miércoles, 5 de junio de 2013

Convivir en el matrimonio


Convivir en el matrimonio. El arte de perdonar

El arte de convivir está estrechamente relacionado con la capacidad de pedir perdón y de perdonar. Todos somos débiles y caemos con frecuencia. Tenemos que ayudarnos mutuamente a levantarnos siempre de nuevo. Lo conseguimos, muchas veces, a través del perdón.

Una reflexión previa

Cuando hablamos del auténtico perdón, nos movemos en un terreno profundo. Consideramos una herida en el corazón, causada por la libre actuación de otro. Todos sufrimos, de vez en cuando, injusticias, humillaciones y rechazos; algunos tienen que soportar diariamente torturas, no sólo en una cárcel, sino también en un puesto de trabajo o en la propia familia. Es cierto que nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. "El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares," dicen los árabes.
No sólo existe la ruptura tajante de las relaciones humanas. Hay muchas formas distintas de infidelidad y corrupción. El amor se puede enfriar por el desgaste diario, por desatención y estrés, puede desaparecer oculta y silenciosamente. Hasta matrimonios aparentemente muy unidos pueden sufrir "divorcios interiores": viven exteriormente juntos, sin estar unidos interiormente, en la mente y en el corazón; conviven soportándose.
Frente a las heridas que podamos recibir en el trato con los demás, es posible reaccionar de formas diferentes. Podemos pegar a los que nos han pegado, o hablar mal de los que han hablado mal de nosotros. Es una pena gastar las energías en enfados, recelos, rencores, o desesperación; y quizá es más triste aún cuando una persona se endurece para no sufrir más. Sólo en el perdón brota nueva vida.
El perdón consiste en renunciar a la venganza y querer, a pesar de todo, lo mejor para el otro. La tradición cristiana nos ofrece testimonios impresionantes de esta actitud. No sólo tenemos el ejemplo famoso de San Esteban, el primer mártir, que murió rezando por los que le apedreaban. En nuestros días hay también muchos ejemplos. En 1994 un monje trapense llamado Christian fue matado en Argelia junto a otros monjes que habían permanecido en su monasterio, pese a estar situado en una región peligrosa. Christian dejó una carta a su familia para que la leyeran después de su muerte. En ella daba gracias a todos los que había conocido y señalaba: "En este gracias por supuesto os incluyo a vosotros, amigos de ayer y de hoy... Y también a ti, amigo de última hora, que no habrás sabido lo que hiciste. Sí, también por ti digo ese gracias y ese adiós cara a cara contigo. Que se nos conceda volvernos a ver, ladrones felices, en el paraíso, si le place a Dios nuestro Padre" (1).
Pensamos, quizá, que estos son casos límites, reservados para algunos héroes; son ideales bellos, más admirables que imitables, que se encuentran muy lejos de nuestras experiencias personales. ¿Puede una madre perdonar jamás al asesino de su hijo? Podemos perdonar, por lo menos, a una persona que nos ha dejado completamente en ridículo ante los demás, que nos ha quitado la libertad o la dignidad, que nos ha engañado, difamado o destruido algo que para nosotros era muy importante? Éstas son algunas de las situaciones existenciales en las que conviene plantearse la cuestión.

I. ¿Qué quiere decir "perdonar"?

¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: "Te perdono"? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia, sino que rechazo la venganza y los rencores, y me dispongo a ver al agresor como una persona digna de compasión. Vamos a considerar estos diversos elementos con más detenimiento.

1. Reaccionar ante un mal

En primer lugar, ha de tratarse realmente de un mal para el conjunto de mi vida. Si un cirujano me quita un brazo que está peligrosamente infectado, puedo sentir dolor y tristeza, incluso puedo montar en cólera contra el médico. Pero no tengo que perdonarle nada, porque me ha hecho un gran bien: me ha salvado la vida. Situaciones semejantes pueden darse en la educación. No todo lo que parece mal a un niño es nocivo para él, ni mucho menos. Los buenos padres no conceden a sus hijos todos los caprichos que ellos piden; los forman en la fortaleza. Una maestra me dijo en una ocasión: "No me importa lo que mis alumnos piensan hoy sobre mí. Lo importante es lo que piensen dentro de treinta años." El perdón sólo tiene sentido, cuando alguien ha recibido un daño objetivo de otro.
Por otro lado, perdonar no consiste, de ninguna manera, en no querer ver este daño, en colorearlo o disimularlo. Algunos pasan de largo las injurias con las que les tratan sus colegas o sus cónyuges, porque intentan eludir todo conflicto; buscan la paz a cualquier precio y pretenden vivir continuamente en un ambiente armonioso. Parece que todo les diera lo mismo. "No importa" si los otros no les dicen la verdad; "no importa" cuando los utilizan como meros objetos para conseguir unos fines egoístas; "no importan" tampoco el fraude o el adulterio. Esta actitud es peligrosa, porque puede llevar a una completa ceguera ante los valores. La indignación e incluso la ira son reacciones normales y hasta necesarias en ciertas situaciones. Quien perdona, no cierra los ojos ante el mal; no niega que existe objetivamente una injusticia. Si lo negara, no tendría nada que perdonar (2).
Si uno se acostumbra a callarlo todo, tal vez pueda gozar durante un tiempo de una aparente paz; pero pagará finalmente un precio muy alto por ella, pues renuncia a la libertad de ser él mismo. Esconde y sepulta sus frustraciones en lo más profundo de su corazón, detrás de una muralla gruesa, que levanta para protegerse. Y ni siquiera se da cuenta de su falta de autenticidad. Es normal que una injusticia nos duela y deje una herida. Si no queremos verla, no podemos sanarla. Entonces estamos permanentemente huyendo de la propia intimidad (es decir, de nosotros mismos); y el dolor nos carcome lenta e irremediablemente. Algunos realizan un viaje alrededor del mundo, otros se mudan de ciudad. Pero no pueden huir del sufrimiento. Todo dolor negado retorna por la puerta trasera, permanece largo tiempo como una experiencia traumática y puede ser la causa de heridas perdurables. Un dolor oculto puede conducir, en ciertos casos, a que una persona se vuelva agria, obsesiva, medrosa, nerviosa o insensible, o que rechace la amistad, o que tenga pesadillas. Sin que uno lo quiera, tarde o temprano, reaparecen los recuerdos. Al final, muchos se dan cuenta de que tal vez, habría sido mejor, hacer frente directa y conscientemente a la experiencia del dolor. Afrontar un sufrimiento de manera adecuada es la clave para conseguir la paz interior.

2. Actuar con libertad

El acto de perdonar es un asunto libre. Es la única reacción que no re-actúa simplemente, según el conocido principio "ojo por ojo, diente por diente" (3). El odio provoca la violencia, y la violencia justifica el odio. Cuando perdono, pongo fin a este círculo vicioso; impido que la reacción en cadena siga su curso. Entonces libero al otro, que ya no está sujeto al proceso iniciado. Pero, en primer lugar, me libero a mí mismo. Estoy dispuesto a desatarme de los enfados y rencores. No estoy "re-accionando", de modo automático, sino que pongo un nuevo comienzo, también en mí.
Superar las ofensas, es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida. El filósofo Max Scheler afirma que una persona resentida se intoxica a sí misma (4). El otro le ha herido; de ahí no se mueve. Ahí se recluye, se instala y se encapsula. Queda atrapada en el pasado. Da pábulo a su rencor con repeticiones y más repeticiones del mismo acontecimiento. De este modo arruina su vida.
Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. En consecuencia, uno no se siente a gusto en su propia piel. Pero, si no se encuentra a gusto consigo mismo, entonces no se encuentra a gusto en ningún lugar. Los recuerdos amargos pueden encender siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un refrán chino dice: "El que busca venganza debe cavar dos fosas."
En su libro Mi primera amiga blanca, una periodista norteamericana de color describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, "porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado" (5). La autora confiesa que, después de algún tiempo, llegó a reconocer que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y su dignidad. Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le mostraba en el colegio. Poco a poco descubrió que, en vez de esperar que los blancos pidieran perdón por sus injusticias, ella tenía que pedir perdón por su propio odio y por su incapacidad de mirar a un blanco como a una persona, en vez de hacerlo como a un miembro de una raza de opresores. Encontró el enemigo en su propio interior, formado por los prejuicios y rencores que le impedían ser feliz.
Las heridas no curadas pueden reducir enormemente nuestra libertad. Pueden dar origen a reacciones desproporcionadas y violentas, que nos sorprendan a nosotros mismos. Una persona herida, hiere a los demás. Y, como muchas veces oculta su corazón detrás de una coraza, puede parecer dura, inaccesible e intratable. En realidad, no es así. Sólo necesita defenderse. Parece dura, pero es insegura; está atormentada por malas experiencias.
Hace falta descubrir las llagas para poder limpiarlas y curarlas. Poner orden en el propio interior, puede ser un paso para hacer posible el perdón. Pero este paso es sumamente difícil y, en ocasiones, no conseguimos darlo. Podemos renunciar a la venganza, pero no al dolor. Aquí se ve claramente que el perdón, aunque está estrechamente unido a vivencias afectivas, no es un sentimiento. Es un acto de la voluntad que no se reduce a nuestro estado psíquico (6). Se puede perdonar llorando.
Cuando una persona ha realizado este acto eminentemente libre, el sufrimiento pierde ordinariamente su amargura, y puede ser que desaparezca con el tiempo. "Las heridas se cambian en perlas," dice Santa Hildegarda de Bingen.

3. Recordar el pasado

Es una ley natural que el tiempo "cura" algunas llagas. No las cierra de verdad, pero las hace olvidar. Algunos hablan de la "caducidad de nuestras emociones" (7). Llegará un momento en que una persona no pueda llorar más, ni sentirse ya herida. Esto no es una señal de que haya perdonado a su agresor, sino que tiene ciertas "ganas de vivir". Un determinado estado psíquico —por intenso que sea— de ordinario no puede convertirse en permanente. A este estado sigue un lento proceso de desprendimiento, pues la vida continúa. No podemos quedarnos siempre ahí, como pegados al pasado, perpetuando en nosotros el daño sufrido. Si permanecemos en el dolor, bloqueamos el ritmo de la naturaleza.
La memoria puede ser un cultivo de frustraciones. La capacidad de desatarse y de olvidar, por tanto, es importante para el ser humano, pero no tiene nada que ver con la actitud de perdonar. Ésta no consiste simplemente en "borrón y cuenta nueva". Exige recuperar la verdad de la ofensa y de la justicia, que muchas veces pretende camuflarse o distorsionarse. El mal hecho debe ser reconocido y, en lo posible, reparado.
Hace falta "purificar la memoria". Una memoria sana puede convertirse en maestra de vida. Si vivo en paz con mi pasado, puedo aprender mucho de los acontecimientos que he vivido. Recuerdo las injusticias pasadas para que no se repitan, y las recuerdo como perdonadas.

4. Renunciar a la venganza

Como el perdón expresa nuestra libertad, también es posible negar al otro este don. El judío Simon Wiesenthal cuenta en uno de sus libros de sus experiencias en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Un día, una enfermera se acercó a él y le pidió seguirle. Le llevó a una habitación donde se encontraba un joven oficial de la SS que estaba muriéndose. Este oficial contó su vida al preso judío: habló de su familia, de su formación, y cómo llegó a ser un colaborador de Hitler. Le pesaba sobre todo un crímen en el que había participado: en una ocasión, los soldados a su mando habían encerrado a 300 judíos en una casa, y habían quemado la casa; todos murieron. "Sé que es horrible —dijo el oficial-. Durante las largas noches, en las que estoy esperando mi muerte, siento la gran urgencia de hablar con un judío sobre esto y pedirle perdón de todo corazón." Wiesenthal concluye su relato diciendo: "De pronto comprendí, y sin decir ni una sola palabra, salí de la habitación" (8). Otro judío añade: "No, no he perdonado a ninguno de los culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a ninguno" (9).
Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio. Existen, por otro lado, personas que no se sienten nunca heridas. No es que no quieran ver el mal y repriman el dolor, sino todo lo contrario: perciben las injusticias objetivamente, con suma claridad, pero no dejan que ellas les molesten. "Aunque nos maten, no pueden hacernos ningún daño," es uno de sus lemas (10). Han logrado un férreo dominio de sí mismos, parecen de una ironía insensible. Se sienten superiores a los demás hombres y mantienen interiormente una distancia tan grande hacia ellos que nadie puede tocar su corazón. Como nada les afecta, no reprochan nada a sus opresores. ¿Qué le importa a la luna que un perro le ladre? Es la actitud de los estoicos y quizá también de algunos "gurus" asiáticos que viven solitarios en su "magnanimidad". No se dignan mirar siquiera a quienes "absuelven" sin ningún esfuerzo. No perciben la existencia del "pulgón".
El problema consiste en que, en este caso, no hay ninguna relación interpersonal. No se quiere sufrir y, por tanto, se renuncia al amor. Una persona que ama, siempre se hace pequeña y vulnerable. Se encuentra cerca a los demás. Es más humano amar y sufrir mucho a lo largo de la vida, que adoptar una actitud distante y superior a los otros. Cuando a alguien nunca le duele la actuación de otro, es superfluo el perdón. Falta la ofensa, y falta el ofendido.

5. Mirar al agresor en su dignidad personal

El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás desde sus experiencias dolorosas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está dispuesta a escucharles con un corazón abierto.
El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra (11). Todo ser humano es más grande que su culpa. Un ejemplo elocuente nos da Albert Camus, que se dirige en una carta pública a los nazis y habla de los crímenes cometidos en Francia: "Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres... Nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás" (12). Cada persona está por encima de sus peores errores.
Hace pensar una anécdota que se cuenta de un general del siglo XIX. Cuando éste se encontraba en su lecho de muerte, un sacerdote le preguntó si perdonaba a sus enemigos. "No es posible —respondió el general-. Les he mandado ejecutar a todos" (13).
El perdón del que hablamos aquí no consiste en saldar un castigo, sino que es, ante todo, una actitud interior. Significa vivir en paz con los recuerdos y no perder el aprecio a ninguna persona. Se puede considerar también a un difunto en su dignidad personal. Nadie está totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz.
Al perdonar, decimos a alguien: "No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor". Queremos todo el bien posible para el otro, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y nos esforzamos por quererlo desde el fondo del corazón, con gran sinceridad.

II. ¿Qué actitudes nos disponen a perdonar?

Después de aclarar, en grandes líneas, en qué consiste el perdón, vamos a considerar algunas actitudes que nos disponen a realizar este acto que nos libera a nosotros y también libera a los demás.

1. Amor

Perdonar es amar intensamente. El verbo latín per-donare lo expresa con mucha claridad: el prefijo per intensifica el verbo que acompaña, donare. Es dar abundantemente, entregarse hasta el extremo. El poeta Werner Bergengruen ha dicho que el amor se prueba en la fidelidad, y se completa en el perdón.
Sin embargo, cuando alguien nos ha ofendido gravemente, el amor apenas es posible. Es necesario, en un primer paso, separarnos de algún modo del agresor, aunque sea sólo interiormente. Mientras el cuchillo está en la herida, la herida nunca se cerrará. Hace falta retirar el cuchillo, adquirir distancia del otro; sólo entonces podemos ver su rostro. Un cierto desprendimiento es condición previa para poder perdonar de todo corazón, y dar al otro el amor que necesita.
Una persona sólo puede vivir y desarrollarse sanamente, cuando es aceptada tal como es, cuando alguien la quiere verdaderamente, y le dice: "Es bueno que existas" (14). Hace falta no sólo "estar aquí", en la tierra, sino que hace falta la confirmación en el ser para sentirse a gusto en el mundo, para que sea posible adquirir una cierta estimación propia y ser capaz de relacionarse con otros en amistad. En este sentido se ha dicho que el amor continúa y perfecciona la obra de la creación (15).
Amar a una persona quiere decir hacerle consciente de su propio valor, de su propia belleza. Una persona amada es una persona aprobada, que puede responder al otro con toda verdad: "Te necesito para ser yo mismo."
Si no perdono al otro, de alguna manera le quito el espacio para vivir y desarrollarse sanamente. Éste se aleja, en consecuencia, cada vez más de su ideal y de su autorrealización. En otras palabras, le mato, en sentido espiritual. Se puede matar, realmente, a una persona con palabras injustas y duras, con pensamientos malos o, sencillamente, negando el perdón. El otro puede ponerse entonces triste, pasivo y amargo. Kierkegaard habla de la "desesperación de aquel que, desesperadamente, quiere ser él mismo", y no llega a serlo, porque los otros lo impiden (16).
Cuando, en cambio, concedemos el perdón, ayudamos al otro a volver a la propia identidad, a vivir con una nueva libertad y con una felicidad más honda.

2. Comprensión

Es preciso comprender que cada uno necesita más amor que "merece"; cada uno es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y podemos cansarnos. Perdonar es tener la firme convicción de que en cada persona, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar. Significa creer en la posibilidad de transformación y de evolución de los demás.
Si una persona no perdona, puede ser que tome a los demás demasiado en serio, que exija demasiado de ellos. Pero "tomar a un hombre perfectamente en serio, significa destruirle," advierte el filósofo Robert Spaemann (17). Todos somos débiles y fallamos con frecuencia. Y, muchas veces, no somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos: "no sabemos lo que hacemos" (18). Cuando, por ejemplo, una persona está enfadada, grita cosas que, en el fondo, no piensa ni quiere decir. Si la tomo completamente en serio, cada minuto del día, y me pongo a "analizar" lo que ha dicho cuando estaba rabiosa, puedo causar conflictos sin fin. Si lleváramos la cuenta de todos los fallos de una persona, acabaríamos transformando en un monstruo, hasta al ser más encantador.
Tenemos que creer en las capacidades del otro y dárselo a entender. A veces, impresiona ver cuánto puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchas personas que saben animar a los otros a ser mejores. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, a pesar de todos sus errores y caídas. Actúan según lo que dice la sabiduría popular: "Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo fuese."

3. Generosidad

Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Significa ir más allá de la justicia. Hay situaciones tan complejas en las que la mera justicia es imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se arregla o sustituye. ¿Pero si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo no cubre nunca la pérdida, es donde tiene espacio el perdón.
El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. A veces, no hay soluciones en el mundo exterior. Pero, al menos, se puede mitigar el daño interior, con cariño, aliento y consuelo. "Convenceos que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad -afirma San Josemaría Escrivá... La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo" (19). Y Santo Tomás resume escuetamente: "La justicia sin la misericordia es crueldad" (20).
El perdón trata de vencer el mal por la abundancia del bien (21). Es por naturaleza incondicional, ya que es un don gratuito del amor, un don siempre inmerecido. Esto significa que el que perdona no exige nada a su agresor, ni siquiera que le duela lo que ha hecho. Antes, mucho antes que el agresor busca la reconciliación, el que ama ya le ha perdonado.
El arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para el perdón, aunque sí es conveniente. Es, ciertamente, mucho más fácil perdonar cuando el otro pide perdón. Pero a veces hace falta comprender que en los que obran mal hay bloqueos, que les impiden admitir su culpabilidad.
Hay un modo "impuro" de perdonar (22) cuando se hace con cálculos, especulaciones y metas: "Te perdono para que te des cuenta de la barbaridad que has hecho; te perdono para que mejores." Pueden ser fines educativos loables, pero en este caso no se trata del perdón verdadero que se concede sin ninguna condición, al igual que el amor auténtico: "Te perdono porque te quiero —a pesar de todo."
Puedo perdonar al otro incluso sin dárselo a entender, en el caso de que no entendería nada. Es un regalo que le hago, aunque no se entera, o aunque no sabe por qué.

4. Humildad

Hace falta prudencia y delicadeza para ver cómo mostrar al otro el perdón. En ocasiones, no es aconsejable hacerlo enseguida, cuando la otra persona está todavía agitada. Puede parecerle como una venganza sublime, puede humillarla y enfadarla aún más. En efecto, la oferta de la reconciliación puede tener carácter de una acusación. Puede ocultar una actitud farisaica: quiero demostrar que tengo razón y que soy generoso. Lo que impide entonces llegar a la paz, no es la obstinación del otro, sino mi propia arrogancia.
Por otro lado, es siempre un riesgo ofrecer el perdón, pues este gesto no asegura su recepción y puede molestar al agresor en cualquier momento. "Cuando uno perdona, se abandona al otro, a su poder, se expone a lo que imprevisiblemente puede hacer y se le da libertad de ofender y herir (de nuevo)" (23). Aquí se ve que hace falta humildad para buscar la reconciliación.
Cuando se den las circunstancias -quizá después de un largo tiempo- conviene tener una conversación con el otro. En ella se pueden dar a conocer los propios motivos y razones, el propio punto de vista; y se debe escuchar atentamente los argumentos del otro. Es importante escuchar hasta el final, y esforzarse por captar también las palabras que el otro no dice. De vez en cuando es necesario "cambiar la silla", al menos mentalmente, y tratar de ver el mundo desde la perspectiva del otro.
El perdón es un acto de fuerza interior, pero no de voluntad de poder. Es humilde y respetuoso con el otro. No quiere dominar o humillarle. Para que sea verdadero y "puro", la víctima debe evitar hasta la menor señal de una "superioridad moral" que, en principio, no existe; al menos no somos nosotros los que podemos ni debemos juzgar acerca de lo que se esconde en el corazón de los otros. Hay que evitar que en las conversaciones se acuse al agresor siempre de nuevo. Quien demuestra la propia irreprochabilidad, no ofrece realmente el perdón. Enfurecerse por la culpa de otro puede conducir con gran facilidad a la represión de la culpa de uno mismo. Debemos perdonar como pecadores que somos, no como justos, por lo que el perdón es más para compartir que para conceder.
Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, aunque algunas veces quizá no nos demos cuenta. Necesitamos el perdón para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Es importante que cada uno reconozca la propia flaqueza, los propios fallos -que, a lo mejor, han llevado al otro a un comportamiento desviado-, y no dude en pedir, a su vez, perdón al otro.

5. Abrirse a la gracia de Dios

No podemos negar que la exigencia del perdón llega en ciertos casos al límite de nuestras fuerzas. ¿Se puede perdonar cuando el opresor no se arrepiente en absoluto, sino que incluso insulta a su víctima y cree haber obrado correctamente? Quizá nunca será posible perdonar de todo corazón, al menos si contamos sólo con nuestra propia capacidad.
Pero un cristiano nunca está solo. Puede contar en cada momento con la ayuda todopoderosa de Dios y experimentar la alegría de ser amado. El mismo Dios le declara su gran amor: "No temas, que yo... te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán... Eres precioso a mis ojos, de gran estima, yo te quiero" (24).
Un cristiano puede experimentar también la alegría de ser perdonado. La verdadera culpabilidad va a la raíz de nuestro ser: afecta nuestra relación con Dios. Mientras en los Estados totalitarios, las personas que se han "desviado" -según la opinión de las autoridades- son metidas en cárceles o internadas en clínicas psiquiátricas, en el Evangelio de Jesucristo, en cambio, se les invita a una fiesta: la fiesta del perdón. Dios siempre acepta nuestro arrepentimiento y nos invita a cambiar (25). Su gracia obra una profunda transformación en nosotros: nos libera del caos interior y sana las heridas.
Siempre es Dios quien ama primero y es Dios quien perdona primero (26). Es Él quien nos da fuerzas para cumplir con este mandamiento cristiano que es, probablemente, el más difícil de todos: amar a los enemigos (27), perdonar a los que nos han hecho daño (28). Pero, en el fondo, no se trata tanto de una exigencia moral —como Dios te ha perdonado a ti, tú tienes que perdonar a los prójimos- cuanto de un imperativo existencial: si comprendes realmente lo que te ha ocurrido a ti, no puedes por menos que perdonar al otro. Si no lo haces, no sabes lo que Dios te ha dado.
El perdón forma parte de la identidad de los cristianos; su ausencia significaría, por tanto, la pérdida del carácter de cristiano. Por eso, los seguidores de Cristo de todos los siglos han mirado a su Maestro que perdonó a sus propios verdugos (29). Han sabido transformar las tragedias en victorias.
También nosotros podemos, con la gracia de Dios, encontrar el sentido de las ofensas e injusticias en la propia vida. Ninguna experiencia que adquirimos es en vano. Muy por el contrario, siempre podemos aprender algo. También cuando nos sorprende una tempestad o debemos soportar el frío o el calor. Siempre podemos aprender algo que nos ayude a comprender mejor el mundo, a los demás y a nosotros mismos. Gertrud von Le Fort dice que no sólo el claro día, sino también la noche oscura tiene sus milagros. "Hay ciertas flores que sólo florecen en el desierto; estrellas que solamente se pueden ver al borde del despoblado. Existen algunas experiencias del amor de Dios que sólo se viven cuando nos encontramos en el más completo abandono, casi al borde de la desesperación" (30).

Reflexión final

Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida y actuar con creatividad.
Sin embargo, no parece adecuado dictar comportamientos a las víctimas. Es comprensible que una madre no pueda perdonar enseguida al asesino de su hijo. Hay que dejarle todo el tiempo que necesite para llegar al perdón. Si alguien le acusara de rencorosa o vengativa, engrandaría su herida. Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo de la Edad Media, aconseja a quienes sufren, entre otras cosas, que no se rompan la cabeza con argumentos, ni leer, ni escribir; antes que nada, deben tomar un baño, dormir y hablar con un amigo (31). En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor. Necesitamos tranquilizarnos; seguir el ritmo de nuestra naturaleza nos puede ayudar mucho. Sólo una persona de alma muy pequeña puede escandalizarse de ello.
Perdonar puede ser una labor interior auténtica y dura. Pero con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la ayuda de la gracia divina, es posible realizarla. "Con mi Dios, salto los muros," canta el salmista. Podemos referirlo también a los muros que están en nuestro corazón.
Si conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un mundo habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad; podremos proyectar juntos un futuro realmente nuevo. Para terminar, nos pueden ayudar unas sabias palabras: "¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona."
(1) Ch. DE CHERGÉ, Testament spirituel (1994), en B. CHENU, L'invincible espérance, Paris 1997, p.221.
(2) Se ha destacado que la justicia, junto con la verdad, son los presupuestos del perdón. Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz Ofrece el perdón, recibe la paz, 1-I-1997.
(3) Mt 5,38.
(4) M. SCHELER, Das Ressentiment im Aufbau der Moralen, en Vom Umsturz der Werte, Bern 51972, pp.36s.
(5) P. RAYBON, My First White Friend, New York 1996, p.4s.
(6) Cfr. D. von HILDEBRAND, Moralia, Werke IX, Regensburg 1980, p.338.
(7) A. KOLNAI, Forgiveness, en B. WILLIAMS; D. WIGGINS (eds.), Ethics, Value and Reality. Selected Papers of Aurel Kolnai, Indianapolis 1978, p.95.
(8) Cfr. S. WIESENTHAL, The Sunflower. On the Possibilities and Limits of Forgiveness, New York 1998. Sin embargo, la cuestión del perdón se presenta abierta para este autor. Cfr. IDEM, Los límites del perdón, Barcelona 1998.
(9) P. LEVI, Sí, esto es un hombre, Barcelona 1987, p.186. Cfr. IDEM, Los hundidos y los salvados, Barcelona 1995, p.117.
(10) Se suele atribuir esta frase al filósofo estoico Epicteto, que era un esclavo. Cfr. EPICTETO, Handbüchlein der Moral, ed. por H. Schmidt, Stuttgart 1984, p.31. Los mártires de todos los tiempos sabían interpretar estas palabras de un modo cristiano.
(11) El odio no se dirige a las personas, sino a las obras. Cfr. Rm 12,9. Apoc 2,6.
(12) A. CAMUS, Carta a un amigo alemán, Barcelona 1995, p.58.
(13) Cfr. M. CRESPO, Das Verzeihen. Eine philosophische Untersuchung, Heidelberg 2002, p.96.
(14) J. PIEPER, Über die Liebe, München 1972, p.38s.
(15) Cfr. ibid., p.47.
(16) S. KIERKEGAARD, Die Krankheit zum Tode, München 1976, p.99.
(17) R. SPAEMANN, Felicidad y benevolencia, Madrid 1991, p.273.
(18) Pero también existe un no querer ver, una ceguera voluntaria. Cfr. D. von HILDEBRAND, Sittlichkeit und ethische Werterkenntnis. Eine Untersuchung über ethische Strukturprobleme, Vallendar 31982, p.49.
(19) J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, n.172.
(20) TOMÁS DE AQUINO, In Matth., 5,2.
(21) Cfr. Rm 12,21.
(22) Cfr. V. JANKÉLÉVITCH, El perdón, Barcelona 1999, p.144.
(23) A. CENCINI, Vivir en paz, Bilbao 1997, p.96.
(24) Is 43,1-4.
(25) "No peques más." Jn 8,11.
(26) Nuestro perdón es una consecuencia del perdón que hemos recibido. Cfr. Mt 18,12-14. Lc 19,1-10. Ef 4,32-5,2. Col 3,13.
(27) Cfr. Mt 5,43-48. En cambio, Lev 19,18: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo."
(28) Cfr. Mt 5,23-24; 6,12. Mc 11,25. Lc 11,4.
(29) Cfr. Lc 23,34.
(30) G. von LE FORT, Unser Weg durch die Nacht, en Die Krone der Frau, Zürich 1950, pp.90s.
(31) Cfr. TOMÁS DE AQUINO, Summa theologiae I-II, q.22.

martes, 4 de junio de 2013

La lógica del don



La lógica del don
Acto de Clausura de Curso
Colegio Mayor Albalat (Valencia)
11 de mayo de 2013

[Anécdota de Nora]
Este año he realizado una estancia postdoctoral en Estados Unidos investigando el tema del que me han pedido que les hable hoy. Me encontraba cerca de Boston, y todos los días tenía que coger un autobús a las 9:00 de la mañana para ir a la universidad. Hubo un día que el autobús no vino. El siguiente pasaba a las 10:30, así que nos tocó esperar hora y media en la parada. Esta circunstancia propició una mayor “solidaridad” entre los afectados, y fue fácil iniciar una conversación con dos estudiantes de segundo de carrera una vez entramos en el autobús. Eran un chico y una chica.
En este grupo, yo era el exótico, así que me hicieron las preguntas de rigor: “¿De dónde eres tú?” y “¿Qué estás haciendo en la universidad?” Lo interesante vino con la segunda cuestión. Les expliqué que estaba estudiando la lógica del don y sus implicaciones en las organizaciones.
La chica, que se llama Nora, me preguntó: “¿Qué es eso de la lógica del don?” En dos o tres frases le vine a explicar que el don suponía dar algo sin esperar nada a cambio, de forma gratuita. Recuerdo que la chica se quedó un poco en silencio. Luego me sonrió, y me preguntó: “Oye, ¿y tú te crees que eso es posible?”
Les tengo que ser sinceros: esta pregunta me dio mucho que pensar. Daba la impresión de que a esta chica no le parecía razonable dar sin esperar nada a cambio, y por eso lo relegaba al ámbito de la creencia personal, como si se tratara de algo propio de personas ingenuas. De alguna forma, esa duda reflejaba también cierta sospecha, como si tuviéramos que andar con cuidado con el don. Esta conversación estimuló más aún la curiosidad para la investigación.

[Lo que chirría: obligación e intercambio apuntan a transacción]
Vamos a tratar de circunscribir mejor nuestro problema. Hay muchas razones por las que uno da algo. Pensemos en un libro. Uno puede dar un libro a alguien porque lo había cogido prestado anteriormente. Es lo que sucede por ejemplo en la biblioteca del Colegio Mayor. Uno da el libro por la obligación que ha asumido. También uno puede dar un libro porque ha recibido dinero a cambio. Sería el caso de quien vende un libro. Y también cabe la posibilidad de dar un libro como un regalo a otra persona por su cumpleaños. Se trataría de una acción supuestamente libre y espontánea, que no reclamaría nada a cambio. Este último tipo de dar sería el correspondiente al don.
Sin embargo, alguien como Nora podría poner en entredicho la misma posibilidad del don. Realmente, el que da siempre obtiene algo. Incluso en el caso de que efectivamente no hubiera ninguna contraprestación, el que da recibiría, al menos, una muestra de agradecimiento, que ensombrecería ese “querer dar sin nada a cambio”.
Pero el problema no es menor para quien recibe el regalo. El sentido de reciprocidad obliga al que recibe a compensar al dador. Se ha producido una situación de asimetría en la relación, de tal forma que uno se encuentra en deuda con el otro, como si se le quedara sometido. En el fondo, esta deuda explicaría por qué hay gente que no le gusta recibir regalos de nadie, para así no tener que devolver algo equivalente.
Así, pues, tenemos dos puntos que chirrían: que el que da un regalo, siempre recibe algo, y el que recibe el regalo, queda obligado a contrapesar la deuda, y podría parecer que más que hacerle un favor, se le ha complicado la vida. Ambos puntos confluyen en la sospecha que considera el don como algo imposible en sí mismo, o, como mucho, una mera ilusión. El don sería, más bien, como el papel de regalo: la envoltura que cubre algo que no sería otra cosa más que una transacción.
Si esto fuera así, Nora tendría razón: regalar, dar sin esperar nada a cambio, sería una ingenuidad. Algo parecido al fenómeno de los Reyes Magos. De alguna forma, el descubrimiento de la verdadera identidad de estos personajes señala un punto de no retorno en la vida de cada persona: ya no hay vuelta atrás. En ese momento –quizá inolvidable- se percibe que la magia de la infancia se desvanece irremisiblemente.
En este punto caben dos posibilidades. O bien nos encogemos de hombros y seguimos adelante, con una interpretación razonablemente adulta del don como mero papel de regalo, o bien hacemos como los niños, que se empeñan en un obtener una respuesta convincente a preguntas difíciles: ¿todo don es realmente una aparente transacción o hay algo más que se nos escapa?

[Introducción de la lógica]
Aquí viene muy al caso el poder distinguir. Hay cosas que no necesitan distinción, como por ejemplo el cielo y la tierra. Nadie los confundiría, porque son perfectamente discernibles. Pero hay otras cosas que requieren de un análisis un poco más fino, que nos permita realizar distinciones a fin de no confundir cosas en sí mismas distintas.
Es cierto que el dar un regalo conlleva un intercambio y una obligación. El que da un regalo, algo recibe, y el que recibe un regalo, no le cabe en la cabeza no devolver algo a cambio. Pero a mí me parece que la distinción entre transacción y donación se encuentra fundamentalmente en la lógica que se articula detrás de estas acciones.
Quizá estamos demasiado marcados por un razonamiento económico basado en la transacción y en el interés. El dar para recibir es clave en las relaciones sociales y económicas. Como hay escasez de recursos, y uno necesita cosas de las que carece, uno las consigue mediante el intercambio, ya sea con su propio trabajo, ya sea negociando, ya sea simplemente comprándolas.
Nuestro problema radica en proponer una lógica que haga genuina la donación. ¿Cómo sería la gramática que nos permitiera leer adecuadamente y sin sospecha el fenómeno del dar sin esperar nada a cambio? Y todavía más importante: si fuéramos capaces de esbozar, aunque fuera mínimamente, la lógica del don, a partir de ella podríamos señalar las limitaciones inherentes al razonamiento basado en términos transaccionales. De esa forma sabríamos qué cosas le podemos pedir a la transacción y qué cosas no le podemos pedir por quedar fuera de sus posibilidades. Verdaderamente nuestra mente se vería ampliada.

[Aprecio]
Se puede distinguir un elemento de carácter intangible que acompaña siempre al objeto que se entrega. Podríamos llamarlo de modo genérico aprecio. Al dar un regalo, también damos aprecio. El regalo manifiesta que apreciamos al otro.
No obstante, este aprecio puede ser transaccional: apreciamos al otro o a la otra por el interés para conseguir algo más después. Se trata de un aprecio condicional. Sería como afirmar: te valoro en la medida en que me puedas ayudar a conseguir esto que me interesa, en la medida en que me lo paso bien contigo, en definitiva, en la medida en que me devolverás los favores que yo te haga.
Hay un pasaje de El Principito que nos podría ayudar en este punto. Cuando el principito llega a la tierra, una de las primeras cosas que descubre es un campo de rosas. Al verlo, se siente muy desgraciado: él pensaba que en todo el universo sólo existía la rosa que había cultivado en su planeta, y ahora se encontraba con más de cinco mil rosas muy similares. Su rosa no era más que una rosa ordinaria.
De algún modo, el principito cae en la cuenta que su rosa es “intercambiable”. Esta misma percepción se encuentra detrás de toda relación de carácter transaccional: mantenemos la relación con el otro en la medida en que sirve al propio interés, de tal forma que el otro aparece como un medio, que bien pudiera ser “sustituido” por otro que fuera más eficaz.
Sigamos con el principito. Al poco de dejar el campo de rosas, se cruza con el zorro. El principito se encuentra bastante triste y abatido. El zorro inicia la conversación y le pide que le “domestique”. El principito no sabe qué es eso de domesticar. El zorro le dice: “Domesticar es crear lazos”. Le explica que, ahora que no está domesticado, él es semejante a otros cien mil zorros para el principito. Sin embargo, le dice el zorro: “si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo”[1].
Ser único para alguien implica no ser intercambiable. Este lazo rompe la máscara del anonimato. Ser único supone ser apreciado por sí mismo, no por las cualidades, ni por los éxitos, ni por el dinero, ni por el poder. En definitiva, se trata de un aprecio incondicional. ¿Y cuánto vale este aprecio? En realidad este tipo de aprecio no tiene precio. Por eso solo puede ser gratuito. No es posible dar nada a cambio de semejante don. Aquí la gratuidad no supone ingenuidad o engaño: significa radicalmente que no tiene precio.
Cuando uno capta este mensaje en su más honda realidad, nace algo que muy difícilmente proporciona una transacción. Al recibir el don incondicional, se nos está diciendo: “Es bueno que tú existas”. Esta afirmación alimenta una alegría profunda. El don incondicional nos hace únicos para el otro, y nos asegura que no somos intercambiables. De ahí que la donación no engendre temor por la deuda acumulada sino gratitud por el don inmerecido.
En términos transaccionales, deberíamos decir que la deuda generada en la donación no se puede cancelar. Y dado que no se puede cancelar, tampoco se puede hablar propiamente de una obligación.
Esto se refleja perfectamente en las palabras que se intercambian después de dar algo gratuitamente. El que recibe suele responder diciendo “Gracias”, y a veces “Muchas gracias”. De ese modo manifiesta gratitud hacia el otro por haber recibido una gracia, un don, algo no exigido ni exigible sino gratuito. Y el que ha dado suele replicar “De nada”. Con estas palabras, quien da libera al que recibe de la obligación de dar después, porque recalca que lo ha hecho libremente, por “nada”, sin esperar otra cosa a cambio, sino por la única razón de ser el otro quien es.

[Bienes que se dan y premisa para dar]
Este dinamismo que articula gratuidad y gratitud permite la circulación de un cierto tipo de bienes que no se ven ni se miden, pero que hacen que esta vida valga la pena ser vivida. El amor personal, la amistad, el perdón, incluso la experiencia de la belleza, no pueden ser comprados o producidos autónomamente: siempre son recibidos.
Aquí nos sale al paso la premisa sobre la que se apoya, en última instancia, la lógica del don. En realidad, podríamos decir que la donación invierte el razonamiento de la transacción: no damos porque esperamos recibir, sino que damos porque hemos recibido.
Este punto vale la pena revisarlo con calma. Si la donación permite abrirse a un tipo de bienes que solo pueden ser disfrutados cuando son recibidos y compartidos, entonces hemos de repensar las categorías con las que muchas veces se habla de la identidad humana.
En 1968 -año de revoluciones culturales radicales-, Joseph Ratzinger también lanzó su propia propuesta revolucionaria. En un libro que recogía un curso de verano impartido en Tubinga escribió:
El hombre vuelve profundamente a sí mismo no por lo que hace, sino por lo que recibe[2].
Estas palabras suponen un cuestionamiento de la lógica dominante que identifica al hombre fundamentalmente con sus posibilidades de acción. El poder tecnológico constituiría quizá la manifestación más acabada de este planteamiento. Sin embargo, la preeminencia de la acción limita el horizonte vital humano a aquello que el hombre consigue o logra por su propio esfuerzo.
Con estas palabras, Ratzinger nos ayuda a encontrar el verdadero eslabón perdido del hombre moderno, demasiado preocupado en el hacer y en el tener, y un tanto desorientado a la hora de dar. Si asumimos esta premisa, podríamos decir que, para poder dar de modo incondicional, antes hay que haber sido capaz de recibir un don incondicional.
Tomar en serio esta premisa sobre la identidad humana viene a ser como un giro copernicano. De la misma forma que el sistema heliocéntrico pudo explicar mejor y de modo más sencillo la trayectoria de los planetas que si se asumía la centralidad de la tierra en el sistema solar, la apertura a recibir dones incondicionales nos abre a una explicación más sencilla de la realidad profunda del hombre, al tiempo que se ponen en evidencia las limitaciones del paradigma utilitarista dominante hoy en día. Vamos a detenernos solamente en dos aspectos, uno positivo y el otro negativo.
[Aceptarse y dejarse querer]
Empecemos con el negativo. Para ello, planteemos una pregunta valiente: ¿en qué consiste la situación más trágica para la persona?
De acuerdo con la lógica de la transacción, esa situación estaría ligada a la escasez de recursos. Si éstos disminuyen o si la capacidad para generar nuevos recursos declina, ya sea por enfermedad o por la edad, uno se aboca a una situación de pobreza o indigencia.
Pero si acudimos a la gramática de la donación, podemos hacer una lectura diferente. La auténtica pobreza sería, más bien, la escasez de alegría, la incapacidad de alegrarse por la ausencia de un don incondicional.
¿Y a qué es debido esto? La lógica esbozada nos proporcionaría una respuesta nítida: a que uno no se abre a recibir. Nos cerramos por miedo a quedar expuestos al rechazo. Tememos nuestra condición de vulnerabilidad, de nuestra dependencia de los demás para alcanzar nuestra plenitud. Este miedo nos acercaría peligrosamente a una situación verdaderamente trágica: el autorrechazo.
¿Qué significa el autorrechazo? Supone una insatisfacción profunda por no aceptarse, una insatisfacción que se percibe como irresoluble –irresoluble si lo baso en mi propio esfuerzo, en mi propia capacidad de acción. Queremos tener ciertas cosas, queremos exigir un cierto standard de perfección, y mientras corremos detrás de ello, avanzamos, pero llega un momento en que uno se da cuenta de que nunca alcanzará ese ideal porque es autoconstruido y siempre podrá ser sometido a condiciones más exigentes.
Este es realmente el hechizo de la transacción: pensar que somos lo que tenemos, pensar que se puede comprar cualquier cosa, incluso el aprecio incondicional de los demás. Uno aspira a ser superman, o una aspira a ser superwoman, queremos que nos salga todo según nuestras expectativas y cálculos, como si todo dependiera de nuestro esfuerzo, y resulta que la realidad circula por otros derroteros. En definitiva, no acabamos de aceptar que las cosas no sean perfectas –perfectas según nuestras categorías.
La lógica de la donación nos lleva a ver la vida no como una competición sino como un regalo. Algo inmerecido –que no lo podemos exigir- y llamado a ser disfrutado. Este nuevo modo de mirar empieza por la percepción misma de cada día: de hecho, el hoy se llama también presente porque tiene sentido de regalo. Mis talentos y mis condiciones personales, mejores o peores –da igual-, son todos recibidos. Lo podíamos no tener, y, sin embargo, lo tenemos sin mérito alguno por nuestra parte.
Este modo de razonar no cambia la realidad: cambia nuestro modo de mirarla. Un ejemplo quizá lo pueda aclarar. Se dice en el lenguaje coloquial que uno se mira el ombligo cuando está pendiente de sí mismo, de sus propios intereses, cuando todo gira alrededor suyo. Ahora bien, si uno se fija en su propio ombligo puede descubrir una señal grabada justo en el centro de su cuerpo que nos recuerda permanentemente que nuestra vida es recibida de otros. Constituye un símbolo del amor gratuito y sin condiciones de nuestros padres. La centralidad corporal del ombligo evoca la centralidad vital del don. 

[Encuentro de gratuidades]
Este punto nos permite dar el paso a la otra consecuencia que hemos mencionado. La lógica de la transacción se mueve en términos de equilibrio. El equilibrio supone cálculo, sopesar lo que hay en juego, establecer condiciones y proporcionar la medida más ajustada. Esta mentalidad permite controlar y planificar. Uno sabe lo que puede recibir de los demás, en función de lo que está dispuesto a dar o perder.
La lógica de la donación desafía de raíz este planteamiento. También hay un componente de riesgo, pero se trata de un riesgo sin red, sin seguro, precisamente porque su razón de ser estriba en no exigir ni obligar al otro a que responda. Ciertamente la donación puede verse completamente rechazada, pero nos abre a un horizonte que está vedado a quien razona en términos transaccionales.
Heráclito, un filósofo griego, describió muy bien esta diferencia. Aunque se le conocía como “Heráclito el oscuro”, hay que decir que de vez en cuando era capaz de ofrecer flashes muy luminosos. Como es ahora nuestro caso. Escribió Heráclito:
A quien aguarda le sucede lo aguardado, a quien espera le acontece lo inesperado[3].
Lo aguardado equivale a lo calculado y a las expectativas, aspectos propios de la transacción. Aquí no cabe mucha sorpresa. Sin embargo, como la donación razona en términos de incondicionalidad, puede abrirse a lo inesperado, a la novedad más radical. Uno se abre a recibir bienes no calculados por él mismo sino que nacen de la personalidad única del otro. En definitiva, quien ha aprendido la lógica de la donación sabe cultivar la capacidad de asombrarse.
Así pues, en el ADN específico de la donación encontramos una carencia de exigencias y una capacidad de asombro. Pero esto no es suficiente. Heráclito nos proporciona una pista muy valiosa. Mientras la transacción busca seguridades de contraprestación, la donación se nutre de la esperanza: la convicción de que el acto de dar incondicionalmente tendrá una resonancia muy particular en el interior del otro.
Sucede lo mismo que con un puente colgante. Puede que muchas veces pasen por ahí gentes y coches que no “afectan” a la estructura del puente. Podríamos decir que el puente se comporta como debe comportarse, como está previsto que se comporte. Está quieto, o a la sumo se balancea un poco. Pero si por él pasa un regimiento de soldados, marcando un determinado paso, de modo constante, puede que el puente entre en resonancia: la frecuencia del andar transmite una energía al puente que le lleva a vibrar de modo inesperado e incontrolado. Este efecto solo se produce con un determinado ritmo de paso que transmite una energía de efectos muy potentes.
Así opera la esperanza en la lógica de la donación. Cuando damos incondicionalmente, nos abrimos a que el otro también dé incondicionalmente, esto es, libremente y por sí mismo, sin limitaciones provenientes de la obligación o del deber sino con aquello que únicamente él o ella puede aportar por ser quien es. Por eso, al dar un don estamos proporcionando las condiciones adecuadas para que el otro dé lo mejor de sí mismo. Cuando el otro corresponde al don incondicionado recibido no se cancela ninguna deuda: acontece un encuentro de gratuidades.
Quizá unos versos de Pedro Salinas pueden contribuir a ilustrar el efecto resonante que puede provocar la lógica del don:
Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
de ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo[4].
Nuestro mejor yo sale a la luz cuando correspondemos al don incondicional recibido, aunque para ello haya que superar un cierto dolor inicial debido al temor a la deuda. Para que salga a la luz ese mejor yo necesitamos del aprecio incondicional que nos es dado por alguien: no puede ser exigido ni conquistado ni comprado por nosotros. De ahí que el poeta acierte a decir que él lo ve aunque quizá nosotros estemos obtusos para verlo. Pero el poeta tiene esperanza, lo mismo que quien da gratuitamente, y por eso puede ser protagonista de un acontecimiento inesperado e incontrolado: con su don permite sacar el mejor tú.

[Conclusión. Despedida del zorro]
La gramática de la donación permite conjugar el asombro con la alegría, propios de quien sabe disfrutar con el regalo recibido; la gramática de la donación permite leer la propia vida como una aventura llena de tesoros escondidos que le toca a uno descubrir, y finalmente, la gramática de la donación permite ayudar a escribir a otros su mejor historia personal.
Al final de la conversación entre el zorro y el principito, queda claro por qué aquella rosa era única para el principito. El zorro le explica: “Lo que hace más importante a tu rosa es el tiempo que tú has perdido con ella”. Pocas cosas hay que contribuyan tanto a crear lazos personales como el dedicar tiempo gratuitamente a los demás. ¿Por qué? Porque el tiempo sí que nos pertenece en exclusiva, y una vez gastado, ya no vuelve. Es totalmente nuestro. Al dedicar tiempo a alguien, ese alguien se hace único en nuestra vida. Bien lo saben los padres aquí presentes, y casi me atrevería a decir que todavía lo saben mejor las madres.
El zorro despidió al principito compartiendo con él su secreto. Quizá si Nora hubiera sabido este secreto no habría relegado el don al ámbito de la fantasía o de la utopía. Desde luego, este secreto cambió el modo de mirar del principito. Le reveló su verdad más profunda, y a partir de entonces no solo recuperó la alegría que había perdido, sino que halló la correcta disposición para cultivar el gozo auténtico.
El zorro le dijo al principito: “He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. (...) Los hombres han olvidado esta verdad, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...”[5].
Muchas gracias.









[1] Antoine de Saint-Exupéry, El principito, Salamandra, Barcelona 92007, p. 68.
[2] Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, Sígueme, Salamanca 2005, p. 222.
[3] Cit. en Leonardo Polo, Quién es el hombre, Rialp, Madrid 21993, p. 59.
[4] Pedro Salinas, La voz a ti debida, Alianza, Madrid 2005.
[5] Antoine de Saint-Exupéry, El principito, o.c., pp. 72-74.