Palestinos en el Líbano, refugiados permanentes
tomado de Aceprensa
Firmado por Helene Daboin
Fecha: 17 Septiembre 2010
Beirut. Más de cuatro millones de personas se vieron forzadas a dejar sus casas y tierras de Palestina en 1948, al crearse el estado de Israel por parte de las Naciones Unidas. Esto trajo consigo una serie de consecuencias aún hoy en día no resueltas.
En el mismo acto de creación del estado de Israel, se mantuvo la existencia de Palestina, y posteriormente, en la resolución 194, se determinó el derecho de todo refugiado a regresar a su tierra de origen. Resoluciones todas a las que han hecho oídos sordos los gobiernos israelíes.
En el portal de la UNRWA (Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados Palestinos en Oriente Medio, http://www.unrwa.org/) se celebra este año el sesenta aniversario de su creación. No deja de ser dolorosa la contradicción, ya que al pensar en refugiados, se tiende a considerar una situación provisional, y no parece que sesenta años sean pocos. El campo de acción de la UNRWA cubre hoy en día, Jordania, Siria, Líbano, Gaza y Cisjordania, lugares a donde fueron los desplazados.
Provisionales desde 1948
Al Líbano llegaron en tres oleadas los 425.000 palestinos oficialmente censados por la Agencia. Los que disponían de medios económicos se instalaron en las grandes ciudades, incorporándose a la vida económica del país, o emigraron a otros países árabes. En esos momentos, el gobierno libanés comenzaba a dar sus primeros pasos, tras la terminación del mandato francés de 1943. El país quedaba en manos de los libaneses, con una mayoría cristiana, y la presencia de comunidades suníes, drusas y shiíes importantes.
Una trayectoria de siglos había hecho del Líbano tierra de acogida de refugiados de toda índole: aventureros, refugiados políticos, herejes, musulmanes de sectas minoritarias, cristianos perseguidos, etc. Recibir a los palestinos como refugiados se consideraba lógico por todas las comunidades, y de hecho muchos recibieron la nacionalidad en un primer momento. Desgraciadamente, los visitantes se convertirían en un problema a largo plazo.
Poco a poco, la presencia de los palestinos se vio con recelo. Una parte de ellos se trasladaron a otros países, pero los más pobres no disponían de documentos de identidad, al no pertenecer a un Estado reconocido. Ante las dificultades, se rechazaba su permanencia en el Líbano, y se impidió la construcción de viviendas definitivas, ya que los terrenos donde se encontraban los campos en muchos casos eran alquilados. La UNRWA estableció escuelas dentro de los campos, para atender las necesidades educativas. Se vio necesario establecer en cada campo una junta que coordinara las relaciones entre el Gobierno libanés, la UNRWA y los representantes de los refugiados. El círculo vicioso comenzaba.
Los libaneses no disponían de extensas tierras cultivables, ni de recursos minerales, y la industria nacional era limitada, así que no podían absorber e incorporar a tal cantidad de personas en un país de reducidas proporciones (10.492 Km2) y población (4 millones de habitantes, hoy en día). El rol de la Junta directiva en los campos de refugiados se limitó cada vez más a supervisar los asuntos de seguridad y políticos, dejando de lado las necesidades sociales de la población, a las que trataba de atender la UNRWA.
Un factor de división en el país
Los palestinos comenzaron a optar por agruparse en facciones políticas que les prometían soluciones a problemas inmediatos, a cambio del resentimiento hacia los israelíes que los habían despojado de todo.
La situación empeoró con el ascenso del movimiento de la resistencia palestina en la década de 1960 y la firma del Acuerdo de El Cairo entre la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y el Líbano, el cual regulaba la presencia civil y militar palestina en el país.
La segunda oleada de refugiados palestinos llegaría en 1970 desde Jordania. El intento fallido de asesinato del Rey de Jordania, y la consiguiente expulsión de refugiados sospechosos, trajo a Beirut a Yasser Arafat y su Organización de Liberación de Palestina, para hacer del Líbano su plataforma de operaciones, apoyada por el régimen de Siria. Numerosos incidentes a lo largo del país se fueron sucediendo, en los que poblaciones cristianas iban siendo atacadas desde el sur hasta Beirut. En algunos casos, eran auténticas provocaciones; en otras, masacres de pequeños poblados, en los que participaban musulmanes libaneses y drusos bajo el mando palestino. Desde el 13 de abril de 1975, los estallidos de violencia entre cristianos y palestinos ya residentes o nuevamente incorporados al país –la tercera oleada de refugiados–, fueron alimentando el resentimiento de la población.
Después de la invasión israelí de Líbano en 1982 la OLP se retiró de la mayoría del país y se cerró su oficina. La situación humana de los refugiados empeoró: el pretendido derecho de retorno no se veía cercano, la labor de la agencia para los refugiados UNRWA comenzaba a dar muestras de agotamiento financiero, ante un problema que más que disminuir se iba haciendo más complejo. A los 12 campos de refugiados oficiales se han agregado otros asentamientos que se instalaron de manera ilegal en terrenos de libaneses durante los años de guerra civil. Dentro de los campos son las milicias palestinas las encargadas de mantener el orden. Hoy en día, se ha creado un intrincado problema jurídico y social, que afecta otra vez a la vida de muchos cristianos.
Desde 1990, no se habían producido incidentes directamente promovidos por los refugiados palestinos. De hecho, las organizaciones que trabajan con ellos hablan de una gran reducción de refugiados, unos 250.000 hoy en día. La UNRWA mantiene su registro original, independientemente de si se han trasladado a otros países, como es el caso en los últimos años,. Casi 175.000 refugiados han emigrado hacia Europa del Norte, América o Canadá, y han cambiado sus condiciones de vida.
En el verano del 2007 un grupo de extremistas de Fatah Al-Islam tomó el campo de refugiados de Nahr el Bared, al norte del país y lo convirtió en base de operaciones para sus fines. 700 personas produjeron 35.000 desplazados y la destrucción por parte del ejército libanés de gran parte del campo. Volvió a surgir el espectro de la guerra, haciendo difícil creer que es posible la integración.
Nuevos derechos laborales
Los palestinos actualmente presentes en territorio libanés representan diversas posiciones políticas. Son mayoritariamente suníes y, en consecuencia, se espera de ellos que tiendan a apoyar a esta comunidad desde el punto de vista político. Por ello sectores cristianos se han negado a otorgar a los refugiados la ciudadanía con derecho a voto, ya que alterarían el ya precario equilibrio interno, en donde cada comunidad mayoritaria representa un tercio de los votos.
Un pequeño paso hacia la mejora social de los refugiados la constituye la decisión del Parlamento libanés del pasado agosto, al permitir que los refugiados palestinos acceden a puestos de trabajo que antes no se les permitían, equiparándolos a cualquier ciudadano extranjero residente en el país. Las profesiones todavía vedadas a los palestinos son aquellas en las que se da prioridad a los nacionales –medicina, enfermería y derecho– por encontrarse saturado el mercado laboral. Hay que decir que los libaneses, a diferencia de los palestinos, no reciben ayudas de la UNRWA, los gastos de electricidad y agua son pagados por una parte de la población libanesa, y en los campos no hay facturas, ni impuestos.
En el Líbano, la seguridad social no está extendida a toda la población, solo cubre el 80 % de los gastos médicos de las personas inscritas por su empleador, y si no se tiene, se debe acudir a seguros privados. Gran parte de la población debe acceder a hospitales públicos, con dinero en efectivo para ser admitidos en “urgencias”. Aun falta mucho para que toda la población libanesa llegue a ser cubierta por los servicios del Estado, mucho menos los extranjeros.
Tristemente, la perennidad de la situación de los campos de refugiados ha generado una mentalidad asistencial dependiente de la UNRWA. Pero no en todos los casos. Hay palestinos que han creado empresas, y que dan trabajo a sus compatriotas, permitiéndoles mejorar su situación.
No es un Estado del bienestar
La prensa internacional se ha hecho eco de la iniciativa del Parlamento libanés, con un tono de acusación por la falta de respeto de los derechos humanos de la población de refugiados. En los medios se analiza al Líbano como si tuviese la misma estructura institucional del estado de bienestar europeo: escuela pública gratuita y obligatoria para toda la población, seguridad social, etc. Es cierto que en el país hay grandes fortunas, pero no precisamente en las arcas del gobierno. El Líbano tiene una de las mayores deudas de la región, el coste de la vida es de los más altos, y cualquier extranjero percibe que no hay un suministro de servicios proporcional con ese coste. Y en esto los refugiados padecen como cualquier residente nacional o extranjero.
El profesor y analista internacional, especializado en Medio Oriente, George Chaya comenta: “El mundo árabe en general y Occidente en particular cargan con la responsabilidad por sus acciones u omisiones en el problema de los refugiados palestinos. Nadie sensato podría oponerse a que estas personas tengan derecho a una vida mejor y no a ser utilizadas como escudos humanos ni caer víctimas del terrorismo al que sus facciones internas los arrastran, pero parece como si la responsabilidad fuera solo del único país que los ha acogido y al cual los palestinos han colaborado a destruir, Líbano.”
“Los regímenes árabes y musulmanes deben acabar con la falacia de las culpas externas. Esgrimiendo esta falsedad han usado y abusado a su antojo de los palestinos para masacrarlos luego cuando no les fueron necesarios. Este es el tema central y la problemática no se resuelve ampliando sus derechos para que dejen de ser trabajadores rurales dentro del Líbano. Al mismo tiempo Líbano debe resolver su estabilidad y tranquilidad y no puede sumar a sus ya crónicos problemas el de los refugiados por más tiempo.
“Existen alternativas, solo se necesita la voluntad política de la comunidad internacional y dejar de lado la histórica e impúdica carga de sectarismo del mundo árabe. Reubicarlos en otros países árabes y en los países de la migración es una importante, necesaria y positiva opción.” (www.georgechaya.info).
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lunes, 18 de octubre de 2010
martes, 16 de junio de 2009
Los ocho desafíos del mundo actual
¿Cuáles son los desafíos que todo líder político o económico, toda persona que quiera promover un mundo más justo, tiene que afrontar en nuestra época? Juan Pablo II ha respondidó a esta pregunta concretando ocho retos decisivos que tienen un común denominador: poner al hombre y a la mujer en el centro del desarrollo.
Nos parece interesante recordar el artículo publicado por el semanario Alfa y Omega en el que analiza las ocho propuesta que presentó Juan Pablo II en su discurso a los embajadores de los países acreditados ante la Santa Sede el 10 de enero de 2002. El artículo recoge su enunciado sintético, tal y como fue presentado por el Papa a los representantes de la comunidad internacional, ilustrándolo con declaraciones del mismo obispo de Roma y de sus representantes ante los foros internacionales de las Naciones Unidas.
Defensa de la vida humana en toda situación
El primer desafío que en estos momentos espera al mundo es, según Juan Pablo II, «la defensa del carácter sagrado de la vida humana en toda circunstancia, en particular ante las manipulaciones genéticas». Ante todo, el Pontífice especifica: en toda circunstancia. La aclaración recuerda el encendido debate que existía entre los católicos estadounidenses, hace algo más de tres años. Los grupos pro-vida, que luchan por la defensa de la vida humana en sus fases preliminares, se preguntaban si debían luchar con la misma energía contra la pena de muerte. Algunos de ellos, contradictoriamente, eran incluso favorables a la ejecución capital; otros eran convencidos opositores, pero se decían que quizá era mejor concentrar los esfuerzos en la defensa del no nacido, pues los sondeos confirmaban que la mayoría de la opinión pública es favorable a la pena de muerte. En pleno debate, era muy esperada la visita de Juan Pablo II a Saint Louis (Estados Unidos), a final del mes de enero de 1999, tras su viaje a México. En la misa celebrada en el Trans World Dome de aquella ciudad de Missouri, el 27 de enero, fue muy claro: «Ser incondicionalmente pro-vida –dijo textualmente– significa defender, servir y celebrar la vida en toda circunstancia». «Un signo de esperanza –añadió– es el mayor reconocimiento de que no se puede quitar nunca la dignidad de la vida humana, incluso cuando alguien haya cometido un gran mal. La sociedad moderna tiene los medios para protegerse, sin negar definitivamente a los criminales la oportunidad de reforma». El Papa fue aún más allá. Un día antes, en el aeropuerto de Saint Louis, ante el entonces Presidente Bill Clinton, explicaba: «Escoger la vida implica rechazar toda forma de violencia: la violencia de la pobreza y del hambre, que oprime a demasiados seres humanos; la violencia de los conflictos armados, que no resuelve, sino que agrava las divisiones y las tensiones; la violencia de armas particularmente horrendas, como las minas anti-personales; la violencia del tráfico de droga; la violencia del racismo; y la violencia de los irresponsables daños al ambiente natural». Para el Papa, sería un error reducir la cultura de la vida a la defensa de los derechos de los no nacidos. Ciertamente, éstos exigen un compromiso especial, pues son particularmente inermes. Pero la defensa de la vida no sería creíble si no se compromete en la defensa de toda vida, en todos los instantes, desde la concepción hasta el ocaso natural. Ahora bien, en el enunciado de este desafío, el sucesor de Pedro hace una especificación significativa: exige defender la vida en particular ante las manipulaciones genéticas. Éste es quizá el gran reto que el hombre tiene ante sí en estos momentos, según el timonel de la barca de Pedro. Las estupendas posibilidades de la investigación científica, tan ardientemente promovidas por él en estos 23 años de pontificado, presentan el riesgo de hacer del hombre, en especialmente en el primer instante de su existencia, mero instrumento de experimentación o materia prima sacrificada al provecho de la industria farmacéutica.
Se entienden así las afirmaciones del físico Antonino Zichichi, Presidente de la Federación Mundial de Científicos, quien consideró que las consecuencias de la ingeniería genética podrían ser mucho más graves que las de la bomba atómica (Il Messaggero, 17 de agosto de 2000).
Promoción de la familia
El segundo desafío que expone el Papa es «la promoción de la familia, célula fundamental de la sociedad». Mucho antes que ser una cuestión ética o religiosa, presenta la familia como una realidad humana y social. En una sociedad globalizada, en la que las personas se convierten en simples números de tarjeta de crédito, en códigos de identificación fiscal, o en votos, el Santo Padre está convencido de que la familia es el primer lugar en el que se superan las «relaciones puramente funcionales», para instaurar «relaciones interpersonales, ricas de interioridad, de entrega gratuita» (explicaba el 15 de octubre de 2000, en el Jubileo de las Familias). En la familia, el hombre, la mujer, el bebé, no son consumidores, son personas con nombres y apellidos. Por ello, según el mismo obispo de Roma, «uno de los desafíos más arduos que afronta hoy la Iglesia es el de una cultura individualista, que tiende a circunscribir y aislar el matrimonio y la familia en el ámbito privado» (discurso a la Rota Romana, 11 de febrero de 2001). Es en la familia donde comienza la resistencia ante la homologación y homogeneización de la cultura dominante. «La Iglesia sabe también, y la experiencia diaria se lo confirma –añadía el Papa en el Jubileo de las Familias–, que cuando este designio originario se obscurece en las conciencias, la sociedad recibe un daño incalculable». Numerosos estudios han demostrado ampliamente que los índices de criminalidad, de suicidio, de pobreza y marginación aumentan con los índices de divorcio.
Eliminación de la pobreza
El tercer desafío para Juan Pablo II es «la eliminación de la pobreza, mediante esfuerzos constantes en favor del desarrollo, de la reducción de la deuda y de la apertura del comercio internacional». En los últimos años, las Conferencias internacionales organizadas por las Naciones Unidas sobre el desarrollo han llegado siempre a una misma conclusión: los esfuerzos para reducir a la mitad la pobreza en el mundo (compromiso solemnemente asumido por la comunidad de naciones) son insuficientes. Ante esta situación, los representantes de la Santa Sede ante las Naciones Unidas insisten cada vez más en el hecho de que toda política que hoy día quiera combatir la pobreza en su raíz tiene que hacer del hombre, de la mujer, protagonista de su futuro. Esto es particularmente evidente en la economía actual, «fundada sobre los conocimientos», como constataba el arzobispo Diarmuid Martin, observador permanente de la Santa Sede, al intervenir, el 25 de marzo, ante la Comisión para los Derechos Humanos de la ONU. «Su iniciativa y creatividad son la fuerza motriz, e innovadora, de una economía moderna», añadió. Ahora bien –constató–, «la triste realidad es que muchas personas, quizá la mayoría hoy, no tienen los medios que podrían asegurarles ocupar su lugar de forma eficaz y humanamente digna dentro de un sistema productivo en el que el trabajo es realmente esencial». Por este motivo, el representante papal aseguró que, «actualmente, la pobreza no puede definirse sólo en términos de falta de ingresos, sino más bien en términos de capacidad de desarrollar completamente ese potencial humano con el que Dios ha dotado a cada hombre y mujer. Combatir la pobreza significa desarrollar el potencial humano». De este modo se entienden mejor las dos peticiones específicas que presenta ante este desafío el Papa: por una parte, la condonación de la deuda externa de los países en vías de desarrollo, que, como han demostrado estudios del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, quitan recursos decisivos al gasto público en campos como la educación o la sanidad. La otra petición, «la apertura del comercio internacional», es particularmente importante. Las instituciones financieras internacionales han comenzado a considerar como un parámetro del nivel de vida de las personas de un país (junto a los índices relativos a los servicios sanitarios o escolares) el acceso a los mercados internacionales, pues los mercados crean riqueza. La petición pontificia toca de lleno a Estados Unidos y Europa, que predican apertura de los mercados, como sucedió en la Conferencia sobre financiación del desarrollo (Monterrey, 18 al 22 de marzo), pero después hacen lo contrario: cerrando sus mercados a los productos de los países pobres (como los nuevos impuestos de Washington al acero, o la política agrícola comunitaria). En el fondo, se promueve así una globalización falsa, de conveniencia, en la que lo más importante, el capital humano, no es libre, pues está sometido a las severas leyes sobre inmigración impuestas por los países ricos.
Derechos humanos
Como cuarto desafío, el Papa presenta «el respeto de los derechos humanos en todas las situaciones, con especial atención a las categorías de personas más vulnerables, como los niños, las mujeres y los refugiados». Juan Pablo II considera –lo dijo el 27 de febrero pasado– que, en estos momentos, una gravísima amenaza se cierne sobre los derechos del hombre, pues, como denunció ante la Academia Pontificia para la Vida, en las legislaciones nacionales están perdiendo su naturaleza propia y se están convirtiendo en «expresiones de las opciones subjetivas propias de quienes gozan de poder para participar en la vida social, o de quienes obtienen el consenso de la mayoría». El riesgo es que los derechos humanos sean establecidos (o cancelados) a golpe de mayoría, ya sea en los sondeos de opinión, ya sea en los Parlamentos (el voto del Europarlamento del 13 de marzo sobre mujer y fundamentalismo es una buena prueba). En ese discurso citado, el Papa alertó así ante la posibilidad de que «incluso los regímenes democráticos se transformen en un substancial totalitarismo». Al hablar de derechos humanos, el Papa habla de los sujetos que corren un riesgo particular: los niños, las mujeres, los refugiados. Tras los atentados contra las Torres gemelas y el Pentágono, el riesgo es que la seguridad nacional de los países (comprensible) haga olvidar otros derechos fundamentales, como los de los refugiados. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) denuncia precisamente, en el editorial del último número de su revista, Refugiados, que la guerra al terrorismo lanzada por Washington corre el riesgo de agravar la situación de más de veinte millones de refugiados del mundo, de los cuales entre el 50 y el 60% son niños, que con frecuencia han nacido y vivido en un campo de refugiados.
Desarme
La quinta prioridad actual mencionada por el Papa es «el desarme, la reducción de las ventas de armas a los países pobres y la consolidación de la paz una vez terminados los conflictos». El 8 de abril pasado (2002), monseñor Francis Chullikat, de la delegación de la Santa Sede ante la Comisión preparatoria para la Conferencia de Revisión del Tratado de No Proliferación de armas nucleares, denunció que, en estos momentos, «la Conferencia sobre desarme está paralizada. Una de las partes del Tratado sobre Mísiles antibalísticos ha dado señales de retirada. Las armas nucleares se mantienen todavía en estado de alerta». Por otra parte, «la admonición del Tribunal Internacional de Justicia para la conclusión de las negociaciones orientadas a su eliminación es ignorada». Pero más grave aún que la falta de progresos –indicó monseñor Chullikat– es «la abierta determinación de algunos Estados con armas nucleares a seguir dispensando a las armas nucleares un papel decisivo en sus doctrinas militares. Las viejas políticas de disuasión nuclear que prevalecieron en la guerra fría deben llevar ahora a medidas concretas de desarme –añadió–. Las leyes no pueden aprobar la continuación de doctrinas, según las cuales, mantener las armas nucleares es esencial». Y concluyó asegurando que «las armas nucleares son incompatibles con la paz que buscamos para el siglo XXI; no pueden ser justificadas», y «son instrumentos de muerte y destrucción». Juan Pablo II se ha comprometido en primera persona, especialmente en 1999, para que la comunidad internacional adopte la Convención de Ottawa contra la producción, almacenamiento y comercio de minas antipersonales, «fríos y ciegos instrumentos ideados, construidos y usados para herir o matar a una o más personas», como las calificó el Vaticano, el 19 de septiembre, en una cumbre internacional celebrada en Managua. Las armas ligeras son también una preocupación del Papa, que ha pedido a sus hombres ante las instituciones internacionales su compromiso para luchar contra este comercio de muerte. En una entrevista concedida a los micrófonos de Radio Vaticano, el arzobispo Renato Martino, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas en Nueva York, recordaba que este tipo de armas provocan al año unas 300 mil muertes, en su mayoría civiles: un muerto cada dos minutos.
Medicina para todos
El sexto reto es «la lucha contra las grandes enfermedades y el acceso de los menos pudientes a las curas y los medicamentos básicos». En una carta escrita a una Conferencia internacional celebrada en Varsovia entre el 5 y el 6 de abril sobre ética, ciencia y medicina, el Pontífice acaba de denunciar que algunos países en vías de desarrollo en pleno siglo XXI no tienen acceso a medicinas básicas, pues su comercialización no es interesante, económicamente hablando, para la industria farmacéutica. En la reunión del Consejo para los Derechos de propiedad intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC), de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que se celebró en Ginebra del 18 al 22 de junio de 2001, el arzobispo Diarmuid Martin afirmó que la difusión del sida, y el preocupante regreso de otras enfermedades infecciosas, como la malaria o la tuberculosis, constituyen un drama planetario, que exige oportunas medidas para conciliar los legítimos intereses de la industria farmacéutica con la necesidad de los países pobres de comprar medicinas a precios accesibles. «No es posible justificar, desde el punto de vista ético, la lógica de fijar un precio lo más caro posible para atraer a los investigadores y para conservar y reforzar la investigación, dejando de lado la consideración de factores sociales fundamentales», denunció el prelado. La Iglesia propone, en este sentido, «la entrada en vigor de un sistema innovador de precios diferenciados», donde «a los productos de lujo y no esenciales, por ejemplo, los cosméticos, se les podría cargar con la mayor parte del peso de la investigación y la elaboración de los medicamentos esenciales».
Conservación del ambiente
El séptimo desafío es «la salvaguardia del entorno natural y la prevención de las catástrofes naturales». El 16 de enero de 2001, en una Audiencia General, Juan Pablo II llamó a una conversión ecológica. «Especialmente en nuestro tiempo, el hombre ha devastado sin dudarlo llanuras y valles boscosos, ha contaminado aguas, ha deformado el hábitat de la tierra, ha hecho irrespirable el aire, ha trastornado los sistemas hidro-geológicos y atmosféricos, ha desertizado espacios verdes, ha establecido la industrialización salvaje, humillando –por usar una imagen de Dante Alighieri (Paraíso, XXII, 151)– ese huerto que es la tierra, nuestra morada». Por eso, según el Santo Padre, «es necesario estimular y apoyar la conversión ecológica que, en estas últimas décadas, ha hecho a la Humanidad más sensible con respecto a la catástrofe hacia la que se estaba encaminando». «No está sólo en juego una ecología física –aclaró–, atenta a tutelar el hábitat de los diferentes seres vivientes, sino también una ecología humana, que haga más digna la existencia de las criaturas, protegiendo el bien radical de la vida en todas sus manifestaciones y preparando a las generaciones futuras un ambiente que se acerque más al proyecto del Creador».
Aplicación del Derecho
El octavo y último desafío es «la aplicación rigurosa del Derecho y de las convenciones internacionales». Curiosamente la Iglesia católica, y en particular Juan Pablo II, que ha criticado las políticas malthusianas o relativistas de ciertas agencias de la ONU, es al mismo tiempo uno de los aliados más convencidos de esta institución, como foro en el que el diálogo entre las naciones se hace operativo y se convierte en instrumento para el desarrollo y la salvaguarda del Derecho internacional. De lo contrario, sólo queda la ley del más fuerte.
* * *
«Ciertamente, se podrían añadir muchas otras exigencias –confesaba el Papa al concluir su elenco de desafíos a los embajadores–. Pero si estas prioridades estuvieran en el centro de las preocupaciones de los responsables políticos; si los hombres de buena voluntad las tradujeran en compromisos cotidianos; si los hombres creyentes las incluyeran en su enseñanza, el mundo sería radicalmente diferente». Se resumen en un compromiso, que por otra parte ha sido asumido por la comunidad internacional en varios foros: poner al hombre y a la mujer en el centro del desarrollo.
Defensa de la vida humana en toda situación
El primer desafío que en estos momentos espera al mundo es, según Juan Pablo II, «la defensa del carácter sagrado de la vida humana en toda circunstancia, en particular ante las manipulaciones genéticas». Ante todo, el Pontífice especifica: en toda circunstancia. La aclaración recuerda el encendido debate que existía entre los católicos estadounidenses, hace algo más de tres años. Los grupos pro-vida, que luchan por la defensa de la vida humana en sus fases preliminares, se preguntaban si debían luchar con la misma energía contra la pena de muerte. Algunos de ellos, contradictoriamente, eran incluso favorables a la ejecución capital; otros eran convencidos opositores, pero se decían que quizá era mejor concentrar los esfuerzos en la defensa del no nacido, pues los sondeos confirmaban que la mayoría de la opinión pública es favorable a la pena de muerte. En pleno debate, era muy esperada la visita de Juan Pablo II a Saint Louis (Estados Unidos), a final del mes de enero de 1999, tras su viaje a México. En la misa celebrada en el Trans World Dome de aquella ciudad de Missouri, el 27 de enero, fue muy claro: «Ser incondicionalmente pro-vida –dijo textualmente– significa defender, servir y celebrar la vida en toda circunstancia». «Un signo de esperanza –añadió– es el mayor reconocimiento de que no se puede quitar nunca la dignidad de la vida humana, incluso cuando alguien haya cometido un gran mal. La sociedad moderna tiene los medios para protegerse, sin negar definitivamente a los criminales la oportunidad de reforma». El Papa fue aún más allá. Un día antes, en el aeropuerto de Saint Louis, ante el entonces Presidente Bill Clinton, explicaba: «Escoger la vida implica rechazar toda forma de violencia: la violencia de la pobreza y del hambre, que oprime a demasiados seres humanos; la violencia de los conflictos armados, que no resuelve, sino que agrava las divisiones y las tensiones; la violencia de armas particularmente horrendas, como las minas anti-personales; la violencia del tráfico de droga; la violencia del racismo; y la violencia de los irresponsables daños al ambiente natural». Para el Papa, sería un error reducir la cultura de la vida a la defensa de los derechos de los no nacidos. Ciertamente, éstos exigen un compromiso especial, pues son particularmente inermes. Pero la defensa de la vida no sería creíble si no se compromete en la defensa de toda vida, en todos los instantes, desde la concepción hasta el ocaso natural. Ahora bien, en el enunciado de este desafío, el sucesor de Pedro hace una especificación significativa: exige defender la vida en particular ante las manipulaciones genéticas. Éste es quizá el gran reto que el hombre tiene ante sí en estos momentos, según el timonel de la barca de Pedro. Las estupendas posibilidades de la investigación científica, tan ardientemente promovidas por él en estos 23 años de pontificado, presentan el riesgo de hacer del hombre, en especialmente en el primer instante de su existencia, mero instrumento de experimentación o materia prima sacrificada al provecho de la industria farmacéutica.
Se entienden así las afirmaciones del físico Antonino Zichichi, Presidente de la Federación Mundial de Científicos, quien consideró que las consecuencias de la ingeniería genética podrían ser mucho más graves que las de la bomba atómica (Il Messaggero, 17 de agosto de 2000).
Promoción de la familia
El segundo desafío que expone el Papa es «la promoción de la familia, célula fundamental de la sociedad». Mucho antes que ser una cuestión ética o religiosa, presenta la familia como una realidad humana y social. En una sociedad globalizada, en la que las personas se convierten en simples números de tarjeta de crédito, en códigos de identificación fiscal, o en votos, el Santo Padre está convencido de que la familia es el primer lugar en el que se superan las «relaciones puramente funcionales», para instaurar «relaciones interpersonales, ricas de interioridad, de entrega gratuita» (explicaba el 15 de octubre de 2000, en el Jubileo de las Familias). En la familia, el hombre, la mujer, el bebé, no son consumidores, son personas con nombres y apellidos. Por ello, según el mismo obispo de Roma, «uno de los desafíos más arduos que afronta hoy la Iglesia es el de una cultura individualista, que tiende a circunscribir y aislar el matrimonio y la familia en el ámbito privado» (discurso a la Rota Romana, 11 de febrero de 2001). Es en la familia donde comienza la resistencia ante la homologación y homogeneización de la cultura dominante. «La Iglesia sabe también, y la experiencia diaria se lo confirma –añadía el Papa en el Jubileo de las Familias–, que cuando este designio originario se obscurece en las conciencias, la sociedad recibe un daño incalculable». Numerosos estudios han demostrado ampliamente que los índices de criminalidad, de suicidio, de pobreza y marginación aumentan con los índices de divorcio.
Eliminación de la pobreza
El tercer desafío para Juan Pablo II es «la eliminación de la pobreza, mediante esfuerzos constantes en favor del desarrollo, de la reducción de la deuda y de la apertura del comercio internacional». En los últimos años, las Conferencias internacionales organizadas por las Naciones Unidas sobre el desarrollo han llegado siempre a una misma conclusión: los esfuerzos para reducir a la mitad la pobreza en el mundo (compromiso solemnemente asumido por la comunidad de naciones) son insuficientes. Ante esta situación, los representantes de la Santa Sede ante las Naciones Unidas insisten cada vez más en el hecho de que toda política que hoy día quiera combatir la pobreza en su raíz tiene que hacer del hombre, de la mujer, protagonista de su futuro. Esto es particularmente evidente en la economía actual, «fundada sobre los conocimientos», como constataba el arzobispo Diarmuid Martin, observador permanente de la Santa Sede, al intervenir, el 25 de marzo, ante la Comisión para los Derechos Humanos de la ONU. «Su iniciativa y creatividad son la fuerza motriz, e innovadora, de una economía moderna», añadió. Ahora bien –constató–, «la triste realidad es que muchas personas, quizá la mayoría hoy, no tienen los medios que podrían asegurarles ocupar su lugar de forma eficaz y humanamente digna dentro de un sistema productivo en el que el trabajo es realmente esencial». Por este motivo, el representante papal aseguró que, «actualmente, la pobreza no puede definirse sólo en términos de falta de ingresos, sino más bien en términos de capacidad de desarrollar completamente ese potencial humano con el que Dios ha dotado a cada hombre y mujer. Combatir la pobreza significa desarrollar el potencial humano». De este modo se entienden mejor las dos peticiones específicas que presenta ante este desafío el Papa: por una parte, la condonación de la deuda externa de los países en vías de desarrollo, que, como han demostrado estudios del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, quitan recursos decisivos al gasto público en campos como la educación o la sanidad. La otra petición, «la apertura del comercio internacional», es particularmente importante. Las instituciones financieras internacionales han comenzado a considerar como un parámetro del nivel de vida de las personas de un país (junto a los índices relativos a los servicios sanitarios o escolares) el acceso a los mercados internacionales, pues los mercados crean riqueza. La petición pontificia toca de lleno a Estados Unidos y Europa, que predican apertura de los mercados, como sucedió en la Conferencia sobre financiación del desarrollo (Monterrey, 18 al 22 de marzo), pero después hacen lo contrario: cerrando sus mercados a los productos de los países pobres (como los nuevos impuestos de Washington al acero, o la política agrícola comunitaria). En el fondo, se promueve así una globalización falsa, de conveniencia, en la que lo más importante, el capital humano, no es libre, pues está sometido a las severas leyes sobre inmigración impuestas por los países ricos.
Derechos humanos
Como cuarto desafío, el Papa presenta «el respeto de los derechos humanos en todas las situaciones, con especial atención a las categorías de personas más vulnerables, como los niños, las mujeres y los refugiados». Juan Pablo II considera –lo dijo el 27 de febrero pasado– que, en estos momentos, una gravísima amenaza se cierne sobre los derechos del hombre, pues, como denunció ante la Academia Pontificia para la Vida, en las legislaciones nacionales están perdiendo su naturaleza propia y se están convirtiendo en «expresiones de las opciones subjetivas propias de quienes gozan de poder para participar en la vida social, o de quienes obtienen el consenso de la mayoría». El riesgo es que los derechos humanos sean establecidos (o cancelados) a golpe de mayoría, ya sea en los sondeos de opinión, ya sea en los Parlamentos (el voto del Europarlamento del 13 de marzo sobre mujer y fundamentalismo es una buena prueba). En ese discurso citado, el Papa alertó así ante la posibilidad de que «incluso los regímenes democráticos se transformen en un substancial totalitarismo». Al hablar de derechos humanos, el Papa habla de los sujetos que corren un riesgo particular: los niños, las mujeres, los refugiados. Tras los atentados contra las Torres gemelas y el Pentágono, el riesgo es que la seguridad nacional de los países (comprensible) haga olvidar otros derechos fundamentales, como los de los refugiados. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) denuncia precisamente, en el editorial del último número de su revista, Refugiados, que la guerra al terrorismo lanzada por Washington corre el riesgo de agravar la situación de más de veinte millones de refugiados del mundo, de los cuales entre el 50 y el 60% son niños, que con frecuencia han nacido y vivido en un campo de refugiados.
Desarme
La quinta prioridad actual mencionada por el Papa es «el desarme, la reducción de las ventas de armas a los países pobres y la consolidación de la paz una vez terminados los conflictos». El 8 de abril pasado (2002), monseñor Francis Chullikat, de la delegación de la Santa Sede ante la Comisión preparatoria para la Conferencia de Revisión del Tratado de No Proliferación de armas nucleares, denunció que, en estos momentos, «la Conferencia sobre desarme está paralizada. Una de las partes del Tratado sobre Mísiles antibalísticos ha dado señales de retirada. Las armas nucleares se mantienen todavía en estado de alerta». Por otra parte, «la admonición del Tribunal Internacional de Justicia para la conclusión de las negociaciones orientadas a su eliminación es ignorada». Pero más grave aún que la falta de progresos –indicó monseñor Chullikat– es «la abierta determinación de algunos Estados con armas nucleares a seguir dispensando a las armas nucleares un papel decisivo en sus doctrinas militares. Las viejas políticas de disuasión nuclear que prevalecieron en la guerra fría deben llevar ahora a medidas concretas de desarme –añadió–. Las leyes no pueden aprobar la continuación de doctrinas, según las cuales, mantener las armas nucleares es esencial». Y concluyó asegurando que «las armas nucleares son incompatibles con la paz que buscamos para el siglo XXI; no pueden ser justificadas», y «son instrumentos de muerte y destrucción». Juan Pablo II se ha comprometido en primera persona, especialmente en 1999, para que la comunidad internacional adopte la Convención de Ottawa contra la producción, almacenamiento y comercio de minas antipersonales, «fríos y ciegos instrumentos ideados, construidos y usados para herir o matar a una o más personas», como las calificó el Vaticano, el 19 de septiembre, en una cumbre internacional celebrada en Managua. Las armas ligeras son también una preocupación del Papa, que ha pedido a sus hombres ante las instituciones internacionales su compromiso para luchar contra este comercio de muerte. En una entrevista concedida a los micrófonos de Radio Vaticano, el arzobispo Renato Martino, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas en Nueva York, recordaba que este tipo de armas provocan al año unas 300 mil muertes, en su mayoría civiles: un muerto cada dos minutos.
Medicina para todos
El sexto reto es «la lucha contra las grandes enfermedades y el acceso de los menos pudientes a las curas y los medicamentos básicos». En una carta escrita a una Conferencia internacional celebrada en Varsovia entre el 5 y el 6 de abril sobre ética, ciencia y medicina, el Pontífice acaba de denunciar que algunos países en vías de desarrollo en pleno siglo XXI no tienen acceso a medicinas básicas, pues su comercialización no es interesante, económicamente hablando, para la industria farmacéutica. En la reunión del Consejo para los Derechos de propiedad intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC), de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que se celebró en Ginebra del 18 al 22 de junio de 2001, el arzobispo Diarmuid Martin afirmó que la difusión del sida, y el preocupante regreso de otras enfermedades infecciosas, como la malaria o la tuberculosis, constituyen un drama planetario, que exige oportunas medidas para conciliar los legítimos intereses de la industria farmacéutica con la necesidad de los países pobres de comprar medicinas a precios accesibles. «No es posible justificar, desde el punto de vista ético, la lógica de fijar un precio lo más caro posible para atraer a los investigadores y para conservar y reforzar la investigación, dejando de lado la consideración de factores sociales fundamentales», denunció el prelado. La Iglesia propone, en este sentido, «la entrada en vigor de un sistema innovador de precios diferenciados», donde «a los productos de lujo y no esenciales, por ejemplo, los cosméticos, se les podría cargar con la mayor parte del peso de la investigación y la elaboración de los medicamentos esenciales».
Conservación del ambiente
El séptimo desafío es «la salvaguardia del entorno natural y la prevención de las catástrofes naturales». El 16 de enero de 2001, en una Audiencia General, Juan Pablo II llamó a una conversión ecológica. «Especialmente en nuestro tiempo, el hombre ha devastado sin dudarlo llanuras y valles boscosos, ha contaminado aguas, ha deformado el hábitat de la tierra, ha hecho irrespirable el aire, ha trastornado los sistemas hidro-geológicos y atmosféricos, ha desertizado espacios verdes, ha establecido la industrialización salvaje, humillando –por usar una imagen de Dante Alighieri (Paraíso, XXII, 151)– ese huerto que es la tierra, nuestra morada». Por eso, según el Santo Padre, «es necesario estimular y apoyar la conversión ecológica que, en estas últimas décadas, ha hecho a la Humanidad más sensible con respecto a la catástrofe hacia la que se estaba encaminando». «No está sólo en juego una ecología física –aclaró–, atenta a tutelar el hábitat de los diferentes seres vivientes, sino también una ecología humana, que haga más digna la existencia de las criaturas, protegiendo el bien radical de la vida en todas sus manifestaciones y preparando a las generaciones futuras un ambiente que se acerque más al proyecto del Creador».
Aplicación del Derecho
El octavo y último desafío es «la aplicación rigurosa del Derecho y de las convenciones internacionales». Curiosamente la Iglesia católica, y en particular Juan Pablo II, que ha criticado las políticas malthusianas o relativistas de ciertas agencias de la ONU, es al mismo tiempo uno de los aliados más convencidos de esta institución, como foro en el que el diálogo entre las naciones se hace operativo y se convierte en instrumento para el desarrollo y la salvaguarda del Derecho internacional. De lo contrario, sólo queda la ley del más fuerte.
* * *
«Ciertamente, se podrían añadir muchas otras exigencias –confesaba el Papa al concluir su elenco de desafíos a los embajadores–. Pero si estas prioridades estuvieran en el centro de las preocupaciones de los responsables políticos; si los hombres de buena voluntad las tradujeran en compromisos cotidianos; si los hombres creyentes las incluyeran en su enseñanza, el mundo sería radicalmente diferente». Se resumen en un compromiso, que por otra parte ha sido asumido por la comunidad internacional en varios foros: poner al hombre y a la mujer en el centro del desarrollo.
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domingo, 3 de febrero de 2008
La dignidad de la persona humana
"Quizás una de las más vistosas debilidades de la civilización actual esté en una inadecuada visión del hombre. La nuestra es, sin duda, la época en que más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes. Cómo se explica esta paradoja? Podemos decir que es la paradoja inexorable del humanismo ateo. Es el drama del hombre amputado de una dimensión esencial de su ser -el absoluto- y puesto así frente a la peor reducción del mismo ser".
Juan Pablo II
Juan Pablo II señaló la clave del orden social que la Iglesia propone en su verdad antropológica esencial: el hombre es imagen de Dios, y por eso, irreeductible a una simple parcela de la naturaleza, o a un elemento anónimo de la ciudad humana. Es urgente proclamar al mundo esta "verdad sobre el hombre", clave del orden social, frente a instituciones y prácticas sociales que se fundan en una antropología reductiva del hombre, presentándolo como mera "unidad económica". La relación histórica entre cada doctrina sobre el hombre, cada doctrina social y cada tipo de sociedad humana es una relación evidente de siglo en siglo. Para mejor comprender la dignidad de la persona humana es preciso centrarse en una cuestón fundamental de la antropología cristiana: el hombre como imagen de Dios.
El hombre, imagen de Dios. Así lo expresa el Concilio Vaticano II: "Las Sagradas Escrituras enseñan que el hombre ha sido creado "a imagen de Dios", capaz de conocer y amar a su Creador, puesto por El como señor de todas las criaturas de la tierra, para mandar en ellas y usarlas dando gloria a Dios" (Concilio Vaticano II, “Gaudium et Spes”, n. 12). Penetrando con el pensamiento el conjunto de la descripción del libro del Génesis (2,18-25), e interpretando a la luz de la verdad sobre la imagen y semejanza de Dios (Gen 1,26-27), podemos comprender mejor en qué consiste el carácter personal del ser humano. Es decir, el hombre como imagen de Dios es una persona (Cfr. Juan Pablo, Laborem exercens, n. 6).
En efecto, cada hombre es imagen de Dios como criatura racional y libre. La condición radical de criatura, que afecta al hombre y al universo entero en su más íntima constitu¬ción ontológica, está en la base misma de todo orden social.
El hombre es un ser social. Dios no creó al hombre sólo: desde el primer momento los creó macho y hembra (Gen 1,27), de cuya unión hizo la primera expresión de una comunidad de personas. El hombe, es, por su propia naturaleza, un ser social, y sin las relaciones con los demás ni puede vivir, ni puede desarrollar sus cualidades. De manera que "no puede existir 'solo'; puede existir solamente como 'unidad de los dos', y, por tanto, en relación con otra persona humana. Se trata de una relación reciproca del hombre con la mujer y de la mujer con el hombre. "Ser persona a imagen y semejanza de Dios, comporta también existir en relación al otro 'yo'. Esto es preludio de la definitiva autorrevelación de Dios Uno y Trino" (Cfr. Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, n. 7).
El hombre es un ser corpóreo. La corporeidad es constitutiva y esencial al hombre en su existencia histórica, y también, misteriosamente, en la gloria de la resurrección. En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto, despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día.
Esta certeza sitúa a la Iglesia más allá de todo "espiritualismo"; da un profundo realismo a su doctrina social, temática¬mente enfrentada a las necesidades del cuerpo humano, a los derechos y deberes que le onciernen, a los bienes materiales, etc. Es lícito, por tanto hablar de un materialismo cristia¬no, según la conocida expresión de nuestro Padre, que se opone audazmente a los materialis¬mos cerrados al espíritu (san Josemaría Escrivá, Amar al mundo apasionadamente, n. 114).
El hombre, animal racional. "El hombre no se equivoca -afirma el Concilio Vaticano II- cuando se ve superior a las cosas corporales y no se considera a sí mismo solamente como una pequeña parte de la naturaleza, o como un elemento anónimo de la ciudad humana. Gracias a su interioridad, sobrepuja al mundo de las cosas, y es capaz de llegar a esas profundidades cuando se vuelve hacia su corazón, donde le espera Dios, que sondea los corazones, y donde él mismo, bajo la mirada de Dios, decide su propia suerte. Al afirmar, por tanto, en sí mismo la espirituali¬dad e inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda de la realidad. Tiene razón el hombre, participante de la luz de la inteligencia divina, cuando afirma que es superior al universo material" (Gaudium et spes, nn. 14-15). Son muchas las verdades sociales -económicas y políticas- que se fundan en la inmaterialidad de la inteligencia humana y en la interioridad de su conciencia. Así, por ejemplo, la primacía del sujeto humano sobre las estructuras sociales; es el hombre quien forja las instituciones.
El hombre, ser libre y dotado de conciencia moral. El atributo de la libertad sigue necesariamente a la naturaleza intelectiva del hombre. El hombre no puede orientarse hacia el bien si no es libremente. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina del hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión, para que así busque espontáneamente a su Creador, y adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfec¬ción. Aunque la libertad ontológica del ser humano y sus libertades civiles no sean en modo alguno la misma cosa, sin embargo estas últimas tienen su fundamento radical en aquélla, y de una y otra vale el principio de que no existe libertad alguna sin su correlativa responsabilidad moral. En otros términos, es algo intrínseco al sujeto libre al estar gobernado por normas morales.
Las leyes morales -y entre ellas las que gobiernan la convivencia social- no son una imposición extrínseca ni menos una limitación de la libertad. Se confunde en nuestros días con demasiada frecuencia la libertad como pura licencia para hacer cualquier cosa; confusión que, en su amoralidad, suele ir aliada con diversas formas de positivismo jurídico, y que, al desconocer la norma moral intrínseca de nuestros actos, limita su regulación a las solas leyes positivas de la autoridad civil. Pero éstas no serían verdaderes leyes si no tuvieran como fundamento la ley moral natural.
"En lo más profundo de su conciencia decubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto y evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley, cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo" (Gaudium et spes, 16).
A causa de su dignidad personal, la criatura humana es siempre un valor en sí mismo y por sí mismo y como tal exige ser considerado y tratado. En realidad, el misterio del no se ilumina verdaderamente sino en el misterio del Verbo Encarnado. La condición del hombre como persona está tan ligada a su origen divino y semejanza con Dios, que históricamente el concepto mismo de persona ingresó por la vía de la revelación bíblica en nuestra cultura y civilización; es un concepto que lleva la indeleble señal cristiana en su origen. Esta idea aparece constantemente en los textos de los documentos del Magisterio de la Iglesia, nos limitamos a recoger un expresivo texto de Juan Pablo II en la Redemptor hominis n, 13: "Aquí se trata, por lo tanto, del hombre en toda su verdad, en su plena dimensión. No se trata del hombre 'abstracto', sino real; del hombre 'concreto', 'histórico'. Se trata de 'cada' hombre, porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo, por medio de este misterio".
El hombre, única criatura que Dios ha querido por sí misma (Gaudium es Spes, 22). A estas palabras del documento conciliar, comenta Juan Pablo II: "El hombre como tal ha sido 'querido' por Dios, tal como El lo ha 'elegido' eternamente, llamado, destinado a la gracia y a la gloria, tal es precisamente 'cada' hombre, el hombre 'más concreto', el 'más real'; éste es el hombre, en toda su plenitud del misterio del que se ha hecho partícipe cada uno de los cuatro mil millones de hombres vivientes sobre nuestro planeta desde el momento en que es concebido en el seno de la madre" (Redemptor hominis, n. 13). La importancia social de esta verdad -el hombre es persona- es enorme, porque sólo desde ella se comprende plenamente el ser social del hombre, la sociedad misma, y los derechos y deberes de la persona en sociedad. Dios ha querido al hombre en sí mismo, y al mundo "para" el hombre, y al hombre "para" Sí: "Todas las cosas son vuestras (...), y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios" (1 Cor 3,21-23).
La igualdad de todos los hombres. "La dignidad personal es el bien 'más precioso' que el hombre posee, gracias al cual supera en valor a todo el mundo material. Las palabras De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si después pierdede Jesús: 'su alma?' (Mc 8,36) contienen una luminosa y estimulante afirmación antropológica: el hombre vale no por lo que 'tiene' -aunque poseyera el mundo entero!-, sino por lo que 'es'. No cuentan, por tanto, los bienes de la tierra, cuanto el bien de la persona, el bien que es la persona misma (...) La dignidad personal constitu¬ye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí" (Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 37). Y también la dignidad de la persona humana es fundamento de la participación y solidaridad de los hombres entre sí: el diálogo y la comunicación radican, en última instancia, en lo que los hombres "son", antes y mucho más que en lo que ellos "tienen". Y concluye Juan Pablo II en el mismo texto: "La dignidad personal es propiedad indestructible de todo ser humano. Es fundamental captar todo el penetrante vigor de esta afirmación, que se basa en la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona".
Los derechos humanos. Una última consideración. El efectivo reconoci¬miento de la dignidad personal de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el Estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo.
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