estaban amarrados al poste fueron devueltos a su lugar y nos comunicaron a todos que su Majestad Imperial nos concedía la vida.
Así relata Dostoievski a su hermano Mijaíl el cruel simulacro de ejecución al que fue sometido en 1849. Había sido acusado, junto a otros veintisiete jóvenes intelec- tuales que pertenecían al llamado Círculo de Petrashevski, de atentar contra la seguridad del Estado. La sentencia del tribunal militar le condenaba «por haber alimentado proyectos criminales y por haber divulgado la carta del literato Bielinski» a ocho años de trabajos forzados en Siberia.
En las reuniones organizadas en casa de Petrashevski se difundían las ideas de los socialistas utópicos y de los comunistas. La carta del gran crítico literario Bielinski decía que «las cuestiones nacionales de más viva actualidad en Rusia son, en este momento, la liquidación del régimen de servidumbre, la supresión de los castigos corporales, la aplicación, según las posibilidades, del cumplimiento estricto siquiera de las leyes ya existentes. Esto lo siente hasta el mismo Gobierno (que sabe muy bien lo que hacen los terratenientes con sus campesinos y a cuántos de los primeros degüellan anualmente los últimos). »

La prisión en Siberia
Dostoievski fue desposeído de su título de noble, de su graduación militar (teniente de ingenieros) y de sus derechos civiles. Enviado al presidio militar de Omsk, cumplió su condena desde enero de 1850 hasta febrero de 1854. Después sirvió en Siberia como soldado raso hasta 1859. Con los derechos civiles recobrados, fue autorizado a regresar a San Petersburgo, ciudad en la que pudo proseguir su oficio de escritor. En 1860 publicó Memorias de la casa muerta, obra única e irrepetible en la medida en que también lo fue su experiencia del presidio, pero también por el complejo y fascinante equilibrio entre autobiografía, ensayo y ficción. Las condiciones materiales del penal siberiano eran durísimas:

Vivíamos apretujados todos en una barraca. Imagínate una construcción de madera, vieja y ruinosa, que se suponía debía haber sido derribada mucho tiempo atrás. En verano había una intolerable proximidad. En invierno, un frío insoportable. Todos los pisos estaban podridos. La mugre en el suelo tenía casi tres centímetros de espesor, y te hacía resbalar y caer. Pulgas, piojos y cucarachas a montones. Las ventanas tenían también tres centímetros de hielo en los cristales. En el techo goteras, y por todas partes corrientes de aire. La estufa, con seis leños, no conseguía caldear el ambiente, sino llenarlo de un humo irrespirable. Y esto duraba todo el invierno. Dormíamos sobre tablas desnudas. Extendíamos sobre nuestros cuerpos el abrigo de piel de oveja, que dejaba los pies al descubierto. Toda la noche la pasábamos temblando.
En la prisión de Omsk, una docena de presos pertenecían a la nobleza. Los demás prisioneros eran campesinos, personas rudas e irritables, con un odio ilimitado hacia la nobleza:
A nosotros nos recibieron con hostilidad y se alegraban de nuestra desgracia. Si hubieran tenido oportunidad, nos habrían comido vivos (...). Eran ciento cincuenta enemigos que jamás se cansaban de acosarnos {...}. Y nosotros teníamos que padecer todo su hostigamiento y venganza contra la nobleza, que era la razón de su vida.
Fue intolerable la miseria de todo el primer año de prisión. El continuo aborrecimiento con que me trataron los prisioneros, por ser caballero, envenenó toda mi vida.
Pero un día, echado en las tablas sobre las que dormían, Dostoievski recordó un incidente de su niñez. Tenía nueve años, estaba en un bosque de su finca y creyó oír un grito avisando de que había un lobo en los alrededores. Salió corriendo del bosque hacia un campesino que estaba arando. Era Marey, un siervo de su padre. Llegó hasta él aterrorizado y temblando. Entonces Marey interrumpió su trabajo, sonrió al chico «como una madre», lo bendijo con el signo de la cruz y le aseguró que no había ningún lobo y que nadie había gritado. Después le dijo que se fuera a su casa y le aseguró que no lo perdería de vista:
Todo esto volvió a mi memoria de súbito, con sorprendente claridad y detalle (...). Aunque yo fuera su único hijo, él no me pudo haber mirado con más amor. ¿Quién le obligó a hacerlo? (...). Sólo Dios vio, tal vez, desde lo alto, aquel profundo y moral sentimiento humano, la ternura tan delicada y casi femenina que podía contener el corazón de un rudo campesino ruso, bestialmente ignorante, que no esperaba ni siquiera sospechaba que podía ser libre.
Como resultado de este consolador recuerdo, la actitud de Dostoievski hacia sus compañeros de prisión experimenta una transformación mágica:
Recuerdo que, al levantarme del entarimado y observar con atención a quienes me rodeaban, sentí de pronto que podía ver a estos desgraciados con ojos por completo diferentes. De repente, como por milagro, todo el odio y el rencor se desvanecieron en mi corazón. Y caminé entre ellos contemplando sus rostros. Ese campesino despreciable, con cabeza rapada y marcas de hierro candente en la cara, que se tambaleaba por la bebida y vociferaba su canción de borracho... ¿no podía ser Marey?
La mirada del escritor preso empieza a cambiar. Es cierto que Dostoievski descubrió la maldad humana en La casa muerta, «las acciones más terribles y anormales, y los crímenes más monstruosos, narrados con las risas más espon- táneas, más infantilmente alegres». Pero también es cierto que allí realizó el hallazgo
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contrario: que la mayoría de los campesinos encerrados eran mucho mejores de lo que él había creído en un principio:
Era un gozo descubrir el oro debajo de la dura y áspera superficie. Y no en uno, ni en dos, sino en varios. Es imposible no respetar a algunos de ellos, y algunos eran positivamente espléndidos. Enseñé a un joven circasiano, condenado por asaltar en los caminos, a leer y escribir en ruso. ¡Me colmó de gratitud! Otro reo lloró al despedirse de mí. Solía darle dinero..., poca cosa. En cambio, su agradecimiento fue infinito.
A Dostoievski le impresionó el cambio que provocaban en los reclusos las solemnidades cristianas. Respecto al día de Navidad, comenta que «el respeto por el augusto día es costumbre observada estrictamente por los presos. Muy pocos se embriagan y todos se comportan con seriedad. Los prisioneros percibían inconscientemente que por la observancia de la Navidad seguían en contacto con el resto del mundo, que no estaban por completo aislados del género humano.» Ese ambiente no era mera ilusión de los reclusos, pues iba acompañado de una solidaridad real:
Llegaba una inmensa cantidad de provisiones: roscas, pastelillos de requesón, pastas, bizcochos y otros sabrosos alimentos parecidos. Creo que no había en la ciudad una sola madre de familia que no enviara algo de lo que había horneado, a manera de saludo navideño.
Los habitantes de la ciudad también enviaban limosnas a lo largo del año. Algunas eran entregadas a los presidiarios cuando caminaban por las calles de Omsk en cuadrillas de trabajo, arrastrando sus grilletes y escoltados. La primera vez que Dostoievski experimentó esa caridad fue al poco tiempo de ingresar en el penal. Una niña de unos diez años se acercó a él y puso en su mano una moneda. «Toma este kopeck en nombre de Cristo», dijo la niña, y el novelista lo guardó como un tesoro durante muchos años. Dostoievski también atesoró estas experiencias, y en el futuro se opondría con firmeza a todos los que deseaban reemplazar los valores cristianos por una mera ética. Él había experimentado el cristianismo en circunstancias en las que la supervivencia de cualquier moral podía considerarse un milagro. Antes de ingresar en el penal, unas mujeres habían reconfortado al grupo de condenados:
Hicieron el signo de la cruz y nos entregaron el Nuevo Testamento, único libro permitido en prisión. Lo tuve bajo mi almohada durante los cuatro años de mis trabajos forzados.
Lo leía a veces, y se lo leía a otros. Usando el Nuevo Testamento, enseñé a leer a un presidiario.

La fe en Jesucristo
Esa familiaridad con las páginas evangélicas estará presente, a partir de entonces, en todas las grandes novelas del escritor ruso. Y no se trata de un conocimiento teórico, ni de la mera aceptación de unas ideas sublimes, sino de una adhesión profunda a la persona de Jesucristo:
Soy hijo de este siglo, hijo de la incredulidad y de las dudas, y lo seguiré siendo hasta el día de mi muerte. Pero mi sed de fe siempre me ha producido una terrible tortura. Alguna vez Dios me envía momentos de calma total, y en esos momentos he formulado mi credo personal: que nadie es más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto que Cristo. Pero además -y lo digo con un amor entusiasta- no puede haber nada mejor.

Más aún: si alguien me probase que Cristo no es la verdad, y si se probase que la verdad está fuera de Cristo, preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad.
Dice Stefan Zweig que, cuando Dios quiere forjar un novelista, le hace vivir todas las situaciones y sentimientos: las mieles del triunfo, el sufrimiento insoportable y las cloacas de la miseria humana. Así es como crea a Dostoievski. Desde la experiencia siberiana, el dolor físico, las privaciones de todo género, la humillación, el aguijón de las pasiones, el desequilibrio nervioso y otros serios conflictos van a hacer de Dostoievski un hombre torturado. Morirá con sesenta años, pero tras haber vivido siglos de tormento. Y, sin embargo, su espíritu, que es complejo hasta la contradicción, presiente la santidad de la mano que le azota: «Dios me ha atormentado toda la vida», diría por boca de uno de sus personajes.
Toda la gran sensibilidad y emotividad del novelista alimentan su fe, pero después de haber abordado las más difíciles objeciones intelectuales y de haber vivido en las más penosas circunstancias. Por eso, a propósito de ciertas críticas, Dostoievski recuerda los capítulos que en Los hermanos Karamazov hacen referencia al Gran Inquisidor y al sufrimiento de los niños, y escribe:
Los ignorantes se han burlado de mi oscurantismo y del carácter retrógrado de mi fe. Pero esos imbéciles ni siquiera conciben una negación de Dios tan fuerte como la que manifiesto en la novela. En toda Europa no se encuentra expresión tan poderosa de ateísmo. Por tanto, yo no creo en Cristo como un niño. A través del tornillo de la duda es como ha llegado mi hosanna.
Dostoievski conocerá las agonías de la duda, será pecador, pero en la prisión ha encontrado definitivamente a Cristo, el hecho capital sin el que su obra no podría explicarse. Muchas veces se ha señalado que lo que tortura a sus personajes no es la enfermedad, la pobreza o el desamor: es simplemente Dios. Como si su autor les librase de las pequeñas ocupaciones cotidianas para situarles el día entero frente al misterio. Y así es. El abismo del corazón humano le atrae de forma irresistible, y en él encuentra su verdadero mundo. Sus personajes son de carne, pero la carne es en ellos juguete absoluto del espíritu. Casi siempre tímidos y temerosos, humillados, desasosegados, confusos. Cada uno es una llama de inquietud, un atormentado que busca a trompicones la verdad: ¿quién soy?, ¿qué hago en este mundo?, ¿qué puedo esperar de Dios? Son criaturas que se recortan sobre el cielo de la religión, obsesionados por los problemas eternos.

El silencio de Dios
El silencio de Dios es el problema de todas las obras de Dostoievski, porque es «el más apremiante de la vida». Un problema que se pega al alma de sus personajes como la sombra al cuerpo. No hay discusión entre ellos que no acabe en Dios. Aquel grito de Kirilov -«Toda la vida me ha atormentado Dios»- es al propio Dostoievski a quien se le escapa desde lo más profundo de su ser.
«Necesito a Dios, porque es el único Ser a quien siempre se puede amar. » Necesitar a Dios y no verle claramente: he ahí el misterio y el suplicio. En el alma de Dostoievski luchan a muerte la fe y la incredulidad, y las diversas posibilidades de ambos polos están encarnadas por sus criaturas. El corazón del escritor estará con ambos bandos -con Alioscha y con Iván-, dramáticamente dividido. Los dos
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hermanos Karamazov, respondiendo a las preguntas de su padre, sintetizan perfectamente la zozobra interior del novelista. Así conversa Fiódor Karamazov con sus hijos:
-Dime, Iván, ¿hay Dios, o no? Respóndeme en serio. -No, no hay Dios.
-Alioscha, ¿existe Dios? -Sí, existe.
-Iván, ¿hay alguna inmortalidad, por pequeña y modesta que sea? -No, no la hay.
-¿Ninguna?

-Ninguna.
-Alioscha, ¿hay inmortalidad? -Sí.

-¿Dios y la inmortalidad juntos?
-Sí, porque Dios es el fundamento de la inmortalidad.

-Supongo que es Iván quien tiene razón. ¡Señor, cuánta fe y energías ha costado al hombre esta quimera, desde hace miles de años! ¿Quién se burla así de la humanidad? Iván, por última vez y de forma categórica: ¿Hay Dios, o no?
-Definitivamente, no.
-¿Quién se burla entonces del mundo? -Seguramente el diablo -bromeó Iván.

El dios que guarda silencio también habla. Para algunos personajes de Dostoievski, habla por la boca y por el ejemplo de personas santas, habla en la belleza de la naturaleza y habla sobre todo en las páginas bíblicas. Alioscha, el más joven de los hermanos Karamazov, tiene en la novela diecinueve años y es descrito como un joven alto y bien parecido, sencillo y realista, con un realismo que le lleva a tomarse muy en serio las palabras de Jesucristo.
Tan pronto como Alioscha se convenció, tras serias reflexiones, de que Dios y la inmortalidad existían, se dijo sencillamente: «Quiero vivir para la inmortalidad, no admito compromisos.» Por supuesto, si hubiese admitido que no había Dios ni inmortalidad, se hubiese hecho ateo y socialista inmediatamente. A Alioscha le parecía raro e imposible vivir como hasta entonces. Jesucristo había dicho: «Si quieres ser perfecto da todo lo que tienes y sígueme.» Alioscha se dijo:
«No puedo dar en lugar de todo dos rublos, y en lugar de sígueme ir solamente a misa. »
Otro de los personajes inolvidables de Dostoievski, el anciano monje Zósima, cuenta antes de morir la impresión que le produjo la Biblia cuando tenía ocho años de edad, al escuchar su lectura en la iglesia:
En el país de Hus había un hombre justo y piadoso que poseía riquezas, muchos camellos, ovejas y asnos. Pero Dios entregó al poder del diablo al hombre al que amaba tanto, y el diablo hizo morir a sus hijos y su ganado. Job desgarró sus vestidos y se dirigió a Dios con estas palabras: «He salido desnudo del vientre de mi madre, y desnudo volveré a la tierra. Dios me lo dio todo y Dios me lo ha quitado. ¡Que su nombre sea bendito ahora y siempre!» Perdonen, Padres, mis lágrimas, pues es toda mi infancia la que surge ante mí, me parece que tengo ocho años y estoy como entonces, extrañado, turbado, encantado (...). ¡Qué fuerza milagrosa la de la Sagrada Escritura dada al hombre! Es como la representación del mundo, del hombre y de su carácter. ¡Cuántos misterios resueltos y desenmascarados!
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El mismo Zósima, al relatar que en su juventud recorrió Rusia con otro monje, pidiendo limosna para su monasterio, recuerda cómo a sus ojos se manifestaba Dios en la naturaleza:
Una noche cenamos con unos pescadores a la orilla de un gran río navegable. Se sentó junto a nosotros un joven campesino de buen aspecto, que representaba unos dieciocho años de edad. Tenía prisa por llegar a su destino para remolcar una barca mercante. Su mirada era dulce y limpia. Era una noche clara, tranquila y calurosa, una noche de julio. Del río subía un vaho que nos refrescaba. De vez en cuando saltaba algún pez. Los pájaros se habían callado, sólo se respiraba paz y todo invitaba a la oración. Aquel joven y yo éramos los únicos que no dormíamos, hablando de la belleza del mundo y su misterio. Cada hierba, cada escarabajo, una hormiga, una abeja dorada, todos interpretaban su papel de manera admirable, por instinto, y atestiguaban el misterio divino, pues lo cumplían continuamente.
Zósima y el joven hablan de la huella de Dios en sus criaturas. La escena concluye así:
« ¡Qué buenas y maravillosas son todas las obras de Dios! », exclamó el joven. Y se sumergió en un dulce ensueño. Vi que había comprendido. Se durmió a mi lado con un sueño ligero e inocente. ¡Que el Señor bendiga a la juventud! Antes de dormirme recé por él. ¡Señor, envía la paz y la luz a los tuyos!
El superhombre contra Dios
En el desarrollo del ateísmo moderno, el superhombre concebido por Nietzsche, responsable de la muerte de Dios y personificación de la autonomía moral absoluta, constituye una pieza fundamental, una referencia obligada. Cuando nace Nietzsche, el superhombre estaba en el ambiente. En 1865 había aparecido en la escena literaria rusa Rodian Raskolnikov, protagonista de Crimen y castigo, decidido a demostrar a hachazos su superhombría. Dostoievski nos lo presenta como un joven estudiante de Derecho obsesionado por demostrarse a sí mismo que pertenece a una clase de hombres superiores, dueños absolutos de su conducta, por encima de toda obligación moral. Raskolnikov elige una definitiva prueba de superioridad: cometer fríamente un asesinato y conceder a esa acción la misma relevancia que se otorga a un estornudo o a un paseo. Dicho y hecho: una vieja usurera y su hermana caen bajo el hacha del homicida. Él mismo dirá que «no era un ser humano lo que destruía, sino un principio». Y asegura no tener remordimiento alguno por tal acción:
¿Mi crimen? ¿Qué crimen? ¿Es un crimen matar a un parasito vil y nocivo? No puedo concebir que sea más glorioso bombardear una ciudad sitiada que matar a hachazos. Ahora comprendo menos que nunca que pueda llamarse crimen mi acción. Tengo la conciencia tranquila.
Lo cierto es que la vida de Raskolnikov se va tornando desequilibrada, sufre episodios de enajenación mental y acaba en la cárcel. Y, mientras cumple condena en Siberia, tendrá una pesadilla imborrable: sueña que el mundo es azotado por una peste rarísima. Unos microbios transmiten la extraña locura de hacer creer al contagiado que se halla en posesión absoluta de la verdad. Con ello surgen discu- siones interminables, pues nadie considera que debe ceder y se hacen imposibles las relaciones familiares y sociales: el mundo se convierte en un insoportable manicomio. En dicho sueño, los hombres afectados aparecen como auténticos locos,
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pues sus juicios son absolutamente subjetivos e inamovibles y no responden a la realidad de las cosas. Así descubre Raskolnikov que su obsesión por justificar el crimen es parecida a la conducta de los locos soñados. Y así nos dice Dostoievski, con una finura insuperable, que más allá de la moral y de la conciencia sólo se encuentra el abismo de la locura.
Ésta es la pregunta decisiva que Dostoievski formula de forma implícita al lector de Crimen y castigo: ¿Qué hacemos con un superhombre mentalmente desequilibrado? ¿Merece la pena pagar por el superhombre el precio de un psicópata? Pero la novela no termina así. Hay un remedio para la ceguera patológica del protagonista. Cuando aún le quedaban siete años de condena, se enamora de Sonia, una chica muy joven, con un pasado turbio y un corazón de oro. Antes de ir a la cárcel, Sonia le había echado en cara inútilmente su crimen:
-Has derramado sangre.
-¿No lo hace así todo el mundo? -respondió él con furia¿No se ha vertido siempre la sangre a torrentes desde que hay hombres sobre la tierra? Y esos hombres que han empapado la tierra con la sangre de sus semejantes han ocupado el Capitolio y han sido aclamados por la humanidad.
Raskolnikov, preso en Siberia, puede ver a Sonia. El día que siente por primera vez su amor por ella empieza a pensar que ella tiene razón. No mediaron argumentos, no hubo más discusión, no hizo falta la lógica. Simplemente, notó que todo le parecía «inexistente, como si se hubiera desvanecido su mismo crimen y su condena en la cárcel. Sentía la vida real, y esta vida había expulsado los razonamientos». En estas palabras, Dostoievski desvela sutilmente una de las claves de la psicología humana: algo tan natural como el amor corrige a la razón y desbarata las razonadas sinrazones del superhombre. Rodian Raskolnikov sabía que a toda palabra se puede oponer otra, pero no encontró palabras que pudieran medirse con Sonia.
La verdad de Sonia es su propia vida. Era casi una chiquilla y había tenido que venderse para sostener a su familia miserable, pero parece que su estatura moral se agiganta en medio de esas circunstancias. Su victoria no es intelectual, no se apoya en razonamientos, sino en la belleza de una conducta heroica y un corazón -a pesar de todo- limpio. «Era evidente que toda aquella vergüenza sólo le rozaba. Ni una sola gota de la verdadera corrupción había manchado su corazón, y allí estaba ante él, completamente pura.» Sonia es profundamente cristiana y, cuando Raskolnikov le pregunta, con ironía, antes de ir a Siberia, por qué reza y qué hace Dios por ella, Sonia le mira con dureza, le ordena callar y, bajando los ojos, le responde con palabras inmensas: « ¿Qué sería de mí sin Dios? Lo hace todo por mí. » Tenía Sonia un Nuevo Testamento y quiso Raskolnikov que le leyera el pasaje de Lázaro en el que Cristo demostró su poder sobre la muerte. El lector de Crimen y castigo asiste entonces a una escena inolvidable que Dostoievski remata con estas palabras:
La lucecilla que desde hacía rato se apagaba en el candil alumbraba vagamente, en aquella mísera habitación, a un asesino y a una prostituta extrañamente reunidos para leer el libro eterno.
Decía Platón que, si el semblante de la virtud pudiera verse, enamoraría a todos. Eso fue lo que vio Raskolnikov en Sonia, una grandeza de corazón que le permitía compartir los destinos de los demás y olvidarse por completo de sí misma.
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En la última página de Crimen y castigo, vemos a Raskolnikov acostado por la noche, envuelto en su manta y pensando en Sonia:
Debajo de la almohada tenía el Nuevo Testamento. Cogió el libro mecánicamente. Era de Sonia, el mismo en que ella había leído la resurrección de Lázaro. Al principio de su vida de presidiario temió que la muchacha le molestara continuamente hablándole de religión, pero observó con gran extrañeza que no era así. Nunca le mencionó las Escrituras. Él mismo le había pedido el libro cuando estaba enfermo, y ella lo dejó a su lado silenciosamente. No lo había abierto. Tampoco lo abrió entonces, pero un pensamiento se agitaba en su alma: « ¿Es posible que su fe no sea también la mía? ¿Puedo tener otras creencias que las suyas?»

La respuesta al dolor
El sufrimiento humano -todo el dolor físico, psicológico y moral- se ceba en los personajes de Dostoievski. Y esa suprema objeción contra Dios parece que sólo admite una respuesta religiosa: la que ofrece maravillosamente el starets Zósima en Los hermanos Karamazov. Un starets es en Rusia un monje célebre por su santidad y sabiduría, al que acude la gente en busca de confesión, consuelo y consejo. Zósima es un religioso especialmente querido por el pueblo, al que visitan gentes afligidas que vienen de muy lejos. Como esa mujer que llora de rodillas con mirada extraviada...
-¿Por qué lloras?
-Lloro por mi hijito, padre. Sólo le faltaban tres meses para cumplir tres años. Por mi hijito lloro. Nikituchka y yo hemos tenido cuatro, pero los niños no viven mucho tiempo entre nosotros. He enterrado a los tres primeros y no he tenido tanta pena, pero a este último no puedo olvidarlo. Parece como si lo tuviera siempre delante de mí, no se marcha. Tengo el alma deshecha. Miro su ropa, su camisita, sus botines y no hago más que llorar.
Ningún recurso del entendimiento, de la imaginación o de la voluntad parece capaz de mitigar este dolor. Por eso es admirable la respuesta del monje. Primero intenta consolar a la madre explicándole que el niño está gozando de la bienaventuranza de Dios. Pero la mujer ya estaba convencida de ello, y lo que dice el anciano no le aporta ningún consuelo. Entonces comprende el starets que se halla ante un dolor sin remedio, y con serenidad le dice:
-También lloró así Raquel a sus hijos y no pudo consolarse de su falta, y ese mismo destino os está reservado a muchas madres. No te consueles y llora, pero cada vez que llores recuerda que tu hijito es un ángel de Dios que te mira desde allá arriba, ve tus lágrimas, se alegra y se las muestra al Señor. Durante mucho tiempo llorarás aún, pero luego tu llanto se volverá dulce y alegre, y tus lágrimas amargas serán lágrimas de purificación que borrarán pecados.
Los hechos no han cambiado, pero sí su significación: ahora el peso agobiante del dolor se aligera porque conduce a Dios y es fuente de una serena resignación. Después descubre el starets los ojos anhelantes de una campesina joven y enferma.
-¿A qué has venido, hija mía?
-Alivia mi alma, padre -dijo ella dulcemente, y se arrodilló con una profunda reverencia hasta tocar el suelo-. Padre, he pecado y me da miedo mi pecado.
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El monje se sentó en el último escalón del atrio y la mujer se acercó hasta él.
-Hace tres años que soy viuda -empezó diciendo a media voz-. Era imposible vivir con mi marido. Era viejo y me pegaba mucho. Cayó en cama enfermo y yo pensaba, mirándolo: « ¿Qué ocurrirá si se restablece y se levanta de nuevo?» Y aquella idea no se apartaba de mí...
La mujer acercó sus labios al oído del monje y continuó con una voz que apenas se oía. Muy pronto terminó:
-¿Hace tres años? -preguntó el starets.
-Tres años. Antes no pensaba en ello, pero ahora se ha presentado la enfermedad y estoy angustiada.
Aquí nos encontramos con el dolor producido por una culpabilidad objetiva. Es sólo un pensamiento, pero en él se encierra el mayor de los suplicios: la terrible convicción de una condena eterna. El starets vuelve a comprender todo con admirable profundidad y ofrece la única solución posible, el arrepentimiento ante Dios:
-¿Vienes de lejos?
-He recorrido quinientas verstas. -¿Te has confesado?
-Sí, me he confesado dos veces. -¿Has sido admitida a la comunión? -

Me han admitido. Pero tengo miedo. Tengo miedo a morir. -No temas nada y no tengas nunca miedo, no te preocupes.
Mientras haya arrepentimiento, Dios lo perdona todo. No hay pecado en la tierra que Dios no perdone al que se arrepiente sinceramente. El hombre no puede cometer un pecado tan grande que agote el amor infinito de Dios. Piensa sin cesar en el arrepentimiento y borra todo temor. Piensa que Dios te ama como no puedes imaginar, que te ama con tu pecado y a pesar de tu pecado. Hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por diez justos: hace mucho que se ha escrito esto (...). El amor lo redime todo y todo lo salva. Si yo, que soy un pecador como tú, me he enternecido y he sentido piedad por ti, con más razón la sentirá el Señor. Vete y no temas.
En Dostoievski es firme la convicción de que la aceptación religiosa del dolor abre la puerta al perdón divino. Dios ama y perdona al que acepta el sufrimiento de su vida. De esto dan testimonio las palabras de Sonia a Raskolnikov:
-Acepta el dolor. Eso tienes que hacer y así te salvarás... Luego ven a mí, que yo cargaré también con tu cruz y entonces rezaremos y marcharemos juntos.

El Dios de la alegría
Y cuando haya acabado de juzgar a los demás nos tocará a nosotros. «Entrad también vosotros, borrachos», dirá. «Entrad los de carácter débil, los disolutos. » Y nosotros nos acercaremos a Él sin temblar. «Sois unos brutos; lleváis impresa en la frente la marca de la Bestia, pero venid a Mí.» Entonces los sabios y prudentes preguntarán: «Señor, ¿por qué acogéis a éstos?» Y Él responderá: «Los admito porque ninguno se creía digno de ese honor.» Entonces abrirá sus brazos para acogernos y nosotros nos arrojaremos en ellos y lloraremos. Y en aquel momento lo comprenderemos todo.
Un Dios que perdona a sus hijos es un Dios que regala alegría. Dostoievski y sus personajes están convencidos de ello. Y se emocionan al considerarlo. Y lo
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agradecen profundamente. Entre los múltiples pasajes donde resplandece esta alegría he seleccionado cuatro. En el primero hemos escuchado al padre de Sonia, Marmeladov, un pobre borracho sobre el que se ceban los infortunios. El segundo testimonio pertenece a Dimitri Karamazov. Es un hombre culto, que aprecia las grandes conquistas del conocimiento positivista, sin confundir el universo científico con el universo real: « ¡Qué grande es la ciencia que lo explica todo! Sin embargo, echo de menos a Dios. » Dimitri, encarcelado y a la espera de ser juzgado y condenado a trabajar veinte años en las minas, abre su corazón a su hermano Alioscha con unas palabras en las que se esculpe al hombre como un ser esen- cialmente religioso:
Hace tiempo que quería decirte muchas cosas, pero siempre callaba lo esencial porque me parecía que no había llegado el momento. He esperado hasta última hora para ser sincero. Hermano, desde mi detención he sentido nacer en mí un nuevo ser (...) No he matado a mi padre, pero acepto la expiación. Aquí, entre estos vergonzosos muros, he tenido conciencia de todo eso. Bajo la tierra hay centenares de hombres con el martillo en la mano. Sí, estaremos encadenados, privados de libertad, pero en nuestro dolor resucitaremos a la alegría sin la cual el hombre no puede vivir, ni Dios existir, pues es Él quien la otorga: es su gran privilegio. ¡Señor, que el hombre se consuma en la oración! ¿Cómo viviré bajo la tierra sin Dios? Si se expulsa a Dios de la tierra, ¡nosotros lo encontraremos debajo de ella! Un condenado puede pasar sin Dios menos que un hombre libre. ¡Y entonces nosotros, los hombres subterráneos, cantaremos desde las entrañas de la tierra un himno trágico al Dios de la alegría! ¡Viva Dios y viva su alegría divina! ¡Yo le amo!
En Zósima, el viejo y enfermo monje amado por el pueblo, apreciaremos a continuación una alegría exultante, sin las aristas dramáticas de la mayor parte de los protagonistas de Dostoievski:
Yo bendigo todos los días la salida del sol, mi corazón le canta un himno como antes, pero prefiero su puesta de rayos oblicuos, evocadora de dulces y tiernos recuerdos, de queridas imágenes de vida, larga vida bendita, coronada por la verdad divina que calma, reconcilia y absuelve. Sé que estoy al término de mi existencia y siento que todos los días de mi vida se unen a la vida eterna, desconocida pero cercana, cuyo presentimiento hace vibrar mi alma de entusiasmo, ilumina mi pensamiento, me enternece el corazón.
Si el perdón divino es fuente de alegría, no lo es menos la promesa de una inmortalidad feliz. Así lo siente Zósima, y con esa promesa se cierra la agitada historia de los Karamazov. En la última página de la novela, después del entierro de un adolescente, varios de sus compañeros se despiden de Alioscha y el lector asiste a este diálogo encantador:
-¡Karamazov! -exclamó Kolia-. ¿Es verdad lo que dice la religión de que resucitaremos de entre los muertos y volveremos a vernos todos, incluso Iliuscha?
-Es verdad: resucitaremos, volveremos a vernos y nos contaremos alegremente todo lo que ha ocurrido -respondió Alioscha sonriendo.
-¡Qué hermoso será eso! -exclamó Kolia. 

martes, 18 de septiembre de 2012

25 frases de la “Porta fidei”


25 frases de la “Porta fidei” de Benedicto XVI anunciando el Año de la Fe.


¿Ya leíste la Carta Apostólica «Porta fidei» en donde el Papa Benedicto XVI convoca al año de la fe que Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013?


Para los que no han tenido oportunidad de leer completa la “Porta Fidei" (la puerta de la fe)este es un magnifico resumen:


25 frases de la Porta fidei de Benedicto XVI anunciando el Año de la Fe.


1.«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida

La necesidad de la fe ayer, hoy y siempre


2.- Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de os siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

3.- Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14).

4.- Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.


Vigencia y valor del Concilio Vaticano II

5- Las enseñanzas del Concilio Vaticano II, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».

La renovación de la Iglesia es cuestión de fe

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó.

7.- En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida.

La fe crece creyendo

8. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.

9.- La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo».

Profesar, celebrar y testimoniar la fe públicamente

10.- Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

11.- El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree.

12.- No podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre.

La utilidad del Catecismo de la Iglesia Católica

13. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II.

14.- Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica.

15.- En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

16. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural.

17.- Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

18.- La fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.

Recorrer y reactualizar la historia de la fe

19. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

20.- Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

No hay fe sin caridad, no hay caridad sin fe

21.-. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: "Id en paz, abrigaos y saciaos", pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: "Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe"» (St 2, 14-18).

22.- La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo.

Lo que el mundo necesita son testigos de la fe

23.- Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

24.- «Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero.

25.- Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf.Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.