lunes, 15 de marzo de 2010

Buenas películas

Un cine que testimonia la verdad

El cine puede ser un poderoso instrumento al servicio de la verdad; de la verdad de los hechos históricos, y de la verdad del hombre. Poderoso porque, con la fuerza de su luz y la persuasión de sus imágenes, nos puede presentar la verdad de forma conmovedora, emocionándonos, deslumbrándonos. Este año, Alfa y Omega ha premiado películas que responden sobradamente a ese ideal. Y de entre ellas destaca Katyn, que no sólo es una película histórica que desenmascara una mentira oficial relativa al estalinismo, sino que es algo más. Mucho más

La película más premiada en esta XV edición de los Premios Alfa y Omega de Cine es un monumento a los caídos, como el que hay junto a la playa de Omaha, en Normandía, o la gigantesca estatua de Mamáyev Kurgán, memorial de los más de 2 millones de personas que murieron en la batalla de Stalingrado. Katyn es un monumento que nos recuerda que las ideologías son enemigas mortales de lo humano. Y nos muestra la nobleza del pueblo polaco, que vivía de la fe. Algo parecido ocurre con Amazing Grace, otro film histórico que retrata a un cristiano combatiendo desde su fe, para acabar con el tráfico de esclavos en la Inglaterra del siglo XVIII. Frost contra Nixon propone una interesante mirada sobre la relación entre periodismo y verdad. Y también la ficción puede testimoniar la verdad del hombre, con películas como Still Walking, que subraya el valor de la familia; Despedidas, centrada en la dignidad del ser humano, incluso una vez muerto; Gran Torino, que cuenta la historia de un hombre que abre su corazón; Up, que habla del amor eterno; o Slumdog millionaire, que reflexiona sobre las decisiones correctas de la libertad. Una buena cosecha que Alfa y Omega ha premiado así:

Katyn, de Andrej Wajda

El consagrado cineasta polaco Andrej Wajda, con más de 80 años, aborda con este film el proyecto más personal de su carrera. No sólo porque le supone revivir el asesinato de su padre por las tropas de Stalin, sino porque significa llevar al cine una de las heridas más dolorosas del pueblo polaco: los 20.000 asesinatos del bosque de Katyn, y las posteriores mentiras oficiales sobre ello. El resultado es una película espléndida, tanto en lo formal como en el tratamiento del asunto, y lleva a Wajda a una de las cotas más altas de su carrera.
En septiembre de 1939, una semana después de la firma del Pacto Molotov-Von Ribbentrop entre Hitler y Stalin, Polonia fue atacada, por el oeste, por los alemanes, y por el este, por los bolcheviques. Quince mil oficiales del ejército polaco, sitiados y desarmados, fueron llevados a los campos de trabajo soviéticos de Ostashkov, Kozielsk y Starobielsk. Lo mismo les ocurre a cinco mil dirigentes intelectuales polacos -profesores, artistas, políticos...- En el invierno de 1940, Stalin ordenó su ejecución, tras llevar a los prisioneros a los bosques de Katyn, donde fueron ejecutados de un tiro en la nuca. En el transcurso de la guerra, los nazis encontraron las fosas comunes de Katyn, y culparon -hipócritamente- a los soviéticos. Los bolcheviques manipularon las autopsias para cambiar la fecha de las ejecuciones y acusaron a los alemanes. Acabada la Segunda Guerra Mundial, esta mentira se consagró como versión oficial, y los nazis cargaron con esa responsabilidad hasta 1990, año en que Rusia reconoció que aquel genocidio fue obra de Stalin y de las NKVD.

El argumento del film se basa en la novela Post mortem, de Andrzej Mularczyk. Sobre el trasfondo descrito, se sitúa la historia de Anna (Maja Ostaszewska), casada con el oficial polaco Andrzej (Artur Zmijewski). Cuando éste es detenido y llevado a la Unión Soviética, Anna se reúne con su suegra, cuyo marido, un profesor de la Universidad de Cracovia, ha sido también arrestado y llevado a Rusia. Juntas mantienen la esperanza de que sus maridos no aparezcan en las listas de ejecutados en Katyn que van haciéndose públicas. La aparición, al finalizar la guerra, del teniente Jerzy (Andrzej Chyra), amigo de Anna, aclarará muchas cosas y abrirá nuevas heridas. Junto a estos personajes, hay otras tramas secundarias que dibujan y refuerzan distintos matices del drama humano de Katyn.
El film se abre con una estremecedora partitura de Krzysztof Penderecki, que sitúa al espectador en el nivel anímico con el que debe enfrentarse a un film tan desasosegador. Unos amenazantes nubarrones no son sólo el fondo de los títulos de crédito, sino el estado de conciencia de un Wajda que ha tenido que convivir casi toda su vida con la mentira. La primera escena es todo un símbolo: en un puente se encuentran los polacos que huyen de los nazis con los polacos que huyen de los bolcheviques. Están rodeados. No hay escapatoria. Frente a la opacidad de tantas situaciones, conmueve un catolicismo sólido y arraigado en el sufrimiento. En todo momento, los polacos están prestos a rezar un Padrenuestro, a cantar un villancico, o a aferrarse al rosario.

La película es como un mecanismo de relojería: preciso, sin irregularidades, con una estética tan realista como sobria, sin la más mínima concesión al efectismo, ni a la demagogia maniquea. Incluso se permite la inclusión de un capitán soviético bueno, y un teniente polaco traidor. Se ha cuidado la dirección artística al máximo y el tratamiento de la luz. Un homenaje inmortal a las víctimas de Katyn no se puede permitir errores de bulto, ni trazos gruesos. El film va avanzando en el tiempo hasta recorrer los seis años de la guerra, para finalmente, como broche de oro, llevarnos a la matanza de Katyn, con unas escenas durísimas que pasarán a la historia del cine. Wajda ha firmado una de las mejores cintas sobre la Segunda Guerra Mundial jamás rodadas, más cerca de una confesión íntima que del bombo comercial de Hollywood.

La vergüenza, de David Planell
Mejor película española

Este film de David Planell (el guionista de Héctor, de Gracia Querejeta) cuenta una historia desgraciadamente muy real: la de un niño inmigrante que va de familia de acogida a centro de acogida sucesivas veces, y siempre acaba siendo devuelto por la familia acogedora de turno. Su difícil comportamiento, las motivaciones confusas de la familia y las concepciones esquemáticas de los agentes de la Administración hacen que el fracaso del acogimiento parezca inevitable. Lucía y Pepe llevan años queriendo tener un hijo, pero la infertilidad de ella les ha llevado a intentar un acogimiento permanente preadoptivo. Manu, un chaval peruano de ocho años, es un chico muy difícil, con mucho dolor dentro, y que ha sido devuelto varias veces por familias anteriores. Lucía y Pepe están en crisis porque tampoco consiguen hacerse con el chaval, y para más inri, desde la Comunidad de Madrid, les han pedido que decidan ya dar el paso de la adopción.
La película plantea cuestiones de interés, aunque sin llegar a la hondura de Vete y vive, un film franco-israelí que abordaba cuestiones similares. Por un lado, el conflicto generado por Manu pone de manifiesto los problemas en la pareja. Y esto es muy importante, porque indica una verdad a menudo olvidada: el acogimiento y la adopción deben ser frutos de una sobreabundancia, antes que de una carencia, aunque respondan a una necesidad real, como es el deseo de tener hijos. Lucía y Pepe llevaban tiempo tapando los problemas de su matrimonio, y el acogimiento de Manu tenía mucho de huida hacia adelante. La pareja hace un proceso que les lleva de mirar al niño como una cuestión que debe ser gestionada, a mirarse a sí mismos como el asunto que debe ser prioritariamente resuelto. Es muy frecuente encontrar a personas o parejas que adoptan o acogen para solventar un problema personal mal resuelto. La consecuencia es siempre la misma: el fracaso del acogimiento y la herida que eso supone para el niño.
Otro elemento esencial que está clarísimo en el film es la necesidad de los padres de estar acompañados. Lucía y Pepe quieren al niño, le consideran su hijo, pero están solos y el universo se colapsa a su alrededor, se asfixian, se vuelven locos, no ven salida. Es un tema tan real que constituye una característica de la cultura actual. La soledad de las personas frente a las circunstancias que les toca vivir. No podemos acabar sin aludir a la perspectiva del niño. Tiene miedo a ser devuelto y pone a prueba a sus padres para comprobar si son capaces de quererle de verdad, contra viento y marea. Además, tiene la herida del abandono de su madre, algo que se resuelve de forma hermosa en el film.

Kundo Koyama, por Despedidas

Mejor guión
Daigo es un joven violonchelista que, además de perder el empleo, se ve obligado a vender el violonchelo, por falta de dinero. Desolado, se traslada con su mujer a la pequeña ciudad de Yamagata, donde su madre, fallecida, le dejó una pequeña casa. Una vez instalados, Daigo acude a una entrevista de trabajo en una empresa que se encarga de amortajar a los muertos. La película, ganadora de un Oscar y dirigida por Yojiro Takita, hace de un tema aparentemente macabro, una deliciosa aproximación al hecho del sentido de la vida y de la muerte. La película no trivializa el misterio de la muerte ni da la espalda a la trascendencia. Con ritmo sosegado y aire contemplativo, muestra el cuerpo humano inerte con una dignidad y delicadeza que lo ennoblecen. La partitura de Joe Hisaishi hace aún más emotiva esta exquisita película. El film habla además del amor, de la paternidad, de la familia, del valor del trabajo, con una perspectiva humana y alentadora.

Melissa Leo, por Frozen River
Mejor actriz principal

La directora de Memphis Courtney Hunt debutó en el largometraje cinematográfico con Frozen River, que fue Premio Signis en el Festival de San Sebastián, donde Melissa Leo obtuvo la Concha de Plata a la mejor actriz, que también fue nominada a los Oscars. La película se basa en un cortometraje de la misma Hunt y nos cuenta una historia invernal y fronteriza al norte del Estado de Nueva York, donde el río que desemboca en el Lago Ontario separa a los Estados Unidos del Canadá. Allí existe una reserva de indios mohawk que procuran no tener nada que ver con los blancos de la comarca. En ese ambiente vive Ray Eddie -interpretada magistralmente por Melissa Leo-, una mujer de escasos recursos, dependienta de un comercio que lucha por sacar adelante a su familia y poder comprar una nueva casa prefabricada. Cuando consigue reunir el dinero, su marido, un incurable ludópata, se fuga con el dinero y desaparece. Ray, desesperada y acuciada por las deudas, toma una peligrosa decisión: introducirse en el mundo de la inmigración ilegal. Allí conocerá a una india de apariencia hostil, Lila, con la que empezará una relación muy agresiva, pero que se convertirá en una hermosa posibilidad de humanización.
Frozen River es un interesante ejemplo del cine independiente americano, donde se cuecen los mejores títulos de los últimos años. El guión toca varias cuerdas a la vez. Al tema del encuentro interracial y la superación de las diferencias en base al común denominador del corazón humano, se añade la cuestión de la ausencia del padre, el sacrificio redentor que nace del agradecimiento, el perdón e incluso la trascendencia. Dos mujeres maltratadas por la vida aprenden a mirarse a la cara y a sacrificarse la una por la otra cuando descubren el valor de la vida y la alegría de tener a alguien a quien amar.
La puesta en escena es contundente, pero llena de buen gusto y sin caer en el fácil deleite por lo dramático. El tratamiento de las situaciones demuestra una gran simpatía por lo humano y nunca cae en la tentación de lamerse las heridas. En este sentido es muy interesante la figura del hijo mayor, T.J., un chico que ha aprendido a madurar y que afirma el valor positivo de la realidad a pesar de los nubarrones que se ciernen sobre su cabeza.

Amazing Grace, de Michael Apted

Mejor actriz de reparto (Romola Garai)
Mejor banda sonora (David Arnold)
Con un injustificable retraso llegó este año a España la película del veterano cineasta británico Michael Apted, que se consagró con Gorilas en la niebla y que ahora está dirigiendo la nueva entrega de Las crónicas de Narnia. A la pareja de intérpretes principales (Ioan Gruffudd y Romola Garai), se añade un excelente elenco de famosos actores británicos como Michael Gambon, Albert Finney, Ciarán Hinds o Rufus Sewell.
El guión es del nominado al Óscar Steven Knight y trata de la historia de William Wilberforce, un político inglés de finales del siglo XVIII que luchó muy activamente por la abolición del tráfico de esclavos. El film cuenta, en forma de flashback, las dificultades políticas que este parlamentario tuvo que sortear para ganarse, uno a uno, a sus oponentes. Todo ello entreverado con su relación sentimental con la activista Barbara Spooner (Romola Garai), que se convertiría en su esposa. Aunque los debates parlamentarios y las acciones políticas están escritas, rodadas e interpretadas con eficacia narrativa, lo más interesante es el proceso de conciencia del protagonista. Ese proceso es, en realidad, un drama vocacional en el que el metodista Wilberforce tiene que decidir su misión en la vida desde el punto de vista de su fe. Se debate entre la consagración a Dios, o el activismo político, y es John Newton, su -digamos- director espiritual, el que le hace ver la obligación moral del compromiso político.

La película tiene la virtud de no ser extremada, maniquea o demagógica, a pesar de su tono didáctico, y lleva la cuestión de la esclavitud al terreno antropológico cristiano del hombre entendido como creatura de Dios. Muy interesante es la historia del título, Amazing Grace. Se trata del nombre de un himno litúrgico anglosajón y muy conocido en el ámbito del godspell. La letra fue escrita en 1772 por John Newton, un antiguo esclavista inglés que, más tarde, se convertiría al cristianismo, y que en la película es el mentor espiritual de Wilberforce. La condición protestante del protagonista no impide que su relación con Newton sea católica, en el sentido de que su vocación le llega mediada por la humanidad dramática de Newton y no directamente de Dios. Amazing Grace conmueve por su vigorosa y emotiva banda sonora, que ha estado en manos de David Arnold.

Clint Eastwood, por Gran Torino
Mejor actor principal

Clint Eastwood, en una escena de Gran Torino
Con guión de Nick Schenk, el penúltimo film del casi octogenario Clint Eastwood supone su despedida del mundo de la interpretación, y nos cuenta la historia de Walt Kowalski, un veterano de la guerra de Corea, que acaba de enviudar. Es un hombre intratable, gruñón y amargado, que tiene una relación muy tensa con sus propios hijos. De mentalidad ultraconservadora, está lleno de prejuicios hacia los inmigrantes de otras razas y, para más inri, en el barrio está rodeado de orientales que pertenecen a la etnia hmong, del sudeste asiático. El día que decide intervenir en una pelea entre orientales que tiene lugar en su propio jardín, marcará un punto de inflexión en su vida, que ya no tendrá vuelta atrás.
Eastwood cuenta una gran historia, de una forma sencilla y desnuda. Gran Torino es, en el fondo, una historia de maduración clásica, pero en un hombre de ochenta años. Una maduración que consiste en abrir la mente y aprender de quien crees que no puedes aprender nada. Como le espeta el personaje del sacerdote católico: Sabes mucho de la muerte, pero muy poco de la vida.
Hay dos figuras clave en este renacimiento de Kowalski, el citado sacerdote -el padre Janovich- y la joven Sue (la debutante actriz Ahney Her). Los dos saben ver más allá de la opaca apariencia de Kowalski, ambos ven su humanidad oculta y ponen en marcha el nacimiento del nuevo Kowalski, en la línea paulina de paso del hombre viejo al hombre nuevo. El catalizador de esta redención del personaje -que trata de mostrarse en la escena del confesionario- es el joven Thao, el Atontado (interpretado por Bee Vang), un chico que encarna la maduración del adolescente. Thao es un acobardado chaval, que es introducido por Kowalski a la realidad de la vida: el trabajo, las relaciones afectivas, la autoestima..., y aprende de la vida y de la muerte lo que su mentor sólo reconoce al final de su existencia.
Aunque la película se puede prestar a una lectura más pesimista y menos cristiana, muchos críticos ven en el film una propuesta esperanzada y cercana a una visión redentora de la vida.

Frank Langella, por El desafío. Frost contra Nixon
Mejor actor de reparto

Frank Langella (a la derecha), en una escena
de El desafío. Frost contra Nixon
En el verano de 1977, tres años después de su dimisión, el ex-Presidente Richard Nixon accedió a conceder una única entrevista y contestar a preguntas sobre su mandato y el escándalo Watergate que acabó con su presidencia. El entrevistador fue un frívolo presentador televisivo británico, David Frost. Ambos tenían objetivos contrarios: Frost debía arrancar a Nixon una confesión de culpabilidad, y Nixon debía lavar su imagen pública. Sólo uno podía ganar, y el otro, necesariamente, perder. 45 millones de telespectadores serían los testigos.
El director, Ron Howard, partía de un interesante material periodístico, pero en apariencia muy poco cinematográfico. Y sin embargo consigue un film lleno de suspense y no carente de emoción. Los preparativos de aquellas entrevistas y su desarrollo estaban recogidos en la obra teatral de Peter Morgan, sobre la que el mismo autor ha escrito el guión. La misma exquisitez que mostró Morgan al escribir el guión de The Queen la emplea para acercarse a la controvertida figura de Nixon.
Frank Langella y Martin Sheen interpretan convincentemente a Nixon y Frost, y consiguen dejar aparcados los aspectos meramente políticos e ideológicos, para desvelarnos dos seres humanos, por lo que el público no puede dejar de sentir cierta simpatía. Esta película es toda una lección de periodismo que no debería dejar de ver ningún aspirante a esa profesión.

Anthony Dod Mantle, por Slumdog millionaire
Mejor fotografía

Escena de Slumdog millionaire
El personalísimo director británico Danny Boyle, que salió a la palestra hace más de diez años con la tremenda película Trainspotting, con Slumdog millionaire, ganadora indiscutible del Óscar del pasado año, se traslada a la ciudad de Bombay, a lo más profundo de los slums, para encontrarse con el personaje de Jamal, un joven analfabeto criado en la dureza de las calles y en la violencia de las mafias. Jamal, tras participar en la versión hindú del programa ¿Quieres ser millonario? y ganarlo, es detenido por la policía, convencida de que ha hecho trampa y de que es imposible que alguien como él pueda saber todas las respuestas del citado concurso.

El film, protagonizado por Dev Patel y basado en la novela de Vikas Swarup (con guión de Simon Beaufoy), va desgranando cómo y por qué Jamal ha acertado cada respuesta. La narración es precisa: un montaje que manipula el hilo temporal nos va dosificando las claves de comprensión de lo que pasa y, como un puzzle que se va completando, nos ofrece finalmente no sólo una excelente resolución de la trama, sino una imagen muy amplia e integrada de la India real. Una India dominada por mafias, víctima de conflictos religiosos, donde la vida no vale nada y donde la infancia vive situaciones límites de explotación y esclavitud.
El film, a pesar de su fondo capriano y esperanzado, responde a una filosofía oriental mucho más determinista que la del director americano. El destino, la suerte, la predestinación, ocupan en este film lo que en otros correspondería o a la Providencia o a la libertad humana. En este film, parece que el protagonista se juega a cara o cruz el destino de su vida, y que ese destino abstracto responde en función de los méritos del personaje. No obstante, la película es conmovedora, tanto por la limpieza del personaje de Jamal, como por el rabioso romanticismo que se esconde entre los pliegues de tanta crudeza ambiental. Más que de dinero, de lo que está hambriento nuestro protagonista es de un amor verdadero.
La estética fotográfica de Slumdog millionaire es un tanto feista, tipo Trainspotting, rodada con cámara en mano y con una fotografía muy contrastada. De esta manera nos acerca con inmediatez a la dureza del ambiente social y humano que describe. De hecho, la película tiene un indiscutible aire documental realmente notable.

Up, de Pete Docter y Bob Peterson
Mejor película familiar

Lo que ocurre con la factoría de animación Pixar, empresa cobijada bajo la marca Disney, tiene mucho que ver con el título de su última película en 3D, Up. Y es que esta productora de animación, fundada hace años por John Lasseter, no para de subir, de escalar cada vez más alto. Si muchos consideraron a Wall-E obra maestra, por su estilo poético y visual, Up lo es por la hondura de su mirada y por su calado antropológico. Ambos films tienen detrás al mismo guionista de Monstruos S.A., Pete Docter, que en esta ocasión ha escrito y dirigido Up con la ayuda de Bob Peterson, autor de Buscando a Nemo y colaborador de Ratatouille. Con estos currícula no es de extrañar que el nuevo producto de Pixar sea la maravillosa película que es.
La historia comienza con un flashback que nos cuenta la vida de Carl Fredricksen. Fue un niño aventurero que se casó con una chica aventurera, a la que amó hasta el día de su muerte. Ahora Carl es un anciano nostálgico y solitario. En su vida, llena del amor de su matrimonio, se escondían sin embargo dos frustraciones: el no haber podido tener hijos por problemas de salud, y el no haber llevado a su esposa al idílico lugar con el que, desde pequeños, habían soñado: las cataratas Paraíso, en América del Sur. Ahora, a sus más de setenta años, ve la posibilidad de cumplir ambos sueños, pero, eso sí, en una modalidad muy distinta de la que él hubiera diseñado. A su edad va a aprender grandes cosas, y descubrirá que la vida puede ser una bella aventura hasta el mismísimo instante final. Para ello, será fundamental la irrupción de Russell, un jovencito boy scout de padres divorciados que ha recibido el encargo de ayudar a un anciano, para completar una lista de méritos que le harán subir de escalafón.
Up tiene una extraña capacidad: la de poner un nudo en la garganta de los espectadores a pesar de tratarse de dibujos animados. La experiencia que vive el personaje de Carl está presentada con la misma eficacia que si se tratara de un gran actor de carne y hueso, y el espectador se conmueve cuando Carl expresa el drama de su vida. El diseño de Carl hace casi inevitable pensar en el último Spencer Tracy, duro por fuera y muy blando por dentro. Así como los otros personajes, como el malvado Charles Muntz, son más convencionales y ceñidos al género de aventuras, Carl es realmente un personaje dramático lleno de matices y evoluciones. Ciertamente, esto no sería posible sin la prodigiosa animación de los dibujos, que trasmiten a la perfección los sentimientos, hasta los más sutiles, de los personajes. El film es fundamentalmente un elogio de la familia. Carl decide hacer de padre de Russell el mismo día que descubre que el verdadero padre del chico es un absoluto ausente. Aparte de la cuestión de la filiación que atraviesa toda la película, los primeros diez minutos de metraje son un canto al amor esponsal de los más hermosos que recuerda la historia del cine.
Up también reflexiona sobre la cultura del éxito. Frente al éxito profesional y narcisista que persigue Charles Muntz, y que le esclaviza hasta transformarle en una mala persona, el film propone un éxito que consiste en responder a los deseos del corazón. Cuando Carl decide jugarse la vida por el sueño de Russell, no supera simplemente su perímetro de egoísmo, sino que se hace a sí mismo el favor de recuperar su verdadera humanidad. En suma, una película imprescindible.

Still Walking, de Hirokazu Kore-eda
Mejor película sobre la familia

El aclamado director japonés Hirokazu Kore-eda, autor de la excelente Hana, depura su estilo con este drama familiar que es Still Walking. Un día se reúne la familia Yokoyama para celebrar el aniversario de la muerte de Jun Pei, el primogénito. Tres generaciones coinciden en la casa paterna y conviven durante una jornada en la que van a ir saliendo a la luz los deseos y dolores de cada miembro de la familia.
Con el telón de fondo de la inevitabilidad de la muerte, Kore-eda mira con lupa la realidad familiar, donde conviven pluralidad de generaciones con mentalidades diferentes e incluso antagónicas. Sin embargo, el film es un canto a la familia, y Kore-eda se la planteó como un homenaje a sus padres, y en especial a su madre. El film quiere ser un canto agradecido a los vínculos paterno-filiales, y tiene carácter contemplativo, ritmo pausado, grandes silencios y un protagonismo de los pequeños detalles. Still Walking hace de lo cotidiano el núcleo dramático desde el que va desvelando a sus personajes y conflictos. Esta agradable cinta peca de cierto minimalismo, también en lo antropológico, y no se atreve a ir mucho más allá de la nostalgia.
Juan Orellana

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