lunes, 10 de mayo de 2010

Matrimonio no hay más que uno

ROMA, domingo, 2 de mayo de 2010 (ZENIT.org).-Existe un sólo matrimonio: no hay un matrimonio civil y otro religioso. Lo aclara en esta entrevista concedida a ZENIT un escritor y sacerdote, autor de "El libro del matrimonio" (Planeta, 2010), donde repasa esta institución y ofrece claves para comprender lo que él llama "esa misteriosa unión".


Profesor de Antropología en el Centro Universitario Villanueva (Universidad Complutense de Madrid) y capellán, José Pedro Manglano (www.manglano.org) es doctor en Filosofía y combina su trabajo sacerdotal con cursos, conferencias y con la dirección del sello Planeta Testimonio.

Manglano es miembro del Consejo Asesor del Observatorio para la Libertad Religiosa y de Conciencias (www.libertadreligiosa.es).

--Oiga... ¿cuántos matrimonios hay?

--Manglano: Matrimonios no hay más que uno.

No podemos olvidar que solo se casan quienes se casan. ¡Nadie les casa! Cuando hacen el acto libre de entrega total en su ser masculino y femenino, generan una relación particular que llamamos ‘matrimonio'. Consiste en una unión orgánica, de modo que dos forman ‘una sola carne'. Esto -insisto- sólo pueden hacerlo los que se casan. Sólo ellos fundan o crean un nuevo matrimonio.

Por lo tanto, no hay un matrimonio civil y otro religioso. No. Eso son instancias que reconocen o no el matrimonio, el único matrimonio. El Estado dice: ‘Si queréis que yo os reconozca como matrimonio, si queréis que mi legislación sobre el matrimonio se os aplique, yo-Estado os exijo que el consentimiento os lo deis delante de un funcionario, con tantos testigos, que rellenéis estos impresos... y lo que sea'. La pareja que quiere ser reconocida por el Estado hace su matrimonio -¡el único!- del modo establecido por la autoridad civil. Hablamos, entonces
de que esa pareja ha realizado un matrimonio civil.

También la Iglesia, para reconocer a los cristianos su matrimonio, puede exigir unas formalidades en el modo de contraerlo. Entonces hablamos de matrimonio religioso, pero es el único matrimonio.

--La alianza, el arroz, las arras... cuénteme de dónde surge todo esto...

--Manglano: ¡Todo esto! Imposible. Cada una de estas tradiciones se forma en un lugar y momento casi siempre indeterminado, se configura poco a poco, arraiga también en otros lugares...

Se trata de expresiones en lenguaje simbólico. Esto es, las realidades abstractas o espirituales -como puede ser el deseo de prosperidad, el deseo de descendencia, la pertenencia de uno al otro...- se pueden expresar y manifestar de manera física, corporal, material. Los hombres necesitamos hacerlo. Estos símbolos y rituales son profundamente humanos. Conviene conocer su sentido y realizarlos con autenticidad. De lo contrario, se convierten en formalismos o en elementos ornamentales, que terminan por ahogar con liturgias llenas de vacío.

El arroz, por ejemplo, es una tradición muy joven, importada de Asia. En Oriente el arroz es símbolo de fertilidad y riqueza. Quienes provocan una lluvia de arroz a los nuevos esposos les desean una gran familia y abundancia en todos los sentidos. En las bodas griegas ortodoxas, sin embargo, se arrojaban almendras cubiertas de azúcar o pintadas de rojo. Su significado es el mismo, y proviene de que el almendro es el primer árbol que florece en la primavera.

--El matrimonio es un sacramento de dos, mientras los otros sacramentos son "individuales". ¿Por qué es así?

--Manglano: Efectivamente, son dos quienes ‘sufren' la acción del Espíritu de Dios, acción que hace de ambos una sola carne. Podríamos hablar que la acción transformadora que opera este sacramento es la de realizar una unidualidad, una comunión total de vida y amor.

A partir de su acto libre por el que deciden unirse, el Espíritu constituye una comunión que la libertad de ambos deberá realizar progresivamente en sus vidas.

Es un sacramento de dos en el sentido de que antes son dos y es un sacramento de uno en el sentido de que después son uno.

--El matrimonio... ¿se descubre o se fabrica?

--Manglano: Me parece que esa es la cuestión moderna más interesante. En un siglo XX marcado por la filosofía de la sospecha --sospecha ante todo lo que parece impuesto al hombre-, decidimos reinventar el matrimonio. Llevamos cincuenta años experimentando, afirmando: ‘el matrimonio es cuestión de que mi pareja nos queremos, y nadie tiene que decirnos cómo vivir, ni darnos reglas que rompan la espontaneidad libre de nuestra relación'.

El Time publicaba recientemente que el último informe del Pew Research Center concluía que los jóvenes del milenio -quienes tienen 18 años- resultan algo convencionales: el 52% de ellos se marcan como primer objetivo ser un padre ejemplar y lograr un matrimonio estable y fiel. Se ve que los inventos han generado más dolor que felicidad. Podríamos decir que el matrimonio institucional -por contraponerlo al matrimonio a la carta fabricado por la pareja- sigue siendo el ideal.

Me ha resultado interesante estudiar esta cuestión en diálogo con las letras de las canciones de Joaquín Sabina. Él afirma que creía que se trataba de estrellas y resultaron ser tubos de neon; esto es, que no se trata de un misterio sino de algo de fabricación cultural. Sin embargo, estoy convencido de que el matrimonio, lejos de inventarlo, nos inventa. El matrimonio tiene su ADN particular, no estipulado por nadie sino por la misma verdad del amor esponsal.

--Históricamente había bodas entre recién nacidos... Hemos mejorado, ¿no?

-P. Manglano: Hemos mejorado mucho, y también hemos empeorado mucho. El matrimonio, en sí mismo, es un modo de vida que hace bueno y feliz al hombre. El matrimonio resulta intensamente atractivo tal y como es, pero está siempre amenazado por la mezquindad de la que es capaz el hombre. El hombre suele atacar -sin mala intención, pero ataca- la verdad del matrimonio para manipularlo según su interés.

En el siglo VIII el resultado de esta manipulación fue éste: cuando los misioneros cristianos llevan el Evangelio a los pueblos bárbaros, en Bulgaria y en otros pueblos germánicos encuentran la tradición de casar a los niños apenas recién nacidos. Era una forma de lograr las alianzas familiares y sus beneficios económicos o políticos, adelantando los tiempos. El protagonismo del casamiento, entonces, no lo tenía el amor. Esto solo llegó en torno al siglo XI, precisamente cuando la teología cristiana estudia la Trinidad y redescubre que Dios es un moviendo eterno de Amor; por lo tanto, el amor es importante, y en los matrimonios deberá respetarse su papel, su insustituible protagonismo.

Sí, en esta percepción hemos mejorado. Pero al mismo tiempo hemos perdido otras percepciones, como el valor liberador de la institución, o la necesidad de la paciencia y el ‘dominio de sí' para realizar con fidelidad y en plenitud el proyecto creado, o el poder destructor de la anticoncepción...

--Sin vínculos no hay libertad, afirma usted. ¿Es una provocación?

--Manglano: ¡Me gusta! Mientras no se provoca a la razón, el racionalismo nos limita de tal forma el conocimiento que nos alejamos de la belleza de la vida real. Sí, no podemos reducir los misterios de la existencia del hombre a fórmulas matemáticas y silogismos del todo planos. La verdad de los misterios humanos, como lo es el hecho de su libertad, resultan siempre paradójicos para la razón.

Por este motivo he afrontado el tema, de acuerdo con el método de el caso, en diálogo con Antoine de Saint-Exupery y su mujer Consuelo. Son dos personas ‘libertinas' que esperan en la felicidad que les proporcionará la independencia y autonomía. Saint-Exupery, como el Principito creado por él, viaja por distintos planetas deseoso de una vida nada encorsetada; conoce otras tantas rosas iguales a la suya... Consuelo, también de planteamientos libertinos, sufre por las ausencias de su marido y las relaciones que mantiene con sus amantes.

Al final Saint-Exupery descubre una gran verdad: su rosa es única, ninguna tiene valor sino aquella a la que se ha entregado; solo quien está domesticado encuentra sentido a su existencia; es entonces cuando el zorro le enseña que domesticar es establecer lazos, crear vínculos. Muchos no saben que el Principito es una carta de amor de Antoine a su mujer, movida por un profundo arrepentimiento.

Así es: si queremos independencia, el matrimonio es mal camino. Si pretendemos ser felices, este vínculo que nos hace a nosotros mismos nos permite ser libres realizando el proyecto concreto que somos. Siendo más intensamente esposo soy más libre, siendo más entera y elegantemente esposa soy más libre. La vida dice que es así, y la razón solo logra vislumbrarlo... y comprobarlo. Así son los misterios humanos.

Por Miriam Díez i Bosch

martes, 4 de mayo de 2010

Actor despedido por pensar

Hace unos días saltaba a los medios una noticia curiosa. La cadena americana ABC había echado a un actor por negarse a rodar escenas de sexo. El actor es Neal McDonough, 44 años, bastante conocido por sus apariciones en películas como Minority Report o Banderas de nuestros padres, y por series de TV como Hermanos de sangre o Mujeres desesperadas. Lo cuenta Ana Sánchez de la Nieta en Aceprensa:

Acababa de empezar el rodaje de Scoundrels, una nueva serie de la ABC, y se negó a interpretar una escena de sexo explícito con Virginia Madsen. La cadena decidió sustituirle por otro actor. La noticia ha dado pie a un sinfín de comentarios y explicaciones. Los medios han publicado que la razón de la negativa es que McDonough es católico, con firmes creencias religiosas y tienen mujer y tres niños pequeños. Por eso se niega a interpretar este tipo de escenas.

En los medios digitales –los más dados a este tipo de debates– miles de internautas han apoyado masivamente la decisión del actor. A juzgar por los comentarios a esta noticia, abrumadoramente positivos, se deduce que la coherencia sigue siendo un valor en alza. Son mayoría las personas que alaban la decisión de McDonough y elogian que una persona sea capaz de perder un millón de dólares (que es lo que ha dejado de cobrar) por actuar en conciencia y por respeto a su mujer y a su familia. Los que critican la decisión del actor –además de la cadena, claro– lo hacen señalando que no ha tenido los mismos inconveniente al interpretar papeles violentos.

Sexo y violencia, muy diferentes

Además del lógico sentido común –presente en muchos de los comentarios de estas webs, como el de la mujer que señalaba que, si su marido fuera actor, prefería mil veces verle disparando que en la cama con otra mujer–, en este punto, viene bien releer al crítico francés André Bazin, mentor de Truffaut y Rohmer, inspirador de la Nouvelle Vague e impulsor de la revista Cahiers du cinema. Bazin explica en su célebre libro Qué es el cine como la representación del sexo y la violencia son absolutamente diferentes.

Bazin afirma que la gran diferencia es que las escenas de violencia se representan mientras que las sexuales, en cierto modo, se viven. “Si se muestra en la pantalla un hombre y una mujer con un vestido y postura tales que sea inverosímil que al menos un comienzo de consumación sexual no haya acompañado a la acción, yo tendría derecho a exigir en un film policiaco que se mate verdaderamente a la víctima o al menos que se la hiera más o menos gravemente. Y esta hipótesis no tiene nada de absurdo, porque no hace mucho que el asesinato ha dejado de ser espectáculo, para los romanos, los mortales juegos de circo eran el equivalente a una orgía”.

Bazin señala como –a diferencia de otras artes representativas, como la pintura– “en el cine a la mujer incluso desnuda se la puede desear expresamente y acariciarla realmente y, sin embargo, si queremos permanecer en el nivel del arte debemos mantenernos en lo imaginario. Debemos poder considerar lo que pasa en la pantalla como un relato que no llega jamás al plano de la realidad, o en caso contrario, me hago cómplice diferido de un acto, o al menos una emoción, cuya realización exige intimidad. Lo que significa que el cine puede decir todo pero no puede mostrarlo todo. Se puede hablar de todo tipo de conductas sexuales pero con la condición de recurrir a las posibilidades de abstracción del lenguaje cinematográfico, de manera que la imagen no adquiera jamás un valor documental”.

Desde esta perspectiva, se entiende que haya directores que se nieguen a incluir escenas de sexo en sus películas y prefieran recurrir a la elipsis. El realizador finlandés Ali Kaurismäki, lo explica con elocuencia. En sus cintas, muy oscuras en ocasiones, retrata la vida de prostitutas o amantes pero nunca muestra sexo en la pantallas. “Cuando veo una película y llega la escena de sexo me siento siempre muy violento, y también el público, creo. Son situaciones privadas y me siento un voyeur. Todas esas secuencias parecen siempre la misma; pienso que en Hollywood tienen un stock al que acuden”.

Y el español Patxi Amezcua, preguntado recientemente sobre por qué en su película 25 kilates había poco sexo y palabrotas, comentaba que “no hace falta decir “hijo de puta” para que se note que el personaje está enfadado… Y el sexo despista la mayor parte de las veces”.

Cuando fallan otros recursos

De hecho, las personas que ven mucho cine, por ejemplo, los críticos coinciden en señalar que, con excepciones, el exceso de sexo en una película puede obedecer a dos motivos: o es un reclamo publicitario para hablar de ella por escandalosa o es un modo de intentar salvar un mal guión.

La tesis de Bazin explica también como, al margen de otras cuestiones morales, muchos actores confiesan sentirse incómodos cuando ruedan estas escenas. Otros las ven necesarias para entrar en el mundo del cine –un peaje que hay que pagar– pero renuncian a ellas en cuanto tienen un cierto caché. Es el caso, por ejemplo, de Brad Pitt que, hace años manifestó que no volvería a salir desnudo. “No quiero sentirme avergonzado cuando mis hijos sean más grandes y vean mis películas”, señaló.

Y el espectador, ¿quiere el espectador medio ver sexo en la pantalla grande? A juzgar por los datos de taquilla parece más bien lo contrario. Entre las 10 películas más vistas en el 2009 solo una –Resacón en las Vegas– tiene contenidos sexuales.

En definitiva, toda esta historia revela en el fondo que una de esas frases acuñadas en el mercado del cine –que el sexo vende– no es cierta y que el sexo en la pantalla tiene más inconvenientes que ventajas. Hace perder dinero a los productores y distribuidores, encasilla a los actores, incomoda al espectador, no ayuda a la creatividad de los realizadores y no convence a los críticos. Neal Mc Dougahn, además de buen actor ha demostrado ser un tipo coherente y listo.

lunes, 26 de abril de 2010

Educación de la sexualidad

Por Enrique E. Fabbri, Doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma. Está especializado en antropología de la sexualidad, pareja humana y familia. Es director del Centro de Población y Familia del CIAS.

Ante una visión distorsionada y reduccionista de la sexualidad, especialmente desde los medios de comunicación, se promueven una mentalidad y comportamientos humanos cuestionables, hasta desde el punto de vista de la psicología y la salud mental.

Se reduce el amor a la sexualidad y ésta a lo meramente genital; se mira al sexo exclusivamente como instrumento de placer. Están totalmente ausentes temas de gran importancia como las relaciones interpersonales de respeto y entrega al bien del otro; sentido del amor en la pareja; inquietud por madurar integral y armónicamente en esas relaciones; elaboración de un proyecto de vida; todo como requisitos básicos y previos para que la sexualidad, no solo de la joven, sino del joven, sea humana, responsable y plenamente satisfactoria.

Los padres de familia y educadores han de ser rectamente informados y ayudados para poder educar a sus hijos en la sexualidad de una manera responsable e integral, para que sea un serio y maduro lenguaje del genuino amor, y para adquirir un sentido de la vida humana que de unidad a la persona en todas sus actividades y comportamientos.

Se trata de ver si existe en el ser humano una pauta que señale los valores universales del comportamiento sexual, por debajo de todas las interpretaciones y variaciones que la sexualidad ha recibido en las diversas culturas de la humanidad.

Orientaciones

La tendencia a presentar los hechos en total prescindencia de si son o no verdaderos valores humanos, trae consigo el peligro de establecer como criterio de valores verdaderos lo que hace la mayoría. Se cae así en el riesgo de presentar determinados hábitos y comportamientos sexuales como en sí inofensivos, cuando en la realidad están muy lejos de serlo. Un ejemplo de muestra: aceptar las relaciones sexuales entre adolescentes por el simple hecho de que la mayoría lo hace y sólo recomendar el uso de anticonceptivos para que no se produzcan embarazos inesperados, ¿es en verdad la mejor manera de encarar este problema?.

Muchos de los planteamientos actuales no sirven para educar la sexualidad de nuestros jóvenes y hacer de ella un serio y maduro lenguaje del genuino amor. Sus consecuencias son muy dolorosas: dejan un enorme residuo de personalidades frustradas, resentidas, amargadas y destructivas. Por este camino la persona se va deshumanizando en forma progresiva y puede llegar a deshacerse por el exceso en el alcohol, la drogadicción, el juego desenfrenado, la violencia, la promiscuidad sexual... Mientras no se sepa o se quiera tomar con seriedad el sano proceso de la educación para el amor, se hará muy difícil llegar a una sociedad mejor.

Para una formación integral de la sexualidad se ha de tener en cuenta los siguientes presupuestos:

1. Sólo se logra un maduro ejercicio de la sexualidad dentro de un proceso integral de maduración de la personalidad, que trasciende el mero ejercicio de la genitalidad.

2. Si la sexualidad se aborda en forma parcial y reduccionista, no se logra la meta propuesta.

3. Es un error creer que el placer genital es un valor absoluto. Este vale cuando la persona aprende a vivir en el amor, el cual guarda una relación intrínseca con el sentido que se da a la vida humana y los valores éticos de comportamiento a los que uno se compromete consigo mismo y con los otros.

4. Información y formación han de ir juntas para facilitar en los adolescentes la capacidad de tomar decisiones libres desde su propia interioridad.

5. Ha de quedar bien en claro el respeto a los derechos fundamentales de los padres y de los hijos en el ejercicio de este proyecto educacional. A las instituciones (oficiales o privadas) les corresponde una ayuda subsidiaria que complete y supla lo que cierto tipo de padres, por su carencia de formación, no pueden o no saben dar a sus hijos.

Ser persona.

Por su cuerpo la persona se hace presente en el mundo, lo asume en su espacio y su tiempo. Por su sexo la misma persona manifiesta su modo o manera diferenciada de alterativa de ser en ese espacio y tiempo cósmico e histórico. El sexo da los modos de ser, implica toda la persona, colorea todas sus actitudes reaccionales. Entre persona y sexo no existe prioridad, sino correlatividad: la persona es sexual y el sexo es personal. Por eso la sexualidad es en sí una fuerza ambivalente. Y es fundamental que el hombre descubra su verdad. Esa la encontrará en el centro de su ser humano, en su profundidad nunca totalmente penetrable.

Ser humano es reconocer ante todo en el otro mi semejante -la línea de la igualdad, y al mismo tiempo, en mi semejante, un otro diferente -la línea de la diferencia. Ser y conocer se relacionan profundamente: conocer al otro sexo es negar a ser uno mismo; ser plenamente uno mismo es conocerse para el otro. El varón y la mujer sólo llegan a ser lo que son en la reciprocidad de un enfrentamiento concreto e histórico que los compromete a ambos, haciéndolos mutuamente responsables. Sólo en esta reciprocidad experimentan lo que son.

Sólo se es uno-mismo por el otro; esto es lo que fundamentalmente expresa la sexualidad. Es aprender a relacionarse con el otro sexo de tal manera que contribuya a la plenificación integral de ambos como personas y al logro de sociedades solidarias. Llegar a ser persona, responsable, libre, creadora, es también ayudar al otro a hacerse mujer o varón. Esto supone la renuncia a sus prerrogativas arbitrarias o ya caducas (v. gr. machismo, feminismo...) y el reconocimiento de la originalidad del otro sexo. Pues entre los hombres no hay algo más igual y al mismo tiempo más diferente que dos seres humanos de sexo distinto.

Es la presencia de dos personas, una frente a la otra (en un cara-a-cara) de comunión y participación, en actitud de mutuo respeto, apertura y donación. De allí surge la originalidad del otro y de uno mismo. Esto da lugar al encuentro desinteresado con el otro, que brinda a cada uno la nueva dimensión de su ser, lo imprevisto, lo creativo, lo irreducible a toda codificación. Este es el modo originario del mismo ser humano: ser el uno para el otro una continua inspiración e invitación a ser plenamente persona, descubriendo y asumiendo el sentido y la dinámica profunda de su ser.

En otros términos, el ser humano exige la presencia del otro para llegar a ser él mismo. Y el otro por excelencia para el varón es la mujer, como para la mujer es el varón. Uno para el otro, en el otro y por el otro es más plenamente si mismo porque siendo igual, no es del mismo sexo, y por eso da mayor originalidad.

Por eso el hombre que se mantiene aislado no logra su plena dimensión de persona humana, y en particular, de persona sexuada. Esta promoción del varón y de la mujer se mantiene en una especie de ambigüedad mientras no se afronte ese proceso en el sentido de un desarrollo integral del ser femenino y masculino en su originalidad sexuada.

Mujer y varón que se comprometen a respetar y promover la libertad del otro en su propio proyecto de vida y amor, dan lugar a un proceso de humanización. Se va logrando en la medida que entablan relaciones maduras, impregnadas de respeto, de mutuo afecto, de comprensión y de cooperación creadora. Sólo así se obtiene un enriquecimiento integral de la personalidad de ambos cuyo aspecto principal es la ternura.

lunes, 19 de abril de 2010

Los ataques al Papa

Aprovechando que hoy se cumple el 5º Aniversario de la elección de Benedicto XVI reproducimos el artículo del Dr. Joaquín Navarro-Valls, ex-director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, en el diario italiano La Repubblica (01-04-10, pag. 35), que ha suscitado gran interés en Italia y lo mismo su traducción en inglés (National Catholic Register: Navarro-Valls on the Abuse Crisis), en Estados Unidos:


En las dos últimas semanas los medios han llenado el espacio público con la dolorosa y destructiva realidad de los casos criminales de pedofilia.
La acusación se ha ido levantando progresivamente como consecuencia de una serie de revelaciones provenientes de diversos países europeos, tocantes a casos de abusos sexuales perpetrados a menores por parte de sacerdotes. Leyendo las informaciones parece incluso que se trate de un “scoop” gigantesco, y que ahora –gracias a estas geniales revelaciones- esté emergiendo un sotobosque podrido en el seno de la Iglesia católica.
Ciertamente, en Austria, en Alemania y en Irlanda, como en casi todos los países en los que hay una presencia consistente de escuelas y organizaciones educativas eclesiásticas, ha habido fenómenos criminales graves de violaciones de la dignidad de la infancia. El hecho es conocido. Y no es casualidad que en el Vía Crucis de 2005, el entonces cardenal Joseph Ratzinger no usara medias palabras cuando revelaba con disgusto: «!Cuánta suciedad hay en la Iglesia! Incluso entre quienes, en el sacerdocio, deberían pertenecer completamente a Jesús. ¡Cuánta soberbia! ¡Cuánta autosuficiencia!». Quizá lo hemos olvidado. Por tanto, se puede sin temor a un desmentido revelar que el problema existe en la Iglesia, es conocido por la Iglesia, y ha sido y será más adelante afrontado con decisión por parte de la misma Iglesia en el futuro.

Con todo, vamos a intentar reflexionar por un momento sobre la manifestación de la pedofilia en sí misma. Desde mi experiencia como médico puedo evidenciar algunos datos importantes, útiles para entender la gravedad y la difusión del problema.
Las estadísticas más acreditadas son elocuentes. Certifican que 1 chica de cada 3 ha sufrido abusos sexuales, y que 1 chico de cada 5 ha sido objeto de actos de violencia. El hecho verdaderamente inquietante, divulgado no sólo en las publicaciones científicas sino incluso en la CNN, nos dice que el porcentaje de quienes –según una muestra representativa de la población- han molestado sexualmente a un niño se mueve entre el 1 y el 5%. Es decir, una cifra impresionante.
Los actos de pedofilia han sido llevados a cabo por parte de los padres o de parientes cercanos. Hermanos, hermanas, madres, “canguros” o tíos, son los abusadores más comunes de los niños. Según el departamento de Justicia estadounidense casi todos los pedófilos acusados por la Policía eran varones en un 90% de los casos. Según Diana Russell, el 90% de los abusos sexuales se lleva a cabo por personas que tienen conocimiento directo de las pequeñas víctimas, y permanecen dentro de la complicidad familiar.
Un aspecto destacado, por desgracia, es que en el 60% de los casos de violencia, quienes la sufren tienen menos de 12 años, y en la inmensa mayoría de los casos los abusadores son personas de sexo masculino y con parentesco de sangre con las víctimas.

Estas estadísticas muestran, por tanto, un cuadro claro y más bien amplio de la práctica de la violencia sobre la infancia. Teniendo en cuenta que estos datos se refieren únicamente a los hechos denunciados, patentes o de todos modos conocidos, podemos fácilmente imaginar la magnitud del dramatismo que se esconde tras esta realidad, aún más difundida en países que por razones culturales no consideran nítidamente que esta violencia sea una obscenidad aberrante.
Con esto, dirigir la atención exclusivamente sobre quienes de modo evidente pueden inscribirse en la categoría general de abusadores sexuales, siendo sin embargo sacerdotes, puede ser verdaderamente una desviación del asunto. En este caso, en efecto, el porcentaje desciende hasta convertirse en un fenómeno estadísticamente mínimo.
Cierto que nada podrá apartar los sentimientos y la vergüenza que se siente ante estas revelaciones recientes referidas a la Iglesia, incluso aunque se refieran a hechos sucedidos hace decenios y probablemente cubiertos con gravísimas formas de complicidad. Podemos estar seguros, partiendo de la carta pastoral a Irlanda, de la semana pasada, de que Benedicto XVI tomará todas las medidas que serán necesarias para expeler a los culpables y juzgarlos sobre los crímenes reales cometidos por las personas implicadas.

De todos modos, evitemos caer en la trampa de la hipocresía, sobre todo al estilo de la puesta recientemente en escena por el New York Times al referir el caso del reverendo Murphy. Porque ahí, la autora del artículo no valora, ni saca consecuencias, ni señala con relieve adecuado, el hecho de que la Policía –que había recibido denuncias al respecto- lo había dejado libre como inocente.
¿Hay algún Estado que ha hecho una investigación en profundidad sobre este tremendo fenómeno, tomando medidas claras y explícitas –incluso preventivas- contra los abusos de pedofilia que hay entre los propios ciudadanos, en las familias, o en las instituciones educativas públicas? ¿Qué otra confesión religiosa se ha movido para desemboscar, denunciar y asumir públicamente el problema, sacándolo a la luz y persiguiéndolo explícitamente?
Evitemos, sobre todo, la insinceridad: la de concentrarnos sobre el limitado número de casos de pedofilia verificados en la Iglesia católica, sin abrir en cambio los ojos ante el drama de la infancia violada y abusada demasiado a menudo y por todas partes, pero sin escándalos.
Si deseamos combatir los delitos sexuales sobre los menores, al menos en nuestras sociedades democráticas, entonces debemos evitar ensuciarnos la conciencia, mirando exclusivamente hacia donde el fenómeno se produce con gravedad moral quizá incluso mayor, pero en medida ciertamente menor.
Antes de poder juzgar a quien hace algo, se debería tener los redaños y la honestidad de reconocer que no se está haciendo lo suficiente. Y procurar hacer algo semejante a lo que está haciendo el Papa. Si no es así, sería mejor dejar de hablar de pedofilia y comenzar a discutir acerca de la fobia furibunda desencadenada contra la Iglesia católica. Esta última acción, en efecto, parece hecha con gran habilidad y con escrúpulo meticuloso en la investigación, y –sin embargo- con evidente mala fe.
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sábado, 17 de abril de 2010

Sexo y religión

Encontramos de la web SCRIPTOR.ORG este artículo de Alejandro Llano y que ilustra bien el trasfondo de las campañas contra la Iglesia sobre abusos sexuales:

Cambian los motivos o disculpas, pero se mantienen constantes los ataques a la Iglesia católica. A nadie le sorprende ya que el permanente hostigamiento tenga siempre los mismos orígenes y acabe por apuntar a Benedicto XVI. Es el enemigo a batir, porque representa un desmentido viviente a la presunta falta de inteligencia y humanidad que achacan a los católicos. En esta última campaña –cuidadosamente preparada– han recurrido a una acusación que tiene ciertas bases reales y se presenta cargada de morbo.

Aunque la temática dista mucho de ser nueva. La secreta actividad sexual de sacerdotes y religiosos es un tópico frecuentado por la novela anticlerical decimonónica, con resultados ocasionalmente tan brillantes como La Regenta de Clarín. El aditamento actual hace que la agresión apunte a algo todavía más morboso: la homosexualidad ejercida contra menores. Con ello empiezan las paradojas. Porque la liberación sexual y la ideología de género es el tema central de los supuestos progresistas españoles, que han renunciado a las reivindicaciones sociales y a la vanguardia cultural.

Lo suyo es, ahora, la promoción de la homosexualidad, el desprecio a la familia y el adoctrinamiento de adolescentes y niños en la práctica temprana del sexo, con especial énfasis en sus variantes menos naturales. Lo que –según pretenden– les desmarca de una inquietante cercanía con lo que ahora denuncian, es la supuesta libertad de aquellos a quienes incitan a ejercitarse en modalidades sexuales consideradas por muchos como escasamente éticas.

Pero surge inmediatamente la pregunta: ¿acaso son realmente libres los niños y niñas, desde los 11 años, a quienes se somete a “talleres de masturbación”, “exploración del clítoris” y otras experiencias que da hasta vergüenza nombrar? Y esto no es algo episódico o accidental. En algunas comunidades autónomas el erotismo sistemático se considera un capítulo obligado de la Educación para la Ciudadanía, al menos en los centros oficiales.

Y la nueva Ley del Aborto incluye en su propio título la formación afectiva y sexual llevada forzosamente a cabo por instructores preseleccionados en todos los colegios y desde temprana edad. ¿Así entienden los socialistas la libertad en materia tan íntima y personal? Estamos ante un abuso sexual universal y sistemático.

Todo lo cual, evidentemente, no disculpa en absoluto a los clérigos que se aprovecharon de su posición religiosa y docente para actividades injustificables y odiosas. Resulta sospechoso, con todo, que se saquen a la luz con estudiada secuencia tales escándalos –que acontecieron en ocasiones hace varias décadas– y que se denuncie a autoridades eclesiásticas que, en algunos casos, nada tuvieron que ver directamente con los atropellos ni con su ocultación.

Más delicado para la sensibilidad de los propios católicos resulta el permisivismo con el que se ha enfocado este problema en seminarios y centros educativos. No han sido precisamente los religiosos considerados conservadores quienes han abierto la mano ni, quizá, los que han disimulado irregularidades tan penosas.

Han sido, más bien, quienes se consideraban en línea de una ética más abierta y progresiva. Y, desde luego, al cardenal Ratzinger no se le puede acusar, ni en Múnich ni en Roma, de ninguna inconsistencia teórica o pastoral. Se sabe muy bien que fue el primero en denunciar y poner coto a los desórdenes que comenzaban a apuntar en la Iglesia La revolución cultural y sexual que arranca en 1968 se inspiraba –junto con ideas más interesantes– en una ideología en la cuales se entremezclaban versiones tardías del freudo-marxismo, convencionalmente personalizadas en Herbert Marcuse.

La revolución del 68 no fracasó, según pretenden algunos de manera frívola y voluntarista. Penetró en todos los ámbitos sociales, también en los ambientes religiosos, y contribuyó al cambio de costumbres que se ha venido agudizando desde entonces. Realmente es la única revolución que, con estructura marxista, ha triunfado en el siglo XX. Y es aquí, y no en el celibato sacerdotal, donde se encuentran las raíces de estas conductas erráticas que ahora afligen a los católicos y son instrumentalizadas por los enemigos del cristianismo.

Poner en el celibato la causa de tales abusos equivale a no tener en cuenta datos elementales de la psicología y la ética. A la Iglesia católica se le reprocha con frecuencia una presunta rigidez en cuestiones morales. Si la ética de inspiración cristiana defiende posturas no siempre populares, no es por la aplicación de un código implacable, sino por la defensa de la dignidad intocable de la persona humana.

Éste es el motivo por el que siempre ha promovido y practicado las virtudes de la castidad y del pudor. Cosa que ahora los manipuladores aprovechan para hablar de hipocresía. Nos ofenden con ello injustamente a muchos. Y los manipuladores deberían tener muy presente que la acusación de hipocresía se vuelve fácilmente contra los que la lanzan.

jueves, 15 de abril de 2010

Seis campañas contra el Papa

Son acusaciones sin base y refutadas una y otra vez, pero reaparecen en la prensa con excusa o sin ella. La Razón nos informa de esta campaña:


Joseph Ratzinger tiene dos problemas: carece del carisma arrollador de Juan Pablo II y es alemán. Ninguna de estas cosas es pecado ni necesaria para ser Papa, pero ayudan a que circulen los bulos contra él. Los orígenes son casi siempre los mismos: «The New York Times» y Associated Press en Estados Unidos, y «The Guardian» y la BBC en Inglaterra. Es decir, el mundo anglosajón, que aún explota, a nivel consciente o subconsciente que, «los alemanes eran nazis».


Campaña, sí; complot, no
El pasado lunes, el director de «L’Osservatore Romano», Gian Maria Vian, participó en un encuentro de periodistas en el Club de Prensa Extranjera de Roma. Allí expresó a sus colegas de todo el mundo su convicción de que no hay ningún «complot» contra el Papa, pero sí una «campaña mediática». ¿Las causas? Por un lado, dijo, la Prensa generalista tiene problemas económicos y «el sexo vende». Por otro, ve hostilidad contra la Iglesia por sus posturas bióeticas y porque crece la presencia internacional de la Santa Sede. Por último, afirmó, como muchos otros analistas, que la calidad periodística de la gran Prensa en temas religiosos, simplemente, se ha desplomado.

El bulo intermitente de ser «alemán hostil a los judíos»
Todos los jóvenes alemanes de 16 años, también Joseph Ratzinger, fueron reclutados para la «flak», la defensa antiaérea en la Segunda Guerra Mundial. La acusación de «nazi» y «antijudío» no tiene más base que su origen alemán. En su biografía «Mi vida» (de 1997), Ratzinger deja claro el disgusto que le producía la ideología nazi y su antisemitismo ya de niño. La Prensa hostil ha intentado presentar como antisemitismo el proceso para beatificar a Pío XII, la oración litúrgica para que «los judíos reconozcan a Jesucristo como salvador de los hombres», el alzamiento de la excomunión al obispo lefebvrista Williamson y, hace pocos días, una frase descontextualizada del predicador Rainiero Cantalamessa. El Papa, con sus viajes a Auschwitz y Tierra Santa, sus visitas a sinagogas y sus debates intelectuales con rabinos, ha desmantelado este bulo.

Fracasan todos los intentos de involucrarle en abusos
Como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger firmó cientos de documentos disciplinarios relativos a sacerdotes, a menudo meras consultas recibidas de obispados. La Prensa hostil lleva años intentando encontrar una «pistola humeante» que le relacione con casos de abusos. No lo consigue, y recicla viejas historias manipulando el Derecho Canónico. En octubre de 2006, por ejemplo, la BBC emitía el reportaje «Crímenes sexuales y el Vaticano» tergiversando el documento de 1962 «Crimen sollicitationis», sobre usos fraudulentos de la confesión, y uno de 2001 que remitía todos los casos de abusos a Doctrina de la Fe. Aunque la Iglesia explicó los documentos por activa y por pasiva y denunció la manipulación, se republican las viejas acusaciones, sin datos nuevos.

Un ataque improvisado: Ratisbona y el islam
Algunas acusaciones contra Benedicto XVI venían heredadas de su época cardenalicia, pero el bulo de que el Papa se oponía a la amistad con el islam nació de la noche a la mañana en septiembre de 2006 por obra y gracia de la BBC. El discurso de Ratisbona en que el Papa decía que la razón puede alcanzar a entender mucho de Dios no interesó gran cosa a la Prensa, hasta que la BBC lo difundió en árabe, turco, parsi y malayo con el título «El discurso del Papa excita la ira musulmana». Una visita a Turquía y una red de apoyo al Papa de ulemas moderados neutralizaron la acusación y tendieron puentes con el islam.

Un ecumenismo basado en la verdad, no en el relativismo
Benedicto XVI ha sido acusado de dificultar el ecumenismo, es decir, el diálogo para lograr la unidad entre los cristianos. Sin embargo, el Papa está logrando pasos impresionantes con medidas audaces. Mientras los protestantes liberales, como los episcopalianos o los unitaristas, pierden fieles a marchas forzadas, el Papa ha abierto una puerta a las personas de origen anglicano para que se integren en «ordinariatos anglocatólicos» manteniendo su liturgia, si aceptan el Catecismo de la Iglesia. Sus relaciones con el nuevo Patriarca ruso, Kiril I, son mejores de las que jamás pudo tener Juan Pablo II. Al levantar la excomunión a los lefebvrianos, abre un espacio que podría acabar con este cisma. Y por su defensa de la vida y la familia es admirado por muchos protestantes conservadores y pentecostales. Su insistencia en la verdad, frente al relativismo, resulta atractiva para muchos cristianos hartos de sus iglesias liberales.

Acusado de ser demasiado racional... y de lo contrario
Mientras el llamado «nuevo ateísmo» de autores como Richard Dawkins o Christopher Hitchens acusa al Papa de ser un oscurantista enemigo de la ciencia, otros muchos, instalados en el relativismo o el nihilismo, le acusan de «dogmático» por su insistencia en que es posible conocer el bien y la verdad mediante la razón. La gran paradoja quedó escenificada cuando en enero de 2008 una manifestación grosera de profesores de la Universidad de Roma La Sapienza le obligó a cancelar un acto. El Papa, veterano profesor, leyó su discurso sobre la razón en septiembre en París, en el Collège des Bernardins.

El pasado, el futuro y lo eterno
Joseph Ratzinger llegó a la Sede de Pedro con una fama considerable como «guardián de la ortodoxia». Le acusaban (y se le sigue acusando) de mirar siempre al pasado. En realidad, Benedicto XVI mira al pasado, planta semillas para el futuro y espera cosechar en la eternidad. Participó en el Concilio Vaticano II y pide interpretarlo en «continuidad» con toda la historia y Magisterio de la Iglesia. Conserva lo que sabe que es bueno, y se muestra abierto a nuevas realidades y movimientos de una Iglesia cada vez más global.