lunes, 8 de mayo de 2023

La auténtica belleza

 


¿Qué puede volver a dar entusiasmo y confianza, qué puede alentar al espíritu humano a encontrar de nuevo el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar con una vida digna de su vocación, sino la belleza? Vosotros, queridos artistas, sabéis bien que la experiencia de la belleza, de la belleza auténtica, no efímera ni superficial, no es algo accesorio o secundario en la búsqueda del sentido y de la felicidad, porque esa experiencia no aleja de la realidad, sino, al contrario, lleva a una confrontación abierta con la vida diaria, para liberarla de la oscuridad y trasfigurarla, a fin de hacerla luminosa y bella. 

Una función esencial de la verdadera belleza, que ya puso de relieve Platón, consiste en dar al hombre una saludable "sacudida", que lo hace salir de sí mismo, lo arranca de la resignación, del acomodamiento del día a día e incluso lo hace sufrir, como un dardo que lo hiere, pero precisamente de este modo lo "despierta" y le vuelve a abrir los ojos del corazón y de la mente, dándole alas e impulsándolo hacia lo alto. La expresión de Dostoievski que voy a citar es sin duda atrevida y paradójica, pero invita a reflexionar: "La humanidad puede vivir —dice— sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero nunca podría vivir sin la belleza, porque ya no habría motivo para estar en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí". En la misma línea dice el pintor Georges Braque: "El arte está hecho para turbar, mientras que la ciencia tranquiliza". La belleza impresiona, pero precisamente así recuerda al hombre su destino último, lo pone de nuevo en marcha, lo llena de nueva esperanza, le da la valentía para vivir a fondo el don único de la existencia. La búsqueda de la belleza de la que hablo, evidentemente no consiste en una fuga hacia lo irracional o en el mero estetismo.

Benedicto XVI en Encuentro con los artistas (21 de noviembre de 2009)

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Biden y Francisco

 


Biden y Francisco, o al César lo que es del César


Publicado en CNN Español, Atlanta, 30 de octubre de 2021


Rafael Domingo Osle es profesor del Centro de Derecho y Religión de la Universidad de Emory y catedrático Álvaro d’Ors de la Universidad de Navarra



El encuentro entre Biden y el Papa en el Vaticano ha dejado fotografías memorables y momentos importantes para la historia. Yo me quedo con el hecho mismo, desnudo y sin parafernalia diplomática, de que sencillamente la visita tuvo lugar. Y punto. Que la encarnación del poder terrenal, también llamado presidente de los Estados Unidos, converse, en privado y durante 75 minutos, con la encarnación de la autoridad espiritual en Occidente, también llamada papa, tiene un sentido político y espiritual muy profundo. 

El encuentro significa, en primer lugar, que el poder terrenal, por mucho ejército de que disponga y toda la fuerza e influencia que despliegue, no es absoluto. En pleno siglo XXI, la potestas política sigue necesitando de la auctoritas espiritual, como la tierra de la lluvia, ya que la dimensión espiritual del ser humano juega un papel determinante en la vida de las personas y los pueblos. 

En segundo lugar, la visita nos ha mostrado que, en la llamada era de la secularización, la actividad política, por secular o laicista que sea, y por secularísima o laicísima que llegue a ser, nunca acabará de erradicar la relevancia del mensaje religioso, ni de arrinconar a los líderes espirituales del mundo. El encuentro, sin duda, ha supuesto un duro golpe al secularismo más intransigente, que pretende asfixiar cualquier apertura de la sociedad a la trascendencia. 

Esta visita también nos ha recordado el consejo de Jesucristo de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22:21). Esta regla tiene un valor inestimable para la buena marcha de la política y el desarrollo de los pueblos. Lástima que tantas veces nos apartemos de ella o no la comprendamos en toda su profundidad. 

Parece que tanto Biden como Francisco, quizás sin pretenderlo, han actualizado este consejo a la perfección con su encuentro. Las fotografías de los dos líderes en serena y constructiva conversación nos enseñan que las relaciones entre la autoridad espiritual y el poder político se entienden mejor desde la mutua colaboración que desde la exclusión, ya que ambas instancias deben servir al florecimiento del ser humano y de los pueblos. Así como no se puede dividir un ser humano (lo corporal de lo emocional, por ejemplo), así tampoco se puede dividir la comunidad política creando un muro de separación impenetrable entre lo político y lo religioso. 

Dios está en todas partes: tanto en las iglesias como en los parlamentos. Poco sabe de límites materiales. La necesidad de diferenciar la dimensión política de la espiritual no significa que se pueda separar la espiritualidad de la política. El César es también hijo de Dios. Y viceversa: el líder espiritual vive en el mundo del César. De hecho, Biden se profesa católico practicante, y ciertamente lo es, por más que no participe de la moral cristiana en temas tan centrales como el aborto. 

Por otra parte, el papa, con esta visita de Biden, ha reconocido la existencia de un poder civil, de un César, que merece todo respeto y apoyo, incluso cuando algunas de las políticas de su administración atenten contra la moral cristiana y la dignidad humana, es decir, no respeten aquello que hay que dar a Dios. El papa ha defendido el valor de la vida humana desde la concepción en múltiples ocasiones. Seguramente, se trató de esta controvertida cuestión en la audiencia privada, pero se ha evitado con acierto escenificar mediáticamente cualquier cosa parecida a un sometimiento político del poder político a la autoridad espiritual. Esto hubiera supuesto la muerte de la vida política de los católicos estadounidenses, a quienes fácilmente se les podría echar en cara ser gobernados desde Roma y no desde Washington. Los políticos católicos que defienden la vida lo hacen libérrimamente, no porque se lo diga el Vaticano.

El papa ha puesto de manifiesto una vez más que es un verdadero pontífice, un hacedor de puentes, que suma, coopera, ayuda cuanto puede a todos los gobernantes del mundo en todos sus esfuerzos por alcanzar el bien común de los pueblos. El papa parece haberse ganado la plena confianza de Biden, quien, como como presidente de los Estados Unidos, ve en el pontífice un líder espiritual que defiende a los pobres y perseguidos, que lucha contra la pandemia exigiendo que se donen vacunas a los países más necesitados, que protege el planeta frente a la crisis medioambiental y que está atento al desarrollo equitativo de los pueblos tras la crisis económica. 

Esta visita, para mí, es un claro ejemplo de la armonía necesaria que debe existir entre la autoridad espiritual y el poder político, no como un matrimonio de conveniencia artificial, fruto de intereses políticos contrapuestos, sino de una unión espiritual mucho más profunda que, precisamente por eso, sabe separar funciones y delimitar espacios. 

viernes, 15 de mayo de 2020

Erotismo y pornografía



Jaime Nubiola



"A man is known by the company his mind keeps".
Thomas B. Aldrich, Ponkapog Papers, 1903, 40.


Publicado en M. Lluch, (ed.):
Bases antropológicas y culturales de la formación universitaria, Eunsa, Pamplona

1. Introducción

En primer lugar quiero agradecer muy vivamente la invitación de D. Miguel Lluch para impartir esta sesión sobre una cuestión que me parece realmente importante en la conformación de la sociedad y en la vida corriente de cada uno1.
Muchos de nosotros, a pesar de los filtros instalados, recibimos a diario en nuestro buzón de correo electrónico anuncios de la pornografía más asquerosa y degradante que los seres humanos han sido hasta el momento capaces de imaginar. No hace mucho me llegaba un anuncio —imagino que lo recibiríais también alguno de vosotros— invitándome a ganar dinero convirtiendo mi web en una tienda de pornografía mediante pago por teléfono. Como argumento de peso en favor de la oferta indicaban que en la actualidad hay 250 millones de usuarios de internet y que el 75% del uso es para pornografía. Quizá no sean fiables esas cifras, pero de un reciente reportaje acerca de Google me llamaba la atención que reciben 150 millones de consultas diarias desde más de 100 países y que el tema por el que más se interesa la gente de todos esos países es el sexo2. Si se busca "sex" en Google proporciona en 0,08 segundos la friolera de 194 millones de resultados. Estos datos circunstanciales hacen pensar que es un acierto el que en este curso de doctorado sobre las bases antropológicas y culturales de la enseñanza en la Universidad se aborde esta cuestión, pues me parece que la pornografía está mucho más difundida de lo que la torre de marfil académica tiende pudorosamente a pensar. En este sentido, resulta muy expresivo el título del libro francés La marea negra de la pornografía. Una plaga de orígenes y de consecuencias mal conocidos3.

La presencia en el título de esta sesión del término "erotismo" junto al de "pornografía" obliga a adoptar un enfoque más amplio que el de la simple condena de la pornografía. En nuestra sociedad hay una notoria contradicción en toda esta materia, pues si bien relega la pornografía a las salas-X, a las zonas especiales de los videoclubs o las sex shops sin escaparates, valora por el contrario muy positivamente el erotismo tal como muestran constantemente los medios de comunicación, la publicidad o las modas. Las transparencias y exhibiciones de las modelos en los desfiles de alta costura son un preciso indicador de este ambiente erotizado que multiplican los medios de comunicación. Quizá por ello muchas personas tienden a pensar que el erotismo es un valor cultural que puede llegar a ser un arte exquisito y sofisticado, mientras que la pornografía no sería otra cosa que el erotismo degradado para consumo de los incultos, pobres, o viciosos. Dicho al revés, esas personas piensan que si la pornografía está hecha de una manera artística puede ser aceptada bajo el nombre de erotismo. "No soy de los que consideran que el valor artístico lo absuelva todo", escribe a este respecto Umberto Eco4. Yo tampoco. Más aún, pretendo persuadirles —o al menos hacerles considerar un poco— que un mundo sin pornografía sería un mundo mucho mejor que el presente, y que por tanto, como universitarios, tenemos la obligación de poner todas nuestras fuerzas intelectuales y personales en favor de ese mundo mejor.
Para ello, en mi exposición deseo en primer lugar intentar clarificar un poco los conceptos y la terminología en torno a la pornografía y al erotismo; en segundo lugar, desearía abordar brevemente el problema del desnudo artístico y el arte erótico; en tercer lugar, trataré de identificar las coordenadas principales de la pornografía, y en cuarto lugar me gustaría apuntar algunas de las claves con las que —a mi entender— cabría afrontar toda esta cuestión desde nuestra posición de profesores universitarios. Voy a incluir en mi exposición algunos textos, que faciliten el estudio personal posterior y la discusión de un tema tan complejo, rico en matices y de tan hondas repercusiones prácticas.

2. Aclaraciones terminológicas y conceptuales en torno a "pornografía" y "erotismo"

Se dice de la pornografía que es difícil de definir, pero muy fácil de reconocer. Pienso que efectivamente es así, pero como universitarios no podemos rehuir el definir el fenómeno que en esta sesión queremos estudiar. Los españoles para dilucidar este tipo de cuestiones solemos acudir en primer lugar al Diccionario de la Real Academia y no me parece mal, pues en ese diccionario vienen registradas distinciones muy sutiles que operan en nuestra cultura a través de la lengua. En nuestro caso, las definiciones de los dos términos que nos ocupan son las siguientes5:

Pornografía. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas. 2. Obra literaria o artística de este carácter. 3. Tratado acerca de la prostitución.
Erotismo. Amor sensual. 2. Carácter de lo que excita el amor sensual. 3. Exaltación del amor físico en el arte.

Llama la atención la proximidad entre ambos términos, con la diferencia importante de que la pornografía es considerada "obscena", esto es, como algo que no debe aparecer en escena, y está relacionada con la prostitución, mientras que el erotismo alude más bien a la exaltación de la dimensión física y sensual del amor. Sin duda resultan útiles estas definiciones del diccionario, pero me parece que quizá puede resultarnos todavía más útil lo que escribió a este respecto el novelista Walker Percy, refiriéndose en particular a los libros:
"la pornografía se diferencia de otros escritos en que hace algo que los otros libros no hacen. Hay novelas que aspiran a entretener, a decir cómo son las cosas, a crear personajes y aventuras con los que el lector pueda identificarse. En cambio, la pornografía hace algo completamente diferente: trata de modo completamente deliberado de excitar sexualmente al lector. Esto es algo en lo que podemos estar de acuerdo los cristianos y los no cristianos, los científicos y los profesores de lengua, pues no tiene gran misterio. La pornografía, que es una transacción con signos, no es realmente diferente de la salivación del perro de Pavlov al oír el sonido de la campana que ha aprendido que 'significa' que llega la comida"6.
Por ello, prosigue con fuerza Percy y desde la experiencia que da el ser un autor consagrado de novelas,
"sea lo que fuere la pornografía, no es literatura, ni siquiera mala literatura. Es otra cosa. Poniéndolo en términos semióticos, la literatura tiene que ver con que yo escriba palabras acerca de algo que usted lea comprendiéndolo y —espero— con placer. La pornografía tiene que ver con que yo use palabras como estímulos que provoquen determinadas respuestas en usted. La literatura es una transacción "yo-tú" en la que los símbolos se usan para transmitir verdades de algún tipo. La pornografía es una transacción "yo-ello" en la que tú te conviertes en un objeto, en un organismo manipulado por estímulos. No es necesario, estoy seguro, decirles quien se convierte en el Ello en esta transacción. Es la mujer, por supuesto, todas las mujeres, que son degradadas en su persona misma al ser usadas como objeto". 
Entonces, ¿qué es lo permitido? No quiero decir permitido por los censores. Lo que quiero decir es permitido por un escritor serio y un lector serio. ¿Qué pasa con el sexo explícito?, ¿y con la violencia explícita? (Hay por supuesto una pornografía de la violencia.) La única regla que sigo es la de permitir todo lo que sirva al propósito artístico de la novela. El bíblico Cantar de los Cantares no es pornográfico, porque la descripción del amado por el amante sirve al propósito del escritor. Pero el escritor ha de ser aquí cuidadoso y saber lo que está haciendo. Porque si es un escritor serio, no está preocupado por el uso de tacos o por llamar la atención del lector (...), no, lo que le preocupa es que el lector se distraiga del efectivo propósito de la novela. Si tengo una determinada verdad o una forma artística para una novela, y escribo una escena que es tan explícita sexualmente o tan explícitamente violenta que el lector se distrae, sea por estimulación, es decir, por excitación sexual, sea por asco y disgusto, he perdido entonces al lector o a la lectora y he fallado como novelista7.
Esta descripción me parece excelente y muy clarificadora. Nos proporciona una verdadera definición pragmática de "pornografía". Son obras pornográficas aquellas que se hacen, se comercializan y se consumen como excitantes sexuales8. No es una cuestión de qué se exhibe, hasta dónde se enseña, sino que guarda relación directa con los propósitos de sus autores. Se trata de productos comerciales diseñados para producir o favorecer la excitación sexual de la audiencia encarnando sus fantasías sexuales9. Obviamente tienen estas condiciones las películas que se proyectan en las salas especiales con esta finalidad, las que se venden en las zonas correspondientes de los videoclubs, o las imágenes que se distribuyen gratuitamente o de pago a través de internet. Así lo saben tanto sus distribuidores como sus consumidores.
Sin embargo, las fronteras de demarcación entre estos productos y la llamada "pornografía de lujo" —que aspira a ser aceptada bajo el rótulo de "erotismo"— son del todo borrosas. Nadie duda de la fuerte carga pornográfica de películas como Emmanuelle, El último tango en París, Instinto básico, o de algunas películas españolas que al distribuirlas en Estados Unidos han debido ser "podadas" para evitar su confinamiento en las salas X. Se trata de productos con una notable inversión económica, que aspiran a aunar una cierta calidad técnica con un mayor éxito comercial mediante la explotación publicitaria de la novedad transgresora en materia sexual, intercalada con otras escenas de notable valor lírico o con historias de gran fuerza expresiva. Cuántas personas que jamás acudirían al cine para ver una película pornográfica son capaces de asistir so capa de arte, literatura o cosa parecida a las escenas de intimidad sexual más explícitas que jamás hubieran podido imaginar.
La realidad de las películas o los programas de televisión en nuestro país —en particular los reality shows— son del todo explícitos a este respecto, y cuando son programas aparentemente inocuos, las pausas para la publicidad hacen evidente la intensa erotización de nuestra sociedad. "La saturación de sexo en la publicidad —me escribía un publicista parafraseando una carta de un lector en El País— está banalizando hasta tal extremo el mensaje publicitario que resulta cada vez más difícil encontrar la frontera entre una marquesina de moda (por poner un ejemplo) y el último número de Penthouse". De manera semejante, como una de las actividades que más excitan sexualmente a los seres humanos está el ver desnudarse a una persona del sexo opuesto10, muchos guiones de películas "exigen" a sus protagonistas estar permanentemente entrando y saliendo de la ducha, o muchos anuncios de colonia requieren de sus modelos que aparezcan en escena tal y como vinieron al mundo.
Para definir el erotismo podemos partir también de lo que leíamos en el Diccionario. Frente a la explicitud genital típica de la pornografía, cuando se habla de erotismo quiere hacerse referencia más bien a una exaltación de la dimensión física y sensual del amor y del cuerpo humano. Sin embargo, esa distinción entre pornografía y erotismo resulta del todo borrosa tanto para quienes están en favor de ambas como para quienes se oponen —como es mi caso— a la contaminación erótica de los medios de comunicación y de los espectáculos. "Son distinciones pudibundas" afirmaba un fotógrafo australiano escandaloso, especialista en la materia11. Veamos la cuestión del erotismo ahora con un poco más de detalle.

3. El desnudo artístico y el arte erótico

Las calles de las grandes ciudades de los países católicos, desde Buenos Aires hasta Roma pasando por Madrid o Barcelona, están llamativamente adornadas por los más sofisticados anuncios de lencería íntima o de mínimos trajes de baño, o si anuncian cerveza o whisky, a menudo quienes aparecen en los anuncios lucen también un muy escaso vestuario. No suele suceder así en las ciudades angloamericanas, que son de tradición puritana. La tradición católica ha convivido con el desnudo bastante bien quitando y poniendo estratégicas hojas de parra al vaivén de los cambios de la sensibilidad cultural en esta materia, incluida la Capilla Sixtina.
La enseñanza de la Iglesia Católica en todo este campo "no es efecto de una mentalidad puritana ni de un moralismo estrecho, así como no es producto de un pensamiento cargado de maniqueísmo"12: no está en contra del desnudo artístico, sino radicalmente en contra de la desnaturalización del sexo mediante su utilización comercial o su deliberada exhibición ante terceras personas, porque tales conductas degradan la dignidad de la comunicación sexual y envilecen a las personas. A este respecto, vale la pena —me parece— recordar la luminosa enseñanza de Juan Pablo II en su catequesis de 1981:
En el decurso de las distintas épocas, desde la antigüedad —y sobre todo, en la gran época del arte clásico griego— existen obras de arte cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez; su contemplación nos permite centrarnos, en cierto modo, en la verdad total del hombre, en la dignidad y belleza —incluso aquella "suprasensual"— de la masculinidad y feminidad. Estas obras tienen en sí, como escondido, un elemento de sublimación, que conduce al espectador, a través del cuerpo, a todo el misterio personal del hombre. En contacto con estas obras —que por su contenido no inducen al "mirar para desear" tratado en el Sermón de la Montaña—, de alguna forma captamos el significado esponsal del cuerpo, que corresponde y es la medida de la "pureza del corazón".
Digámoslo con otras palabras, el desnudo es —puede ser cuando es artístico— hermoso, muy hermoso e incluso tira de nosotros "hacia arriba": es un elemento de sublimación. A mí me gusta recordar el comentario incidental que hace Juan Pablo II en su encíclica Mulieris dignitatem con ocasión del relato bíblico de la creación de Eva. Recordáis la escena: Dios ha infundido un sueño profundo a Adán y forma de su costilla a Eva. Al despertarse Adán y ver a Eva desnuda enfrente de él, grita: "¡Guau! ¡Eres carne de mi carne y hueso de mis huesos!" y añade el Papa: "La exclamación del primer varón al ver la mujer es de admiración y de encanto: abarca toda la historia del ser humano sobre la tierra"13. Aquel grito de Adán lleno de admiración y de encanto atraviesa la historia de la humanidad y llega, sin duda, hasta nosotros hoy.
Sin embargo, prosigue Juan Pablo II en el texto antes comenzado,
hay también producciones artísticas —y quizás más aún reproducciones [fotografías]— que repugnan a la sensibilidad personal del hombre, no por causa de su objeto —pues el cuerpo humano, en sí mismo, tiene siempre su inalienable dignidad—, sino por causa de la cualidad o modo en que se reproduce artísticamente, se plasma, o se representa. Sobre ese modo y cualidad pueden incidir tanto los diversos aspectos de la obra o de la reproducción artística, como otras múltiples circunstancias más de naturaleza técnica que artística.

Es bien sabido que a través de estos elementos, en cierto sentido, se hace accesible al espectador, al oyente, o al lector, la misma intencionalidad fundamental de la obra de arte o del producto audiovisual. Si nuestra sensibilidad personal reacciona con repugnancia y desaprobación, es porque estamos ante una obra o reproducción que, junto con la objetivación del hombre y de su cuerpo, la intencionalidad fundamental supone una reducción a rango de objeto, de objeto de "goce", destinado a la satisfacción de la concupiscencia misma. Esto colisiona con la dignidad del hombre, incluso en el orden intencional del arte y de la reproducción14.
Este texto de Juan Pablo II —y otros muchos suyos que se podrían aportar desde su libro Amor y responsabilidad— sugiere claramente que los problemas no están en el desnudo, sino en la intencionalidad del autor que reduce el cuerpo a objeto de goce para satisfacer su concupiscencia o la concupiscencia del espectador en lugar de ser genuina expresión de la intimidad personal.
Desde esta perspectiva se descubre fácilmente que no tiene mayor valor aquella supuesta distinción entre "pornografía" y "erotismo" de la que venimos hablando. Cuando aquí se habla de "erotismo" no me estoy refiriendo a la ternura, a la sugerencia, a las caricias, o a la intimidad sexual, sino más bien al arte erótico, a la objetualización del estímulo sexual. Para intentar dejar esto claro, aportaré la definición de "Arte erótico" en la reciente Routledge Encyclopedia of Philosophy15:
El arte erótico es arte con un contenido sexual, que puede ser más o menos patente. La presencia de contenido sexual no es, sin embargo, suficiente para que una obra de arte sea considerada erótica. Aunque hay más de un sentido en el que puede decirse que una obra sea erótica, una obra erótica de arte debe estar dirigida —y en cierta medida debe lograrlo— a evocar pensamientos, sentimientos o deseos sexuales en el espectador, en virtud de la naturaleza de la escena sexual que representa y de la manera en que lo representa. (...) El arte erótico se distingue de la pornografía al menos de dos modos. Primero, la pornografía carece de toda intención artística. Segundo, su objetivo principal no es sólo estimular sexualmente al lector, sino degradar, dominar y despersonalizar a sus sujetos, de ordinario mujeres.
Vamos a prestar ahora atención detenida a esta última cuestión.

4. La pornografía no es arte, sino explotación sexual

La pornografía existe en la literatura universal con cierta profusión al menos desde los griegos: a cualquier ciudadano de principios del siglo XXI el Lisístrata de Aristófanes sonroja todavía por su procacidad. Obras de este tipo, aunque se presenten a veces como literatura o arte, no son más que pornografía. Machado la llama "esa baja literatura que halaga no más la parte inferior del centauro humano"16 o Magris —utilizando una expresión de Céline— la califica como el "bidet lírico"17. Como señaló agudamente Steiner, a pesar de los frecuentes elogios acerca de la potencialidad creativa del sexo, la cruda realidad de la pornografía es siempre monótonamente la misma y "no tiene una importancia literaria eminente"18. En cambio, lo que sí ha cobrado una creciente importancia a lo largo del siglo XX es la pornografía audiovisual tanto por el formidable crecimiento de los medios de comunicación audiovisuales —en los últimos años internet— como por la denominada "revolución sexual" de los años 60, que ha hecho prácticamente banal tanto la exhibición de la intimidad conyugal como de todo tipo de perversiones. Realmente, en nuestra sociedad occidental sólo se considera verdaderamente reprobable la denominada "pornografía infantil", esto es, el abuso sexual de niños19, mientras que las demás conductas sexuales se presentan simplemente como "opciones sexuales" de seres humanos adultos.
Sin embargo, las conclusiones de los estudios llevados a cabo —algunos con notable rigor científico y experimental— de las películas pornográficas que hay en el mercado muestran con claridad que la pornografía es una expresión más de la multisecular explotación de las mujeres como objetos de uso por parte de los varones. No sólo la pornografía es consumida principalmente por varones20, sino que las películas pornográficas para varones incluyen elementos y temas sistemáticamente ofensivos y degradantes para las mujeres: las mujeres suelen ser presentadas explícita o de una manera implícita como esclavos sexuales21. Incluso "los resultados han demostrado que los varones responden psicosexualmente más que las mujeres tanto a los vídeos para varones como a los vídeos para mujeres"22. Lamentablemente es cierto que en algunos casos puede hablarse de la complicidad de la mujer en su victimización, pero ello no hace más que agravar la situación.
Las afirmaciones que acabo de hacer resultan de una gran importancia para entender la pornografía y dan también razón de que el origen clásico del término "pornografía" sea el de escritura (grafia) relativa a la prostitución (porneia). Para sus consumidores las imágenes pornográficas son un sustituto audiovisual de la prostitución, más higiénico, más económico, e incluso puede que más práctico. A su vez, la prostitución es un sucedáneo, un sustituto degradado, irresponsable y pasajero, de la genuina comunicación amorosa humana. Mientras en el amor humano hace falta la libre voluntad de entrega mutua de un varón y de una mujer, en la prostitución bastan de ordinario el dinero y el deseo del varón y la necesidad económica de la mujer. Así como la prostitución es una degradación comercializada de la íntima comunicación sexual en beneficio sobre todo de los varones, la pornografía audiovisual es una fórmula tecnológica de sustitución de ese comercio carnal. ¡La semana pasada se daba noticia en la prensa de la apertura en Madrid de una "escuela" para artistas de películas pornográficas!
Piénsese en la frecuente argumentación en favor de la pornografía como gratificante sexual para discapacitados físicos o en la defensa de la enseñanza de prácticas masturbatorias a deficientes mentales. Estos extremos —sobre los que hay abundante bibliografía— reflejan bien el pansexualismo de la sociedad occidental en la que algunas personas —y quizá sobre todo los estilos de vida que más se difunden en los medios de comunicación— parecen cifrar la felicidad humana en la satisfacción sexual. Se trata de un modo profundamente desenfocado de concebir al ser humano, pues viene a reducir a los seres humanos a sus órganos sexuales y a la satisfacción de su impulso sexual. Este enfoque —dominante en amplios estratos de nuestra cultura— es realmente opuesto a la experiencia personal de casi todas las mujeres y de la mayor parte de los varones, en especial de la gente joven, e incapacita para comprender el preciso (y precioso) papel de la sexualidad en el desarrollo de la personalidad y en la forja de relaciones interpersonales.
El feminismo contemporáneo ha vivido un amplísimo debate sobre estas materias. De una parte, el feminismo de la igualdad —que tuvo gran expansión en los años 60 y 70— quería liberar a la mujer de su subordinación al varón mediante la afirmación de la individualidad, de la libertad personal de cada mujer en todos los ordenes de su existencia. Veinte años después de la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo y de un amplio rechazo de la maternidad, ha aparecido con notable vigor un feminismo de la diferencia que denuncia las consecuencias indeseables que en muchos casos trajo aquel igualitarismo masculinizante. La discusión acerca de la pornografía y la "promoción" de la pornografía femenina es uno de los elementos de discrepancia entre ambos feminismos23. En la confrontación entre ambas perspectivas, la aportación quizá más importante es el descubrimiento de que la prometida liberación sexual ha sido liberación efectiva sólo para los varones, pues mediante el control de la concepción por parte de las mujeres han quedado ellos eximidos de cualquier responsabilidad procreadora24.
En la última década viene desarrollándose con singular fuerza el movimiento, originado en Canadá y en auge en Estados Unidos, para la eliminación de la pornografía no por motivos religiosos, sino por la constatación empírica de que las películas pornográficas causan daño a las mujeres, no sólo a las que toman parte en la filmación, sino también a las que son violentadas por los varones excitados por esas películas o que han aprendido en ellas nuevas prestaciones25. "Todo el propósito de la pornografía es hacer daño a las mujeres", afirma Andrea Dworkin26. La cuestión es objeto de amplio debate, pero buena parte de la evidencia disponible avala hasta el momento esa rotunda afirmación27.
¿Cómo influye la pornografía en la vida real de sus consumidores? Así como sabemos que el tabaco daña gravemente a la salud, ¿cómo afecta el consumo de pornografía a los seres humanos? Los estudios científicos disponibles no llegan todavía a un consenso total28, pero para nuestros propósitos me parece muy certera la expresión de que esas películas pueden herir la sensibilidad del espectador. Más aún con esa expresión lo que quiere afirmarse es que esas imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador hasta el punto que se fijen de modo indeleble en su memoria. No me estoy refiriendo sólo a aquel espectador que tenga una sensibilidad enfermiza, obsesiva o deteriorada, sino en particular a la del espectador sano y normal, y para ello apelo a la experiencia personal de cada uno y al archivo de imágenes repugnantes que almacena muy a su pesar en su memoria. Como escribe el poeta, "Si pierdo la memoria, qué pureza"29. La tradición freudiana que defiende la exteriorización de las represiones tiene su elemento de verdad, pero, en contraste, como todos tenemos comprobado, no es verdad que las heridas de la memoria cicatricen simplemente hablando sobre ellas.
Como la identidad humana se construye narrativamente, uno de los elementos decisivos de la configuración biográfica es la memoria personal. No nos acordamos de lo que queremos, sino que —incluso mucho más a menudo— nos acordamos de lo que no queremos. Nuestra imaginación y nuestros sueños no sólo se nutren de lo que nos ha sucedido en la vida real, sino que se alimentan en buena medida de lo que hemos visto en las películas. A menudo, "la representación del mundo y de los acontecimientos que ofrecen los mass media impregna la conciencia más fuertemente que la propia experiencia de la realidad"30.
El negocio pornográfico es una brutal explotación del impulso sexual de los machos, pero, quizá casi a partes iguales, vive también de la curiosidad natural. Lo extraordinario es llamativo, atrae nuestra atención. Se trata de lo que Laumann ha denominado el "gaper phenomenon", el fenómeno del asombro que nos deja boquiabiertos: "Hay curiosidad por cosas que son extraordinarias y fuera de lo corriente. Es como pasar en coche junto a un horrible accidente. Nadie querría estar envuelto en él, pero todos reducimos la velocidad para mirar"31. Esta poderosa tendencia humana en pos de lo novedoso, de emociones nuevas y de "sabores fuertes" explica nuestra atención privilegiada a lo extraordinario, a lo anormal y a lo desviado que cautiva nuestra atención. También ayuda a comprender el fenómeno de la producción cinematográfica que hemos denominado "pornografía de lujo", en la que la excitación sexual se dosifica "prudentemente" junto con los sentimientos, la aventura o incluso el lirismo.

5. Algunas claves para afrontar estas cuestiones desde la Universidad

Debo ya enfocar el final de mi exposición y quiero hacerlo con lo que prometí al comenzar, esto es, con algunas pautas con las que —a mi entender— cabría afrontar este tema desde nuestra condición de profesores universitarios. Son las siguientes enunciadas de modo muy sumario, y quizá pueden discutirse más despacio en el coloquio ya inminente:
1) Rechazar sistemáticamente la pornografía en todas sus formas y denunciar su carácter degradante tanto para las mujeres en ella utilizadas como para los consumidores:
Como se ha dicho, la pornografía no es tanto la explicitación de la genitalidad, como el establecimiento de unas cadenas de excitación y consumo —de verdadera explotación— entre creadores o productores y audiencia. En este sentido, la pornografía sería una adicción plenamente asimilable a la droga, tanto por el volumen de negocio que mueve, como por la borrosa distinción entre drogas duras y blandas (hard y soft porn), o incluso por la ingenua tolerancia satisfecha que se tiene acerca de ella en muchos países democráticos en nombre de la libertad de expresión. Concretamente, en algunos casos la adicción a la pornografía, el voyeurismo o intrusión visual inadvertida en el espacio íntimo de otros, la búsqueda compulsiva de nuevas imágenes excitantes (y prohibidas), puede llegar a trastornar realmente la conducta personal de algunos varones, incluso entre los casados. El zapping solitario, como reflejo de la desintegración sexual de la persona, tiene algo de todo ello32.
2) Luchar por la erradicación de la excitación sexual en los medios de comunicación:
La influencia más negativa y general de la pornografía o el erotismo es que empobrece la imaginación de varones y de mujeres hasta el punto de llegar a conformar reductivamente las relaciones entre ellos. Como las relaciones entre las personas están mediadas por su imaginación, la sistemática reducción de las relaciones entre mujeres y varones en términos de mutua excitación sexual es una degradación violenta de nuestra humana condición. "Nuestro almacenamiento de imágenes constituye el recurso principal para la comprensión"33. En la medida en que aspiramos a forjar una sociedad democrática, plural y respetuosa de las diferencias entre varones y mujeres, ha de afrontarse con decisión la eliminación de la excitación sexual en los medios de comunicación . La tolerancia ingenua de la pornografía en los medios de comunicación (incluida internet en la que el consumo pornográfico parece ser desbordante34), so capa de libertad de expresión, es un resabio de aquel sometimiento unilateral y multisecular de las mujeres a la satisfacción sexual de los varones. Sólo erradicando la objetualización imaginaria de la mujer se logrará una verdadera igualdad y una relación respetuosa de las diferencias entre varones y mujeres.
3) Exigir una clara identificación de los productos pornográficos como peligrosos y contaminantes de nuestro entorno moral e intelectual para mantenerlos lo más lejos posible, cuando no puedan ser eliminados35. Como escribiera C. S. Lewis, "cuando los venenos se ponen de moda, no dejan de matar"36.
Las famosas autopistas de la información de las que se hablaba hace algunos años se han convertido en vertederos de la corrupción, a través de los que se distribuyen estilos de vida incompatibles realmente con la dignidad humana. Por eso, se alzan voces cada vez con más fuerza defendiendo el "derecho a la desinformación", el derecho a no tener noticia de la intimidad sexual de otras personas, o de la perversión o las barbaridades de nuestros congéneres, tal como se empeñan en presentarnos los telediarios —que compiten a base de "morbo" por su cuota de audiencia— o incluso los periódicos de información general.
Las dos primeras pautas tienen un carácter negativo; esta tercera es un intento de contención del mal, pero mucho más importante —y más conforme con las enseñanzas de San Josemaría— es una actitud decididamente positiva de ahogar el mal con abundancia de bien. He pensado que podía formularse de la siguiente manera:
4) Empeñarse en educar la imaginación y el corazón de uno mismo y de los demás:
Como se ha dicho anteriormente, el consumo de pornografía es un sucedáneo degradante de la sexualidad humana. Por el contrario, la búsqueda de una efectiva integración de la sexualidad en la vida real de cada una o cada uno, lleva a descubrir que la sexualidad se torna verdaderamente humana cuando se expresa en la mutua donación entre varón y mujer, total e ilimitada en el tiempo tal como la ha entendido siempre la tradición católica. Es preciso que nos empeñemos en un proceso de purificación del clima social37, que pasa no sólo por la eliminación o contención de los productos contaminantes, sino sobre todo por la difusión de estilos de vida creativos y solidarios, capaces de hacer más felices a los seres humanos.
Hoy en día a la mayor parte de nuestros estudiantes les parece, por supuesto, mucho más atractivo el matrimonio que el amor libre. Os invito a que defendáis el "amor romántico", la recíproca y fiel donación para siempre del varón y de la mujer en el matrimonio, presentando también los aspectos más exigentes de entrega personal que a veces pueden no estar presentes en la imaginación. Pero además os invito, en particular a las mujeres, mucho más sensibles que los varones en toda esta materia, a difundir entre los estudiantes un estilo de vida limpio, alegre y atractivo en el que no haya lugar para la pornografía. Un mundo sin pornografía sería un mundo mucho mejor que el actual. Si hay pornografía es —además de una consecuencia del pecado original— porque la vida cotidiana no llena su imaginación. Dejadme que cite un texto de Simone Weil que expresa bien esta paradoja de la imaginación humana: "El mal imaginario es romántico, variado; el mal real, triste, monótono, desértico, tedioso. El bien imaginario es aburrido; el bien real es siempre nuevo, maravilloso, embriagante"38. Así es la imaginación humana y por eso hace falta educar la propia imaginación y la imaginación de nuestros alumnos purificándola y desarrollándola de manera creativa.
En este sentido, la literatura y el cine tienen un papel decisivo en el cultivo de la imaginación. Su misión no es simplemente el entretenimiento, sino la educación más plena del ser humano, la educación del corazón39: son el mejor invento para ensanchar nuestra experiencia humana, para cultivar nuestro corazón, para educar nuestra imaginación. A través de algunas películas o novelas nuestra experiencia personal, tantas veces inexplicable, se ilumina hasta llegar a formar parte de la experiencia universal humana40. En particular estoy persuadido de que el cine y la literatura pueden ser el medio más eficaz para que los varones aprendamos de la experiencia de las mujeres y las mujeres aprendan de la de los varones, y sobre todo para que unas y otros aprendamos a tratarnos mutuamente como personas.
Por eso, para batallar contra la pornografía hemos de empeñarnos en llegar a ser 'mejores personas' y eso tiene que ver con el desarrollo de la imaginación, su enriquecimiento y purificación, de forma que nuestros proyectos vitales, nuestro estilo de vida, se definan por la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, por la solidaridad con los demás para un crecimiento común, y no por el consumo egoísta de sensaciones o la acumulación privada de placeres. Me decía una estudiante de Bellas Artes hace unos días, "no me gustaría saber que mi novio consume pornografía" y todos, varones y mujeres, la comprendemos bien.
Una medida que hará más viable en la práctica el horizonte que en estas páginas se defiende es el empeño de todos por una participación de las mujeres en régimen de igualdad en los puestos de decisión en los medios de comunicación y en la sociedad41. Frente a los síntomas de la proliferación de la pornografía, el indudable avance de las mujeres en la organización de la sociedad permite aventurar que esa lacra machista va a ir desapareciendo o al menos minimizándose.

6. Conclusión

Debo terminar ya y quiero hacerlo recordando a San Josemaría, a quien tanto debemos en esta Universidad. Entre esas muchas cosas que esta Universidad le debe me gusta destacar un símbolo, una imagen: la elegantísima estatua de Santa María, Madre del Amor Hermoso, que encargó al escultor Sciancalepore, para que en medio del campus "bendijera el amor limpio, sano de vuestra juventud"42. Nos lo recordaba hace unos días el Gran Canciller en el encuentro en el Polideportivo de la Universidad y explicaba a la decana del Colegio Mayor Olabidea, que le había hecho una pregunta sobre cómo vivir hoy en día con coherencia cristiana: "No creas que [San Josemaría] rezó por las estudiantes y los estudiantes que estaban en 1965 aquí, en Pamplona. Rezó, ya, por vosotras, para que esa Madre del Amor Hermoso os mirase y vosotros miraseis a la Virgen".
Muchas gracias.



Notas
1. En esta presentación me baso en el texto que preparé para un seminario sobre "Claves para abordar la pornografía en las enseñanzas de cine" en el Departamento de Cultura y Comunicación Audiovisual en mayo de 1996. Agradezco las sugerencias de M. Arrondo, L. Chapa, G. Díaz, A. Gallego, T. Hernández, O. Lamberto, J. López, A. Marín, I. Martínez, C. Montes, B. Pascual, J. Pérez-Tomé, A. Piqué, M. Revuelta, A. Romero y J. J. Sánchez-Aranda en la preparación de este texto.
2. J. Lee, "Postcards from Planet Google", The New York Times, 28 noviembre 2002.
3. D. Dutonnerre, La marée noire de la pornographie: Un fléau aux origines et aux conséquences mal connues, Editions de Chiré, Chiré-en-Montreuil, 1992.
4. U. Eco, "Como reconocer una película porno", Segundo diario mínimo, Lumen, Barcelona, 1994, 196.
5. Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, Madrid, 2001, 22ª ed., s.v.
6. W. Percy, Signposts in a Strange Land, Farrar, Straus & Giroux, New York, 1991, 362.
7. W. Percy, Signposts in a Strange Land, 363.
8. Una definición semejante puede encontrarse en D. Jones (ed.), Censorship. A World Encyclopedia, Fitzroy Dearborn, London, 2001, vol. 3, 1907: "Pornography is the depiction of sexual behaviour in the arts and media that is intended to cause or does cause sexual arousal".
9. D. L. Mosher, "Pornography Defined: Involvement Theory, Narrative Context, and Goodness of Fit", Journal of Psychology and Human Sexuality, 1 (1988), 67-85.
10. G. Kolata, Sex in America: A Definitive Survey, Little, Brown, Boston, 1994; P. Elmer-Dewitt, "Now for the Truth about Americans and Sex", Time, 17 octubre 1994, 44.
11. Helmut Newton en El País, 30 diciembre de 1993; cf. J. A Herrero Brasas, "Feminismo y pornografía", Claves de Razón Práctica 63, junio 1996, 44.
12. Juan Pablo II, Audiencia general, 29 abril 1981, en La redención del corazón, Palabra, Madrid, 1996, 254.
13. Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, 1988, 10.
14. Juan Pablo II, Audiencia general, 6 mayo 1981, en La redención del corazón, 258.
15. J. Levinson, "Erotic Art", en E. Craig (ed.), Routledge Encyclopedia of Philosophy, London, 1998, vol 3, 406.
16. A. Machado, Los complementarios, Losada, Buenos Aires, 1968, 143.
17. C. Magris, El Danubio, Anagrama, Barcelona, 1989, 46.
18. G. Steiner, "Night Words", Language and Silence. Essays 1958-1966, Faber & Faber, London, 1985, 91. Para un cuidadoso estudio de esta cuestión, puede verse R. Shattuck, Conocimiento prohibido. De Prometeo a la pornografía, Taurus, Madrid, 1998.
19. T. Sancton, "Preying on the Young", Time, 2 septiembre 1996, 22-25.
20. Un estudio de la Carnegie Mellon sobre pornografía en internet aportaba los datos de que el "98,9% de los consumidores on-line de pornografía son varones. Y hay alguna evidencia de que del restante 1,1% muchas son mujeres pagadas para tomar parte en las 'chat rooms' y en los boletines para que los clientes se sientan más a gusto". P. Elmer-Dewitt, "On a Screen Near You: Cyberporn", Time, 3 julio 1995, 38.
21. Cf. G. Cowan y K. F. Dunn, "What Themes in Pornography Lead to Perceptions of the Degradation of Women?", Journal of Sex Research, 31 (1994), 11-21; D. Linz y N. Malamuth, Pornography, Sage, Newbury Park, CA, 1993, 4.
22. D. L. Mosher y P. MacIan, "College Men and Women Respond to X-rated Videos Intended for Male or Female Audiences: Gender and Sexual Scripts", Journal of Sex Research, 31 (1994), 108.
23. S. M. Easton, The Problem of Pornography. Regulation and the Right to Free Speech. Routledge, London 1994; R. Osborne, "Liberalismo y feminismo: ¿Un dilema para las mujeres?", Doxa, 13 (1993), 285-299; J. Malem, "Feminismo radical, pornografía y liberalismo", Doxa, 13 (1993), 301-314.
24. S. Graham, "What Does a Man Want?", American Psychologist, 1992 (47), 837.
25. M. Serrill, "Smut that Harms Women", Time, 9 marzo 1992, 48; K. Mahoney, "Por una sociedad más limpia", Nuestro Tiempo, diciembre 1992, 86-91; C. MacKinnon, Only Words, Harvard University Press, 1994; M. Le Doeuff, El estudio y la rueca. De las mujeres, de la filosofía, etc., Cátedra, Madrid, 1993.
26. A. Dworkin, Pornography: Men Possesing Women, Women's Press, London, 1981; P. Elmer-Dewitt, "On a Screen Near You: Cyberporn", 41.
27. K. Boyle, "The Pornography Debates. Beyond Cause and Effect", Women's Studies International Forum 23 (2000) 187-195.
28. D. Zillmann, "Effects of Prolonged Consumption of Pornography", en D. Zillmann y J. Bryant (eds.), Pornography: Research Advances and Policy Considerations, Lawrence Erlbaum, Hillsdale, NJ, 1989, 127-157; D. Zillmann, "Influence of Unrestrained Access to Erotica on Adolescents' and Young Adults' Dispositions toward Sexuality", Journal of Adolescent Health 27 Sup. (2000) 41-44 y R. J. Harris, "El impacto de los media explícitamente sexuales", en D. Zillmann y J. Bryant (eds.), Los efectos de los medios de comunicación. Investigaciones y teorías, Paidós, Barcelona, 1996, 329-364; véase también D. Linz y N. Malamuth, Pornography, 16-28 y el reciente estudio de C. Rogala y T. Tydén, "Does Pornography Influence Young Women's Sexual Behavior?", Women's Health Issues 13 (2003), 39-43, que da noticia de bibliografía relevante.
29. P. Gimferrer, Arde el mar, Cátedra, Madrid, 1994, 132. Sobre la memoria de imágenes sexuales, L. Downey et al, "How Could I Forget? Inaccurate Memories of Sexually Intimate Moments", Journal of Sex Research, 32 (1995), 177-191.
30. J. Ratzinger, Cooperadores de la verdad, Rialp, Madrid, 1991, 276.
31. E. Laumann, Sex in America, 1994; P. Elmer-Dewitt, "On a Screen Near You: Cyberporn", 40.
32. Consta que el tratamiento mediante Prozac contra la depresión puede eliminar en algunos casos esa adicción. P. Kramer, Listening to Prozac, Penguin, New York, 1997; cf. C. Wallis, "Medicine for the soul", Time, 11 julio 1994, 60.
33. E. W. Eisner, "La incomprendida función de las artes en el desarrollo humano", Revista Española de Pedagogía, 50 (1992), 21.
34. Cf. E. Subirats, Culturas virtuales, Biblioteca Nueva, Madrid, 2001, 167.
35. Cf. R. Shattuck, Conocimiento prohibido, 359.
36. C. S. Lewis, A Preface to "Paradise Lost, cap IV; cf. R. Shattuck, Conocimiento prohibido, 347.
37. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2525.
38. S. Weil, La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994, 111.
39. N. Grimaldi, "El aprendizaje de la vida a través del cine y la literatura", Nuestro Tiempo, diciembre 1994, 116-125.
40. W. Percy, Signposts in a Strange Land, 359.
41. Cf. S. Easton, The Problem of Pornography, 177.
42. Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá, Rialp, Madrid, 1968, n. 85.



Última actualización: 8 de septiembre 2007

[Jaime Nubiola] [Sugerencias]


Universidad de Navarra

martes, 26 de junio de 2018

Educación de la afectividad

Educación de la afectividad: el “control flexible”
por Antonio Malo
El pensamiento tiene como objeto el mundo no sólo en sus dimensiones técnica, práctica, teórica e ideal, sino también en sus dimensiones que conocemos como “inteligencia emocional”. Gracias a su capacidad de iluminar los diversos niveles personales, el pensamiento hace posible el control flexible del nivel tendencial-afectivo, poniendo así las bases de la integración de los diferentes niveles en una personalidad sana y madura.
La noción de control flexiblese opone a la tesis de la mayoría de los filósofos modernos, para quienes —según los diversos tipos de dualismo—, razón y afectividad tienen un origen radicalmente diverso, y también a la de los psicólogos conductistas, para quienes no hay distinción entre razón y afectividad, pues el hombre es sólo materia. Si para los seguidores del dualismo cartesiano el único control posible es de tipo rígido, para los conductistas no debe hablarse de control de la razón, sino sólo del uso, más o menos consciente, de modelos de comportamiento cuyo objetivo es la satisfacción de las necesidades biológicas del organismo.
El control flexible por parte de la razón se realiza a través del juicio racional. Para entender con profundidad el sentido de esta afirmación, es preciso darse cuenta de que la posibilidad de ejercer dicho control depende de la unidad de la persona. En efecto, razón y afectividad no tienen un origen opuesto ni diverso, como si nacieran de dos sujetos distintos, pues surgen de una sola persona: una sola e idéntica persona es quien siente determinadas inclinaciones, reflexiona sobre ellas, las valora y actúa en consecuencia. Que la persona y, por consiguiente, la personalidad sea una no significa que sea simple, pues, además de estar formada por diversos niveles, en ella existen inclinaciones que en sí no son racionales e, incluso, las hay contrarias al juicio de la razón. El problema consiste en saber cómo la razón puede influir en los niveles que en origen no son racionales.
Creo que la explicación es esta: la razón, cuya función práctica más importante es el juicio, puede influir en los afectos porque estos suponen siempre un juicio natural. Sin él, la razón no podría interpretar la afectividad ni valorarla de acuerdo con la totalidad de la persona y, por consiguiente, no podría corregirla cuando se opone a ella. Hay, por tanto, una continuidad o, por lo menos, puede haberla, entre el juicio natural característico de la afectividad y las diferentes funciones hermenéuticas de la razón.
a) La interpretación.Una de las funciones primarias de la razón consiste en interpretar la afectividad, es decir, captar el diverso significado de las vivencias afectivas. Para hacerlo, no basta la conciencia originaria de la vivencia (por ejemplo, sentir miedo), sino que es necesaria la reflexión, o sea la conciencia racional de lo que aparece en la vivencia; en el miedo, por ejemplo, sentir determinada realidad como peligrosa[1].
En los sentimientos corporales, de dolor, placer, etc. puede hablarse, desde un punto de vista vital, de la existencia de un significado positivo o negativo que se percibe sin reflexión, pues, por ejemplo, el dolor es experimentado de forma espontánea como contrario al vivir. La reflexión de la razón es necesaria, en cambio, para descubrir la causa de esos sentimientos corporales, para no dejarse dominar por ellos y, sobre todo, para poder valorar el significado personal del dolor y el placer. Al comienzo de la biografía de cada uno, la interpretación del placer y dolor es realizada por una razón ajena; normalmente, la de los padres; por ejemplo, ante el dolor del niño pequeño manifestado a través del llanto, gritos o señales corporales, las personas que cuidan de él tratarán de descubrir su causa para eliminarlo o paliarlo. Más adelante,  es el juicio de la propia razón el que induce a tomar un calmante que haga desaparecer el dolor o, por lo menos, disminuir su intensidad, o a aceptarlo e incluso amarlo cuando el dolor, valorado en la perspectiva de la persona en su totalidad, se ve —a la luz de la Revelación cristiana— como participación en el amor redentor de Cristo, que sufre y muere en la Cruz.
De todas formas, la experiencia del dolor como algo negativo, no es susceptible de error. Si alguien siente dolor, no sólo no puede dejar de sentirlo, sino que es informado de la existencia de algo en su organismo que se opone a la salud. La razón, pues, aunque es capaz de valorar el dolor en el conjunto de la persona, no puede modificar el significado vital del mismo.
Los sentimientos corporales no necesitan ser interpretados por la razón, mientras que deben serlo los ligados a la tendencia nutritiva, como el hambre o la sed, a la tendencia sexual, etc. Como ya se dijo, el hambre y la sed son sentimientos tendenciales interpretados originalmente por una razón ajena; gracias a ésta, el niño que por primera vez los experimenta es capaz de conferirles un significado determinado. La función de la interpretación no se agota en las primeras experiencias, sino que parece interiorizarse poco a poco hasta coincidir en cierto modo con el propio sentimiento, de tal forma que —una vez interiorizada— es muy difícil separar la interpretación del sentimiento  tendencial interpretado. Por ejemplo, cuando un adulto identifica determinados sentimientos como hambre, no es necesario que emita un juicio racional ulterior para saber que necesita comer. 
La necesidad de interpretar los sentimientos tendenciales depende del modo de ser de la subjetividad. En efecto, la subjetividad está capacitada para experimentar algo que todavía no conoce, pues, a través, del sentimiento de necesidad, el objeto que en parte puede satisfacerla es experimentado antes de ser poseído. Este modo de sentir la propia subjetividad, característico de los sentimientos tendenciales de hambre, sed, etc., demuestra que éstos pueden ser interpretados sólo por quien conoce el objeto de la necesidad, ya que en sí mismos los sentimientos indican sólo un tender de forma vaga y confusa  hacia algo que todavía no ha sido poseído[2].
Más compleja aún es la interpretación de los afectos en los estados de ánimo disposicional, como los celos, la envidia, el deseo desmesurado de estima, pues la oscuridad del afecto no depende sólo de su cercanía a lo somático, sino también de su relación con el yo. Los celos, por ejemplo, derivan de la envidia e implican por lo menos la existencia de tres personas; en efecto, los celos se refieren a algo propio (en sentido estricto, al objeto de nuestro amor) que nos ha sido arrebato por un rival o, por lo menos, tememos que éste nos lo pueda arrebatar. Para interpretar tales afectos de forma adecuada, es preciso estar dispuestos a admitir que el yo tiene determinadas inclinaciones que avergüenzan, lo que —si uno es sincero consigo mismo— significa valorarlas negativamente y, por consiguiente, empeñarse por modificarlas. En la función hermenéutica de la razón notamos el papel fundamental de la voluntad, que puede aceptar o rechazar una interpretación determinada.
En conclusión, la función interpretativa de la razón, aunque no es aplicable a los sentimientos corporales de dolor y placer, debe aplicarse a los demás tipos de afecto, pues implican siempre un juicio naturalrespecto de relación entre la subjetividad tendente y la realidad que ha de tenerse en cuenta. No porque el juicio natural de por sí sea conveniente a la persona, ya que de modo inmediato no se refiere a ella sino a las tendencias; sino porque normalmente le informa de algo importante para su existencia. Mediante la interpretación de ese juicio natural, la razón puede descubrir el origen de los sentimientos que están unidos a las tendencias y, sobre todo, el de los afectos más espirituales, en donde hay mayores posibilidades de error, lo cual es necesario si se desea integrarlos convenientemente antes de referirlos a la persona[3].
b) La valoración. Si en la interpretación se aplica la razón para captar el significado que tiene el sentimiento o el afecto, es decir, su significado tendencial, en la valoración se considera en cambio el aspecto personal de ese juicio natural. La razón, mediante la reflexión, no sólo determina cuál es la tendencia dinamizada, sino sobre todo establece una separación entre el yo sometido a la afección y la realidad a la que tiende, indicando cuando se debe o no seguir esa tendencia. 
En cierto sentido, mediante la valoración, el yo es objetivado y, por tanto,  separado de la relación contingente con una realidad precisa. La separación entre relación tendencial y persona, obrada por la razón, está en la base del juicio que esta emite o puede emitir, a la luz del conocimiento de sí y del fin elegido. Por eso, en la valoración del juicio natural, el bien o mal tendenciales hay que referirlos al bien o mal de la persona, teniendo en cuenta el futuro, sobre todo, la realización del propio proyecto existencial[4].
1. Valoración de los sentimientos corporales. El placer y el dolor deben ser valorados en cuanto placer o dolor de la persona. Los sentimientos de nuestra corporalidad —placer y dolor— no pueden ser ni rechazados como si no nos pertenecieran (como hicieron los estoicos y sus seguidores), ni considerados como el único fin del vivir (como han hecho, por ejemplo, los hedonistas de todos los tiempos). La información que los sentimientos corporales proporcionan es importante pues manifiestan una situación corporal determinada y, en el caso del placer y del dolor conectados a la posesión o separación del objeto al que se tiende, expresan también la satisfacción o insatisfacción de necesidades importantes para la vida del individuo y de la especie.
La valoración racional de tales sentimientos indica, sin embargo, el carácter parcial de los mismos, pues estos no reflejan la totalidad de la persona, sino sólo algunos aspectos de ella, por más importantes que sean. El papel de la razón consiste, por tanto, en buscar y encontrar el sentido personal de los sentimientos corporales. El dolor, por ejemplo, incluso cuando es fortísimo y persistente, no se identifica con la persona, ya que ésta puede distanciarse de él: asumirlo como algo con sentido personal, llegando incluso a aceptarlo y amarlo. 
El amor al dolor no significa eliminar el sentimiento corporal negativo, sino descubrir en él un significado que lo hace digno de la persona. Amar el dolor no equivale a ser masoquista pues, aunque parezca que éste otorga al dolor un sentido diferente del que normalmente se le da, tal sentido no va más allá de la esfera de la afectividad, clausurando así a la persona en el círculo dolor-placer. Un dolor cerrado en sí mismo, sin referencia a la alteridad, o abierto únicamente al placer, no puede ser integrado en la persona, que es esencialmente un ser en relación (como ya se dijo, la persona no existe nunca aislada: no hay persona, sino personas). Los sentimientos corporales debido a su inmediatez y a la carga de urgencia con que aparecen en la conciencia pueden parecer absolutos, pero no lo son, pues dejan en la oscuridad aspectos esenciales del ser humano, como la libertad. El dolor, como el placer, puede ser aceptado si se lo asume como un aspecto parcial, si bien real, de la persona[5].
2. Valoración de las emociones. La relación entre valoración racional y afectiva es todavía más necesaria en el caso de las emociones, pues el juicio natural de estas está más cercano a la razón, en cuanto que corresponde a una relación vital, concretamente a la relación de la subjetividad que tiende y la realidad. En la emoción, la subjetividad aparece siempre en una situación determinada, es decir, en un tipo de relación con la realidad: peligro, adversidad, deseo, confianza, etc. La imposibilidad de separar la subjetividad de su sentirseen una determinada circunstancia, muestra que las emociones contienen siempre la existencia de algo que es a la vez real y subjetivo, cierto convencimiento espontáneo. La valoración racional debe examinar ese convencimiento, así como si es correcto o no actuar de acuerdo con él. 
La emoción propone motivos para juzgar la realidad de un modo determinado y para actuar según ese juicio. Por eso, cuando no hay reflexión racional de esos motivos, el juicio natural no puede ser valorado. Un caso extremo de falta de reflexión se da en la emocionalización de la conciencia, cuando la pasión es de tal intensidad que ocupa completamente el horizonte de la conciencia[6].
La emocionalización es la causa de que la persona se adhiera completamente al juicio tendencial y, por tanto, considere como necesaria la acción a la que este se dirige. La emocionalización se produce en las pasiones violentas, mientras que es más difícil en los sentimientos estéticos, de deber, etc. por ser menos dependientes de la dinamización corporal. En condiciones normales, la emoción no impide la reflexión, pero, a través de la fuerza persuasiva del placer o de los motivos presentados por la emoción, puede influir en la voluntad y, por consiguiente, en la misma valoración. En efecto, cuanto mayor es el placer o la inclinación que se experimenta, más involucrada se halla la atención, dificultando así el juicio objetivo de la razón, que puede quedar obnubilado por completo[7].
Los motivos contenidos en las emociones, si bien pueden ser tomados como razones, o sea como explicaciones de nuestras valoraciones y acciones, por sí solos no corresponden a la valoración que la razón debe dar, pues ésta ha de tener en cuenta no sólo la operatividad de la persona sino también su entera existencia. La conexión de la emoción con la persona, a través de la valoración racional, implica que la emoción pueda ser interiorizada. Sin interiorización, las emociones serían eventos fugaces carentes de significado en la vida personal; algo semejante a una sucesión continua de imágenes sin relación y, existencialmente, indiferentes. Por eso, cuando por algún motivo falta interiorización en las emociones, la persona es incapaz de plantearse preguntas del tipo: “¿qué me sucede?”, “¿por qué me sucede?”, que manifiestan una relación íntima entre lo sucedido y el yo.
No todas las experiencias tienen la misma importancia para la persona: algunas son triviales e inconsistentes, por lo que apenas dejan huella en ella; otras, en cambio, resultan tan decisivas, que le fuerzan a revisar la propia escala de valores, creencias, aspiraciones y deseos. Mientras que en las primeras la interiorización espontánea es mínima, en las segundas es tan intensa que obligan a la persona a tomar decisiones con trascendencia, impulsándola en ocasiones a variar el rumbo de su vida.
3. Valoración de los sentimientos. Desde el punto de vista de los sentimientos, o sea de la afectividad más espiritual, la valoración racional cobra aún mayor importancia, sea porque consiente objetivar sentimientos a veces confusos, es decir, responder a preguntas sobre su origen y significado, sea porque permite educar los sentimientos, en particular los de deber, los remordimientos, el sentimiento de culpabilidad, etc. No se debe pretender, pues, la eliminación de esos sentimientos negativos por ser contrarios a la salud psíquica, sino que hay que tenerlos en cuenta, ya que manifiestan una constricción o un malestar causados por una exigencia real, una falta de integración personal, una actitud equivocada (entendida en sentido amplio: pensamientos, deseos, estados de ánimo disposicional, etc. inadecuados) o, incluso, un comportamiento inauténtico. Por otra parte, el yo no debe dejarse envolver e impregnar por sentimientos como la tristeza, el enfado y la desesperación por el mal realizado, sino que ha de reconocer lo que de negativo puede haber en algunas actitudes y disposiciones suyas, intentando rectificarlas. De este modo, se evitan los trastornos psíquicos ocasionados por un remordimiento obsesivo, que puede conducir a la depresión. No hay que confundir el dolor y el remordimiento que nacen de reconocer el daño causado a otro, con la obsesión, desencadenada por la pérdida de la imagen positiva de sí que el yo o los demás tienen. El dolor posee un significado positivo cuando conduce a la rectificación, a cambiar las actitudes que están en el origen del daño producido; en cambio, cuando el dolor no se controla puede paralizar la vida psíquica impidiendo cualquier acción positiva, pues continuamente tiende a presentar a la conciencia el mal realizado, agobiando al sujeto y reduciendo su energía y esperanza.
Para que la valoración racional del sentimiento sea adecuada, la razón debe juzgar ante todo si hay relación entre el juicio natural espontáneo de la realidad y la valoración racional que se hace de ella cuando no se está ya bajo el influjo del afecto. Si la situación en que se encuentra el hombre es objetivamente tal que debe ser juzgada como dolorosa, la tristeza —lejos de ser un sentimiento destructivo— ayuda en la construcción de la estructura de la personalidad. Se comprende, entonces, porque no sentirse triste por la muerte de una persona querida no es algo positivo, sino negativo, ya que manifiesta falta de amor e insensibilidad. Por otro lado, la valoración de la razón resulta imprescindible para moderar el sentimiento: como este no es capaz de encontrar por sí solo el justo medio, por ejemplo, entre la indiferencia y la desesperación, corresponde a la persona la tarea de regularlo a través de las virtudes o hábitos que dependen de la razón práctica y de una buena voluntad.
La distinción entre el significado del afecto en sí y el valor que tiene en la estructura de la personalidad es esencial para una buena educación de la afectividad, pues en cada afecto hay un juicio natural de la realidad que corresponde a un modo determinado de referirse a esta. Es necesario descubrir la tendencia que conduce a juzgar la realidad como positiva o negativa, alcanzable o inalcanzable, adecuada o inadecuada, para examinar después si se trata de un juicio que puede y debe ser aceptado por la persona.
c) La rectificación. Si el juicio natural de las emociones permite captar los valores existenciales (útil, nocivo, posible, imposible, etc.), y el de los sentimientos los demás valores —como la verdad, la belleza, el bien moral, etc.—, la valoración racional de esos juicios consiente integrar los afectos en la persona, corrigiéndolos y educándolos. De hecho, para que se eficaz, la valoración racional de los afectos y de sus acciones correspondientes, que —en sí o en determinadas circunstancias— son contrarias a la personalidad madura, debe ir acompañada por la rectificación de actitudes, disposiciones y motivos que conducen a valorar y actuar según dichos afectos. 
A veces, no puede ser uno mismo quien rectifique los propios afectos, pues en algunos de ellos la misma valoración objetiva y, por consiguiente, la posibilidad misma de rectificar se ven impedidas. Así ocurre, por ejemplo, con el juicio del escrupuloso. En efecto, puesto que el escrupuloso experimenta sentimientos de duda, de culpabilidad, etc. ante una supuesta falta moral, religiosa, etc. que en realidad no existe, su juicio ha de ser corregido con la ayuda de una razón ajena que le haga ver la inconsistencia y lo infundado de esos sentimientos.
Algo semejante sucede con los estados de ánimo que dependen del temperamento o de trastornos psicofísicos (depresión, angustia, etc.), que impiden también una relación real con el mundo, siendo causa de valoraciones que, a pesar de carecer de objetividad, son consideradas verdaderas por la persona afectada. Esos estados de ánimo, que deben ser inmediatamente corregidos si no se quiere caer en el círculo vicioso de la negación (la depresión alimenta pensamientos, recuerdos y expectativas negativos, que aumentan los efectos depresivos), son por otro lado los más difíciles de rectificar. En efecto, la persona deprimida, para curarse, debe estar dispuesta a soportar un sufrimiento especial, pues ha de valorar y realizar acciones que están en total contradicción con lo que siente, pero sólo de este modo conseguirá romper el círculo vicioso en que se encuentra[8].
La rectificación es muy importante en el caso de las valoraciones y acciones realizadas bajo el influjo de las emociones. En condiciones normales, la razón valora el juicio natural (el fenómeno de la emocionalización de la conciencia es una excepción), pero, a veces, por determinados motivos no logra valorarlo correctamente. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el deseo, el placer o cualquier otro afecto es presentado ante la voluntad como un motivo suficiente para actuar. A través de la reflexión o de la corrección de otra persona, la razón puede caer en la cuenta de su error.
En conclusión, la interpretación, la valoración y la rectificación de los afectos no dependen por tanto del juicio tendencial, sino del juicio racional que, además de examinar si los juicios elaborados se adecúan a la persona, debe juzgar si la posibilidad de actuar contenida en ellos, por lo menos, como motivo, se halla en sintonía con los actos humanos, es decir, con aquellos actos en los que hay consentimiento y voluntariedad. El juicio racional no es, pues, solipsista ni monológico, sino un juicio que  ha madurado en el contexto de los actos de las demás personas y de las normas, costumbres y leyes.  
El ejercicio del juicio racional no debe considerarse —con terminología tomada en préstamo del psicoanálisis— como constricción de unsuper-egoindividual o colectivo que, posteriormente, es interiorizado. Tal tipo de constricción ciertamente es posible y da lugar, como ha revelado esta escuela, a diversas neurosis: la afectividad puede estar enmascarada bajo acciones opuestas, reprimida, sublimada, etc. Sin embargo, las neurosis, por implicar el dominio tiránico de una racionalidad extraña y contraria a la propia, son un fenómeno patológico. La racionalidad ajena (de los padres y educadores), en cambio, lejos de ser alienante, es necesaria para que pueda desarrollarse la propia racionalidad. Cuando la racionalidad humana desempeña bien su función permitiendo a la persona el dominio político de los diversos niveles que la constituyen, los traumas y las neurosis no se producen, ya que es una y la misma persona la que experimenta el afecto, lo objetiva con el juicio natural, lo refiere a sí misma y actúa libremente. Por eso, la libertad humana no se reduce —en contra de la tesis de Minsky— a elegir metas de carácter secundario (las de carácter primario, según este psicólogo, se hallanfuera de nuestra elección por depender de modelos a los que estamos ligados de forma afectiva), sino que es capaz de elegir una meta última, es decir, un fin para la propia vida. La capacidad del hombre de no estar necesariamente ligado a la afectividad se funda en la trascendencia de la razón-voluntad respecto del juicio natural[9].
En definitiva, la interpretación, la valoración y la rectificación efectuadas por la razón no destruyen la afectividad ni se oponen a ella, sino que la encuadran en un contexto de mayor amplitud, el de la persona. A través de la valoración racional del afecto, no sólo no se percibe a la persona determinada necesariamente por la circunstancia, sino que se considera esta última a partir de la persona. 



[1]Arnold distingue entre dos niveles de valoración en las emociones de miedo e ira: la primera (en el nivel cortical) es inmediata (no razonada); la segunda, razonada, es un sentimiento secundario: me siento atemorizado (vid. M. B. ArnoldEmotion and  personality, Columbia University Press, New York 1960).
[2]Cfr A. Millan PuellesLa estructura de la Subjetividad, Rialp, Madrid 1976pp. 22-25.
[3]La importancia de la interpretación y reinterpretación de las emociones de cara a un mejor desarrollo del pensamiento ha sido indicada por M. y O. EhrenbergCómo desarrollar una máxima capacidad cerebral: Un programa total para incrementar su inteligencia, Edad, Madrid 1996, p. 237.
[4]Vid. H. Thomae,Dinamica della decisione umana, LAS, Roma 1964.
[5]Una explicación profunda del valor existencial del dolor se halla en V. E. Frankl,El hombre doliente: fundamentos antropológicos de la psicoterapiaHerder, Barcelona 1987.
[6]«Un tipo de fenómeno límite es, aquí, la emocionalización de la conciencia, donde el exceso de emoción parece destruir la conciencia y la capacidad ligada a ésta de una normal experiencia vivida» (K. WojtylaOsoba i czyn-Persona e atto, G. Reale y T. Styczen (editores), Bompiani Testi a fronte, Milano 2001, pp. 581)
[7]Cfr. S. Th., I-II, q. 33, a. 3.
[8]Sobre las emociones negativas y sus efectos en los diferentes procesos mentales y la conducta puede verse M. Lewis, J. M. HavilandHandbook of Emotions, Guilford, New York 1993.
[9]Para una visión de conjunto de las diferentes teorías de la personalidad véase H. Franta, Psicologia della personalità. Individualità e formazione integrale, LAS, Roma 1982.